DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA          

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DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA

Soy ateo gracias a Dios

 

La Academia Latinoamericana de Literatura Moderna
dentro de su Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericano
y con su Programa Editorial Sagitario
presentan
 
una obra más del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.
 
SOY ATEO GRACIAS A DIOS

 

Este libro, registrado con el No. 165 dentro del Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericanos, se terminó de imprimir el día 15 de septiembre del 2017. Todos los derechos reservados.


http://www.allimo.org
e-mail: editorialsagitario@hotmail.com

 

A MANERA DE PRESENTACION

 

Desde sus orígenes, el hombre ha buscado a esos seres que se supone deben protegerlo: los dioses. Allá en la era de las cavernas, fueron dioses indiscutibles el Señor Sol, la Señora Lluvia, el Dios Viento y, naturalmente, el más poderoso de todos: el Dios Fuego.

Conforme el hombre aprendió a cazar, pescar, usar el hierro, fierro, cobre y demás, sus dioses fueron modificándose o cambiando. Algún impo-tente por ahí, en su desesperación, debe haber inventado a la Diosa de la Fertilidad, a la que le rogaba encarecidamente que le diera un hijo. Otro, despreciado por la dama que le gustara intensa-mente, quizá se inventó al Dios del Amor -o Diosa, según gustos y mitología- y así sucesivamente.

 

Cuando alguien se pregunta cuántos dioses hay, no espera jamás que le respondan: más de diez mil! Y así es. Basta con darle una repasadita a las mitologías -ya que hablamos de ellas- para darnos cuenta de que ha habido dioses hasta para los estreñidos.

Claro que las fusilatas no se hicieron esperar. Las mitologías -sobre todo la griega y la romana- compartieron dioses para los mismos fines, pero a los que les daban nombres diferentes para disimular, aunque algunos se llaman casi igual... o de plano igual!

Pero este no es un tratado de mitología, sino un libro para aquellos que, en la actualidad, no encuentran la puerta y por más que le rezan a San Judas o a la Lupita, al no encontrar respuesta a sus problemas se cambian de religión -o cuando menos de secta- tantas y cuantas veces lo creen necesario o alguien influye en ellos. Vamos, no ha faltado quien ha convertido a un simple proceso -la muerte- en santa. Sí... ahora hay quien le reza a la Santa Muerte!

Capítulo aparte necesitarían los que se van del otro lado y de plano adoptan a la contraparte divina como patrono; así nacen los satánicos, secta mun-dial que se ha distinguido por su crueldad -como si con ello se pudiesen resolver los problemas coti-dianos del pobre terrícola- y que considera que los sacrificios humanos dedicados a Satán son la pana-cea espiritual.

 

Adopto la forma novelada porque he encontrado que es la mejor forma de que un negadísimo lector lea. Presentarlo en forma de tratado u estudio sería, además de pretencioso de mi parte, materia de rechazo obligado aún antes de abrir sus primeras páginas. Así es el mundo... que conste que yo no lo hice.

 

Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

 

 

 

 

 

 

Ricardo estaba recostado sobre el viejo camastro, totalmente vestido, recibiendo el raquítico soplo de aire enviado por el escandaloso ventilador de techo.

Con los brazos cruzados sobre la nuca, recordaba aquella infancia no muy lejana. Había sido como la de cualquiera. Sus padres, clasemedieros mexicanos de provincia, cada domingo peleaban con los abuelos por las idas a misa.

-Pero papá... para qué vamos a misa? Ya sabes lo que pienso...

-Qué ya te volviste ateo?

-No pá... pero yo creo en Dios a mi modo... no entiendo para qué ir a misa...

-Para que te quiten lo hereje... agregaba la abuela también molesta.

-Mira a Riqui... es tu obligación hacer de él un buen cristiano...

-Y lo será pá... lo será... pero a mi modo...

-Muchacho del demonio... a ver tú, María, exí-gele a tu marido que cumpla con sus obligaciones religiosas, decía el abuelo involucrando a la madre del chamaco.

-Mmhhh... mejor no le digo nada... ya ve que luego la agarra conmigo...

-Sea por Dios! Pero allá tú y tu conciencia! Nada más recuerda que de todo daremos cuenta a Dios en su momento... exclamó resignado -como cada do-mingo- el abuelo.

 

Ricardo sonrió recordando la escena. Sí, su padre siempre se salía con su capricho. Quizá se hubiera quitado de problemas si se hubiese ido a vivir casa aparte, pero no, su salario no le alcanzaba para pagar una renta, así es que era cómodo vivir con los abuelos. Además... esa casa sería alguna vez de él, no? entonces? para qué tanta bulla?

No era un ateo, no, creía en Dios -al que llamaba el hermano Chucho- y en la Virgen de Guadalupe -a la que llamaba mi Lupita- y de la que tenía una réplica tamaño natural sobre la cabecera de su cama. Pero no socializaba con el clero. Los curas no eran muy de su agrado. Sin embargo, siempre fue cató-lico, apostólico y romano, como se decía en ese entonces.

Claro, en aquellos tiempos no había tanta opor-tunidad de cambio... es decir, como ahora, que hay decenas de sectas y religiones. Como en supermer-cado: para escoger...

 

Ricardo se dio vuelta sobre sí mismo molesto con lo último. Existe Dios en verdad?... Quién demonios dice que existe?

Sus dudas surgieron en la secundaria, pero se agravaron en la prepa con todo eso de Marx, Engels, el comunismo y el ateísmo...

Carajo! Fuera del embrollo religioso, esa época fue de buena vida.

La sonrisa volvió a su rostro. Sí, era vida! Nada más conque hubiesen programado más tardecito la entrada a clases, todo habría estado perfecto.

Fue entonces que su padre -ya muertos los abuelos- tomaba su lugar y reclamaba a Riqui su alejamiento de la iglesia.

-Se me hace que te voy a sacar de esa prepa... cómo puede ser posible que te enseñen a ser comunista! Ya México sufrió un socialismo que le fue nefasto. Fue la época de Cárdenas... el abuelo, con todo y su mochería, bien que lo defendía porque dice que trajo a la provincia muchas escuelas y has-ta expropió el petróleo... así es que vele pensando muchachito porque no estoy dispuesto a mantener a un ateo...

-Y tú porque no vas a misa? Bien que me acuerdo de tus pleitos con el abuelo...

-Es otra cosa... no quiero a los curas ni sus cosas... pero sí creo en Dios y tus ideologías ofenden a Dios!

Pobre viejo, sonrió Ricardo nuevamente pero esta vez con un dejo de añoranza, no sabía ni pizca de su propia religión. Una vez, incluso, dijo que el Papa era Leon XIII, cuando este existió a principios del siglo XX.

Otra ocasión, una comadre le reprendió porque resultó que sólo se sabía el Padre Nuestro... vamos, ni el Ave María siquiera recordaba.

No... si era buen católico!

 

Un insistente toquido en la puerta del departamento despertó a Ricardo que se quedó dormido sin darse cuenta. Perezosamente se estiró, jaló los zapatos que habia aventado debajo del camastro, y gritó:

-Ya voy... ya voy... qué prisa... carajo!

Al abrir la puerta se le fue el alma al suelo.

-Buenas joven Ricardo... dijo la matrona con cara de fingida dulzura. Ya tendrá usted lo de mi renta?

-Ay, Doña Angustias... la verdad es que no... la cosa se ha puesto difícil...

-Pobrecito... pídale a Dios que le busque un buen trabajo...

-Dios... como si todo fuera cuestión de Dios...

-Claro que sí, exclamó sorprendida la añeja dama, Dios pone y dispone...

-Sí... y llega el diablo y todo lo descompone!

-Por Dios Ricardito...! No mencione al maligno en esta casa porque nos salamos! Mire... usted lo que necesita es platicar con mi pastor... es buena gente... qué le quita?

-Ay Doña Angustias... qué me va a resolver ese pobre hombre?

-Nada... pero le va a dar paz espiritual para que pueda encontrar su camino... mire, vamos a hacer un trato: si usted va conmigo a ver al pastor, me espero resignada hasta que Dios le mande un buen trabajo... le parece?

La propuesta estaba que ni pintada. Al menos no estaría la doña aquella sobre él por un buen rato.

-Acepto... pero con una condición...

-La que usted disponga Ricardito.

-Que si no me gusta... me puedo largar de ahí sin que se me venga usted encima...

-Ah que Ricardito tan vacilador... brincos diera yo por caerle encima... pero no... no se preocupe, está en total libertad de seguir o no.... ahí no obligamos a nadie.

De  nueva cuenta en el camastro, Ricardo ana-lizaba la situación. Era crítica. Varios meses sin chamba, la Gloria -hija de la dueña de la fonda donde comía- lo mandó al demonio de su vida y de su fonda; le debía a medio mundo -incluyendo la renta de tres meses- y sobrevivía haciendo chambitas pequeñas ocasionales.

Lo bueno es que no era hombre de vicios. No tomaba mas que de vez en cuando -quiza en alguna fiesta o reunión- pero no era de cantina o de congales. Bueno sería, sin comer pero bien ayun-tado! Tampoco fumaba. Lo hizo, pero lo dejó hace ya mucho tiempo. No fue por necesidad o diagnóstico médico. Un día, simplemente dijo hasta aquí, y hasta ahí llegó el cigarro.

Otra ventaja era que no se había casado. No tenía hijos, ni de nido ni de incubadora, como dicen por ahí. Viejas hubo muchas, pero ninguna pudo echarle el guante. Era correoso para eso del matrimonio.

Cansado de pensar en fregaderas, se levantó, se volvió a poner los zapatos y se caló el único saco decente que le quedaba. Doña Angustias nada más asomó la cara para verle pasar. Una sonrisa coqueta iluminó su cara al despedirse el muchacho.

-Nos vemos más noche Doñita...

-Dios te cuide hijo...

 

Cerca de las siete, Doña Angustias tocó de nueva cuenta a la puerta de Ricardo.

-Joven Ricardito... ya es hora de la reunión...

-Ya voy Doñita... salgo enseguida.

 

El pastor era un tipo común y corriente -más corriente que común- que demostraba, a pesar de sus nobles intenciones espirituales, una educación rayana en el sexto año de primaria. Se comía las conjunciones y abusaba de los calificativos.

Le llamó la atención que casi toda la treintena de personas, reunidas en el salón aquel con visos de iglesia, eran de la misma colonia. Conocía a casi todos y ellos a él.

Por eso, cuando el Pastor pidió a toda la comunidad orar por que el hermano Ricardo encon-trara trabajo, todos ellos siguieron el rezo con vehemencia.

Al salir, Doña Angustias se despidió del Pastor diciéndo:

-Hay que platicar un poco con este niño... es uno de esos extraviados que hay que meter al redil...

-A su tiempo Angustias... a su tiempo... dijo guiñándole un ojo al joven.

-Pues ya está joven Ricardito... ahora nada más a esperar a que Dios haga su trabajo...

 

La tertulia en la mesa del portal estaba animada. Esa mesa formaba parte del soporte psicológico de varios de ellos. Ahí podían quejarse amargamente de la vida y oír -que no escuchar- los consejos de otros desgraciados como ellos, y él, darse el lujo de aconsejar a otro. Salmuera para el dolor, decía el poeta que a todo le encontraba rima.

-Quihubo? dijo a guisa de saludo.

-Que jáis, contestó uno de ellos sin voltear.

-Siéntate aquí Riqui, llamó otro haciéndo hueco entre dos sillas.

-Qué onda?

-Oye... tú le haces a eso del diseño gráfico, verdad?

-Como a muchas otras cosas...

-Pero eres bueno en la computadora...

-Pues sí... al menos mejor que muchos otros...

-Ahhh, pues te tengo una chamba...!

-Serio? En dónde?

-Con un periodista...

-Hummm... esos no pagan...

-Dicen que los dichos no aplican entre los jodi-dos, no?

-Bueno... a ver los datos...

 

Ricardo se quedó parado frente al jacalón que lucía un tremendo letrero de PRENSA. A la derecha del portón, casi a punto de caerse, un letrero más pequeño rezaba: El Buitre Político, Semanario de circulación religiosa.

-Buenos días... busco al Director, dijo timida-mente Ricardo a un empleado que rodaba con tra-bajo una gran bobina de papel periódico.

-Allá, en la oficina del fondo... pregunte por el Capítán Castañeda.

Bonita combinación, pensó, militar y religioso! Ta’canijo el mundo.

-Hola... está el Capitán Castañeda?...

-Depende de quién le busque, dijo el tipo sentado en el escritorio del fondo viendo sobre los anteojos.

-Busco chamba como diseñador gráfico... me dijeron que usted necesita uno...

-Cuánto quieres ganar?

La pregunta tomó desprevenido a Ricardo que sólo acertó a repreguntar.

-No sería más importante ver si soy bueno o no?

-Eso lo decido yo... cuánto quieres ganar?

-No sé... cuánto paga?

-De pagar, yo no pagaría nada... pero el hombre tiene que comer... así es que mejor tú me dices tus necesidades, si puedo cubrirlas... ya tengo diseñador gráfico, si no... pues ni tú tienes chamba, ni yo diseñador...

Sencilla pero muy lógica filosofía empresarial, pensó Ricardo. A ver... el salario mínimo está en 50 pesos diarios... así es que el de un diseñador -considerado ya un profesionista- debe estar entre los...

-Cinco mil pesos mensuales! exclamó Ricardo terminando en voz alta sus pensamientos.

-Loco está el mundo amigo... y más loco yo que acepto nada más porque en verdad te necesito, que si no... cinco mil pesos son muchas botellas de licor! Tienes restricciones de horario?

-Ninguna... pero, sáqueme de dos dudas que tengo...

-Veamos...

-Para qué necesita un diseñador de planta cuando su periódico es semanario?

-Porque sueño con hacerlo diario... y a la mejor se me hace con sólo verlos a ustedes sufrir... y?

-Porqué dice de semanario de circulación religiosa siendo usted militar...

-La bruta humanidad amiguito... se van con la finta siempre... eso debes tomarlo en cuenta para que puedas aprovechar lo que puedas. Mira: es religioso porque sale cuando Dios quiere!... y yo soy capitán, pero no militar... fui capitán de meseros del Bar Quito...

Ricardo rió de buena gana. Ese hombre sí que enfrentaba su destino con optimismo.

-Entonces... estoy contratado?

-Claro... y como yo ando de buenas... y tú andas de jodido... te voy a adelantar un par de milagritos... te parece?

-Carajo! Estos milagros se los debo a Santa Angustias...

-Santa Angustias? No me digas que eres de esos vigilantes de la vela perpetua...

-Ah... no Capitán, no; lo que pasa es que mi casera se llama así, Angustias, y ayer me llevó a su templo -la Luz del Mundo creo que se llama- para que sus fieles rezaran por que encontrara trabajo...

-Ajá.. y con toda seguridad Dios te lo trajo no?

-Bueno...

-La manga...! Dios no tuvo nada que ver con esto... la chamba te la di yo... o no? Dios ni existe! Son cuentos de los curas para joder al hombre...

-Usted es...

-Sí señor, soy ateo... algún problema con eso?

-Nnn...no... no! Por el contrario, creo que por ahí andamos...

-Pues te salvaste... si bien no obligo a mis gentes a ser ateos, tampoco me gusta que anden de madreardiendo tratando de convencer a sus compa-ñeros.... cada quien su vida... entendido?

-Entendido mi capitán! dijo alegre Ricardo cua-drándose al estilo militar.

 

La vieja casera salió al llamado a gritos de su joven inquilino.

-Qué pasa Ricardito... a qué tanto grito?

-Quiere dinero... o no?

-Esa pregunta ni se pregunta! Qué? Asaltó a algún viadante borracho?

-No Doñita... fueron sus rezos... ya tengo chamba!

-Ajá... y le pagaron por adelantado, verdad?

-Pues aunque no lo crea... así es que aquí está lo que le debo: tres meses, a quinientos pesos... son mil quinientos pesos al chaz chaz!

-Bendito sea Dios! Mire que mi Pastor es efectivo, verdad? Si no es porque yo lo llevo... no habría conseguido trabajo!

-Será el sereno! El caso es que ya tengo chamba...

-Quiero que mañana mismo dé testimonio del milagro...

-Sí hombre, sí, no hay problema...

 

La mesa del portal estaba a reventar. Se habían juntado cuatro mesas y aún seguían llegando. Carlangas, el que le había pasado los datos a Ricardo para la chamba, le vio de lejos y le hizo señas.

-Ricardo... aquí hay lugar...

-Gracias Carlangas...

-Cómo te fue?

-De maravilla... el Capitán Castañeda me dio la chamba de inmediato...

-O sea que me debes esa chamba a mí... así es que... invita el café, no?

-Claro que sí... y hasta el desayuno.

El horario en el periódico era cómodo para Ricardo. Entraba a las cuatro de la tarde y salía alre-dedor de la media noche. Todos los días proyectaba un diario con las noticias que le llevaban los repor-teros. No se publicaba aún, pero se hacía en falso, como se dice en el argot. Era práctica para el momento en que realmente arrancaría el diario.

El Capitán Castañeda no decía para cuando, pero aseguraba que sería pronto.

Ricardo no resentía el ritmo de trabajo que, seguramente, sería igual ya sobre la marcha. Por eso, al llegar a su departamento, se tendía sobre el camastro para soñar y recordar otro poco. Le hacía bien. Se relajaba.

Una noche, cuando llegaba, Doña Angustias asomó a su puerta.

-Buenas noches Ricardito...

-Y ahora? Qué hace usted levantada a estas horas?

-Esperándole... quiero invitarle un cafecito...

-Sea pues... venga el cafecito... aceptó pasando al interior de la vivienda de la mujer.

-Tome asiento Ricardito... y perdone el tiradero... ahorita le sirvo su café...

-Negro y con cuatro de azucar, por favor...

-Vaya... es usted muy dulce... dijo coqueta la dama.

-No se crea Doñita... no se crea... luego de las personas dulces sale un tigre...

-Pues rúgeme Ricardito... rúgeme... que me ando muriendo porque me pagues el favorcito...

-Que le pague? dijo extrañado el joven. Cuál favorcito?

-Pos cuál ha de ser... el de la chamba...

-Ajá... y suponiendo que a usted se lo deba... cómo quiere que se lo pague?

-Pos cómo? Con una noche de amor de esas que usted tanto presume...

-Dios santo! Pero Doñita... si usted es una mujer de todos mis respetos...

-Pues fálteme al respeto que le juro que yo no voy a gritar... y si lo hago... ha de ser de purititito placer!

Ricardo emprendió la carrera rumbo a su departamento y se encerró bajo siete llaves. No podía creer lo que acababa de suceder.

-Vaya señora! Y tan decente que se veía... La bronca ahora va a ser que una mujer despechada no perdona... me va a lanzar de su casa a la voz de ya! dijo para sí mismo.

Como pasara varias horas sin poder dormir, decidió tomar las de villadiego y, empacando sus cosas, salió furtivamente de la casa.

 

Ya en el cuarto de un hotel que consiguió cerca del periódico, analizaba lo sucedido.

Primero fue el propio Capitán el que dijo enfá-tico que el trabajo lo tenía porque él se lo había dado; luego su cuate, el Carlangas, se adjudicó el haber sido por él que se consiguiera; finalmente, la vieja bruja de la Angustias... carajo! si el trabajo se lo consiguió él con sus conocimientos... bueno, en realidad no porque el Capitán Castañeda ni siquiera le hizo una prueba...

-Creo que en realidad fue la suerte, dijo para sí y se quedó dormido.

 

 

 

 

 

 

 

 

La soledad es mala consejera, pero para Ricardo era un tormento. Había vivido solo prácticamente toda su vida, pero odiaba la soledad. Siempre procuraba tener prendido el radio o la televisión para sentirse acompañado, aunque no les escuchara o viera, simplemente para oír otras voces. Sentía su vida vacía.

La plática del Capitán Castañeda era un bálsamo para esa vacuidad. Bromista siempre, era sin embar-go un charlista fabuloso y, entre chascarrillo y jue-go, siempre dejaba caer la conseja. Su vicio era el licor. Dormía toda la mañana para trabajar en la tarde y, a eso de las siete u ocho de la noche, se iba dejando todo armado en manos de su gente para iniciar un largo recorrido por una decena de bares en los que era popularmente conocido.

Sobrio a medias durante el tiempo que convivía con el personal, no permitía que se olvidara su bandera de ateo y librepensador. Uno de sus prin-cipales admiradores y seguidores era precisamente Ricardo que, frágil en sus conceptos filosóficos, daba por buenos sus alegatos y aplaudía su energía y convicción.

-El mundo es energía, decía, energía pura que no desaparece, se transforma. De ahí que, cuando mue-re uno, el que fenece es el cuerpo que se torna en polvo, pero la energía subsiste eternamente. Los humanos, igual que todo lo vivo en el mundo, somos eso... energía pura... y por ende... inmortales!

-Chale Capitán, reclamaba un prensista, eso quie-re decir que voy a estar jodido eternamente?

-No seas bruto! La reencarnación te da nueva vida! Otra oportunidad! el ciclo debe definirse y, por supuesto, purificarse. Hoy serás prensista, pero después de que te mueras, cuando reencarnes, a lo mejor eres director como yo...

-Eso es metafísica, no Capi? preguntaba un re-portero que se las daba de filósofo.

-Meta...nada... cada quien le da el nombre que quiere a una determinada forma de pensar. No acaso a eso que llamas metafisica se le puede comparar con el gnosticismo?

-Huy... ya van a empezar a hablar de cosas raras, se quejó el prensista.

-Raras para tí... ignorante! exclamó molesto el pseudo filósofo.

-Y hasta para tí, dijo jocoso el Capitán señalando con el dedo al reportero. Te puedo apostar que no conoces la doctrina gnóstica... vamos... ni siquiera la tuya, la de tu religión... qué religión profesas?

-Soy calvinista!

-Y sabes acaso qué es eso? cuestionó el Capitán riendo ante los ojos cuadrados de los demás.

-Claro! la doctrina derivada de Calvino.

-Y qué tiene que ver con la religión católica?

-Nada! dijo ofendido por la comparación el flaco pensador

-Pues ya ves! La teología de Calvino le convirtió en el principal exponente de las doctrinas cristianas al amparo de las cuales surgieron buen número de las Iglesias reformadas protestantes. Fue seguidor de Martín Lutero, teólogo y reformador religioso alemán, iniciador de la Reforma protestante y figura crucial de la edad moderna en Europa. La influencia del conjunto de sus teorías y doctrinas se extendió, más allá de la religión, a la política, la economía, la educación, la filosofía, el lenguaje, la música y otros espacios de la cultura.

-No lo creo...

-Busca en la Enclopedia Encarta baboso... y no hables a lo bruto!

Así era el Capi, barbaján en su forma de hablar, pero incisivo, pertinaz, ducho en cualquier materia. Sus conocimientos iban más allá de los de cualquier profesionista. Muchos decían que él había reencar-nado de un sabio.

-Y tú, Ricardito? Qué onda religiosa traes?

-Ninguna... soy católico, apostólico y romano porque mis padres y abuelos me bautizaron, pero...

-Ese pinche pero... verdad? Quién es Dios...? Existe Dios?... Quiénes somos y a dónde vamos? Existe el paraíso y el infierno? Uta madre... es una revoltura de ideas verdad?

-Sí...

-Pero todas llegan a lo mismo... a un Creador Universal... a un todopoderoso... eso... eso es lo im-portante! Pero... ya estuvo bueno de charla por hoy... ya hicieron que se me secara la garganta, y hay que ir a remojarla... ahí se ven!

 

-Ricardito, dijo el reportero cuando el Capi se había retirado, tú le crees todas esas monsergas?

-Pues te diré... hay mucho de cierto en lo que dice. Lo he escuchado en otras partes.

-Y tú, si eres católico cómo lo niegas?

-No lo niego... lo dije...

-No, pos sí, pero luego dijiste que sólo porque tus padres te bautizaron...

-Bueno... es que en realidad no creo en los curas ni en la iglesia, es más, ni en muchos santos que creo que nada más están ahí porque se colaron...

-Entonces no crees en Dios?

-En Dios sí..

-Pues debes definirte... hay muchas religiones ya que sólo creen en Dios y no en los santos o el Papa...

-Sí verdad?

 

Más tarde, recargado en el barandal del restaurante donde cenaba, Ricardo le daba rienda suelta al pensamiento.

-Carajo! que cosa más enredada es esta de la religión... y, a todo esto, para qué necesitamos creer en Dios? Muchas veces he pensado que si fuera un Dios bueno no permitiría que pasaran tantas cosas malas... o que muchos estuvieran jodidos... o  los niños... carajo! cuantos niños se mueren de enfermedades, de hambre, atropellados! En dónde está Dios en ese momento?

Precisamente, cuando se preguntaba todo esto, volteó la cara y quedó mirando de frente a un sagrado corazón que tenía el dueño del restaurante en un pequeño altar. Su mirada era tierna, dulce. Aunque sabía que era una simple estatua de yeso, le intimidó y bajó la vista. Dio el último sorbo al café, pagó su cuenta... y se marchó con cierta prisa.

 

El periódico seguía saliendo semanal, pero el Capi les pagaba por toda la semana. Asi las cosas, Ricardo rentó un departamento y se compró una moto. Le fascinaba la velocidad. El día que la llevó al periódico, el primero en salir a verla fue Cas-tañeda.

-Estás de plano loco... en una cosa de estas te vas a matar!

-Otros opinan lo contrario... que es hermosa.

-No, si de que es hermosa, lo es... pero también es un peligro.

Como si el ser adivino también fuera otro de los atributos del Capi, pocos días después Ricardo se estrellaba contra un talud en la carretera. Había salido a correr su moto, y se le hizo fácil levantarla a ciento veinte kph sin llevar lentes o casco. El choque fue brutal; la moto quedó desbaratada, inservible. Pero él, ante el asombro de unos trabajadores de caminos que se encontraban por el lugar y corrieron espantados por el accidente, se levantó ileso. Ni siquiera la ropa tenía el más ligero desgarrón. Se sacudió... y les pidió una taza de café.

 

De amores ya andaba urgido, y Ricardito se con-quistó a una bella dama que, si bien divorciada, todavía veía marido y, pos luego luego vino el berrinche. Una noche de farra, el dolido hombre los cazó a la puerta de su casa y, antes de que pudieran decir o hacer algo, le propinó un par de balazos al joven que le dejaron tendido sobre la banqueta.

Sorpresa para todos fue la noticia, e hicieron fila en el nosocomio para visitarle en su agonía. Tenía perforado el estómago, el higado, los intestinos y el vaso. Los doctores le daban por muerto. Sus amigos no se diga. La dama aquella desapareció como por encanto.

Sin embargo, los meses pasaban y Ricardito ni se moría ni sanaba. Un buen día, los médicos del Seguro Social llamaron al Capitán Castañeda que -a falta de familia- el muchacho habia dado como referencia.

Amablemente, los galenos explicaron que nada más podía hacerse por él y que, para ahorrar gastos innecesarios a la institución, se le llevara a bien morir a su casa.

Molesto, pero realmente preocupado, el perio-dista trasladó a su empleado al departamento que rentaba, y contrató una enfermera para cuidarle. No podía hacer más. Un viejo médico fue a visitarle por recomendación del jefe y, tras auscultarlo dijo:

-Ni te preocupes hombre, este muchacho lo levanto... doy mi vida por la de él!

Y así fue literalmente, conforme pasaron las semanas y Ricardito mejoraba, el viejo galeno se fue avejentando. El día que dio de alta al joven, murió por la noche en el seno de su familia.

Ni el mismo Ricardo lo creía, pero era una realidad. Estaba sano, totalmente sano, a pesar de los vaticinio de los matasanos del Seguro.

 

Ricardo se reintegró a su trabajo, agradecido con el jefe que tenía. Pero la espinita le empezaba a picar. A nadie le había platicado pero, tirado bocabajo, desde una nube pudo ver con precisión la operación a que fue sometido, e incluso las expresiones de los cirujanos que jalaban inmise-ricordes sus tripas y las cortaban al ahí se va!

Una noche de esas en que la ebriedad del Capitán se había excedido y dio, magnánimo, la tarde a todos, Ricardo se fue a meter a un cine. La película le llamó la atención porque se llamaba Vida después de vida.

Casi se desmaya cuando, en la trama de la propia película, sale el ejemplo de un sobreviviente que experimenta exactamente lo mismo que él: presen-ciar su cirugía desde un hueco en las nubes.

Ni siquiera terminó de ver el film. Salió azorado y se fue directo a su casa. Era asombroso... todo era asombroso.

 

Naturalmente que el unico en quien él podía confiar era en el Capitán Castañeda, así es que esperó unos días para tomarlo realmente sobrio y, cuando menos se lo esperaba le preguntó:

-El que uno sobreviva a varias muertes seguras, el que uno pueda ver su propia operación, no significa que Dios nos está mandando un mensaje?

-Qué?... Tú crees que Dios te está enviando mensajes? Carajo! Qué te crees? San Pedro? Cómo tú, simple mortal, pecador, débil de carne -que por eso te dieron de tiros- puede soñar siquiera con que el todopoderoso se comunique contigo? Vaya que eres pretencioso, no?

-Bueno, no es precisamente eso... sino que...

-No me vayas a salir con eso de los extraños caminos del Señor porque entonces sí te pego...! Dios no tiene tiempo de ocuparse de nosotros los mortales hijos de la pecadora Eva... si acaso nos da el don de la vida, pero es a nosotros a los que nos toca purificarnos... hacer bien...

-Chupando a todas horas, no?

-Ahhh bellaco! lo que no sabes es que el que toma se emborracha, el que se emborracha se duerme, y el que se duerme no peca... luego entonces soy más santo que tú, animal del demonio!

A Castañeda nada podía tomársele en serio, y mucho sí de creible. Era indudable, eso sí, que hacía flaquear al muchacho.

-Entonces... para Usted qué significa lo que me ha pasado...

-Sencillo... que eres muy buey... que cometes muchas tarugadas... que no es ni castigo ni gracia de Dios. Ya dijo alguien por ahí que cada uno de nosotros somos los arquitectos de nuestro propio destino...

-Luego Dios nada tuvo que ver con mi salvación repetida?

-Claro!

-Quién me salvó entonces, si me daban por muerto?

-Mira, mejor vamos a tomarnos una copita a la cantina, y ahí te explico...

Ricardo no tomaba, así es que dejó las cosas por la paz y, terminado el turno, se fue a dormir.

 

La mesa del café se habia desbalagado. Pocos eran los que aún iban, pero Carlangas ahí estaba. Ricardo se fue a sentar en mesa aparte y le hizo señas de acompañarle.

-Y ahora? Qué bicho te picó que quieres mesa aparte?

-Nada en especial... es que ando un poco confundido...

El joven le relató todo a su amigo, sabiendo que no era hombre de conocimientos, sin embargo, le salió el tiro por la culata pues Carlangas era todo un filósofo.

-Así es que tú quieres saber si lo sucedido significa algo en tu vida? Pues sí, se contestó a sí mismo antes de permitir a Ricardo abrir la boca, sí significa algo. Todo en esta vida significa algo. Las diversas corrientes filosóficas -incluyendo las religiosas- hablan de señales, avisos, mensajes. Cuando tiembla la tierra, alguien interpreta un mensaje; cuando llueve torrencialmente, igual. Hay quienes creen en la renecarnación como medio purificador, y hay quienes como medio de inmortalidad. Otros hablan de energía que se transmuta. Cada cabeza es un mundo y nadie experimenta en cabeza ajena.

A lo largo de tu vida te has encontrado con algunos hechos que sí podemos calificar de sobre-naturales, es decir, que están más allá de lo normal. Bien, esos son los que puedes considerar como señales. La pregunta es... de qué? o de quién?

Un budista dirá que de Buda... un católico que Dios... o Jesús... pero lo importante es que eres tú el que debe definir eso.

-Y cómo demonios lo defino?

- Porqué no buscas el consejo de un sacerdote?

-Ay mi hermano... si tú supieras lo que me ha pasado con los curas... conocí uno al que sólo le importaba el dinero, cobraba para todo y por todo. Otro más, allá en Veracruz, se emborrachaba, andaba con mujeres, y celó a la hermana igual que a una esposa cuando le dijo que se casaba. Uno es conocido por sus pleitos, balaceras y borracheras. Tiene como viente hijos en el pueblo en donde es párroco. Y así...

-No lo dudo... pero no todos los curas -como tú les llamas- son malos o ignorantes o retrógradas. Los hay justos, sabios y buenos... como en todo. Yo creo que tanto el Papa tiene el toque divino, como lo tiene el Dalai Lama, por decir algo.

-Ajá... y cómo sé que el sacerdote al que me acerco es bueno?

-Preguntando se llega a Roma, decía alguien...

-Puedes ayudarme?

-Puedo...

-Cómo?

-Llevándote con uno...

-Lo conoces?

-A todos...

-Cómo...?!

-Soy Catedrático del Seminario Palafoxiano...

-Anda! Y con esa carita de hipócrita te vienes a sentar con nosotros?

-Qué tiene de malo? Es un pecado ser sacerdote y reunirse con ustedes sin  pregonarlo?

-Pero lo ocultas...

-No... de los cuatro que están sentados ahorita en la mesa, cualquiera te puede decir que soy curita. Tú no lo sabías porque no nos frecuentas mucho o no preguntaste...

-Vaya, vaya, vaya...

-Entonces?

-No... pues para qué quiero otro... tú puedes aconsejarme...?

-Naturalmente. Pero no es la hora ni el lugar. Qué te parece si nos vemos mañana por la mañana en el Seminario?

-Ok... y gracias...

-No me las des todavía... que apenas empe-zamos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ricardo llegó desde muy temprano a las cercanías del Seminario Palafoxiano. Tenía sus dudas. Valdría la pena? Podría Carlangas... bueno... el padre Carlos aconsejarle? Dándole vueltas la cabeza optó por meterse a una lonchería y pidió un café.

Sin querer fue haciendo un recuento de los sucesos sobrenaturales que había experimentado a lo largo de su vida. Vino a la memoria aquella vez que, secundariano aún, recibiera la visita de un compañero que le indicaba que no podría reunirse con la palomilla esa tarde. No bien se los comu-nicaba a los demás, cuando Tomy llegó corriendo todo azorado para decirles que Cortés, aquel compañero, había muerto allá en su pueblo esa misma mañana... exactamente a la hora en que Ricardo le abría la puerta de su casa.

O aquellas otras en que, siguiendo los consejos de la abuela, invocaba la protección del abuelo Mucio y su sable. Cuántas de ellas sintió la pre-sencia de alguien a su lado y la entereza regresaba al cuerpo para salir del embrollo.

No... si eran infinidad de ocasiones en que lo sobrenatural formó parte de su vida!

-Y ahora? No me dirás que aqui fue donde nos citamos! exclamó Carlos a la puerta de la loncheria sacando a Ricardo de sus pensamientos.

-No... perdón, lo que pasa es que se me antojó un café y... bueno... ya sabes...

-Vamos... te invito otro allá adentro...

 

Ricardo observó con admiración las instalaciones del seminario. Eran soberbias, imponentes. No ha-bía lujo, pero su imagen daba la impresión de poder, un poder inexplicable, una fuerza que penetraba el alma.

Con todo y la algarabía de los seminaristas -que a esas horas tenían los diez minutos de descanso entre clase y clase- la sobriedad de los edificios se mantenía incólume.

A lo largo del pasillo del segundo piso, por donde le llevaba Carlos, se respiraba respeto... pero se experimentaban una paz y tranquilidad incom-parables.

-Pasa, dijo el joven sacerdote deteniéndose a la puerta de una amplia oficina al fondo de ese corredor.

-Gracías, acertó apenas a contestar sin dejar de ver para todas partes.

Los muros de la oficina estaban ornamentados sólo por el rostro de un Cristo modernista a la derecha de la entrada, y un soberbio y gigantesco rosario pendiente del muro izquierdo, formando marco al escritorio limpio de todo papel o revoltura.

Los otros dos muros se levantaban apenas por la mitad pues el resto eran ventanales, lo que daba al recinto una claridad señorial.

Carlos le señaló una silla al frente del escritorio, invitándolo a sentarse, mientras se dirigía a una cafetera colocada sobre la credenza posterior al mueble y servía dos tazas de humeante café.

-Cuatro de azucar, verdad?

-Sí, contestó asombrado de que el sacerdote hubiese tenido la atingencia de observar sus gustos personales.

-Te sientes nervioso?

-No... más bien curioso...

-Sobre...?

-Todo... el saber que eres cura... que estoy en el Seminario Palafoxiano... de conocer su imponente señorío...

-Ahhh.... yo pensé que sobre tus dudas...

-Mira, qué curioso... en este momento ni me acordaba de ellas...

-Así es la vida... en realidad nosotros somos los que le damos importancia o prioridad a algo. Somos nosotros los que marcamos si tenemos prisa o no, si nos preocupa algo o no...

-Bueno... en realidad no tanto...

-No... sí! en serio! Somos nosotros los arqui-tectos de nuestro propio destino, como dijera el poeta, pero también del momento. De este presente que, para cuando lo cito, ya se tornó pasado y recuerdo.

-Entonces tú dirías que si nos va bien o mal es por nosotros mismos?

-Naturalmente...

-Ajá! Y el destino? Lo que Dios quiere que sea?

-Eso quiere decir que has escuchado que todo está escrito, que todo es conforme Dios quiere y manda...  no es así?

-Sí... y tú, siendo sacerdote, no me vas a salir con otra...

-Claro que te salgo con otra, y no sólo con otra, sino con muchas otras...

-No me enredes más de lo que ya estoy...

-Por el contrario! Quiero que entiendas cómo alcanzar la tranquilidad...

-Pero si ni siquiera te he contado mis broncas...

-Porque no soy psiquiatra, o psicólogo, o loque-ro. No me importan tus broncas! Son  tuyas, y de nadie más. Si quieres contarlas para desahogarte... está bien! Pero si no... también está bien! Lo impor-tante, lo verdaderamente importante, es  conocer el camino de la paz.

-Entonces... puedo alcanzar la paz sin exponer mis cuitas?

-Claro!... tu diálogo debe ser con Él. Con Él es con quien debes charlar, pero así, como ahorita, tranquilo, con calma, sin mentiras o justificaciones. Porque los hombre estamos tan acostumbrados a mentir que ya lo hacemos hasta con nosotros mismos! Pero con Él... que sabe todo lo que sucede, lo que piensas, lo que haces y hasta lo que planeas... no hay necesidad de mentir.

-Bueno... yo he hablado muchas veces con Él, pero casi siempre terminamos peleados!

-Dirás que casi siempre te peleas con Él... porque Él no se peleará jamás contigo. Eres parte de su ser! Cómo pelearse consigo mismo?

-Así es que... entonces... esas situaciones sobre-naturales que he  vivido...

-Mensajes... decíamos de la posibilidad de ser mensajes o avisos, y yo te dije que sí, que todo tiene un mensaje o aviso... en otras palabras, todo tiene un porqué!

La delgada rama sirve para sostener el nido del pajarillo aquel que debe dejar descendientes para preservar la especie, lo mismo que se quiebra para que el nido caiga y sirva de alimento a otra especie.

Aparentemente son contradicciones... pero no es así. Todo tiene un motivo. La locura es tratar de explicárselo. Deja que el tiempo fluya! Deja al tiempo hacer sus cosas y verás...

-Luego entonces, el que yo haya sobrevivido a cuatro experiencias mortales, quiere decir que tengo una misión en la tierra? preguntó dudoso Ricardo.

-Si lo quieres ver así! contestó riendo abierta-mente el sacerdote. Pero déjame decirte que una cosa sí es verdad: vives porque Dios quiso, y vives porque algo se va a desprender de tu existencia.

Mira, para explicarme más fácilmente, puede ser que estés destinado a ser un gran hombre... o el padre de un gran hombre... o el abuelo de un gran hombre...

-Pero si yo no tengo hijos....

-Precisamente por eso te salvaste! Vas a casarte, quizá, y tendrás descendencia. Incluso, podría ser que ni siquiera eso estuviese contemplado.

-Cómo?

-Sí... a lo mejor te quedaste en este mundo para salvarle la vida a un tontito que estará a punto de ser atropellado y, al salvarle, le permitirá ser un gran hombre...

-Que enredo!

-Lo que quiero decirte es que no debes perder el tiempo, o preocuparte, del porqué te salvaste. Es pretencioso creer que Dios nos salva de algo para convertirnos en héroes o sabios, o famosos!

Deben importarte dos cosas: que tienes una segunda oportunidad de vida!... y en qué o cómo puedes aprovechar esa segunda oportunidad!

De algo estoy seguro. Debes agradecer a Dios esa nueva oportunidad. En tu caso no fue una, fueron cuatro según me cuentas. No te haz detenido a pensar que te dio tres nuevas oportunidades porque no entendías su motivo para darte la primera, y luego la segunda, y más tarde la tercera?

Ahora que... no le des muchas vueltas a la cabeza. Vive, simplemente vive! Él mismo se encargará de enseñarte el camino...

-Estás diciendo que me dará otras señales?

-No es así propiamente... ves muchas películas. Habrá un momento en que tú mismo te darás cuenta de lo que debes hacer.

-Carajo! no sé si me aclaraste mis dudas o me metiste nuevas en la cabeza...

-Recuerda que eres tú el que se hace bolas... si quieres! Si no... no te haces...

-O sea que no debo pensar...

-Piensa, luego existes! Pero como en todo, los excesos siempre hacen daño. Si las carnitas son exquisitas... un atracón te puede dar una congestión. Ten calma sobre todo... mucha calma.

 

Esa primera charla con Carlangas no la entendió muy bien que digamos, pero sí le trajo tranquilidad. Se le reflejaba en el rostro cuando llegó al periódico.

-Buenas a todos...

-Hola Ricardo... que ondas?

-Aquí, dispuesto al sacrificio!

-Si te parece sacrificio el sagrado trabajo... ya te puedes ir al carajo muchachito de porra! dijo bromista el Capitán Castañeda que esa tarde estaba más achispado que otras veces.

-No... así por las buenas... vivan los empresarios hambreadores!... aunque sean periodistas... respon-dió el reportero filósofo.

-Aguas  guey... que tú sí te me vas al carajo por irrespetuoso! señaló levantando su vaso Castañeda.

-Y ahora porqué brinda? preguntó capcioso el prensista.

-Porque les tengo una noticia... pero no sé si se la merezcan, desgraciados!

-Venga.... venga de ahí! corearon todos espe-rando la tarde libre como siempre que le ganaba el licor al jefe.

-Bueno... al pinche pueblo lo que pida! desde el próximo lunes... por la gracia de nuestro amigo el diputado Torresmochas y su partido tricolor... y considerando el profundo esfuerzo periodístico desplegado por su servidor a lo largo de muchos, muchos años... desde el lunes, decía... el semanario religioso El Buitre Político... dejará de existir!

Un profundo silencio inundó el galerón. El entusiasmo demostrado ante la posibilidad del asueto, decayó junto con la  mirada que se clavó en el suelo. La prensa y los linotipos, en franca complicidad, callaron su estruendo característico, y nadie osó decir nada.

De pronto, una escandalosa carcajada rasgo el ambiente y el Capitán siguió su discurso.

-Sí señores... el semanario religioso se fue a la fregada... pero quiten esa cara de muertos de hambre... dibujen de nuevo una sonrisa en sus apestosas bocas... y denle la bienvenida... al Diario El Buitre Político!!!

Los presentes estallaron en gritos y aplausos. No sabían si abrazar al borrachín jefe o darle pamba jarocha por sus broma. Fue Ricardo el que, tomándo sin permiso un vaso del minibar del Capitán, se sirvió una copa de su misma botella y, levantándo el brazo exclamó:

-Por el Capitán Castañeda!

-Por el Capitán Castañeda! corearon los demás yéndose sobre los vasos y la botella ante la mirada complaciente del periodista.

-Gracias Ricardo... gracias... de algo sirvieron tus desvelos... a mi compadre le gustaron tus diseños que, diariamente, le llevaba hasta su casa. Nada más por eso... pídeme lo que quieras!

-Ser reportero! señaló sin dudas el muchacho.

-Señores... desde este día, Ricardito, el de diseño, pasa a ser Don Ricardo... el reportero! Y más vale que lo haga bien, porque no vaya a ser que por servir a dos amos con uno quede mal.

-De ninguna manera Capi... reporteo por la mañana... y diseño por la tarde...

-Sea pues... pero brindemos por eso, que de tanto hablar ya tengo el hocico seco!

-Y yo qué? preguntó con cierto celo el reportero filósofo.

-Tú guey... tú... nada más para que no estes jodiendo... desde hoy eres jefe de información!

-Orale! De verdad?

-Si puedes guey... si no... no he dicho nada...

-No jefecito, no... si de que puedo... puedo!

-Que invite la botella! Que invite la botella! gritaron al parejo los demás.

-Gorrones... a ver, Macaco... vete por la de Presidente! pero que sea de a litro, eh?

 

Ricardo casi no tomaba. Era de esos de dos copas y a otra cosa, así es que se fue temprano a casa. Sin embargo, la noticia, el ascenso, y las dos copitas, le ablandaron el alma y, cuando pasaba por la Cate-dral, le dieron ganas de entrar.

Se quedó parado frente a la puerta lateral que da para el Correo. No se animaba a entrar, se sentía fuera de lugar y no por las copas.

Una viejecita que barría el tremendo atrio muy cerca de donde él estaba, suspendió su tarea, recargó la barbilla sobre las manos cruzadas en el cabo de la escoba y le dijo:

-Ande joven... éntrele que se ve que bastante falta le hace...

Ricardo le sonrió tímidamente y dio un paso dentro del atrio.

-Ya ve...! No duele!... dijo maliciosa la viejilla.

Ricardo se sonrió más abiertamente y, moviendo la cabeza, se encaminó de plano al interior.

Ya había estado ahí, pero hacía tanto tiempo que ni siquiera recordaba cómo era. Por eso le asombró la inmensidad interna, las naves, el gigantesco órgano y el Altar de los Reyes.

Salpicados a lo largo de la bancada, algunos fieles se ocupaban de lo suyo. Apenas se escuchaba un ligero murmullo de los rezos personales. El chasquido de una aldaba metálica, proveniente quizá del portón de alguna de las capillas laterales, le sacó de su asombro.

Procurando no pisar el reclinatorio de la banca, se metió paso a paso hasta el centro. Se hincó y, recordando su niñez allá en el Colegio Benavente y las misas colegiales, se persignó dos veces.

-Señor, dijo para sí, tú sabes que no soy muy afecto a venir a tu casa, pero parece que me llamaste... y aquí estoy! No sé qué decirte ni qué pedir! Creo que ya no me acuerdo ni de rezar. Pero aquí estoy. Si me salvaste por algo... házmelo saber pronto, sácame de esas dudas que me atormentan, déjame entender... Dice Carlangas... perdón, el Pa-dre Carlos, que debo agradecerte por salvarme. No sé cómo y no creo que unas simples gracias sean correctas... así es que, ahora que voy a ser reportero de planta, te prometo que siempre mencionaré tu nombre o el de tu Santa Madre en mis notas. Nada más que ya sabes cómo es la gente... así es que... permíteme hacerlo a mi modo, por favor.

Las primeras notas del fastuoso órgano, que probaban para su mantenimiento, le sacaron de atención y, sin decir más, se persignó de nueva cuenta levantándose y saliendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El diario caminaba de maravilla. El equipo, acoplado desde antes, parecía la maquinaria aceitada idónea para su funcionamiento.

Sin embargo, el que siguió con su vicio fue el Capitán Castañeda. Si bien no causaba grandes problemas al periódico que, de alguna suerte caminaba prácticamente solo, si se los causó a su cuerpo, ya de por sí cansado con el paso de los años.

Una tarde, cuando Ricardo llegaba a redactar sus notas, recibió la noticia: el Capi estaba enfermo, recluido en su casa, y les había pedido a todos que, por turnos, pasaran a verlo al día siguiente tem-prano.

Las especulaciones no se hicieron esperar. Se dijo desde que era una simple cruda mal cuidada, hasta una cirrosis hepática avanzada. Pero ninguna especulación llevaba mala intención, por el contra-rio, la voz dejaba ver cariño en el comentario. Todo el personal quería a su jefe.

Acordaron que se reunirían todos, antes de entrar, a la puerta de la casa del periodista.

 

A Ricardo no dejó de sorprenderle la humildad de la vivienda. Si bien era en pleno centro de la ciudad, en esa zona que ahora llaman Centro His-tórico, el viejo edificio recordaba mejores épocas como residencia.

Quiebra y modernismo convirtió el inmueble en un edificio de departamentos a principios del siglo XX y, vejez y abandono, en una oscura vecindad en la que, el único departamento que sobrevivía, era el del Capitán Castañeda.

El filósofo fue el último en llegar. Adoptando su papel de Jefe de Información, es decir, de Jefe, señaló el orden en que entrarían los trabajadores al recinto camaral del patrón y amigo.

La hija del Capitán les recibió amable y, con cierta dureza, les señaló que ya su padre había dispuesto el orden en que pasarían. Los trabajadores de linotipos formarían un grupo; los de prensa y doblado, otro; sólo el filósofo y Ricardo entrarían solos y al final. Primero el filósofo, luego Ricardo.

 

Mientras los demás visitaban al Capitán, el joven reportero aprovechó para observar las fotos que colgaban de los muros de la sala.

Había de todo. Lo mismo estaba el Capitán Castañeda parado a un lado del caballo del General Avila Camacho, que subido en una barda de la fábrica de Metepec abrazado con Don Antonio J. Hernández, el viejo lider textilero que se había convertido en cacique de toda la región.

En otra, recibía el saludo de Don Guillermo Jenkins, el poderoso empresario gringo que hiciera su fortuna gracias a un autosecuestro. Más allá, se le entregaba una presea el Día de la Libertad de Prensa.

De pronto, se topó con un documento muy especial. Tenía a la cabeza el logo de la Universidad Autónoma de Puebla, y rezaba solemnemente que el Capitán Castañeda se había recibido, en esa Alma Mater, como Licenciado en Derecho. La fecha, apenas visible, dejaba ver un 1954 muy notorio.

Qué curioso. Jamás se había imaginado que el borrachín aquel tuviese ese grado de estudios.

-Y tiene una maestría en Derecho Constitucional, señaló orgullosa la hija a espaldas de Ricardo.

-Es asombroso! dijo el joven sin recato alguno.

-Por qué? Creyó que mi padre era un ignorante?

-No... perdón... apenas pudo balbucir Ricardo.

-No se preocupe... desde que murió mi madre y le dio por el licor, así piensa mucha gente que no le conoció en sus buenas épocas.

-No deja de ser un buen hombre, afirmó con seguridad el muchacho.

-Sí, eso si... es un buen hombre, agregó la hija resignada.

-Tienes hermanos?

-Uno que se fue... hace muchos años que no sabemos de él... pero, pase por favor. A eso venía...

-Gracias...

 

Ricardo siguió a la joven por un largo pasillo por el que dejaron atrás varias puertas. Precisamente en la del fondo, estaba el enfermo.

La joven abrió la puerta y le pidió que pasara con la pura mirada.

Ricardo entró sin decir nada. Era una habitación grande, bastante grande, como se estilaba antigua-mente, de unos siete por siete metros. A la derecha, cruzado contra el rincón, estaba un viejo pero aún fuerte escritorio de madera de cedro; su aroma lo confirmaba. Del otro lado, un librero que protegía al menos un centenar de tomos de diversas materias. Una pequeña mesita se ubicaba a la mitad de su largo, lo que indicaba que era destinada a la lectura, sobre todo porque tenía una lámpara de brazo flexible al centro de la orilla anterior.

Los segundos que tardó en observar todo esto fueron respetados por el Capitán, que le miraba detenidamente.

De pronto, al volver la vista hacia la cama, Ricardo no pudo reprimir una exclamación de asom-bro. Enmarcando la cabecera, estaba un gran rosario de cuentas de madera, colgado a todo lo ancho y cuyo Cristo descansaba muy cerca de las almoha-das, al alcance de la mano.

-Qué... te asombra mi rosario?

-Es que... dijo con cierta pena el joven.

-Que no te dé pena... pregunta lo que quieras...

-Pues que no es Usted ateo...?

-Claro que sí.... soy ateo... gracias a Dios! Más vale, no? Tú sabes... no vaya a ser que sea verdad.... y que friega se lleva uno.... así, mejor estamos a mano y podemos verle cara a cara si existe, no crees?

Ricardo sólo acertó a mover la cabeza. El Capitán Castañeda no lo sabía, pero acababa de caer el más grande de los ídolos del reportero.

-Te llamé, como a los demás, porque creo que ya no la libro... estoy en la etapa terminal de un cancer hepático que he disimulado lo más que he podido. Me muero, pues. Así es que quiero decirles que desde mañana mismo el Diario El Buitre Político se convierte en cooperativa y todos ustedes, junto con mi hija, en socios de la empresa. Cuidenla, porque es su patrimonio. No les pido nada extraordinario, sólo que trabajen como lo han hecho hasta ahora.

-Pero Capitán... usted no se va a morir...

-Claro que me voy a morir cabrón... que no te lo estoy diciendo? Y cuándo te he mentido? Nunca, verdad? Entonces, si yo te digo que me estoy muriendo, es porque me estoy muriendo... estamos?

-Estamos Capitán, contestó Ricardo siguiendo el tono jocoso de su jefe, pero con el alma en pena.

 

Con la hija del Capitán al frente, el periódico siguió su marcha. El Capi murió, efectivamente, a los quince días de aquella sorpresiva reunión, apenas a tiempo para firmar los papeles que creaban la cooperativa.

La muchacha sabía tanto como su padre. Aprovechaba las relaciones que el viejo supo cosechar a lo largo de su carrera como periodista, y supo granjearse con buen trato el respeto de sus compañeros de trabajo.

Ricardo, por su parte, si bien sentía asegurado su futuro con lo que como cooperativista le corres-pondía, no dejaba de sentirse incómodo. Recordaba con cierto desagrado el rosario colgado a la cabecera de la cama del que se proclamara ateo... gracias a Dios!

Muchas veces se quedó pensativo, como acos-tumbraba, con las manos cruzadas sobre la cabeza y tendido en la cama hasta altas horas de la madrugada.

No había regresado a ver al padre Carlos. La inquietud que sentía le llevó a las puertas del Seminario. Podría haberlo buscado en el café del portal, pero no, quería privacía.

Al llegar a la oficina de Carlos, Ricardo se decepcionó. Estaba cerrada. Haciendo vicera con la mano espió por los cristales como esperando que estuviese dentro, pero no, no había nadie.

-Busca al padre Carlos? cuestionó una voz ronca.

-Sí... no sabe a qué horas...

-Está en el salón de usos múltiples. Dicta una conferencia a los alumnos de filosofía... es por allá, bajando las escaleras, cruzando el pasillo, al fondo. No tiene pierde.

-Gracias, dijo iluminado el joven periodista.

 

Al asomarse, Carlos le miró como si estuviera esperándole y, haciendo señas con la mano, le indicó que tomara asiento en la última fila cercana a la puerta.

Sin dudarlo, Ricardo lo hizo. Cuando se dio cuenta, estaba escuchando la charla de su amigo, el Padre Carlos, que hablaba con un tono más que embaucador.

-...y no es el alma la que duele cuando se pierde el rumbo, no, es la vida misma la que reclama el porqué, siendo el hombre la mejor creación de Dios, es el más estúpido de los seres que viven sobre la tierra.

Vamos! Es tan torpe, que no sólo duda de los demás, de Dios, sino hasta de sí mismo! Habrase visto mayor incongruencia? Cómo puede ser posible que no pueda uno creer ni en uno mismo? Se necesita ser estúpido!

Pero... porqué ha llegado el hombre a esos extre-mos? Es muy simple contestar... por ignorancia. El que no sabe es como el que no ve.

Pero, entonces, dirán ustedes, cómo es posible que caiga en la depresión un sabio, el hombre que todo lo sabe?

Porque la ignorancia a la que nos referimos no es relacionada con la cultura o el aprendizaje de la ciencia o el arte, no... es la ignorancia que priva sobre nuestra fuerza, nuestra entereza, nuestra fe.

El más inteligente y versado puede estar falto de fe.

La fe, la esperanza, la entereza, son los cimientos del edificio de nuestra vida. Si el Coliseo Romano o el Partenon no hubiesen tenido los cimientos que tienen, con toda su hermosura y elegancia se hubie-ran derrumbado hace muchos siglos.

Así es la vida, así es el alma. Necesitan cimien-tos... y alimento! Porque el alimento del alma también es necesario!

Y cual es el alimento del alma? Si la fe, la entereza, la esperanza son los cimientos, la oración es el alimento.

Cómo, se preguntarán... rezar un Padre Nuestro es alimentar el alma? Sí... pero no sólo es oración el Padre Nuestro, o el Ave María, o la Salve, o la Magnífica... es oración también ese diálogo con Cristo, con Dios mismo, que tenemos cotidia-namente en silencio, en privado.

Ese soliloquio, como algunos le califican porque no saben que es Dios en realidad con quien hablan. O qué? Las respuestas ya las sabían? Los psicólogos hablan de retroalimentación, de información guar-dada en el subconsciente para “cuando la necesita la mente” pero... cuándo alguien nos dijo cómo resolver el problema de la hija descarriada para el día que llegara a necesitarse? Cuándo se nos informó que el consuelo ante el dolor de la muerte de un ser querido lo encontraríamos en un diálogo con nuestra misma mente?

No, una cosa es la retroalimentación, como aquel dato que efectivamente se nos vino a la cabeza para resolver un problema matemático, o el cómo hacer un vendaje a un herido que sorpresivamente cayó a nuestros pies, y otra la solución de problemas sentimentales, espirituales, incluso morales que, de tenerla en el subconsciente, el consciente no se preocuparía.

Es Él el de la respuesta, es Él el que consuela, es Él el que guía. Millones de seres, de todas las épocas y de todo el mundo, estan de acuerdo en reconocer que, tras la oración y el diálogo con Dios, su problema se resolvió, incluso, sin el propio afectado saber cómo en muchos casos. Así... cuál retroalimentación informática?

Ahora bien, cuando la duda asalta, cuando nos sentimos desorientados, es cuando se hace más necesaria esa comunicación con Dios. Un amigo nos apapacha... “sí manito, lo que tú digas”, nos sigue la corriente pues; un familiar, o hace lo mismo, o por el contrario nos lanza una filípica porque “andamos en malos pasos”, sin saber siquiera cual es la causa de nuestra desorientación o depresión. Un desconocido, o nos tilda de locos por contarle nuestras penas, o nos sigue la corriente por aquello de que “se vaya a enfurecer este loquito”.

Sí, expresó el sacerdote con firmeza ante la risa de los seminaristas, aunque Ustedes se rían, no me pueden negar que si un desconocido se les acercara y les dijera: Qué crees? Me siento medio raro... como que me andan dando ganas de suicidarme... o cuando menos de llorar... no lo tildarían de loco de inmediato?

No, el único camino real, sincero, que no nos mentirá jamás, es el camino de Dios. El diálogo con Él es fortaleza por sí mismo.

Así es que, recuerden bien, cuando tenemos necesidad de que alguien nos escuche... hablemos con Dios. Y para aquellos que no creen en Dios... hablen consigo mismos. Si así lo quieren creer, así sea. Nos vemos el jueves...

 

Ricardo se quedó sentado viendo la cara de satisfacción con que salían aquellos aspirantes a sacerdotes. Se notaba que la plática les había gustado. A él, a él le había calado muy hondo.

Se removió en el asiento ante el pensamiento, como queriendo que nadie se diera cuenta de lo que pensara. Sin embargo, Carlos le soltó de pronto:

-Entró profundo?

-Que comes que adivinas, sólo dijo a guisa de respuesta.

-Ven, te invito a comer.

 

-Sí, es contradictorio, pero es así. Mas lo importante es saber qué es lo que te incomoda, lo que te tiene tenso, lo que te hace padecer de esa manera, le dijo el sacerdote a Ricardo.

-Francamente no sé. Me siento incómodo porque el hombre que yo idealicé como un hombre que era firme en sus convicciones, resultó ser un conve-nenciero moral, pues mientras despotricaba contra Dios, la religión y los curas, sobre la cabecera de su cama tenía un rosario gigantesco, e incluso “ben-dito” según me lo hizo saber. Soy ateo... gracias a Dios! dijo como si fuera un chiste... ahí fue donde me di cuenta de que, en verdad, toda su vida fue un chiste...

Ahora, me siento mal de vivir de lo que fue de él, pensando como pienso de él. Me entiendes?

-Claro que te entiendo... es la simple confron-tación entre lo correcto y lo incorrecto que te dicta la conciencia... aunque no tengas conocimiento de ello.

-Cómo estuvo eso? reclamó de inmediato el joven.

-Verás. No has sentido muchas veces un poquito de verguenza por algo que hiciste o sucedió, pero que no consideras malo?

-Mmmmhh... sí, alguna vez...

-Cuando? Cítame algun ejemplo.

-Bueno... siendo chamaco, la viejita de la tienda me dio dos pesos de más en el cambio y me quedé callado, aunque salí del tendajón aquel con la cola entre las patas...

-Bueno, pues eso es la conciencia. Es ese gusanito que te dice que, aún sin saberlo, es malo que lo hiciste... por muy insignificante que parezca. Así tu caso actual. Tu conciencia te dicta que, si no estás de acuerdo con la forma de pensar que tenía en realidad tu famoso capitán, no debes usufructuar la herencia otorgada, es decir, tu parte de la coope-rativa del periódico.

-Entonces... qué debo hacer? Abandonar lo que es la seguridad de mi futuro?

-En realidad esa respuesta sólo tú la puedes dar. Lo único que te puedo decir es que a veces debemos renunciar a algo que suponemos valioso a cambio de la tranquilidad del alma. En pocas palabras, la tranquilidad, la paz de tu espíritu, de tu vida, vale infinitamente más que diez periódicos... o no?

-Pues... sí... qué no daría yo por encontrar verda-deramente la paz...

-Ahí tienes la respuesta...

-Pues entonces... me voy!

-Te vas?

-Sí, es algo que ya también había pensado. Tengo un buen amigo en Monterrey que me ofrece casa y trabajo. A lo mejor alejándome un poco de aquí encuentro paz.

-Bueno... si así lo crees conveniente. Nada más que debes pensar en que el problema existe dentro de ti, no en esta ciudad, ni en la colonia o le periódico. Si te vas a Monterrey, aprovecha para poner paz contigo mismo. Entonces encontrarás la paz total.

-Gracias Carlos... y perdona, pero no me acostumbro a llamarte Padre Carlos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Sultana del Norte le recibió con los brazos abiertos, a pesar de que era la época en que a los chilangos -y con ellos a todo lo que formara parte de la meseta central- no los querían ni en mole verde. Eras chilango? Pues ni chamba ni casa ni escuela. Fuera! era la única palabra que escuchaban.

Tenía razón el regiomontano, mucho había sufri-do a manos de los tranzas capitalinos que, aprove-chándose de su buena voluntad, les timaron hasta que quisieron y por muchos años. No... nada de chilangos.

Sin embargo, ser recomendado por alguien de su muy cerrada sociedad era abrir las puertas de par en par. Así sucedió con Ricardo.

Durante su estancia en Monterrey tuvo dos padrinos: Jaime González Garza, agente viajero que conociera en sus aventuras de chamaco-joven, y ahora Gerente de una de las más grandes e importantes empresas productoras de mobiliario sanitario; y Marco Antonio Jasso, el rey de las fotografías, que primero fuera simplemente su amigo y más tarde su socio en una Galería Fotográfica moderna.

 

La primera etapa fue al amparo de Jaime. Ricardo llegó prácticamente sin avisar y, a pesar de eso, fue bien recibido por toda la familia.

Ese día, casualmente, Jaime acababa de hacer el último pago de su casa, un inmueble de clase media alta con amplios espacios y acabados de semi lujo. A la hora de la comida, Jaime se levantó muy serio y, con todo y que ahí estaba sentada, a su lado, su esposa, el muchacho le presentó orgulloso las escri-turas a su señora madre.

-Madre, dijo engolando la voz, tenga Usted. A partir de este momento, es usted dueña y señora de su casa.

La señora, sin levantarse, recibió los papeles y abrazó a su nuera dando un giro a la izquierda.

-Gracias, muchas gracias a los dos... porque son buenos hijos.

Ricardo se quedó asombrado. Allá en el centro ni de chiste le habrían entregado las escrituras a la mamá; no, que va! Hubiera sido a la esposa. Pero eso le hizo ver el nivel de valores morales que ahí, en la Sultana del Norte, se manejaban.

 

Al día siguiente, Jaime se llevó a Ricardo a la fábrica y le pidió al Jefe de Personal que le diese el cargo de supervisor del turno vespertino del área de terrazos.

A los pocos minutos Ricardo recibía su nombra-miento oficial, firmado y protocolizado. Sin em-bargo, no tomó posesión de inmediato. Jaime le hizo saber cómo era el tejemaneje de la empresa y el buen cuidado que tenían de no permitir que alborotadores de los sindicatos oficiales lograran posiciones entre la planta trabajadora. Ese era, en realidad, uno de sus principales cometidos: detectar a los elementos que llegasen a trabajar y empezaran a querer manipular a sus compañeros, sobre todo porque se acercaba la época de elecciones sindi-cales.

Como puede comprenderse -y así era práctica-mente en todo el norte- las empresas trabajaban de común acuerdo con sindicatos blancos. No por eso se les puede acusar de explotadores, como muchos oficialistas lo harían, pues el trabajador de la industria regiomontana era bien pagado y contaba con más de las prestaciones de ley... creo que con mucho más.

 

El primer domingo, Jaime invitó a Ricardo para que acompañara a su familia a misa y, de paso, presentarle a algunos otros amigos para que su panorama social se fuese ampliando. El muchacho aceptó con gusto.

Al terminar la misa, el atrio del templo sirvió para que se formara una verdadera tertulia entre los asistentes. Se saludaban familias enteras. Se presen-taban nuevos amigos. Se comentaban los últimos sucesos. Y... como es obvio, el último chisme o escándalo.

Con todo, la familia de Jaime era una muy bien avenida familia, creyente y practicante. El respeto campeaba en sus relaciones y el matriarcado seña-laba bien sus posiciones.

Jaime, a su vez, era muy responsable, tanto en el trabajo como en lo que se refiere a la familia. Él, su madre, su esposa y dos pequeños hijos conformaban aquela envidiable familia.

Doña Elvia, la madre, era la consultora, la consejera y la que tomaba la última decisión cuando había controversia. Doña Gloria, la esposa, era la patrona de su casa; todo lo relacionado con ella era de su absoluta incumbencia y, contra sus decisiones, no había apelación; desde lo que se comería ese día hasta la adquisición de un mueble formaba parte de su privilegio de mando como esposa. Jaime, como cabeza de la familia, gozaba de las atenciones de madre, esposa e hijos, en cuanto llegaba al hogar. Él decidía, sin más intervención, la escuela a la que asistían los hijos; lo relacionado con los autos; la programación de vacaciones y festejos y la compra del vestuario. El gusto era del que lo escogía, sí, pero bajo los cánones de la decencia que él vigilaba con profundo celo.

A Ricardo le parecía una familia brotada de un cuento; se le hacía dificil aceptar esa tan perfecta y aceitada maquinaria social. Es más, le daba cierta envidia ver cómo trataban al amigo... y hasta a él mismo.

 

Una mañana, el Supervisor del turno matutino, al hacer entrega, invitó a Ricardo a la sesión sindical del domingo siguiente. El hombre era de ideas un poco revolucionarias, pero se apegaba a las normas dictadas por la empresa, así es que Ricardo no desconfió. Viernes como era, pensó que ya no le daría tiempo de consultar con Jaime pues, desde un par de meses atrás, el propio amigo y jefe le había conseguido un pequeño departamente cerca de la fábrica. Jaime vivía en pleno centro y ese fin de semana, precisamente ese fin de semana, había partido a Dallas, en donde estaba la otra mitad de la empresa. Así las cosas, Ricardo, pensando que no le afectaría en gran medida mientras no se metiera, aceptó más con el fin de que no le vieran con desconfianza que por asistir a la reunión con miras de espía.

Cuando llegó, los trabajadores le saludaban alegres. Su relación con ellos había sido condes-cendiente pero sin permitir que la disciplina se relajara, de ahí el afecto. Pero ese afecto sería su desgracia.

Cuando se declaró abierta la asamblea, tras algunos puntos de rigor, se entró al meollo de la sesión del día: las elecciones en la sección sindical de la planta de terrazos.

-Comprobado el quorum, les pedimos que propongan candidatos....

Como puede verse, su sistema distaba mucho de ser similar al oficialista en que una planilla y su candidato estaban predestinados al triunfo. En el sindicato blanco se obra con democracia, pero siempre en busca -verdadera búsqueda- del bienes-tar del trabajador y la propia empresa.

El Flaco, uno de los abrillantadores del matutino, propuso a un compañero de acabados. Su nombre se escribió enseguida en el pizarrón.

El Supervisor del mismo turno, ese que había invitado a Ricardo, le propuso abierta y estentórea-mente. Todos los trabajadores de su turno aplau-dieron entusiastamente.

Antes de anotar su nombre en la pizarra, el Secretario General del Sindicato dijo:

-Parece que este joven tiene muchas simpatías entre la tropa... que levante la mano el que vote por él...

No sólo los de su turno levantaron la mano inmediatamente, sino la mayoría de los del turno matutino también, lo que le dio un rápido, inesperado y sonoro triunfo sindical.

-Pero... yo... yo no puedo aceptar... soy empleado de confianza... perdónenme pero...

-Lo siento compañero, las mayorías mandan y, por si no lo sabe, los empleados de confianza a nivel obrero también participan en las labores y respon-sabilidades sindicales, así es que, a partir de este momento, usted es el nuevo Delegado Sindical de la Planta de Terrazos!

 

El lunes, Ricardo ni siquiera entró a la planta. El vigilante de la entrada le dijo que debía reportarse a la Gerencia General de inmediato.

El muchacho obedeció con una cierta seguridad de que esa cita tenía que ver con lo sucedido el domingo.

Al llegar a la Gerencia, Jaime le esperaba de pie en la parte anterior de su escritorio. Parado a su izquierda, con cara de pocos amigos, el Jefe de Personal.

-Jamás pensé que me traicionaras de esa forma! espetó indignado.

-Un momento, contestó también molesto Ricardo; creo que te excedes al llamarle traición sin esperar siquiera una explicación...

-No la necesito... tú sabías que eras los ojos y oídos de la empresa... no el vocero de los trabaja-dores! Lo siento mucho, pero Delegado Sindical y todo... te me vas al carajo ahora mismo! Estás despedido!

-Oye Jaime, no la jodas... déjame al menos contarte cómo estuvieron las cosas...

-No me interesa.... ya tengo el informe completo de un trabajador realmente leal... no me obligues a que te diga cara a cara cual fue tu traición... te lo ruego en nombre de la amistad que tuvimos... vete y ahórrame más problemas... este es tu cheque de liquidación. Como puedes ver te estamos dando mucho más de lo que te corresponde, pero te queremos fuera.... a menos que quieras hacerle la guerra a la empresa...

-No Jaime... cómo crees que voy a hacerle la guerra a la empresa...

-Pues entonces no hay nada más de qué hablar... hasta luego!

Diciendo y haciendo, Jaime y el Jefe de Personal se encaminaron a la puerta que daba acceso a la Sala de Juntas, cerrando tras de sí.

Cuando Ricardo salía, alcanzó a ver que, por la parte trasera de las oficinas, el Supervisor del turno matutino cruzaba hacia la planta de terrazos. Había sido más que buena su jugada.

Esa misma tarde, el joven escribió una larga carta explicativa a su amigo, en la que le advertía de la traición -esa sí- del supervisor contrario. Le dio tiempo de entregarla en propia mano a Doña Gloria, que la recibió con un gesto de desprecio.

 

Dos días pasó encerrado en su pequeño depar-tamento rumiando lo ocurrido. De pronto, recordó que hasta el departamentito aquel se lo debía a Jaime y que este era su fiador. Habría que dejarlo. Tomó sus pertenencias, se despidió de la dueña -que vivía junto- y, tras entregar las llaves, tomó un taxi que le llevó al centro.

Aún mustio y contrito, se hospedó en un pequeño hotel ya pardeando la tarde. Dejó sus cosas botadas y se atravesó a una cafetería ubicada en la esquina que conformaba el mero centro de Monterrey.

 

Sentado en la barra de la cafetería, se entretuvo observando a un hombre de edad, porte delgado y visos de buen vivir, que se moría de risa de la emoción cuando a alguna de las muchachas que cruzaban la calle se les levantaba la falda.

Ah, porque ese era el chiste de esa esquina y casi casi de existencia de la cafetería: sentarse sobre las cuatro, y hasta las seis de la tarde, para gozar de las travesuras del aire con las faldas de las mujeres que, aún a sabiendas del riesgo, cruzaban ágiles la calle fingiendo sorpresa ante el embate del viento.

Ricardo sonrió cuando el señor aquel señalaba a una pobre mujer que luchaba por retener la saya en su lugar. Los dos caballeros que le acompañaban gozaban también del espectáculo, pero a su modo. El más alto, de porte elegante, reía sin grandes aspavientos; el otro, ya viejon y clasemediero a leguas, le seguía el juego al libidinoso viejillo.

En un momento determinado, el hombre llamó a señas a Ricardo que, intrigado, se acercó a la mesa-gabinete que les alojaba junto al ventanal.

-Oye, tú no eres de aqui, verdad? preguntó de golpe antes de que el muchacho llegara a la mesa.

-No señor... soy de fuera... porqué?

-Porque se te nota a leguas cabrón... y porque apenas te ríes cuando todos nos estamos dester-nillando de risa.

-Así es que Usted califica a la gente por su reacción ante las piernas de las muchachas víctima del aire? preguntó a su vez medio molesto por el atrevimiento del viejillo.

-Ahhhh y bravero el cabroncito! exclamó más con cierto tono de broma que de pleito el anciano.

-No señor... y mire, si me llamó para estarme faltando al respeto...

-Uta madre!... y ahora me resultó delicadito... no muchachito, no... te llamé porque me diste lástima... me dio pena verte sentado ahí, abandonado como un perro... mientras a nosotros nos sobra un lugar! dijo sonriendo e invitando con un gesto a Ricardo para que se sentara.

El joven dudó un poco pero, de repente, soltó la carcajada y se sentó extendiendo la mano a los demás.

-Hola... soy Ricardo, y acabo de perder mi chamba en la planta de Terrazos... comentó a manera de presentación.

-Hola... yo soy Jorge Ancira, gerente del Banco Capitalizador de América. Este garañón es Marco Antonio Jasso, propietario de las Fotos Jasso; y este otro Don Adolfo Landeta, Jefe de Ventas del Banco.

-Caray... pura gente grande!

-Grande tienes el hocico! contestó Marco Antonio llamando a la mesera.

-Ni le hagas caso, dijo Ancira, ya le conocerás...

-Y... a qué debo el honor de que se me haya llamado a esta honorable mesa?

-No te dije que era mamoncito chilango? Excla-mó Marco Antonio dirigiéndose a Landeta.

-Ganaste, ni modo...

-Y de a cómo fue la apuesta? preguntó Ricardo.

-Poca cosa, señaló Ancira, apenas para pagar la cuenta y comprarse un par de mudas...

-Mil pesotes muchacho... mil pesotes...

-Pues los perdió! exclamó esta vez Ricardo con júbilo. Yo no soy chilango... pinche viejito degene-rado... así es que... a pagar!

Landeta soltó la carcajada y Ancira palmeaba el hombro de Jasso figurando lástima.

-Qué cosa? Perder? Yo?... estás jodido mucha-cho... yo jamás pierdo! Dices que no eres chilango? Confiesa entonces de dónde vienes?

-Bueno... vengo de Puebla... pero no soy chi-lango, soy veracruzano! dijo mintiendo descara-damente el muchacho.

-Ah sí? En dónde se reune toda la sociedad jarocha por las tardes?

-En el Gran Café de la Parroquia!

-Cómo se llama el faro abandonado que está frente al Malecón?

-Venustiano Carranza!

-Y qué nombe reciben los muelles?

-Fiscales!

Ancira y Landeta estaban demudados pero una sonrisa se fue dibujando en su rostro al mismo ritmo en que fluían las respuestas de Ricardo.

-Y cual es el lugar preferido hasta por los mismos veracruzamos para comer los fines de semana?

-Carajo... se ve que Usted conoce Veracruz.. ese lugar es Boca del Río...

-No... pos sí... sí eres de Veracruz cabrón... aceptó Marco Antonio que sacó la cartera resginado.

-Bueno, si esto incluye la cuenta, que me traigan un cabrito al pastor por favor. Agregó a guisa de colofón Ricardo.

-Pendejo! Si es cafetería, no restaurante, recrimi-nó Marco agregando: pero como empiezas a caerme bien... vente, vénganse todos, yo los invito al cabrito... o ya comieron?

-No le aunque! señaló Landeta.

-Yo ya comí, pero los acompaño, dijo Ancira.

 

Ese fue el principio de una larga amistad entre Marco Anonio Jasso y Ricardo. La foto central de Jasso estaba en el mismo edificio que el Banco, prácticamente puerta con puerta. Ancira de inmediato le ofreció trabajo como asesor en bonos educativos y, a partir de entonces, la cita en el café era obligada para los cuatro. Marco le fue ense-ñando los secretos de la fotografía y Ricardo se volvió un fotógrafo empedernido.

 

Un buen día, Marco Antonio le dijo de pronto a Ricardo:

-Cuanto tienes ahorrado?

-Unos cuantos pesos... por qué?

-Porque estoy pensando en abrir un nuevo negocio... pero no como los que tengo, no, de calidad... una Galería Fotográfica...

-Y yo que tengo que ver con eso?

-Pues que necesito una cara bonita para que esté al frente, con una historia que jale a las viejas...

-A ver... a ver... cómo está eso.

Ancira se rio con estruendo, contrario a su costumbre.

-Que te quiere de prostituto, dijo Landeta riendo.

-Ora!

-No precisamente... y ustedes cállense cabrones! Metiches... no saben ni siquiera los planes que tengo para este jovencito... nos va a dejar muy buena lana... a él y a mí... así es que, ustedes... al carajo!

El par de amigos guardó silencio pero siguió atento a la plática.

-Mira... aquí en el norte, las madres andan buscando la forma de dejar a sus hijas bien plantadas, es decir, bien casadas. Para eso, un partido con dinero, disponible, es un tesoro nacional.

Mi idea es llevarte como socio, pero dejar que tú lleves las riendas del negocio, que de foto ya sabes bastante, y formarte socialmente una pequeña historia.

-Cómo una historia?

-Señores, dijo solemne volteando a ver a Ancira y a Landeta, les presento a mi nuevo socio, Don Ricardo García y Cubas, heredero de una gran fortuna, viudo, sin hijos, y proveniente de la zona cafetalera veracruzana...

-Ah carajo! exclamó Ricardo asombrado.

El día de la inauguración de la Galería Foto-gráfica, Marco Antonio llevó al párroco de El Ro-ble, una de las principales iglesias de Monterrey y ubicada prácticamente frente al negocio.

Ricardo siguió el rito de bendición con atención y respeto lo que motivó el comentario siempre mor-daz de Marco:

-Persinate bien piche mochito...

-Se dice persiGnate... ateo!

-Sí... soy ateo gracias a Dios!

La frase le trajo el recuerdo del Capitán Castañeda.

 

Sociedad y negocio marchaban sobre ruedas. Ricardo era asediado por una gran corte de jovencitas casaderas cuyas madres, efectivamente en busca del buen futuro de las hijas, veían en él el partido perfecto y, por ende, le buscaban para tomarse la foto de ovalito, para credencial, de busto, de tres cuartos, diploma, y hasta de estudio aunque cueste más.

Había tres “sin embargos” que tomar en cuenta. El primero, era que Marco Antonio, con quien ya había estrechado relaciones comiendo incluso con su familia al menos dos veces por semana, otras tres llegaba por la noche para llevárselo de juerga. Marco tomaba mucho y, por desgracia, le encantaba buscar casas de citas pues era adicto a las prostitutas.

El segundo “sin embargo” era que, seguramente con miras a vigilar a Ricardo, Marco metió de cajera a la Galería Fotográfica a su amante en turno, colocando al muchacho en peculiar situación pues la esposa de Marco empezó a verlo como alcahuete de su marido.

El tercero, fue que Marco, cayendo quizá en su propia trampa, intentaba a toda costa meterle a Ricardo entre ceja y ceja a su hija, cosa que hacía sin tacto alguno como era su costumbre.

 

Una noche de copas, los tres “sin embargos” se juntaron. Marco de plano le propuso a Ricardo que se casara con la hija, a lo que Ricardo se negó rotundamente.

-Por qué no? exclamó Marco realmente molesto.

-Porque no! Perdóname pero a tu hija la respeto; no la quiero. La veo como tu hija, como la hija de un amigo... además, a mí me gustan mayores.

-Ahhh ya veo...! A mí se me hace que algo hay entre tú y  mi querida... verdad cabrón?!

-Otra! Carajo Marco... qué te pasa!

-No... qué te pasa a ti! Te ayudo y me vuelas la vieja!

-Yo no te he volado nada! A tu querida también la he respetado como si fuera tu esposa...

-A mi no me vengas con cuentos! Te me largas ahorita mismo... no quiero volver a verte... cabrón! traidor!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La desilusión hizo presa de Ricardo tras el enfrentamiento con sus dos amigos. Cada uno de ellos representaba un carácter diferente. Jaime, el cumplidor, el trabajador, el hombre de su casa y creyente. Marco Antonio, el dicharachero, botarate, mujeriego y borrachín.

Sus respectivas actitudes se sumaban al descon-cierto del muchacho. No entendía la forma de actuar de los que se decían creyentes... y aquellos que se decían ateos, terminaban siéndolo gracias a Dios.

De pronto, Monterrey le quedaba grande, pero se asfixiaba en sus calles. Ancira le propuso irse como corresponsal del banco a Nuevo Laredo, pero a las pocas semanas el tedio le abrumaba.

Pensando en que quizá era añoranza por su tierra, tomó el desvencijado Forcito 51 que se había comprado y emprendió el regreso a Monterrey.

Ancira se lamentó sinceramente de que Ricardo le diera las gracias. A Ricardo le molestaba tener que llegar al banco y cruzar frente a la puerta del viejillo que, acostumbrado a regar su entrada con un menjurge mezcla de alcohól, trementina y hierbas aromáticas para que “se alejaran los malos espí-ritus”, ahora lo hacía cada vez que Ricardo pasaba.

No se regresaría al centro del país de momento, quería probar suerte con un periodista que le había ofrecido trabajo.

Tomás Ruiz era muy parecido al Capitán Castañeda, sólo que siempre se presentaba bien vestido, de traje y corbata, cargaba buen auto y vivía en un departamento de la parte alta del edificio en que tenía sus oficinas.

Publicaba una revista mensual a la que le sacaba bastante jugo. Colaboraban con él dos hermanas, una pequeña, menuda, muy seria que era la que hacía todo el trabajo, y otra exuberante, de muy buen cuerpo y que, a más de su secretaria, era su querida y la que le acompañaba a todos sus viajes por el norte del país.

Don Tomás le dio el encargo de recorrer los municipios aledaños a la Sultana del Norte mientras él se encargaba de los estados circunvecinos. El asunto era sencillo: la pequeña enviaba cartas a todos los funcionarios avisando de un infaltable pretexto -el aniversario de la revista, un número especial de política norteña, un reportaje sobre su zona de influencia, etc- en el que esperaban su “más amplia colaboración a vuelta de correo”.

Las cartas con cheques y dinero en efectivo llovían -las cantidades no eran muy grandes pero el número las hacía substanciales- y se tomaba nota de aquellos que no aportaban o contestaban las cartas. A esos era precisamente a los que tenía que visitar Ricardo. Don Tomás era magnánimo. Lo que sacara Ricardo era para él.

Naturalmente que Don Tomás estaba de pláce-mes con el muchacho pues había encontrado en él a un magnífico colaborador, sobre todo porque tenía imaginación y escribía bien.

Don Tomás, al igual que Castañeda, se procla-maba “irreverentemente ateo”, pero no soltaba la frase “Dios dirá”.

-A ver, Don Tomás, dijo curioso el muchacho. Si dice que es ateo... porqué también dice Dios dirá?

-Mira muchachito... una cosa es que muchos no creamos en Dios, y otra que no exista. O qué? Tú crees que existen tanto millones de católicos en el mundo por nada? O acaso se han edificado templos tan fastuosos por puro gusto? No! Esos millones no pueden estar equivocados... pero yo no creo, así es que respeto y me respetan. Y mira que Dios dice... porque no puedes negar que nos va bien...

-No, pos no...

-Entonces, cada quien cree en la medida que quiere. Mira, esta vieja chismosa -dijo refiriendose a la pequeña que, ante la alusión, sólo sonrió- tiene mucha fe en el Sagrado Corazón. Hasta su imagen de bulto tiene con repisa y todo aquí en la oficina. Podría mandarla al carajo y que la quitara, pero no, yo respeto y me respetan en mis ideas.

-Pero... no es eso una incongruencia?

-Pues será... pero así pienso.

-Y por fin... cree, o no cree en Dios?

-Otra vez... te digo que yo no creo... pero existe, eso que ni que...

La curiosa filosofía del viejo periodista no dejó de hacer pensar a Ricardo. Puedo aceptar que algo existe, pero sin creer en él? Estaba otra vez enredado.

En otra ocasión, Ricardo acompañó a Don Tomás a cobrar un cheque a la tesorería del gobierno estatal. Cerca de ahí estaba un pequeño templo del que nunca supo su nombre. Antes de ir a cobrar, Don Tomás entró en él y se postró en un reclinatorio ante el altar mayor en franca actitud de oración.

-Oiga Don Tomás, cuestionó Ricardo al salir. No que no creía en Dios?

-Pero de algo sirve una ayudadita para que no nos vayan a detener el cheque, no crees?

 

Esos pequeños comentarios y actitudes hicieron renacer en el joven la inquietud que sentía desde chamaco. No llegaban a la orilla del atrio cuando le dijo a Don Tomás:

-Es muy necesario que vaya con Usted al palacio de gobierno?

-No... porqué?

-Quisiera ir a otro lado, aprovechando la cercanía.

-Ve... y no llegues tarde a la oficina que hay que cerrar la edición de este mes.

-No, mañana estoy ahí antes de las diez... contestó dando media vuelta y dirigiéndose a la entrada lateral del pequeño templo.

-Perdón, dijo a una monja que estaba en la pequeña oficina parroquial, estará el padre?

-Cuál padre? El Padre Nestor... o el Padre Carlos?

La similitud de nombre con aquel sacerdote su amigo en Puebla le hizo decidirse de inmediato.

-El padre Carlos...

-Un momento...

Mientras la monja regresaba, Ricardo se puso a ver los cuadros y estampas que estaban colgadas en los muros de la pequeña habitación. Le llamó la atención un Angel de la Guarda hermosísimo que sólo había visto una vez allá por su infancia: el que colgara de su cabecera la abuela.

-Me buscabas hijo? preguntó una voz cascada por los años.

-Perdón padre, dijo turbado Ricardo... lo esperaba más joven...

-Ajá?... y por qué? o... para qué?

Ricardo se sintió atrapado y no tuvo más que confesarle al sacerdote el motivo de su visita.

-Bueno, dijo cordialmente tras escucharle, pues ahora ya tienes a dos Carlos de consejeros, uno joven y el otro viejo... así equilibramos la balanza, no crees?

La cordialidad del cura hizo mella en la confianza de Ricardo que se abrió de capa por completo.

-Sí padre... pero si usted supiera lo revuelta que traigo el alma, de seguro correría...

-Tras de ti...

-Deveras... quiere escucharme? Tiene tiempo?

-Ese es mi trabajo... así es que tú diras... y repitió la pregunta que Ricardo le hiciera: Tienes tiempo?

-Sí, claro... pero me gustaría tener un poco de privacidad...

La monja levantó la ceja izquierda e hizo el además de levantarse.

-No hermana, no... quédese. Yo voy a salir con este jovencito. Si algo se ofrece, estoy aquí a la vuelta, en Sanborn’s.

La idea le gustó a Ricardo y salió casi alegre del templo.

 

En Monterrey era obligado, cuando se iba a la cafetería, pedir un café -obviamente- y unos bisquets con mermelada, así es que el padre Carlos pidió para los dos antes de consultarle a Ricardo.

-Quieres empezar?

-Bueno... lo que más me saca de onda son mis dudas. Apenas empiezo a creer en algo, cuando las acciones de otros me descontrolan...

Rápidamente le contó sobre aquellos que habían influido en su vida, terminando con Don Tomás y sus ideas.

-Mira... el mundo es un mar de ideas, de formas de pensar, de conceptos sobre un mismo tema. Bien dice el dicho que cada cabeza es un mundo. Es decir, cuatro amigos sentados a la mesa de un café representan cuatro formas diferentes de pensar sobre un tema determinado, aunque aparentemente sean coincidentes en uno general.

Basar tu forma de pensar -o creer en algo– en la forma de pensar o actuar de otros no te lleva a ningun lado, por el contrario, lo unico que sucede es que tu mente se vuelva un caos pues, entre más formas de pensar o creer conozcas con ese fin, más revuelto será el río de tu pensamiento.

La mente humana -y permiteme hablar de lo físico antes de hablar de lo espiritual- es como el disco duro de una computadora: recibe toda la información que le quieras meter para guardarla, pero jamás podrá organizarla de tal forma que se genere una “forma de pensar” especial de la propia computadora. Puede, sí, ligar de alguna forma datos, términos, o frases, más que nada para una búsqueda o un marcaje, pero no para generar por sí misma un panorama. Eso debe hacerlo el ser humano que le alimenta y maneja. La mente humana es similar; puedes meterle toda la información que quieras, pero sólo tú, y nadie más que tú, podrá generar la idea, es decir, un pensamiento congruente brotado de la conjunción de una serie de datos almacenados que -y esto sólo sucede en el ser humano- comple-mentas con algunos toques de sentimiento -duda, certeza, envidia, conveniencia, etc.- y que pueden ser aprovechados para algo positivo... o simple-mente desechados.

-Cómo deshechados?

-Sí, parece incogruente, pero el ser aprovecha únicamente un uno al millar de las ideas que genera, y de estas sólo una en un millón tiene repercusiones importantes en su desarrollo -volverlo millonario, notorio, famoso, trascendente, etc.- Ahora bien, lo importante de esto es llegar a saber cómo podemos controlar la mente de tal forma que nos genere las ideas que necesitamos para conformar nuestra pla-taforma ideológica o, dicho de otra manera, nuestra propia personalidad.

-Es decir que, dadas las circunstancias, no tengo una personalidad definida?

-Exáctamente. Tener una personalidad definida es conocido en nuestro medio como “madurar”.

-Bueno... yo creo que en lo material sí he madurado... pero en lo espiritual...

-No... no puedes hablar de madurez cuando una muy buena parte de ti está en caos.

-Entonces...

-Si sientes que en lo material -es decir, en tu preparación, en tu forma de vida, en tus acciones- ya tienes un control, debes voltear a lo espiritual que, al final de cuentas, es lo que realmente matiza en un todo la personalidad del ser.

-Entonces el Capitán Castañeda, por ejemplo, no era un hombre maduro pues su espiritualidad jamás estuvo definida...

-O fue demasiado maduro al encontrar la conveniencia de lucir como ateo, pero sin dejar a un lado a Dios... por aquello de las dudas, como él mismo decía.

-Y cómo puedo madurar espiritualmente?

-Cultivándote... estudiando... cuando quieras saber sobre algo, debes estudiar, descubrir, inves-tigar hasta saciar esa curiosidad. Lo mismo debes hacer con una palabra que con un concepto.

-Cómo con una palabra o con un concepto?

-Cuántas veces te has encontrado, al leer o escribir, con una palabra que te deja dudas? Muchas verdad? Pues el secreto está en no permitir que queden dudas, por pequeñas que sean... si se trata de una palabra, abre el diccionario y busca su signifi-cado. Si de un concepto, compra libros sobre el tema o ve a la biblioteca si no tienes la capacidad económica... pero jamás te quedes con la duda!

-Bueno... pero a veces no da tiempo... por el trabajo, o por otros compromisos...

-Qué mayor compromiso puedes tener que el de tu propio vida? Para nuestra vida, para su disfrute, para su construcción, siempre hay tiempo... y al tiempo verás que, dentro de esa agenda apretada que tienes... sí hay tiempo para abrir el corazón y la mente a la vida.

-Bien... creo en Dios... ahora... cómo hago para estudiar sobre él? En la Biblia? Es cansadísimo... aburre a los primeros renglones...

-Es lo mismo que si abrieras un libro sobre genética... si no sabes las bases, te parecerá aburrido o inentendible... empieza por lo básico, por lo más sencillo...

-Como cuando iba al catecismo?

-Así es... de vuelta al principio... pero para adelantar con firmeza y certeza...

-Qué lectura me recomienda?

-Entra a una librería y busca la zona en donde están las obras sobre religión... Dios te guiará y escogerás el libro más conveniente...

-Ah Dios! así la cosa en verdad?

-Aunque no lo creas...

-Y si es una obra contraria a los cánones de la iglesia católica?

-Mejor... porque en tu caos te preguntarás por qué? y se despertará tu ansia de investigación...

-Será...?

-Qué te cuesta hacer la prueba? Pero hazla con fe... no con fe religiosa, sino con la fe de que encontrarás lo que buscas... porque tu mente te llevará al camino del encuentro.

 

Como en las veces anteriores, Ricardo no volvió a ver al padre Carlos de Monterrey, pero siguió sus consejos y comenzó a comprar libros sobre religión. Algunos de ellos -la mayoría, para ser sinceros- eran demasiado avanzados para sus conocimientos y los cerraba apenas llevaba tres o cuatro páginas, pero tuvo el buen tino de conservarlos para más adelante. Otros sí le sirvieron, sobre todo uno que encontró en el que se cuestionaba si Cristo había o no existido y se afirmaba que había muerto en Cachemira. Le llamó la atención porque, como dijo el padre Carlos, le despertó la curiosidad y empezó una búsqueda bien programada, más definida al menos.

 

Todo caminaba esplendidamente. Ya habían pa-sado varios meses y, el único problema que había era que, cuando Don Tomás estaba en Monterrey, le daba por empinar el codo más de la cuenta.

Varias veces llamaron a Ricardo de las cantinas cercanas para que fuera a recoger al jefe ahogado de borracho. Así fue como conoció el interior de su departamento. La morena grandota, que de plano ya vivía con él, ni se molestaba por las borracheras del viejo. Por el contrario, extrañamente, cada vez que Ricardo llevaba a Don Tomás a acostar, ella estaba en ropa íntima sólo cubierta por una bata trans-parente.

Al principio no hubo insinuación alguna. Sólo el lucimiento. Pero conforme pasó el tiempo la con-fianza se fue dando. Primero eran tan sólo las gracias al salir; más tarde, la invitación a tomar un cafecito; finalmente, cambió el cafecito por una copa. La bata vaporosa se abría cada vez con mayor libertad hasta que...

Pero el viejo no era tonto. Un día le dijo a todos que iba a Nuevo Laredo pero no se llevaría a su mujer. Allá vivía su ex-esposa y sus hijos. Pero no fue así. A media tarde, precisamente cuando Ricardo y la morena debatían ardorosamente sobre el escritorio del privado, Don Tomás entró de sopetón.

No hubo drama ni desgracia. El viejo sabía que era mucha mujer para él, pero también le gustaba, así es que a Ricardo lo corrió y a ella la perdonó.

Ricardo había rentado un pequeño departamento cerca de donde estaban las oficinas centrales del Pentathlón Deportivo Militar Universitario. Unos pocos días después de su choque con el viejo periodista, se detuvo a observar las prácticas de los jóvenes que lucían una perfecta disciplina y organización.

Recargado en la barda de malla que separaba el terreno de prácticas con la calle, no escuchó la primera llamada de un joven maduro que le cuestionaba.

-Le preguntaba qué le parece la labor de estos jóvenes… dijo tocándole el hombro.

-Perdón?... Oh… disculpe, es que estaba distraído…

-Sí… ya lo noté…

-La verdad es que me asombra el trabajo que Ustedes han logrado con estos jóvenes…

-Pues estamos buscando instructores… no le interesaría?

-Ja… no.. Lo cierto es que, para empezar, me acabo de quedar sin trabajo, y eso de instructor pues no sé ni qué enseñarles… no gracias…

-Ahhh vamos… se quedó sin trabajo… y cuál es su profesión?

-Bueno… periodista en términos reales, aunque cuando de trabajar se trata pues lo hago en lo que se puede…

-Mire… venga…

Ricardo siguió al joven aquel sin chistar siquiera. Parece que algo lo moviera para hacerlo. Entraron a las oficinas del Penta y se dirigieron a un Mayor que se encontraba atareado con unos mapas.

-Mi Comandante… este joven anda sin trabajo y, por lo que se ve, le llama la atención nuestra actividad… es periodista...

-Ahhh, que bien… mi compadre puede darle chamba como corresponsal de su periódico. Lo edita en Nuevo Laredo y cubre toda la frontera norte… Usted dirá…

-Caray… gracias Comandante…

-Pero como le va a sobrar mucho tiempo libre, qué le parece si lo metemos al Curso de Cabos de Infantería Instructores? Así nos pagaría el favorcito ayudándonos aquí, en el Penta… qué dices?

-Que ya! Contestó de inmediato Ricardo ignorando el sorpresivo tuteo del Comandante.

-Vives lejos?

-No… aquí cerca…

-Bueno.. A ver Carmelo… entrégale una playera con logo y un pantalón de faena… ya me los pagará cuando cobre su primer sueldo…

-Perdone… cual es su nombre?

-Soy el Comandante Gregorio Garza Leal y soy el Sub Jefe del Pentatlón Deportivo Militar Universitario en Nuevo León.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La combinación de su trabajo como corresponsal y el curso fue un eficaz calmante para el alma de Ricardo. Su iniciativa no se hizo esperar y en menos de seis meses ya se aplicaba en la Zona Nuevo León una modalidad propuesta por él: la creación de Sub-zonas para acercar el Penta a los jóvenes y niños de las colonias de la metrópoli regiomontana.

Se había graduado con honores como Cabo Instructor y alcanzado el grado de Sargento Primero al ser nombrado Comandante de la Sub-zona Reforma, la primera formada en Monterrey, y fundada por él.

Las dudas espirituales se habían aquietado… hasta una mañana en que le avisaron que algunos Clases podrían aplicar para Subtenientes en un examen que les realizarían en la Zona Militar. Uno de los primeros consejos que le dieron fue:

-Ni se te ocurra mencionar a Dios frente al General que aplica los exámenes… dicen que es come-curas y odia todo lo que huela a religión.

Pero cuando llegó al salón seleccionado en la Zona Militar y conoció al General le descontroló ver que portaba un anillo más que escandaloso de oro puro y cuyo centro lucía un Cristo perfectamente pulido. Iba a preguntarle al General al respecto, pero se abstuvo… tuvo temor de provocar su enojo.

El examen iba precedido de un pequeño curso evaluatorio que les permitía recordar lo aprendido a lo largo de esos meses. Durante el Curso, notó que el General le daba cierta atención y preferencia y, un día que le pidió llevara algunos utensilios de práctica a su oficina, Ricardo no se aguantó las ganas y preguntó de golpe:

-Oiga mi General, disculpando la pregunta… Usted es creyente?

-Por qué? Contestó a la defensiva el General.

-Por el anillo que trae… es hermoso…

-Hummm… mire Sargento, por si se le ha olvidado, vivimos en un régimen que no tiene relaciones diplomáticas con la Iglesia, lo que nos convierte a todos los funcionarios de este sistema en ateos forzosos…

-En ateos… gracias a Dios? Completó Ricardo atrevidamente la frase del General.

-Já… eso precisamente iba a decir… pero para satisfacer su curiosidad, le confesaré que sí, soy creyente… aunque políticamente sea ateo…

Entre el General y Ricardo se gestó una amistad no muy profunda, pero sí provechosa, sobre todo cuando se enteró de que Ricardo era ahijado y sobrino del General Enrique Téllez Salas, por esas fecha aún Comandante del Campo Militar No. 1 de Santa Lucía. El General Téllez era piloto aviador y un hombre ejemplo para Ricardo.

La relación con el General regiomontano se circunscribía a lo militar, pero Ricardo encontró la forma de llevar la plática a lo religioso un día de Graduación de los alumnos de una escuela militarizada que escogieron al General como su Padrino de Graduación y tuvo que asistir a la misa que la generación daba a sus alumnos. Ricardo no dijo nada cuando el General lo invitó a acompañarle. Fue hasta ya sentados en el salón de banquetes que se atrevió a preguntar:

-Mi General… qué tan creyente es Usted?

-Mucho, aunque no lo creas… mi madre nos inculcó la costumbre de ir a misa, nos mandó al catecismo, hicimos la primera comunión y todos los rituales propios de la Santa Madre Iglesia. Si bien es cierto que cuando inicié mi carrera militar tuve mis dudas, la verdad es que no dejé de creer en Dios, en la Virgen María y en los santos… voy a misa los domingos, con mi familia, comulgo y estoy casado por la iglesia…

-Bueno!... Eso no es ser ateo gracias a Dios! Eso es ser un buen católico…

-Como muchos funcionarios… se dicen ateos por la conveniencia de tener un cargo o puesto en el gobierno, pero siguen sus propias creencias…

-Y en verdad los corren o les hacen renunciar si se enteran de que son ateos gracias a Dios?

-Por desgracia, así es… aunque no te creas, se ha relajado mucho esa acritud con que se tomaba esto. Es más, no dudo ni tantito de que en cualquier momento se reanuden las relaciones con la Iglesia...

 

Ricardo terminó el Curso y alcanzó el grado de Subteniente, pero el destino le tenía deparados otros derroteros.

A los pocos días de haber recibido sus barras, escuchó al Comandante Garza Leal hablar por teléfono con el Comandante de la Zona Puebla… y la añoranza se apoderó de él.

Dando tiempo a que terminara su conferencia, Ricardo le comentó al Comandante Garza Leal:

-Mi Comandante… qué pensaría si le dijera que me gustaría buscar mi cambio a la XXV Zona? Acuérdese que si bien no nací allá, en esos lares vive toda mi familia… y, pues, yo creo que ya es tiempo de dejar de andar de pata de perro. Mucho me ha dado el norte, pero pues me gustaría regresar. Un buen amigo que trabaja en el Canal 8 se va a Puebla como gerente del nuevo Canal 3 que se funda en un par de meses y quiere que colabore con él…

-Claro que no hay problema mi Subteniente… deja Usted un buen recuerdo en esta Zona y con gusto le doy la carta traslado dirigida al Comandante Domínguez, que está a cargo de la XXV Zona en Puebla…

El Subteniente que le había recomendado para entrar el Penta quiso hacerle cambiar de parecer.

-Para qué te vas? Aquí ya tienes toda una vida formada… ganas bien como corresponsal, y tu tiempo libre lo dedicas a los jóvenes..

-Pero las raíces jalan, mi querido amigo… lo que tengo aquí, lo puedo rehacer allá… pero a la familia no la puedo cambiar por los amigos, por muy buenos que estos sean… y tú eres uno de los mejores amigos que he tenido… aunque seas ateo!

-No… momento… ateo no soy…

Así, Ricardo emprendía el regreso a la Angelópolis.

 

El cambio a Puebla fue un nuevo frente para Ricardo. Por principio de cuentas y con un buen dinero que llevaba ahorrado, puso para mantenerse una Galería Fotográfica de lujo en uno de los mejores edificios de la Angelópolis. Se presentó ante el Comandante Domínguez y, durante su estancia en la XXV Zona, pudo darse cuenta de que había una escuela secundaria. Domínguez, ni tardo ni perezoso, le propuso dar clases de fotografía y, obviamente, de redacción y literatura… sin sueldo!

Pronto pudo darse cuenta de que Domínguez más que el Comandante de la Zona era el patrón de los oficiales, clases y cadetes. Como en realidad a Ricardo no le preocupaba la cosa económica, tomó la cátedra y apapachó a Domínguez. Entre la foto y las clases, aún se dio tiempo para escribir en algunos medios locales.

Como los sábados también daba instrucción a los reclutas, le propuso al Comandante crear Sub-zonas, como en Monterrey. Se crearon varias y, por ende, la afluencia de alumnos a la secundaria… creció. El Jefe del Estado Mayor era un Capitán Primero de Caballería y había formado la caballería local en un espacio prestado en un rancho de Tlaxcala. Hizo buenas migas con él y lo propuso para un ascenso. Las barras de Teniente le fueron impuestas a los dos años de haber regresado a Puebla.

El tiempo siguió su marcha. Ricardo ya no sólo tenía la Galería Fotográfica, sino que además había comprado una pequeña fotografía en contraesquina de la Iglesia de La Luz. Por increíble que parezca, ese pequeño negocio fotográfico le dejaba casi cuatro veces más que la Galería.

Un buen día, le mandaron llamar de la Comandancia.

-Teniente… estos señores vienen de la Presidencia de la República y traen una propuesta…

-A sus órdenes señores…

-Mire Teniente… como en todas partes, algunos hijos de funcionarios de primer nivel han caído en el problema de las drogas y la Presidencia quiere atender de inmediato ese problema… queremos que, por medio del Pentathlón, se cree un internado para albergar, atender y, de ser posible, reintegrar a estos jóvenes a la sociedad.

-Y…?

-Pues que queremos que Usted se haga cargo del organismo… en su calidad de Capitán Segundo, Comandante del Internado del Pentathlón Deportivo Militar Universitario.

La tarea significaba un ascenso pero implicaba trabajo de tiempo completo. Cuando habló con los directores de los medios con los que colaboraba, acordaron que publicarían una columna de su autoría para que pudiese dejar el reporteo pero sin abandonar el periodismo.

Cuarenta y ocho niños, entre los 13 y los 18 años fueron los que le enviaron para su estancia en el internado. La vida de reclusión militar se interrumpía solamente por las mañanas en que asistían a la escuela del propio Penta. El internado se instaló en Cholula y contó con el apoyo y respaldo de Don Juan Blanca, Presidente Municipal en ese entonces y propietario de una de las mejores marcas de sidra nacional.

Por desgracia, aquella aventura sólo duraría tres años pues, al cambio de gobierno federal, el nuevo Presidente –o alguno de sus funcionarios subalternos– no estuvo de acuerdo con el sistema de internado militar y, sin avisar siguiera, suspendieron el presupuesto que se les entregaba. Así, de golpe y porrazo, Ricardo se quedaba con 48 jóvenes al garete. Cabe mencionar que, si bien los padres los llegaron a dejar internados como un respiro para sus atribuladas vidas, cuando se trató de recogerlos fueron de lo más omisos. Ricardo mismo tuvo que “repartir” a poco más de la mitad de esos cuarenta y ocho muchachos –ya reivindicados por cierto– en varios Estados de la República. A los dos últimos, hermanos y los más chicos de la camada de internos, tuvo que llevarlos hasta un campo petrolero de Tabasco y en donde, aunque usted no lo crea, el padre se negaba a recibirlos.

Entre tanto, se le habían descubierto algunos malos manejos al Comandante Domínguez y la Escuela Secundaria había cerrado, quedando en suspensión la XXV Zona de Puebla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tiempo corrió más veloz de lo imaginable, y Ricardo estaba formado en la fila de registro para prensa. Mucho había pasado desde que se fuera de la casa de Doña Angustias. Al Capitán Castañeda lo recordaba con cierto sabor agridulce, no sin agradecerle el haberle enseñado los reco-vecos del periodismo de ultranza, tan de moda en esos años y cuyos practicantes formaran lo que al tiempo se llamaría la vieja guardia. Después de lo de Don Tomás, pasó por la redacción de varios diarios desde reportero hasta jefe de información. Había hecho del periodismo su forma de vida, su profesión. Y ahí estaba... cubriría la Tercera Con-ferencia Episcopal Latinoamericana y la visita del Papa a la ciudad de Puebla, sede del evento.

Muchas preguntas sin respuesta se hizo durante ese tiempo. Seguía creyendo en Dios, pero no en la iglesia, ni en los curas, ni en un sistema eclesial que tenía tantas fracturas... pero seguía estudiando.

 

-Compadre, le damos una vuelta a la autopista? preguntó Joaquín, su compañero y amigo.

-Si quieres...

-Nada más para ver y sentir el ambiente, no?

-Bueno, vamos.

La radiodifusora para la que trabajaban había colocado varios puntos desde donde se transmitiría la llegada del Santo Padre y su recorrido. A ellos juntos les tocaba la mera llegada, el arribo a la ciudad. Su punto era la entrada de la autopista por el Boulevard Hermanos Serdán. Luego, se separarían para que Ricardo se trasladara -por la propia autopista que rodeaba la ciudad- al Seminario Palafoxiano. En el registro oficial, de todo el grupo de su empresa sólo él había podido cubrir los requisitos, así es que sólo él estaría dentro del Seminario. Bueno... él y otros trecientos noventa periodistas acreditados de otros medios y otras latitudes.

Mientras, para la transmisión, otros de sus com-pañeros estaban repartidos en diversos puntos como la confluencia con Reforma, el Zócalo, y San Francisco.

La expectación por la llegada del Papa era tre-menda. Durante su recorrido, Ricardo y Joaquín pu-dieron percatarse del fervor de la gente. Agolpadas a la orilla de la autopista, había miles y miles de personas. Muchas se habían ido a colocar desde la noche anterior con el fin de alcanzar lugar. Eran llegados de todos los pueblos de la redonda. La pareja de periodistas llegó sólo hasta San Martín.

El doble carril que venía de la capital había sido cerrado totalmente; el otro lado era utilizado por prensa y policía para hacer sus recorridos.

Una patrulla les avisó con los brazos que ya venía. Ricardo aceleró el regreso y, dejando el auto en la gasolinera, atravesaron corriendo hasta El Mesón del Angel, a cuyas puertas estaba su centro de transmisión. Su propia apuración agitó a la gente. La masa informe se movió como una ola, todos en su propio lugar, como no queriendo perderlo. Un rumor salió de todas las gargantas ante la inminente llegada del Santo Padre. Joaquín pidió aire y co-menzo a transmitir sus impresiones sobre el am-biente que acababan de vivir a lo largo de la carre-tera. Ricardo intercalaba información sobre el Papa, el Vaticano, el viaje, los problemas de América Latina y el motivo de la visita papal: la Tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana.

El muchacho escuchó decir a su compadre:

-Que curioso es ver reunida a tanta gente, mucha de la cual no profesa precisamente la religión ca-tólica...

Sí, que curioso, pensó para sí. No cabe duda que la admiración por el Papa es grande. Es todo un personaje.

Hasta ese momento, Ricardo no había dado la debida dimensión a Juan Pablo II, recién elevado al trono papal. Para él, era un funcionario más, otro jefe de estado.

En un momento dado, la valla humana pareció lanzarse al centro de la calle, pero no, sólo se asomaban ante las exclamaciones de saludo de los que estaban al otro lado. Ya venía! Ya llegaba el Santo Padre!

Ricardo estaba al micrófono cuando el llamado Papamovil se detuvo frente a ellos. Rodeando el vehículo, jadeaban varios elementos de las guardias presidenciales vestidos de civil. La figura del Papa quedó exactamente frente a Ricardo. Se quedó mudo. Una sensación muy especial le invadió. Joaquín le quitó el micrófono para no dejar silencios en la transmisión.

Los pocos segundos que transcurrieron fueron suficientes para que el Santo Padre, extendiendo bendiciones a izquierda y derecha, volteara en determinado momento hacia el reportero y, fijando su vista en él, hiciera nuevamente el signo de la cruz. Ricardo no salía de su asombro.

No fue hasta que el Papamovil estaba ya bien lejos que, aún con cara de estupefacción, retomara el micrófono e intentara explicar esa sensación que experimentara. Una señora de la alta sociedad, colo-cada tras el puesto de transmisión, escuchando lo que Ricardo intentaba explicar, le dijo:

-Es una sensación de paz... simple y sencilla-mente, de paz...

Ricardo lo repitió al micrófono, y se despidió para pasar los controles al siguiente puesto.

-Estás bien compadre? le inquirió Joaquín.

-Muy bien compadre... muy bien...

 

Mientras manejaba por la solitaria autopista, Ricardo no dejaba de pensar en esos segundos... y en la gama de sentimientos que se le agolparon al verle junto a él. Mecánicamente llegó hasta la parte posterior del seminario; se estacionó y llegó hasta el lugar que le había sido asignado en la sala de prensa. Había seguido por radio, por la misma trans-misión, el recorrido del Papa.  No tardaba en llegar.

Acopló las dos pinzas caimán del cable del mi-crófono en los polos de la bocina telefónica, hizo una prueba de audio y escuchó por el radio de transistores la indicación de que su señal llegaba fuerte y claro.

Un compañero periodista se acercó a él y le rogó que uniera su micro al suyo pues tenía la nariz mormada por una tremenda gripa y no podía hablar lo suficientemente claro para transmitir. La cercanía del momento no aceptaba mayores explicaciones y, así, Ricardo transmitiría para todo sudamerica sin saberlo siquiera.

La puerta de la sala de prensa estaba práctica-mente a la entrada del edificio principal del Se minario, así es que por ahí debía pasar el Santo Padre y la infinidad de obispos y jefes eclesiales que les acompañarían. Los periodistas radiofónicos po-drían salir de la sala con la condición de que se replegaran sobre el mismo muro-ventanal de esa área y sin estorbar a la comitiva. Entre ellos, a no más de cuatro metros de la puerta de entrada, estaba colocado Ricardo.

Juan Pablo II entró y se detuvo en el dintel. Dio la bendición a la prensa internacional y caminó unos pasos. Escuchando alguna indicación, el Papa quedó nuevamente frente a Ricardo. El sentimiento fue el mismo. Su transmisión se tornó un balbuceo que intentaba explicar la irradiación de Su Santidad que, al verle, hizo una leve inclinación de cabeza y le dio nuevamente la bendición.

Bueno... quizá eso pensaba Ricardo. Quizá la bendición era para todos los que le rodeaban. Pero para él, la bendición se la había dado a él, y sólo a él.

Más tarde, y tras un breve descanso, Juan Pablo II salió al patio trasero del seminario, ahí le esperaban cerca de un millón de fieles llegados de todas partes... y Ricardo, que se había colado a un lado del templete, robándose la señal de un teléfono oficial que alcanzara por la ventana medio abierta de una oficina, transmitía el suceso con mayor detalle que los demás. Al arribo del prelado, se suscitó el tercer encuentro… y en la misma forma. Mirada, sonrisa y bendición no hicieron más que confirmarle a Ricardo que el Papa se había fijado en él.

 

Esa  noche no pudo dormir bien. La imagen del Papa se le aparecía a cada rato. Pero no era un insomnio inquieto, no, por el contrario, era un desvelo agradable.

 

Al día siguiente, Ricardo fue de los primeros re-porteros en llegar a la sala de prensa. Ya estaban colocados, sobre cada lugar, instructivos y notas explicativas de los motivos de la Tercera CELAM y los principales puntos a tocar por los participantes.

Los encuentros y las mesas de trabajo serían, obviamente, a puerta cerrada; pero la prensa tenía la oportunidad de entrevistar a los prelados partici-pantes al término de los trabajos cotidianamente.

A Ricardo le asombró ver algunas referencias a los pobres de América Latina.

-Huummm... como si a estos ensotanados les interesara en verdad lo que le pasa a los pobres... se decía.

Sin embargo, poco a poco pudo darse cuenta de que ese interés iba más allá de la mera demagogia clerical. Incluso, como entre los acreditados estaban algunos sacerdotes y monjas corresponsales de me-dios religiosos, pudo darse cuenta de que no era una mera reunión de parapeto, sino todo un encuentro con la verdad en el que había dos corrientes que se enfrentaban duramente: la tradicional, y la llamada Teología de la Liberación, de tendencia más radical en favor de los cambios y la actualización de la iglesia.

Así, sin querer, Ricardo se fue adentrando en la misma medida en que se fue despertando su interés. A la hora de las entrevistas, se había ganado fama de osado por sus preguntas a los grandes personajes del clero no sólo latinomericano, sino mundial, pues hasta ahí llegaron personalidades como el Padre Arrupe, el famoso Papa Negro líder de los jesuitas y del que se decía tenía tanto o más poder que el Papa dentro de la Iglesia Católica. Sin embargo, no era en realidad la osadía la que impulsaba sus preguntas, sino una desesperada ansia por saber más y más.

Esas ansias eran alimentadas por la claridad con que la mayoría de los Cardenales, Arzobispos y Obispos contestaban, tanto como por las revelacio-nes que en ruedas de prensa paralelas daban en el centro de la ciudad simpatizantes de la teología de la liberación.

 

Una mañana, la noticia corrió como reguero de pólvora: cada prelado invitaría a comer a un perio-dista. No se trataba de una entrevista exclusiva, sino de simple y mera convivencia.

Como medida para facilitar esa convivencia, los prelados escogerían como su compañero de mesa a un periodista de su misma lengua.

Llegada la hora, sin embargo y por razones que jamás le fueron explicadas a Ricardo, a él le acom-pañaron a comer un Arzobispo mexicano... y un Cardenal alemán de nombre Joseph Ratzinger. La comida no tuvo nada de extraordinario, pues el arzobispo mexicano era simpático y de buena plática. Con el Cardenal, la situación fue un poco diferente pues el idioma bloqueaba el libre entendimiento; con todo, los buenos oficios del Arzobispo y su latín, lograron algunos comentarios entre el alemán y el periodista.

-Dice Su Eminencia que eres un joven muy avezado en tu profesión...

-Que va! Si prácticamente todavía soy come-curas... contestó el joven reportero.

-Esa expresión no quisiera traducirla... señaló el arzobispo.

-Por qué?... Es la verdad...

-Sí... pero Su Eminencia es el Promotor de la Fe en El Vaticano...

-Y? Eso qué significa?

El prelado mexicano rió abiertamente ante la inocente pregunta de su invitado.

-Sería largo de explicar... pero digamos que... porque se sentiría ofendido...

-Ah... entonces dígale que aquí amamos a alemania por una razón muy simple...

Tras la traducción, vino la pregunta.

-Cual es esa razón?

-Pues porque tenemos el Volkswagen!

La aclaración no necesitó traducirse. Los tres rieron franca y cordialmente.

 

Una periodista colombiana, tan flaca de físico como de recursos económicos, se hizo amiga de Ricardo. Mara Agudelo se llamaba aquella mujer menudita pero de un carácter fuerte y decidido. A leguas se notaba que era liberal y anticlerical, pero firmemente religiosa y creyente.

Fue ella, y varios compañeros sacerdotes-perio-distas, quienes le sacaran de muchas dudas. Mara, por cierto, se quedó algun tiempo después de finalizar la CELAM para conocer el país en el que podía comer, libremente y sin restricciones, un chocolate!

Conocer de repente a los grandes personajes de la Iglesia, tener la oportunidad de departir -y dis-cutir- con ellos como cualquier persona, saber que la gran mayoría sí ve su misión como una opor-tunidad de servicio, le hizo a Ricardo ver con otros ojos religión e iglesia.

Sin embargo, cuando tuvo la oportunidad de pla-ticar con el Padre Carlos, con el que había mante-nido la relación y amistad por todos esos años, se dio cuenta de algo que le llenó de asombro: fuera de lo discutido en la III CELAM... no sabía aún gran cosa de su propia religión!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día, al salir del Seminario tras una de sus charlas con el padre Carlos, Ricardo se detuvo ante el pizarrón de avisos: un papel amarillo anunciaba la realización de un Curso Bíblico.

Le interesó saber cómo se seguía el estudio de la Biblia por parte de los propios sacerdotes para los laicos, pues así rezaba el anuncio.

El curso se daría en las instalaciones del Semi-nario y fue de inmediato a inscribirse. No bien salía de cumplir con la formalidad cuando ahí, en el mis-mo tablero de anuncios, notó otro letrero anuncian-do otro curso Biblico, sólo que éste dado por la Teo-logía de la Liberación y en la Casa de la Cristian-dad, justo al otro lado de la ciudad..

Quiso establecer diferencias, y se lanzó a inscri-birse también en ese.

Sería una carga tremenda, cubrir durante el día los trabajos de la III CELAM, pasar su información al noticiero de las dos de la tarde y, a las seis asistir al Curso Biblico tradicional para saltar práctica-mente de su asiento y recorrer media ciudad para estar presente en el de la Teología de la Liberación.

Sin embargo, le interesaba. El tema de la Teolo-gía de la Liberación estaba en boca de todos.

Le pidió al padre Carlos que -en caso de enredar-se un poco- le prometiera ayuda, esa ayuda desinte-resada que siempre le había ofrecido.

-Claro que sí... sobre todo ahora que vas a ser mi alumno...

-Tu alumno?

-Claro... ya vi tu nombre en mi lista...

-Tú das el Curso Bíblico...?

-Sí... el de la Teología de la Liberación...

Ricardo se quedó de a seis. Él esperaba que quienes dieran ese curso fueran gentes con facha de guerrilleros o disidentes al menos, no curas del clero regular.

-Pero...

-Qué te asombra? Ya sabrás todo sobre esa nueva corriente dentro de la Iglesia y que, contra todo lo que se ha especulado, no es contraria ni a la Biblia, ni a los principios fundamentales de nuestro dogma. Es, simplemente, ver de una forma más realista la relación de la iglesia con su pueblo... pero ya escucharás mis argumentos en el aula.

Ricardo, sin saber porqué, se retiró satisfecho y orgulloso de que su amigo fuera a ser su maestro.

 

-Para entender la Teología de la Liberación, debemos analizar los períodos importantes en el proceso de su formación, y que dividiremos en tres bien definidos: gestación, génesis y crecimiento, señaló Carlos con voz fuerte y muy clara en el pequeño salón de usos múltiples de la Casa de la Cristiandad, y ante unos cincuenta asistentes cuya mayoría eran laicos.

El primer período, el de gestación, comprende de 1962 a 1968  y le llamaremos El hito histórico de Sínodo Regional de Medellín.

Juan XXIII inauguró el concilio Vaticano II en 1962 para poner al día a la Iglesia y su misión. En aquel entonces los episcopados latinoamericanos, por su escasa participación en el Concilio, fueron denominados la Iglesia del Silencio. Las preocupa-ciones y problemática de los grupos europeos domi-naron la temática. Pero el Concilio abría puertas y ventanas para que las regiones e iglesias locales se preguntaran sobre cómo evangelizar desde su propia situación.

Los teólogos en América Latina, hasta el Vati-cano II, habían hecho aportes muy escasos a la Iglesia universal. La fuerza y riqueza del empuje misionero en nuestros pueblos contrastaba con la exigua producción teológica. Sin embargo, la opor-tunidad de reunirse que el Concilio ofreció a los obispos latinoamericanos y algunos teólogos, y el clima eclesial de apertura, búsqueda y creatividad teológica, facilitó el que algunos de ellos se reunie-ran y empezaran a reflexionar a la luz de la fe, desde la originalidad de nuestra situación y cultura.

Pablo VI recibió gustoso la propuesta de Mon-señor Larraín, portavoz del episcopado, de reunir la segunda Conferencia general del Episcopado en el año 1968 en Medellín. Los años de 1966 a 1968 supusieron una eclosión impresionante de reunio-nes, declaraciones, documentos, ya sea a nivel nacional o regional, de diversos grupos cristianos situados en los diferentes estratos del pueblo de Dios. Contrastaba esta vitalidad y efervescencia con la anterior de una “Iglesia del silencio”. La raíz de este hecho fue que, al abrir ojos y ventanas a la realidad circundante, ésta penetró en la Iglesia con toda su vitalidad.

La problemática que aflora en dichos documen-tos muestra la influencia de los cristianos que ya estaban comprometidos con los cambios sociales. El hecho de la explotación de las masas populares saltaba a la vista en los cinturones de miseria urbanos, en los campesinos a los que merodeaba continuamente la miseria. Esta experiencia y los estudios sociales sobre el por qué de esta situación de dependencia se difundieron y sacudieron la conciencia cristiana de muchos buenos pastores. Una nueva conciencia eclesial empezó a tomar forma a partir del modo nuevo de vivir la fe de aquellos que estaban comprometidos con los pobres y su liberación.

El Sínodo regional de Medellín es un hito que parte la historia de la Iglesia latinoamericana en este siglo. De una Iglesia dependiente de Europa para su reflexión teológica y su pastoral, se pasa a una Iglesia con temas y elaboraciones propias, aunque sea en forma incipiente.

-Es decir, y perdón por la interrupción, señaló Ricardo levantando la mano al mismo tiempo, que desde la época de la colonia la iglesia seguía dependiendo directamente de la romana?

-Bueno, en su dependencia directa sigue depen-diendo de Roma y del Papa, pero me refiero a que la iglesia latinoamericana había vegetado con las ideas, formas, y productos de la europea. Es decir, no había aportado nada, como ya lo dijimos, a la iglesia universal. Y es que la forma de vida de nuestros pueblos es tan diferente a la del resto del mundo...

En la variedad de asuntos tratados en Medellín, no desaparecen ni quedan opacadas estas realidades y temas centrales. La preparación de la Conferencia había recogido en sus diversas reuniones la voz y situación de nuestros pueblos. Por ello, los temas nucleares en Medellín fueron:

-los pobres y la justicia;

-amor al hermano y la paz en una situación de violencia institucionalizada;

-unidad de la historia y dimensión política de la fe.

La sensibilidad de nuestros pastores recogió en Medellín la dolorosa realidad de las masas de empobrecidos.

“El episcopado latinoamericano no puede quedar indiferente ante las tremendas injusticias sociales existentes en América latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza cercana en muchísimos casos a la inhumana miseria. Un sordo clamor brota de millones de hombres pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte”, reza el documento sobre Pobreza.

Sobre esta situación, los obispos ofrecieron el siguiente juicio:

“Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo”.

Como pastores, lúcidamente señalaron que el avance no consistía sólo en conocer y denunciar esa injusticia, sino, sobre todo, en trabajar para poner remedio a esa situación:

La pobreza de tantos hermanos clama justicia, solidaridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica encomendada por Cristo.

El tema del amor a los hermanos oprimidos, que implica luchar por la justicia y la paz, es clave en la teología de Medellín. ¿Cómo vivir el amor cristiano en esta situación? ¿Qué tareas se deben privilegiar? ¿Cómo ser constructores de la paz?

“Si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, el subdesarrollo latinoamericano con características propias en los diversos países es una injusta situa-ción promotora de tensiones que conspiran contra la paz”.

Más adelante señalarán que allí donde se encuen-tran desigualdades sociales, se da un rechazo a la paz del Señor y por consiguiente al mismo Señor. Ante estas realidades se invita a transformaciones globales y audaces:

“América latina se encuentra, en muchas partes, en una situación de injusticia, que puede llamarse de violencia institucionalizada. Tal situación exige transformaciones globales, audaces, urgentes y pro-fundamente renovadoras”.

La reflexión sobre la realidad expresada por los obispos y los compromisos consiguientes pudieran parecer entonces como la irrupción en terreno vedado: el mundo de lo social, de lo político. Para abordar la temática de la unidad de la historia y de la teología de la encarnación que la sustenta, se aprovecharon los avances del Vaticano II, puestos a producir también en su rica dimensión pastoral. El progreso humano es crecimiento en Cristo. La tarea de la pastoral es “ayudar a pasar de formas menos a más humanas de vida”. El crecer humano es ya divinización. Nuestra divinización se da en el creci-miento, en el progreso humano. Ante esta temática aparece el reto de profundizar qué sentido tiene la liberación humana y la acción eclesial en ella: qué relación existe entre reino de Dios y emancipación humana.

La realidad latinoamericana, los retos teológicos-pastorales que brotaban de ella y el modo de acercarse a ellos en la reflexión de fe, se fueron delineando en los años posteriores al concilio y preñaron y dieron forma al profético Sínodo regional de Medellín...

Por hoy es todo, espero que reflexionen sobre lo charlado y mañana nos reunimos nuevamente, para ver el segundo período. Alguna duda?

-Más que duda, me gustaría hacer una obser-vación -comentó un empresario que asistía atraído por el concepto controvertido- hablar de transforma-ciones globales, audaces, urgentes y profundamente renovadoras suena a revolución...

-Efectivamente, suena revolucionario, de ahí que los medios y algunos detractores -más que la misma Iglesia- han denostado este movimiento desde que nace; por eso, y porque algunos de sus más fieles seguidores o promotores adoptan una posición que les hace ver como tales... pero de eso ya hablaremos más adelante.

-Padre... a esta corriente pertenece Monseñor Lefebre? cuestionó una dama de mediana edad.

-No, Marcel Lefebre, por el contrario, está en contra de la apertura de la Iglesia que se ha dado precisamente en el Concilio Vaticano II; podríamos considerar que Lefebre es tradicionalista, más que revolucionario.

Podemos ver aquí tres escalones: en el primero, está Lefebre y quienes se aferran a que la Iglesia debe ser inamovible, tradicional, sin cambios pues; en el segundo escalón, está el Concilio Vaticano II que busca un cambio moderado, una actualización seria, un sincronismo con la actualidad pero dentro de su norma y dogma y, finalmente, está el tercer escalón en el que está la Teología de la Liberación que busca ese mismo cambio pero más acelerado, más actuante, más para con la identificación de los pobres.

Sin declararlas como corrientes, diría que son tres visiones sobre un mismo tema.

 

Qué curioso, decía Ricardo para sí tendido en su cama cuan largo era, yo pensé que al tomar los dos cursos bíblicos encontraría diferencias, pero no, por el contrario, coinciden prácticamente en todo.

Pero... entonces... por qué es tan denostada la Teología de la Liberación si, al final de cuentas, no pide más allá de lo que el propio Jesús ofrecía: ver por los pobres antes que nada.

Creo que debo saber más todavía sobre la Iglesia.

Sin decir más, viendo su reloj, se levantó rápida-mente y bajó al portal, dio vuelta sobre la Av. Cinco de Mayo, y llegó apenas a la Ilustración, una de las más grandes papelerías y librerías de la angelópolis.

-Disculpe... puede venderme un libro todavía?

-Mhhhuuu... cuál quiere?

-Cualquiera que traiga la Historia de la Iglesia?

-De cuál iglesia?

-No... la historia de la Iglesia como institución...

-A ver... déjeme ver...

A los pocos minutos la empleada llegaba cargan-do tres libros referentes al tema que Ricardo bus-caba.

-Nada más tengo esto...

-Cuánto es de los tres?

-Doscientos veinte pesos...

-Me los llevo...

 

La noche se le hizo corta para leer, de cabo a rabo, uno de los ejemplares adquiridos. Era el que contenía un lenguaje más sencillo, más entendible para el lego.

Junto a él, en la cama, estaba una libreta abierta en la que anotaba dudas o comentarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No daban las ocho de la mañana cuando Ricardo ya estaba escribiendo una nota que complementaba su información para el noticiero de ese día. En recado aparte le señalaba al Jefe del Noticiero que no iría y que dejaba la grabación de una entrevista realizada a Moseñor Obeso, Arzobis-po de Xalapa.

Estaba acomodando la entrega sobre el escritorio de Gonzalo cuando entró Joaquín.

-Quihubo compadre... por qué tan temprano?

-Porque no voy a estar presente en el noticiero... tengo un compromiso, pero aquí dejo material...

-Oye... y ese libro? ya te he visto varios sobre religión... no te me estarás volviendo cura?

-Já... tú lo que buscas es quien te confiese y te perdone por pura amistad, verdad gordo?

-Oiga Usted...

-Bueno, pues ahí les dejo eso... nos vemos mañana...

-Chao compadre... suerte!

 

Se regresó a su departamento y empezó el segundo libro. Saber más sobre la iglesia, su religión, sus facetas, se estaba volviendo obsesión en Ricardo.

 

Cerca de las doce, tomó su carro y se encaminó al Seminario. Pasó por Mara al hotel y llegaron a tiempo para encontrarse con los obispos que salían de la sesión matutina.

Ricardo midió a varios de ellos y se lanzó sobre el Obispo José Llaguno cuestionándolo sobre la penetración que tenía la teología de la liberación en la Conferencia.

El Obispo se le quedó viendo, sonrió, y dijo brevemente:

-El camino es duro pero está empedrado con buenas intenciones. Con seguridad puedo comen-tarle que el resultado final será más que favorable para nuestra tierra latinoamericana. Y no me pre-gunte más... se lo ruego...

Junto a la grabadora de Ricardo se habían colocado al menos otra treintena de ellas.

Una religiosa, a quien sólo conoció como la Madre Mercedes, le llamó aparte y le comentó que en la sesión vespertina del día anterior el Obispo de El Salvador, Monseñor Romero había urgido el apoyo de sus compañeros. Tras una larga arenga sobre la situación en ese país, casi con lágrimas en los ojos dijo: "si no me apoyan, me matan". Durante unos segundos se había sentido un inmenso silencio. Se refería al gobierno de su país, pues el Obispo se había significado por su amplio apoyo a los pobres.

 

El día se le hizo larguísimo. Es más, ese día no asistió al Cruso Bíblico tradicional. Desde las seis de la tarde estaba sentado a la mesa de una cafetería esperando que dieran las ocho para entrar a la Casa de la Cristiandad.

Mientras tanto, no dejaba de leer el segundo libro sobre la historia de la iglesia.

Se le hacía más enredado que el anterior. Como que sus conceptos eran más académicos, más para sacerdotes que para laicos.

Le absorbió tanto la lectura que la mesera fue la que le llamó la atención sobre la hora.

-Joven, son siete y media... su cita es a las ocho, no?

-Sí, gracias... contestó levantándose y sacando un billete que entregó a la chica.

 

-Vamos a dar una revisión ahora al segundo período, que hemos llamado génesis o principio, y que comprende de 1969 a 1971, dijo el Padre Carlos levantándo un poco la voz para atraer la atención.

Las instituciones, esbozos, artículos, simposios, las orientaciones de Medellín, las búsquedas y profundizaciones posteriores vinieron a cristalizar en el libro de Gustavo Gutiérrez: Teología de la liberación. El esfuerzo teológico de los sesenta encontró forma y cauce en este trabajo. En él se expresa con claridad y penetración el tema central del quehacer teológico en América latina:

“Hablar de una teología de la liberación es buscar una respuesta al interrogante: ¿qué relación hay entre la salvación y el proceso histórico de liberación del hombre?”

Se aborda el tema con el método teológico que hemos descrito con anterioridad, el cual se delinea y profundiza en ese estudio. Y se abren las perspec-tivas para repensar y resituar los grandes temas de la teología.

El libro de Gutiérrez es un hito, un salto cuali-tativo en la teología latinoamericana; marca el antes y después. Mencionarlo como hito, no significa que la obra quedó concluida, ni que no tuviera raíces previas. Está todavía en proceso. Pero este libro dibujó los trazos maestros para elaborar una teolo-gía de la liberación. Los trazos y cimientos de una construcción no son ya toda la casa, pero esa casa surgirá sobre esos cimientos. El pensamiento teoló-gico latinoamericano llegó a alcanzar vida propia con dicho estudio.

Es importante recalcar el hecho de que ni en el campo teológico ni, significativamente, en el campo pastoral surgió la indiferencia ante la reflexión y compromisos consecuentes de la teología de la liberación tal como la expresó G. Gutiérrez. Decenas de libros surgieron desde esa perspectiva y decenas lo criticaron. ¿Qué libro y teología proveniente de Latinoamérica ha desencadenado tal quehacer teológico? Esto es lo que queremos enfa-tizar al destacarlo como un hito en el pensamiento eclesial latinoamericano. El trabajo de Gutiérrez tiene carácter de paradigma para entender y juzgar lo que se entiende por teología de la liberación y así diferenciarla de otras reflexiones teológicas.

Además de lo dicho conviene destacar algunos puntos importantes que han marcado la dirección de la teología posterior.

En el Método teológico, se estudiaron y resi-tuaron las tareas clásicas de la teología que se enriquecen ahora con la función de la teología, tam-bién como crítica del accionar humano y eclesial. Se aprovechan los avances y el lenguaje de las ciencias sociales.

En la Elaboración de los conceptos fundamen-tales de la teología de la liberación se vierten conceptos tales como el pobre y la pobreza, libe-ración, utopía, salvación, son esclarecidos y expues-tos de tal forma, en sus varios niveles y perspec-tivas, que se evitan confusiones e impulsan a una mejor práctica.

En la Reorientación desde la praxis de libe-ración de los grandes temas de la existencia cristiana, la recuperación de la manifestación privilegiada del Señor en el pobre y la consiguiente perspectiva teológica, ofrece renovada riqueza y correcta visión al encuentro con y seguimiento de Cristo. Se analizan también la fe y su dimensión y responsabilidad política en una situación de injus-ticia y violencia institucionalizada, la Iglesia y su misión ante la tarea de construir una sociedad fraterna, la vivencia, en esta tarea, de la escatología.

En la Espiritualidad y teología espiritual se enfatiza, al presentar el quehacer teológico de forma unida, vital y orgánicamente a la vida humana y eclesial, que toda auténtica teología es teología espiritual. Esta no es un tema o cuestión aparte. La reflexión de fe debe ser y traducirse en sabiduría cristiana.

Y en la Temporalidad de la teología de la liberación, mérito no pequeño logra G. Gutiérrez al destacar que esta y toda reflexión teológica tiene significatividad histórica, en tanto prevalezcan los problemas, necesidades y características en la socie-dad y la Iglesia que le dieron origen. Es una teología en la historia de la salvación.

El momento de génesis que significó la reflexión de la liberación de Gutiérrez fecundó y dinamizó de manera decisiva el quehacer teológico en toda América latina. Recogió y relanzó el espíritu y dinámica del Concilio y Medellín. La década de los setentas será el escenario del crecimiento de esta reflexión.

De todo esto, se desprende el tercer período, el del Crecimiento, que comprende de 1972 a la fecha, 1979, y que hemos titulado Temores y esperanzas.

El fervor profético emanado del Concilio y Me-dellín encontró eco en muchos cristianos latino-americanos. Estos se empeñaron en poner en prác-tica los compromisos evangélicos a que invitaban los obispos. Se abrieron valiosas experiencias apos-tólicas. Se reabrieron sendas y caminos que habían quedado cubiertos por el tiempo.

Ese fervor profético pronto topó con la reacción del sistema dominante. Cristianos y no cristianos empeñados en la liberación sufrieron duros golpes. El golpe de Pinochet en Chile marcó la pauta. Los regímenes de seguridad nacional se difundieron por todo el subcontinente. Se apoyó económicamente a esos gobiernos dictatoriales y corruptos con petro-dólares que era necesario hacer circular para la transnacionalización de la economía y su comercio y colocar el grillete de la deuda externa en nuestro pueblos, nueva forma de servidumbre y explotación. Es más, fuertes sectores de las jerarquías eclesiás-ticas dieron la espalda al Concilio y Medellín.

Por otra parte, bajo capa de frenar el avance del comunismo internacional, muchos sacerdotes, reli-giosos, y aún algunos obispos, no sólo fueron vistos como sospechosos por su compromiso con el pobre, sino que fueron seriamente atacados y marginados en sus iglesias locales o congregaciones.

La liberación del oprimido acarreó pesadas cargas a las ya existentes. Sin embargo, a pesar de las muchas dificultades y persecuciones, el nuevo germen de Iglesia, en el espíritu del Vaticano II y Medellín, fue avanzando. Baste considerar el creci-miento de las comunidades eclesiales de base del año 1968 a 1979. Asimismo, la reflexión de fe, que acompaña a ese proceso social y eclesial, fue creciendo y purificándose en las pruebas.

A finales de 1976 se convocó una nueva reunión general del Episcopado latinoamericano que tendría lugar en Puebla. Su finalidad, se afirmaba, era intentar recoger y evaluar el proceso eclesial desde Medellín. Dicha convocatoria suscitó un intenso trabajo teológico. De hecho fue un estímulo eficaz para purificar, profundizar y ampliar el servicio de la teología de la liberación. Los estudios y aportes de las Iglesias locales y nacionales exigieron a las mismas el reflexionar sobre su ser y su quehacer.

A aquel grupo de Segundo Galilea, J. L. Según-do, H. Assmann, Míguez Bonino, Gustavo Gutié-rrez, etc., que ayudó a gestar la teología de la liberación, se sumaron en la década de los setenta, entre otros, varios teólogos de gran valía como Leonardo y Clodovis Boff, Raúl Vidales, Ronaldo Muñoz, Jon Sobrino, Pablo Richard, Enrique Dussel, Ignacio Ellacuría, etc. Con este conjunto de teólogos, y los que colaboran en torno a ellos, se avanzó en el tratamiento de los diversos temas teológicos.

El caminar de iglesias locales y grupos cristianos con su acento original e independiente, en el espíritu del Concilio, suscitó temores y esperanzas. En ese clima se vivió una verdadera efervescencia de expe-riencias y reflexiones, no sólo en el ámbito eclesial, sino en buena parte de la sociedad. ¿Qué posiciones asumiría la reunión de Puebla? ¿Qué diría sobre la misión de la Iglesia en el subcontinente? ¿Qué posición asumiría con respecto a Medellín? ¿Qué juicio haría sobre la inspiradora y ahora temida teología de la liberación?

Durante el año 1977, el grupo directivo de la CELAM preparó un documento de trabajo para la Conferencia, desde una ideología lejana al pueblo, y consiguientemente lejana a sus logros; pero fue rechazado por la mayoría de los episcopados nacio-nales. Tuvo que rehacerse y disminuir un poco su tono negativo. Para evitar que se difundiera, y sobre todo que se le criticara, se envió con tiempo justo para que se recibiera poco antes de la reunión episcopal. Fue enviado con la aprobación de Juan Pablo I, que en agosto de 1978 había sucedido a Pablo VI. Juan Pablo I anunció que iría a Puebla, y pocos días antes de su muerte ya se había enviado el documento de trabajo. La Conferencia se retrasó de octubre de 1978 a enero-febrero de 1979. El ambiente y metas puestas por el documento de trabajo se diluyeron. Tal como se vivió Puebla, y como puede verse en sus actas, dicho documentos careció de relieve: ni ayudó, ni estorbó.

Lo que impacta es recordar los muchos modos en que los pequeños grupos eclesiales buscaron hacer llegar su voz hasta los obispos. Reuniones, envío de delegaciones, desplegados periodísticos, etc., llena-ron el ambiente previo a la Conferencia. Muy ilumi-nador fue el documento preparatorio de los religio-sos, elaborado por la CLAR. Por lo que toca a los obispos se asesoraron de muy diversas maneras. Pero lo que fue común y muy profundo, fue la oración del pueblo de Dios impetrando al Señor que enviara su Espíritu a Puebla.

El papa Juan Pablo II, en su primer viaje, quedó impresionado por la cálida y cariñosa bienvenida que le dio el pueblo de México. Inauguró la Conferencia, y en marzo de 1979 aprobaría el documento final. En éste se responde a las principales inquietudes de aquellos momentos. Fue producto de la amplia y sincera oración de millones de católicos y el esfuerzo de los que participaron de alguna manera en esos trabajos. El eje central del llamado y de las orientaciones de la Conferencia de Puebla responde a las cuestiones centrales, que no son otras que las abordadas por la teología de la liberación, y son así una evaluación crítica de la misma. Lo podemos sintetizar en cuatro puntos:

- Análisis de la realidad, visión pastoral y discernimiento. En esos años el tema del análisis de la realidad era candente. En algunos medios muy conservadores, se confundía hacer ese tipo de aná-lisis con ateísmo; analizar los aspectos económico, político, ideológico para acercarse a la realidad, con atacar a la Iglesia. En el capítulo primero, denomi-nado visión pastoral, sin embargo, no sólo se aprue-ba, sino que se usa el análisis de la realidad en los niveles económico, político e ideológico. Lo impor-tante viene a ser ahora cómo se usa bien un ins-trumento. Y los obispos lo usan con la perspectiva de los pastores: el énfasis está en la visión pastoral, en contraposición a otra visión sociológica, etc. Unos pastores sin visión de la realidad, mal podrían juzgar de ella y discernir el bien del mal. El instrumental metodológico central en la teología de la liberación viene a ser aprovechado y avalado en Puebla.

- Misión de la Iglesia: la evangelización libera-dora. Ante el pecado social discernido en el capítulo primero, se urge a una evangelización liberadora, a ejemplo de Cristo, cuya continuadora es la Iglesia. Se señala que “la Iglesia, del modo más urgente de-bería ser la escuela donde se eduquen hombres capaces de hacer historia de nuestros pueblos hacia el Reino”. Este llamado y necesidad se hacían más apremiantes, ya que la situación de injusticia institucionalizada se había agravado en la mayoría de nuestros pueblos, como enfatizan los obispos: “Los pastores de América Latina tenemos razones gravísimas para urgir la evangelización liberadora”. Así se recoge y hace suyo el núcleo central de la teología de la liberación que manifiesta cómo el Señor llama a la liberación. Liberar, hacer la justicia, es hoy el modo verdadero de amar a Dios y los hermanos.

- Liberación y reconfiguración de la Iglesia y la sociedad. “En esto reconocerán que son mis discí-pulos: si se aman unos a otros (Jn 13, 35). Cuando los hermanos viven unidos y compartiendo sus bienes, con especial atención a los pobres y desam-parados, es señal de la presencia del Señor. Los pastores reunidos en Puebla elevaron su voz para destacar que la evangelización liberadora estaba en marcha en las comunidades eclesiales de base, “las cuales son motivo de alegría y esperanza para la Iglesia. Medellín no sólo generó conciencia, sino impulsó eficazmente a vivir como hermanos, cuya concreción son las comunidades. La renovación empieza en casa, no sea que suceda que la Iglesia, en sus llamados, “sea candil de la calle y oscuridad de la casa”, como enseña la sabiduría popular. Desde la renovación propia en las comunidades eclesiales, y de modo particular desde ellas, la Iglesia latinoamericana se lanzó a su misión de cooperar en la liberación de nuestros pueblos y en la construcción de la nueva sociedad pluralista. El documento indica que las comunidades “se han convertido en focos de Evangelización y en motores de liberación y desarrollo. La Iglesia ofrece sus brazos y corazón a todos los que se empeñan en la construcción de una sociedad justa y fraterna en que se respeten los derechos humanos. Los grupos hu-manos y eclesiales, que alimentan privilegiada-mente la reflexión teológica de la liberación, son avalados y reimpulsados por el Sínodo de obispos latinoamericanos.

- Evangelización liberadora y la opción prefe-rencial por los pobres. El modo, el estilo, la estrategia, no puede ser otra que la dejada por Jesús, que nació, vivió y evangelizó en pobreza, solidario con los pobres. Esta realidad se ha recuperado en todo su vigor y cuestionamiento en la teología de la liberación. Y nuevamente los obispos apoyan con su magisterio la opción por los pobres, subrayada por Medellín. Es más, a partir de esta opción la Iglesia quiere llamarse “la Iglesia de los pobres”. En comunión solidaria con el pobre y su proyecto histórico camina la evangelización. Esta orientación enmarca la opción por la justicia que subrayan los obispos y que presentan como tarea: constructores de la nueva sociedad, como vimos. Desde esta perspectiva de la opción por los pobres y su justicia se subraya proféticamente la opción por los jóvenes, como opción por el futuro, como rechazo el presente pecaminoso, como actitud transformadora y activa ante la realidad. Así pues, la opción pre-ferencial por los pobres no se ve como algo romántico o lejano, sino que entraña la búsqueda de la justicia con corazón joven cargado de esperanza.

Como es normal en el caminar de la Iglesia en concilios y sínodos se ventilaron diversos puntos. Pero éstos como vocaciones, ministerios, educación, salud, etc, quedaron reorientados desde la perspec-tiva del eje, del núcleo central del mensaje de esos sínodos. Ciertamente la Conferencia de Puebla responde a las graves cuestiones que se le plantea-ron. Clara y repetidamente avaló a Medellín y su profetismo. Subrayó que la misión, hoy, de la Igle-sia está en la práctica de la liberación en el espíritu de Jesús. Recogió, aprovechó y reimpulsó el servi-cio de la teología de la liberación, como hemos ido destacando.

4. Consolidación (1979-1987): Hacia la madu-ración en medio de conflictos

Al trabajo realizado en Puebla por los teólogos de la liberación seguirá el de facilitar la lectura y difusión de su mensaje. Esta labor llenará buena parte del año 1979. Era muy importante que el pueblo, que había orado y reflexionado sobre su caminar, conociera y comentara los aportes de los obispos. Con aire primaveral, en muchas comuni-dades eclesiales de base, fueron recibidos los docu-mentos de Puebla. Se abrieron algunos espacios para vivir la fe y esperanza en la práctica de la liberación. La tarea descrita evitó la ignorancia o deformación del documento de Puebla en algunos sectores del pueblo de Dios.

Pero la consolidación que se fue logrando en estos años, será también polémica, pues se irá generando un tono general que enlaza con el ambiente anterior a Puebla: sospechas, desconfían-za, ataques. En medio de conflictos, la teología de la liberación seguirá ahondando en sus rasgos propios y pasará a ocupar un lugar primordial en la teología de los ochenta.

La riqueza de la reflexión teológica latinoame-ricana seguirá dependiendo de la gran riqueza evangelizadora de varias Iglesias locales y de muchas comunidades eclesiales de base; signo de la esperanza de que algún día se hará presente una realidad diferente a la explotación que sufren las mayorías de nuestros pueblos...

 

Ricardo se levantó caminando como autómata… se encaminó a la salida y fue la voz del Padre Carlos la que le volvió a la realidad.

-Adiós siquiera…

-Perdón Carlos… es que me dejaste aturdido. Jamás pensé en una realidad tal en Latinoamérica. Uno vive su entorno y, a veces, ni eso…

-Ahhh… veo que ya empiezas a madurar…

-Bueno, si a eso se le llama madurar…

-Claro… tener conciencia de uno mismo, de sus actos, de su entorno, es madurar… no puedes pensar igual cuando el egocentrismo te apresa… cuando te das cuenta de que vives en un mundo en el que lo que le pasa al más lejano habitante del planeta te afecta a ti también, entonces empiezas a comprender la vida…

-Gracias Carlos… no sabes lo bien que me han hecho tus pláticas… Dios te bendiga…

Ese Dios te bendiga le salió espontáneo, sincero, y el sacerdote no lo dio por desapercibido…

-Ya eres mío, dijo tomando a Ricardo por el hombro… ya eres mío…

Ricardo no respondió, se dejó abrazar y siguieron caminando...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El trabajo se había multiplicado con la misma velocidad que el tiempo, pero la nueva fase le daba cierta independencia. Era ya cabeza de la gerencia regional de una de las más importantes agencias de noticias mexicanas.

Un domingo, al dirigirse a la Catedral, se topó con la muchedumbre que salía de la misa de mediodía. Naturalmente que él caminaba en contra del ritmo de la multitud. Pretendía entrevistarse con el Arzobispo de Puebla. De pronto, sobresaliendo por su altura, alcanzó a ver a un Diputado Federal que al notarle se agachó pretendiendo esconderse entre su propia familia. Ricardo, más por maldoso que por malicia pues era su amigo, se encaminó directamente a él haciéndose el sorprendido al encontrarle.

-Vaya... mira qué tenemos aqui! Nada menos que a nuestro diputado más querido saliendo de misa...

La inexistencia de relaciones con El Vaticano y, por ende con la iglesia, obligaba a todo funcionario a pasar por ateo, y cuidadito y se citara un Dios quiera! o algo parecido, porque se convertía en un cadaver político.

Por esto, y ante esto, el diputado aquel le dijo a Ricardo apelando a la amistad:

-Hola Ricardo... oye... no friegues... no vayas a publicarlo porque me quemas... ok?

-Ni mencionarlo, dijo sonriendo por haberle dado un mal rato al amigo, a quien había apoyado desde sus primeros pasos en la política.

El suceso, sin embargo, despertó en él una inquietud más periodística que personal: por qué, en un país 95 por ciento católico, apostólico y re-mono, como le llamaba, quienes regían los destinos de la nación eran masones?

El “pase Usted” del antecámara del Arzobispo le sacó de sus cavilaciones.

-Adelante, amigo mío, invitó el prelado. Le parece bien que realicemos la entrevista aquí... o vamos a otro lugar?

-No... está bien Monseñor.

-Pues... a sus órdenes...

Ricardo siguió el orden de las preguntas pre-establecidas pues el prelado siempre les pedía que le hicieran saber qué y sobre qué le iban a cuestionar, lo que aceptaban por respeto a su investidura, pero más que nada por su carisma personal.

-Monseñor, dijo Ricardo al finalizar, podría preguntarle algo fuera de agenda y que es más una preocupación surgida en mí?

-Adelante...

-Por qué se ha permitido que la masonería gobierne México? Qué no somos un país práctica-mente cien por ciento católico?

-Lo vas a publicar?

-No... repito que es una inquietud mía, muy mía...

-Bien... no quisiera entrar en polémica con mi respuesta, pero hay un libro que define bastante  bien la situación. Te lo voy a regalar. Si después de leerlo quieres platicar conmigo, sólo avísale al ecónomo.

Al salir de la Catedral, Ricardo se encaminó con el libro bajo el brazo a la mesa del café del portal que subsistía a pesar de los años. Es más, ahora era frecuentada prácticamente por puros periodistas. Sólo uno que otro extraño, como el padre Carlos que seguía siendo asiduo, se atrevían a llegar hasta el conjunto porque ya no eran extraños en sí.

Aunque los temas que se tocaban eran muy variados al principio, casi siempre se desembocaba en uno final al que se iban sumando poco a poco los demás debido a su interés, creándose verdaderas polémicas que causaban cierto escándalo en el pacífico portal dado el elevado tono de voz de alguno durante la discusión.

Esa tarde la polémica se desataría sobre el tema que llevaba Ricardo.

-Mira, dijo el gordo reportero de El Heraldo, la historia señala que los grandes problemas del país se desatan por broncas internas entre los masones. Unos son del rito yorkino y otros del escocés. No recuerdo bien, pero creo que los liberales eran del yorkino y los conservadores del escocés...

-Sí... pero, por qué se les entregó el país? Por qué gobierna una ínfima minoría antireligiosa a una inmensa mayoría católica?

-Pues...

-Lo que yo sé, terció un flaco corresponsal del Excelsior, es que el único que medió entre los masones yorkinos y los escocéses fue Guadalupe Victoria, a fin de detener sus discordias y venganzas que tanta sangre le había ya costado al país.

-Qué bueno, carajo, pero mi pregunta es si alguien sabe por qué estos cabrones gobiernan a México desde siempre? exclamó enardecido Ricar-do.

-Yo sé... dijo calmado el viejo editor de uno de los semanarios de más penetración en la ange-lópolis, y lo sé porque soy masón...

-Pues desembucha cuate... le urgió otro de ellos mientras el padre Carlos sólo sonreía.

-Podría, pero no debo... ustedes saben... son cosas secretas...

-Vete al carajo! exclamaron varios al mismo tiempo, dándole uno de ellos un amistoso golpecillo en la cabeza.

-Tranquilos... tranquilos... dijo el padre Carlos tratando de pacificar los ánimos.

-A ver... a ver... que hable Carlangas, pidió el gordo.

-Miren, la Universidad Autónoma del Estado de México, en su boletín informativo del Colegio de Cronistas, señala que la Primera Revolución Educa-tiva, o Revolución Laica, propiciada por el pensa-miento liberal de don José María Luis Mora y plasmada, con todos sus detalles, en la Constitución Política del Estado de México de 1827 se debió a que, en el seno del Congreso Constituyente del Estado de México, había una inmensa mayoría de diputados que pertenecían a las logias masónicas del Rito Antiguo Escocés, llegado de Europa y obvia-mente con la colonización española que, al tornarse en patrones, jefes y autoridades, se vuelve un rito en el poder. El partido escocés, como se le empezó a denominar en esos años, era el que tenía mayoría, el que votaba y obviamente, resolvía las cuestiones importantes.

Por ese tiempo, el señor Joel R. Poinsett fue elevado a la categoría de Embajador Plenipoten-ciario de los Estados Unidos de Norteamérica en México; se acercó a Iturbide, con quien tuvo dife-rencias profundas y, más tarde, lo hizo con el gobierno del primer presidente, el general Guada-lupe Victoria, con quien, entonces, llegó a algunos acuerdos. Esa supuesta mediación de la que hablaba el flaco. Uno de esos acuerdos fue el de la importación de los ritos masónicos de los Estado Unidos, lo que Poinsett logró, en una forma récord para la época, ya que en un período de tres meses hizo que se entregara la carta fundacional de la “Logia Yorkina de México”, proveniente de la matriz de Nueva York. En esos tres meses se pidió y regresó la autorización, y se fundó la famosa Logia Masónica del Rito Yorkino en la Ciudad de México.

Esta logia representó, en consecuencia, un con-trapeso dentro de las instituciones, principalmente del gobierno y del Congreso, con respecto a la tradición europeizante del Rito Escocés. El Rito Yorkino era más autóctono, obviamente era de origen europeo inglés, pero estaba modificado ya por las situaciones y realidades que los Estados Unidos, para 1827, habían desarrollado desde 1776. Es decir, tenía más de 50 años de estar funcionando allende el Bravo.

Así, dichas logias vinieron a operar aquí; logran-do que algunos de los más conspícuos pensadores y de los hombres más destacados que quedaban del movimiento de la revolución de la Independencia comenzaran a adherirse a una o a la otra. Así, la Logia Escocesa de México eligió como Gran Maes-tre, según se llamaba entonces, al general Nicolás Bravo, uno de los héroes de la Independencia. Mientras que las nuevas Logias del Rito Yorkino eligieron, también como Gran Maestre, al general don Vicente Guerrero, que había sido uno de los actores fundamentales en la terminación venturosa de la misma guerra de Independencia.

Lo anterior tuvo dos significados: enfrentó a dos compañeros del mismo origen, ambos discípulos de José María Morelos, en grupos masónicos distintos: el bando escocés, que se identificará más tarde con el partido conservador, representado por Nicolás Bravo; y el bando yorkino, que se identificará posteriormente con el partido liberal, y que luego dirigiría don Vicente Guerrero.

Sin embargo, el propio Mora en sus Memorias, editadas en París en 1849 reconoció que, para la fecha, las logias masónicas del Rito Escocés antiguo estaban flacas, desbandadas, perdidas y totalmente desangeladas y, además, desplazadas por el nuevo Rito Yorkino, más pujante, más moderno y progre-sista. Aún más, se dijo que el propio José María Luis Mora había querido adherirse a alguna logia yorkina, pero no tuvo ya la oportunidad de hacerlo por haber salido como diplomático (en realidad fue un destierro de México por los deseos de Antonio López de Santa Anna), con el nombramiento de representante de México en Francia e Inglaterra, a donde finalmente fue a morir.

Por desgracia, la propia Iglesia Católica favore-ció el desarrollo de las logias masónicas cuando le fueron útiles en la guerra de Independencia; o bien cuando, posteriormente, le resultaron básicas para defender las posiciones de un auténtico estado den-tro de otro estado. La Iglesia se alejó y prescribió a las logias masónicas cuando éstas se convirtieron en eficaces centros de oposición abierta a sus intereses, a su pensamiento y a la tradición religiosa del país. Fue, entonces, cuando ocurrió la excomunión de los masones en México, así como toda la agitación consecuente que, en el terreno espiritual, ya en ese tiempo bastante desprestigiado para la Iglesia, con-dujo a la polarización política a partir de la exco-munión; y a todos esos castigos de tipo espiritual que, obviamente, a los progresistas liberales de la época ya no les preocupaban mayormente.

-Bueno... y qué pasó después? cuestionó abierta-mente un joven reportero de El Sol de Puebla.

-En 1828, continuó Carlos, todas las sociedades secretas fueron prohibidas en el país, y la policía se encargó de cerrarlas. En 1830 Poinsett salió del país, y las logias norteamericanas o yorkinas y las del rito escocés se declararon “en sueños”, mientras que el Nuevo Rito Nacional Mexicano, compuesto ahora por iniciados en los dos ritos anteriores, al unirse, consiguieron un rotundo éxito.

En el transcurso del siglo XIX, la masonería mexicana abrazó el sistema de grados compuestos por Albert Pike. Don Benito Juárez se convirtió en el Gran Lider Masónico militando en la Gran Logia del Rito Nacional Mexicano, quien por decreto ordenó legislar las llamadas Leyes de Reforma, dando origen a la Guerra de Reforma, terminando ésta en 1861 con una victoria liberal que incluye la separación estado-iglesia, la libertad de cultos, la institución del matrimonio civil, y la secularización de las propiedades de la iglesia.

Cuando Benito Juárez falleció, el poder pasó a manos del General Porfirio Díaz, francmasón decla-rado que buscó regresar al orden a la francma-sonería, creando a nivel nacional La Gran Dieta, en la que participaron tanto escocéses como yorkinos, pero que también ejerce un amplio poder sobre la iglesia pues hay pruebas de que pone y quita obispos y arzobispos.

Antes de que estos cuerpos masónicos fueran disueltos, se originaron las grandes logias regulares de la república, conservandose hasta la fecha mu-chas cartas-patente firmadas por Don Porfirio.

En la década de los 30’s, el General Lázaro Cárdenas estimuló la extensión de la masonería al campesinado y a las fuerzas armadas, pensando que la masonería pudiese constituir una fuerza impor-tante en el ámbito social mexicano, lo que ocasionó que algunos investigadores aseguren que existió un “rito masónico cardenista”, llegando a la conclusión de que hubo pocas diferencias rituales, y las logias cardenistas que sobreviven se distinguen por su lealtad a los ideales cardenistas de reforma social, aunque son consideradas irregulares.

-Pero... entonces cómo es que gobiernan sin que nadie se oponga?

-Por una paradoja de esas que tiene el destino. Desde sus comienzos, la masonería mexicana se dividió en grupos que competían entre sí basados en lealtades políticas; los presidentes de México uti-lizaron la masonería para hacer más fuertes sus posiciones políticas, y los propios políticos se hicieron masones por conveniencia, convirtiendo todo esto más en tradición política que en realidad ideológica o filosófica. De ahí que en la actualidad hayan perdido ya la fuerza de poder que llegaron a tener.

-Es decir que ya no nos gobiernan los masones?

-Bueno... aún hay muchos metidos en la administración y la política, pero de eso a que, como antes, para ser político haya que ser masón obligadamente, ya no funciona.

-Creo que a raíz de la visita de Juan Pablo II a México, en varias ocasiones, la fuerza creyente popular adquirió fuerza. Agregó Ricardo. Y vale decir esto pues todavía en 1979, cuando viniera el Papa, no podías ser funcionario –de jefe de departamento para arriba– si no eras masón. Hoy, como dice el p… perdón, Carlos, ya no es así. La masonería ha perdido su fuerza, sus reuniones secretas ya no son tan secretas y cualquiera que forma parte de alguna Logia, lo presume abiertamente contraviniendo la secrecía obligada por sus propias normas.

-Entonces porqué preguntas si sabes tanto? Reclamó el flaco.

-Pos nomás… pa’ver si saben… dijo imitando el sonsonete campesino.

-Y entonces qué? Le preguntó el reportero del Canal 3 al viejo editor del semanario… Dónde quedó el secreto?

Todos rieron y más aún cuando el viejo dijo a manera de respuesta:

-Bueno, sí… soy masón pero como ustedes, que son católicos y no van ni a misa… así yo… soy masón pero no voy a los talleres o a las tenidas…

-Pero… crees en Dios? Cuestionó Ricardo.

-Mira mi Riqui, tú me conoces desde hace más de 25 años y sabes bien que no. Sí, es cierto, me bautizaron mis padres, como a todos ustedes, hice mi Primera Comunión –en la que por cierto estuvo el Secretario de Comunicaciones y Transportes de la República, presumió– y me casé por la iglesia…

-Luego entonces, qué demonios eres? Le urgió el corresponsal de Informex.

-Sí… eres masón, católico, ateo, librepensador o qué viejito melindroso…?

-Bueno… la mera verdad es que soy ateo… gracias a Dios!

 

 

Los años pasaron. Ricardo creció profesionalmente y llegó a ser dirigente de uno de los más poderosos organismos de periodistas en el país y, por ende, uno de los asesores en prensa del Presidente de la República en turno.

Usando su posición como periodista, fue el encargado de apagar fuegos, como se dice en el argot político. Es decir, era enviado como mediador externo para solucionar conflictos del orden político y, por eso mismo, contaba con todas las facilidades del mundo, desde transporte, hasta cantidades de dinero enviadas a su servicio para “comprar conciencias” y desfacer entuertos, dinero del que no tenía que entregar cuentas. Pero, aunado a todo esto, arrastraba un poder que, para los demás que sabían de dónde venía, era equivalente a un representante personal del Presidente.

Sin embargo, sus raíces morales y una profunda ética profesional adquirida al paso de los años, no le permitieron jamás hacer uso personal ni del poder ni del dinero.

Se había casado y había procreado varios hijos, pero aquella labor era no sólo extenuante y riesgosa, sino de entrega total. Si recibía una llamada y lo apercibían de estar a las diez de la mañana en Sonora… debía estarlo. No era el único apagafuegos, pudo darse cuenta de que de entre sus propios compañeros periodistas hubo al menos un centenar de ellos y no se diga entre los propios funcionarios de partidos –de todos los colores– que fungían unos como “encendedores”, es decir, iniciaban conflictos con un fin determinado, lo mismo que apagafuegos, que los “solucionaban” a como diera lugar.

Tal abandono a su familia por entregarse al trabajo lo llevó al fracaso matrimonial. Mandó a la mujer al diablo y se quedó con los hijos.

Al principio, gracias a ese poder, pudo llevarlos a donde él iba. Sus maestros, antiguos compañeros de la Normal, le apoyaban dando trabajos especiales a los niños mientras viajaban con el padre, pero… no todo el tiempo podía ser así…

Un día, su hija, la única mujercita, le pidió irse con su madre. No sabía que uno de sus ayudantes había intentado abusar de ella. Mientras decidía, le llegó el mensaje urgente de que debería sumarse a las filas educativas como Director de Comunicación Social de una Subsecretaría e irse a vivir a Guerrero, en donde se daba un conflicto muy fuerte entre los maestros de los Ceti’s y Cebeti’s.

Decidió aceptar que su hija se quedara con su madre y él se fue con los niños a Chilpancingo.

Llegar a ese Estado suriano, bravo, conflictivo, duro, sería el parteaguas de su vida.

Espiritualmente su vida había tomado un nuevo rumbo. Aquella promesa de escribir en cada reportaje, en cada columna, en cada comentario, el nombre de Dios, al diluirse la atingencia con que se exigía a los funcionarios separar creencia de labor, también se había diluido… al menos así lo sentía él.

Sentía que ya no era suficiente nombrar a Dios en sus escritos. Para entonces llevaba más de once años estudiando la historia de la iglesia.

-Ten cuidado -recordó la palabras de Monseñor Obeso ese día que fueran a comer y que se enterara de que Ricardo estaba estudiando el tema– el que se mete a estudiar la religión puede sufrir dos cosas: o pierde la fe… o la afianza.

Él la había afianzado. Sin embargo, su medio no le había permitido convertirse en un fanático. 

Vio la forma de acercarse al que había sido nombrado Coordinador en los Estados de Morelos y Guerrero de esa Subsecretaría. Resultó ser un viejo novio de una de sus hermanas. La cosa no fue más fácil.

Cuando llegó al Guerrero, quiso primero enterarse de cuál era la situación real. Un pequeño grupo de maestro liderados por un calentano bravero y escandaloso estaban haciendo de las suyas en las instituciones educativas.


Por instrucciones superiores, haría uso de su grado de Capitán para tener más ascendencia sobre los alborotadores. En cuanto entró en acción, la zona militar envió a dos policías militares para saber quién era. La llegada de los PM no pudo ser más oportuna. Acababan de abrir las puertas de uno de los planteles y se había citado a todo el personal para hablar uno por uno, de tal suerte que todos estaban en los corredores que daban al patio central cuando llegaron los PM. Ricardo bajó y les recibió al centro del patio. Se identificó con ellos y, para asombro de los presentes, los dos Policías Militares se le cuadraron, dieron media vuelta y se retiraron. Esa pequeña acción le dio contundencia a la presencia de Ricardo en ese lugar.
La situación era indescriptible. La corrupción había llegado a tal grado en los planteles que los maestros vendían descaradamente las calificaciones a cambio de dinero o favores sexuales. Incluso, mero enfrente de uno de los planteles, una cantina se había convertido en la “oficina” particular de algunos mentores que exigían a las jovencitas beber con ellos con tal de subirles la calificación. El Director de uno de los planteles –que tenía el taller de construcción en su programa de trabajo escolar– uso la maquinaria del plantel y, con dinero de la institución y usando a los alumnos como albañiles, se construyó un edificio de cien millones de pesos… muchísimo dinero para la época.
Siguiendo órdenes, Ricardo dejó que el Coordinador y sus auxiliares intentaran para la bronca pero, al no poder ellos, y aunque rompía con las reglas institucionales, uso a alumnos y padres de familia para recuperar los planteles. Un día, de la noche a la mañana, todos y cada uno de los planteles estaban en manos de una comisión bipartita padres-alumnos que, en una ceremonia especial, hicieron entrega de éstos a Ricardo y su equipo.
Habían sido dos años de enfrentar no sólo a un grupo de revoltosos, sino dentro de ellos a algunos verdaderos criminales. Varias veces balacearon el hotel en que Ricardo se hospedaba. Después de la recuperación de los planteles, sólo faltaba aplicar las sanciones correspondientes.
Ricardo había levantado más de sesenta actas y las había enviado al jurídico a México. Esa noche recibía el paquete con todas las actas dictaminadas: los más de sesenta maestros estaban fuera, perdían derechos en general… los habían corrido. Ricardo y su equipo brincaron de gusto y se acostaron a dor-mir satisfechos de haber cumplido con el deber. Sin embargo…
Eran las seis de la mañana cuando el teléfono de la habitación sonó. Era el mismísimo Subsecretario quien llamaba. El Sindicato Nacional de Trabajado-res de la Educación había pactado una alianza con el Secretario de Educación Pública para llevarlo como pre-candidato a la Presidencia de la República, por lo tanto, las nuevas órdenes eran: se cancela toda acción que perjudique de alguna manera a cualquier maestro en cualquier área de la educación pública. Los infractores… estaban perdonados!.
A Ricardo le dio tanto coraje que se lanzó a ver al nuevo Coordinador de la Zona Guerrero y, sin más explicación, le aventó sobre el escritorio su renuncia.
Cerca de mediodía de esa misma fecha, Ricardo recibía una llamada de la Presidencia que le urgía a regresar. Se negó rotundamente y, telefónicamente, hizo presente su renuncia también a sus actividades como asesor presidencial.
Tres días después recibía otra llamada. Su con-tacto directo en la Presidencia le rogaba reflexiona-ra. Ricardo se mantuvo firme. Era hora de volver a su trabajo, ese trabajo sencillo y humilde pero que le permitía estar con su familia. Consiguió un depar-tamento, mandó por sus hijos a Chilpancingo, y contactó con varios colegas en la capital.
En Guerrero, un buen amigo, Andrés Campuza-no, le había abierto las puertas de su diario El Re-portero, en donde Ricardo escribía una columna ad honorem. Era hora también de poner precio a su tra-bajo. Por lo pronto, retomaba algunas corresponsalías… ya el tiempo diría.
Otro amigo periodista le invitó a formar parte de la plantilla que inauguraría un nuevo Diario. Aceptó y se hizo cargo de Sociales. Sus iniciativa de siempre le llevó a inventar páginas pagadas determinado tema y así metió el primer cheque de publicidad al periódico.
En sus proyectos cristalizaron dos principalmente: la página Punta Locura, que narraba los lunes los destrampes sociales nocturnos de fin de semana por las discoteques, y su Club de Solteros que tenía como sede precisamente una de esas disco’s. Una amiga le presentó a una maestra y el romance se dio de inmediato.
Pero el diablo mete la cola y el administrador del diario ambicionó lo que Ricardo lograba con sus páginas pagadas, le hizo un pleito ranchero pretextando un video que tomara Ricardo de los quince años de la hija de éste, y tras encerrarlo una noche en los separos policiacos –de donde le tuvieron que soltar pues jamás hubo denuncia alguna– le quitó chamba… y los ingresos de esas planas.
Acudiendo a sus contactos capitalinos, Ricardo consiguió la representación para todo el Pacífico de una empresa editorial que publicaba las mejores revistas del momento. Desempeñó su trabajo con éxi-to durante poco más de tres años, lapso en el que se casó con aquella dama que le presentaran y había formado un hogar feliz.
Norma era maestra de profesión y muy organizada. Ricardo se prometió a sí mismo no volver a caer en la tentación de anteponer el trabajo a la familia, lo que la Presidencia puso a prueba varias veces al llamarle telefónicamente para insistir en su retorno. Había sido un buen mediador y eso no lo olvidaban. Pero ni dinero ni poder le tentaban ya.
Espiritualmente se había asentado más pues Norma era religiosa de herencia y los domingos no fal-taban a misa.
Pero Dios tiene todo dispuesto y no hay forma de que las cosas cambien sin su aprobación.
Una mañana temprano, Xavier Ortiz Carmolinga, el dueño de aquella gran casa editorial le dijo que quería comer con él ese mediodía, que le fuera a esperar al aeropuerto. En plena comida, el hombre le dio la noticia: había vendido a Televisa. Pero no te preocupes, le dijo, tu puesto sigue igual, sin cam-bios. No sabía que Televisa le había hecho una jugada años atrás y Ricardo no quería saber nada de esa empresa.
Nuevamente, como había sucedido en varias ocasiones en su vida, de la noche a la mañana se queda-ba sin trabajo. Bueno… no tanto porque Isabel Arvide, una connotada periodista y Directora de dos revistas nacionales, poco antes, le había pedido ser su corresponsal.
Ricardo suplió la ausencia de las revistas de Ortiz Carmolinga con otras corresponsalías menores y hasta le ofrecieron la de Ovaciones, uno de los vespertinos más fuertes de México. En ese diario publicaba una plana-columna semanal que le llamaron Tip’s para visitar Acapulco al 100%.
En el desarrollo de sus reportajes, fue a dar a Pueblo Nuevo un caserío situado en lo más alto del Cerro del Veladero. Apenas unas veinte familias vivían ahí, pero la subida era de miedo, muy pro-nunciada y resbalosa.
Iba a investigar una gran casa blanca que se veía desde abajo y que muchos colonos decían era de narcotraficantes. Pero con lo que se encontró fue con una virgen de Guadalupe apenas resguardada por un pequeño techo de lámina de cartón. Subsistía, prácticamente, a la intemperie.
Conmovido, Ricardo entrevistó a los lugareños y les pidió revisar la imagen, lo que le permitieron no
sin cierta reticencia. Ricardo no salía de su asombro: tenía una anotación que se refería a una restau-ración fechada en 1823. Ricardo les ofreció a los colonos ayudar en la construcción de una capilla que resguardara la imagen, a lo que los lugareños aceptaron.
Ricardo se entusiasmó tanto con la idea que tocó las puertas de todos los Regidores en turno y consi-guió 10 toneladas de cemento. Les mandó un mensaje a los de Pueblo Nuevo… y se fue de vacacio-nes.
Estaba como Presidente Municipal un amigo suyo que, enterado del viaje a Michoacán, le encargó conseguirle un Cristo Bizantino.
Ya en Patzcuaro, Ricardo fue a los talleres arte-sanales que hay a la entrada del embarcadero a Ja-nitzio y encontró que no había un Cristo Bizantino pero, un joven avezado propietario de uno de los ta-lleres, le ofreció prepararle la cruz necesaria.
Como se había corrido la voz de que un periodis-ta suriano buscaba un Cristo, una mañana, cuando bajaron a desayunar Norma, Ricardo y sus hijos, el dueño de la tienda de artesanías le dijo a Ricardo:
-Venga Güerito… quiero enseñarle algo… y sin decir más le tomó del brazo y lo llevó a una puerta lateral del local, la abrió y ahí, tirado en el piso jun-to con los restos de muchas artesanías echadas a perder debido al derrumbe del techo por podredum-bre y humedad, estaba un Cristo de tamaño natural con un brazo desprendido.
Ricardo quedó gratamente sorprendido con el Cristo, pero quiso explicarle al tendero que ya lo había encontrado. Éste, sin esperar palabra del pe-riodista, le dijo de golpe:
-Deme cien pesos por él...

Sin hablar, Ricardo sacó los cien pesos de su car-tera y se los entregó. Mil pensamientos se vinieron a su mente, llevarlo al taller en donde le entregarían el otro Cristo, subirlo a Pueblo Nuevo para reinar en su capilla… en fin…
Cuando llegaron a Acapulco, la desilusión hizo presa de Ricardo. Los colonos habían usado el ce-mento para tender dos caminos-rodada para que las camionetas subieran sin tanto problema al pueblo. Bien lo había dicho Norma

-Se me hace que este Cristo ya no sale de mi casa… y ya no salió!

A Ricardo le dio tanto coraje que ya ni siquiera les co-municó que había descubierto que la Virgen había sido un regalo de un viajero comerciante de la Ciu-dad de México que, llegado en la Nao de China, ofreciera regalar la imagen a la primera persona que viera al tocar tierra tras una furiosa tormenta en alta mar. Tocó la suerte que fuesen un grupo de colonos de Pueblo Nuevo los primeros que se cruzaron en su camino al desembarcar, y a ellos les dio la imagen. Así las cosas, la imagen tenía más de 400 años. Toda una reliquia y, sobre todo, con el milagro agregado de que siempre estuvo prácticamente a la intemperie.
Todo esto hizo que Ricardo incrementara su par-ticipación como escritor y periodista en las mencio-nes de Dios, de Jesús y de la religión misma en sus escritos. A partir de entonces se autocomprometió a visitar el templo del lugar en todos y cada uno de los sitios que visitaran. Los editores de los medios ya no protestaban porque se hablara de religión.
Pero hacía veinte años que Ricardo se había hecho una promesa: instalar una editorial dedicada única y exclusivamente a la promoción de nuevos valores literarios. Veinte años atrás había intentado publicar su segunda obra… y las grandes editoriales le pedían una millonada por publicarle… o una miseria por la cesión de los derechos de autor.
El tiempo siguió corriendo. Un día, un amigo que le debía algún dinero le dijo: Oye… te puedo pagar con una computadora? Ricardo no tenía idea siquiera de cómo se manejaba una computadora, pero algo lo hizo aceptar. Así llegó a modernidad a sus manos.
Un par de semanas después, otro amigo le pagó con una impresora a color. Ricardo, que aprendía apenas el uso de la tecnología moderna, tomó el tex-to de una novela del que fuera su suegro… y la hizo libro. Cuando se la mostró a Norma, ésta de inmediato le dijo las palabras cabalísticas:
-Qué bien… No te dice nada esto? Ahora puedes iniciar la editorial que tanto has querido…
Ricardo se sentó en la sala y leyó nuevamente una poesía que le había compuesto al Cristo, a SU Cristo… y entendió el mensaje: Era hora de empezar a escribir en serio, de apoyar a los compañeros, y de pagar su deuda con Dios.
Lo aprendido en 30 años de estudio de la religión le permitiría escribir algunos libros con lenguaje lla-no, claro, entendible para todos, que les convencie-ran de que se debe creer en Dios, no dudar, no aprovecharse convenencieramente de aquello de que soy ateo… gracias a Dios.
Y ese día, con sencillez, le dijo a Dios:
-Señor, tú dices que los pájaros no tienen que preocuparse por vestir o comer porque están bajo tu manto. Yo lo creo y, a partir de este momento me abandono a ti… no vuelvo a preocuparme por vestir o comer. Tú me darás lo que merezca. Y yo lo reci-biré con gusto. Trato de seguir tu camino, pero Tú debes ser mi guía. Aquí estoy pues… a tus pies. Desde hoy, mi lema será: Por Cristo, con Él y en Él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Oliveros Maqueo Roberto SJ.- Historia Breve de la Teología de la Liberación (1962-1990) UCA, San Salvador 1991.

 

 

 

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