DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA          

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DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA

Pauline, la noche del horror

 

La Academia Latinoamericana de Literatura Moderna
dentro de su Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericano y con su Programa Editorial Sagitario
presentan
 
Una obra más del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

Pauline, la noche del horror

 

Este libro se terminó de imprimir, con un tiro inicial de 1000 ejemplares, el 22 de octubre de 1997 en los talleres de Editorial Sagitario, ubicados en Insurgentes 375 Fracc. Hornos Insurgentes Acapulco, Gro.

En memoria de los que se fueron,

como reclamo por su deceso.

 

A las generaciones posteriores,

para que no cometan los mismos errores.

 

A las presentes,

para despertar su conciencia.

 

A familiares y amigos,

por su preocupación y apoyo.

 

 

“...su madre intentó salir, y se la llevaron las aguas....su padre quiso ayudarla, y fue arrastrado también...ella, con sus tiernos seis años, subió a la mesa a sus hermanos...y los salvó...”

 

 

PROLOGO

 

Acapulco enfrenta, con entereza pero también con un mucho de desidia e indolencia, los problemas cotidianos propios de una ciudad cosmopolita como lo es el aún puerto más hermoso del mundo. Ante los grandes esfuerzos de los forjadores de su destino como uno de los centros turísticos más importantes del orbe, tras bambalinas, existe una intensa ola de corrupción que se ha extendido entre los sectores oficiales y oficialistas a lo largo de cinco décadas, llevando a niveles indescriptibles un cáncer que se reparte por igual entre ambulantaje, delincuencia, piratería y, sobre todo, una tremenda irregularidad en la tenencia de la tierra.

Ante la complacencia y complicidad de las autoridades constituidas, han crecido inmensos grupos de líderes que medran lo mismo con concesiones de transporte que con espacios callejeros y, lo más peligroso de todo, con predios de alto riesgo en los que se asientan miles de seres humanos, cientos de los cuales perdieron la vida ante el embate del huracán Pauline.

Si bien es cierto que un meteoro como el Pauline no puede ser detenido con nada, también es bien cierto que muchas vidas se habrían salvado de no existir esos asentimientos humanos irregulares que, a más de causar su propia desgracia, motivaron otras más al ser arrastrados por su indebida ubicación y taponar cauces y canales, ya de por sí limitados, desviados o reducidos por obras igualmente mal proyectadas, o proyectadas para satisfacer conveniencias económicas, políticas, y aún por el simple hecho de ganar terrenos a los propios canales.

En toda desgracia siempre brota, motivada por el mismo estado de ánimo, la frase clásica: “no es tiempo de buscar culpables, sino de trabajar para salir adelante”. Sin embargo, el no buscar culpables no implica el repetir los mismos errores.

Vivir en un entorno determinado hace que sus ingredientes se vuelvan parte de ese entorno y que perdamos la perspectiva de los mismos. Hace muchos años, un turista fotografiaba la fachada de una casa; el propietario salió extrañado para averiguar porqué lo hacía; el turista, más extrañado aún, le hizo notar que su portón era un hermosísimo modelo de madera tallada del estilo barroco del siglo XVII. El propietario ya no lo notaba. Lo había hecho parte de su entorno.

Así nosotros, a base de vivir en un entorno plagado de corrupción, prepotencia, impunidad y abuso, hemos permitido que líderes menores, y aún bien mayores, hagan de Acapulco un coto de poder que les ha vuelto millonarios....¡a costa de la vida de cientos y la desgracia de más de dos millones de acapulqueños!

Pauline fue una amarga experiencia para el puerto de Acapulco, pero puede ser el parteaguas desde el que autoridades y sociedad civil rectifiquen errores, modifiquen proyectos y eviten, a toda costa, la realización de nuevos que pretendan ir en contra de la naturaleza que, tarde o temprano, reclama sus propios espacios. Esta no es una simple narración de los hechos suscitados con el afán de alimentar el morbo de los lectores. Es, en todo caso, una denuncia que reclama, si no el castigo bien merecido de los culpables, sí la rectificación de los errores cometidos por los que perdieron la vida, casi con seguridad, más de trescientos acapulqueños.

No es posible que unos cuantos sigan medrando con la vida de todos los demás. El propio presidente de México así lo ha entendido. Nos toca ahora a nosotros, los que vivimos en este maravilloso puerto y amamos verdaderamente a Acapulco, no permitir que vuelva a suceder, estando pendientes de que las cosas se hagan como se debe, aún desde el inicio mismo de los trabajos de reconstrucción en los que todos estamos inmersos.

Agradeciendo a Dios su protección ante la desgracia, empecemos de nuevo a trabajar por Acapulco que, a pesar de todo...sigue siendo Acapulco!

 

                                                      Fco. Xavier Ramírez S.

 

 

 

La tarde del miércoles 8 de octubre de 1997 tranquila. La población de Acapulco incluso agradecía el ambiente nublado que paliaba un poco el fuerte calor que se había sentido en los últimos días. La vida transcurría normalmente. Los noticieros de la tarde informaban sobre la existencia de una tormenta tropical que se había convertido en huracán: el Pauline. Se comentaba sobre su muy próximo ingreso a las costas de Oaxaca. La única disposición que autoridad alguna había dado, hasta ese momento, era la de la Capitanía de Puerto que había declarado el puerto de Acapulco cerrado a la navegación menor; fuera de esto, no había advertencias de alerta y mucho menos de prevención.

En las mesas de café, los politólogos comentaban, como lo hacen todos los días y a todas horas, los problemas de Acapulco. Que si los ambulantes seguirían creciendo gracias a la protección que se les brindaba; que si los índices de inseguridad habían crecido; que si el transporte era anárquico; que si los paracaidistas ya eran dueños de todos los terrenos de alto riesgo en el puerto, etc.

Sobre el último punto, y precisamente por ser temporada de lluvias, un grupo sentado a la mesa en Sanborns comentaba:

-Ya viste la campaña que está haciendo el ayuntamiento para que los invasores de predios en barrancas y cauces los desalojen?

-Sí...y tienen razón...imagínate que sucedería si viniera un tormentón de esos que se dan aquí...

-Pa’l caso que les hacen..-terció otro-...es más, los líderes luego luego lo usaron de pretexto para exigir que les den lotes en zonas seguras...

-Méndigos líderes...ya no hayan como sacar raja de todo lo que se hace o deja de hacer...

-Y cómo no, carajo -exclamó el anterior- si ya ves que hasta los hacen regidores o diputados por su dizque fuerza política...

-Mira...la verdad es que, como siempre, hasta que no suceda una desgracia, que se desgaje un cerro y mate una bola de mugrosos no van a hacer algo de deveras...

-Po’s yo creo que ni así...que no sabes la cantidad de lana que sacan de todos esos jodidos que quieren casa sin más esfuerzo que ir a los mítines o votar por el partido que les protege el día de elecciones?

-No, no...-intervino de nueva cuenta el primero- no todos son huevones o acomodaticios. Hay mucha gente trabajadora pero, como tú dices, jodida. Sólo que se dejan engañar por esos falsos redentores. Mira, la mamá de mi sirvienta alcanzó un terrenito por allá arriba, por Palma Sola, y bien que le costó su lanita. Cuando le ofrecieron el terreno le pidieron diez millones de pesos, de ese entonces. Incluso mi muchacha me pidió unos centavos prestados pa’completar. Yo le advertí que eran terrenos peligrosos, pero ante su insistencia le presté el dinero. Toda su familia trabaja. La mamá en una casa de huéspedes, su hermana en un hotel y el papá como jardinero en Costa Azul. Ya se hicieron su casita de material y, aunque no lo creas, les siguen sacando dinero. Que para la comida del Secretario del partido, que para la llegada de un diputado, que para trámites. El caso es que es casi como si pagaran renta de todos modos...

-Pues yo digo que son una bola de mugrientos huevones que debían, si son gente honesta y trabajadora como tú dices, comprar derecho un terreno legal...como nosotros..

-Ooora sí...-dijo un recién llegado- y en donde carajos hay un terreno derecho en Acapulco, si uno de los graves problemas es precisamente la inseguridad en la tenencia de la tierra. Con decirte que el lote que compró el buey de mi cuñado resultó tener tres dueños y todos con escrituras!

-La verdad, sí. Los antecedentes del puerto guardan una serie de arbitrariedades que se vinieron dando desde los cuarentas y en los que cada quien, según su época y el poder que detentaban, hizo lo que quiso.

-En fin...que con su pan se lo coman...si se los lleva el carajo que no culpen a la sociedad. Se los llevó por huevones y por idiotas.

-Ellos no tienen la culpa...sus líderes...

-Y dale con los líderes...no me vas a decir que muchos de esos líderes no son gente honesta...sí es cierto que han llegado a regidores y diputados, pero por su propio esfuerzo...por su dedicación al partido..

-Vete al carajo...esa ni tú te la crees...

-Oigan, por cierto...ya oyeron lo del huracán...?

-...24 horas dijo que podría entrar en Oaxaca...pero si acaso nos lloverá fuertecito...ya ven que aquí no llegan...

-No llegan...y el Calvin?

-Yaaa...ese fue el que llegó más cerca, pero no hizo más que sacudir un poco el mar, con todo y lanchas...

-Sacudir...si muchas lanchas de Caleta se hundieron y hasta encalló un pesquero en el malecón...

-Y vaya que duró su buen tiempo ahí encallado...

-No...no creo que el Pauline le pegue a Acapulco..

-Ya hubieran hecho su escándalo...cuando menos la Capitanía de Puerto..

-Bueno jóvenes...a mí por lo menos me va a encontrar “encamado”..

Y enmedio de risotadas se levantaron prestos a retirarse no sin antes advertir:

-Eeepale...y ya está lloviendo güey...a ver cuantos de tus protegidos se mueren hoy...

Por la noche, una ligera lluvia caía. Muchos la daban como cotidiana. Sin embargo, la preocupación en algunos había aumentado al enterarse, por la televisión, que Pauline estaba pegando fuerte en Oaxaca. Los vientos habían aumentado paulatinamente, pero el puerto ya estaba acostumbrado a esos vientos fuertes de las tormentas que pasaban cerca. A pesar de eso, Acapulco se fue tranquilo a la cama. No había ningún aviso de las autoridades sobre peligro alguno que pusiera en riesgo la seguridad de la Perla del Pacífico.

 

Viendo llover recargado en la orilla de mi ventana me dieron las tres de la mañana. Sentí la presencia de mi esposa que, al acercarse, me señaló que me sentía demasiado nervioso. Normalmente, la nerviosa es ella. Pero, tenía razón. Todo ese tiempo evocaba yo los “nortes” en Veracruz. Sin llegar a ser tormentas tropicales o huracanes, los vientos del norte llegaron a causar muchos daños en una población que está asentada en plano. Comparaba yo -con una tremenda preocupación- cómo sería en Acapulco, con sus laderas, pendientes y cauces taponados, si llegara a entrar Pauline. Eso era lo que me tenía nervioso, a pesar de que nadie había advertido nada, ni Capitanía de Puerto, ni autoridades municipales, ni Protección Civil. Aunque no me extrañaba. Años atrás, siendo corresponsal de los noticieros de Telemundo, cuando la llegada del Calvin, sucedió lo mismo. Esa misma mañana, incluso, la capitanía no reconocía oficialmente que hubiese daño alguno. Que maldita costumbre de querer tapar el sol con un dedo.

En los últimos aguaceros fuertes, normales de temporada, la azotea de nuestro edificio se anegaba y, al desparramarse, convertía las escaleras en verdadera cascada que arrojaba materialmente el agua dentro de los departamentos, usando como entrada la ranura inferior de las puertas. El recordatorio de mi hija me hizo levantarme y colocar, a manera de dique de contención, una toalla retacada en esa ranura.

El  viento, para esas horas, ya era preocupante. La lluvia se había convertido en una verdadera tormenta. Mi esposa insistió en irnos a descansar y acepté para no preocuparla más de lo debido.

Al retirarnos, el caudal que corría por el canal de desfogue ubicado al lado de los edificios tenía una altura normal. El Paseo de la Comunidad, avenida principal del Modulo Social Fovissste, que se veía desde la ventana, y que se convertía también normalmente en cauce de desfogue del agua que venía de las partes altas, dejaba correr un torrente fuerte, pero, insisto, dentro de lo normal, que tiene un sonido muy particular motivado por el arrastre de pequeñas piedras y ramas menores.

No bien conciliaba el sueño cuando me despertó un estruendo y el aumentar del característico sonido del correr del agua en la avenida. Parecía que tuviera un control de volumen y de pronto alguien le hubiese subido de golpe.

Cuando llegué a la ventana pude observar que el torrente alcanzaba una altura inusitada. Dos metros o más de agua lodosa hacía retumbar el ambiente y cimbrarse los postes. Comprendí que Pauline había entrado de lleno. Más tardé en llegar que el torrente en bajar. Había pasado rápidamente. Al bajar el agua, ya estando junto a mí mi esposa y mi hija, pudimos observar varias rocas de regular tamaño que quedaron varadas enmedio de la calzada al disminuir la corriente. Lo comentamos con asombro, agradeciendo a Dios que no hubiera pasado nada, aparentemente.

De pronto, la corriente eléctrica se fue. Entre los relámpagos propios del huracán, se veía el reflejo anaranjado de cortos circuitos, acompañados del singular zumbido, que venían de la subestación ubicada a la entrada de la unidad habitacional. Nos recostamos de nueva cuenta, pero ya nadie pudo dormir.

Cuando comenzó a clarear, Jazmín, mi hija, nos llamó para que observáramos cómo pasaba gente, rumbo abajo, cargando palas. Algo sucedió!, exclamamos sorprendidos. Pero la verdadera preocupación llegó cuando, rumbo a las partes altas, un grupo de jóvenes pasó cargando un cadáver y muchos otros corrían hacia arriba con más palas.

Pocos minutos después tocaron a la puerta. Era la vecinita de arriba que nos pedía con urgencia vendas, alcohol, isodine y mantas que pudiésemos tener a mano. El corazón se me cimbró cuando dijo: “Hay muchos muertos allá arriba”.

 

Lupita, esposa del profesor Margarito López Ramírez, un querido maestro, escritor y entusiasta promotor de la cultura, se había levantado para sacar el agua que se metía por la puerta de su departamento, ubicado en la planta baja del primer edificio de la Rinconada Camaronero. Varios vecinos lo hacían también. Les pareció extraño que bajara tanta agua. Normalmente se desvía por el canal que pasa a su lado, precisamente atrás de su departamento, y que tiene una conexión con otro que viene de la parte alta correspondiente a la colonia Pancho Villa. Ahí, a la entrada de esa rinconada, un muro de contención desvía el agua que llega de arriba y le encausa al canal.

Su hija, adormilada, se negaba a levantarse para ayudarla argumentando que tenía que levantarse muy temprano para ir a trabajar; sin embargo, ante la insistencia de su madre, lo hizo.

Al fondo de la rinconada está una capilla en construcción y a su lado hay arena y grava. Uno de los vecinos sugirió que se buscaran bolsas para llenarlas de arena y con ellas hacer un dique a la entrada del edificio para desviar el agua hacia los lados y evitar el encharcamiento de los departamentos. Les pareció a todos una buena idea, y se lanzaron a buscar bolsas, fundas de almohadas o cualquier otra cosa que les sirviera.

Claudia subió los pocos escalones que conectan con la banqueta para ver su carro, estacionado en la acera del frente, mientras Lupita entraba para buscar bolsas. No bien salía de la recámara cuando escuchó un tremendo estruendo, “casi comparable con una explosión”, que fue seguido de un retumbar que cimbró la tierra. Al voltear por instinto, vio con horror como entraba por la ventana una avalancha de lodo y rocas que se venían sobre ella.

Lupita gritó de miedo y corrió hacia la puerta, salió y dio vuelta hacia la estructura de aluminio que forma el encristalado de la salida posterior del edificio y alcanzó a detenerse fuertemente de uno de los laterales pegados a la pared, mientras toneladas de lodo, roca, vidrios y mil materiales más le golpeaban duramente como exigiendo arrastrarla en su loca carrera.

A su lado se aferró un joven vecino, mientras Claudia, en lo alto y con el lodo a la cintura, le gritaba desesperada que se saliera de ahí. Lupita y el joven fueron cubiertos por el lodo por unos cuantos segundos.

Su casa había quedado totalmente sepultada en el lodo. Una inmensa roca ocupaba todo el espacio de la habitación que, hasta esa noche, había sido el estudio del querido maestro. Atravesado y aplastado, sobre sus ventanas, había quedado un auto que, al bloquear el caudal de lodo, permitió que éste cesara hacia el interior. En el frente del edificio, otro auto había quedado atravesado, desviando así el río de agua, tierra y rocas. El refrigerador, como fiel protector, bloqueó a su vez la puerta de entrada del departamento, evitando así que siguiese saliendo el lodo hacia el cubo. Eso, les salvó la vida.

Cuando la avalancha cesó, sumiéndose y saliendo del espeso lodo, lograron llegar ambos a la entrada principal del edificio y, ayudados por varios vecinos y su desesperada hija, lograron subir las escaleras hasta llegar a la azotea, desde donde pudieron saltar al edificio de junto y salvar la vida milagrosamente.

Frente a la entrada de su edificio habían quedado apiñados prácticamente todos los autos que estaban estacionados alrededor de la rinconada. Como si la avalancha les hubiese succionado. El auto de Claudia quedó, casi sin daño, estacionado frente a su cocina. En los edificios del frente había pánico, pero todos estaban a salvo, excepto el primero que tenía parte de los cimientos al aire. El muro de contención había reventado y originado la tragedia. Reventó porque desde arriba, desde la Pancho Villa, se vinieron en alud casas, rocas, árboles y los cadáveres de ocho miembros de una familia completa que taponaron la salida, elevando la presión sobre el muro, hasta que no resistió.

 

Al avisarnos la vecinita que necesitaban ayuda y ver el movimiento de vecinos hacia la azotea, la preocupación nos hizo subir, a pesar de que la lluvia aún era bastante tupida. Desde ahí pudimos notar cómo había reventado el pavimento de concreto frente a nuestro edificio y, atravesadas en la calle, había muchas rocas de mayores dimensiones, de varias toneladas. El corazón se me estremeció, pero pude palpar la realidad cuando alguien comentó que el torrente se había llevado la Iglesia de la Sagrada Familia, ubicada en la avenida Constituyentes, casi a la salida del Módulo Social, y nos señaló, desde ahí, el lugar.

Entre el panorama de casas y edificios que se podía ver desde lo alto, un tremendo claro se distinguía a lo lejos. Era como si hubiesen borrado un pedazo en medio de un círculo negro. Toda la avenida Constituyentes era una inmensa mancha de lodo en la que pululaban ya cientos de gentes, unas llevadas por la curiosidad, otras con el afán de ayudar. Desde ahí también se alcanzaban a ver varios vehículos destrozados, arrastrados por la corriente, algunos de los cuales estaban incluso montados sobre tremendas rocas.

Quise llorar al pensar lo que debía haber sucedido en el resto de Acapulco, y principalmente en las partes altas del anfiteatro y las zonas de la Zapata y Renacimiento. Hace algunos años, tras publicar un reportaje sobre el Fideicomiso Acapulco en que señalaba muchos de sus errores, sobre todo el de asentamientos irregulares que ellos pretendía regularizar, hice un recorrido por aquellas zonas tras un fuerte aguacero. Muchas partes se habían deslavado arrastrado casas, sobre todo en la colonia 5 de Mayo, parte alta de la Zapata, y había inundaciones por toda la zona. Cómo sería ahora con el Pauline?. Sin embargo, debí hacerme fuerte para mantener la ecuanimidad de mi familia.

De momento quise salir, como antes, para ayudar, para organizar grupos de auxilio, para coordinar esfuerzos con autoridades y vecinos, como aquellos años del sismo del 73 que devastara extensas zonas de Puebla, Tlaxcala, Veracruz y Oaxaca, pero los años no pasan en balde y debí frenarme pues ya no tengo ni las fuerzas ni la condición física de antaño. Sólo sería yo un estorbo y tendría en una preocupación constante a mi esposa. Intenté entonces escuchar noticias que pudiesen haber sobre el suceso. Nada. Ni el radio ni la televisión funcionaban. Sencillamente no había regresado la luz. Busqué un radio de pilas. Todas las estaciones estaban fuera del aire. La magnitud de la desgracia era mucho más grande de lo que me imaginaba.

 

El es un hombre duro, trabajador. Ha hecho su vida a base de esfuerzos. Se dedica a la albañilería. Esa noche platicaba amenamente con su esposa y sus tres pequeños. Cenaron y se fueron a la cama, no sin antes asegurar la endeble puerta de su casita de bajareque con adiciones de material que, como albañil que era, iba agregando poco a poco a la vivienda. Su casita estaba ubicada en una pequeña barranca de por allá en Mozimba. La había levantado en el terrenito que una lideresa les había “concedido” a cambio de tres mil pesos de entrada y quinientos mensuales que pagarían durante cinco años. Se congratulaba por su suerte al haber hecho amistad con un amigo de su compadre que le presentó a la líder. Es cierto que había tenido que participar en marchas, plantones y mítines, pero bien valía la pena. Ya tenía casa.

Poco después de la media noche, al arreciar el agua, despertó preocupado. Le habló a su mujer y le dijo que el tiempo se veía feo. “Vamos a pasar la noche a casa del compadre” le dijo. Pero la señora, malhumorada por que le había despertado le espetó molesta que sólo era una lluvia fuerte, que no estuviera molestando.

El no quiso esperar más y subió en busca del compadre para pedirle asilo por esa noche. Su compadre también estaba despierto y preocupado. “Claro que sí, compadrito, faltaba más. Tráigase a la familia por que esto se está poniendo de la fregada”.

El albañil regresó a su humilde morada dispuesto a sacar a su mujer aunque fuera a empujones. Su compadre lo acompañó para ayudarle si era necesario, pero sólo llegó hasta donde empieza la bajada. “apúrele compadre...aquí lo espero...” le dijo animoso.

No bien había empezado a bajar el recio hombre a su casa, cuando una avalancha de piedra y lodo se desprendió de lo alto, arrastrando su pequeña morada junto con otra veintena que se ubicaban en esa misma barranca. En su desesperación, el hombre se golpeó la cara con tal fuerza que se desfiguró el rostro y entró en un sopor que aún le tenía dormido dos días después.

El compadre aún suelta el llanto, acompañado de un fuerte temblor, cuando relata cómo vio a su ahijada, dormida, flotar entre el lodazal colina abajo, mientras él gritaba de impotencia ante la desgracia.

 

Cuando bajamos de la azotea me acordé de mis hijos. Niza, Ricardo y Carlos viven en Puebla. Norma vive por la Iglesia de San Cristóbal y su marido, Adolfo, tiene una pequeña tienda de abarrotes en el mercado de la Progreso.

De los primeros me preocupaba el que fueran a escuchar las noticias y pensaran que nos hubiese pasado algo. Tomé el teléfono con la esperanza de que tuviera línea. Así fue, aunque zumbaba espantosamente. Logré comunicarme con Ricardo y le pedí que informara a todos que estabamos bien. Luego logré contacto con mi cuñada Martha quien me informó que Costa Azul estaba hecho un desastre por la zona de Parque Norte y que su auto había quedado totalmente sepultado por la arena.

Intenté hablar al mercado, pero no había líneas. Esperábamos que Norma estuviera bien. No podíamos pasar. No podíamos salir del Modulo Social.

La gente hablaba de que el río había arrastrado todas las viviendas de los paracaidistas que se habían asentado a un lado del Fovissste, en las márgenes del cauce, y que había un edificio prácticamente al aire. Alguien nos dijo que era Catamarán la rinconada más afectada y en donde ya habían sacado ocho cuerpos. De inmediato pensamos en Margarito. Mi mujer y yo decidimos subir.

Lo primero que vimos fue una inmensa roca, de por lo menos doce toneladas, sembrada a la mitad de Paseo de la Comunidad, y más adelante un pequeño módulo de cuatro o cinco comercios casi totalmente destruido. La papelería había sido arrasada por completo, tan sólo quedaba el techo volando, como resistiéndose a morir. Al dar la vuelta, una corriente eléctrica me recorrió todo el cuerpo. El departamento de Margarito estaba totalmente cubierto por el lodo. Si bien es cierto que no somos amigos íntimos, si le he tomado una estimación muy especial por su don de gentes, por su carisma, por su honradez. Ver su casa en esas condiciones me hizo temer lo peor y salí casi corriendo, entre el lodo, saltando cables y autos despedazados, preguntando a los vecinos que paleaban con denuedo los escombros por la familia López Ramírez. Alguien dijo que estaban en el otro edificio y, efectivamente, asiladas en el departamento en que hace años tuviera mi oficina, estaban a salvo Lupita y su hija. No pensé en otra cosa que llevaras a la seguridad de mi casa, ya después veríamos que hacer.

 

Don Pedro dormía tranquilo en una pequeña casita de la colonia Antorcha Revolucionaria, un asentamiento de paracaidistas ubicado en las partes altas de la zona de Mozimba, cuando le despertó el aire que arreciaba a cada momento.

Antorcha Revolucionaria es parte de una serie de asentamientos irregulares que han invadido todos los cerros a la salida de Acapulco, rumbo a Pie de la Cuesta, al pie de los cuales existen profundos acantilados cortados casi a tajo. Estos asentamientos fueron fomentados por líderes de diversos partidos políticos, y protegidos por las propias autoridades municipales de ese momento.

La hija de Don Pedro, una jovencita en plena flor de la edad, le pidió que se acostara y no se preocupara más, que Dios sabría que hacer con ellos y les protegería. Sin embargo, Don Pedro no pudo pegar los ojos. Tenía miedo de que pasara algo. Su casa, al igual que la de las decenas de invasores, era frágil y endeble.

De pronto, el cerro se desgajó. Como un relámpago, vio desaparecer su casa entre el lodo y alcanzó a notar cómo arrastraba en su loca carrera a su hija. Quiso salvarla y se dejó llevar por la corriente pretendiendo alcanzarla.

Desde lo alto, el torrente les llevó dando tumbos y recibiendo golpes por toda la avenida Granjas. Los dos gritaban queriendo ser escuchados enmedio del estruendo. Fueron minutos de sufrimiento que se convirtieron en horas de pavor.

Al llegar a la Calzada Pie de la Cuesta, el torrente la atravesó y se despeñó a un lado del Restaurante Macumba. Varias personas que se encontraban refugiadas ahí alcanzaron a ver que la jovencita venía entre la corriente y,   con un esfuerzo sobrehumano, lograron asirla de un brazo y salvarla...tan sólo para ver cómo su padre caía por el acantilado rebotando entre las afiladas rocas.

Cuando llegó la calma, al fondo del desfiladero, flotando en el mar, había decenas de cuerpos, unos vivos, otros muertos. Pero nada se podía hacer desde las alturas, sólo llorar, llorar desesperadamente, desconsoladamente.

 

Lupita y su hija quisieron comunicarse a Chilpancingo para avisar a Margarito, y a México para informar a los jefes de Claudia sobre la imposibilidad de abrir la Oficina de Cambios de Bancomer, de la que ella es encargada. La segunda llamada, después de muchos trabajos, logró hacerse; poco después las líneas telefónicas estaban muertas. Por suerte, aún teníamos agua.

A mi me tenían con preocupación Norma, Adolfo, Adolfito y mis adoradas gemelitas. Contra la opinión de mi esposa, que temía me fuese a pasar algo, fui en su busca. No tenía a mano más que la limusina de la editorial, había dejado la camioneta esa noche maldita en el taller y se me hacía cruel el ir en busca de mi familia en limusina ante los ojos de tantos afectados. Pero, tenía que saber de ellos.

Al ir bajando me fui dando cuenta del daño tan tremendo que habíamos sufrido. Toda la Progreso estaba hecha un desastre. Había carros montados unos sobre otros, unos más despedazados, clavados en las casas, revolcados ruedas arriba, casetas telefónicas en el piso, bardas venidas abajo, postes de luz y de teléfonos derribados, caídos algunos encima de casas y comercios que estaban inundados por casi metro y medio de lodo. Mucha gente, para esas horas, con las caras largas y en silencio, hacían ya limpieza de sus locales y habitaciones. ¡Que entereza la del pueblo mexicano!

Dando vueltas por unas y otras calles, logré llegar primero a las oficinas de la editorial. Nada había pasado fuera de un encharcamiento en los talleres que sólo afectaron media centena de libros. Regresé por la parte alta para bajar a la Sonora y de ahí hasta la casa de mi hija, a espaldas de San Cristóbal. Bendito sea Dios todos estaban bien. Mis pequeñas gemelitas acusaban en su media lengua: “agua...papá...agua...” señalando la ventana como queriéndome contar su versión de la noche del horror.

Adolfo recién llegaba de su tienda. Me contó que había ido como al mediodía para ver cómo estaba todo y  tuvo que abrir pues la gente llegaba a comprar víveres. Al poco rato llegó su amigo y vecino que también tiene una tienda de abarrotes. En dos horas vendieron todo. Otro temor me asaltó. Habría compras de pánico!

Me despedí pidiéndoles que no salieran. Atravesé la calle y entré en la tienda del frente. El amigable tendero me dijo que no le quedaban más que dos litros de leche, dos bimbos chicos y alimento chatarra. Tomé lo ofrecido, un par de botellas de agua, y emprendí el camino de regreso con el corazón hecho pedazos. En el transcurso pude observar como dos señores se liaban a puñetazos disputándose un garrafón de agua.

Al llegar a casa narré a mi esposa lo ocurrido y el panorama general. Es una mujer incrédula, sobre todo por que yo siempre bromeo con cosas fatídicas. “Estas exagerando”, me dijo. No quise entrar en ese momento en detalles, pero ya me temía lo peor, aunque deseaba pensar que todo había sido únicamente al paso del Río del Camarón que nace en la parte alta de Palma Sola, pasa por un costado del Fovissste, cruza la Progreso y desemboca en la Bahía.

Lupita, por su parte, sufría por la pérdida de sus bienes y, a su insistencia, por la tarde de ese inolvidable jueves le acompañamos a lo que había sido su hogar.

El ejército ya había hecho acto de presencia, lo que confirmaba mi temor de que el desastre había sido tremendo. Los soldados no quisieron, o no supieron darnos información del resto de la ciudad. A pesar de todo, su presencia fue reconfortante para muchos de los afectados. Dos de ellos nos ayudaron a entrar al departamento en el que la altura del lodo compactado alcanzaba casi el techo de la vivienda. El milagro de Lupita aún tendría mayores frutos.

De entre los escombros y el lodo se pudieron rescatar sus documentos y dinero casi intactos, a más de ropa, sus alhajas, y algunos de sus aparatos como televisiones y un estéreo, todos llenos de lodo, pero en buenas condiciones. Lupita retomaba la calma.

Al regresar a casa pude sintonizar la única estación que en ese momento ya transmitía: la Tremenda, del Grupo Radiorama, y a cuyo frente se encontraba un grupo de compañeros locutores y periodistas que daban con un nudo en la garganta los reportes que iban recibiendo: Acapulco había quedado destrozado!

 

Palma Sola fue el segundo asentamiento humano en la zona de la Bahía de Santa Lucía. El primero fue Pueblo Nuevo, ubicado ahí por su cercanía con los veneros o manantiales que brotan en lo alto de El Veladero, las montañas que circundan el moderno Acapulco. Desde ahí, los primeros habitantes bajaban a pescar. Algunos decidieron establecerse en un lugar intermedio: Palma Sola. Otros, más tarde, decidieron quedarse junto al mar y crearon Acapulco.

Acapulco progresó, pero Palma Sola siguió siendo un asentamiento intermedio habitado por gente humilde. En la época moderna, el gobierno pretendió proteger el entorno y declaró Parque Nacional a El Veladero. Poco a poco, toda la zona, al igual que las partes altas del resto de El Veladero, se fue cundiendo de pequeñas casas de bajareque y lámina de cartón, levantadas por precaristas que invadían la zona llevados ahí por líderes que les aseguraban serían regularizados tarde o temprano. Durante la administración de Rubén Figueroa Figueroa se crea Ciudad Renacimiento, en donde son reubicados estos precaristas. Sin embargo, nuevos líderes, protegidos por instituciones políticas, gubernamentales y aún sociales, reinician la invasión de las partes altas del Veladero, hasta llegar a proporciones inconmensurables. Algunos datos, no compartidos por las estadísticas oficiales, arrojan cifras que rayan en las ochenta mil familias asentadas en la zona que incluye la bahía y las laderas que dan a Renacimiento y a Pie de a Cuesta.

En Palma Sola viven gentes de clase media baja. En los altos de Palma Sola, más allá de la línea Isobárica que delimita El Veladero, viven gentes de la más humilde clase social. Viven?....mucho de ellos, tras la noche del horror...vivían. Otros...se pasaron de vivos!

Tres mozalbetes, llenos de lodo, observaban un auto estampado a un lado del canal que baja por el Fovissste. Alguien se acercó y les preguntó que pasaba. Queremos ver si hay alguien atrapado, dijo uno de ellos. Otras gentes se acercaron a ayudar. Al cabo de un rato, se retiraron. Al parecer no había nadie atrapado, y si lo había sería prácticamente imposible rescatarle. El auto estaba aplastado de tal forma que lo único bueno que le quedaban eran las llantas montadas en los rines. Al retirarse la gente, con toda calma, los tres chamacos sacaron una llave “L” y quitaron las ruedas, partiendo con su trofeo calle arriba. Calle abajo, otro grupo de muchachos caminaba alegremente. Unos llevaban en la mano dos bocinas llenas de lodo, otro un teclado de computadora, uno más una maleta escurriendo. Una familia completa observaba una casa destruida. La señora preguntó: “A qué’oras?”, el que parecía su marido contestó: “Aguanta, no t’as viendo los guachos?” La rapiña había empezado!

 

Cayó la noche y, contra lo que pudiera pensarse en personas que tenían 36 horas sin dormir, sin comer, con el cansancio del ajetreo y la tensión del momento, nadie podía conciliar el sueño. Nos acostamos como a las doce de la noche, pero a las doce quince ya estabamos de pie nuevamente, asomados a la ventana y comentando por enésima vez los mismos sucesos de los que teníamos noticia. Serían las cuatro y media cuando pude al fin dormir.

Temprano, en las noticias, hablaron sobre la Costera. El paso a desnivel se había llenado por completo de lodo. El nivel de las aguas lodosas había llegado, a todo lo largo de nuestra avenida orgullo, hasta el metro y medio. Pensé en mi socio y amigo, Ramón. Nadie terminó el frugal desayuno que hizo mi esposa. El hambre nos había abandonado. El agua se había agotado. Afuera, el ir y venir de unidades del ejército, la cruz roja y del Issste se aunaban al constante movimiento de los vecinos. Acapulco había quedado dividido en seis grandes zonas incomunicadas unas de otras.

Me animé pensando en la salida del día anterior y, con el pretexto de dar otra vuelta a Norma y los niños, salí de casa dispuesto a hacer un recorrido por el puerto. Al menos hasta donde pudiera llegar.

El primer lugar que pasé a ver fue aquel en donde estaba la Iglesia de la Sagrada Familia. El impacto fue brutal. La avenida constituyentes estaba trozada de lado a lado. Un inmenso hueco de aproximadamente cuarenta metros de ancho nos separaba de la ruta al centro. El caudal aún era impresionante. En la parte de arriba se veían casas partidas a la mitad por el agua. A la derecha, un camión volteado ruedas arriba apenas asomaba de un montón gigantesco de lodo. El cauce, de unos ocho metros de fondo, se extendía más allá de mi vista, serpenteando entre las casas de Río Balsas que quedaban de pie. La casa de los Ruiz Massieu fue cortada de tajo por la mitad, llevándose la biblioteca, sala y comedor, cocina y un archivo en el que guardaban recortes, fotos y recuerdos de José Francisco y su padre. De la Iglesia no quedó nada. El templo y la casa parroquial desaparecieron por completo. El Padre Angel Bustos se salvó de milagro. Cruzados a lo ancho de la abertura, estaban rajados, colgantes e inútiles los ductos d agua potable, drenajes y otros que sepa el diablo de que eran. Media calle antes, en la esquina donde desemboca Niños Héroes, no había un poste en pie. El caudal aún arrastraba uno que otro mueble y mucho lodo. Era como si la naturaleza, reclamando sus cauces normales, auténticos, se hubiese desquitado de los que osaron desviarlos y ocuparlos en otros menesteres.

Subí triste a la limusina y empecé mi recorrido. Di otra vuelta a la editorial para ver si alguno de los muchachos se había presentado a trabajar. No encontré a nadie, pero todo estaba bien. Tenía miedo del pillaje. Al otro día me enteré de que algunos de ellos sí habían ido, aunque a diferentes horas. Intenté bajar por Insurgentes pero desde el entronque con la avenida Solidaridad estaba totalmente llena de lodo y las placas de concreto se habían levantado por todas partes. La casa de Paquita Flores, amiga escritora, periodista y poetiza, estaba totalmente aislada. Tuve que regresar y entrar por Baja California. No tenía grandes daños, fuera de pequeños tramos en los que se levantó o hundió el pavimento. La Michoacán también estaba cerrada. A la altura del mercado de la Progreso, por la calle de Durango, parte del puente había desaparecido. De ahí sacaron cuando menos cuatro cuerpos.

 

Armando vive con su madre y su prima. A las siete de la mañana sonó el despertador. Tenía que ir a la escuela, pero se amodorró otros diez minutos. Alguien tocó a la puerta y, al abrir, se dio cuenta de que se habían salvado milagrosamente. Viven en la calle Guanajuato en una casa ubicada a espaldas de la Querétaro de la colonia Progreso. Por debajo de su manzana cruza un cauce que desemboca, a la altura de la esquina, con el Río del Camarón.

Un borbotón de agua y lodo saltó de enmedio de las casas en Niños Héroes, inundando la Querétaro al mismo tiempo que reventaba el cauce subterráneo y arrasaba con dos casas que se encuentran a espaldas de la de Armando. Así, su vivienda quedó indemne, prácticamente en el medio de los dos torrentes.

Cuando abrió, el hombre les invitó a protegerse en la parte alta del edificio. Ya se encontraban ahí más de quince vecinos que habían salido afectados por la inundación que pudo desviarse también gracias a un auto compacto que se volteó contra un pequeño muro de contención, reforzándolo. En la casa que da al respaldo de la de Armando, un señor sólo pudo salvarse subiendo a un pequeño desván formado en la parte alta del closet de su recámara y en donde no cabía más que acostado. El agua no subió hasta esa altura, de lo contrario, ese pequeño espacio...le hubiera servido de ataúd!.

 

No pude llegar más allá del frente del Palacio Municipal en Cuauhtémoc. Había montañas de lodo por todas partes. El cúmulo frente a la Estrella de Oro, junto a Ratán Ratán, en el inicio de la avenida Insurgentes, llegaba a los cuatro metros y muchos autos flotaban medio enterrados en el lodo.

A pie, pude llegar hasta la Costera. Ya todo el personal de Viajes Acuario trabajaba intensamente rescatando documentación, escritorios y equipo de las oficinas ubicadas a un lado del Bali-Hai que, al igual de decenas de hoteles, restaurantes y comercios ubicados sobre la principal avenida de Acapulco, había sido inundado por una ola de lodo de más de un metro de alto.

Ramón Luján, mi socio y amigo, estaba bien aunque sumamente preocupado por los resultantes que Pauline pudiera dejar en el renglón turístico y los daños que se pudiesen haber suscitado en las zonas marginadas. Angie, su esposa, y José María, su hermano, trabajaban al igual que sus empleados, codo con codo. Los trabajadores del Bali-Hai, por la noche, al darse cuenta de que el agua subía, lenta pero inexorablemente, considerando que había ya riesgo, despertaron a los huéspedes y les pidieron que subieran a la parte alta del edificio. En otros hoteles hicieron lo mismo. Seguramente eso evitó desgracias personales en cuanto a nuestros visitantes. Hubo tiempo. Ahí no llegó el agua y el lodo de sopetón. Se dice que el agua fue subiendo a un ritmo de diez centímetro por hora, con excepción de la desembocadura de El Camarón que sí arrasó con todo a su paso.

 

En Ciudad Renacimiento todas las calles se convirtieron en ríos que arrastraban muebles, autos, árboles y cadáveres como el de una señora, trastornada de sus facultades mentales, que tenía semanas de deambular por la zona totalmente desnuda, y que pasó flotando por el Circuito Interior. La mayoría de las casas quedaron inundadas. Las cifras oficiales no reportaban muertos. El agua lodosa desembocó en el Río de la Sabana, que también salió de su cauce y arrastró algunas viviendas situadas en sus márgenes, y en la Laguna de Tres Palos que se desbordó inundando cientos de hectáreas por el rumbo del aeropuerto y, dentro de ellas, unidades habitacionales enteras como la Luis Donaldo Colosio, La Poza, Carabalí y el centro comercial Price.

Lo mismo sufrieron la Zapata, El Coloso, la Sinaí, Arroyo Seco, el Sector 6 de la Zapata, la 5 de Mayo y Puerto Marqués.

Los tres canales que cruzan toda esa zona hicieron lo suyo, dejando miles de damnificados que cruzaban las calles por las azoteas tendiendo cuerdas de lado a lado para intentar llegar a algún área seca...pero no la había!.

 

Si la presencia del ejército se había dejado sentir en el Modulo Social del Fovissste la misma mañana del jueves 9, ésta no había sido privativa de ese lugar. Unidades de transporte ya circulaban por todo Acapulco, tanto de la Armada como del Ejército. Sin embargo, como todos, sólo lo hacían en los lugares a los que se tenía acceso. Ni los grandes camiones podían montar sobre los escombros y las montañas de lodo de algunas calles bloqueadas.

Al principio, las fuerzas armadas sólo se concretaron a ayudar a los afectados, cuidar zonas devastadas y a buscar sobrevivientes pala en mano junto con los ciudadanos. El Plan DNIII aún no había sido aplicado, pero ellos ya estaban ahí. Un compañero periodista de una cadena de televisión, cuyo nombre reservamos para evitar la clásica represalia, aseguraba que el Presidente Municipal, Juan Salgado Tenorio, se negaba a solicitar se declarara a Acapulco Zona de Desastre.

Por la tarde se vieron llegar los primeros grandes trailers con maquinaria pesada militar que se aunó a la de particulares y gobierno del Estado que, sin ordenes expresas o indicaciones definidas, ante el caos, ya trabajaban por iniciativa propia en el retiro de escombros y lodo. Se notaba ya la presencia de unidades y personal de ambas instituciones, pero todo mundo comentaba la ausencia de las autoridades municipales, con la muy notoria excepción de los agentes de tránsito que, en esta ocasión, hacían una loable labor bajo la pertinaz llovizna que se abatió esa tarde sobre el sufrido Acapulco, tras una mañana soleada que parecía arrepentirse de las acciones de la noche anterior. No se puede decir lo mismo de las patrullas de la policía que, denunciadas por vecinos de diversos lugares, se dedicaron más al pillaje que a la ayuda.

En Europa, el presidente Ernesto Zedillo recibía la fatal noticia y dictaba sus primeras instrucciones. Seis Secretarios de Estado se trasladaban al puerto para evaluar los daños, y llegaban los primeros auxilios que, por desgracia, comenzaron a acaparar líderes que fueron denunciados de inmediato por los damnificados.

Radiorama, ya con la totalidad de sus estaciones al aire, daba cuenta de desaparecidos y denuncias. Hubo casos francamente bochornosos como el de Gela Manzano, que recientemente fuera destituida de la Dirección del Instituto Guerrerense de la Cultura, periodista y promotora de la cultura y de una posición más o menos acomodada, que fuera señalada por al menos seis diferentes gentes que llamaron a esa radiodifusora, acusándola de acaparar despensas y venderlas en veinte pesos. O el de Guillermo Jiménez Guadarrama, delegado sindical del Plantel Conalep Acapulco I, que fuera localizado por la representante estatal del sindicato de esos planteles, Ana Bertha Rodríguez Reyes, a las dos y media de la mañana para informarle de una reunión que se celebraría con el fin de detectar a los damnificados de su organización y prestarles auxilio. A las seis de la tarde, el delegado llamó a Bertha para darle, desde la comodidad de su casa y por teléfono, los nombres de seis “probables” damnificados de su plantel. Cuando muchos de sus compañeros, verdaderamente afectados le reclamaron haberles ignorado, éste intentó justificar su omisión e irresponsabilidad culpando a la delegada estatal que ahora, indignada y herida, tras largas horas de desvelo y esfuerzo por sus compañeros, pretende presentar su renuncia ante la denigrante calumnia.

 

Desde el primer día se vieron muchas muestras de solidaridad entre el pueblo acapulqueño. Hombres y mujeres que salían de sus casas para ayudar al hermano desconocido sin más afán que el de auxiliar. Taxistas que hacían dejadas gratuitas a las partes en donde pudiesen llegar. Familias que asilaban en sus hogares a familias enteras que habían perdido su patrimonio. Fueron 24 horas, quizás treinta y seis, de una solidaridad a toda prueba. Tiendas de abasto como Comercial Mexicana y Gigante que vendían a precios normales, tan sólo limitando la cantidad de compra para permitir a todos obtener lo necesario, y aún otras como Wall-Mart que vendía a peso el kilo de frijol y de arroz, a sesenta centavos la bolsa de sopa y regalaba el agua para beber. Sin embargo, bien pronto regresó el hombre a ser el lobo del hombre.

El viernes, los taxistas cobraban hasta doscientos pesos por una dejada que quedara por donde ellos querían ir; no había intentos de llegar a algún lado, era sólo por donde ellos sabían que podían pasar fácilmente. La mayoría concentró sus servicios a lo largo de la Costera M. Alemán. Pocos, muy pocos, lo hacía hacia las partes altas. Los abarroteros, con muy pocas excepciones, comenzaron a vender al doble y al triple sus productos, alegando un desabasto que no existió más que el primer día por las compras de pánico. Un garrafón de agua llegó a costar 50 pesos. Los líderes de los diferentes partidos acaparaban ropa, despensas y agua, para venderlos condicionados a sus correligionarios. Abimael Salgado, ex-regidor y dirigente priísta de la Zapata, fue acusado de secuestrar tres trailers de auxilio, estacionarlos frente a su domicilio y negarse a toda costa a que fueran repartidos alegando que “eran para sus gentes”, gentes que tampoco veían llegar la ayuda. José Luis Torreblanca, regidor de la comuna porteña también fue acusado de acaparar y vender despensas. Otro Regidor, Juan García Costilla, fue insistentemente señalado por el mismo abuso. Su hija, indignada, quiso “aclarar” que su padre sólo estaba clasificando la ayuda, aunque no supo explicar que se le clasificaba a cajas de despensa que ya venían previamente empacadas.

 

Ya más tranquilo, sabiendo que mis gentes cercanas no sufrieron daños mayores, regresé a la oficina el viernes. Ahí pude enterarme de que las familias de mis muchachos estaban bien. Llegaron todos, a diferentes horas, pero llegaron. Algunos aún traían la cara de asombro. Jesús y Alfredo vieron salvados sus hogares por el mismo milagro: un auto arrastrado se varó a un lado de sus puertas y desvió la corriente en cada caso. Doña Rosa, la capturista y mujer a la que le suceden todas las desgracias del mundo normal y cotidianamente, estaba indemne. Mi primo Alfredo, Susy y sus hijos, a quienes había pasado a ver el día anterior, no había sufrido daño alguno. Juanita, nuestra administradora, también se reportaba ilesa. Al reportarme con Ramón lo encontré consternado. Se había enterado de la muerte de su ex-contador y amigo Alfredo Centel y toda su familia, cuya casa fuera destruida y arrastrada por el Río del Camarón a la altura de Constituyentes y Río Balsas. Más tarde se sabría que algunos de los cuerpos no hab'edan sido recuperados y se tenía la esperanza de que estuviesen vivos. Hasta el momento, no se tiene la certeza, pero deseamos fervientemente que así sea.

Este día ya se conocía algo más concreto sobre el desastre. Las regiones dañadas en Guerrero eran Ometepec, Chautengo, Cuatro Bancos, Copala, Azoyú, Ayutla, Tecoanapa y Cuajinicuilapa en la Costa Chica. De la Costa Grande habían sido afectadas Coyuca de Benítez, Atoyac, San Jerónimo, Hacienda de Cabañas, Técpan, Petatlán, San Isidro, El Zapote, Pie de la Cuesta, Magallón, Carrera Larga, Ejido Viejo, Paya Azul, Zumpango, Cimientos, El Bejuco, El Embarcadero, Yetla, Valle del Río, Cerrito de Oro, El Cayaco y Papagayo.

En Acapulco resultaron seriamente dañadas las colonias Arroyo Seco, Agrícola, Cayaco, El Coloso, 10 de Abril, 18 de Enero, La Frontera, La Mica, la parte baja de Llano Largo, la parte baja de La Máquina, Federación 2000, Postal, La Progreso, Puerto Marqués, La Poza, La Sabana, la parte baja de la Zapata, Renacimiento, el Tanque, Venustiano Carranza, Francisco Villa, antorcha Revolucionaria, Palma Sola, Icacos, y el modulo Social Fovissste. Porqué las partes bajas?.. sencillamente porque de arriba vinieron agua, rocas y lodo.

Las primeras cifras oficiales difieren grandemente. Mientras el gobierno estatal habla de 99 muertos, el presidente de la Cruz Roja Mexicana señala que son más de 400. Angel Aguirre Rivero, gobernador del estado, declara que son 5 mil viviendas totalmente destruidas y 25 mil dañadas. Señala que pueden ser 400 mil los damnificados, aunque otras cifras aseguran que llegan a los 650 mil.

 

Aunque desde el principio se abrieron albergues para damnificados, éstos fueron improvisados y se desconocía su ubicación. Ese viernes se dieron a conocer los que oficialmente se reconocían: los jardines de niños Luz Ma. Serral, Bertha, y Juan Escutia; las escuelas primarias San Isidro, Plan de Ayala, Simón Bolívar, Fuentes del Maurel, Miguel Hidalgo, 122, Puerto Marqués, Emiliano Zapata, Apolonio Castillo, de la colonia del PRI, y la Rubén Figueroa Figueroa; las secundarias Técnica 100, Técnica 1, Artículo 123, y la secundaria federal 104, además del Conalep II Miramar, el Cecytec, el Cetis 41 y la Casa de la Cultura, la iglesia de Puerto Marqués, Conasupo del Coloso, el Margarita Maza de Juárez de la Laja, una iglesia privada en la colonia Bella Vista y el Dif Jardín Palmas, aunque se ignoraron oficialmente, al principio, muchos otros establecidos por los propios ciudadanos, como el de la Casa del Trabajador del Modulo Social Fovissste, o se anunciaban otros que no existían como el caso del Dif Jardín Palms que en realidad estaba asentado en la casa que ocupan las oficinas de ese distrito electoral.

Ya se abrían centros de acopio. En Acapulco se anuncia como tales a la propia Cruz Roja, el Centro Comunitario Margarita Maza de Juárez de la colonia La Laja, Radio y Televisión de Guerrero y la Casa de la Cultura, aunque algunos otros realizan su propio esfuerzo como la cadena de radio Radiorama, Televisa Acapulco y Operación Guerrero Azteca, filial en Acapulco de Televisión Azteca.

Igualmente se abren centros de acopio en Iguala, Zihuatanejo, Técpan de Galeana, y la capital del estado, Chilpancingo, que inician inmediatamente el envío de ayuda.

En otros lugares del país, asombrados por las imágenes que llegan de Acapulco, principalmente, y de zonas como Puerto Escondido, Huatulco y otras comunidades de Oaxaca, reaccionan con bondad y se inicia también el acopio de víveres, medicinas, agua, ropa y cobertores. Así lo hace Televisa, TV Azteca, la Cruz Roja Mexicana que centra su acopio en Polanco, la UNAM y muchos más.

Acapulco, declarado por fin Zona de Desastre el día anterior, ve llegar a médicos y enfermeras de todas partes, aunque destacan los militares y los del ISSSTE, que portan antidiarréicos, analgésicos, y vacunas para prevenir el tétanos y la tifoidea, instalando puestos no sólo en los albergues sino en cientos de lugares más.

El Presidente anuncia su visita y adelanta su regreso de Europa un día. Mientras tanto, los actos de rapiña se generalizan. Policía y ejército detienen a los primeros 17 saqueadores.

Llegan al puerto los Secretarios de la Defensa Nacional, de Salud, Comunicaciones y Transportes y el Subsecretario de Protección Civil, que de inmediato se trasladan a las zonas de desastre junto con 25 mil despensas, 25 mil colchonetas, cobertores, láminas de cartón, 5 mil lotes de medicamentos, mil litros de cloro y 300 mil litros de agua potable que vienen a paliar un poco la sed de una ciudad en la que el objeto más preciado llega a ser, paradójicamente, su destructor: el agua.

 

La polémica sobre si se alertó o no a la población, aún entre el sopor mismo del desastre, ya se había iniciado. El consenso mayoritario sobre el tema era coincidente. Es cierto que la televisión había hablado sobre el Pauline y su muy posible entrada a tierra en las costas de Oaxaca, pero sólo era eso: noticias por televisión, generalizadas, informativas, pero nunca de prevención o instructivas. Es cierto también que el ayuntamiento porteño transmitió spots por radio y televisión en donde alertaba a los moradores de cañadas y barrancas -en otra palabras, a los precaristas invasores- para que las abandonaran, pero este anuncio se venía haciendo desde cerca de dos meses atrás y nada tenía que ver con el huracán sino con la temporada de lluvias. La verdad es que no se alertó a la población por parte de autoridad alguna. Ni sobre la entrada directa, ni sobre la velocidad de los vientos, ni sobre los daños que podría ocasionar, ni sobre las prevenciones que la población en general podría o debía tomar. El huracá Pauline entró sin que nadie lo invitara, ni lo advirtiera. También es falso que -Dios Santo, que aberración- el huracán llegara con toda calma y de repente, ya en el puerto, arreciara sin aviso.

El propio Director de Protección Civil en Acapulco, Efrén Valdés Ramírez afirma que a las 2.30 de la madrugada intentó informar al Secretario de Protección y Vialidad, o al menos al Director de la Policía Preventiva, que había recibido como información de última hora que el huracán golpearía con todas sus fuerzas al puerto. Obviamente ninguno de los dos estaba en sus oficinas. Valdés Ramírez se conformó con dejar el informe en la puerta de guardia.

El Director de Protección Civil en el puerto turístico más importante de México no pudo comunicarse con funcionarios de más alta jerarquía sencillamente porque no tiene los teléfonos privados de ninguno de ellos. El es un hombre de la clase media baja al que colocaron en ese importante cargo para darle acomodo por sus servicios de campaña. El mismo organismo de Protección Civil no es, para las autoridades porteñas, sino una dependencia más con un presupuesto exiguo, que no tiene siquiera una oficina decente o equipo con que cumplir sus funciones, ya no se diga autoridad alguna que asumir en casos de desastre. La nulidad de Protección Civil se ha visto comprobada en infinidad de casos menores y ampliamente censurados por los diversos medios de comunicación y grupos sociales, sin más respuesta que “que quieren que haga?”

Conforme a la misma constitución del organismo a nivel nacional, motivada a raíz de los sismos de 1985 que destruyeran una gran parte de la capital del país, la Dirección de Protección Civil correspondiente a los estados y, a su vez, a los municipios, deben tener un amplio programa preventivo que incluye información, advertencias y hasta simulacros sobre cualquier tipo de desastre que pudiese ocurrir, principalmente a los del tipo que afectan periódicamente a su población, creando pequeños comités entre los diversos sectores de la comunidad como escuelas, grupos, asociaciones y sociedades que, trabajando unidos y simultáneamente en un caso de emergencia, conformarían una cadena perfectamente organizada, cuyo titular, en ese preciso momento, se convertiría en el coordinador de todos los esfuerzos incluyendo ejército, gobierno, organismos y sociedad.

Se pensaba en un organismo con todo el equipo necesario, respaldado con todo el poder oficial y dirigido por un elemento con capacidad profesional y de una moralidad y entereza suficientes para enfrentar no sólo el desastre mismo sino los brotes de egocentrismo que seguramente brotarían aún entre los mismos gobernantes al verse desplazados en esos momentos. Nunca, nunca, en un organismo burocrático venido a menos, con no más equipo que un teléfono que sirve al mismo tiempo de fax y dirigido por un hombre que no entiende más responsabilidad que cobrar sus quincenas como empleado menor, sin tener la más mínima idea de lo que es prevención o un programa de emergencia.

Por otra parte, si bien es cierto que la responsabilidad de Protección Civil era desde prevenir hasta alertar a la población, no es de esta dependencia la correspondiente a otros factores que hicieron que la tragedia fuera más grande en lo que a pérdidas de vidas humanas se refiere. El noventa por ciento de los decesos fueron entre aquellos que se habían asentado en las márgenes de ríos y cañadas semi-secos la mayor parte del año y que no alcanzan afluencias peligrosas en la generalidad de las temporadas de lluvias, pero que sí son de alto riesgo ante sucesos como el presente. Las causas brotadas de este hecho se remontan a lo largo del año en que, esos mismos moradores arrojan todo tipo de deshechos a los canales que, al llegar las lluvias, asolvan desde las presas gavión hasta los embalses mismos, pasando por ductos y puentes bajos, sin que las autoridades correspondientes les desasolven a tiempo -como sucedió este año- dejando el desfogue de las corrientes reducidos incluso a menos de la mitad. El orden d los factores, aquí, si alteraron el resultado!

 

El sábado amaneció más calmado. En el siniestro cada cual ocupaba, poco a poco, el lugar que se había merecido. Acapulco había quedado sin luz eléctrica, sin cablevisión -que entre paréntesis puedo decir aquí es indispensable por la debilidad de la señal normal debido a los cerros que rodean la bahía-, sin teléfono y sin agua. Desde el primer momento posible las empresas dedicadas a la dotación de estos servicios, con excepción de la del agua, lanzaron a la calle a su trabajadores. Día y noche les veíamos trepados en los postes, rascando la tierra, buscando en centrales y hasta subiendo a pie a los lugares en que sus unidades no podían hacerlo.

Hablando de unidades, Teléfonos de México perdió una gran cantidad de éstas que esa noche fatídica estaban resguardadas en varios estacionamientos. En casi todos sucedió lo mismo. La avalancha les lanzó unos sobre otros, como juguetes de papel, destrozando decenas y apiñándolos formando rimeros de lodo y lámina.

Aunque todos merecen reconocimiento, quizás quienes actuaron con mayor celeridad, a pesar de los daños causados, fueron los integrantes de la Comisión Federal de Electricidad que se ufanaban, no sin razón, lanzando un spot por radio y TV en el que señalaban que, habiendo quedado dañadas el 80 por ciento de sus líneas, habían restablecido el servicio en un 98% en 48 horas...y era cierto! 980 mil usuarios quedamos sin servicio eléctrico y 22 transformadores tronaron o fueron abatidos por el meteoro. Participaron en el restablecimiento 280 trabajadores de la CFE llegados de Iguala, Altamirano, Chilpancingo, Toluca, Valle de Bravo y el estado de Morelos.

El servicio telefónico, a estas alturas, estaba ya restablecido en un gran porcentaje, aunque con ciertos problemas. Las líneas hacían ruidos estentóreos o morían de plano a intervalos irregulares...pero ya había comunicación en la mayor parte de Acapulco. Quizás la zona más afectada en ese sentido había sido la costera y sus colonias aledañas que aún permanecían sin el vital -comercialmente hablando- servicio, pues la Central Hornos se afectó.

Todos los noticieros de radio y televisión ya estaban al aire y se ocupaban de mensajes de búsqueda, orientación e información sobre los sucesos e instrucciones giradas. Todos, a estas alturas, hicieron una magnífica labor digna de aplauso y reconocimiento. Sus reporteros, habitualmente antagónicos en la noticia, colaboraban unos con otros cruzando información e incluso ayudando físicamente en las obras de limpieza por ratos, o en la recolección y reparto de insumos acopiados.

 

Directamente de Alemania, el Presidente Ernesto Zedillo llegó a Acapulco. Le recibieron en el aeropuerto el Secretario de la Defensa Nacional, Gral. Enrique Cervantes Aguirre y el gobernador del estado Angel H. Aguirre Rivero. Su gesto era de preocupación, pero guardaba un mucho de indignación. Ya estaba enterado de la serie de tropelías y pillerías realizadas por líderes de varios partidos, pero principalmente por priístas, de su propio partido, que lo único que podrían acarrear sería una mayor perdida de credibilidad entre los votantes, aunque más tarde hiciera la aclaración de que esto último era lo que menos le importaba en el momento, sino la falta de sensibilidad humana ante la desgracia de sus hermanos acapulqueños porque... “cómo hay gente abusiva que se aprovecha de esto”.

Sobrevoló la zona de desastre y más tarde bajó en El Coloso y la Zapata, de donde se trasladó a Constituyentes a la altura del Módulo Social del Fovissste en donde desapareciera la Iglesia de la Sagrada Familia.

Durante su recorrido por las colonias siniestradas el presidente recibió cientos de peticiones y muchas de las denuncias que ya conocía: los líderes que acaparaban ayuda y aún la vendían. Esas reiteradas acusaciones hicieron que girara instrucciones precisas al Secretario de la Defensa Nacional para que se aumentara el número de efectivos, se tomara el control de los albergues y se repartiera directamente a los damnificados la ayuda. Sabía que Protección Civil no había servido de nada, que las autoridades municipales no habían tenido la capacidad para atender a sus conciudadanos, que las autoridades gubernamentales habían sido rebasadas, tal y como lo denunciara la Comisión de diez diputados federales que se encontraba en Acapulco, encabezadas por Cesar Lonche Castellanos, y que por cierto también afirmaran que las autoridades estatales y municipales sí fueron informadas 48 horas antes de la magnitud del Pauline, pero que no tomaron las providencias necesarias.

 

El Papa Juan Pablo II envió un mensaje de aliento a los habitantes de Oaxaca y Guerrero. Dado a conocer por el Arzobispo Rafael Bello Ruiz, el documento señalaba que “Conocida la triste noticia del devastador huracán y sus graves inundaciones que, sobre todo en las costas del Pacífico de los estados de Guerrero y Oaxaca, han causado tantas víctimas, varios desaparecidos y han dejado numerosísimas familias sin techo, su Santidad Juan Pablo II ofrece sufragios al Señor por el eterno descanso de los fallecidos y ruega a Vuestra Excelencia que exprese su sincero pésame a los familiares de los mismos, así como los sentimientos de su paterna cercanía espiritual a quienes se han visto privados de su hogar, invitando al mismo tiempo a las diversas instituciones públicas y personas de buena voluntad a prestar solícitamente a los afectados la ayuda eficaz con caridad y espíritu de solidaridad cristiana”.

El propio Arzobispo señalaba que “el número de hermanos que han perdido la vida a causa del fenómeno ha superado la cifra de 100, pero creemos que esta cifra aumentará conforme se vayan realizando los trabajos de rescate. Asimismo, el número de damnificados es alarmante; en este momento es imposible dar una cifra exacta. En Acapulco se vive un ambiente de dolor, pánico por el futuro incierto -enfermedades, falta de alimentos, etc.- Sin embargo, también vemos con aprecio todo el esfuerzo del pueblo mexicano -gobierno, ejército, voluntarios- que de alguna manera nos da la esperanza de un mañana mejor. Que Dios Nuestro Señor les bendiga abundantemente y que la protección de la Santísima Virgen de Guadalupe los acompañe”, y anunciaba la apertura de la Casa de la Cristiandad como centro de acopio.

 

En las funerarias había dolor y llanto. Tres de ellas habían sido “asignadas” por el gobierno para concentrar a los difuntos que el Semefo canalizaba, y tenían instrucciones de no cobrar a sus familiares ni el ataúd ni sus servicios. Algunos cadáveres eran entregados para ser velados en sus propios domicilios y otros aguardaban para ser identificados. Mucha gente llegaba con la esperanza reprimida de que no estuvieran sus desaparecidos ahí, pero para confirmarlo tenían que ver los cuerpos. Unos, salían con cara de alivio con renovada esperanza. Otros, soltaban el llanto al reconocer a alguno de sus seres queridos.

Sin embargo, decenas de cadáveres no fueron canalizados al Semefo debido a que los agentes del ministerio público no se daban a basto para atender a los llamados, por lo que sus familiares, ante el paso de las horas y la obvia descomposición de los cuerpos, optaron por enterrarlos o cremarlos directamente, lo que más adelante “ofendió” a las autoridades que amenazaron con tomar “acciones legales” en contra de familiares o funerarias que hubiesen intervenido en esos actos. Ojalá ese celo por la legalidad lo pusieran en los sucesos cotidianos.

Las autoridades del sector salud ordenaron la implementación de un cerco sanitario al detectarse tres casos de cólera y como prevención de posibles brotes epidémicos. A pesar de que en la ayuda llegaba agua en grandes cantidades, la inexistencia de ésta en el puerto al ser dañados los dos grandes sistemas, el Papagayo I y el Papagayo II, se temía un desabasto que recrudecería las posibilidades de enfermedades y epidemias.

El Secretario de Educación Pública del Estado de Guerrero, Eduardo Maliachi, anunció que las clases serían suspendidas hasta en tanto no se hiciera una completa evaluación de los daños sufridos por los planteles escolares, y que los alumnos de aquellos que hubiesen sufrido daño serían reubicados.

 

Yo me sentía impotente. Quería hacer algo por Acapulco pero, como ya señalé al principio, los años no pasan en balde. En la oficina, platicando con mis muchachos sobre sucesos y casos brotados de la desgracia y la cantidad de ayuda que empezaba a llegar, se me ocurrió que lo único que podríamos hacer era, zapatero a tus zapatos, escribir y editar un libro que narrara, analizara y dejara registrado un compendio de esa noche del horror, cuyos beneficios serían destinados a los damnificados. Comenté con mi socio la idea y le pareció bien, por lo que de inmediato, ese mismo día iniciamos los trabajos de el libro que ahora tiene usted en sus manos. La primer tarea era ampliar los recorridos para ver más de cerca los daños y poder palpar directamente de la gente los sentimientos que en ese momento experimentaban.

Algo me llamó la atención desde un principio. Muchos de aquellos con los que platiqué ya hablaban en pasado. El presente lo estaban viviendo trabajando. Casi todos intentaban reiniciar una vida lo más normal posible. Sabían que la vida económica y productiva de Acapulco no podía detenerse por mucho tiempo. Era increíble el espíritu de lucha que se había anidado entre nuestros paisanos.

La imagen del ejército se había agigantado en una entidad en la que poco antes estaba bastante deteriorada debido a la aparición del Ejército Popular Revolucionario con el que la mayoría se identificaba. No debemos olvidar que nuestra gente siempre, siempre, se identifica con el más débil y con todo aquel que enarbola la bandera antigubernamental, sobre todo ante un ambiente plagado de corrupción, impunidad y degradación.

Generalizada también estaba la censura hacia el presidente municipal Juan Salgado Tenorio a quien “nadie ve por ninguna parte”.

 

El Presidente Ernesto Zedillo, tras hacer su recorrido por varias colonias, en las instalaciones del Palacio Municipal de Acapulco presidió una reunión durante la que fue informado de los reportes recabados por las diferentes dependencias de las seis secretarías de estado sobre los daños generales y las medidas aplicadas hasta el momento. Las cifras oficiales no habían variado mucho de las dadas a conocer el día anterior.

Destacó, durante la reunión, un enfrentamiento verbal que el Presidente tuvo con dos legisladores federales guerrerenses perredistas: el diputado Alberto López Rosas, ex-priísta conocido como un hombre ecuánime, y el senador Felix Salgado Macedonio, polémico y protagónico sempiterno. En el preciso momento en que el primer mandatario iba a hacer uso de la palabra, fue interrumpido por el diputado López Rosas que pedía ser escuchado. El presidente, sin levantar la voz pero con firmeza le dijo que él no trataba con representantes, pidiéndole que se sentara. El diputado insistió, pero fue nuevamente callado por el mandatario que, en la tercera ocasión, le exigió también respeto por su investidura. Inmediatamente después intentó iniciar de nueva cuenta su intervención, pero fue interrumpido por el senador Salgado Macedonio que gritó que lo informado al presidente no era cierto. Zedillo, en tono sardónico, dijo al senador: “Yo lo hubiese querido ver en los albergues donde acabo de estar ahorita”, dando inició a su mensaje no sin antes recalcar que él había visto por su propia cuenta la realidad acapulqueña. Su acción para con los legisladores guerrerenses fue la reafirmación de la orden dada unas horas antes: “nada con líderes o representantes. Que la ayuda llegue directamente a la población”. Sin embargo, al menos López Rosas quería denunciar algo que sí era cierto: que no se había alertado a la población.

 

La gente platicaba abiertamente con los soldados. Los veía con ojos amistosos. Por la noche, cuando ya casi todo estaba en silencio, se escuchó de pronto un coro de voces que cantaba acompasado al ritmo de paso veloz. Eran los integrantes de una compañía militar destacados en el Fovissste que, recorriendo el Paseo de la Comunidad de arriba abajo y vuelta, hacían algunos ejercicios tras la larga jornada. La gente, azorada al principio, cuando se dio cuenta de que se trataba, desde sus ventanas aplaudían y gritaban vivas a los soldados. La piel se me enchinó. Era la primera manifestación de cariño que veía yo, en muchos años, por las fuerzas armadas. Ellos cuidaban el orden, llevaban agua, ayudaban a remover escombros, curaban heridos y enfermos, cocinaban en los albergues, llegaron con maquinaria pesada para trabajar en el retiro de lodo y restos, y hasta con anfibios que sacaron -según algunas informaciones- hasta sesenta cadáveres que flotaban en la bahía. Merecían el aplauso. No hubo ese trato rígido y áspro que siempre se experimenta. Eran amables y atentos. Eran parte de la gente del pueblo...porque son gente del pueblo!

Mención especial amerita, sin servilismo de ninguna clase, la actitud del Secretario de la Defensa Nacional, General Enrique Cervantes Aguirre que, sudando a mares, permaneció varios días atendiendo personalmente las labores de su tropa, recorriendo las zonas afectadas, girando ordenes. En pocas palabras, ensuciándose el uniforme al parejo de su gente, y acompañado tan sólo por el General López Portillo, comandante de la novena región militar y dos asistentes personales, sin guardias, sin guaruras, sin comitivas extravagantes y escuchando con atención a quienes se le acercaban con alguna queja tan sólo por verlo uniformado, sin imaginar siquiera que era el Secretario de la Defensa.

 

Quienes vivimos y trabajamos en Acapulco nos hemos acostumbrado a ver al puerto como una ciudad más, una ciudad en la que la cotidianeidad absorbe y nos “olvidamos” de que moramos en Acapulco el puerto internacional, el desarrollo turístico de luces multicolores y noches de alegría y destrampe. Vivimos, pues, una vida normal, común y corriente, como se podría vivir en cualquier otra ciudad.

Los domingos, muchas familias acostumbran “ir a Acapulco”. Es decir, bajar a la zona turística para disfrutar de sus albercas, su mar, sus instalaciones turísticas, sus restaurantes. Gozar de ese ambiente internacional que rompe con la rutina diaria.

El domingo 12 nadie bajó. Nadie buscó la diversión y el esparcimiento dominical. Aún había mucho que hacer. Incluso se olvidó que ese día, 12 de octubre, se conmemoraba el descubrimiento de América, el muchos años llamado Día de la Raza y que no hace mucho cambiara para llamarse Día de la Hispanidad.

La visita del presidente y sus medidas adoptadas habían levantado la moral de los acapulqueños que, ahora sí, veían fluir la ayuda en cantidades increíbles, aunque todavía no llegaba a todas las zonas afectadas. Fue tan extensa la zona dañada que a cuatro días del desastre aún existían zonas a las que no había llegado auxilio alguno, pero...en mucho se podía culpar de esto a los propios vecinos que, quizás por dignidad, quizás por indolencia, no habían reportado sus daños. Un ejemplo lo fue la zona de la Cañada de los Amates. Nadie sabía que habían sufrido daños, no había reportes de esos daños ni de damnificados, a pesar de que están tan sólo a unas calles de Farallón y tenían libre acceso a la costera. Otros más, con un espíritu de solidaridad increíble, habían rechazado esa ayuda considerando que bien podían valerse por sí mismos, como en Costa Azul, zona residencial en la que un comité de vecinos regresó los camiones de ayuda argumentando: “no los necesitamos...llévenlos a los que en verdad lo necesitan”. Otra muestra más de la grandeza de mi pueblo! Claro está que también habían zonas que sí necesitaban la ayuda y que no había llegado, en parte por que no había acceso del todo y en parte porque se fueron cubriendo las zonas de abajo a arriba, conforme el paso mismo lo permitía.

El caso es que ese domingo fue de casa. Sobre todo porque se hacían constantes llamados a la ciudadanía para que, si no tenían nada que hacer en la calle, evitaran salir para no entorpecer los trabajos de limpieza. Y es que en verdad somos muy especiales. Algunos de los que no sufrieron daño, salían a hacer sus compras como si fuese cualquier día, acompañados de la familia entera, de la sirvienta y, aunque usted no lo crea, hasta del perro!, como una familia que vi a la salida de Aurrera. No se diga aquellos que querían recorrer la ciudad, o al menos por donde podían, como si fuese un recorrido turístico para ver los despojos con un morbo muy fuera de lugar.

Independientemente del peligro al que exponían a sus hijos, dado que había partes humedecidas y semiderrumbadas que podrían caer en cualquier momento, lugares anegados y hasta el movimiento propio de las grandes máquinas que removían escombros y lodo, corrían el riesgo de adquirir alguna enfermedad al respirar ese polvo que ya se extendía por todo Acapulco y que, en sus partículas, llevaba todo tipo de podredumbre, desde excremento, hasta restos de cadáveres putrefactos. La imagen de ciudadanos portando tapabocas de color azul o verde se comenzó a extender por toda la ciudad. Pero muchos no entendían.

Naturalmente que salían en automóvil, agravando el ya de por si caótico tránsito que se limitaba aún a muy contadas calles y avenidas; al no encontrar acceso hacia donde querían, se enfrascaban en unas idas y venidas que usaban cualquier lugar como bueno para una tornavuelta. Pocos comprendían que un desastre de esta magnitud no se solucionaría en dos o tres días. Acapulco tendrá que trabajar mucho tiempo para volver a la normalidad total, quizás uno o dos años. Hoy, las máquinas retiran los restos. Mañana y pasado cerrarán calles para repavimentarlas. El trabajo será arduo, pesado y tardado.

 

Lucy Guillen, una de las más conocidas reporteras de sociales tenía que tomar el vuelo de las 7.15 de la mañana a la ciudad de México. A las seis de la mañana salió de su casa y pasó una de las mayores aventuras de su existencia, salvando la vida milagrosamente.

Ella misma narra que “cuando salimos...el agua caía a toneladas, no se veía absolutamente nada, solamente una intensa nube blanca por la fuerza de la lluvia, pero aún así bajamos la colina y al llegar a nivel de calle vimos como el agua hacía ríos enormes por la calle, la cual arrastró nuestro carro que iba como barca a la deriva. Imagínense, metimos el freno de mano, el freno de pie y nada, sólo dábamos vuelta y vuelta hasta que afortunadamente nos fuimos a atorar en un tronco que estaba justo donde se hacía más grande el arroyo, pero allí nos detuvimos viendo por más de dos horas como pasaba junto a nosotros enormes cantidades de agua, piedras, basura y cualquier cantidad de cosas, pero eso sí, ni un alma, todo terriblemente oscuro, donde los minutos nos parecieron horas, hasta un poco más de las ocho de la mañana que levemente comenzó a clarear y se calmó un poco el agua, nos salimos del auto queriendo llegar a tierra más firme, pero al cruzar la calle la fuerza de la corriente nos jaló más de seis metros y nuevamente, benditosea Dios, nos fue a atorar a un par de postes de luz que quedaban cerca de la pared donde no sabemos ni de que forma nos incorporamos, es horrible, hagan de cuenta como cuando nos revuelca una ola, pero entre piedras, lodo, palos, etc.; ya a salvo tuvimos que caminar descalzos un par de kilómetros para llegar a casa de nuestros padres y, durante ese tiempo ni un coche ni una persona alrededor, fue hasta entonces que nos dimos verdadera cuenta de la terrible tragedia que estábamos viviendo”.

 

La lista oficial de los que perdieron la vida ya se había dado a conocer. Esto no quiere decir que los aquí citados fueron todos. Hubo muchos más que, o no fueron identificados, fueron sepultados sin conocimiento de las autoridades por las razones que comentamos antes, o aún descansan bajo los escombros y el lodo. Citarlos en este libro no significa otra cosa que dejar una constancia de su sacrificio y para que el recuerdo de sus nombres sea el acicate de la conciencia de aquellos culpables directos e indirectos de la tragedia.

Arrastrados por la corriente, de la colonia Francisco Villa fueron encontrados en el Modulo Social Fovissste los cuerpos de Francisco Velela Sánchez, Valentina García Gallardo; Clara, Juan Carlos, Marbella, y Carla Guadalupe Velela García; Epigmenio Antunez Damián, y Jorge Sánchez Flores. En El Coloso fallecieron Celia Vela Castro, Emigdio Avelar Castro; Juan Carlos, Araceli, y Jorge Luis Castro Vázquez; Elías Herrera Martínez; Rebeca, Adolfo, y José Angel Testa Buenaventura; Gabriela Marbella Buenaventura; Susana González Montalbo, Vicente Gabriel Bedolla Sotelo, Antonio Toribio Rodríguez, Ignacio Pantaleón Hernández, y Genoveva Heredia Cervantes. En el Sector Los Organos Olivia Martínez Garduño, Mayrén Trinidad Domínguez, y Brenda Carvajal García. En la Colonia del PRI Renato, Lourdes, Sandra, y Selene Factor Mejía; Gabriela, Adolfo y Rebeca Herrera Ventura; Everardo y Celia Vázquez Castro; y Guadalupe Aquino Mejía. En la Jardín Marco Antonio, Natalí y Eduardo Jaimes Dorantes, y Marbella Dorantes Venancio.En la carretera Cayaco-Puerto Marqués Silvia Leonor Ramos Hernández, Silvia Leticia y Yesenia Muñoz Ramos.

En el sector central que comprende las principales colonias del centro de la bahía, como la Progreso, Santa Cruz, Fovissste, Infonavit Alta progreso, Vistahermosa, Morelos, Costa Azul y otras, Laura Díaz Servín, María Ortíz Regino, Mario Ivan Juárez Pérez, Rosa Pérez Gallardo, Clara Rodríguez León, Nestor, Carlos, y Oscar Justo Moreno, Bulmaro Ramírez N., Felipa Olea Soto, Belén López Moreno, Ismael García Olea, Clara Segura Sánchez, Facunda Silva Juárez, Sergio Hernández, Alejandro Castrejón Hernández, Seleno Centel Vergara, José Antonio Solano Centel, Rosa Isabel Gálvez Pichardo, Juana Rodríguez Allende, Margarita Alvarez Gutiérrez, Guillermo Rosas Gabino, Ernesto Alvarez, Yolanda Pichardo García, Marbella Vergara Ortíz, Gaudencio Angel Muñoz, Silvia Isidro Rosas, Raúl Corona Estrada, Beatríz Ortíz Regino, Alejandra Juárez Ruiz, Agustina Ruiz Pérez, Fidel Avila Soto, Eloy Isaías Noyola Hernández, Johnatan García Altamirano, José Faustino Mora Nava, Cesar Reyes Nava, Marina y Alejandro López Morales, Guillemo Rosas Silva, Casimira Morales Benítez, María Alejandra López, Amor Alexis Valeria, Luis Carlos Adame, Marbella Gómez Benítez, Cristina Villalobos Mendizabal, Jesús y Guadalupe Tumalán Gómez, José Alberto Gómez Benítez, Juan Carlos Villegas, Freddy Rivera Villegas, Cirilo Bustos Zarate, Leonarda Pérez Rosales, Cirilo Villegas de la Paz, Elia Gregorio Severiano, Nayath Luna Narciso, Luis Carlos Andrade Montejano, Pedro Villegas Sánchez, Lizbeth Villegas Luna, Javier Isidro Carrillo Ortíz, Genaro Polanco Anaya, Pedro Astudillo Navarrete, Mariana González García, Salma Julieta Estrada Gabino, Alma Delia Romero Comino, Casimira López Benito, Mario Ivan López Pérez, Paz Rivera Juárez, Moisés Benítez Coronado, Mario Gutiérrez Martínez, Juan Rosas Alvarez, y Genoveva Heredia Cervantes, mas 19 cuerpos encontrados que no fueron identificados, remitidos a las oficinas del forense.

 

Los daños en carreteras de acceso y cercanas al puerto apenas empezaban a ser evaluadas. Sin embargo, se sabía que la carretera escénica, que comunica Acapulco con Puerto Marqués y el nuevo desarrollo del Acapulco Diamante, se había deslavado en sus tres carriles; la Autopista del Sol había tenido algunos deslaves, pero permitía el paso, lo que no la carretera nacional que se vio bloqueada en varias partes debido a fuertes derrumbes, deslaves y cortes. La carretera que comunica con Pie de la Cuesta se vino abajo en todo su ancho a la altura de de los Planteles Escolares Cetis 14 y Cebetis 41, dejando incomunicada a una gran zona habitacional como la Jardín Azteca y la Jardín Mangos que, durante los primeros días se abastecían en la cercana Coyuca de Benítez, también afectada, pero cuyo abasto se agotó al tercer día.

Carlos Ruiz Sacristán, Secretario de Comunicaciones y Transportes dio órdenes inmediatas de que se invirtieran todos los recursos necesarios para la rehabilitación de las carreteras y puentes afectados.

Los reportes que llegaban del interior del Estado, principalmente de Costa Chica y Costa Grande eran igualmente alarmantes. La Cruz Roja señaló que, entre otros, San Agustinillo, Arroyo Cruz y El Camero, tres pequeños poblados de las costas del pacífico mexicano, habían quedado totalmente destruidos, en tanto que Playa Sepolite, San Pedro Pochula, El Pitayo y algunos más habían sido afectados en un 80 por ciento.

En Coyuca de Benítez hubo inundaciones de huertas y viviendas y se interrumpió la circulación en la carretera Acapulco-Zihuatanejo; en el poblado de El Zapote, perteneciente a este municipio, a la altura del kilómetro 43 un río socavó el piso de la carretera, causando su hundimiento y poniendo en riesgo a los pasajeros de un autobús Estrella de Oro que circulaba en ese momento y estuvo a punto de ser arrastrado por la corriente.

Ometepec, tierra del gobernador, quedó incomunicada al trozarse en varios lugares la carretera Acapulco-Pinotepa Nacional a la altura de San Isidro. En Cuajinicuilapa se derrumbó el puente de Bajarillas; ahí circuló la versión, publicada incluso por algunos periódicos, de que el caporal del rancho de Angel Aguirre Rivero sí recibió aviso a tiempo y pudo poner a salvo a su ganado, como lo relatan Leopoldo Román y Fortino Domínguez a El Sur, un semanario local reconocido por su seriedad: Ese día (miércoles 8) nos dimos cuenta de que el vaquero que trabaja en el rancho del gobernador sacó las vacas y las llevó al cerro más alto, y nosotros no sabíamos el motivo”, afirma el primero. “Nosotros pensamos que a ellos (a los trabajadores del rancho) sí se les avisó con anticipación que vendría el huracán y que tomaran sus precauciones para poner a salvo a su ganado fino”, reitera el segundo.

Los damnificados de todas estas zonas se quejan de que la ayuda se ha concentrado en Acapulco y que a ellos se les ha olvidado. Sin embargo, las instrucciones presidenciales ya se habían dado y la ayuda empezaba a fluir a estas extensas zonas, muchas de las cuales son de por si de difícil acceso.

 

Las hojas del calendario se empiezan a deshojar rápidamente. El dolor amaina y las cosas se ven desde otra perspectiva. La claridad del cristal con que se mira se limpia paulatinamente. Una nueva visita presidencial hace que los trabajos se aceleren. No cabe duda. El presidente en una nueva visita al puerto, ofrece estar más cerca de los damnificados en las zonas de desastre. Las decisiones las toma él, con su investidura de primer mandatario, y las ejecutan sus secretarios de estado y el gobernador guerrerense. Algunos regidores porteños levantan su voz de protesta y alegan que se ignora la autoridad municipal. No se le ignora, no, la autoridad municipal no existió cuando más se le necesitaba. Algunos otros regidores, a la callada, cumpliendo su deber de ciudadanos, sí trabajan a marchas forzadas coordinándose con las autoridades federales y estatales. “Cuando tratamos de hablar con el presidente municipal...es prácticamente imposible”, dicen estos últimos. Si lo es para ellos, que será para los demás.

Durante los primeros días de la semana se empiezan a organizar mejor albergues, reparto de víveres y agua, trabajos y circulación.

Los bancos, que vieran reducidas sus actividades hasta en un 80 por ciento, poco a poco limpian locales, renuevan equipos y reinician el servicio, aunque faltan fondos en efectivo, el reparto de éstos aún no es lo fluido que debiera ser. La mayoría de los cajeros automáticos agotan el efectivo. El comercio en general trabaja ya a un ochenta por ciento, aunque ve abatidas sus ventas en un 90%. No hay dinero, no hay compras, no hay turistas.

Las escuelas permanecen cerradas hasta en tanto no se haga la evaluación de daños. Se sabe ya que sólo algunas resintieron la furia del temporal, pero muchas sirven de albergues y, sobre todo, no hay agua. Una escuela de quinientos o seiscientos alumnos sin agua es un altísimo riesgo para que cundan las epidemias. Se opta por esperar al día 20, aunque no con seguridad. Algunos planteles citan a sus maestros para ayudar a limpiar las instalaciones.

La Costera, fuente de vida para la subsistencia económica de Acapulco y aún de otros 70 municipios más de la entidad, es atendida de inmediato. Algunos grupos de damnificados se quejan de esto, pero es necesario. El turismo es la vida del puerto. El mismo presidente Zedillo lo afirma y lanza el reto al mundo: Acapulco está listo para recibir a sus visitantes, a los que necesita ahora más que nunca. Acapulco está de Pie! y lo demuestra inaugurando el XVII Congreso Mundial de Minería al que asisten más de 700 congresistas llegados de todas partes del mundo.

Las lista oficial se eleva ya a 144 muertos, 217 desaparecidos y 52 mil damnificados para mediados de semana. La Cruz Roja se desdice y su propio Director Nacional, Ricardo Velázquez Sánchez, se enreda ante las preguntas de los reporteros, y afirma que sí habló de 400 muertos, pero en los estados de Oaxaca y Guerrero. De todas formas, muertos mas desaparecidos suman arriba de los 400. Los desaparecidos sólo pueden estar bajo el lodo o en el fondo del mar. La Procuraduría General de Justicia ordena un operativo en el que participan 40 fiscales y 30 elementos de la policía judicial -aquí llamada indebidamente Policía Investigadora Ministerial- para detectar restos humanos atrapados por los escombros y el lodo, ante el insistente llamado de mucha gente que argumenta que aún hay muchos atrapados. No se encontró nada.

 

El lunes 13, se implementa en Acapulco el “Hoy no Circula” a fin de que los taponamientos causados en la circulación, de por si conflictiva en el puerto por la infinidad de arterias dañadas y el cúmulo de autos que pretenden llegar a algún lado, se vea un poco más liberada permitiendo mayor agilidad en los trabajos de limpieza. Circularían un día los autos con placas pares y el otro con las terminadas en número non.

El primer día aplicado -martes 14- fue desoído por muchos. Algunos, ciudadanos en su mayoría, porque no llegaron a saber de la implementación del programa. Su difusión sí se hizo, pero a última hora y en poca escala; en muchas partes aún no había luz o cable. No se oía radio o televisión. Estaban justificados. Los que no tuvieron justificación fueron muchos funcionarios que, a sabiendas del programa, circularon con la mayor impunidad. Regresaba el espíritu del importamadrismo tras la tragedia. Muchos agentes de tránsito, esos mismos que se habían sacrificado y dirigían una caótica circulación o desviaban el tráfico ante calles con riesgo, cobraron bien su factura ese martes 14 y los días posteriores. Detenían sí, a los infractores del Hoy No Circula, pero tras la clásica embarrada de mano les dejaban en paz. A una agente que estaba destacada ese día frente al Kentucky de la avenida Ruiz Cortines, frente a la Guardería del Issste, le recriminamos el haber detenido a un taxi de placas nones y recibido dinero dl conductor. La agente sólo acertó a decir “....si, trae placas en cinco, pero dice que no son suyas, que las suyas son ocho..”.

Muchos fueron los casos. Algunos rayando en el cinismo. Sobre la calle Michoacán encontramos un ex-agente determinador del ministerio público sector central circulando en una vagoneta último modelo con placas nones. Al hacerle la observación, en franco tono molesto dijo: “Conmigo no van esas madres..!” y se fue. El jefe de bomberos, René Lobato Arizmendi, al que por cierto acusaron sus propios hombres de apoderarse de 200 despensas e incontables kilos de ropa, circulaba en un auto particular de modelo atrasado con placas nones.

Al día siguiente, miércoles, ya se vieron menos infractores, pero campeaba la indolencia en el sector oficial y oficialista. Un conocido maestro universitario perteneciente al PRD y que nada tenía que ver con programas de ayuda o auxilio, le puso a su camioneta una cartulina, pintada con plumón negro, que rezaba: Auxilio a damnificados. Así se aseguraba poder circular todos los días; lo curioso es que se jactaba de ello, lo platicaba a los cuates y lo festejaba con sonoras carcajadas, cómo si engañara a todos, cuando en realidad se engañaba a si mismo por su irresponsabilidad ciudadana.

 

Acapulco estaba por enfrentarse a otro mal: las epidemias. Una nueva oleada de médicos, enfermeras y especialistas en saneamiento ambiental, zootecnia y enfermedades endémicas tropicales llegan al puerto no sólo para reforzar el cerco sanitario, sino para emprender un duro combate contra cólera, dengue, males gastrointestinales y oculares como la conjuntivitis. La falta de agua y el polvo que se levanta por todas las arterias citadinas al secarse el lodo, son los conductos de todas estas enfermedades. Uno de los grupos viene de la Universidad Nacional Autónoma de México, otro del Imss, otro del Issste, y muchos más que empiezan a extender su radio de acción a lo largo de toda la zona siniestrada.

La Comisión Nacional del Agua lanza una voz de alerta: cinco de las siete presas del Estado de Guerrero están sobrecargadas. Ya se adoptan las medidas necesarias para mantenerlas bajo control, pero se teme que nuevas lluvias pudieran hacerlas rebasar sus bordes. Tres de ellas se encuentran a más del cien por ciento de la capacidad considerada como segura. Corren rumores señalando que los restos de Pauline habían alimentado una tormenta tropical ya existente, Olaf, y que ésta se abatiría sobre Acapulco, causaron gran inquietud entre la población. La falta de información hacía sus estragos de nueva cuenta. Si bien es cierto que las rutas de tormentas y huracanes son erráticas, éstas cruzan de sur a norte y es muy difícil, prácticamente imposible, que retornen, según los expertos. Radio y televisión se apresuraron a desmentir la noticia: Olaf andaba ya por las costas de Sinaloa y a punto de desaparecer. Por nada del mundo daría la vuelta de regreso.

 

Al ritmo que escribía yo este libro, conforme se recababan los datos importantes, mi admiración por la raza mexicana crecía con la misma intensidad que el asco por líderes y dirigentes. Miles de casos de solidaridad se dieron. El mismo Zedillo narró algunos impactantes como el de la niña aquella de seis años que, viendo que a sus padres les había arrastrado el agua optó por subir a sus tres hermanitos a una mesa...infantil pero afortunada reacción que les salvó la vida. Nosotros fuimos testigos de otros casos y muchos más llegaron hasta nuestro escritorio, unos buenos...otros vergonzantes. Una nota firmada por René Pérez Gómez, de El Sol de Acapulco, señalaba el temor de líderes de partidos políticos que se “manifestaban preocupados porque los realmente afectados por el huracán Pauline no fueran reubicados en lugares seguros y todo quedara en mera solidaridad de dos semanas”. El colmo!. Aquellos que precisamente llevaron a esos precaristas al lugar del que fueron arrastrados, que firmaron su sentencia de muerte desde el momento mismo en que les asentaron en cauces y canales, ahora “se preocupan” por que se les reubique en lugar seguro. Que cinismo por Dios!. Cárcel debieran darles acusados de genocidio, porque aunque no se haya querido citar la palabra, eso fue: un genocidio.

Por otra parte, era enervantemente reconfortante ver cientos de unidades del ejército por todas partes, incluso haciendo el servicio urbano en la costera, camiones de volteo y maquinaria pesada de todos los organismos gubernamentales y privados trabajando día y noche, removiendo millones....y no exagero, millones de toneladas de arena, piedras, lodo y escombros, auxiliados por los propios vecinos que lo mismo desviaban el tránsito que ayudaban a mover tremendas rocas, palear sobre carretillas y barrer, finalmente, el frente de su vivienda o negocio. El respeto por toda esta gente era generalizado. En las calles atestadas de tráfico, un camión de volteo o un trascabo tenían la preferencia unánime. Ahora sí, los conductores abrían paso a las ambulancias, aún sin que llevaran la sirena ululando. Era enternecedor ver como hasta los niños ayudaban acarreando cubetas de agua de los grandes tinacos negros de plástico, que ya se habían colocado prácticamente por todo Acapulco en lugares estratégicos, evitando así la bolas cuando llegaban las pipas, bolas en las que, por pelearse el agua, llegaron a desgreñarse más de dos vecinas olvidando hasta la amistad.

En México, las donaciones se multiplicaban. Tan sólo una cadena de televisión llegó el momento en que enviaba un camión cargado de abastos por minuto. Sus competidores juntaron mil toneladas de abastos. Podría parecer exageración o quizás publicidad de las televisoras, pero la verdad es que ya se veían trailers, camiones y camionetas repartir despensas, agua embotellada, ropa, leche y otro tipo de alimentos por toda la ciudad, a veces y por desgracia, indiscriminadamente. Ese mismo miércoles, José Luis Torreblanca, el regidor porteño que había sido acusado de acaparar ayuda, ante la presión de un grupo de reporteros, abre las puertas de la bodega en que guardaba varias toneladas de víveres, medicamentos, agua y ropa, comprobándose así que las acusaciones tenían fundamento.

 

Llegados de la ciudad de México para participar en las labores de rescate, se hicieron presentes los famosos “Hombres Topo de Tlatelolco” que traían perros entrenados en la PGR. El grupo internacional “19 de septiembre”, a cuyo mando venía Juanita Guitró estaba conformado por Rafael Rocha Morales, Humberto Estrada y otras quince personas más entre los que se encontraba la famosa Pulga, uno de los hombres más valerosos que destacara durante la tragedia del 85 causada por los sismos en el Distrito Federal y que, desde entonces, ha acudido a ayudar a cientos de personas más a lo largo y ancho del mundo.

La presencia de este grupo en Acapulco fue de relevante importancia, sin embargo infructuosa, y no precisamente por su falta de capacidad o dedicación sino por una absoluta indiferencia de las autoridades municipales que no les brindaron ayuda alguna para realizar su importantísima labor.

Estuvieron varios días trabajando por su cuenta y riesgo. El único auxilio que recibieron fue un poco de agua, algunos alimentos y una unidad de transporte por parte de la Primera Agencia del M.P. que les llevó al inundado paso a desnivel de la Avenida Costera en donde se metieron entre las aguas pestilentes y el lodo en busca de cadáveres. Al final, se retiraron frustrados por la falta de apoyo oficial. Desde que llegaron se presentaron en la Secretaría de Protección y Vialidad para que se les trasladara a los puntos en que fueran necesarios sus servicios. La estúpida negativa fue rotunda!.

Desde las primeras horas del siniestro la ausencia de las autoridades municipales fue notoria. Al paso de los días, el secreto se fue conociendo. Acapulco, con toda su internacionalidad y su glamour, sigue siendo, como dijera mi abuela, un rancho en el que todos se conocen y todo se sabe tarde o temprano.

Las versiones que corrieron insistentemente y que aún algunos periodistas y editorialistas llegaron a comentar es que, Juan Salgado Tenorio, actual presidente municipal, hombre conocido por su afición al juego y las apuestas, se había dado su “escapada” a Las Vegas junto con algunos de sus más cercanos colaboradores y, precisamente la noche de la tragedia, todos estaban totalmente ebrios, a grado tal que cuando el gobernador del estado ordenó su localización ya habían pasado 24 horas y ellos ni enterados estaban. Se dice, incluso, que se enteraron cuando los noticieros internacionales hablaron sobre el desastre ocurrido en Acapulco.

Las versiones se reforzaron cuando, durante la visita del presidente Zedillo, Salgado Tenorio era mantenido alejado del primer mandatario y para nada le dirigió la palabra a él, al hombre responsable del municipio, el que debía dar el reporte, el que debía estar a su lado, junto al gobernador, para ir informando y guiando el presidente. A eso se debía la ausencia de brigadas de trabajadores del ayuntamiento durante las primeras horas de emergencia. No habían recibido ordenes. No había organización. No había un jefe. No había un responsable que pusiera en marcha un programa que se supone la comuna porteña debía aplicar en casos como el presente, independientemente del del Protección Civil Nacional. Otro rumor, de esos que vienen de fuentes dignas de crédito señalaba que Salgado Tenorio había recibido ordenes de “renunciar por motivos de salud” en cuanto pasara la contingencia. El tiempo dirá si todo esto es verdad. Mientras tanto, la misma falta de apoyo que se diera en el caso de los hombres topo, era motivo de queja de organismos como la Cruz Roja, Brigadas de Auxilio y el propio ejército. Esa declaración de la Comisión de Diputados que señalaba que la situación “había rebasado a las autoridades” era una forma elegante de decir que estas, las municipales, no estaban por ningún lado. Días después, varios días después, el presidente municipal hacía algunos tímidos recorridos por zonas afectadas.

De todo esto, lo único esperanzador fue que la Pulga, al retirarse, en un sentido mensaje a los acapulqueños dijo: “Acapulco no está destruido...tan sólo está sucio”. Sus palabras quitaron el velo de la desgracia de los ojos de los acapulqueños y le permitieron ver todo desde otro punto de vista. Era verdad! Con toda la destrucción causada por Pauline, Acapulco no estaba destruido, estaba dañado, herido, sucio, pero no destruido!

 

Diputados de la oposición, concretamente del PRD pidieron la destitución del presidente municipal Juan Salgado Tenorio por su negligencia. El gobernador del estado, Angel Aguirre Rivero, asediado por reporteros locales y nacionales, aseguró que la solicitud había sido rechazada por los legisladores del PAN y del PRI y afirmó que no se oponía a que se hiciera una investigación. “¿Se le pedirá la renuncia al presidente municipal?” insistieron los reporteros y él contestó: “No puedo anticipar juicios, porque no tengo la autoridad para determinar si hubo o no responsables; yo estoy en este momento inmerso en ver de que manera aliviamos la situación de los acapulqueños”. Por su parte, el Secretario General de Gobierno, Humberto Salgado, al respecto señaló que quien afirme que el presidente municipal estuvo fuera cuando se presentó el huracán “debe ser una cuestión que él debe fundar y sostener y no es el caso. Yo creo -dijo- que se debe ver esto con una visión más amplia y responsable”. Ya no eran simples rumores. Ya se había puesto el tema en el tapete de la credibilidad gubernamental. Con seguridad habría una investigación.

Durante la conferencia de prensa, Aguirre Rivero informó que, en coordinación con la Secretaría de Desarrollo Social del gobierno federal, ya se habían entregado mil trescientos paquetes de vivienda e incorporado a 3,600 jefes de familia al Programa Temporal de Empleo, además de entregar los primeros 70 cheques de crédito a la palabra a comerciantes cuyos negocios resultaron dañados.

El presidente Zedillo ya había dado ordenes de que toda la ayuda fuera canalizada a la Cruz Roja y fuera esta institución la que la administrara, supervisados y auxiliados por las fuerzas armadas, para evitar más fugas o abusos...para evitar cualquier tipo de situaciones políticas que por demás resultan condenables.

El gobernador también afirmó que ya había 25 detenciones de gentes que habían acaparado apoyos para los damnificados....pero se negó a dar nombres! aunque todos los sabían. La madeja se iba desenredando y, ésta vez, inexorablemente.

 

La iniciativa privada había guardado silencio hasta ese momento, pero trabajaba por debajo de la mesa organizándose. Tenía yo conocimiento de que varios empresarios del puerto, turisteros y comerciantes principalmente, ya habían tenido una serie de reuniones en las que se habían tocado dos puntos esenciales: uno, evitar a toda costa que el paso a desnivel se reabriera por la peligrosidad que representaba y, dos: la formación de un frente ciudadano que frenara, ahora sí, de deveras, con energía y responsabilidad, las acciones improcedentes de ésta o venideras administraciones. Y se formó! pero...nuevamente con timidez.

La noticia se dio así: Atendiendo a la convocatoria del gobernador del estado, Angel Aguirre Rivero, empresarios, hoteleros y prestadores de servicios turísticos constituyeron un Comité Civil que coadyuvará a las tareas de apoyo a damnificados y a la reconstrucción de las zonas acapulqueñas que dañó el huracán Pauline.

El Comité lo encabeza el empresario y periodista Cesar Bajos. Dicho comité manejará flujos de efectivo llegados en apoyo, que canalizará a través de un fideicomiso en el que no figurará para nada dependencia gubernamental alguna, al menos. Nada se habló de esa posición sancionadora de acciones venideras oficiales. Sin embargo, es un buen paso. Una muy sutil advertencia a las autoridades de que ya no se les permitirá accionar a manos libres. La esperanza renace en quienes creemos en la iniciativa privada y confiamos en gobernantes de buena voluntad, con errores, sí, pero con buena voluntad.

Ahí mismo, Cesar Bajos anunció que varias empresas estaban ya dispuestas a aportar lo suyo para la reconstrucción de Acapulco, destacando las del Grupo Cemex que aportará doce mil toneladas de cemento para pavimentar -mejor dicho encementar- calles y banquetas, y la del Grupo Geo Carabalí con apoyo para la reconstrucción y edificación de viviendas.

Mientras tanto, la irresponsabilidad de las autoridades municipales recibía un nuevo golpe, esta vez llegado desde la ciudad de México y dado por un priísta: el Presidente de la Comisión de Asentamientos Humanos y Obras Públicas de la Cámara de Diputados, Ricardo Canavati, quien responsabilizó a las autoridades, no sólo municipales sino también estatales y federales, de “la tragedia que viven miles de mexicanos en Oaxaca y Guerrero, por haber permitido asentamientos irregulares cerca de ríos, arroyos y cerros”.

 

Don Miguel Guajardo es un hombre serio, trabajador, honesto, de esos de prosapia en el puerto, turistero e hijo de turistero. Un hombre que vio nacer Acapulco y ayudo a su crecimiento. Sabe, pues, de turismo y sus conocimientos no son reconocidos sólo localmente, sino nacional e internacionalmente.

La Secretaría de Fomento Turístico, filial, hermana o casi casi lo mismo que la Delegación de Turismo Federal, ha sido una dependencia encabezada, con sus muy contadas excepciones, por gente que nada sabe de turismo y cuyo único mérito es ser compadre, amigo o pariente del presidente o el (la) secretario(a) de turismo en turno, al decir de la mayoría de los propios turisteros. Otra aberración muy parecida a la de poner a un médico al frente de una dependencia que maneja maquinaria pesada. Incluso, éste podría ser uno de los factores importantes por los que Acapulco no ha tenido una real difusión hacia el extranjero, habiéndose perdido ese valiosísimo filón, y no existan programas que verdaderamente promocionen al puerto con el empuje necesario, independientemente de muchos otros factores, como los abusos.

Así las cosas, y ante la nulidad del último secretario del ramo que reconociera no tener más experiencia en turismo que un viaje al extranjero, éste es renunciado y se nombra, por fin, a un titular con amplia experiencia: a Don Miguel Guajardo, al que, por desgracia, le toca bailar con la más fea, pues a unos cuantos días de su nombramiento llega Pauline con toda su fuerza devastadora.

Don Miguel, sin embargo, no se amilana y emprende una fuerte campaña para rehabilitar la costera y la zona turística, aunque con muy poco apoyo de la Secretaría del ramo. Es de los que defiende el hecho de que hay que dar prioridad a estas obras y anuncia que el jueves 16 arribarían agentes mayoristas de las compañías Go Go Tours, Friendly Holliday y Travel Impresion para comprobar personalmente las condiciones del puerto y saber si puede ser promovido en sus lugares de origen. De igual forma llega el Embajador de Francia en México, Bruno Delaye en visita de buena voluntad anunciando que lo que se recaude por concepto de entradas durante el Segundo Festival de Cine Francés, que se llevará a cabo del 20 al 23 de noviembre, será destinado a los damnificados acapulqueños. Mas tarde comentaría Don Miguel que la impresión que se llevaron los que visitaron Acapulco fue buena y recibió de ellos la promesa de promover al puerto que “ya restañe sus heridas y tiene su capacidad turística al cien por ciento”.

Dentro de las acciones que Miguel Guajardo logra para reforzar la llegada de visitantes al puerto están mayores comisiones a las agencias mayoristas que promueven al puerto, bonificaciones en restaurantes y discoteques y descuentos substanciales en las tarifas hoteleras a las que se suman las dos aerolíneas nacionales, Mexicana y Aero-méxico, que manejan ya el sistema promocional de dos por uno. Dos cadenas televisoras norteamericanas pasan reportajes en los que hablan del desastre del puerto, pero manejan bien la información y señalan el tremendo esfuerzo realizado que deja al Acapulco Turístico en pleno funcionamiento a unas cuantas horas de la desgracia.

A ocho días de la llegada del Pauline el principal problema es el agua potable. La mayoría de los servicios ya han sido restablecidos en una gran parte de la zona conurbada del puerto, el agua potable no. Independientemente de los daños sufridos por los sistemas Papagayo I y II, la infinidad de fracturas en la misma red hacen que la poca que puede distribuirse se desperdicie. Por eso mismo, el servicio no se dio más que por algunas horas y en muy contados lugares. Sin embargo, los cientos de pipas llegados de todas partes abastecen las necesidades primarias de la población. Cuando menos hay agua para el baño, lavar los trastes y alguna ropa. Ante la insistente llamada de atención de las autoridades sanitarias de que el agua está contaminada, muchos se resisten a usarla para bañarse. La buena voluntad de organismos como Pemex, que envía agua en pipas petroleras, no logra que su agua, sobre la que flotan iridiscentes gajos aceitosos, sea usada para el aseo personal. Durante algunos días, las embotelladoras de gua purificada regalan no sólo el líquido, sino hasta garrafones, a fin de contrarrestar el abuso -recuerden ustedes que un garrafón de agua purificada llegó a costar hasta 50 pesos- y lo logran. Para principio de esta semana su precio ya había regresado a la normalidad. Llega entonces otra solución, brotada del siempre agudo ingenio del mexicano. Algunas familias comienzan a comprar esos garrafones para bañarse con mayor seguridad. Un baño en realidad barato: 8 pesos por persona, aunque lo hagan cada tercer día y no diario como se acostumbra. Alcanza para beber porque las empresas refresqueras han abastecido profusamente a los comercios de sus productos.

El abasto se regulariza, pero Acapulco es una ciudad que consume grandes cantidades de agua. Con todo y el esfuerzo de nuestros hermanos, apenas llega la cuarta parte de la necesaria, además de que esa agua debe llegar diariamente, traída en pipas, desde quien sabe que tan lejos. Aquí cabe hacer honor también a muchos transportistas que siendo la unidad su único medio de sostén, no dudaron en ponerla a disposición de los damnificados pagando, incluso, los gastos de combustible y carretera, algunos un día, otros dos o tres o más.

Otro ejemplo de responsabilidad lo dieron aquellas amas de casa que, con un valor inusitado, reclamaban a todo aquel que veían desperdiciando el vital líquido. Varias señoras de Costa Azul que observaron a otra regar con una manguera su cochera durante ese día en que se surtió agua por la red, le recriminaron acremente el desperdicio. La dama, que fuera captada por un fotógrafo local, apenada cerró la llave y pidió una disculpa.

Pero la carencia de agua no era privativa de Acapulco también en las dos costas se sufría por la falta del elemento. En Cuajinicuilapa, donde se perdieron siete mil 600 hectáreas de diversos cultivos y más de 3 mil cabezas de ganado, incluyendo aves de corral de diversas especies, el Director de Desarrollo Municipal de ese municipio señaló que cinco mil agricultores y ganaderos habían quedado en la más espantosa quiebra y la desesperación aumentó durante estos últimos días al suscitares varios decesos motivados por un brote de cólera debido a la falta de agua.

El tema de los daños se va diluyendo. Brota cada vez con más fuerza el clamor de las responsabilidades. La Comisión Permanente del Congreso del Estado acordó que a partir del próximo lunes 20 varios funcionarios, tanto estatales como municipales, comparezcan ante esa representación popular para “explicar el desastre”.

Se citan los nombres del Secretario General de Gobierno, Humberto Salgado Gómez; del Secretario de Programación y Presupuesto y ex-presidente municipal de Acapulco, René Juárez Cisneros; del Secretario de Desarrollo Urbano y Obras Públicas, Guillermo López García y...del presidente municipal porteño, Juan Salgado Tenorio, que podría comparecer el martes 21. La complicada maquinaria oficial empieza a moverse. Los periodistas que hemos estado inmersos en ese medio por tres décadas consecutivas sabemos que hay dos opciones: o se cita a los primeros para dar pelos y señales de los errores del segundo y pedir su cabeza...o se les cita para justificar errores y cubrirlo, según la consigna. Pero, la actitud presidencial ya ha dado su opinión. Lo más seguro es que sea el primer acto de un drama en el que el actor principal sea el edil acapulqueño y quizás algunos otros de hoy y de ayer, con un final no muy feliz que digamos. Sería pues, justicia pura.

Mientras tanto, Salgado Tenorio descartaba por su parte la posibilidad de fincar responsabilidades civiles a quienes promovieron la construcción de viviendas en zonas de alto riesgo diciendo: “toda la ciudad creció así hace 100 o 200 años...” lo que demuestra también que no tiene el más mínimo conocimiento de la historia del puerto. “Lo que se tiene que hacer es trabajar para evitar daños mayores en el futuro”, se atrevió a decir.

Si bien es cierto que la ciudad creció a base de asentamientos irregulares, estos no se habían ubicado en zonas de alto riesgo hasta principios de los sesentas. Citó a la colonia Progreso, por cierto la primera colonia formal del puerto, pero se le olvidó decir, o no lo sabe, que este asentamiento fue más tarde modelado y urbanizado con decenas de canales bajo banquetas y manzanas que permiten el drenado de avenidas pluviales normales, que bajan normalmente cuando los canales mayores no están taponados pero...lo más importante de todo, es que a él no se le está culpando de los asentamientos irregulares, sino de negligencia por no avisar a tiempo de los alcances de Pauline y de no estar en su puesto cuando más se le necesitaba. Una forma también muy peculiar de desviar la atención, alegar que no se es culpable de algo, cuando las acusaciones son por otro concepto.

Que Acapulco creció anárquicamente, ni quien lo niegue. Que es absurdo que una ciudad a la orilla del mar se inunde, aceptado. Que debe empezarse de cero, como alguien propusiera, lógico. Que debe hacerse algo para evitar un nuevo desastre...elemental!.

Ernesto Zedillo llegó, por tercera vez en una semana, para enterarse de los avances y girar nuevas instrucciones. Por principio de cuentas se adelantó la Semana Nacional de Salud en Guerrero y Oaxaca. 48 mil dosis de vacunas fueron traídas para ser aplicadas entre la población.

En la colonia Las Parotas, la señora Nilda Patricia Velásco de Zedillo dio inicio a las actividades acompañada del Secretario de Salud, Juan Ramón de la fuente, el gobernador de Guerrero y su esposa, y los directores del Imss, el Issste y el Dif a nivel nacional.

Una de las disposiciones que giró causó un profundo beneplácito entre la ciudadanía: que se cerrara definitivamente el paso a desnivel de la Costera.

La Secretaría de Desarrollo Social entregó los primeros cheques de un total de dos millones de pesos que destinarán a reactivar la microindustria por medio de créditos a la palabra.

El ejército reporta que los 54 albergues instalados ya están totalmente bajo control y perfectamente bien atendidos. El Secretario de la Defensa Nacional, que prácticamente vive en Acapulco desde el día de su llegada, hace recorridos personales para constatar esto.

Genaro Borrego, director del Instituto Mexicano del Seguro Social, también realiza un recorrido por clínicas y hospitales hasta donde hace llegar más de 40 toneladas de medicamentos.

Estudiantes de diversas universidades, entre ellas la Americana, levantaron un censo entre los ubicados en albergues y realizaron un estudio socioeconómico que arroja algunas cifras reveladoras. Aunque no fueron dadas a conocer públicamente, pudimos tener acceso a ellas. De veinte mil damnificados que llegaron a los albergues quedan alrededor de cinco mil, de estos, por lo menos dos mil no sufrieron graves daños en su patrimonio. Son gente que se ha convertido en malvivientes profesionales y saben que ante el desastre, el gobierno, sea cual sea, municipal, estatal o federal, dotará a los damnificados -y presuntos damnificados- de viviendas o terrenos, normalmente sin estudios profundos o cediendo a las presiones de líderes y políticos. Por eso se aferran al albergue. Sin embargo, no creo que esta vez sea lo mismo. Por lo pronto, ya se sabe quiénes son y porqué están.

Los demás damnificados, conforme pasaron los días, fueron regresando a sus casas a fin de rescatar lo poco que les quedaba o iniciar de inmediato la construcción de una nueva. Son gente trabajadora, con conciencia, aunque de condición humilde. Lo único malo es que algunos de ellos están regresando precisamente a esos cauces y canales que nunca debieron ocupar. A un costado del Fovissste, frente al Colegio Simón Bolívar, por ejemplo, en el terreno ocupado por precaristas, también arrasado por la corriente que dejara rocas del tamaño de un edificio sembradas en donde existían casuchas de bajareque, ya se ve a gente trabajando levantando de nuevo sus viviendas con láminas de cartón.

Los días soleados del fin de semana permitieron observar lo alto de los cerros que conforman El Veladero. Arriba, desde las puntas, varios de ellos mostraban, notorios entre el verde de su vegetación, canales parduscos desde donde se habían desprendido las toneladas de rocas y tierra causantes naturales de la tragedia. Precisamente sobre los lugares que resultaron más afectados había uno o varios de esos deslaves. A simple vista, a lo lejos, parecían pequeñas rayas cafés pintadas sobre el exuberante verdor del cerro. Sin embargo, al establecer un punto de comparación, una casa o un edificio por ejemplo, podía uno darse cuenta de su tamaño real. Desde el hotel Condesa se puede ver el que queda arriba de Palma Sola y el Modulo Social Fovissste. Su grosor es del ancho de tres edificios juntos. De ahí las rocas tan grandes como un edificio que arrastrara el Río del Camarón.

A lo largo de todo el frente de la bahía se pueden notar más de una decena de estos canales que, repito, a simple vista  parecen inofensivos, pero fueron millones de toneladas de roca y tierra arrastradas por millones de toneladas de agua que se vertieron sobre Acapulco esa fatídica noche. Los expertos dicen que en tres horas y media llovió más que lo que cae en el Distrito Federal en un año. Son cifras escalofriantes que marcan el peor desastre sufrido por Acapulco en sus últimos cien años, con la esperanza que brota cuando esos mismos expertos aseguran que podrían pasar otros cien para que volviera a suceder.

Muchos de esos expertos, unos en precipitaciones pluviales, otros en desastres, llegaron y sufrieron también la indiferencia oficial. Como casos especiales cabe recordar dos de ellos. En ambos, un regidor consciente, hombre surgido del sector empresarial, entró al quite tomando al toro por los cuernos.

Fernando Alvarez recibió por celular una llamada informándole que en el aeropuerto estaba un representante del presidente Clinton. Increíble, verdad? Pues era cierto. El hombre, cuyo nombre no pudimos recabar, es el responsable de los programas de auxilio de los Estados Unidos para casos de desastre en América Latina y llegaba de Sudamérica. Nadie, absolutamente nadie le esperaba para recibirle. Con toda honestidad debo aclarar que no se si autoridad alguna fue avisada de su visita. El caso es que el regidor, al no poder localizar al presidente municipal y por la prisa que ameraba el caso, rentó de su propio peculio una suburban y se dedicó a atender al enviado de Clinton. Unos días antes, exactamente lo mismo había sucedido con los representantes de El Ejército de Salvación que venían a constatar los daños y evaluar la ayuda que podrían proporcionar. El representante de una ciudad hermana norteamericana llamó por teléfono al ayuntamiento para decir que un barco estaba cargado con todo tipo de ayuda y sólo eperaban la orden de zarpar. Necesitaban que se enviara  por fax un oficio, por mero formulismo, solicitando esa ayuda. Se afirma que el presidente no quiso firmar el oficio. Marcos Efrén Sareñana, La Pulga, el internacionalmente conocido rescatista, antes de partir, cuando dijo que Acapulco no estaba destruido, tan sólo sucio, también señaló que lo que le faltaba al pueblo de Acapulco era organización. Desgraciadamente, así fue. No hubo quien organizara las cosas en un principio. Con toda honestidad, debemos reconocer que de no haber sido por la entereza de los propios ciudadanos, la ayuda federal recibida, la dedicación del Presidente Zedillo, la organización del ejército, y por la bondad de miles de hermanos de todo el país, todo seguiría siendo un caos!.

El domingo llegó aún más tranquilo. El gobernador puso la primera piedra de un nuevo edificio que albergaría la secundaria 12, destruida por El Camarón. Las iglesias recibieron a la mayoría de sus fieles en las misas del día. Se daba a conocer que el Cabildo, en sesión permanente, había acordado la destitución del Director de Control y Seguimiento de Gestoría, José Leonor Palma Nava, tras de que la propia esposa del presidente municipal, Idalia Trujillo de Salgado, había comprobado que acaparaba despensas y ayuda para damnificados que entregaba a cambio de “donaciones” de cinco y diez pesos. 

Angel Aguirre, por su parte, aseguró que aunque el gobierno del estado no había recibido denuncia alguna en contra de líderes que habían propiciado las invasiones en las zonas de alto riesgo, ya se habían iniciado las investigaciones correspondientes. “Tenemos un estudio en donde aparece el nombre de quienes lamentablemente perdieron la vida y su ubicación, lo cual es un factor importante para poder dar con quienes les llevaron ahí. Sean líderes o servidores públicos, tendrán que ser investigados. Tampoco habrá impunidad en contra de aquellos que están siendo denunciados por hacer mal uso de los recursos”, dijo tajante.

Sin embargo, hubo algunos que se atrevieron a burlar al propio presidente de la república, como fue el caso de Roberto Trinidad, empleado de la secretaría de gobernación y enquistado en un organismo que debió desaparecer hace mucho tiempo: la PRODEC, supuestamente administradora del Modulo Social Fovissste. Durante su segunda visita, el presidente entregó cincuenta latas de pintura para remozar los barandales que corren a lo largo de la principal avenida de esa unidad habitacional y un camión de volteo lleno de despensas. El sedicente presidente de la Prodec, en cuanto partió el primer mandatario, se llevó a su casa diez latas de pintura y medio camión de despensas. El historial de ese sujeto es largo. Nada más para que se tenga una idea, “cobra” de renta por la Casa del Trabajador, propiedad de los condóminos, 8 mil quinientos pesos mensuales al Issste, cuyas autoridades indiscutiblemente están coludidas con él. Al hacer su denuncia, varios colonos señalaron que, incluso, por medio de su segundo de a bordo, Ulises Astudillo, les cobran 300 pesos por cada cambio de lámparas y tienen un convenio especial con los precaristas de la zona alta para permitirles conectarse a los tanques surtidores de agua de la unidad habitacional. “No hace nada -señalaron- pero se enfurece cuando algunos de nosotros, organizados, queremos hacer algo por nuestra rinconada”. Un verdadero señor de horca y cuchillo con tantas ínfulas que se atrevió a burlar al propio Ernesto Zedillo.

Otras gentes, sin embargo, hacen lo contrario. Lupita de la Colina y sus hijos, empresarios televisivos afiliados a Televisión Azteca trabajaron, desde el primer día, no sólo para salir al aire a pesar de haberse quedado sin luz, con las incomodidades propias de unas oficinas en las que al aire acondicionado es parte de la respiración misma, sino que conformaron con sus compañeros un compacto equipo de trabajo que abrió de inmediato un centro de acopio y fueron de los primeros en llevar auxilio a los acapulqueños entregándolo directamente, sin intermediarios. Hasta un helicóptero pudieron conseguir para llegar a las zonas en donde no había acceso. Cabe señalar que, así como ellos, muchos compañeros periodistas y locutores lo hicieron, repartiendo su tiempo entre el recabar la información, pasarla al aire, y ayudar a sus coterráneos. A todos ellos, nuestro más sentidas gracias en nombre de todos los acapulqueños.

 

Tal y como los ríos volvían a su curso, la vida seguía el suyo. La costera ya estaba limpia. Los albergues organizados. Los trabajos de reconstrucción en plena marcha. La ciudad retomaba su vida cotidiana lo mejor que podía, adaptándose a la circunstancias con la cara en alto. Algunas escuelas reiniciaban clases. Aproximadamente el 40 por cientos de los alumnos regresaban a sus aulas. Aún faltaba mucho por hacer, pero se iría haciendo poco a poco. Todo acapulqueño sabía que no podía esperar sentado, había que trabajar. Si las vialidades no habían sido restauradas en su totalidad, cuando menos ya se podía, con paciencia, ir de un lado a cualquier otro del puerto. Había que soportar aún muchas carencias. El polvo era cada vez más denso, pero para eso había cubrebocas. Faltaba agua, pero para eso había pipas. Banca y comercio regularizaba sus horarios. Muchos necesitaban aún de atención, pero la mayoría ya se incorporaba a sus labores normales. Habían pasado doce días.  Las playas estaban limpias y acogedoras, unque todavía se recomendaba no consumir mariscos por mera prevención sanitaria. La sonrisa asomaba nuevamente al rostro de los acapulqueños.

Las bodegas de la nueva terminal marítima abrieron sus puertas para recibir los cientos de toneladas de ayuda que aún llegaba, suficiente para los que faltan de ayuda y mantener una temporada más a los que lo necesiten.

Una pareja que esperaba cruzar la calle, al ver pasar a un autobús urbano en loca carrera, levantando una estela de polvo que les cubrió por completo originándoles un acceso de tos, comentó sonriendo: “Carajo...parece que Acapulco vuelve a ser el mismo!”

 

El lunes veinte estaba yo sentado ante la computadora pensando en que momento cerrar esta narración y cómo hacerlo. Me vino a la mente la boda de mi sobrina. Martha Luz es una hermosa muchachita, licenciada en comunicación social, que había llorado toda la semana pensando que Pauline había arruinado su boda. Vive en Parque Norte, allá en Costa Azul, y su casa estaba aislada por cerros de arena que imposibilitaban el paso. En la esquina, su carro había quedado totalmente cubierto por la arena. Yo francamente creí que la boda se cancelaría, pero no, se celebró contra viento y marea. Un día antes se me comentó que Martha Luz se vestiría en la propia sacristía de la parroquia del Sagrado Corazón, también rodeada de arena. Ella, con una entereza digna de encomio, decidió hacerlo en su propio hogar, tenía que salir de blanco de su casa, faltaba más!. Durante la recepción, se me pidió ser el maestro de ceremonias. Al hacer el anuncio del brindis se me ocurrió hablar de la noche de la tragedia y hacer notar que la dcisión de Martha Luz y Netza de seguir adelante con su boda era una significativa señal de que el amor de un pueblo por la continuidad de la vida estaba muy por encima de cualquier desastre. Y es cierto.

Acapulco enterró sus muertos, limpió su costera, retiró los escombros y se prepara para una nueva etapa de su vida, una vida coronada de triunfos como aquellos 250 años de la Nao de China en que fuera el puerto más importante del mundo por más de dos siglos, una vida reiteradamente combativa y férrea como lo demuestra la historia de sus hombres, fieles intérpretes de la mexicanidad durante las luchas de la independencia y la revolución, una vida ganada a pulso para ocupar, de nueva cuenta, uno de los lugares más importantes en el ámbito internacional durante los últimos cincuenta años. A Acapulco no puede acabarlo ni un temblor ni un huracán! Que importan sus errores o los de sus malos funcionarios, ya la historia los juzgará en su momento. Acapulco vive! Acapulco...sigue siendo Acapulco! Señores, cuando ustedes lean este libro, en donde quiera que estén, sepan con certeza que....ACAPULCO ESTA DE PIE!!!

 

 

 

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