DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA          

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DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA

Soy guadalupano... y qué?

 

La Academia Latinoamericana de Literatura Moderna
dentro de su Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericanos
y con su Programa Editorial Sagitario
presentan
 
Una obra más del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

Soy guadalupano.... y qué?

 

 

Con cariño para todos aquellos

que se dan golpes de pecho,

pero más golpean a sus semejantes.

 

Para los que niegan sus creencias

por vergüenza o conveniencia política.

 

Para los que no conocen la calidez

de un amor desinteresado como

el que nos brinda el Creador.

 

Para los que no saben lo que quieren

ni valoran lo que tienen.

 

 

 

A MANERA DE PRESENTACION

 

Este no es un libro religioso ni político. No pretende cambiar la fe o creencia del lector, ni mucho menos propagar la fe católica o cualquier otra que se cite en su contexto, o encaminarle a tal o cual preferencia política o partidista y, mucho menos, se ubica en una posición antigobiernista. Pretende, humildemente, abrir los ojos a todos aquellos que se avergüenzan de tener un credo o filosofía ante determinados núcleos sociales, llegando a menoscabar su propia autoestima ante los remordimientos posteriores.

Transitar en un mundo en el que las variantes, no sólo religiosas sino hasta políticas, son tan profundas, obliga al debil de carácter a dejar de lado sus propias convicciones para adoptar la bandera que los convenciona-lismos momentáneos les presentan.

Mucho me ha asombrado, en repetidas ocasiones, contemplar como algunos partidarios de una organización política de izquierda, en alguna reunión de café en la que los asistentes son mayoritariamente de derecha, no sólo rehuyen el hecho de profesar las convicciones que tienen, sino hasta lo niegan si la pregunta es directa. Prefieren, incluso, adoptar la cómoda posición del "apolítico" sin credo ni partido, quizás pensando así evitar discusiones, pero en realidad flaqueando en aquello que el hombre debe ser más firme: en sus convicciones.

Hace muchos años, en aquellas épocas en que la división entre Estado e Iglesia era remarcada, me topé con un Secretario de Estado a la salida de misa en plena Catedral, perdido en el tumulto y casi agazapado entre su propia familia. Me acerqué a saludarlo y, conociéndome por mi labor periodística, su vergüenza se convirtió en pavor. Intentó explicar que se había visto obligado a asistír por cuestiones familiares, que le perjudicaría mucho el que se conociera publicamente, que apelaba a mi amistad para que ésto no se supiera, y pregunté porqué. Todo lo que atinó a decirme fue que no se podía ser funcionario de alto nivel de un Estado peleado con la Iglesia...y asistír a misa.

El ejemplo podría ser radical. Sin embargo, esa misma posición adoptamos casi en todas partes y a todas horas. Si platicamos con un ateo, nos cuidamos bien de decirle que somos católicos, y acaso muy timidamente lo reconozcamos pero agregando de inmediato un "...aunque a mi modo, no voy a misa y no trago a los curas".

Los valores morales se han perdido en el mundo. Hacer un recuento de cuáles y cuántos han sido subs-tituídos por antivalores sería largo y tedioso de enlistar. Poner un granito de arena para rescatar éstos es obligación de todos aquellos que tenemos la oportunidad de hacerlo y, en mi muy personal forma de pensar, creo que rescatar la convicción, antes que nada, es imprescindible. Quien no tiene convicciones no tiene bases para sostener, ya no digamos defender, cualquier otro valor moral como la integridad, la honestidad o el respeto.

Así las cosas, esta humilde aportación no pretende, como decíamos, propagar dogmas o defender posturas ideológicas, filosóficas o sociales. Es simplemente la inten-ción de despertar en la conciencia de nuestros lectores un sentimiento básico que le permita entender que defender sus propias convicciones, sean religiosas, políticas, o de cualquier índole, le permitirá sentirse más seguro de sí mismo, con tranquilidad en el alma y, sobre todo, ante los ojos de los demás como un hombre firme y leal, aumen-tando así no unicamente su autoestima, sino la estima y el respeto de los demás hacia él mismo.

Porqué entonces título o contenido? Por que de alguna forma debía contarlo y quise hacerlo de manera ágil y agradable. Que mejor entonces que narrando algunas experiencias personales guardadas en el arcón del tiempo, a lo largo de 35 años de periodismo en ámbitos en los que la hipocresía es el pan nuestro de cada día. El título surgió porque muchos años después de aquel encuentro con el funcionario, en una nueva posición de relaciones Iglesia-Estado, recordando la anécdota, me dijo entre firme y molesto: Sí...soy Guadalupano...y qué?

La Virgen de Guadalupe es el centro del catolicismo mexicano, arraigado en un 95 % de su población, exten-diéndose su veneración a casi toda América Latina, buena parte de los Estados Unidos de Norteamérica y aún en el continente euroasiático. Creí pues que podría ser tomada como referencia para la comparatividad de caractéres en nuestro análisis de convicciones -sobre todo porque ella misma ha sido objeto de controversias que han llevado a negar su autenticidad, con la misma intensidad que se ha luchado por probarla- al igual que algunos rasgos de nuestra historia, sin olvidar el filón político, siempre tan socorrido.

 

Fco. Xavier Ramírez S.

 

 

 

Mi primer contacto con la Virgen de Guadalupe se remonta a aquellos felices años de mi niñez en que, aunque no se ha perdido, era más que arraigada la costum-bre de vestir a los niños de inditos el 12 de diciembre, para visitar los templos en que se guarda veneración a esa muy mexicana advocación de la Madre de Dios.

Si bien mis padres formaban pareja y eran los señores de la casa, era mi abuela la que administraba y dirigía el hogar y, por ende, la encargada de vigilar nuestra educación, incluyendo la levantada temprano para ir a la escuela, la supervisión de las tareas, e incluso, de paso y por lógica, inculcarnos los principios morales y religiosos bajo los que nos formamos mis hermanos y yo.

Tal era su dedicación, quizás por que no le quedaba otra o porque en realidad así era, que las primeras letras me las enseñó ella a muy temprana edad. No cumpliría yo los cuatro años cuando ya me sentaba por las tardes a un lado de la máquina de coser, silabario en mano, para hacerme repetír en monótonas sesiones el famoso "mmm eme eme mi mama me mima", al sonsonete igualmente monótono del pedal que con su traca traca rítmico remendaba los rasgones de las infantiles ropas, o confeccionaba nuevos vestidos y pantalones para los nietos.

Era enérgica, dura, pero cariñosa, sobre todo conmigo por razones que tardé muchos años en comprender; sin embargo, no la recuerdo muy amante de la iglesia. Veneraba sí, con especial devoción, a una virgen que ahora poco veo: la Virgen del Perpetuo Socorro, dibujada con rasgos medievales en los que prevalecía el azul y el oro, tanto en sus ropajes como en un marco especial que se extendía a todo su rededor, dándole aún más acentuada esa imagen renacentista que yo admiraba. No la recuerdo yendo a misa, con muy contadas excepciones en que toda la familia asistía, principalmente cuando se celebraba algún acontecimiento como un bautizo o primera comunión.

De la misma forma recuerdo a mis padres. El domingo no era precisamente un día en el que la familia asistiera a misa regularmente. No eran ateos, no, pero mi padre tenía una muy especial forma de creer. Llamaba a Jesús "el hermano Dios" y a la Virgen de Guadalupe "mi Lupita". A la cabecera de su cama, desde que yo tengo uso de razón, tenía un gran cuadro con la imagen de la guadalupana, tanto en la casa de México, en la que vivían mis tres hermanos mayores, hijos de su primer matrimonio que le hiciera felíz y viudo, como en Puebla, en la casa que habitábamos mis otros siete hermanos, mi abuela y yo. Mi madre, en esa época, siempre andaba con él viajando de México a Puebla... y de Puebla a México. El era Vista Aduanal y se hacía cargo de la oficina fiscal en la Automotríz O'farrill. Aún eran incipientes sus relaciones con Don Romulo, el viejo, otro adorador de la guadalupana, que más tarde sería uno de sus más grandes amigos.

Así pues, los doce de diciembre, muy temprano nos levantaba Magüe -como le llamábamos a mi abuela- y nos empezaba a vestír con los atuendos indígenas que desde días antes habían preparado ella y mi madre; nos pintaban con un lápiz-tinta pestañas, patillas y bigotes -aún no existían los lápices de cejas- y nos colgaban huacalitos comprados en el mercado, adornados con frutas hechas de madera, detenidos por unos ayates pequeños tejidos exprofeso, calándonos un sombrero de palma con el ala doblada al frente y ahí mismo, pegada, la imagen de la guadalupana. Al principio, cuando aún faltaba el dinero, recuerdo que nos hacían los huaraches con cartones, recortando tapas de cajas de zapatos, -total, para que duraran unas cuantas horas- y nos llevaban a "la villita" como se le decía al Templo de Guadalupe en el Paseo Bravo.

Algunas veces, no recuerdo porqué, nos llevaron a México, a la mera Villa de Guadalupe, en ese entonces aún venerada en el bellísimo templo construído a instan-cias del Indio Juan Diego y que años después, debido al peligro que significaba por su hundimiento, cerraron tras construír la magnificente Basílica que ustedes conocen ahora, obra de Don Pedro Ramírez Vázquez, otro vene-rador secreto de la Virgen de Guadalupe.

Al principio, era tan sólo el entusiasmo de niño el que me hacía esperar con ansia el doce de diciembre, más por el trajecito de indito y por la salida, que por devoción. El autóctono disfraz hacía que todos nos chulearan; la salida significaba paseo, incluyendo la compra de golosinas que desde siempre han atraído a todos los niños del mundo: los caramelos, el algodón de azúcar, los globos, y muy de aquella época, las pepitas y los huesitos salados. Las pepitas aún las venden, son las pepitas de calabaza tostadas y saladas que aún compran ustedes. Los huesitos eran, como les decíamos años después, los pistaches mexicanos. Eran huesitos de capulín también tostados y salados que comprábamos sin repelar, sin reparar en que quién sabe cuántas bocas extrañas habrían comido los capulines, y por fuerza chupado los huesitos, antes de que éstos fueran a parar al comal de la vendedora.

Por ahí deben quedar algunas fotos de cuando nos llevaban a La Villa, porque la foto era obligada, ya fuera de pie a un lado de una inmensa imagen de la guadalupana, o muy revolucionariamente montados, con cananas cruzadas y rifle de palo en mano, en gallardo caballo de cartón parado estóicamente sobre una tabla con ruedas que hacía al dueño-fotógrafo más fácil su transportación.

Y no se diga de los atracones de tacos, chalupas, quesadillas y mil fritangas más que formaban parte del ceremonial a la salida de la iglesia, incluyendo -y nunca me expliqué porqué- tremendos huacales repletos de "pan de muerto" que entonces sí sabían a huevo aunque no pinta-ran de amarillo.

La visita a La Villa en México, o a la Villita en Puebla, obligaba a escuchar misa y al párroco que, año con año, repetía la historia del Milagro del Tepeyac mientras, a nuestros ojos de niños, la cándida faz de la guadalupana se iluminaba con más claridad al tiempo que las apariciones se recordaban. Todos creían entonces; nadie dudaba.

No era ajeno ver llegar, cargando orgullosos a sus hijos también vestidos de inditos, a jerarcas y funcionarios que saludaban a todos, recogiendo en las callosas y morenas manos, al estrecharlas, el respeto y la admiración que sentía un pueblo por sus gobernantes o personas princi-pales. Y que conste que no hablo de una alejada población de la montaña. No. Hablo de dos de las principales ciudades del país: la propia capital y la Angelópolis.

Yo no sé qué era. Quizás porque el recuerdo de la revolución aún estaba fresco en la mente de los mexi-canos. Eran apenas los cuarentas. No habían pasado veinte años del fin de la lucha armada, y menos de la alzada cristera. Era, como ahora, un México habitado por un 95% de creyentes. Pero no había vergüenza en reconocer sus credos. Fue más adelante, argumentando las Leyes de Reforma y hablando del rompimiento iglesia-estado, suscitado casi un siglo atrás, que muchos empezaron a renegar de sus creencias y se volvió tabú ser funcionario gubernamental y creyente al mismo tiempo. Y no es que en sí sea bueno o malo creer o no creer. Simplemente creo que la falla está en no saber ser firme, fiel a sus principios. Quien no es fiel a sus principios no puede ser fiel a nada. Posiblemente de ahí venga el rompimiento de los valores que ahora tanta falta nos hacen.

Ya Don Plutarco Elías Calles renegaba, sí, pero de dientes para afuera. El, como muchos otros y por muchos años, ante el pueblo decía ser fiel a Juárez y sus Leyes de Reforma, (pobre Benito, como te han tomado de pretexto) y en la intimidad recibía la comunión o celebraba festejos religiosos familiares...en su propia capilla familiar.

Me viene a la mente la boda de la hija de un presidente de la república con el hijo de un gobernador poblano, cuya ceremonia religiosa se hiciera muy en secreto y para lo cual se rehabilitara por completo, y a un altísimo costo, toda una ex-hacienda incluída, claro, la capilla. Los invitados fueron selectos. Tuve el gusto de contarme entre ellos, al igual que otros tres periodistas. La nota social de la ceremonia religiosa nunca salió a la luz pública. A pregunta expresa, me decía el gobernador: "Mira Paco, pa'que le movemos al agua. Así son las cosas en nuestro país y ni modo..." El, en sí, era un comecuras endemoniado. Por eso mismo me causó risa cuando, años después, se le nombrara Embajador ante la Santa Sede.

Pero, volviendo a lo nuestro, no puedo dejar de recordar esos tiempos en que incluso los propios medios de comunicación, muchos menos que hoy, transmitían eventos especiales con motivo del Doce. Algunas radio-difusoras programaban radionovelas exprofeso que se iniciaban una semana antes y concluían una semana después. En todas las fábricas, en cada taller, en cada negocio, en cada casa, se adornaba con esmero el altar dedicado a la Guadalupita que existía en cada uno de ellos. Yo no sé cómo le hacían los padres de familia trabajadores, pero tanto acompañaban a su familia a la visita del templo, como asistían a los eventos especiales de sus centros de trabajo que además organizaban fiestas, encuentros deportivos y, si mal no recuerdo, hasta existía una carrera ciclista nacional llamada Guadalupana que se corría por esas fechas, organizada por el Coronel José García Valseca, dueño de los Soles, periódicos que conformaban la Cadena García Valseca y mucho después, gracias a las triquiñuelas del presidente Luis Echeverría que despojara cínicamente al coronel, la Organización Editorial Mexicana.

Todo México se volcaba en el fervor guadalupano. No había casa o empresa que no lo celebrara. Viene a mi memoria el rampante, pero simpático judío, patrón de mi Tío Salvador que, judío y todo, organizaba con atingencia los festejos guadalupanos en su fábrica de ropa del D.F. y ¡pobre de aquél que faltara! porque se lo comía vivo. Era el único día en que lo veía yo sonreír.

Otro más, sirio-libanés, dueño de almacenes de cor-setería, bonetería y telas, padre de uno de mis compañeros de escuela, arrastraba a toda la familia para celebrar con sus trabajadores el doce de diciembre, haciendo comeli-tones que dejaron huella en la sociedad angelopolitana.

Claro está que los festejos no eran privativos de la sociedad capitalina y/o angelopolitana, no, se realizaban a todo lo largo y ancho de la república.

Desde entonces se acostumbra el llevar las mañanitas a la Virgen; primero lo hacían unos cuantos artistas devotos realmente de la Morena del Tepeyac y el público en general, ahora es escaparate de muchos cantantes en un acto que más es un programa de televisión en vivo, en el que no participa para nada el pueblo, que un acto piadoso como antes.

Afuera, en los atrios de todas las iglesias, los danzantes folklóricos competían por grupos, algunos de los cuales bailaban sin parar por más de treinta y seis horas, dándole el toque pagano a la celebración religiosa.

No se diga de los peregrinos. Muchos organizaban verdaderas romerías que llegaban a la Basílica -y a otras iglesias guadalupanas- provenientes de todas partes del país. Las peregrinaciones se hacían a pie desde esos lejanos lugares. Salían con mucha anticipación. Otros lo hacían en bicicleta. Muchos más, al llegar a la Glorieta de Peralvillo, que era en donde principiaba la Calzada de Guadalupe, iniciaban un recorrido a todo lo largo de sus doce kilómetros...de rodillas! Algunos, menos fervorosos, lo hacían al llegar a la entrada del atrio mismo. Todo para "pagar mandas a la virgencita" que iban desde el milagro de sanación concedido por alguna enfermedad, hasta la jura de abstención que hacían algunos afectos al alcohol y que con eso pretendían alejarse de la bebida por un largo año, complaciendo a su familia, aunque no faltaban las "dispensas" a lo largo de ese año en que se ponían sus buenas guarapetas, para empezar de nuevo la abstención al día siguiente. Algo parecido ahora a las famosas dietas que hacen muchas mujeres a lo largo del día, pero que compensan en el refrigerador en una especie de "dispensa" por las noches.

Había de todo. Podía observarse a peregrinos o visitantes que rezaban con verdadero fervor, agradeciendo o pidiendo favores a la virgen. Algunos, incluso, lloraban a lágrima viva durante su postración. Otros más tomaban el viaje o la visita como jolgorio dominguero y pasaban "de rapidito" a ver a la Virgen en su nicho, para después dedicarse a la diversión en pleno, incluyendo tremendas borracheras que dejaban hombres...y mujeres...tirados a las orillas del atrio, por dentro y por fuera, dando espectá-culos denigrantes, batidos en sus propias necesidades, mientras sus pequeños lloraban de hambre practicamente abandonados a su lado.

La inmensa mayoría, sin embargo, realmente volcaba su amor por la morenita, subiendo incluso a la pequeña capilla levantada en el mismo lugar de la primera aparición, es decír en la cima del Cerro del Tepeyac, para tomar agua del pozo o disfrutar la entonces maravillosa vista que desde ahí se tenía del Distrito Federal, gracias al también entonces transparente aire que le envolvía.

Los festejos de la Guadalupana eran, en aquellos días, una honra para México y orgullo de los mexicanos. Aunque llegaban delegaciones de diversos países de América, también arribaban por su cuenta cientos de extranjeros, sobre todo norteamericanos, italianos y españoles, unos a rendír su culto, otros con la curiosidad, científica o no, de conocer nuestras costumbres.

Eran, como quiera que sea, días inolvidables en los que el hombre decía “creo”...y lo demostraba a su modo. Manifestaba su fe y con ella sus principios, principalmente su convicción. Ser católico, ser guadalupano, ser priísta, era una honra para cualquiera, y más lo era manifestarlo a pecho abierto! No se diga ser funcionario...aunque usted no lo crea, era honroso ser un funcionario público, aunque fuese un humilde cartero. Recuerdo a Don Enrique, cartero de la zona en que yo vivía, que decía orgulloso cuando le preguntaban en que trabajaba: soy cartero! Mientras algunas otras señoras, de esas que en todo están, reafirmaban con orgullo y admiración: es federal!

El doce de diciembre y, más que éste, el culto a la guadalupana era un verdadero milagro de unidad nacio-nal, pero sobre todo de convicción.

Algo muy parecido, guardadas las distancias, al mila-gro priísta que se generaba entonces, verdadero ejemplo de unidad nacional y también de convicción. Creo que, apartándonos un poco en la historia de la historia, el mejor ejemplo de todo ésto fué el caso de la expropiación petrolera, realizada por Lázaro Cárdenas, y en la que el pueblo entero, sin distingo de credo, razas o condición económica, se volcó con gusto en apoyo al pago de la deuda contraída y en donde el entonces Cuauhtemito entregó su cochinito. Se era quien se era. Nadie se andaba con medias tintas siendo hoy priísta y mañana de izquierda, ni aquí católico y enfrente ateo. Eran otros tiempos. Se creía en Dios, en la Virgen, en la buena fe de nuestros gobernantes y en la honestidad de los funcionarios. Había, pues, convicción.

 

LOS ANTECEDENTES DEL MILAGRO

 

Para comprender mejor el milagro de convicción y unidad al que nos referímos, habría que empezar por comprender el milagro mismo del Tepeyac. Es decír, fondo y forma de las apariciones de la Virgen de Guada-lupe, sus antecedentes, sus consecuencias y sobre todo, sus repercusiones en la vida socio-político-religiosa de esa época...y de la actual.

Antes que nada, debemos recordar que éste no es un tratado histórico ni pretendemos apoyar una u otra versión con fines dogmáticos. Simplemente, intentaremos com-prender un poco más, dentro de nuestra propia ideosin-cracia moderna, ese milagro.

 

La vida en mesoamérica transcurría tranquila, contrariamente a lo que muchos historiadores señalan, y que basaron sus relatos en las páginas históricas escritas por los narradores españoles -con Bernal Díaz del Castillo a la cabeza-, desdeñándo las de indígenas letrados, quizás por lo mal escritas -aunque los españoles no fueron un dechado de redacción y sintaxis- o quizás por la poca cultura que consideraron alcanzaban, dando así la imagen de un pueblo bárbaro que encontraba un inmenso placer en matar -recuerden lo de los sacrificios humanos- y vivir en constantes luchas entre unos y otros, argumento que, al igual que muchos periodistas oficialistas modernos, el simplemente solado raso Bernal Díaz del Castillo redactó seguramente por ordenes expresas de sus superiores, que así pretendían justificar las -esas sí más que verdaderas- matanzas genocidas de que hicieron víctimas a nuestros indígenas. Cabe recordar, para simple comparatividad, la matanza de Aguas Blancas en Guerrero y sus variadas versiones.

La verdad es que, si lo analizamos desde el punto de vista de los parámetros actuales, los aztecas -al igual que otros grandes reinos anteriores a ellos, como los teoti-huacanos, los olmecas o los toltecas- no eran sino un pueblo con mayores posibilidades económicas alcanzadas gracias a su organización y disciplina que, mediante el envío de embajadores de buena voluntad, lograba alianzas más que nada de tipo comercial con el resto de los reinos de mesoamérica, aunque con detalles que no cambian al paso del tiempo. Los mixtecos de Oaxaca, por ejemplo, "exportaban" cestas de palma y cerámica de barro negro a cambio del protectorado azteca, que incluía hortalizas de los huertos de Acatzingo o flores de los cholultecas. Esas alianzas, exactamente igual que hoy, causaban envidias y el celo de otros pueblos -como los tlaxcaltecas- que se enfrentaban con sus propias alianzas a la competencia azteca, presentándose así la negra oportunidad de que unos u otros llegasen a la declaración guerrera. Sin embargo, al igual que en la época moderna, ni estaban en guerra con todos, ni lo estaban todo el tiempo. Si bien es cierto que en todos esos pueblos los guerreros eran la casta privilegiada, pares de los sacerdotes, también lo es que en la época moderna lo siguen siendo unos y otros.

Los sacrificios humanos, tan extensamente divulgados a través de la historia escrita por esos vencedores, ahora resulta, gracias a Dios, que en realidad sólo existían en la mente calenturienta del ignorante español, llegado de las cárceles ibéricas con nombramiento de conquistador, ante la imposibilidad de que hombres de buena cuna se lanzaran a una aventura tan incierta. Muchas universidades americanas, y en especial el Instituto Smithsoniano, han dejado ver la ya segura posibilidad de que aquellos "sacrificios", en los que se les sacaba el corazón a las víctimas, fueran en realidad operaciones a corazón abierto hechas en el vórtice de la pirámide, punto indudable de mayor fuerza cósmica, reconociendo así que no sólo no eran sacrificios sino la aplicación directa de los profundos conocimientos que en materia de medicina tenían nuestros ancestros. La medicina mexicana, la herbolaria pues, que aún en nuestro propio país es vista casi como brujería, -dice el famoso escritor francomexicano Christian Siruget- ya se estudia en esas universidades como materia importante, y sus libros de texto son bien gruesos y explicados. La posibilidad de que ésta sea la realidad, la refuerza el hecho de que en mesoamérica existiesen pueblos universalmente reconocidos por su inmensa sabiduría, como los mayas, por ejemplo, a quienes se les acepta y respeta como grandes astrónomos y creadores del cero, pilar de las matemáticas y por ende de la economía mundial.

En materia religiosa, ante el natural dominio de los más poderosos, guerrera o comercialmente hablando, en su momento venía la mezcla de deidades, algunas por imposición, otras por mera aceptación o similitud. Varios son los dioses que encontramos en practicamente todas las religiones de los pueblos mesoamericanos. De todos éstos, los que cobraron mayor relevancia y veneración entre las diferentes tribus fueron Quetzalcoatl, el Dios de Dioses, y la Tonantzin, madre de todos los dioses.

A la llegada de los españoles, la veneración por la Tonantzin se extendía practicamente por todo mesoamérica, habiéndose levantado templos o adoratorios en las principales comunidades, como en Cholula que se consi-deraba un gran centro ceremonial en el que convergían todas esas religiones y en donde, no por mera coinciden-cia, habían sido levantados más de trescientos templos dedicados a la adoración de las deidades pertenecientes a las diversas culturas mesoamericanas.

Así las cosas, tal y como lo hacen los políticos llegados sexenio a sexenio, que acaban con los proyectos y programas de su antecesor para instaurar los propios, los frayles franciscanos, dominicos y agustinos, llegados con la consigna de evangelizar el nuevo mundo, destruyeron los templos indígenas y levantaron uno católico...en cada uno de los lugares en que aquellos existían. De ahí que Cholula goce ahora de la fama de tener 365 iglesias.

Las coincidencias religiosas que más semejanza tuvie-ron fueron Jesús-Quetzalcoatl -tomando a Jesús como la representación vívida del Todopoderoso, Dios convertido en hombre y por ende Ser Supremo parte de la Santísima Trinidad-, y María-Tonantzin, ambas madres y protectoras que recibían representaciones -o advocaciones- múltiples, como la de la Vírgen de los Remedios, que corona el cerro formado por varias pirámides superpuestas en Cholula y que fuera colocada ahí porque en ese mismo lugar se adoraba a la Diosa "especializada" en remediar las dolen-cias de los peregrinos mesoamericanos. Estas coincidencias fueron felizmente aprovechadas por los frayles que, usan-do primeramente la similitud para arraigar la costumbre de nombres y bondades, más tarde desecharían las deidades locales substituyéndolas por las católicas en una labor en la que la combinación fuerza-convencimiento fue indudable-mente útil.

Como todo proyecto, ambivalente, esa substitución de dioses sería el principal escollo que los propios españoles usarían como argumento para negar la autenticidad de la Virgen de Guadalupe. Algo así como el caer en su propia trampa. Pero ya llegaremos al punto.

La Tonantzin era amorosamente dueña de un culto que se extendía por casi todo el continente. Madre de todos los dioses, tenía en cada indígena mesoamericano a un hijo que cuidaba con cariño, éstos a su vez le adoraban tiernamente. Cada cual podía creer en sus propios dioses, pero la Tonantzin era de todos.

Su principal centro de adoración era la cúspide de un cerrito llamado Tepeyacac, ubicado al norte de la gran Tenochtitlán, rumbo a Texcoco, y hasta donde llegaban peregrinos de todas partes de mesoamérica para rendir sus respetos y solicitar sus favores.

Era pues la Tonantzin exactamente lo mismo que la Virgen María para el mundo católico de ese entonces. Ambas rebasaban fronteras y dejaban de ser adoradas por un pueblo para universalizarse. La primera en lo que es ahora América, la segunda en el resto de buena parte del orbe.

Cabe hacer aquí la aclaración de que las diversas religiones del mundo coinciden en muchas doctrinas, representatividades, normas y aún en castigos o sanciones a los pecados o desviaciones en que sus fieles pudiesen incurrír. Digo tal porque creo yo que no es tanto en sí el que unos dioses sean reales y los otros falsos o ficticios, sino que son uno solo que da su cobijo a la humanidad entera y es ésta, dentro de sus limitaciones, cultura o medio ambiente natural, la que da forma a ese Dios volviéndolo suyo de acuerdo a su propia conveniencia ideológica, pero curiosamente sin dejar el fondo de esa divinidad, unitaria o multiplicada.

Y vamos por partes. De clérigos, rabinos, pastores y aún de ateos he escuchado el mismo argumento para detractar la espiritualidad o verdad de la religión de su contrario: el hombre, por naturaleza, tiene la necesidad de sentirse vigilado y protegido, de ser libre pero rendir cuentas a alguien que no sea de su propia naturaleza, de contar con algo a que acogerse, con quien llorar, pedir, quejarse, implorar. Alguien más grande que él mismo. Un Dios, pues, que le permita sentirse seguro y sirva, dentro de su inconsciente, de freno a sus posibles desviaciones y libertinaje, sin que esto quiera decir que no caiga en lo individual en ellas. De tal suerte que vienen, lo que unos dicen de otros, las invenciones divinas. Así, los orientales islámicos tienen a Buda, los católicos a Jehová, y los demás a remedos de uno y otro, haciéndose una mezcla tal que pareciera que existiesen miles y miles de dioses. Todo un Olimpo para que la humanidad se lo reparta como bien le venga en gana.

El argumento es válido en parte. Es cierto que el hombre necesita protección y abrigo moral, pero increible que invente a sus dioses. Si así fuera, seríamos una raza humana de chiflados, aunque poco me falta para creerlo cuando veo que muchos son adoradores del Dios Dinero y anteponen hasta la seguridad e integridad de su familia por éste. La verdad es que nadie nos puede asegurar, así, firmemente, qué o cuál dios es el bueno. Cada religión cree que el suyo lo és. Yo, como católico que soy, pienso que Jehová, o Dios Padre, es el bueno y Jesús el Salvador, tanto como los islámicos creen que Alá es el bueno y Mahoma su profeta.

Dadas las características de la raza humana, me inclino a pensar que Dios mismo, basado en la diversidad de sus culturas, adelantos, experiencias e incluso su mismo comportamiento, ha tenido diferentes manifestaciones ante cada pueblo y que éstos han reflejado, muy a su manera, su propia interpretación de lo que es El. Recordemos que practicamente todas las religiones hablan de que sus dioses llegan en carros de fuego venidos del cielo y sus santos o representantes en la tierra, en un momento dado, cuando se van, van directo al cielo. No a ese cielo imaginativo, sino hacia arriba, hacia las nubes, al eter, a la estratósfera para ser más claros. Por eso respeto las creencias de los demás tanto como exijo que respeten las mías. Al final de cuentas lo más seguro es que creamos en un mismo Dios pero con diferentes nombres o manifestaciones. Yo creo en Dios, llamese como se llame. Si es Jehová, bendito sea, si Jehová es conocido por otros como Buda, bendito sea él, Buda, y los que creen en él. Creo que lo importante es saber reconocer que existe un Creador, un Dios que todo lo sabe y todo lo puede, y al que estamos supeditados más por sus bondades que por sus amenazas o advertencias.

Así también los pueblos mesoamericanos creían en sus dioses. A su modo. Con sus nombres. Pero todos eran divinos, creadores de la vida, controladores de la muerte, y todopoderosos. Por eso no fue tan difícil que llegaran a creer en lo que los frayles les decían sobre su propia religión. Me atrevo a pensar que incluso, esos indígenas que no tenían nada de tontos, se burlaron de los españoles aceptando su palabra porque, al final de cuentas, sabían que eran los mismos dioses, pero con diferentes nombres.

Porqué dudarías tú, amable lector, de alguien que te dijera que la vecina se llama Paula, que vive en el departamento siete, que tiene 18 años, una cara angelical, cinturita de avispa, es blanca de ojos azules y sale todos los días al pan por allá de las ocho de la noche, si a la que conoces vive en el departamento siete, tiene 18 años, una cara angelical, cinturita de avispa, es blanca, de ojos azules, sale todos los días por el pan a las ocho, pero sabes que le dicen "Polita'? Deducirías que es la misma. A menos, claro, que te aferres a que no lo es porque no la conoces por Paula, o simplemente no quieras dar tu brazo a torcer.

No se trata de debilitar la fe de nadie, por el contrario, motivarles para que, creyendo en quien creyeren, crean sí, pero con firmeza, con devoción. Que sientan y estén seguros de que existe un ser todopoderoso que vela por ustedes...llámese como se llame. Que sean firmes en sus convicciones, pues.

Así lo hacían los indígenas mesoamericanos. Respetaban las creencias de los demás, pero exigían que se respetaran las propias. Quizás ese acercamiento moral era base para que muchos de esos dioses se adoraran, indistintamente, en diversos lugares del continente. Para ser más claros, si un maya viajaba por zonas otomíes, presentaba sus respetos a Quetzalcoatl aunque su imagen -o ídolo como le llaman los ateos a todo- no tuviese la misma cantidad de plumas o la serpiente que le representaba fuera más estilizada, más larga o más corta.

No hay que olvidar, ya que hablamos de Quetzalcoatl, que los indígenas -cómo me choca la palabrita- recibieron con muchas atenciones y respeto a los españoles no por miedo, sino porque la hospitalidad era parte de las costumbres arraigadas de nuestros pueblos y, aquí viene lo bueno, porque Quetzalcoatl, de piel clara y supuestamente barbado, al irse de este mundo ofreció regresar acompañado de sus seguidores y, naturalmente, los esperanzados mesoamericanos creyeron que los españoles eran, si no Quetzalcoatl, sí sus seguidores o parte de su corte divina, lo que éstos bien supieron aprovechar.

Retomando el tema, el ambiente en la colonia era, hasta cierto punto, tenso. Si bien los españoles ya habían sentado sus reales y tenían dominado todo el centro de lo que es ahora nuestro México, la evangelización no había logrado aún extirpar completamente la adoración a los dioses mesoamericanos. Habían logrado bautizar a miles de hombres y mujeres, pero éstos aún adoraban a sus dioses en secreto, lo que logicamente provocaba la santa indignación de los varones de Dios. Sin embargo, toleraban esta costumbre, haciéndose de la vista gorda, confiados en que tarde o temprano los indios entenderían que Dios sólo hay uno y ese era el Dios de la religión católica, aunque en buenas les metían esos indios cuando preguntaban cómo es que habiéndo un sólo Dios, ellos mismos hablaban de una trinidad. Por desgracia, la respuesta a su insistencia casi siempre era un "...no entiendes poque eres un burro..." Tan fácil que hubiese sido explicarles que Dios es Dios en cualquiera de sus manifestaciones.... aunque el ladino indio bien que lo sabía pues de igual forma adoraba a los suyos. Es, quizás, uno de los errores del dogma el querer hacer que los demás crean por el simple hecho de decirles que así es... y ya.

Así las cosas, los españoles tenían a sus dioses y los indígenas a los suyos y, aunque ya la mezcla de deidades se estaba dando, hacía falta algo. Hacía falta un símbolo de unidad. Algo que fuera de unos y otros. Y que conste que no quiero decir con ésto que Dios es de unos o de otros.

 

EL MILAGRO DEL TEPEYAC

 

Pocos saben que Juan Diego Cuauhtlatóztzin (el que habla como águila) era un indio chichimeca, nacido en Cuautitlán, perteneciente a Tlatelolco, zona colindante entre Tenochtitlán y Texcoco, en 1474. Contra lo que piensa la mayoría, Juan Diego fue casado en su vida gentíl y con su mujer, María Lucía, recibió los sacramentos del bautismo y matrimonio; tuvo también un tío, Juan Bernardino, a quien respetó como un padre. Tenía tierras y heredad, lo que significa que fue un "principal", pero aceptó la pobreza evangélica, por eso las fuentes documentales lo refieren como un "macehual", la clase más pobre de la escala social de la época. Lo describían como un hombre de campo, pero también artesano que trabajó tejidos de tule, alfarería y, obviamente, el comercio. Se sabe, por documentos originales, que fue de los primeros indígenas en abrazar la fe de Cristo, y por tanto acudía muy puntual a la doctrina, a las misas de la Virgen y del domingo, recorriendo a pie grandes distancias. También se conoce que, por un sermón de Fray Toribio de Benavente, el famoso Motolinía, Juan Diego, de común acuerdo con su mujer María Lucía, hizo voto de castidad que mantuvo, despues de la muerte de ésta, hasta su fin terreno. No era pues, el indito sumiso, apocado y quizás hasta torpe que pintan algunos. Era un hombre mesoamericano hecho y derecho, con las virtudes propias de su raza, aunque magnificadas, sobre todo en lo que a lealtad, respeto y honorabilidad se refiere.

La personalidad de Juan Diego, la verdadera, conocida por todos los relacionados más tarde con el milagro guadalupano, fue materia de dos principales versiones encontradas: la de los detractores del milagro y la de los creyentes.

La primera señala que es precisamente esa personalidad, plenamente identificada con la realidad mesoamericana, la que le hacía el hombre perfecto para encarnar al actor de un teatro, muy bien montado por la iglesia, para dar a México una virgen que se identificara, sobre todo por su tez morena, con el pueblo conquistado y así, poco a poco, la fe fuera más facilmente difundida y con ésta el sometimiento de los indígenas vía la religión, aunque se olvidan de que, para ésto, ya habían pasado casi cuatro décadas y, en realidad, los pueblos mesoamericanos ya estaban practicamente sometidos a una nueva vida: la colonial, aunque nosotros no olvidamos que la Gran Tenochtitlán había sido tomada apenas diez años antes.

Esta versión, aunque con algunas modificaciones, fue también utilizada por los detractores del propio Obispo Fray Juan de Zumárraga, muchos de ellos religiosos empujados por la envidia de un privilegio tal.

La segunda versión, defendida por una gran mayoría de los integrantes de la iglesia y sus fieles, argumentaba que si bien esa personalidad de Juan Diego le había hecho ser el hombre elegido, éste no había sido elegido por los hombres y con afan de engaño, sino por la propia Madre de Dios que le usaba de mensajero para dar a conocer sus deseos, avalando sus argumentos con la bien cimentada fama de seriedad que acompañaba desde mucho muy atrás al indio chichimeca. Pero... nos estamos adelantando a los acontecimientos.

El sábado 12 de diciembre de 1531, muy de madrugada, Juan Diego se dirigía presuroso a México para asistír a los servicios religiosos cuando, al pasar junto al cerrillo del Tepeyacac, escuchó "una serie de cantos maravillosos, como los de las aves cuando se juntan, melodiosos como la voz del zenzontle" que le hicieron detenerse extasiado. -No son de extrañar estas inspiradas expresiones si recordamos que nuestro pueblo era un pueblo de alma sensible, artista toda que ponía el corazón entero lo mismo en una cesta que en un poema. La mejor prueba es lo poco que nos dejaron de la rima virtuosa de Netzahualcoyotl, el Príncipe Poeta, que tanto han admirado propios y extraños, acrecentándose esa admiración al paso del tiempo-. Al cesar los melodiosos sonidos, una voz suave le llamó desde la cima: "Juanito, Juan Dieguito". Ante el ambiente que privaba, confiado y respetuoso como era, Juan Diego subió el cerrillo y se encontró con una maravillosa señora que le dejó estupefacto. "...su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra con el arco iris. Los mezquites, nopales y hierbecillas, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas, y sus ramas y espinas brillaban como el oro". Humilde, el indio se inclinó ante su presencia. La señora de sobrehumana grandeza le preguntó: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿adónde vas?" Juan Diego contestó: "Señora y Niña Mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguír las cosas divinas que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor".

Cabe aquí otro pequeño paréntesis para hacer notar que uno de los argumentos más usados al paso de los siglos por los detractores es que, si bien Juan Diego no sabía de quién se trataba, no sabía que se trataba de la Virgen, de la Madre de Dios, ¿cómo era entonces que le decía "...tengo que llegar a TU casa de México..."?, refieriéndose -dicen- a su Iglesia. Que pobres conocedores de nuestras raíces. Quizás una de las pocas costumbres que aún guardamos de aquellas maravillosas épocas precolombinas es -aunque ahora más por mero formulismo que por sinceridad- el decír a propios y extraños "tu casa" al referirnos a la nuestra y como un ofrecimiento que, repito, si ahora es más por formalidad, entonces era abiertamente una invitación para que se le tomara como tal. Tánto que los viajeros tenían pleno derecho para recibír la hospitalidad de el que eligieran, e incluso de comer y descansar en cualquier casa aún en ausencia de sus propietarios. Recuerden ustedes que en las moradas mesoamericanas no había puertas. Había marcos, horadaciones que permitían el acceso a la vivienda, pero no puertas, tapias que impidieran el paso a su cierre. Naturamente que esa bondad se veía correspondida con un absoluto respeto que obligaba al viajero a tomar  sólo lo verdaderamente necesario. De tal suerte que Juan Diego, cuando dice "tu casa", se refiere sí a la iglesia, pero como la casa de todos, que ofrece sin temor alguno pues hay que recordar que en ese entonces, a fin de convencer a los indios, se manejó como principal tésis de evangelización el que "todos somos hijos de Dios" y por ende su casa es mi casa....es tu casa.

Volviendo al suceso, es entonces que la Virgen se identifica y dice: "Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador en quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra, y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo; le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y mereceras mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo". Juan Diego no dudó un momento y le dijo: "Señora Mía, ya voy a cumplír tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo", saliendo de inmediato a hacerlo.

Vaya paquetito que la Guadalupana le había encargado a Juan Diego... es tanto como si a usted, humilde mortal y ciudadano común y corriente, le mandara una desconocida a ordenarle al Señor Secretario de Gobernación que levantara un edificio, sin más argumentos que "pos ella me dijo..". Para empezar, y a veces me inclino a pensar que éste fue el verdadero milagro, imagínese usted a Juan Diego pidiéndo audiencia con el jerarca máximo de la Iglesia, sobre todo porque el pobre indio no quería decirles a los frayles ayudantes-secretarios-guaruras de Zumárraga el objeto de su visita, pues tenía un inmenso y lógico miedo de que no se le creyera. Y he aquí la primera parte del milagro: Zumárraga le recibió y le escuchó, lo que ahora es practicamente imposible con cualquier directorcillo mediocre, ya no digamos con un secretario de estado. Naturalmente que no le creyó, aunque fue condescendiente con él y le pidió que regresara en otra ocasión en la que "te oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y el deseo con que has venido".

Acongojado por no haber podido cumplír con el deseo de la señora, Juan Diego regresó al cerro del Tepeyacac donde le aguardaba la Guadalupana y con mucha pena le comunicó la incredulidad del Obispo, solicitándole que enviara mejor a uno de los principales para que su mensaje fuese creído. Debemos recordar que si bien Juan Diego había sido un "principal", había dejado de serlo al renunciar a todos sus bienes. En otras palabras era un "venido a menos" para los de su raza, que aún no comprendían del todo cómo es que había hecho los votos de pobreza y castidad, cosa que, incluso, muchos otros no sabían. Para ellos, para la comunidad, era pues "un venido a menos".

Pero no era el caso de que la Virgen, siendo quien era, usara a otro de mejores veres y decires. No, tenía que ser Juan Diego, el hombre más representativo de nuestra raza, de nuestras costumbres, del pueblo que se fundía con el español que era, precisamente, al que había de convencer de que eran seres humanos, hijos de Dios, y sobre todo que sí tenían alma. Ahh...porque no sé si usted habrá leído en las gloriosas páginas de nuestra historia -la verdadera, la de investigación, no la escrita por Bernal- que, para los españoles, los indios no eran más que animales y no tenían alma.

La Virgen, que aún no se identificaba como "Guadalupe", a Juan Diego le hizo saber que no podía ser otro sino él quien llevara el mensaje, y pidió a éste ir de nueva cuenta a la mañana siguiente a ver al Obispo para insistír en su petición, reiterando que era ella, la siempre Virgen María, la Madre de Dios, quien lo ordenaba. Haciéndo de tripas corazón, Juan Diego partió a su casa.

Al dia siguiente, Domingo, muy de mañana salió el indio rumbo a Tlatelolco y, tras escuchar misa, solicitó nuevamente audiencia con Fray Juan de Zumárraga.

Y es aquí en donde insistimos en que debemos recuperar, entre otros muchos valores, el de la convicción. Juan Diego, vil pueblo, sabía que no era tarea fácil hacer comprender al Obispo las órdenes de la Virgen, sin embargo, insistió, parte por cumplir con ella, parte porque así lo creía. No le importó la posibilidad de ser despedido con cajas destempladas por el Obispo o por sus ayudantes. Tenía que hacerlo a pesar de los naturales impedimentos sociales y religiosos. Si Juan Diego no hubiese tenido esa fuerza de convicción, no hubiese guadalupana, u otro sería el que estuviera ahora a punto de ser canonizado.

Cuántas veces no hemos dejado atras una idea, un proyecto, quizás incluso una ilusión por falta de convicción. Le aseguro que usted mismo, querido lector, ha usado cientos de veces esa frasecita amodorrante "¿Y qué tal si me dice que no?", desmoronándo con su inseguridad su convicción. Mi padre me narraba un cuento: "A cierto viajero se le descompuso el auto en la carretera. Al revisarlo, se dio cuenta de que tan sólo había que apretar un tornillo...pero él no traía desarmador. Obscurecía ya y a lo lejos vio una lucecita. Abandonando la carretera se encaminó hacia aquella modesta vivienda campirana. En el trayecto pensaba: “esta gente se duerme temprano...ya deben estar dormidos...acaso se molesten por que les voy a pedir un simple desarmador...y si no tienen?...o de plano no me lo quieren prestar?....haaa por que son rete deconfiados...desgraciados, a lo mejor son de esos que odian a los citadinos....”, al tiempo que se apoderaba una rabia inmensa de él pensando en que su recorrido hacia la choza fuese en vano. Cuando le abrieron la puerta, malhumorado espetó: ¡Váyanse al demonio con su maldito desarmador!. Le faltó positividad, seguridad, convicción de que con ayuda, aún sin desarmador, podría solucionar su problema. Excuso decirte que el pobre indito se quedó azorado pues ni siquiera se enteró de qué hablaba el atildado caballero".

Sin embargo, Juan Diego no dudó un momento en enfrentarse de nueva cuenta al prelado que, sacando a su vez fuerzas de la paciencia, le escuchó no sin antes hacerle esperar otras tantas horas. Nuevamente, claro, no le creyó, a pesar de que le sometió a un largo interrogatorio. Que qué le había dicho la señora...que de qué color eran sus ojos...que de qué forma iba vestida...y mil cosas más. Imagínese qué le preguntaría usted mismo a Juan Diego para poder creerle. A pesar de todo, Juan Diego repitió lo mismo una y otra vez. No cayó en contradicciones, y era tanto su fervor al hablar de la aparición que Zumárraga optó por decirle que, si era cierto, no habría problema alguno en que la señora le mandara una señal en prueba.

Aquí estoy seguro que cualquiera de nosotros habría mandado todo a volar de nuevo. Mira que pedirle a la señora que se dice mamá del presidente que lo pruebe para que se lo crea el secretario de gobernación....carajo! Ya me imagino la reacción de la señora: ¡Y quién es ese estúpido para pedirme a mí que pruebe quién soy! O no? La verdad es que, insisto, el papel que jugaba Juan Diego no era cualquier cosa. Se necesitó deveras convicción para estar a la altura de las circunstancias.

El indio salió al momento en busca de la señal, pero el Obispo, con la duda clavada ya, ordenó que le siguieran para espiarle y ver que tanto había de verdad en su relato. Los encargados de ésto, que por cierto no lo hicieron de buena gana, poco antes del cerro del Tepeyacac le perdieron de vista y regresaron cansados y molestos para, con el fin de justificar su falta de cuidado en el encargo, tratar de convencer al prelado de que el indio sólo le engañaba, que no podía ser posible que la virgen se le apareciera a un desarrapado y, sobre todo, indio!. Es más, entre ellos discurrieron que si Juan Diego volvía con sus impertinencias, le habrían de castigar duramente.

Cómo me recuerda este pasaje la actitud de esos funcionarios menores que, contra la atingencia del jefe y queriendo quedar bien con él, pero llevándolo al fracaso, toman sus propias decisiones y, casi siempre, en contra del pueblo mismo. Y éste, falto de convicción, se retira sin más ni más.

El indio, sin embargo, firme a sus convicciones, llegaba ya a decirle a la Virgen lo que el Obispo le había pedido. Esta contestó: "Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá...".

Pero el diablo tenía que meter la cola y al día siguiente, lunes, Bernardino, el tío de Juan Diego enfermó de gravedad. Por la noche, le pidió a Juan Diego que muy de madrugada fuese a Tlatelolco para traer un sacerdote que le confesara y ayudara a bien morir, pues estaba seguro de que no sanaría.

Así lo hizo Juan Diego, sólo que, para evitar encontrarse con la señora, desvió su camino y tomó la otra ladera del cerro del Tepeyacac, aunque en vano, pues la que todo lo ve se le apareció de nueva cuenta. "Juanito, hijo mío el más pequeño, adónde vas?" El indito, ruborizándose todo, balbuceó timidamente: "Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, cómo has amanecido?...Voy a causarte aflicción; sabe niña mía que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste y está por morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amados de nuestro Señor, que vaya a confesar y disponerle....pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa". La Virgen, piadosamente, le dijo: "Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflije, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has de menester? No te apene ni inquiete otra cosa, no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que ya sanó".

Dice la narración de los milagros que cuando Juan Diego escuchó estas palabras se consoló, quedó contento, y con plena confianza en lo que le decía la Madre de Dios, le rogó que le enviara a ver al Obispo con la señal que pidiera.

Usted lo haría? Si a usted se le presentara una desconocida diciendo que era la Virgen y que no se preocupara por la enfermedad de su pariente, que primero cumpliera con sus órdenes...qué pensaría?, cómo reaccionaría? Puedo apostarle, conforme a la manera en que pensamos ahora, que la mandaría por un tubo y diciéndole algo como "estás loca? donde crees que primero voy a tus caprichos y luego a ver al sacerdote que requiere mi pariente?...tú serás muy lo que dices pero primero lo mío y después ya veremos". Se largaría incluso molesto por su egoísmo y falta de sensibilidad. A poco no? Faltaba más! Pero Juan Diego creía en Ella. Creía en su fe, en sus convicciones, y no dudó un momento en obedecerla. Crea usted o no en su divinidad, recuerde que nos ha sucedido muchas veces con nuestros propios hijos, por ejemplo, que al ordenarles algo que sabemos es importante nos mandan al cuerno, alegando que lo suyo lo es más aún. Los psicólogos podrían decir que así es, que lo que para nosotros es importante, para ellos no y, lo que para ellos és, para nosotros no lo es. Pero la realidad es que ni unos ni otros tenemos convicciones firmes, ni se las hemos inculcado a nuestros hijos, ni acaso sepamos qué es importante para ambos. Y no hablo de fe, de creencias religiosas. No. Hablo que esas cosas simples de la vida, cotidianas, que forman el todo de una personalidad, de una familia, de una sociedad que, de tenerlas, sería unida e indestructible. Viene a mi recuerdo la fuerza que el pueblo Indú tuvo, inspirado por las firmes convicciones de Mahatma Ghandi, para enfrentarse en forma pacífica al colonialismo inglés logrando, finalmente y gracias a eso, su independencia.

La señal misma que enviaría al prelado sería otra prueba de la firmeza de convicción de Juan Diego. La Vigen le envió a la cima del Tepeyacac a buscar rosas de Castilla que llevaría como prueba al Obispo. ¡Rosas de Castilla en un cerro lleno de riscos, abrojos, mezquites, espinas y nopales, que dificilmente veía flores, y mucho menos en esa época del año, en pleno invierno!. Pero no dudó, subió, y no sólo encontró las rosas, sino en tal variedad que el propio Obispo, cuando las recibiera más tarde, quedaría asombrado.

Juan Diego las recogió en su tilma, las presentó ante la Señora que las tomó en sus manos por un momento; tras regresarlas al burdo ayate del indio ordenó: "Hijo mío, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ellas mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo: dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo, que fueras a cortar flores, y todo lo que viste y admiraste, para que puedas inducír al prelado a que dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido".

Y ahí va de nuevo Juan Diego en busca de Zumárraga, y de nueva cuenta a padecer, sólo que ahora con mayor encono, la actitud de los frayles-guaruras. Desde el momento mismo en que llegó al palacio episcopal, los frayles le ignoraron. Hacían como que no le oían o veían. El les suplicaba que le dejaran ver al prelado, pero de nada sirvieron sus ruegos. Sin embargo, no cedió. Se sentó en el corredor de la entrada y guardó silencio por largas horas ante la indiferencia de los frayles. -¿No le recuerda ésto los actuales plantones de nuestros indígenas ante las oficinas de funcionarios, aunque con someras diferencias?- Finalmente, la curiosidad mató al gato. Algunos de ellos se dieron cuenta de que llevaba un bulto en el regazo y pretendieron saber de qué se trataba. JuanDiego pagó con la misma moneda y no permitió que vieran su tesoro. Además, así lo había ordenado la propia Virgen al decirle "Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta...". La actitud del indio causó una tentación tal entre los frayles que, en un momento dado, quisieron ver por la fuerza que llevaba en la tilma, alcanzando tan sólo a notar algunas rosas. Eso bastó para causarles admiración pues bien sabían que no se daban en esa epóca del año, por lo que corrieron a decirle a Zumárraga lo que habían descubierto. Monseñor supo en ese preciso momento que las rosas eran la señal enviada y mandó traer a Juan Diego que, tras hacer un relato de lo sucedido esa mañana y reportar las órdenes enviadas por la Señora, desplegó su manta dejando caer por el piso decenas de rosas. El asombro de los religiosos fue mayor aún al notar que, en la tilma de Juan Diego, había quedado estampada la imagen de la Virgen tal y como la conocemos ahora. Todos cayeron de rodillas y se humillaron ante Virgen e Indio, así, con mayúsculas, que bien ganado lo tiene.

Desde ese mismo momento, México experimentaría un cambio radical en su forma de pensar y de sentír. El milagro guadalupano, sin embargo, aún no se completaba.

El Obispo tomó la tilma de Juan Diego y la colocó en su oratorio. Un día más estuvo el Indio hospedado en el palacio episcopal. Al siguiente día, Fray Juan de Zumárraga quiso conocer el lugar en que la Madre de Dios había ordenado se construyera su templo y ahí fueron Indio, Obispo y frayles. A Juan Diego le apuraba ver a su tío Bernardino y, tras cumplír con el mandato, pidió licencia para hacerlo. No sólo se la concedieron, sino que le acompañaron hasta su casa, en donde encontraron a Bernardino gozando de total salud. Este, extrañado de tan honrosas visitas, cuestionó a su sobrino sobre el motivo y Juan Diego le narró todo lo que sucedió desde que tomara camino a México para traer al sacerdote que habría de confesar al tío, incluyendo la orden de la Virgen y la recomendación de que no se preocupara por la salud de su tío, dado que ya estaba sano.

Bernardino manifestó que así había sido. Que se le había presentado una gran Señora en el momento mismo en que Juan Diego lo decía y que le había sanado, informándole que había mandado a su sobrino con el Obispo. Dijo también que la Señora le había ordenado que, cuando Bernardino viese al prelado, le narrase todo lo sucedido y le dijese que la nombrase la siempre Virgen María de Guadalupe. Es pues a Bernardino a quien revela el nombre guadalupano con el que habría de ser conocida de ahí en adelante.

Fray Juan de Zumárraga hospedó a Juan Diego y a su tío en el palacio del arzobispado durante quince días, tiempo que duró la construcción del templo en que se adoraría a la guadalupana. Cualquiera podría decír que es una locura que la primera Ermita en que se adorara a la guadalupana hubiese sido levantada en quince días, sin embargo, Torquemada, siguiendo la relación de Pedro del Castillo en su Monarquía Indiana, libro III, capítulo XXXIII, dice a la letra:

"Quienes dudan de que en quince días se alzara en Tepeyacac la ermita donde fue colocada primero la Santa Imagen, ignoran que en sólo una noche los indios de entonces formaron un pueblo. Así burlaron a Montealegre, aquel hermano de Oídor (sic), que, prevenido de una merced real de tierras, llegó al valle de Atlixco y, después de elegír en Popocatica las que bien le parecieron, se fue por el juez que habría de medirlas, ofreciendo tornar a los dos días. En tanto, para estorbarle, discurrieron los indios de Huejotzinco, dueños de aquel lugar, hacerlo asiento de pueblo, y calladamente, de noche, fueron con sus mujeres e hijos cuatro o cinco mil de ellos, cargados de paja de jacal y varas y magueyes, y a la mañana siguiente aparecieron hechas más de treinta casas, cuya cubierta denotaba ser vieja y harta de servir, con las varas ahumadas, y adentro los moradores, hombres, mujeres y niños, donde los gallos cantaban, los perros ladraban y los niños lloraban y unos con otros se trataban, como si de mucho tiempo atrás se hubiése formado el pueblo".

Es pues de creer también que la Ermita primaria fue construída con varas y paja, pero ermita al fin y cumpliéndose el deseo de la guadalupana. Hecho ésto, el obispo sacó la sagrada imagen del oratorio de su palacio y la trasladó al templo de la Reyna del Tepeyac, para recibír ahí el culto de una ciudad conmovida y maravillada. Naturalmente que ésto fue en tanto se construía la Iglesia Mayor a donde fue trasladada la imagen en solemnísima procesión según narraron a su tiempo los viejos de Cuauhtitlán, y lo testifica aún el cuadro conmemorativo existente en la vieja Basílica de Guadalupe.

Juan Diego, por su parte, se dedicó de tiempo completo, por el resto de su vida y hasta su muerte, a cuidar del templo, viviendo en una casita que sus coterráneos de Cuauhtitlán le construyeron a un lado de la Ermita, la cual estuvo según la tradición en el sitio que actualmente ocupa el bautisterio de la parroquia o iglesia vieja de los indios. Murio con fama de santidad, a los 74 años, en 1548

 

DE FIELES Y ANTIAPARICIONISTAS

 

Si bien es cierto que en un principio los adoradores de María de Guadalupe fueron los indios, dado que a quien se le había aparecido era indio -y quede constancia de que uso la palabra indio para el entendimiento histórico de la narración y no porque me guste-, poco a poco los criollos y aún los españoles de cepa fueron cayendo rendidos a su culto.

Eran tiempos aún inestables. La Nueva España era una tierra de incipiente organización, en la que todos y cada uno quería jalar agua para su molino, conforme a sus propias conveniencias y ambiciones. Los aventureros, militares, civiles y religiosos, mantenían el dominio aún. Sin embargo, aquellos que pensaban y actuaban ya con mesura como líderes, organizadores y ciudadanos, escalaban lentamente los puestos de poder.

Imagínese usted la tremenda revolución que debió de haber sido la Nueva España. Para empezar, la mezcla de lenguas que hacían de ésta una especie de Torre de Babel: los españoles llegados hablaban varias lenguas, la castellana, la catalana, la flamenca, y quién sabe cuántas más. Los indígenas, a su vez, también tenían una inmensa variedad de lenguas como la otomí, la zapoteca, y otras, aunque bien podría decirse que era el nahuatl la de uso más común, sobre todo porque la Nueva España estaba asentada, en sus principios, en zona nahuatl. Se imagina usted cómo demonios se entendían? Por otra parte, la variedad de costumbres, que cada cual defendía e intentaba imponer a los demás, haciéndose por ende una mezcolanza tal que no dejó a un lado ni a las propias razas. De ahí vienen más de cincuenta variedades registradas en la época, tales como el mestizo, el criollo, el negro, el cambujo, y muchas más que, de antemano le suplico no me pregunte cuál era cuál, pues he revisado al menos quince versiones diferentes y ninguna se pone de acuerdo en todas, aunque coincide en algunas. Por ejemplo, el español, nacido en la penísula ibérica; el indígena, de raza autóctona nacido en mesoamérica; el mestizo, hijo de español con indígena; el criollo, que aplicaba como tal aquel nacido en tierras mesoamericanas, hijo de españoles; o el negro, traído principalmente de Africa como esclavo para trabajar en las minas o en las haciendas dedicadas al cultivo.

A tal revoltura de lenguas, idiomas, razas, costumbres y tradiciones, a más de las naturales ambiciones brotadas ante el descubrimiento de una tierra de promisión, era natural que los jalonéos políticos, sociales y religiosos, se dieran como pan caliente. De ahí que surgieran tantas traiciones y contra-traiciones, como las sufridas por el propio conquistador Don Hernán Cortés, el mismísimo jerarca de la iglesia Fray Juan de Zumárraga, y tantos otros.

Se imagina usted lo difícil que sería unificar los criterios de tan diversas formas de pensar y de vivir? Unificar a tan diferentes ideologías y costumbres? Los rencores se anidaban en todos los corazones. Unos por sufrir las crueldades de la conquista; otros, las asperezas de un mundo nuevo casi sin leyes y, otros más, porque siendo hijos del nuevo mundo eran rechazados sistematicamente por unos y por otros.

Faltaba, antes que nada, la firmeza de convicciones. Un algo que les unificara y dejaran todos de verse como enemigos, como amos y vasallos. La oportunidad era única. Así, el culto a la virgen de Guadalupe se fue extendiendo y unificando.

A sólo quince años de la aparición de la guadalupana, no sólo los indios veneraban a la Virgen morena, como narra Francisco de la Maza: "...también las familias españolas, encabezadas por las señoras, iban a pie a orar ante la imagen...el Arzobispo, viendo que los domingos se paseaban -las familias- en las huertas de los alrededores en puro devaneo y sin santificar la fiesta, encausó los pasos al Tepeyac, donde encontraban los vecinos, además del descanso de la ciudad, una ermita donde oír misa". El segundo Obispo, Fray Alonso de Montufar, relata en su Información: "Han cesado en esta ciudad muchos juegos y placeres ilícitos,...después acá que se divulgó la devoción de Nuestra Señora de Guadalupe, han cesado mucho". Cabe señalar que no todas esas familias fueron llevada de la mano precisamente para adorar a la guadalupana. Quizás lo fueron las que acostumbraban ir de "día de campo" a aquellas huertas, pero las otras, las que iban a otros lados, llegaron solas, atraídas por el fervor que ya se extendía de boca en boca, como todas las noticias de la época.

Al extenderse el culto, surgieron los detractores. Unos, los clásicos enemigos gratuitos que siempre están en contra de todo lo habido y por haber; otros, surgen más en defensa de las advocaciones marianas españolas que ven en la guadalupana a una enemiga muy poderosa ante el fervor novohispano, y otros más que se lanzan no propiamente en contra de la guadalupana misma, sino del obispo Fray Juan de Zumárraga, con una posición claramente motivada por la envidia nacida del privilegio que, para ellos, era autoconcedido a fin de aumentar su poder eclesiástico.

Unos y otros manejaron argumentos que se basaban en la confusión de la fórmula Tonantzin-Guadalupe, alegando que sólo era un artificio para obligar a los indios, adoradores de la primera, a creer en una deidad similar pero católica. No dejaban, sin embargo, de usar otros medios de convencimiento como el lanzar acusaciones tendenciosas a Fray Juan de Zumárraga que, quizás por las presiones político-clericales de la época, llega el momento en que flaquéa y practicamente desconoce la verdad de las apariciones, aunque más tarde, ya practicamente derrotado, las reconozca de nueva cuenta y  se convierta en un ferviente defensor del guadalupanismo.

Entre los principales anti-aparicionistas podríamos citar a Fray Francisco de Bustamante, uno de los más enconados enemigos de Zumárraga y que llegó a calificar el culto a la guadalupana como una idolatría; el propio Torquemada, que afirmaba que la guadalupana mexicana no era otra que la españolísima Virgen de Guadalupe de Extremadura; el franciscano Fray Alonso de Santiago, que decía que permitir el culto como estaba era escandalizar a los indios, porque creerían que aquella era la verdadera Nuestra Señora, y hasta el mismísimo Fray Bernardino de Sahagún que, sin tomar abiertamente partido en contra, timidamente defendía el argumento de la Tonantzin-Guadalupe, aunque le molestaba profundamente la devoción guadalupana.

 Es evidente, dice De la Maza, que todos los franciscanos del siglo XVI no sólo dudaron del milagro guadalupano, sino que lo negaron abierta y francamente. Cabe recordar el enconado y constante enfrentamiento que existía entre las diferentes órdenes como jesuitas, carmelitas, dominicos, franciscanos, etc. Lo que bien hacía uno... era sancionado por los otros. Todo enmedio de la santa relación clerical y las patadas eran muy, pero muy por debajo de la mesa. Casi como ahora!

A pesar de todo, la esencia y presencia de la guadalupana se reafirmaba al paso del tiempo. Muchos fueron los defensores de la guadalupana, pero destacan cuatro de ellos, llamados por De la Maza los Evangelistas Guadalupanos: Miguel Sánchez, famoso predicador y excelente teólogo de la época, que en 1648 publica el primer libro referente a la Virgen de Guadalupe; Luis Lasso de la Vega, clérigo encargado de la Iglesia de Guadalupe desde 1645 que en 1649 publica en lengua nahuatl su Huei tlamahuizoltica omonexitli ilhuicac tlatoca ihuapilli Sancta María, o sea El gran acontecimiento con que se apareció la Señora Reina del Cielo Santa María; Luis Becerra Tanco, físico, químico, naturalista, profesor de astrología y matemáticas de la Universidad, y profundo conocedor de idiomas como el hebreo, griego, latín, francés, italiano, portugués, nahuatl y otomí, muy superior a sus dos antecesores, autor del Orígen Milagroso del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe -fundamentos verídicos en que se prueba ser infalible la tradición en esta ciudad acerca de la Aparición...-, publicada en 1666, y Felicidad de México en el principio y milagroso orígen del santuario de la Virgen María de Guadalupe, publicada por su amigo Antonio de Gama en 1675, después de la muerte del autor; y Francisco de Florencia, jesuita al que ni la teología ni la ciencia importan, devoto historiador de las imagenes milagrosas de México, cuya obra es una síntesis de lo ya publicado, pero a la que agrega cuanta poesía, cantar, leyenda o milagro se relaciona con la Virgen de Guadalupe.

Para 1697, Don Antonio Morales Pastrana publica su Canción real histórica de la milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México. De la Maza dice con sorna y no falto de razón: Todo ya es "real e histórico" a fines del siglo XVII, siglo-gérmen de toda mexicanidad.

Quizás uno de los dictámenes más importantes fue el lanzado a principios del siglo XX por el pintor español, Francisco Camps Rivera, que en una carta enviada a la escritora norteamericana, Helen Behrens, especialista en la Virgen de Guadalupe, en respuesta a su petición de que examinara la imagen, dice:

"La tela sobre la cual aparece la imagen confirma que dicha tela corresponde al período de las apariciones, o sea 1531, y que fue hecha de fibra vegetal por manos indígenas. Yo observé que la tela nunca fue preparada con ningún emplasto y ningún pintor humano hubiera tratado nunca de hacer una pintura sin preparar primero su tela. Después la examiné minuciosamente con un vidrio de gran aumento, pero no pude encontrar ninguna huella de pincel.

Yo he estudiado miles de pinturas en museos y en colecciones privadas en España, Italia, Francia, Bélgica, Holanda, Inglaterra, Estados Unidos, Cuba y Canadá, y he restaurado un buen número de ellas por todas partes....por una concienzuda eliminación he llegado a concluír que los pintores del siglo XVI no pudieron pintarla. Ningún artista español, flamenco o italiano pudo haber producido la fina sensibilidad de la venerada imagen...No es posible creer que alguno de los tres pintores nativos Marcos Cipac, Pedro Chachalaca o Francisco Xinmamal, que ayudaron a frayles franciscanos en Actopan, en Huejotzingo y en algunos otros lugares pudiera haber pintado o interpretado a la Virgen... Ahora, he aquí algo que hace a uno pensar en lo imponderable. La imagen tiene más de 400 años. Cualquier pintura de esta edad actualmente está ya agrietada, con la pintura levantada en diminutas escamas, y oscurecida con color de tabaco. La Virgen de Guadalupe, como se ve, tiene colores brillantes, no tiene grandes señales de antigüedad y, a pesar de los años, cosa que no se le puede negar, da la sensación de una juventud fresca y eterna...."

La polémica sobre si fueron reales las apariciones o no, dura hasta nuestras fechas. Tal parece que una serie de exámenes, realizados por un multidisciplinario equipo científico multinacional, y en el que se aplicaron desde rayos X hasta lasser, pasando por pruebas del carbono 14 y otras practicamente innombrables para nosotros los mortales, han dejado a un lado esta polemica, al confirmar que la tela es auténtica e incluso descubrír, con todos esos procedimientos modernos, que en los diminutos ojos de la Morena del Tepeyac se refleja la imagen de Juan Diego, cosa definitivamente imposible de lograr por pintor alguno.

Esta serie de exámenes, vistos en su individualidad, es sumamente interesante, tanto que ya existen varios libros escritos sobre el tema y, como nosotros no pretendemos profundizar en éste, hasta ahí la dejamos. Son interesantes no sólo por su aspecto meramente comprobatorio de una realidad religiosa, sino por el punto de vista propiamente científico que descubre algunos aspectos no conocidos, como es la aplicación del estampado en el tipo de ayate de que se trata, nunca jamás usado por experto alguno. Pero, en fin, más le convendría leer algunos libros recomendados.

Volviendo al tema, la realidad de un culto que se extendía paso a paso por toda la Nueva España, dejaba estupefactos a más de cuatro. Si bien es el siglo XVI el de la aparición y el XVII el de la polémica, podría decirse que es durante los siglos XVIII y XIX cuando la guadalupana se convierte en factor de unidad nacional, pero no se crea que de golpe y porrazo. Para llegar a significarse como tal, muchos fueron los procesos tanto materiales como espirituales que hubieron de pasarse.

 

EL PROCESO DE CONSOLIDACIÓN

 

Debemos recordar que el principal factor reticente para reconocer la existencia de un milagro es la propia Iglesia Católica. Si bien los datos señalan que fue en 1663 cuando la iglesia novohispana solicita a la Curia Romana se declare el 12 de diciembre día festivo dedicado a la Virgen de Guadalupe, no se habla de un reconocimiento abierto al milagro como tal, aunque el proceso mismo, para declarar ese día santo, debería pasar primero por la aceptación misma de Roma respecto a las apariciones.

Es a instancias del canónigo Doctor Francisco de Siles que se hace esta solicitud, firmada y avalada por religiosos y dignatarios, enviada a Su Santidad Alejandro VII, que respaldan con copias de escrituras auténticas, papeles antíguos, un ejemplar de la obra de Miguel Sánchez, la historia en latín de la Aparición y el decreto del ilustrísimo Obispo de Puebla de los Angeles y gobernador del Arzobispado de México, Don diego Osorio Escobar y Llamas, en el cual asevera la verdad de la aparición y la constante devoción al Santuario y a la Imagen.

El procurador de la Curia Romana, a finales de 1665 solicita más documentación, que se envía en 1666, agregando por fin una carta del Cabildo Secular, dirigida al Papa, pidiéndole humildemente "se dignara canonizar la aparición por milagrosa".

Lo único que se obtuvo fue una concesión, asignando el 12 de septiembre -sí, de septiembre- ya por el entonces Papa Clemente IX, que en 1675 concede nueve indulgencias plenarias para los días de festividad de la Virgen, inclusive el de la aparición -12 de diciembre- con lo que practicamente se da el primer paso para su reconocimiento oficial.

Cabe traer a la memoria que era por esas fechas precisamente que se daban los jaloneos entre fieles creyentes y anti-aparicionistas en plena Nueva España, por lo que es de deducirse que, ante los trámites de los creyentes, hubiese mala información y zancadillas de parte de sus contrarios en los trámites con Roma que, al final de cuentas, todo lo escucha.

La peste que diezma a la población de la capital de la Nueva España en 1737, mueve al pueblo a jurar el patronato de Nuestra Señora de Guadalupe. El Arzobispo declara festivo el 12 de diciembre y, al año siguiente, el 11 de febrero, al no decrecer la epidemia, se acuerda en el Cabildo el juramento del patronato, llevándose a cabo el 27 de abril la ceremonia del juramento de los diputados eclesiásticos, declarando a la Virgen de Guadalupe Patrona Principal de la ciudad de México.

Después del nombramiento, comenzaron a disminuír las muertes por la terrible peste. El Obispo mismo dio a conocer que la elección de la guadalupana como patrona, había sido motivada por la necesidad de buscar un remedio contra la epidemia, destacando con ésto que la guadalupana era ya, para ese entonces, un factor de unidad.

En 1746, con la aprobación de todas las provincias del país, en una jura nacional realizada en la Catedral el 4 de diciembre, seguida de una solemne procesión el 11 y celebrando la festividad del 12, se declara a la Virgen de Guadalupe Patrona Principal de Todo México.

Poco antes, Lorenzo Boturini, italiano estudioso de la Virgen, había enviado a mediados de 1738 a la Santa Sede la primera solicitud para la coronación de la guadalupana, solicitud que es rechazada pues faltaba la petición oficial de la Ciudad de México. En 1740, el Arzobispo nombra a Boturini delegado para la investigación de los procesos obligatorios por que debe pasar toda averiguación milagrosa: antigüedad, concurso popular y multitud de milagros.

Si bien el primer intento no dio resultado, la nueva petición hecha en 1752, acompañada de un lienzo con la imagen guadalupana, conmueve a su Santidad Benedicto XIV que, postrado reverentemente, exclama: "Non fecit taliter omni nationi", frase que hoy observamos a la entrada de la moderna basílica y quiere decir "No ha hecho nada igual con ninguna otra nación".

Dos años después, Benedicto XIV decreta la aprobación del oficio propio y misa, y la celebración del 12 de diciembre con rito doble de primera clase con octava, confirmando con autoridad apostólica la elección de la Virgen, bajo el título de Guadalupe, como Patrona Principal y Protectora de México. En México, la celebración duró nueve días.

No cabe duda que México nació bajo el amparo protector de la Virgen de Guadalupe. Desde su aparición misma los moradores de la aún Nueva España se acogieron a su protección, sin necesidad de papeles o trámites terrenales que le dieran validez. Ellos sabían ya, con firme convicción, que era su patrona y señora. Lo mismo los indígenas que los españoles o los criollos.

Pero si bien es cierto que en materia espiritual la guadalupana unificaba a nuestra gente, la ambición, la impunidad y el abuso humano hacían campear un inmenso descontento entre los habitantes novohispanos, principalmente entre los criollos que, sintiéndose hijos de la tierra en que vivían y por ende dueños de ésta, estaban dispuestos a enfrentarse a la corona española con el fin de alcanzar mayores canongías, quizás hasta iguales que las de los españoles.

Contra lo que rezan los textos históricos escolares, el movimiento de los criollos, encabezado por Hidalgo, Allende, Aldama, y Doña Josefa Ortíz de Domínguez, no pretendía la independencia de la Nueva España, sino un nuevo orden de dependencia, con mayores libertades, y canongías, pero sin dejar la tutela de la corona.

Eran los criollos lo que bien pudiera compararse ahora con la clase media. Para su movimiento -que no era armado sino de mera grilla política- necesitaban actuar con inteligencia y cautela, diplomáticamente pues. Sin embargo, el movimiento esta a punto de ser reprimido, y el grupo -convertido por las circunstancias en insurgente- se vio en la necesidad de hechar mano del pueblo y levantarse en armas, para respaldar una lucha que se inicia intempestivamente, sin planeación, practicamente obligada. Los criollos no habían pensado llegar a la lucha armada, estaban seguros de que podrían lograrlo por medio de la diplomacia y para ésto se seguía una corriente con aparentemente buenos resultados en Europa. Para motivar al pueblo a seguirlos no hablan de mayores libertades como las que ellos aspiraban, pues ese pueblo indígena en su mayoría no tenía derecho a ello y menos en la forma que lo planeaban, por lo que le hablan de libertad total, de independencia, de sacurdirse el yugo de la corona, aunque bien se guardan el plan de no abandonarlo por completo. Sabían que el pueblo también estaba harto de soportar el sojuzgamiento español que llegaba ya a cuatro siglos.

Empieza la lucha, y como factor de unidad, el propio Miguel Hidalgo, cura párroco de la Iglesia de Dolores, Gto., buscando la reacción inmediata del pueblo mexicano, enarbola un estandarte de la Virgen de Guadalupe, que siguen con docilidad, fervor y entusiasmo. Así, mientras unos luchan soñando en la independencia, los otros ven cercana la meta de obligar a la corona a reconocer los derechos que buscan como clase. El clásico chantaje que ahora, en política, tanto se usa por transportistas, vendedores ambulantes y otros. Yo lanzo al pueblo en lucha por su independencia. Tú me concedes los derechos de igualdad que busco, decimos que de lo perdido lo que aparezca y en santa paz.

La Constitución de Cádiz finalmente les daría esa semi-igualdad, pero ya era demasiado tarde; el fervor patriótico inflamado a lo largo del territorio nacional buscaba ya ardientemente la independencia. Hidalgo ya había caído y nuevos líderes, como Morelos, acaudillaban la lucha que iba realmente en busca de la independencia. Una lucha en la que la guadalupana participa activamente, habiéndo llegado el caso de que los insurgentes le dieran el grado de Generala y le pusieran cananas y pistola.

Muchas son las anécdotas que se vierten en este sentido durante la lucha independentista. Una de las que viene a mi mente es aquella en que, durante el sitio al Fuerte de San Diego, realizado por el General Morelos el 15 de febrero de 1813 al intentar la toma de Acapulco, en una escaramuza con las tropas del insurgente Avila, los realistas les arrebataron el estandarte de la Virgen de Guadalupe que portaban, tomándola "prisionera" y llevándola hasta el mismísimo Castillo, en donde le encerraron en una bartolina con guardia a la puerta.

Los realistas tomaron tan en serio su papel, pues la guadalupana era la Generalísima de las tropas insurgentes, que le formaron Consejo de Guerra en el patio de armas, habiendo levantado un tablado junto a la capilla para realizar el juicio. A la Virgen de la Soledad, que a su vez era la Generala de los soldados españoles, la llevaron en andas, bajo palio, y en solemne procesión desde su templo, ubicado en el centro de Acapulco, hasta el fuerte, donde las campanas hecharon a vuelo y los cañones lanzaron fuertes salvas por el "feliz acontecimiento", a fin de que presenciara el juicio de su "odiada rival", la India del Tepeyac.

El Gobernador Pedro Antonio Vélez, ataviado de gran gala al igual que el resto de las autoridades políticas, militares y religiosas, presidió el acto, siendo Presidente del Consejo de Guerra el Capitán Gallástegui.

Llevó la voz de la acusación, de fiscal pues, el capitán Antonio de Elorriaga, quien lanzó tan terribles cargos que ameritaban la pena de muerte de la india. Por unanimidad, la sentencia fue: fusilamiento. Los españoles sacaron el estandarte de la guadalupana de su calabozo y, a un lado de la capilla, con toda la solemnidad militar del caso, ¡fue fusilado!.

Llegado el triunfo de las armas insurgentes, Iturbide, elevado al rango de Emperador, crea la Orden de Guadalupe, con el objeto de recompensar al ejército y premiar cualquier servicio encomiable a la nación. Al aprobar sus estatutos, la Junta Suprema gubernativa y el Congreso, declararon que la Orden era en honor de la devoción del Imperio a la Virgen de Guadalupe, con el objeto exclusivo de premiar el valor y la virtud de los mexicanos.

Cuando el imperio se derrumba, le sucede la república. La influencia de la Virgen de Guadalupe era ya tal para el siglo XIX que incluso el Primer Presidente del México independiente, y uno de los más aguerridos luchadores insurgentes, Don Guadalupe Victoria, llega al mandato con un nombre adoptado en honor de la guadalupana, toda vez que su verdadero nombre era Manuel Felix Fernández.

Nacido en Tamazula, Durango, Don Manuel Felix decide cambiarse el nombre al alcanzar el triunfo los insurgentes y, por ende, la independencia de la corona española. Adopta el nombre de Guadalupe en honor de la Virgen Morena, y como apellido Victoria, simbolizando así la victoria sobre las armas realistas. El Victoria, como apellido, aún se conserva por sus descendientes como Felipe Victoria Zepeda, uno de los mejores escritores que en materia de literatura político-policiaca se han dado en las últimas décadas.

En 1853 el dictador Antonio López de Santa Ana restaura la Orden de Guadalupe con festividades semejantes a las del imperio de Iturbide.

Son los tiempos en que luchan hermanos contra hermanos, liberales contra conservadores, éstos que amaban el boato de la realeza aún anidada en sus mentes, aquellos que pugnaban por una definición de patria y república.

Con el establecimiento de la monarquía importada de francia, el emperador Maximiliano continúa con la Orden, pero modificando sus estatutos a conveniencia de su mandato.

Dos décadas después, el General Porfirio Díaz encaminaba a la patria por la senda de la prosperidad, apoyado por un pueblo que habría más adelante de sufrir su senilidad y tiranía. Es entonces cuando se inician los trámites para lograr la coronación de la virgen de Guadalupe como patrona indiscutible de México, lo que se alcanza el 12 de octubre de 1895, por decreto de León XIII y más tarde, en 1910, como Patrona Principal de toda América Latina por decreto de Su Santidad Pío X.

Desde entonces, la Virgen de Guadalupe es la reina de México, y del corazón de los mexicanos que encuentran en ella un importante factor de unidad. La convicción de sus creencias es firme, decidida. Como relato al principio, las imagenes de la morenita del Tepeyac se multiplican por miles y su veneración y culto se extiende a cada hogar de la república y de América. Ella es testigo del esfuerzo y del sufrimiento, la paliadora de la desgracia y el motor del progreso. Llueven sus milagros en respuesta a las fervientes peticiones de sus seguidores que, año con año, se desbordan por millones en sus templos. No hay mexicano que no visite la capital, sin que llegue hasta la base misma de su altar en la basílica para agradecer alguna gracia concedida, incluyendolo a usted...o no es verdad?.

Si bien es cierto que la Virgen Non fecit taliter omni nationi "no ha hecho nada igual con ninguna otra nación", también es verdad que nunca un pueblo le había adorado tanto y tan veneradamente como el mexicano. El fenómeno de unidad es sorprendente.

Pero el diablo tenía que meter la cola...

 

UN CAMINO TERGIVERSADO

 

Cada quien escribe conforme le va en la feria, dicen algunos, y la verdad es que la historia está llena de atrocidades debido a que, como decíamos antes, la escriben los vencedores o aquellos que, teniendo el poder, ordenan su redacción para soslayar responsabilidades o encubrír latrocinios. Todos los pueblos del mundo han sufrido del mismo mal. Sin embargo, la historia, como tal, como testimonio de la gigantezca verdad de la vida de la humanidad, a la larga surge triunfante, plena de verdad, y fustigante con sus detractores.

Ya poníamos el ejemplo de las aberraciones que Bernal Díaz del Castillo escribiera sobre la raza de bronce, mentiras que ahora afloran dando paso a una verdad que lanza a nuestro pueblo mesoamericano -incluídas todas sus variantes, épocas y reinos-, a la altura de un pueblo sabio, mesurado e investigador, dándose incluso ya la duda razonable sobre si la cultura vino del continente euroasiático como se afirma, o bien salió de aquí hacia esos remotos lugares.

Tantas similitudes, ahora aceptadas y descubiertas, ponen en tela de duda muchas de las afirmaciones históricas tradicionales. Es algo así como cuando Galileo Galilei afirmaba que la tierra era un mundo redondo que giraba alrededor del sol, y los sabios de entonces se burlaron de él, llegando incluso a amenazarlo si insistía en su aseveración. Galileo, sin embargo, dio también muestras de una firme convicción cuando, al salir de la última reunión con el poder, llevando encima el estigma de callar, dijo a las puertas de la sala: "Y sin embargo... se mueve".

Se dice que no hay gran hombre en vida, y es muy cierto. Los verdaderos valores de un gran hombre surgen después de muerto. Muchas veces, incluso, años pasan para que su imagen se depure y alcance las alturas que realmente tiene.

El poder es el poder. Se ejerce...o se sufre! Y es el poder mismo el que siempre empaña el cristal con que se mira la historia a corto plazo, tergiversando verdades y aún ocultándolas. Pero, del cielo a la tierra no hay nada oculto. Uno de los ejemplos más relevantes en los anales de la vida mexicana es quizás el del historiador por antonomasia Don Miguel León Portilla, a quien desde estas páginas rindo un sentido homenaje porque, habiendo sido uno de los más importantes transmisores de la irracionalidad histórica escrita por los españoles -quizás y casi seguro debido un inmaduro entusiasmo juveníl- ahora encabeza un relevantísimo equipo de historiadores de nuestra Alma Mater, la Universidad Nacional Autónoma de México, que rescata la verdad histórica y reivindica la dignidad de los pueblos mesoamericanos, guiado esta vez muy seguramente por su profundo sentido de investigación adquirido al paso de los años. Ese equipo está cambiando la historia de México. No porque la invente para salvaguardar integridades aspiradas o en beneficio de poderes actuales, sino simple y llanamente porque la verdad tenía que aflorar tarde o temprano.

Sin embargo, falta mucho por hacer. Existen muchas verdades históricas a medias, quizás tantas como mentiras y mitos que, de mantenerse, seguiran siendo pilares de una identidad falsa o deteriorada.

Sin afan de entrar en polémica, es la vida y obra de Benito Juárez, uno de los más grandes pro-hombres de nuestra nación, un caso para analizar en ese sentido, a más de ser, indiscutiblemente, otro más de lo que es y alcanza la firmeza de convicciones.

Si bien es cierto que a Juárez la historia lo registra como Benemérito de las Américas, reconociendo su grandeza, también tergiversa sus palabras, acciones y convicciones, presentándolo como un acérrimo enemigo de la iglesia y, por ende, de las creencias de un pueblo mayoritariamente católico y creyente, a pesar de haber brotado de su seno, sufrir sus mismas desventuras, arropar sus mismas creencias y defender sus mismos intereses. Es una más de esas aberraciones históricas, modificadas a conveniencia por los intereses del poder en su momento. Pero...va de cuento y usted mismo juzgue, que al fin y al cabo no pretendemos cambiar la historia, sino analizar el poder de la fuerza de convicción.

 

Benito Juárez nace como indio de cepa, carne de mesoamérica, a principios del siglo XIX, el 21 de marzo de 1806 para ser exactos, en San Pablo Guelatao, un olvidado y pequeño pueblo de Oaxaca, desde entonces y hasta ahora, uno de los Estados más pobres de México. Tenía tres años cuando mueren sus padres y cuatro cuando se inicia la lucha por la independencia, quedándo al cuidado de sus abuelos paternos, pobres como la palma de la mixteca, pero fervorosos creyentes de la libertad y de su generala, la Virgen de Guadalupe, quienes inculcan en el pequeño Benito sus firmes principios morales. A la muerte de éstos, Benito queda en manos de su tío Bernardino que reafirma esos valores morales y le da sus primeras lecciones. Andres Henestrosa, otro de nuestros grandes historiadores amantes de la verdad, dice que Juárez "...como era de aquella buena raza de los que quieren saber, mientras pastoreaba el rebaño iba obteniendo lecciones de la vida, de su propia condición; supo así que el hombre puede ser el guía y protector de las criaturas más indefensas, y que conducirlas por senda segura es su primer signo de responsabilidad y de grandeza. Fue pastor de ovejas mientras llegaba la hora de serlo de hombres. Antes de saber las letras, supo la descarnada verdad del México de su tiempo: la pobreza, la ignorancia, la injusticia". Poco ha cambiado en la generalidad desde entonces.

Pequeño como era Guelatao, no tenía la gracia de contar con escuelas que permitieran a sus habitantes ampliar el panorama educativo. La costumbre era enviar a los hijos a la capital de la entidad, a Oaxaca mismo, para poder estudiar. Los pudientes lo hacían directamente. Los que no, buscaban la forma de que sus hijos sirvieran en las casas de los acomodados, con la condición de que les enviaran a aprender las letras.

Así las cosas, acosado por la sed de saber, acicateado por las noticias que llegaban de los triunfos de la lucha independentista, sin olvidar el blasón guadalupano al frente, y seguro de que en muy poco tiempo podría gozar de una nueva patria, Benito pedía al tío Bernardino que le enviara a Oaxaca, donde trabajaba su hermana Josefa, para poder estudiar e integrarse a esa nueva patria. El tío daba largas al asunto, tantito por cariño y apego, tantito por necesidad, ya que Benito se había convertido en su más fiel ayudante en las labores del campo y el pastoreo. Finalmente, el 17 de diciembre de 1818, ya muy cercano el triunfo total insurgente, Benito engalló sus doce años y abandonó la tierra natal para enfrentar su destino.

Tras larga jornada y búsqueda, Benito encontró por fin la casa en la que trabajaba su hermana, quien le recibió con dulces muestras de alegría, logrando el permiso de su patrón, el genovés Antonio Maza, para que el pequeño se sumara a la servidumbre de la casa.

Todo en la vida de este hombre parece milagroso, providencial, dice Henestrosa, y narra: "Antonio Salanueva, muy amigo de la educación de la juventud, le toma bajo su protección y lo inscribe en la escuela para que aprenda a leer y escribir. Es el 7 de enero de 1819. Su protector vive de encuadernar libros. Mientras asiste a la escuela, Juárez aprende el oficio. Antes de encuadernarlos, así los entendiera a medias, lee a Jerónimo Feijóo y a San Pablo, predilectos de Salanueva; acaso leyera también a Tácito, a Salustio, y al mexicano Mora, un eco de cuyas doctrinas se advierte en las de Juárez hombre de Estado".

Como puede notarse, a más del aprendizaje recibido por parte de su tío, inmerso en la religión, las propias lecturas de Benito incluían textos religiosos como los de San Pablo, por lo que es natural que su espíritu se nutriera de esa doctrina.

La escuela a la que Benito acude no enseña la gramática castellana, por lo que el pequeño cambia de escuela, pero el nuevo maestro abusa del castigo, por lo que el niño decide -como Sarmiento, dice Don Andrés- aprender el idioma por sí mismo, logrando hacerlo a la perfección.

Y he aquí otra muestra de que la religión católica estaba firmemente al lado de Juárez, por lo que la base de sus creencias era la de ese credo, aunque ya experimentaba algunos conflictos no tanto hacia la verdad del dogma, sino hacia la injusticia del hombre contra el hombre.

Cuenta Henestrosa: "Veía entrar y salir del Seminario Pontificio de la Santa Cruz a muchos jóvenes que iban a hacer la carrera del sacerdocio, única reservada a los indios y que tan predilecta era del Tío Bernardino y de su tutor Salanueva, eclesiástico frustrado. Pero había algo más: los clérigos gozaban fama de hombres sabios, y era hecho cierto que se les respetaba y consideraba, por el saber que se les atribuía. Y como lo que benito Juárez quería era saber, pidió que se le inscribiera en el Seminario, aunque no con el ánimo de ordenarse sacerdote, para lo que no se sentía atraído".

Y lo hizo. A los quince años entró al Seminario alcanzando los primeros lugares. A los dos años, tras concluír los estudios de gramática latina, Don Antonio Salanueva le pidió continuar con los de teología para ordenarse sacerdote, pero Benito se negó a esto último, aunque siguió estudiando filosofía, artes, teología y otras como si fuese a ordenarse. Recibe entonces el título de Bachiller y decide entrar a estudiar al Instituto de Ciencias y Artes que se rumoraba era cuna de librepensadores y liberales, costumbres muy fuera de época, aunque los catedráticos del mismo no eran otros que los propios del Seminario. Ahí, Benito se recibe de abogado, y se inicia una carrera que culminaría en la Presidencia de la República.

Durante los diversos cargos que ocupa, primero en su natal Oaxaca, y luego en la capital del país, Benito va forjando su propio pensamiento político. Un pensamiento en el que surge una indomable oposición a la injusticia y el abuso. Se comienza a involucrar en la defensa de su gente, aún en contra de los tradicionales sistemas establecidos que mucho arrastraban de la colonia. Para entonces, la insurgencia había alcanzado el triunfo y México era una patria libre, pero aún convulsionada por sus propios hermanos en la lucha por el poder.

Si bien Benito funge como regidor del ayuntamiento de Oaxaca en 1831 y es electo diputado local dos años después, abre un lapso de casi diez años en que se dedica a ejercer su profesión, al estudio de la historia de su amado México, y define, en una intensa lucha entre inconformidades y principios morales y religiosos, un carácter que le llevaría a enfrentar el poder por su abuso, como enemigo social, más que ideológico o dogmático. En otras palabras, Benito Juárez nunca dejó de ser fiel a sus creencias doctrinarias. No abandonó a Dios ni a la Guadalupana, una de cuyas imagenes aún podía verse, no hace muchos años, en la mesita de noche de su recámara de la residencia oficial del Presidente, convertida en museo, en un ala del Palacio Nacional. Es más, durante los años en que vaga por todo el ámbito nacional, su escolta estaba conformada por "chinacos" y soldados. Los chinacos se caracterizaban por ser una especia de tropa civil entre cuyas ropas siempre conservaban una estampa de la guadalupana.

Basta entender las acciones de Juárez para comprender su verdadero pensamiento. Triunfante la causa revolucionaria de 1854 en que se proclama el Plan de Ayala, Benito es nombrado Ministro de Justicia. Y he aquí que sus primeras acciones están encaminadas "a reducír las prerrogativas del ejército y del clero". Es decir, si a Juárez se le considera enemigo de la Iglesia por el simple hecho de haber metido en cintura a los abusivos curas que habían amasado ya una enorme fortuna, también se le debería considerar -históricamente hablando- como enemigo del ejército a quienes también hechó abajo privilegios y fueros, todo en beneficio de un pueblo empobrecido.

Tan drásticas e incomprendidas fueron estas acciones que ambos, clero y ejército, junto con los conservadores que se veían afectados igualmente, originan una escición en el seno del gobierno que finalmente queda en manos de éstos.

Pero Juárez no ceja en su lucha -el poder de su convicción- y sigue en ella ahora como gobernador interino de su tierra. En 1856, los liberales logran reunír el Congreso Constituyente que promulga, en 1857, nuestra actual Constitución. A finales de ese mismo año, resulta electo Presidente de la Suprema Corte de Justicia, lo que le da el carácter de vice-presidente de la república.

Los conservadores vuelven por sus fueros -de ahí la conocida frasecita- y reinician la lucha por el poder, ante lo cual Benito asume la Presidencia de la República el 19 de enero de 1858 en Guanajuato. Desde Veracruz, en poder de los liberales, y en donde instala su gobierno, Juárez promulga las Leyes de Reforma, en las que reitera su sentír ante el abuso y las canongías. Los conservadores buscan el apoyo de Francia e "importan" un emperador: Maximiliano de Habsburgo. Nueve años tardó Benito Juárez en vencer a sus opositores, salvar a la patria, y llegar al Palacio Nacional el 15 de julio de 1867, desde donde lanza al mundo el apotegma que lo inmortalizaría: entre los individuos como entre las naciones... el respeto al derecho ajeno es la paz. Aquí es conveniente analizar que, si bien su famosa frase es de un contenido indudablemente fuerte, digno, no sería precisamente él quien traicionaría ese pensamiento evitando, atacando, o persiguiendo a quienes tienen una religión faltando al respeto de sus derechos. Nunca, repito, nunca fueron las intenciones de Juárez ir en contra de las creencias que él mismo profesaba, sino en contra de quienes hacía mal uso de ellas para obtener prevendas y canongías que utilizarían para abusar de un pueblo ya exhausto por siglos de abusos, y estos estaban, indudablemente, enclavados en las filas de la Iglesia -como organismo humano- y el ejército mismo.

Muere el 18 de julio de 1872, tras haber llevado a México a la justicia y la paz.

Sesenta y seis años duró el espíritu indómito de un hombre que, como verdadero ejemplo nos deja su firmeza de convicciones. Casó por la iglesia, cómo era la norma y costumbre, con Margarita Maza, fiel a sus tradiciones, pero igualmente por lo civil, ley y norma aplicadas por él durante su mandato, como muestra inequívoca de que sus creencias religiosas eran tan firmes como su decisión de enfrentar el abuso, no de la Iglesia, sino de los hombres de la iglesia, y que por ende sabía bien de la diferencia entre la divinidad y lo frágil de la condición humana, situación que, insisto, supo definír lo mismo en el clero que en el ejército de su época, igualmente poseedor de privilegios tales que en vez de defensor del pueblo, se convertía en azote de éste.

Será el tiempo y la historia misma los que reivindiquen al hombre, pues su lugar como luchador social, como político, y como estadista... es innegable.

Y el diablo seguía metiendo la

 

DE CUANDO LA CONVICCION

ES UTILIZADA

 

Si bien hemos tomado los temas de la Virgen de Guadalupe, Juan Diego y Juárez como base para reiterar la necesidad de mantener siempre nuestras convicciones, debemos reconocer que en algunas ocasiones éstas son simple y sencillamente utilizadas por otros que buscan fines aviesos, cúpulas de poder y aún la consolidación de pactos internacionales que pretenden renovar las ligas de opresión que México no ha dejado de sufrir del todo.

No por ésto debemos pensar que, al final de cuentas, entonces para que diablos sirve tener convicciones?. No, por el contrario, saberlo debe ser pauta para reafirmar esas convicciones y no permitir que sean utilizadas.

El hombre ha sido, más que el hermano del hombre, su lobo. El principal enemigo del hombre, y de la naturaleza misma, entorno en el que vivimos, ha sido, por desgracia, el hombre mismo, pero no ese hombre firme, leal, sincero, que lucha por una vida digna y honesta, sino aquel que busca en toda forma el poder por el poder mismo, sojuzgar a los demás, aprovecharse de ellos, vivir una vida plena de halagos, prebendas e impunidad.

Cabe pues recordar algunos pasajes históricos más, como un simple ejemplo de cuando esa fuerza de convicción es utilizada, para evitar que sucesos como los que vamos a narrar se repitan en demérito de una país como el nuestro, lleno de hidalguía y nobleza, que clama ya por el establecimiento de un orden basado realmente en el derecho, un orden en el que prevalezca, como lo decía Juárez, el respeto al derecho ajeno, y por ende al propio.

La historia oficialista-popular narra -otro de sus yerros premeditados incansables- que durante el gobierno de Calles surge una revuelta popular que lanza de nueva cuenta a gobierno e iglesia en un cruento enfrentamiento que llega a conocerse como "La guerra cristera". Pero...la verdad es otra.

 

La persecución de la iglesia católica no empieza con el gobierno de Calles, ni las causas que nos enseñan en la escuela son las reales. La versión oficial dice que la iglesia católica había rechazado, desde que fueron promulgados, algunos artículos de la Constitución de 1917, en especial los artículos 3o., 5o., 24, 27 y 130. En ellos, entre otras cosas, no se reconocía personalidad jurídica a las iglesias; se prohibía el culto externo, como las procesiones; no se reconocían derechos políticos a los sacerdotes; se establecían mecanismos para abrir templos al culto y delimitar el número de sacerdotes, y se prohibía oficiar a los extranjeros. La citada versión oficial indica que el Presidente Calles insistió en que se cumpliera la Constitución, pero, en respuesta, la iglesia suspendió las actividades en los templos, muchos católicos se levantaron en armas, el ejército intentó detenerlos y el conflicto creció, llevando al pueblo mexicano a un nuevo derramamiento de sangre fraterna que duró tres años. Se le llamó "guerra cristera" porque los católicos peleaban al grito de "Viva Cristo Rey".

Si bien es cierto el contenido de los artículos citados que, por las razones blandidas por Juárez, era necesario contemplar en la Carta Magna y, por ende, hacer respetar en beneficio de una comunidad cansada de los abusos del poder, la verdad es que las causas reales del levantamiento cristero están muy lejos de ser las argumentadas. Es más, el movimiento cristero es planeado, provocado y controlado por el poder mismo, pero no en manos de Calles, sino de Obregón y en relación directa con los intereses norteamericanos sobre sus inversiones en México y, escuche usted bien, el petróleo.

Por principio de cuentas, muchas de las calamidades que ha sufrido México han sido debidas a la deplorable situación financiera en que nos hemos encontrado al paso de los siglos. Como antecedente podemos recordar que, según Don Pablo Macedo, la haciendo pública de México fue concebida con el pecado original de la bancarrota.

No bien había terminado la lucha independentista cuando México empezó a tomar la costumbrita estúpida de recurrír a los préstamos extranjeros para “sobrevivir”, cuando nuestro país es rico en todos los recursos naturales habidos y por haber. Desde entonces, y hasta la fecha, la deuda nacional no ha podido verse saldada, y sí ha sido pretexto o causa para, incluso, intervenciones extranjeras como la americana o la francesa.

Y va de cuento y de cuentas: en 1823 Iturbide recibió un préstamo de Inglaterra por 16 millones -de los de aquel entonces que eran, pufff, mucho dinero-, pero... espántese usted: dio como garantía los ingresos nacionales que apenas alcanzaban los 10 millones anuales y, de los 16 millones del préstamo, apenas recibió ocho menos dos millones y fracción por concepto de intereses. No conforme con ésto, en octubre de 1824 pidió otros 16 en las mismas onerosas condiciones. Sin embargo, ese dinero no alcanzaba para llevar la paz a un país nacido en la más espantosa miseria financiera, con todo y que sus gobiernos decretaban impuesto tras impuesto por todas partes.

En 1829, Lorenzo de Zavala, Ministro de Hacienda, solicitó un préstamo de 3 millones, dando como garantía la cuarta parte de los ingresos aduanales.

En 1838, Gorostiza, entonces Ministro de Hacienda, logró renegociar la deuda externa que ya llegaba a los 50 millones.

En 1839 Francia bloqueó el puerto de Veracruz, reclamando el pago de 600 mil pesos que se le adeudaban por concepto de “daños causados a sus nacionales por las guerras mexicanas”, exactamente igual que Estados Unidos en 1842, sólo que éste si interviene a México en el 45 desatando una guerra que finalizaría hasta 1848 con los tratados de Guadalupe, en los que México pierde, a cambio de 15 millones, más de la mitad del territorio nacional, aceptando incluso que esos 15 millones se le pagaran en cómodos abonitos anuales de 3 millones. Asi las cosas, en 1848, con todo y todo, aún tenía una deuda -entre interna y externa- de 143 millones.

En 1851, de nuevo con el cuento de daños a nacionales extranjeros sufridos por la guerra de independencia, México acepta ante España una deuda de 7 millones y medio de pesos. En 1853, para enfrentar la deuda, según él, Santa Anna vende La Mesilla en diez millones de pesos.

En 1861 -ya con Don Benito Juárez a la cabeza de la Presidencia- Inglaterra, Francia y España reclaman el pago de la deuda, desatándose la intervención francesa en 1862 implantando el Imperio de Maximiliano que, para no quedarse atrás, también pide dinero -a nombre de México claro- y consigue 172 millones con los que guerrea con Juárez quien, a su vez, solicita por su lado 30 millones para defender el suelo patrio. Expulsado Maximiliano, Juárez intentó desconocer los adeudos contraídos, cosa que no logró, viniéndo de ahí el famoso tratado MacLane-Ocampo.

Más adelante, Porfirio Díaz empeñó al país en dos formas diferentes, pero igual de problemáticas: por un lado, entregó concesiones a empresas y gobiernos extranjeros que mucho más tarde el propio país tendría que pagar -recuerde lo de los ferrocarrilles, la energía eléctrica y el petróleo-; por otra parte, solicitó y obtuvo préstamos por un total de 37 millones de Libras Esterlinas -cuando un camión-hospital totalmente equipado costaba cien libras- y emitió bonos por cien millones de pesos más.

Victoriano Huerta solicitó otros cien millones de pesos, empeñándo lo que quedaba de los ingresos de nuestras aduanas, de tal suerte que, cuando llega Carranza al poder éstas estaban en manos de banqueros americanos y europeos, con la agravante de que, desde la caída deMadero y hasta la del propio Carranza, México no pagó un sólo centavo de intereses, con lo que la deuda se multiplicó.

Y... atención...aquí empieza lo bueno. Alguien, de esos vivos que nunca falta, pensó que reformando la Constitución de forma que se les pudiera quitar a los extranjeros lo que previamente les habíamos empeñado, concesionado o permitido adquirír presionados por las exigencias de cobro, la solución estaría dada...así...como por arte de magia, y zas... vienen las enmiendas que causarían todo el revuelo, y surge la Constitución de 1917.

Por principio de cuentas, el gobierno norteamericano, aprovechando la situación aún inestable del país, no reconoce al gobierno mexicano “hasta que no haya un gobierno digno de ésto” y, por ende, surge la lucha entre las diversas facciones para lograr el reconocimiento oficial del gobierno estadounidense.

Obregón, De la Huerta y Plutarco Elías Calles se unen y lanzan contra Carranza. Este, en su huida hacia Veracruz, en donde pensaba establecer su gobierno en un intento desesperado por mantener el poder, se lleva hasta el último centavo de las arcas nacionales, pero es traicionado y muere asesinado en Tlaxcalantongo, Puebla.

De la Huerta sube a la presidencia provisional y, a más de una serie de milagros financieros que le permiten no solicitar un sólo préstamo -es el único Presidente de México, así, con mayúscula, que no sólo no solicitó préstamos, sino que redujo los impuestos al máximo, aunque no logró sacarnos de la inopia- logra la paz en el país, para entregarlo a Obregón, que triunfa en las elecciones tan sólo para recibír un país en quiebra total. El propio Obregón nombra a De la Huerta su Ministro de Hacienda.

En su calidad de Ministro de Hacienda, De la Huerta propone a Obregón que se decrete un impuesto del 10% a la exportación del petróleo, lo que motivó que los petroleros no sólo se negaran a pagarlo sino que buscaran la protección del gobierno americano que manda de inmediato acorazados hacia las costas mexicanas.

Los magnates petroleros llegan a México y De la Huerta, con esa fantástica habilidad suya que bien debieran haber heredado muchos de nuestros secretarios de hacienda, se planta ante ellos y mañosamente les aclara que el gobierno mexicano no está obligado a dar explicaciones a los extranjeros, ya que tiene el libre derecho de expedir decretos y fijar impuestos, pero que “tratándose de amigos” no había inconveniente en recibír el pago en bonos de la deuda y, para acabarlos de convencer, les dice: “nuestros bonos se cotizan al cuarenta por ciento de su valor. Compren ustedes pesos a 40 centavos, el gobierno se los recibirá al valor nominal, de tal suerte que así se reducirá su impuesto del diez al cuatro por ciento en realidad”. Los petroleros, asombrados, aceptaron de inmediato, firmaron el convenio... y De la Huerta lo dio a conocer a la prensa con lo que los bonos de la deuda ¡subieron rápidamente de precio!.

A los banqueros, obviamente, no les gustó mucho el resultado, sintiéndose afectados, por lo que el Comité Representativo del capitalismo internacional llamó a cuentas a México, y Don Adolfo se enfrentó de nueva cuenta a los acreedores.

“Las conferencias, celebradas en Nueva York con el Comité Internacional de Banqueros -dice Rafael Trujillo en su libro De la Huerta y los Tratados de Bucareli, al que tanto nos referiremos en éste capítulo- conocidas más tarde con el nombre de Convenio De la Huerta-Lamont, habría de tener necesariamente una trascendental significación en el momento político internacional de México. A nadie se ocultaba que del resultado de aquellas conferencias dependería en gran parte la reanudación de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos”, y por ende el reconocimiento del gobierno de Obregón que tanto buscaba éste.

México tuvo éxito, aunque bien pudo haberse obtenido el reconocimiento de la Casa Blanca sin el sacrificio de nuestro decoro que arrastran por el suelo los Tratados de Bucareli a un precio innecesario y vergonzoso.

Pero, mientras De la Huerta luchaba por solucionar los problemas, Alberto J. Pani se metió en un "tú por tú" de notas diplomáticas que sólo nos pusieron en ridículo, y es él quien propone las convenciones que se celebrarían en las calles de Bucareli.

Qué tiene que ver todo ésto con la guerra cristera? Muy sencillo. De una u otra forma, los mismos Estados Unidos utilizaron la clerofobia de Obregón para dos cosas: una, tener un terreno fértil de inestabilidad social para obtener mayores ventajas en las mesas de negociación de la deuda con el pretexto del reconocimiento al gobierno obregonista y, segundo: para que, una vez logrado lo que querían, aparecieran como mediadores y pacificadores de una guerra que, si bien no iniciaron ellos mismos, sí fomentaron tanto de una como de otra parte.

Como decíamos, la persecución de la iglesia católica no empieza en los días en que Calles gobernaba, sino en tiempos del obregonismo. Y aquí quisiera -abusando un poco de la bondad de Don Rafael Trujillo, al que no tengo el gusto de conocer personalmente, pero a quien de antemano pido disculpas por el abuso- plasmar literalmente lo redactado por él en esta parte de su obra, publicada por Editorial Porrúa en 1966, a fin de no caer en imprecisiones.

La clerofobia de Obregón fue conocida siempre, desde que Felipe Carrillo Puerto fundó en Yucatán la Liga Central de Resistencia del Partido Socialista del Sureste, de acuerdo con Obregón, quien recibió la tarjeta-credencial No. 1,000, y entre cuyos "principios"  se destacaban dos que decían: "Haz lo posible por emanciparte de tus amos, por que de Dios con sólo instruirse se consigue" y "Huye de las religiones, principalmente de la católica, como de las pestes".

Tiempo después este Partido Socialista fue disuelto por Carranza, y este acto fue una de las razones invocadas en el Manifiesto del 13 de abril de 1920, desconociendo a Carranza. Los "socialistas" se vengaron del clero en cuanto Carranza hubo desaparecido, y Obregón ocupó la presidencia. A los dos meses de gobernar Obregón, en enero de 1921, estalló una bomba en la residencia del Arzobispo de México. Tres meses más tarde, el 8 de mayo, los mismos "socialistas" se apoderaron de la Catedral de Morelia e hicieron ondear en la torre la bandera rojinegra. Esto dio ocasión a que se registrara el 12 una verdadera batalla a tiros. La sangre corrió por las calles de Morelia, regadas con más de cincuenta muertos y más de cien heridos. Al día siguiente -13 de mayo- los socialistas irrumpieron triunfalmente en el "sagrado recinto" de la Cámara de Diputados y, ante el asombro de los capitalinos, cubrieron la tribuna con una gran bandera rojinegra y los "líderes" pronunciaron discursos exaltados, pidiendo la inmediata acción directa contra la Iglesia Católica.

Los atentados empezaron a registrarse en diversos lugares del país. El 4 de junio estalló una bomba en el Palacio del Arzobispo de Guadalajara, pero el acto que más conmovió al país, a la América entera y al catolicismo mundial, fue el que se registró el 14 de noviembre del mismo año de 1921, al estallar una bomba en la propia Basílica de Guadalupe. Después se supo que el individuo que colocó la bomba a los piés de la Imagen más venerada del Continente, era un empleado de la secretaría particular de Obregón; que había llegado a la basílica protegido por cincuenta soldados disfrazados de campesinos, y que Obregón había hablado por teléfono al Presidente Municipal de la Villa de Guadalupe, ordenándole que diera toda clase de protección al autor de la fechoría.

Cabe aquí hacer un pequeño paréntesis sólo para recordar que, con todo y que la explosión fue a los pies de la imagen de la guadalupana, ésta no sufrio mella alguna, ni siquiera se ahumó, no así todos los objetos a su alrededor, como un cristo que actualmente se exhibe y que quedara retorcido por los efectos del atentado.

El 1o. de mayo del año siguiente, más de mil socialistas asaltaron el domicilio de la A.C.J.M. (Acción Católica Juveníl Mexicana), golpeándo a los jóvenes y desgarrando una imagen de la Virgen de Guadalupe.

En aquel tiempo se hallaba en México Monseñor Ernesto Filippi como Delegado Apostólico. Obregón lo expulsó por haber colocado la primera piedra para el monumento a Cristo Rey, en el cerro de "El Cubilete".

Estos actos indignaron a los católicos de todo el país, que ya habían olvidado que desde que Obregón empezó su carrera militar se definió como anticlerical; ya habían olvidado que al tomar Guadalajara, el 8 de julio de 1914, fueron detenidos 120 sacerdotes, saqueado los templos e invadido el seminario; ya habían olvidado que cuando Obregón se halló por segunda vez en la ciudad de México, el 18 de febrero de 1815, hizo detener a más de doscientos sacerdotes y les exigió $500,000.00 para ayuda de la Revolución. Lo que sólo explica el olvido y el perdón de los católicos, si bien no de todos, es, sin duda, la aureola de héroe y de guerrero que nimbó al afortunado vencedor que pasó, de victoria en victoria, por sus famosos "ocho mil kilómetros de campaña".

Calles, por su parte, se hizo continuador de la política de su antecesor, por afinidad en ideas anticlericales primero, y más tarde por cálculo político. Calles sabía que Obregón buscaba la reelección y, conocedor de que éste era capaz de todo, tenía miedo de que le arrebatara el poder. El no podría destruír al invencible general que luego aumentara su poder con la alianza con los Estados Unidos, pero podía hacerlo el fanatismo religioso. Entonces se dedicó Calles a extremar la persecución contra la Iglesia. El sabía que sólo una bala podría impedir que Obregón le arrebatara un poder que aún como presidente compartía con él. Obregón, para quien no fue dificil obligar al Congreso a aprobar los Tratados de Bucareli, tampoco tuvo dificultad para que el Congreso de Calles reformara de nuevo la Constitución para permitirle su reelección. Era urgente desencadenar contra Obregón las iras de los católicos. Los actos sobresalientes del plan de Calles quedaron marcados por el itinerario siguiente:

El 30 de octubre de 1925, Garrido Canabal expidió en Tabasco una ley, obligando a los sacerdotes a contraer matrimonio.

Se cerraban seminarios, se profanabn templos y se "fusilaban" imágenes en las calles.

A fines de 1925, Obregón hizo un viaje a California. El 1o. de enero de 1926 regresaba de Los Angeles, cuando cerca de Tucson un individuo disparó ocho veces su pistola Parabellum en la cama donde dormía Obregón. Obregón salió ileso. El asaltante era un americano de nombre J. MacDowell, originario de Boston y Caballero de Colón de alto grado.

Mientras tanto, el gobierno de Calles patrocinaba en México toda clase de propaganda antirreligiosa. Las "conferencias" de una señora Belén de Zárraga, iban dirigidas ya no contra el clero, sino contra Cristo y contra Dios. Se estableció la Confederación Anticlerical Mexicana, la que creó su propio "bautismo". Sin embargo, nadie pensaba en atentar contra la vida de Calles, sino contra la de Obregón, quien, dicho sea de paso, había "liquidado" a sus dos rivales a la presidencia y antiguos incondicionales suyos, los Generales Francisco Serrano y Arnulfo Gómez. El 13 de noviembre, el caudillo candidato, sin enemigos aparentes,  se dirigía a la plaza de toros en compañía de algunos amigos íntimos, cuando un automóvil se adelantó al que conducía a Obregón, y sus ocupantes le arrojaron una bomba y le hicieron algunos disparos. Este fue el atentado del que fueron declarados responsables el padre Miguel Agustín Pro, -actualmente en proceso de canonización como mártir- su hermano Humberto, un obrero de apellido Tirado y el ingeniero Luis Segura Vilchis, quienes fueron fusilados a los diez días del atentado, el 23 de noviembre de 1927, sin ninguna formalidad legal; con sólo una orden de Calles, que ejecutó el General Cruz en el patio de la inspección de policía, sin que los acusados hubieran sido procesados o sentenciados por juez alguno.

Durante toda esta lucha, y como un fondo pavoroso de toda la tragedia, la revolución de los "cristeros" ardía en casi todo el país. Estos asaltaban trenes y poblados, y a su vez eran fusilados en masa. Y aquí viene lo bueno nuevamente: En semejantes circunstancias sólo la intervención del embajador norteamericano pudo obrar el prodigio de cambiar la política de Calles. Es posible que Morrow se diera cuenta del plan de Calles, pero de todos modos a los Estados Unidos les convenía el regreso al poder del autor de los Tratados de Bucareli. He aquí el porqué la intervención de Morrow en la cuestión religiosa, era en cierto modo una prolongación de la política trazada por los Tratados y que se proyectaba hacia un porvenir inmediato para asegurar, con la reelección de Obregón, el cumplimiento de todos los compromisos. Los Tratados de Bucareli que le dieron a Obregón el triunfo sangriento sobre el Delahuertismo, se lo darían nuevamente en las elecciones. Si había un obstáculo legal, para eso se contaba con el Congreso que Morrow llamaba "obediente", y que nulificaría en la Constitución el principio de la No Reelección, como había nulificado el artículo 27, y como había "aprobado" la Ley Orgánica del Petróleo, preparada y redactada por técnicos americanos en la Embajada de los Estados Unidos. El artículo 83 correría la misma suerte del artículo 27. Era pues urgente apagar -ahora- el incendio de la guerra religiosa para que Obregón volviera al país en un ambiente de paz, aunque fuera de paz de cementerios. Lo único que no esperaban ni Morrow  ni Obregón, era la bala que dispararía José de León Toral, el 17 de julio de 1928, cuando ya parecía que la cuestión religiosa estaba a punto de arreglarse.... Y en un momento pareció desplomarse toda la obra tan habilmente realizada por el Embajador norteamericano.

A pesar de que el homicida era un fanático, los principales obregonistas no señalaban al clero ni a los católicos como autores del asesinato, sino al General Calles.

Los planes de Estados Unidos se venían abajo. Morrow, desesperado, intentaba calmar las cosas, pero los ánimos estaban caldeados de tal suerte que la necesidad de llevar la paz al país, y con ésta la seguridad de los intereses norteamericanos, se hacía urgente, más urgente que nunca. Sin embargo, Morrow no logró nada hasta el gobierno provisional de Emilio Portes Gil. En 1929 llegó secretamente acompañado de Monseñor Leopoldo Ruíz y Flores y el Arzobispo Pascual Díaz, para entrevistarse con el Presidente y firmar un convenio, aprobado por el Vaticano, que terminó con la guerra cristera el 21 de junio de ese mismo año.

Cuenta Don Rafael Trujillo que el egocentrista embajador, el mismo que practicamente manejó la política de México durante todos esos años, que fomentó los cambios y violaciones a la Constitución, que buscaba -ya desde entonces- que los Estados Unidos fueran los amos del petróleo mexicano, cuando después de tres años de silencio volvieron a repicar las campanas, se vanagloriaba ante su esposa diciendo: -Betty, oyes eso? Yo he abierto las iglesias de México!.

Independientemente de que todo ésto nos demuestra que las verdades históricas no se asemejan siquiera a las oficiales, no cabe duda de que, como señalamos al principio, la fuerza de la convicción puede ser utilizada. La convicción religiosa del pueblo mexicano fue usada por los americanos para obtener prebendas, y por Calles para sus aviesos fines: mantenerse en el poder y acabar con su enemigo. Sin embargo, al final de cuentas, esa convicción, en este caso de los católicos, se mantuvo incólume.

 

 

VALE LA PENA?

 

Don Ramón Chilián era un periodista poblano, de ascendencia china, buen amigo, reservado tanto como taimado, come-curas y antireligioso hasta decir basta. Se decía masón, aunque yo nunca le vi asistir a taller alguno o supe que perteneciera a alguna logia. Pienso que lo decía para avalar su postura anticlerical que blandía como escudo.

Por años le traté sin intimar. Era de esos hombres que no cae ni bien ni mal. Tiene sus ratos. Sin embargo, cuando me tocó tomar la estafeta de la Sociedad Nacional de Periodistas y Escritores, el trato con él, que era el sempiterno presidente en Puebla, fue obligado. Ahí le conocí más intimamente, a él y a su hija Rosario, que se había convertido en el cerebro de Don Ramón en su incipiente vejez.

Una tarde en que habíamos hecho cita para visitarle en sus oficinas, en ese entonces en la 5 poniente de la Angelópolis, me invitó a pasar a la modesta vivienda ubicada en la parte trasera de las oficinas. Yo no sé si fue con toda la intención del mundo (a veces lo pienso así) o por mero descuido o casualidad, el caso es que Rosario me dijo que se sentía mal Don Ramón y que me suplicaba pasara a verlo en sus aposentos. Así lo hice y, cual no sería mi sorpresa al notar que en la cabecera de su cama estaba un gigantezco rosario enmarcando a un Cristo en la Oración del Huerto. Tal fue mi asombro de encontrar esas manifestaciones religiosas en la cámara de un hombre que con sólo escuchar la palabra cura torcía el gesto, que el propio Don Ramón se encargó de despejar la duda diciendo: "Ya lo ves, mi querido Paco, así es la cosa. El hombre puede darse el lujo de hacer lo que se le venga en gana en esta vida, pero... aunque sea en secreto, hay que estar bien con Dios... por aquello de las dudas!!"

Sin embargo, en ese momento cayó la imagen que yo tenía de Don Ramón, despedazándose gracias a su falta de convicción. Como muchos otros, arrastraba el estigma de ser católico o creyente, pero negarlo por conveniencias políticas, costumbre muy de la época que durara desde el propio Calles hasta que Salinas de Gortari reiniciara relaciones con el Vaticano.

Ya hablamos de ésto muy someramente al principio. Pero vale la pena meternos un poco en ese proceso para saber si, al final de cuentas, vale la pena.

Calles, como ya lo vimos, era otro anticlerical igual a Don Ramón Chilian. Es decir, de dientes para afuera. Usó esa imagen para impulsar los ataques en contra de la Iglesia pero más que nada para enfocar las baterías sobre Obregón, lo que al final de cuentas le dio resultado.

A partir del gobierno provisional de Emilio Portes Gil, que dicho sea de paso todavía mangoneaba Calles, a éste no le quedó otro remedio que cirscunscribir el rompimiento iglesia-estado al mero ámbito oficial, creandose así el famoso mito de que no se podía ser funcionario y creyente al mismo tiempo.

Algunas familias, cercanas a Doña Amalia Solórzano de Cárdenas, enteradas de que Don Lázaro, al llegar a la presidencia había logrado quitarse de encima el maximato de Calles, e incluso le había expulsado del país, tuvieron esperanzas de que, a pesar de ser un socialista empedernido, el Presidente fuera más abierto con la iglesia mediante la intervención de Doña Amalia. Sin embargo, Don Lázaro era un hombre muy inteligente, y sabía que, por lo pronto, debía dejar las cosas así, no fuera siendo que dando para un lado o para el otro, se fuesen a encender los ánimos nuevamente, y esta vez sin control alguno.

Pero el mismo Don Lázaro sabía que necesitaba un factor de unidad que le diera confirmación al liderazgo que buscaba. No era cosa nadamás de mediatizar a Calles, sino de reafirmar el poder, al mismo tiempo que se extendiera un lazo de verdadera unidad entre los mexicanos y se olvidaran de guerrear unos contra otros. Había que consolidar al país.

Hay que reconocer, de antemano, que es precisamente Don Lázaro Cárdenas del Río otro de nuestros ejemplos de firmeza de convicción. Y que conste que sólo hablo de firmeza de convicciones, no de las convicciones mismas. Como dijese Voltaire: "...podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderá hasta la muerte el derecho que tienes a decirlo"

Lázaro era un franco nacional-socialista, aunque muchos lo nieguen. Era nacionalista porque en realidad le preocupó nuestra patria. Se supo ganar el cariño de sus gobernados. Es el único presidente al que nuestra raza, haciendo uso de sus costumbres, le llamó Tata Lázaro.

Pues bien, en concordancia con esas ideas nacionalitas, socialistas, la necesidad imperante de hacer algo en beneficio de los mexicanos y, finalmente, buscar la unidad del pueblo mexicano, Cárdenas urdió, a pesar de aún no olvidarse los conflictos originados con los Estados Unidos por el petróleo, expropiar las compañías petroleras. Jesús!!!,  pero mira que bruto! Cómo puede ser posible que busques unidad lanzándote a buscar problemas...! Me lleva....!

Pero no, a Cárdenas no le falló el tiro, y si bien los Estados Unidos y las compañías petroleras pegaron nuevamente el grito en el cielo, Tata Lázaro supo sortear el temporal y llamó al pueblo a respaldarlo. Yo creo que en México jamás se había dado un ejemplo como el sucitado, ni creo que se repita. Todos, a una sola voz, con una sola acción, se lanzaron a las calles a aportar lo poco o mucho que tuvieron para pagar la deuda de la expropiación. Fue, al decir de algunos viejos, algo conmovedor. La unidad generada, esa calidéz con que el pueblo mexicano se volcó en respaldo a su presidente, bien pudo haber sido el factor que moviera la balanaza extranjera en favor de la acción y, aunque a regañadientes, aceptaran la posición del gobierno mexicano, aunque bien se encargaron de bloquear las ventas al exterior, y las negociaciones para contratar flotas extranjeras que apoyaran la transportación de las exportaciones petroleras.

Así las cosas, y aunque la historia no lo registra como debiera, la postura de su pueblo obligó moralmente al Presidente Cárdenas a permitir, un poco más libremente, los ritos, ceremonias y actividades religiosas, incluyendo la reinstauración de colegios dependientes de las tradicionales corrientes educativas salesianas, lasallistas y maristas que, dicho sea de paso, bien habían seguido trabajando en secreto durante el conflicto.

Cabe señalar que Doña Amalia, en la intimidad de su vida cotidiana era una ferviente católica, con la natural tolerancia de Don Lázaro, que hacía infinidad de obras sociales no precisamente motivada o causada por su postura de Primera Dama, sino como dijese el indio: desde'ndenantes.

Poco a poco, pues, la vida del país se fue normalizando. El control político empezó a ejercerlo un partido que aglutinaba a las inmensas mayorías y cobraba fuerza con el poder de un ariete: el que con el tiempo llegaría a ser el Partido Revolucionario Institucional.

Manuel Avila Camacho, el último de los generalotes, se convierte sin embargo en el Presidente Caballero por su don de gentes y amabilidad. Tiene en las espaldas dos grandes retos: el primero, borrar la imagen que el pueblo tenía de los militares de rompe y razga, incultos, soberbios y cuya única solución a todo siempre era el uso de las armas; el segundo, lograr alcanzar el justo medio entre un país netamente republicano y el socialismo implantado por Cárdenas, técnica populista efectiva en la transición que éste enfrentara, pero ya fuera de lugar en un país que pensaba más en el futuro que en el pasado. Con todo, Avila Camacho, salido de la clase media alta provinciana, logró ese justo medio impulsando la agricultura, la ganadería y la educación, despojando al artículo 3o. constitucional de su sentido socialista y dando inicio a una intensa campaña nacional contra el analfabetismo, editando diez millones de cartillas, aún en lenguas indígenas. A pesar de haberle tocado en suerte -mejor dicho en mala suerte- que se vivieran los tiempos de la segunda guerra mundial y México se viera obligado a participar, aunque en menor medida en ésta, en 1942, se da tiempo para crear la Ley del Seguro Social y fundar el Instituto Mexicano del Seguro Social, ampliar las redes de caminos y mejorar en general el sistema de comunicaciones nacionales.

Sin embargo, al mismo tiempo nace la semilla del nepotismo y la impunidad en el nuevo sistema en la presencia misma de uno de los hermanos del presidente caballero: Maximino Avila Camacho, cacique, gobernador de Puebla e incluso Ministro de la Defensa, que con intensa arbitrariedad e infinidad de abusos se convierte en  el primer “hermano molesto" de la historia contemporánea de nuestro país. Cuentan las anécdotas que allá en Puebla, en un edificio que daba al respaldo del cine Reforma, colindante con los baños de damas, Maximino había hecho cambiar los grandes espejos del baño por espejos-cristales y, comodamente sentado, escogía a través del cristal a la mujer que se le antojaba, mandando a sus guaruras entrar por secreta puerta y obligar a la dama a responder a los requerimientos sexuales del mandatario, mientras el inocente marido veía tranquilamente la película, esperando que su mujercita regresara del baño. Así era Maximino, a quien se le achacan cientos de asesinatos.

Miguel Alemán fue un presidente brotado de las clases medias altas empresariales que aprovecha la paz social para impulsar a México hacia la modernización. Con él se crean y crecen grandes desarrollos turísticos que cobran relevancia internacional, como Acapulco; se amplían las carreteras, y el propio Distrito Federal, capital del país, ve transformada su fisonomía por funcionales vías como el Viaducto que lleva su nombre, y parte del periférico.

Don Miguel extiende una estrategia que, si bien Don Lázaro ya usaba, lo hacía en muy contadas ocasiones y más como excepción que como regla: la relación secreta gobierno-iglesia para el control de esa paz social tan largamente anhelada.

De esa época viene la fórmula perfeccionada que significa el poder y control de toda población: el presidente (municipal o ejidal), el maestro...y el cura.

Y desde entonces, no me explico porqué, existiéndo relaciones gobierno-iglesia, nadie tuvo la atingencia de reanudarlas oficialmente. Quizás era más sabroso mantenerlas en secreto. Con eso de que nos encantan los secretos...

De Ruíz Cortines a Miguel de la Madrid, con sus altibajos naturales, la situación fue practicamente la misma. Los únicos condicionados a no ser creyentes, aunque lo fueran, eran los funcionarios y los políticos

Ante ésto, cabe preguntarse: vale la pena en realidad mantener nuestras convicciones? No es más cómodo moverlas o manejarlas al ritmo de la corriente, como decía un amigo mío?

¿Vale la pena sufrir persecuciones, vejaciones, insultos, y ya para menos el desprecio de conocidos y amigos por el simple hecho de sostener nuestras convicciones, religiosas, políticas o de cualquier índole?

Yo creo que sí. Insisto en que quien no sabe tener convicción, quien no es fiel a sus convicciones, no es fiel a nada ni a nadie.

Porqué vale la pena?

Bueno, creo que antes que nada, por la tranquilidad que da a uno mismo el saber que no tiene nada oculto, que tiene la entereza suficiente para decir yo soy, y soy quien y como soy, sin miedo al rechazo de los demás.

Porque en la vida del hombre lo más importante es la satisfacción. Estar satisfecho con haber cumplido, con haber hecho, con haber dicho. Por que es vergonzoso darse cuenta de que niega uno no sólo algunas ideas, sino a veces hasta amigos o conocidos, por el simple hecho de quedar bien con los demás en un momento determinado.

Como que le damos más valor al momento que a la continuidad de una vida que, mala o buena, es la única que vamos a vivir, y que debieramos vivir a plenitud, sin hipocresías, disfrutándola de cabo a rabo. Aceptar, como en las flores, como en los animales, como en el cielo o en las profundidades del mar, que si es blanco, pues es blanco y, si es negro, pues es negro y ya!

Pero no... si estamos con alguien que dice que el blanco es malo para la vista y que significa ausencia de todo y que es muy sucio y quién sabe cuantas cosas más, nos da pena oponer argumentos que sabemos son valederos. Nos da pena contrariar a los demás, aún a costa de nuestras propias convicciones. Porque...si es el jefe de jefes, ese al que hay que reírle los sangrones chistes y aplaudirle las babosadas que dice...podría estar medio justificado. Pero no, lo hacemos ya por inercia, con todos. No podemos decir NO, no podemos argumentar en contra, aún sabiendo que quien habla no tiene la razón, o al menos no compartimos su razón por completo.

Nos dejamos llevar por la corriente. Si Pepita dice que el agua de colonia es buenísima para las arrugas...estamos de acuerdo, aún sin saber si es buena para combatir las arrugas... o para fomentarlas! Si pudiesemos hacer la prueba una vez, tan sólo una vez, veríamos que los demás respetan nuestro punto de vista, no todo el tiempo crearemos polémica, es más...algunos de ellos serán los que, a partir de ese momento, se sientan incómodos y, fíjese usted bien!...hasta empezarán a darnos por nuestro lado!

Haga la prueba. Si en la reunión alguien dice que fulanito es un magnífico hombre para ser gobernador, espere a que todos afirmen ya sea de palabra o con la cabeza y, suéltela!...diga que no!... y respalde su negativa con algunos argumentos que tengan tinte de validez, por ejemplo: "bueno, es que le falta experiencia. Es demasiado jóven -o viejo- y no está bien relacionado". Podrá ver con beneplácito que algun otro se animará y dirá: "tiene razón en eso de que le falta experiencia...porque yo sé que...." y de ahí otro y otro.

La cosa es sencilla, usted tuvo el valor de defender sus convicciones y de paso, le dio opciones a los que no lo hicieron de externar algunas opiniones, aunque quizás ahora se dejen llevar por su corriente, como siempre.

Por qué no hace el intento de redactar una lista de esas convicciones? Primero: en qué creo espiritualmente? después, en qué creo políticamente?... más adelante: en qué creo socialmente? y así por el estilo. Hecha la lista, haga la firme determinación de defender las menos polémicas para "tomar experiencia". Por ejemplo, si usted decide defender las religiosas, quizás se meta en un berenjenal que en vez de ayudarle le frustraría aún más, pero si decide cortarse el pelo o teñirselo..hágalo! y si alguien se lo critica, defienda su postura y argumente el porqué lo hizo. Verá cuánto respeto hay guardado para usted y sus decisiones.

Enterado de ésto, suba el siguiente escalón: aventúrese en algo más complicado, como política por ejemplo. Si es priísta, busque sentarse a platicar con algunos cardenistas o socialistas o de cualquier corriente contraria a la suya. Entre a la charla, sin volverla discusión, pero manteniéndose firme en reconocer que es priísta y por ende defendiendo sus ideas políticas, sin dar tregua o concesiones. O se és.. o no se és...punto!

Conste, y me remito al principio de mi libro, que no se trata de defender tal o cual dogma, creencia u opinión, no, se trata de que seamos firmes en lo que pensamos y creemos, sea lo que séa. El respeto se logra defendiendo nuestras convicciones tánto como respetando las de los demás.

Cómo recuerdo ese discurso que Mario Moreno Cantinflas, nuestro amado mimo mexicano de talla internacional, lanzara desde la tribuna de una hipotética Asamblea de las Naciones en su película El Señor Embajador o Su Excelencia. Mario dijo lo que sentía en realidad, porque así era, pero también lo que sentimos millones de seres en todo el planeta. Algo tan sencillo que se concreta a: "...no estamos en contra de las ideologías de los verdes o los colorados, no, pero la verdadera convivencia humana está en que tanto los verdes, como los colorados, como quienes no pensamos ni como unos ni como otros, respetemos la forma de pensar de unos y otros". Cuánta sabiduría en tan aparentemente enredadas palabras! Palabras que no fueron más que la explicación amplia, y a su estilo, de lo dicho por Juárez: Entre los individuos, como entre  las naciones, el respeto al derecho ajeno, es la paz!.

La verdad es que no defendemos nuestras convicciones porque tenemos el temor de que sean atacadas directamente, o cuando menos motivo de burla. Sin embargo, que equivocados estamos! Sólo hay que dar un repaso a la historia, buena o mala, para que veamos cuántos y cuántos hombres y mujeres han pasado a sus páginas por el simple hecho de defender esas convicciones.

Ya es hora de que lo hagamos. De que tengamos el valor y la entereza de defender nuestros colores, o "la camiseta", como se dice ahora. Si estamos errados, bueno, el error es nuestro y así lo habremos de pagar. Pero, si tenemos razón, que satisfacción será saber que nuestras convicciones prevalecieron gracias a nuestra entereza para defenderlas.

Un médico amigo me comentaba que el enfermo titubea, cuando baja un par de escalones, más por la falta de confianza en sus miembros que por la debilidad que éstos sufren tras larga enfermedad. Así es con la convicción. Si creemos en algo, investiguemos más a fondo su realidad, enterémonos más sobre el tema, para alcanzar una seguridad gracias al conocimiento que, a su vez, nos dará la confianza suficiente para defender esa creencia.

Porqué no duda usted cuando alguien le pregunta si la señora que le acompaña es su esposa? (suponiendo, obviamente que ésta lo sea). Porque sabe que lo és!. Usted no contesta con titubeos: "bueno... me parece que sí, pero..." No. Usted dice con firmeza: "Si señor, es mi esposa!", así se haya peleado con ella por la mañana, la haya dejado de querer o sea inconsecuente, exigente y regañona con usted.

Entonces...porqué si usted es socialista, o priísta, o católico, o atéo, no lo sostiene ante los demás cuando éstos opinan lo contrario? No se trata de andar "cantando" a todos nuestras ideas o preferencias, a ellos qué les importa, pero, cuando se trata de aceptar qué somos, aceptémoslo con dignidad y entereza. Es, ante todo, cuestión de principios.

Entre los recuerdos más gratos que conservo de la gente, de mi gente, está el de dos jóvenes que llegaron un día a verme para ofrecerme sus servicios. Se veían bien vestidos y su hablar denotaba un buen nivel cultural. Por eso me sorprendí cuando me dijeron: "Somos jardineros". Su presentación fue dicha con tal confianza, que me atreví a preguntarles: Jardineros? y contestaron con aplomo: "sí, señor, y no sólo somos jardineros, sino los mejores jardineros de Acapulco!". Uno de ellos estudiaba el quinto semestre de medicina y el otro la carrera de contabilidad, pero su padre, jardinero de profesión, les había inculcado que, fueran lo que fueran, siempre se sintieran orgullosos de serlo. Quizás más adelante uno sería médico y el otro contador, pero mientras tanto...eran jardineros!

Sí, vale la pena sostener y defender nuestras convicciones. Vale la pena sentir esa satisfacción que se experimenta ante el respeto que los demás demuestran cuando así lo hacemos.

¿Acaso no ha escuchado usted decir a alguien: "¡Es un hombre de convicciones!"? Cuando lo dicen se refieren a un hombre cabal, firme en sus decisiones, a un hombre en el que, al final de cuentas, se puede confiar.

Naturalmente que no todos podemos tener la razón. Si un hombre defiende al blanco y otro al negro, aún con todos sus motivos alguno de los dos podría estar equivocado, pero... no es cuestión de ver quien gana o quien pierde. Así es la vida y vivirla con titubeos o tibieza es sobrevivir, pero nunca disfrutarla en toda su magnitud... y es tan corta!

 

 

DE LA POLITICA Y SUS VERICUETOS

 

Si bien es cierto que he señalado en varias ocasiones que el político -o funcionario- es el primero en no defender sus convicciones, hablando de religión claro, también es cierto que son los propios políticos los que llegaron a dar un ejemplo colectivo de convicción a la conformación de un partido que unificó a los mexicanos, de una forma u otra, trayendo paz social y progreso por cincuenta años; y digo cincuenta años porque, aunque el partido tiene casi setenta de existencia, no todo el tiempo fue miel sobre hojuelas.

Calles y compañía formaron, buscando ésto, el Partido Nacional Revolucionario en 1929, sin alcanzar el éxito total debido a que era más un partido para cohesionar a las masas en torno a Calles y su grupo, que en torno a un México nuevo que pedía paz a gritos y con unas ganas inmensas de progresar. Sin embargo, podría decirse que la constitución del PNR fue el primer paso para encontrar una estabilidad política. A ese partido querían sumarse todos, no tanto por su plataforma política, sus ideales, o su futuro, sino porque querían estar, ya al final de cuentas, con el fuerte... con Calles, obviamente hasta que Cárdenas lo expulsó del país, transformando el PNR en Partido de la Revolución Mexicana. Sus opositores crean el Partido Acción Nacional y en la misma década otros más forman el Partido Popular Socialista.

Cuando llega Miguel Alemán al poder en 1946, convierte al PRM en lo que es ahora el Partido Revolucionario Institucional, consolidando una fuerte corriente política que -a pesar de que los partidos de oposición también se consolidan y otros surgen, como el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana- agrupa a la inmensas mayoría de los votantes, atraídos por la magnífica labor de Alemán en la Presidencia. Podría decirse, incluso, que es el sexenio de Miguel Alemán en el que México despega al modernismo y el PRI toma mayor fuerza.

Crece la industria y, con el establecimiento de las fábricas, la población empieza a concentrarse en las grandes ciudades en donde hay nuevas oportunidades de trabajo. Se construyen presas y canales de riego. Se extiende el uso de la maquinaria agrícola. Carreteras, camiones y automóviles se multiplican por todas partes. Electricidad, teléfono y agua potable comienza a llegar a lugares en donde ni siquiera se soñaba con tenerlos. Aumenta el número y potencia de las radiodifusoras, y en 1950 se inician las transmisiones de televisión. Escuelas, hospitales y centros de salud se construyen por todas partes, y se disminuye considerablemente la mortalidad infantil.

Así lo dicen los propios libros de texto oficiales editados por la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos y... ojo... mucho ojo... al hablar del crecimiento de México afirman: "También el mundo cambió. Se fue haciendo cada vez más interdependiente; cada día fue siendo más importante para cualquier país lo que sucediera en los demás. Con los cambios de la economía hubo alzas de precios en muchos productos. Para reducir el alza de precios y de salarios, el gobierno -el mexicano, claro- comenzó a gastar menos y a frenar el aumento de los sueldos de los trabajadores. Con ésto, los costos se estabilizaron, las finanzas del gobierno mejoraron y así la economía comenzó a crecer con poca inflación; es decir, sin que los precios estuvieran aumentando constantemente. Por casi veinte años el gobierno de México sostuvo con buenos resultados este plan económico que se llamó desarrollo estabilizador". ¿Que no podrían los nuevos gobiernos recordar la historia y, olvidando aquello de que lo que yo hago es mejor, retornar a esa vieja escuela, a sus prácticas fundamentales?

La misma batuta, más o menos, fue llevada por los dos Adolfos: Ruíz Cortines -creador del programa-, y López Mateos, al final de cuyo periodo -con todo y los problemas de los petroleros y el magisterio- México llevaba treinta años de estabilidad casi absoluta, siendo incluso ejemplo para América Latina, aunque no debemos dejar de reconocer que también había sus niveles de corrupción, carencias y la clásica violencia, aunque todo en menor grado.

Una de las frases más populares, atribuída a Don Miguel Alemán, dirigida a sus compañeros políticos era: "Báñense...pero salpiquen". Con ello quería decir, según los analistas de la época, que bien se puede "llevarse algo", pero dando al pueblo lo que quiere. Un sabio financiero-político decía más claro: entre más obras construyas, más comisiones y mochadas te dejan... ese es dinerito ganado "honradamente".

Los tiempos cambian y ahora ya no se trata de ver quién se lleva más con más obras, sino de ver quien deja menos con menos obras.

Pero nos alejamos del tema. El caso es que, durante ese tiempo, el PRI consolida su poder contando con la credibilidad de un pueblo que veía en sus gobernantes a líderes dignos que, aunque por costumbre no dejaba de llamar "ladrones", le daban cobertura a sus principales necesidades, o al menos veían con esperanza que otros ya recibían los beneficios llevados hasta ellos por "la revolución". Tanto llegó a darse esa confianza en el PRI que el pueblo, siempre ingenioso, se preguntaba entre sí: "Y a tí... ¿ya te hizo justicia la revolución?", refiriéndose a los beneficios que como ciudadano podría ya haber obtenido.

Las campañas de afiliación praticamente no se necesitaban. El pueblo llegaba solo a los comités directivos municipales para afiliarse. Los triunfos electorales eran alcanzados derechos, -con alguna excepciones, claro- sin chapuzas, no se necesitaban.

Ser priísta era un orgullo a todas luces. Cuantimás si se podía ir a misa los domingos sin broncas, hasta en tanto no se llegara a ser Director de algo.

El priísta entonces defendía sus convicciones. Sabía de lo que hablaba. Conocía su plataforma política y su ideario. Tan fuerte era su convicción que el que temía reconocer la propia era aquel que no era priísta.

Sin embargo, la sed de poder es tal, que muchos de los dirigentes del ya llamado partido aplanadora no estaban conformes con tener a las mayorías. Querían a todos, y con ello, todos los triunfos. No aceptaban que hubiese algunos cuantos desbalagados. Porqué? Y se empezaron a dar los primeros pasos para acabar con un partido que ahora se hunde irremediablemente.

Para hablar en forma genérica y muy superficial -que conste que lo reconocemos, aunque superficial no quiere decir precisamente indocumentada- podemos decir que el principio del fin fue cuando, dada la proliferación de sindicatos y la fuerza que éstos tomaban al agruparse en centrales obreras como la CTM, la CROC y otras de menor importancia, o por su misma abrumadora membresía, como el de maestros o el de burócratas, a alguien se le ocurrió que todos, absolutamente todos los miembros de esos sindicatos o agrupaciones -ya convertidas en oficialistas- debían, por estatutos -o como quien dice por obligación- pertenecer al PRI y, aunque no se decía abiertamente, se advertía que, de no hacerlo, se "harían acreedores a las sanciones correspondientes" que en la vida real iban desde perder la chamba hasta la cárcel por "disidentes" o acusados de "Disolución social" que, al final de cuentas, era lo mismo: la represalia por no hacer lo que sus dirigentes ordenaban. Con ésto, se pretendía contar con agrupaciones obreras lo suficientemente fuertes para respaldar las acciones gubernamentales, pero al mismo tiempo tener muchas pequeñas o de mediano poder que equilibraran la balanza y así evitar que las grandes centrales se les subieran a las barbas. Todos los gobernantes hicieron lo mismo en mayor o menor medida.

Haber obligado a tantos a hacer algo que bien podían haber hecho por su propia voluntad, motivó que la credibilidad en el partido se empezara a perder...sin necesidad alguna!

Pero no sólo fue el obligar a los obreros a integrarse al partido, y a los campesinos, ya agrupados en una gran central campesina, sino que se comenzaron a ejercer y permitir algunas acciones que caían en similitudes muy parecidas a las de épocas recien salvadas como la colonial o pre-revolucionaria: el nepotismo y el compadrazgo llevados a su máxima expresión.

Basta revisar las notas periodísticas de los últimos cuarenta años para darse cuenta de que incluso el poder ha sido hereditario. Presidencias municipales, gubernaturas, secretarías de estado y los principales cargos públicos han tenido, a lo largo de las últimas cuatro décadas, a padres, hijos y hasta nietos en la titularidad.

Esta situación dio pie a otras más complejas y denigrantes.

Al mismo tiempo que el Partido llamado oficial se consolida, se establecen "reglas de oro" no escritas, que normarían la conducta de todo aquél que pasara por sus filas y, por ende, por las distintas posiciones de poder.

La primer regla de oro es, indiscutiblemente, la disciplina. Todo aspirante a puestos de poder debía pasar por un periodo de prueba, algunas veces corto, otras largo, pero en el que tiene que demostrar absoluta disciplina, a más de fidelidad total, otra de las reglas de oro esenciales.

La escala del poder es clara e indiscutible. En alguna ocasión, ese caricaturista fabuloso que fue Abel Quezada publicó una en la que el secretario se inclina en servíl reverencia ante el Jefe de Departamento, éste ante el Director, el Director ante el subsecretario y éste, a su vez, ante el Señor Ministro -como se conocía entonces a los ahora Secretarios de Estado- y, finalmente, todos ante el Presidente de la República.

La individualidad se pierde para pasar a formar parte de "la gran familia revolucionaria" y con ésto se inicia, al más puro estilo del medievo, el enlace de parejas previamente concertado, en aras de una estabilidad política y de permanencia en el poder. Así las cosas, aquello de "Familia Revolucionaria" no tiene nada de metáfora, sino el más profundo y estricto sentido de una realidad que forma una extensa red de control que, a su vez, forma una nada enmarañada escala de protección: "al que sale, hay que cubrirlo por sobre todas las cosas, para que cuando tú salgas, el que llegue te cubra".

Todo ésto, naturalmente, implica un proceso de degeneración que, poco a poco, lleva a las filas priístas a un generalizado estado de corrupción, emanado de una impunidad a toda prueba. Las nuevas generaciones no entienden lo profundo de las "Reglas de oro", decía triste uno de los más grandes ideólogos que diera la política priísta mexicana: Don Jesús Reyes Heroles. Y así es. Los juniors se pitorrean de los cánones secretos y quieren llevarse más que su padre, con menos esfuerzo y menos participación del pueblo. No se siente servidores públicos, sino amos. Amos que tienen a su servicio a caterbas de aduladores que les hacen sentirse dioses y, lo peor de todo es... que se lo creen!

Hacer un análisis de los cambios que sufre la familia política es esencial. Los fundadores del partido son generalotes brotados de la tropa que ganan sus galones a base de arriesgar la vida por aquello en lo que creen, bueno o malo. Pero pocos son los que cuentan con una verdadera instrucción. Felipe Angeles, por ejemplo, era considerado un sabio por Villa y sus Dorados que no tomaban la más mínima decisión sin escuchar su opinión, cuando su única y real virtud eran sus estudios de ingeniería, aunque nadie tiene pruebas de que terminara esos estudios, quizás truncados por la propia revolución.

Son hombre forjados a base de golpes de la vida y, aunque mareados por el poder, no olvidan que fueron pueblo y se entregan al pueblo no sin satisfacer sus ambiciones. Una de estas ambiciones, a más de moda en su momento, fue enviar a sus hijos a estudiar en el extranjero o, al menos, en los mejores colegios de la ciudad capital.

La segunda generación de "revolucionarios" son aquellos que no olvidan los horrores de la confrontación armada que sufrieron de niños y, respaldados ya por estudios superiores, fincan un mejor futuro para México basado en términos de realidad y tecnicismo. Llegan al poder con más conocimientos que sus progenitores y, bendito sea Dios, con sólidos principios morales, al menos la mayoría, y concretan los proyectos de los viejos tales como un partido fuerte y sólido, una patria nueva y progresista, un futuro promisorio y, sobre todo, la tan anhelada paz social. Sin embargo, es precisamente ese progreso, esa estabilidad económica, la que les corrompe, en menor grado, pero les corrompe. La sed de poder es grande, dice la historia. Respecto a sus hijos, ya no es por la necesidad de que se preparen, como sucedió con sus padres, sino por la ingente necesidad de demostrar quiénes son y que tanto poder tienen, y les envían a las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y Europa.

Surge así la tercera generación de políticos. Lo primero que hacen es rechazar, precisamente, el calificativo de "político" que ellos consideran sinónimo de ignorante, para autocalificarse de tecnócratas y surge la tecnocracia que acarrea una lucha interna por el poder en los setentas y ochentas, alcanzando el poder en su máxima expresión a finales de los ochentas, principios de los noventas.

El tecnócrata viene de Yale, Stanford, Harvard y otras universidades de arraigado prestigio universal, y presume de ello. Cree que por sus puros conocimientos tiene la razón en todo lo que dice y hace y, lo primero, es hacer a un lado a los políticos de viejo cuño a quienes comienzan a calificar de dinosáurios, tirando al bote de la basura su experiencia, con todo lo bueno y lo malo que ésto llevara.

Ellos, esa tercera generación, no recuerda los horrores de la guerra, sólo recuerda el poder de papi y quiere ejercerlo "mejor que él" y, como sucede en la cadena de crecimiento, intenta borrar todo lo establecido y viola, de menos a más, las reglas de oro tantos años respetadas, cayendo en un caos político en el que ni ellos pueden ya saber como van a actuar sus contrincantes, porque el mismo respeto interno se pierde, y se vuelven enemigos unos de otros.

La facilidad de comunicación crea una mayor interrelación en las esferas del poder mundial. Se conocen y tratan, algunos desde las escuelas famosas, otros desde los puestos de mando mismos, aquellos que tienen poder de decisión y, poco a poco, se comienza a pensar en la globalización. Es decir, en un sistema que, a la larga, pueda tener un poder de mando mundial unificando criterios, moneda, mercados y hasta educación. Pero en ese criterio de globalización hay quienes piensan bien... y quienes piensan mal. Algunos hacen verdaderos esfuerzos por llegar a hacer de éste un mundo mejor, mientras otros sólo piensan en sacarle el mayor provecho a todo.

El totalitarismo a nivel mundial comienza a caer. Los caciques, dictadores y amos, pierden fuerza ante una oleada de nuevos dictadores. Aquellos lo eran por la fuerza de las armas, éstos por la fuerza de la economía.

Al mismo tiempo, la mafia del narcotráfico despliega sus brazos y, tras largas luchas por el control entre decenas de pequeños grupos, se consolidan dos que se reparten el control mundial, incrustándose incluso en algunas sillas presidenciales.

México no es ajeno a todo esto. La familia revolucionaria, al modernizarse, crea alianzas con los diversos grupos de poder mundial y tiene una nueva regla de oro: primero yo, luego yo, y al final... yo!

Es el propio ideólogo priísta, Don Jesús Reyes Heroles, el que ve venir la debacle y, en una cena a la que asisten algunos de sus más allegados dice: "Creo que ya es tiempo de que el partido cambie de nuevo para poder rescatar la credibilidad del pueblo y, con ésto, lograr otros cincuenta años de poder absoluto".

Su idea era sencillamente fenomenal, desde el punto de vista político, claro.

En pocas palabras, Don Jesús proponía que, de las propias filas priístas, surgiera una corriente disidente que se opusiera a las actividades viciadas del partido, una corriente democratizadora que, a su vez, fuese mal vista por el resto de los priístas y fuera expulsada del seno de la organización, formando un partido nuevo en el que seguramente se volcarían las masas, rescatando así la credibilidad total y, llegado el momento, tomara el poder convirtiéndose en el nuevo partido de las mayorías. Todo ésto, obvia y perfectamente planeado y estructurado por los propios círculos de poder político y económico, que así verían protegidos sus intereses por otros cincuenta o sesenta años más.

Don Jesús tenía razón. Podía hacerse. Los resultados estarían garantizados. Sin embargo, su muerte dejó a medias el proyecto.

Años después, una corriente democrática surgiría dentro del PRI, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y uno de los más destacados alumnos de Don Jesús Reyes Heroles: Porfirio Muñoz Ledo. Cuauhtémoc, a pesar de un papel bastante cuestionado como gobernador de su estado natal, Michoacán, arrastraba las bondades de la imagen de Tata Lázaro. Muñoz Ledo tenía fama ya de rebelde y aguerrido. Ambos, y sus seguidores, fueron expulsados del partido. El plan de Don Jesús estaba en marcha... pero incompleto.

Ya fuera, los discursos de uno y otro estuvieron plagados de una fuerza de convicción que impregnó de esperanzas al pueblo mexicano. Atacaban la corrupción, la demagogia, el compadrazgo y el amiguismo, la impunidad y la eternización en los puestos de poder.

Recorrieron el país implantando su ideología, y arrastrando multitudes. La clase en el poder se sentía orgullosa: estaba dando resultado!

Sin embargo, habían puesto en marcha una idea trunca, incompleta, o no supieron interpretar correctamente el plan de Don Jesús Reyes Heroles. Por principio de cuentas olvidaron uno de los vicios más grandes del propio sistema: el arribismo. Cuando esa corriente democrática quiere organizarse, muchos cuadros municipales y estatales ya estaban "organizados" por arribistas que vieron la oportunidad de alcanzar nuevas posiciones dentro de una corriente que, a todas luces, reunía ya a la inmensa mayoría de los mexicanos. Arribistas que, obviamente, no obedecían a los cánones del proyecto, y a quienes por ende tampoco se les podían dar a conocer. Decidieron, en fin, jugársela así. Ya habría tiempo de desecharlos y colocar a los adecuados.

Llegado el momento, las elecciones presidenciales de 1988 vieron llegar a las urnas a una cantidad de ciudadanos nunca registrada en la historia de México y todos, todos ellos, votando por el nuevo partido: El Partido de la Revolución Democrática.

El PRD en ese momento tenía una dirigencia fuerte, una ideología nueva, y el respaldo de todo un pueblo, pero... en realidad no tenía cuadros propios, controlados, disciplinados a la dirigencia. Muchos de esos cuadros estaban formados por ciudadanos que realmente creían en una nueva forma de democracia, de libertad, de justicia; que se habían formado creyendo en lo que Cárdenas decía; otros, los controlaban los arribistas. Así las cosas, el riesgo para la clase dominante era mucho. El proyecto se les había salido de control. Nunca se imaginaron que el pueblo se volcaría de tal forma en apoyo a una nueva democracia. Sabían, sí, que habría seguidores, pero aún creían que el PRI era fuerte y que el nuevo partido podría irse formando poco a poco hasta alcanzar el poder bajo su propia batuta. Nunca se imaginaron la respuesta, una respuesta que no hacía otra cosa que demostrar lo que Reyes Heroles decía: hay que rescatar la credibilidad del pueblo antes de perderla por completo. Pero eso lo había dicho quince añós atrás, cuando el pueblo empezaba a perderla. Ahora... era tarde.

Ante la situación, el sistema dio marcha atrás y desconoció el triunfo de Cárdenas; "se les cayó el sistema" y se dijo que Carlos Salinas -a quien más tarde se califica de usurpador- era el triunfador. Ya habría tiempo para analizar lo que sucedió y replantearse el plan para lograr alcanzar otro medio siglo de seguridad política.

La tecnocracia, pues, no supo interpretar las ideas de un verdadero político y falló, pero no falló sólo en ese momento, no, siguió fallando y fallando. Tecnócratas al fin, y enemigos sonrientes del político, rompieron otra de las reglas de oro: la continuidad protectora.

La llegada de los tecnócratas al poder trae pues una nueva plaga: la repartición de puestos públicos y cargos partidistas a amigos, compañeros de escuela y parientes que no tenían militancia partidista y "están ahí porque saben más que los políticos, porque ya es tiempo de que el modernismo que significa la tecnocracia sirva a la patria", y hacen a un lado a priístas que tienen años y años de disciplina y sacrificio. Muchos líderes, viejos líderes que se han partido el lomo por el partido -con sus muy generosas recompensas, claro- ven perdidas sus aspiraciones de alcanzar puestos de niveles más altos y, o bien abandonan el partido con todo y su gente, pasándose a la oposición, o se quedan pero para dar la guerra dentro de las mismas filas priístas, lo que causa un divisionismo gigantezco y generalizado en el partido oficial.

Así las cosas, no sólo el pueblo ya no cree en el PRI, sino que los propios priístas ven resquebrajada su credibilidad y, lo que es peor, hablan pestes de su propio partido.

Las convicciones se pierden, y con ellas, la lealtad.

Los treinta y tantos años de estabilidad económica y social dan paso a otros veinte de debacles monetarias, inseguridad social, pérdida del nacionalismo, y una inmensa depedencia de la globalización, fragilizada por la debilidad en los mandos que ven, desesperados, que no es lo mismo la teoría que la práctica, y menos ante un pueblo al que ellos mismos se han encargado de politizar con sus discursos utópicos en los que han trocado la demogogia por el engaño. El pueblo incluso se ríe desesperado de sus explicaciones como aquella que, para justificar un aumento, asegura que no fue aumento, sino "ajuste".

México llega así al borde del caos, y todo... por la falta de convicción. Salinas lo sabe y busca una fórmula que le permita autenticar su mandato. Por principio de cuentas, recurre a la publicidad subliminal y empieza a utilizar el término Solidaridad en todos sus actos. Poco después lo convierte en uno de los programas más fuertes de su régimen: el Programa Solidaridad que, más tarde, alcanza practicamente la categoría de Secretaría de Estado usando también la subliminalidad: SEDESOL, que significa Secretaría de Desarrollo Social, pero que muchos interpretan como Secretaría de Solidaridad, porque es esta secretaría de estado la encargada del programa que se basa en la participación directa del pueblo en las acciones gubernamentales.

La idea le da resultado al principio y, por lo pronto, el pueblo deja de tratarlo como usurpador y le aplaude en cada calle pavimentada que inaugura. Pero Salinas de Gortari sabe que necesita un puntal más, y recurre a uno que indiscutiblemente le abre el corazón de un pueblo eminentemente católico: borra viejos antagonismos y reanuda las relaciones diplomáticas con el Vaticano, dando así un reconocimiento tácito a la religiosidad que, si bien se realizaba en la práctica, era reprimida por las leyes establecidas cuando era necesario.

Salinas tiene tiempo ahora para buscar la estabilidad económica con dos grande miras: una, la gran posibilidad de convertirse en el salvador de un pueblo casi en ruinas y, ya convertido en mesías, buscar la perpetuidad, o al menos la reelección y, dos, alcanzar relevancia internacional para poder llegar a la titularidad de la Organización Mundial del Comercio, cargo con el que sueña despierto a todas horas.

Es tanta su obsesión, que no duda en caer en componendas con uno de los grandes carteles de la droga, a quienes protege con miras a un respaldo futuro, mientras justifica la lucha antidrogas acosando a los cabecillas del cartel contrario y, entre todo ésto, olvidando esa famosa regla de la que hablábamos: la continuidad protectora.

En su lucha por demostrar energía y rectitud, persigue y encarcela a funcionarios de su propio sistema y, tras la devolución de los bancos al poder económico, también se ensaña con algunos de los banqueros "descubriendo" trampas y trafiques.

Si la regla de la continuidad protectora se había empezado a romper ya desde antes de su mandato en casos que no pasaban del cese o la "sanción", es el propio Salinas el que marca el inicio de una cacería que se extiende más allá de su administración. Así las cosas, el que llega ya no protege al que salió, por el contrario, le busca por todas partes para exhibirlo, perseguirlo, acusarlo y hasta hundirlo "para hacer méritos" ante el pueblo, que ve con sorna como la mayoría tarda más en entrar que en salír de las cárceles, apoyados por su grupo político.

La gran familia revolucionario se fracciona mucho más rápidamente con estas actitudes que, si fueran reales y honestas, en verdad rescatarían la credibilidad del pueblo.

La lucha por el poder se agudiza, y para mantenerlo se recurre a otro método ya olvidado desde la misma revolución: el asesinato político. Primero son líderes menores y sobre todo de la oposición los que caen bajo las balas, más tarde, grandes personajes del propio sistema son asesinados con una perfecta impunidad: el Cardenal Posadas; José Francisco Ruíz Massieu, ex-gobernador de Guerrero y Secretario General del PRI en funciones; y hasta el propio candidato a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio es masacrado enfrente de sus seguidores. Las investigaciones, hasta la fecha, siguen su marcha; aunque en realidad no se ha sentenciado a los verdaderos culpables de uno sólo de los casos conocidos.

Es tal la división en las filas priístas, que se asegura que el mismo Salinas conforma un ejército perfectamente pertrechado, mejor incluso que el ejército regular mexicano, con dos ideas fijas en la mente: perpetuarse en el poder para proteger a los suyos y al cartel amparado, o bien tener un arma poderosa con que enfrentarse al sucesor en caso de que éste traicionara la famosa regla rota por el propio Salinas: la continuidad protectora. Así, dicen, surge el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Tan se rompe la regla que, a la llegada del nuevo presidente, es Salinas el perseguido. El primer golpe se le asesta apresando a su hermano, después, practicamente se le acusa de ser el asesino de su ex-cuñado José Francisco, y de un enriquecimiento ilícito que no varía mucho del que infinidad de sus antecesores cometieron. En la economía, casi al principio del nuevo régimen se declara una devaluación y un crac financiero del que le hacen responsable, aunque existen afirmaciones de que fue en realidad un falso crac, como lo dijera asombrado en su momento el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, mismo que poco después declarara publicamente que no había dicho lo que dijo.

Así las cosas, el PRI encara un nuevo milenio sin convicciones, sin la firmeza que dan al ser humano sus principios fundamentales, resquebrajado, dividido, y con la esperanza perdida en aquel proyecto de Reyes Heroles, que pretende sustituír haciendo alianzas con todos y con ninguno. Por primera vez en la historia del PRI, la oposición gobierna a cerca del 45% de los mexicanos, y a los que gobierna el priísmo no los tiene del todo controlados. Otro ejemplo más de que la fuerza de convicción es de primer orden. El PRI la tuvo, sus hombres la perdieron, y con ello... a su propio partido y el poder.

 

 

COLOFON

 

Si bien hemos usado como ejemplos algunos pasajes de nuestra historia, tanto religiosos como políticos, ésto no quiere decir que son los únicos. Existen muchos ejemplos más de firmeza de convicciones, tanto como de falta de ellas. La historia nos deja anotados unos y otros.

Quizás una de las grandes verdades es que el hombre, con toda esa debilidad propia del ser humano, se engalla en la adversidad y corrompe en la abundancia, dando así paso a que, en el primer caso, se inflamen esas convicciones y, en el segundo, se olviden ante la comodidad y la opulencia.

Así son los sentimientos del ser humano, y no sólo éstos, hasta su propia constitución física sufre efectos en uno y otro caso.

Cómo recuerdo aquel suceso en que una madre, desesperada por que a su hijo le aplastaba una carreta cargada de estiércol, metió el hombro bajo la plataforma y la levantó para que pudieran sacar a su retoño. "Sacó fuerzas de la flaqueza", se dice comunmente, pero no es otra cosa que la situación misma.

Usted debe recordar facilmente que, en su propia vida, han existido ocasiones en que "se le ilumina el entendimiento" ante una posición apurada o desesperada, y encuentra la solución. La necesidad es madre de la inventiva, dicen otros. Así con las convicciones. Un pueblo reafirma éstas cuando ya no ve otra salida que luchar por su libertad. El más común de los hombres se vuelve rabiosamente revolucionario en una situación así. Aprende incluso a alegar, a reclamar con argumentos que podría jurar antes ni siquiera sabía que existían y, lo más importante: cree en lo que está haciendo, tiene convicción.

Porqué entonces no intentar cultivar esas convicciones en la vida cotidiana, profundizarlas, para saber defenderlas. Se nos dan tantas oportunidades diariamente. Sólo basta que las observe.

Usted sabe lo que es dormir tranquilo? Alguna vez en su vida lo ha experimentado... y gozado de una noche placentera. Nuestro siempre sabio pueblo utiliza otra frase referente a ello: "hasta que dormí tranquilo", dice cuando se refiere a la solución de un problema. Pues bien, si tenemos esa fuerza de convicción, en lo que sea que nosotros creamos, repito, podremos dormir tranquilos, puedo asegurarselo.

Y no es difícil hacerlo, basta con querer hacerlo. El padre, cuando dice NO a uno de sus hijos, debe sostenerse firme pues de lo contrario pierde autoridad. Eso también es un ejemplo de convicción. La palabra misma lo indica: Convicción.- creencias firmes. Firmeza en lo que se dice o hace.

Dentro de los ejemplos cotidianos podemos recordar esos momentos en que usted platica con la vecina y, comentando algo sobre sus hijos dice: "no...es que si no me mantengo firme... me comen!", lo recuerda? Cuántas veces lo ha dicho? Ahí está dando un ejemplo propio de lo que es y debe ser la convicción, usted lo sabe, tiene un conocimiento subconsciente de ello, y quizás hasta consciente. Ahora es cuando debe aplicarlo en todas sus acciones cotidianas, con la misma entereza que decide cambiar las cortinas de la sala o comprarse un vestido nuevo; con la misma fuerza que anuncia irse de vacaciones "a como dé lugar".

Ejercítese con pequeños detalles como el ya no dejar los zapatos botados a media estancia, o colgar su ropa, o decir una palabra dulce de vez en cuando a su pareja. Notará que poco a poco se "acostumbra" a una especie de rutina en la que ya no le es difícil hacerlo. Pero ¡cuidado!... no lo haga y convierta en una verdadera rutina, porque no tendrá la fuerza necesaria.

Deje de decir estupideces cuando, al platicar con el pintor que contrató para cambiar la pintura de su casa, quiera demostrarle que usted también sabe de colores, mezclas y hasta brochas. Mejor diga abiertamente que no sabe, que para eso lo contrató, porque el que sabe es él, aunque en venganza le lleve a la hora del almuerzo una exquisita salsa de chicharrón, preparada como sólo usted sabe hacerlo; y no necesita decirle que él, de seguro, no sabe cocinar.

Usted sabrá escoger el color de su gusto, pero no pintar la estancia, tanto como él sabra escoger qué gusta comer, pero no prepararlo. Cuestión de enfoques. Pero...lo que quiero decir, al final de cuentas, es que no convierta la convicción en un ejercicio devaluado defendiendo aquello en lo que no cree o sabe. Hagalo, simplemente, con lo que cree.. y basta.

A veces, defender una convicción no necesita de un acalorado enfrentamiento con otra persona. Si usted es de las que se persignan ante cualquier imagen o iglesia, que no le dé pena hacerlo, y si alguien le pregunta porqué lo hace, diga con indiferencia: "costumbres que uno tiene". Será muy raro que el otro insista en su tono burlón, o pregunte de nueva cuenta.

Si a usted le preguntan porqué le gusta el PRI y no quiere entrar en polémica, simplemente diga, "porque me parece un buen partido". Es vergonzoso escuchar a algunos que, hablando de política, dicen "yo voté por el PRD para darle en la torre al PRI". Si es del PRI, vote por el PRI, si es del PRD, vote por el PRD y si quiere saber porqué demonios vota, informese bien de la plataforma política de su partido, qué ofrece, qué hace, cómo se formó, quiénes lo dirigen... al final de cuentas todo, absolutamente todo lo que usted haga, repercutirá en su propio futuro.

Yo tenía una sirvienta que le rezaba mucho a San Martín de Porres, muy de moda en esa época. Una tarde le pregunté porqué era devota de él, y me contestó indiferente: "porque me cae simpático". Cuando le pregunté que sabía de su vida, volvió a contestar displicente: "pa'qué?, conque me haga el milagro basta!"

La misma falta de convicción, muchas veces, nos hace caer en aquello que criticamos o censuramos. El ejemplo más palpable es cuando usted, que sufre como yo la inseguridad, la falta de eficiencia de las autoridades, la corrupción en que han incurrido, la censura acremente en las mesas de café o en las clásicas pláticas de sobremesa, y... sin embargo, cuando le para un agente de tránsito porque cometió una pequeña infracción, lo primero que se le ocurre es... ofrecerle una "mordida", es decir, caer en la corrupción con tal de no hacer colas, perder el tiempo o pasar la vuergüenza de ir a las oficinas de tránsito a pagar esa infracción que, para colmo, la más de las veces le sale más barata que los cien o doscientos pesos que le sacó el agente.

Sería interesante que pusiera usted a prueba la convicción del propio agente de tránsito. Cuando le detenga, exija, cortés pero firmemente, que le diga el porqué de la detención. Insista en que no cometió infracción alguna y adviértale que no le dará un sólo centavo, no importa que tanto pueda poner en la infracción, pero que le indique que artículo del reglamento violó. Le apuesto lo que quiera que el agente suavizará su actitud. Si le argumenta tal o cual artículo, exíjale que se lo demuestre. Y si de pura casualidad el señor trae un reglamento a la mano, usted siga negando la infracción. Puedo apostarle que el agente terminará por salir con alguna como "lástima de ropita.." o "caray... y ustedes son los educados..." y luego, con una actitud paternalista con la que disfrazará su falta de convicción, dirá: "mire... por esta vez, váyase, pero más le vale tener mucho cuidado..."

La verdad es que no fue precisamente un encuentro entre la ley y el infractor, sino una lucha de convicciones la que se dio en ese momento, y usted ganó, siempre y cuando haya actuado con verdadera convicción, demostrando seguridad, arriesgándose, jugándosela.

Cabría aquí hacerle una pregunta: si pudo hacerlo con el agente, si le dio resultado, porqué no hacerlo en todas y cada una de las actividades de su vida diaria?

México necesita urgentemente de mexicanos con convicciones firmes, reales. No podemos exigír seguridad o integridad cuando somos nosotros los primeros en fomentar esas desviaciones entre la burocracia. Se dice que gobernar significa co-responsabilidad; yo me atrevo a decir que, como el gobierno emana del pueblo, la corresponsabilidad incluye al pueblo. Pero ese pueblo debe creer en lo que hace, en lo que pide, en lo que necesita. Debemos, todos, usted, yo, todos, tener convicciones y, sobre todo, ser firmes en esas convicciones.

Finalmente, recuerde que éste no es un tratado ni un estudio antropológico, político o religioso. No buscamos cambiar sus creencias, por el contrario, crea en lo que crea, lo que intentamos es que lo crea firmemente. Yo, en lo personal, creo en Dios, creo en México, creo en el poder de la literatura como medio de cultura, creo en la necesidad de una vida mejor para nosotros y para legar a nuestros hijos y, lo más importante de todo: creo en mi mismo.

Que porqué escribí este libro? Porque soy guadalupano... y qué?

 

 

México... creo en tí

porque

escribes

tu nombre

con la X,

que algo tiene

de cruz

y de calvario...

 

 

 

 

 

 

La segunda edición de este libro,

registrado con el número 43

dentro del

Programa de Financiamiento

para Escritores Iberoamericanos,

se terminó de imprimir,

con un tiro de 500 ejemplares,

el día 30 de junio del 2005,

en los talleres de

Editorial Sagitario 

Acapulco, Gro.

 

 

 

 

 

 

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