DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA          

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DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA

Ildefonso Nuñez de Haro, el Arzobispo olvidado

 

La Academia Latinoamericana de Literatura Moderna
dentro de su Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericano
y con su Programa Editorial Sagitario
presentan
 

Una obra más del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

Ildefonso Nuñez de Haro, el Arzobispo olvidado

 

 

Este libro, registrado con el No. 200 dentro del Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericanos,

se terminó de imprimir el día 30 de Septiembre del 2010, bajo el sistema POD, en los talleres de Editorial Sagitario

ubicados en Acapulco, Gro. México.

Todos los derechos reservados.

allimo.org

e-mail: editorialsagitario@hotmail.com

 

 

 

Agradecimientos:

 

A Don Alonso Núñez de Haro, el de ahora, el amigo que me impulsó a escribir sobre el Virrey y Arzobispo,

seguramente con la secreta intención de que reivindicara su memoria, y que falleciera poco después

de ver ésta publicada.

 

A mi amada Norma, inspiradora de ayer, hoy y siempre de todos y cada uno de mis trabajos.

 

A mi hijos todos, sin distinción alguna,

por ser motivo y causa de mi vida.

 

A todos mis nietos, con el amor más puro

que pueda existir.

 

A Pamela, compañera de mi infortunio y mi alegría,

causa y efecto de sobrevida.

 ­

 

A MANERA DE PRESENTACIÓN

 

Una buen día de mediados del 2006 -inmerso ya en el mundo tecnológico moderno- me encontré con un correo electrónico. En él, me pedían información sobre una agrupación de coleccionistas, en libros antiguos, que formáramos tiempo atrás. Me llamó la atención que firmara Don Ildefonso Núñez de Haro. De momento, pensé que era una broma de esas que algunos se gastan indolentes en internet, por lo que contesté también con cierta sorna preguntando si acaso era el propio arzobispo o alguno de sus descendientes. Mi sorpresa fue que, efectivamente, era Don Alfonso Núñez de Haro descendiente de aquel que fuera el quincuagésimo Virrey de la Nueva España y Arzobispo de México.

Dada la coincidencia de que yo reconociera el nombre, y su interés por saber más respecto a su antecesor, las comunicaciones se fueron metiendo en el terreno de la confianza. Lo primero que hice fue ir a Tepotzotlán, sede del Museo Nacional del Virreinato, y tomar furtivamente una foto del cuadro inmenso del prelado. Enviada por e-mail -y perdonarán ustedes los anglicismos, pero ya son de uso universal- el propio Don Alfonso me comunicó la alegría que representó para los habitantes de Villagarcía del Llano, pequeña ciudad de Cuenca, España, ver la foto de su personaje más importante.

Nuevos encargos -libros sobre todo- vinieron de la tierna confianza que mi amigo español me dispensara hasta que, salido en la plática, vino a colación mi labor biográfica y, con ella, la petición discreta, apenas insinuante, de hacer la de Monseñor Núñez de Haro. Naturalmente que acepté inmediatamente, a pesar de que vino la advertencia de que tres caballeros había iniciado la aventura, pero abandonado por la falta de información. No dejo, sin embargo, de reconocer mi ventaja pues ellos estaban en España, y yo en México, inmerso en la zona de sus actividades. Bueno, en realidad radico en Acapulco, pero apenas nos separan cuatro horas de la capital, así es que -tomando en consideración la distancia de Iberia hasta Tepotzotlán- estamos, como quien dice, a la puerta.

Amante de la historia de mi patria, considero que una de las etapas más interesantes fue la de la colonia, ese choque entre dos culturas -a cual más de fuerte- que para diluirse necesitó de quinientos años.

Muchos fueron los eventos suscitados durante la época colonial que, unos reconocidos y otros no, forjaron el México moderno. Muchos también los hombres, tanto indígenas como españoles, criollos y mestizos, que lucharon contra todo para plantar los cimientos de un país nuevo.

Pero la historia es ingrata, como lo he citado infinidad de veces en mis biografías. Deja grabado en el muro del tiempo el nombre de los grandes hombres, de los héroes... pero olvida el de quienes formaron el engranaje para que patria y héroes existieran.

La historia, vida y obra, del personaje que hoy nos ocupa –y que por una curiosa casualidad contiene el tomo 13 de mi serie Personajes de Mis Recuerdos- así lo demuestra. Don Ildefonso Núñez de Haro y Peralta, como lo podremos ver a lo largo de nuestra narración, fue uno de esos forjadores. Muchos son los logros y obras que se le deben y que sentaron las bases del México actual. Para no adelantar mucho, sólo señalaremos que es el fundador del primer Hospital General y de la Primera Junta de Caridad, cimientos indiscutibles de la medicina moderna, como lo reconoce la misma Academia Mexicana de Medicina.

Fue promotor de centros educativos, colegios de enseñanza, conventos y monasterios; asesor de grandes empresas, como la del Jardín Borda, o feliz culminador de obras como la del Castillo de Chapultepec, de quien por cierto fuese también su primer huésped.

Pero... la historia casi no lo recuerda; ni la española, ni la mexicana. En España, su nombre resuena en el corazón de los Villagarcitanos, rinconcito de Cuenca en donde naciera, pero hasta el momento de comenzar a escribir esta biografía no tenían nada de él, ni su  foto siquiera! En México, su nombre no figura por doquier como debiera. Aparece acaso en las listas de los gobernantes de México y, para mayor ingratitud, no en todas. Fue Virrey interino en 1787, un cortísimo interinato apenas de tres meses, pero que aprovechó al máximo para hacer el bien y para bien de su nueva patria.

Ha sido una verdadera proeza recoger los añicos de su recuerdo, regados al paso del tiempo, ocultos por la pátina de la historia. Debo reconocer, sin embargo, que bastó darse cuenta de que quienes le recuerdan fueron sus beneficiados, para saber qué camino seguir en la investigación iniciada.

Este es el kaleidoscopio formado por esos añicos del recuerdo. Queden en sus manos más para orgullo de sus coterráneos, reproche para los historiadores mexicanos y satisfacción de mi amigo Don Alfonso, que para aporte historiográfico. Mas si así lo fuere, quede constancia de que yo tan sólo uní la pedacería de otra injusticia más de la propia historia.­

 

Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

 

Capítulo I.-

Desde España, con amor…

 

 

La cuna del hombre

 

Seguirle los pasos cronológicamente al Arzobispo y Virrey es harto difícil. Por qué? Aprovechamos esa licencia que da la historia de volar sobre el tiempo para, antes de hablar de su cuna, justificar la cuasi desaparición de datos en los archivos nacionales, aunque en su momento hablemos más ampliamente del tema. El Arzobispo tuvo la ocurrencia de frenar el antiguadalupanismo de Fray Servando Teresa de Mier, causando primero su encarcelamiento y más tarde su destierro. Tiempo y rencor permitieron el regreso del fraile, que llegó bajo el amparo de los insurgentes y, aunque no pudo desquitarse directamente pues el prelado había ya fallecido, cobró la afrenta al triunfo de la independencia promoviendo la exclusión de toda la información que sobre Núñez de Haro existiese. Gracias a Dios y en beneficio de la historia, no logró completamente su cometido y, así, quedaron pedacitos de testimonios que, rascando en el pasado del presente, brotan uno tras otro como en protesta contra la injusta medida.

Ildefonso Núñez de Haro y Peralta nace el 31 de octubre de 1729 -fecha discutida por algunos de sus muy raquíticos biógrafos- en VillaGarcía del Llano, de la hermosa Cuenca, en España, que nosotros confirmamos directamente con las autoridades de ese lugar.

En el Resúmen Histórico de la Vida, Conducta Pastoral y Política del Excmo. Arzobispo, el Dr. D. Manuel de Flores, único Secretario suyo en todo el dilatado tiempo de su pontificado, y actualmente Inquisidor Fiscal de México, del Consejo de S.M. y redactada con arreglo a la Gaceta de aquella Ciudad de 18 de junio de 1800, y de la de Madrid de 5 de mayo de 1801, por el Doctor D. Francisco Fernando de Flores, Capellán de Honor y Predicador de S.M. y Primer Capellán del ConventoReal de las Salesas antiguas de Madrid, editor de estas obras, el indudablemente conocedor de esa digna vida señala que el prelado se dedicó desde su niñez al estudio de las humanidades, cuidando siempre de cultivar y adornar su espíritu con las ciencias, y su corazón con las virtudes cristianas. Indica que primeramente estudió la filosofía y la teología con los Reverendos Padres Dominicos de San Pedro Martir, continuando sus estudios en la Real Universidad de Toledo, donde sobresalió por su particular aplicación y talento, no sólo en las materias filosóficas, teológicas y canónicas, o en historia y disciplina eclesiástica, sino también en el conocimiento de las lenguas orientales, destacando entre estas la hebrea, caldea y griega, viéndosele darles uso no pocas veces en sus ejericios literarios, instruyéndose al mismo tiempo en la italiana y la francesa con tal perfección que las hablaba como si fuesen nativas.

Enviado después a Italia, y concluida su brillante carrera en el Colegio Mayor de San Clemente de Españoles de la Ciudad de Bolonia, en cuya célebre Universidad incorporó el grado de Doctor en Sagrada Teología al otro que a los 18 años había recibido en una de las aprobadas en España, la Universidad de Ávila.

Fue allí Rector y Catedrático de Sagrada Escritura, pasando luego a Roma con especial recomendación del Eminentísimo Cardenal Legado para el Sumo Pontífice Benedicto XIV quien, habiéndole examinado él mismo, quedó gustosamente sorprendido.

Durante su estancia en Roma, cultivó amistad con los cardenales Castelli y Antonelli, con quienes sostuvo correspondencia epistolar por muchos años.

Ante los profundos conocimientos y exquisita erudición del joven, el Papa no dudó en recomendarle con los más distinguidos elogios el Serenísimo Señor Infante Cardenal Don Luis de Borbón, entonces arzobispo de Toledo, igualmente que al Ilustrísimo y Venerable Cabildo en ocasión de regresar a España,  para hacer oposición a la Canongía Lectoral de la citada iglesia, Primada de las Españas, acreditando tan completamente su vasta instrucción y una literatura tan superior a sus pocos años –tenía entonces 25 apenas- que logró por aclamación una memoria permanente para todo el público de aquella Ciudad Imperial y aún de los forasteros.

Tras lograr exitosamente la Magistral de Cuenca, también por oposición, el Rey Fernando VI le honró con la plaza de Bibliotecario Mayor, cargo que no llegó a desempeñar pues el propio monarca le otorga la Canongía de la Santa Iglesia de Segovia, siendo así Presidente del Concurso a los Curatos de aquella Diócesis. Al poco tiempo, sin embargo, fue trasladado por el Rey Padre al Canonicato de Toledo.

Núñez de Haro se ganó a pulso fama de excelente orador cristiano, pues en ambas Catedrales, en Madrid y en las demás que predicó, supo adquirirse (tal) por el apreciable, raro conjunto de prendas oratorias y aún personales que le acompañaban.

Y efectivamente, no bien se sabía que predicaba el Sr. Núñez de Haro y Peralta, y las iglesias se llenaban de oyentes porque su gallarda presencia; hermoso aspecto; despejo natural y lleno de modestia; sonora voz; y acción mesurada pero muy animada y muy viva, daban tal realce y emoción a sus enérgicos discursos, que todos quedaban admirados, convencidos y convertidos muchos de ellos, como sucedió, entre otros sermones, con los de Los Enemigos, y La Samaritana, predicados en la última de dichas dos santas iglesias, en que se experimentaron, y se supo de algunas conversiones públicas.

Su prestigio como orador, y su labor como Visitador General del Arzobispado de Toledo y administrador perpetuo de la Casa de Niños Expósitos, que mejoró considerablemente, no sólo en lo espiritual, sino también en lo temporal y económico, desvelándose en dar la mejor educación, ocupación y destino conveniente y útil a los niños aumentaron su fama de sabio y virtuoso, suficiente para que Carlos III le considerase como candidato idóneo para el Arzobispado de México, en substitución de su Ilustrísima Francisco Antonio de Lorenzana, más tarde Arzobispo de Toledo y Cardenal.

Habiendo pasado Núñez de Haro al Sitio del Pardo, sede entonces de la Corte, y con el objeto de besar la Real Mano, tuvo la satisfacción de que el Rey le encontrara en el camino, quien le identificó sin haberle conocido como se lo aseguró S.M. a los que le hacían la corte en la mesa diciéndoles: “Esta mañana, quando salí a cazar, alcancé a ver a un Clérigo, que seguramente es el que he nombrado Arzobispo de México; y me ha gustado mucho, por su aspecto y modestia”. Y así se lo manifestó S.M. al mismo interesado, luego que se le presentó por primera vez, haciéndole las mayores distinciones; igualmente que toda la Familia Real, Ministros, Grandes de España, y demás Personas Principales de la Comitiva.

Fue ese muy particular concepto de literato, que conservaba en Roma gracias al intercambio epistolar que mantuvo hasta la revoluciones de Italia con los dos sabios Cardenales Castelli y Antonelli, lo que le mereció que el Papa Clemente XIV, al expedir las Bulas Pontificias correspondientes, le concediese más amplias facultades, indulgencias y gracias que a cualquiera de los arzobispos, incluidos sus predecesores. También la Sagrada Congregación de Propaganda Fide le confió cierta delicada comisión sobre un asunto importante de su incumbencia. Cuenta el Dr. Manuel de Flores que la Sagrada Congregación, por la exactitud y acierto con que la desempeñó, quiso manifestarle su satisfacción y agradecimiento, enviándole de regalo dos famosos quadros, que representan a San Pedro y San Pablo, texidos por el estilo de tapicería con el mayor primor, propiedad y esmero.

 

Villagarcía del Llano es un pueblo de la Manchuela conquense situado en el límite de esta provincia con la de Albacete. Los pueblos que la circundan son Quintanar del Rey, Villanueva de la Jara, Iniesta y Ledaña en la provincia de Cuenca, de cuya capital dista unos 100 Km, y Tarazona de la Mancha, Madrigueras y Navas de Jorquera en la provincia de Albacete cuya capital se encuentra a unos 45 Km. Acceder a esta localidad es fácil desde Tarazona de la Mancha, Quintanar del Rey e Iniesta.

Hasta el año 1665 este lugar se denominó Gil García. A partir de entonces, Villagarcía; y desde 1917 Villagarcía del Llano.

A finales del siglo XV encontramos a este pueblo por primera vez en los documentos de los archivos, aunque, por referencia de los mismos, fue hacia 1290 cuando aparecieron los primeros pobladores de la que sería Gil García.

Hasta la Guerra del Marquesado que enfrentó a partidarios de la Beltraneja y de Isabel la Católica, esta aldea perteneció al suelo de Alarcón. Cuando los Reyes Católicos hicieron villa a Villanueva de la Jara, por apoyar su causa en dicho enfrentamiento, Gil García quedó bajo la jurisdicción de Villanueva.

El templo donde el pueblo de Villagarcía vivía sus celebraciones religiosas ha tenido siempre la advocación de Santiago Apóstol. La primitiva iglesia estaba ubicada en el mismo lugar que la actual. A mediados del siglo XVIII su estado era ruinoso. Por eso el Concejo, por boca de su Procurador Síndico, se quejaba al Rey en mayo de 1760, señalando que la hechura del templo era de tierra, con los cimientos deshechos, “temiéndose su rruyna y asolazión, que pudiera ser en tiempo que subzedieran muchas desgrazias y trabajos lastimosos y inrreparables”.

A finales del siglo XVIII, y bajo la influencia –desde América- del ilustre hijo de Villagarcía, don Alonso Núñez de Haro y Peralta, se construyó la nueva iglesia de su pueblo natal. Sabemos que en 1788 ya se estaba levantando el nuevo edificio eclesial, pues el vicario ecónomo de la parroquia de la villa, José Ramírez Berlanga, expresa en su testamento que, a ser posible, cuando le llegue la hora de la muerte “sea mi cuerpo sepultado, con permiso de los señores, en la yglesia que en el día se está favricando en esta villa”. Por otro lado, Pascual Madoz, en su diccionario de 1850, al hacer referencia a este lugar dice, entre otras cosas, que la iglesia parroquial es de segundo ascenso; es decir, que se demolió la antigua para levantar la nueva.

Según el citado Madoz, en ese año 1850, Villagarcía tenía "300 casas, algunas de mediana construcción; cárcel y casa de ayuntamiento; escuela de primeras letras concurrida por 25 alumnos y dotado de un maestro con 2.200 reales".

 

 

A las puertas del nuevo mundo

 

Mediaba 1772 cuando Ildefonso contemplaba embelesado la silueta del nuevo mundo. Tomado firmemente de uno de los puntales de cubierta, pensaba en la inmensa responsabilidad que le llevaba a desembarcar en la ciudad y puerto de la Vera Cruz. El viaje, aún azaroso a pesar de haber dejado atrás casi trescientos años del descubrimiento de América, le había sido propicio. Religioso y creyente, encontró en ello un buen signo para su empresa.

Qué había pasado durante esos casi trescientos años? Mucho... mucho. Pero para su destino sólo le importaba el pasado reciente. El siglo XVIII era el tiempo. Él mismo había nacido el 31 de octubre de 1729. Era, pues, hijo del siglo. Sus 43 años le daban empuje para enfrentar la comisión encomendada por Su Majestad Carlos III. A lo largo de la travesía, el joven prelado hizo un recorrido por aquella información que, sobre esa nueva tierra, había logrado reunir. Lo que no sabía era que el siglo de la Ilustración y el Liberalismo... sería el último de la dominación española en América. El movimiento neoclásico pondera la razón como la forma más elevada de comprensión del mundo. Dedica especial importancia al estudio y al conocimiento como la mejor manera de desarrollo humano. La historia, la filosofía y todo lo que tiene que ver con la reflexión y la racionalización tuvo un enorme desarrollo en este periodo. La pregunta es si realmente es el conocimiento lo que puede mejorar al ser humano o sólo era un espejismo.

A principios del siglo XVIII subió al trono español la familia de los Borbones. Al imperio le faltaba dinero para sostener sus guerras y perdió posesiones, sobre todo en Europa. La falta de población había empobrecido sus dominios americanos, donde los criollos habían ido ocupando puestos cada vez más importantes, lo que se llegó a considerar como un grave riesgo para la corona.

En parte, ese era el motivo de la presencia de Ildefonso en la Nueva España. Los Borbones redujeron -o utilizaron- la influencia de la Iglesia católica, y en 1767 expulsaron de sus dominios a los jesuitas. A los españoles establecidos en la Nueva España y a los criollos les quitaron los puestos importantes; de ahí en adelante, los grandes funcionarios vendrían de la península. Aumentaron los impuestos y dividieron el Virreinato en intendencias, para facilitar su administración.

La expulsión de los jesuitas y la aplicación de las reformas causaron inconformidad, por lo que crearon un enorme y costoso Ejército, jamás visto en la Nueva España. Es verdad que los cambios reanimaron la economía, pero también el rompimiento del equilibrio social que a pesar de todo existía. La orden de los jesuitas tenía un papel muy importante en la educación de los españoles y los criollos. Eran un factor de unidad con España, que se perdió con su salida. La minoría educada por ellos protestaba contra los nuevos funcionarios.

Con todo, México se había convertido, a partir de las primeras décadas del siglo XVIII, en la unidad política hegemónica de ultramar, superando al virreinato del Perú. Muchos eran los favores naturales recibidos.

La Nueva España fue la más rica y populosa de las colonias españolas. Su minería argentífera despegó el desarrollo de otros sectores económicos, como la agricultura, la ganadería y el comercio. Plata y habitantes fueron las dos locomotoras que impulsaron su auge. El proceso demográfico inició un rápido crecimiento a partir de 1720, coincidiendo con el aumento de la minería. Empezó a bajar desde mediados de siglo. El virreinato contaba en 1760 con tres millones y medio de habitantes. Sus intendencias más densamente pobladas fueron las de Guanajuato, México y Puebla, siguiéndoles a mucha distancia las de Oaxaca, Valladolid y Yucatán.

La administración fue realizada hasta 1760 por virreyes pertenecientes a la nobleza -dos condes, tres marqueses, tres duques y dos arzobispos- uno de los cuales, el Marqués de Casafuerte, fue criollo limeño, un caso insólito. Sus problemas principales fueron los usuales: fomentar la minería, sofocar sublevaciones indígenas, enviar situados, fortificar el Caribe, cuidar la Real Hacienda, perseguir el contrabando inglés y holandés, reprimir el bandolerismo en los caminos, evitar la corrupción administrativa, fundar poblaciones y soportar con estoicismo los pleitos entre instituciones y funcionarios a su cargo.

En 1765, fue enviado a México como visitador don José de Gálvez, que realizó una profunda reforma, creando nuevos impuestos, aumentando los existentes, estableciendo el estanco del tabaco, ayudando a la expulsión de los jesuitas y a la represión de los motines que ésta suscitó, y creando la Comandancia de las Provincias Internas con las provincias de Sonora, Sinaloa, California, Nuevo México, y Coahuila.

La prosperidad de Nueva España se reflejó en la Real Hacienda, que vio duplicar sus ingresos durante los sesenta primeros años del siglo. Eran las dos terceras partes de lo que se recibía de toda Hispanoamérica.

El Bajío, situado entre los centros mineros septentrionales y las regiones occidentales y centrales de México, fue objeto de un intenso tráfico de apoyo a la minería que terminó por revalorizar sus tierras, surgiendo ciudades y villas en cuyo entorno se ubicaron importantes producciones agrícolas, ganaderas, manufactureras y un activo comercio. Su riqueza atrajo emigrantes del sur y llegó a ser una de las regiones de mayor densidad, triplicando su población entre 1700 y 1760. La expansión minera hacia el septentrión (Parral, Chihuahua) fue estirando cada vez más la colonización. En cuanto al avance hacia el norte, permitió casi duplicar la superficie del territorio virreinal, que alcanzó unos cuatro millones de kilómetros cuadrados. Fue una frontera móvil, pero careció de una infraestructura ocupacional, lo que la convirtió en muy frágil frente al avance de otras colonizaciones extranjeras. Prácticamente se realizó con misioneros jesuitas y un escaso apoyo militar.

Resultado de este avance fueron las ocupaciones de California, Nayarit, Texas y Tamaulipas. El interés por California venía del siglo anterior, cuando los padres Kino y Salvatierra establecieron algunas misiones allá por 1697, comprobando que era una península. Fundaron San Ignacio en su parte meridional y luego San Blas, en 1767. Nayarit, territorio montañoso y habitado por indios insumisos existente entre Nueva Galicia y Nueva Vizcaya, fue dominado militarmente entre 1721 y 1724. Texas fue conquistado a partir de 1716 para impedir el avance francés desde la Louisiana. Se fundaron la villa de Béjar, un presidio y varias misiones franciscanas. En 1721 se convirtió en Gobernación independiente, con capital en Adaes. Para establecer la comunicación entre Texas y Tampico se realizó la conquista de Tamaulipas, emprendida en 1715 y concluida en 1748. Aquí se establecieron 24 poblaciones y numerosas misiones franciscanas. También tuvo gran importancia la exploración de la costa pacífica septentrional, aunque careció de resultados en materia de colonización.

La Feria de Acapulco, con su Nao de China y los miles de pesos fuertes que circulaban entre compradores y vendedores de los llamativos y lujosos artículos traídos de oriente, sedas, especias, porcelana y otros, estaba en su apogeo. Era tan sólo un viaje al año, pero que congregaba a lo mejor y más granado de la sociedad comercial de esa época. Ildefonso había escuchado hablar de la Nao de China y de una de sus pasajeras, Catarina de San Juan, mística poblana del siglo XVII que había nacido en la India oriental. La mujer, de la que se decía era una princesa, vestía una falda roja bordada de lentejuelas de gran colorido, blusa escotada, medias blancas y zapatillas. A mediados del siglo XVIII, el término china servía para denominar a las indias jóvenes solteras, empleadas como sirvientas en casas y conventos de algunos países de la América del Sur. Ignoraba cuándo y cómo llegó este vocablo, sin embargo, las chinas subsistieron algún tiempo en Puebla, y de ahí les vino el nombre de poblanas. El vestido de china poblana y el de charro llegaron a considerarse atuendos nacionales en México.

Otra feria tomaba su propio lugar: la Feria de Xalapa. El primer pueblo de indios al que llegaron los viajeros coloniales después de su entrada a la Nueva España por el Puerto de la Veracruz, ese mismo a donde él arribaría, fue Xalapa. Sus antiguos barrios de indígenas: Tlamecapan, Xalapan y Techacapan, con ascendencia teochichimeca y nahua, se habían acomodado entre las faldas del lugar de las Cinco Flores: el cerro Macuiltépetl, cuyas cintas de ríos y arroyos descansaron sus puntas en lagunas rodeadas de bosques de liquidámbar.

Xalapa fue convertida por la conquista española en República de Indios para administrar su territorio y explotar sus recursos. Sus antiguos barrios fueron bautizados por los misioneros franciscanos con los nombres de Santiago, Santa María de la Concepción y San José de la Laguna, entre otros. También fue lugar de residencia de comerciantes porteños que huían periódicamente de los grandes calores, la arena muerta y los mosquitos del Puerto de Veracruz, mientras esperaban el tiempo de arribo de las embarcaciones mercantes custodiadas por navíos de guerra de la flota española, para luego trasladar las mercancías europeas a lomo de mula por experimentados indígenas arrieros conocedores de los caminos, veredas, veneros y cortaduras hasta la Ciudad de México, punto clave del sistema colonial, donde se efectuaba la feria comercial por excelencia que reunía a vendedores y compradores no sólo de productos europeos, sino también de otros lugares de la propia Nueva España.

Uno de los productos que mayor auge llegaron a alcanzar en esa feria fue el tinte grana, la famosa cochinilla, llamada por los indígenas sangre de tuna, y que se producía en Oaxaca y Xalapa principalmente. Llegó a ser tan importante su comercio como el de las importaciones de oro y plata, y superior al tráfico de maderas preciosas y plantas medicinales.

Xalapa se convirtió, como Acapulco, en el centro de intercambio comercial más importante de la Nueva España con oficinas Reales de la Aduana, Estafeta del Correo, Avería y Consulado, más un aparato militar dispuesto a custodiar las mercancías y sus propietarios. Desde el año de 1720 se conoció con el nombre de "Jalapa de la Feria", ligando su destino al vaivén del comercio que le vino de la mar y de tierra adentro.

Ahí, en algún punto de esas montañas que fondeaban el paisaje de las costas veracruzanas, estaba Xalapa. Ildefonso regresó al camarote para preparar el equipaje. Al ver la casulla roja recordó a su favorecedor, el Papa Clemente XIV, nacido en 1705 y elevado al Papado en 1769. Giovanni Vincenzo Antonio Ganganelli había nacido en Sant Arcangelo, Italia. Educado con los jesuitas y los piaristas, ingresó en la orden de los franciscanos en 1723. Más tarde fue profesor de Filosofía y Teología, y en 1743 escribió una defensa teológica de los jesuitas. Muy joven -en comparación de otros- apenas pasando los cincuenta años, en 1759 fue nombrado cardenal. Ildefonso le admiraba, pero no quería estar en sus zapatos. Una vez elegido Papa, en 1769, recibió fuertes presiones de muchos gobernantes europeos para disolver a los jesuitas por la enorme influencia que éstos habían adquirido.

La nao surcaba lentamente los últimos metros que le separaban del muelle. A un lado, señorial, destacaba el Fuerte de San Juan de Ulúa, levantado por el propio Cortés para proteger el puerto.  Eran tantos los recuerdos que se agolpaban ante la aventura, que sólo el ligero golpe de la nave al tocar el muelle le volvió a la realidad.

 

 

 

Capítulo II.-

La Nueva España

 

La vida colonial incorporó la fiesta celestial de los altares al fasto de sus ceremonias públicas en las que tanto la exaltación de la muerte, como de la miseria humana eran ocasión para sermones y colectas. La producción minera de la primera mitad del siglo XVIII trajo una fiebre constructiva que dio su fisonomía a lo que hoy denominamos Centro Histórico.

En el nuevo siglo la debilidad de los novohispanos por fiestas y juegos, el buen comer y los instintos carnales envueltos en un ambiente de misticismo religioso dio origen a expresiones exaltadas de devoción: novenas, procesiones, penitencias, locutorios en los conventos y hasta platillos monjiles como el mole.

En efecto, la profusión de chiles, hierbas y sabores impregnaron el arte de la ciudad que se representaba en una escenografía barroca embarcada en España, mezclada con estilos y adornos que tomaron un sabor local. Su influencia llenó los altares –como el de Sta. María Tonantzintla- las casonas señoriales y quedó impronta en vajillas, arcones y adornos de plata de toda índole. La destreza y sensibilidad indígenas se unieron a los exóticos diseños traídos desde Cathay, Filipinas y Macao que pronto subieron a las cúpulas de las iglesias en forma de azulejos.

La primera mitad del siglo XVIII fue la etapa de reconstrucción y remodelación de la ciudad más activa de su historia, en especial las patrocinadas por las órdenes religiosas que después de dos siglos de presencia novohispana habían dejado atrás los ideales de sencillez y austeridad. Ahora se estrenan flamantes iglesias y conventos. El mayor de todos fue el conjunto conventual de San Francisco cuyo templo fue estrenado en 1716. No menos fastuosos fueron La Profesa (jesuitas), Regina Coeli (1731), el lujoso templo de Santo Domingo (1736) y el Colegio de la Propaganda Fide de San Fernando perteneciente a los franciscanos y de donde partieron las misiones que ganaran la mítica California.

La ciudad había rebasado la traza del siglo XVI debido al crecimiento de la población, por lo que las necesidades de todo tipo se multiplicaron: así, el afán culterano del siglo anterior se desbordó en colegios magníficos patrocinados por los jesuitas como San Ildefonso (1740), San Pedro y San Pablo. Entonces apareció una de las primeras escuelas laicas: el colegio de niñas llamado Vizcaínas (1752) cuya enorme extensión habla del aumento de la demanda, pero también de la pobreza que se multiplicaba.

En contraste, las condiciones higiénicas no mejoraban, pese a la creación de hospitales como el del Amor de Dios, no se evitó la aparición de la epidemia de Matlazáuatl. Entre otros males las inundaciones todavía amenazaban la integridad de la ciudad, por lo que se reforzaron los diques de Mexicalzingo (al sur) y Zumpango (al norte). Esto permitió que se empedraran más calles y plazas cuyo número e importancia iba en ascenso. En las plazas de Santa Catarina, Santo Domingo, Loreto, San Juan, San Sebastián, el Carmen, el Volador y sobre todo en la Plaza Mayor se vendían productos de la tierra, artesanías y comida, que en ocasiones las convertía en muladares.

El mayor de todos se localizaba a la puertas del Palacio Real (que alojaba casa de juego y hasta pulquería), donde se daban cita todas las castas. El gentío, la revoltura y el apretujamiento hacen imprescindible que cada quien use atuendos acordes a su condición y mérito. El resultado es una de las más fascinantes representaciones humanas: un teatro del Nuevo Mundo cuyos personajes llevan nombres pintorescos o discriminatorios: china, coyote, salta atrás, mulato, albino, no te entiendo...

La convivencia cercana de las clases sociales es algo que hoy se ha borrado, pero que entonces era visible. Para la nobleza criolla era imprescindible, por tanto, la ostentación. Las familias ricas gastaban fortunas en conseguir títulos nobiliarios y en transformar sus casonas en Palacios. Así surgieron: la Casa de los Azulejos perteneciente a los marqueses del Valle de Orizaba, el Palacio de los Condes de Santiago, el palacio de los marqueses de Jaral y Berrio o la gigantesca casa de don José de la Borda.

Pero a diferencia de los peninsulares, los nuevos nobles no dudaban en alquilar las accesorias de sus casas con el fin de obtener ganancias que les permitieron poseer casas de campo en Tlalpan, Tacubaya o San Ángel. Aquellos que no alcanzaban un título nobiliario podían aspirar a obtener los cargos públicos que eran objeto de compra-venta. Para ello era indispensable tener buenas relaciones con el Cabildo de la ciudad, pertenecer al Consulado de comerciantes o alguna cofradía, donar altares, patrocinar conventos, y asistir a banquetes y bailes. Para acrecentar la fortuna era necesario que sus hijos obtuvieran alguna alianza matrimonial conveniente, emprendieran una carrera eclesiástica o ingresaran --previa dote-- a algún convento. El modelo a seguir estaba dado por la corte virreinal, que al renovarse periódicamente traía las modas y usos de la metrópoli.

La ciudad vio multiplicarse numerosas viviendas de mediano valor en las que habitaban artesanos calificados, comerciantes al menudeo, agremiados diversos, profesionistas y algunos herederos de la nobleza indígena venidos a menos. La mayoría alquilaban sus viviendas a los grandes conventos de la ciudad, ya sea en las accesorias de hospitales, conventos y colegios o en nuevos edificios construidos en los antiguos barrios indígenas. Debido a esto último para 1717 se admite la desaparición de éstos últimos dividiéndose la ciudad en cuarteles.

Para el grupo de nacidos en Nueva España, pero con aspecto español les estaban negados muchos privilegios. Para la mayoría la diferencia era compensada por el amor a la tierra y a sus prodigios. De esta manera promovió la canonización de hombres de virtud como Sebastián de Aparicio o Gregorio López, aunque sólo se logró la canonización de San Felipe de Jesús. Los criollos encontraron su mejor aliado entre los Jesuitas; con sus haciendas azucareras, pudieron financiar la construcción de sus colegios. El poder que alcanzaron éstos dentro de los ámbitos de la Corona española despertó las sospechas de una sedición, por lo que en 1767 el virrey marqués de Croix ejecuta la orden de expulsión de la Compañía.

Durante el gobierno del virrey marqués de Casa Fuerte se edificó la sede de la Aduana, frente a la plaza de Santo Domingo, se amplió la Alameda y junto al Palacio Virreinal se levantó el solemne edificio de la Casa de Moneda. Con ello se establece la columna vertebral de la economía de la ciudad: tasación y acuñación de moneda al oriente y labor de platería al poniente. En el centro de éste se encontraba la Catedral que para 1737 estrena su altar mayor, dedicado a los Reyes, síntesis de la riqueza de la Nueva España. Su estilo, iniciado por los Churriguera en España se trasladó al Sagrario, luego a las fachadas de las nuevas iglesias y se dispersó por el Bajío y el Norte dando un sello particular al arte mexicano.

La abundancia de oro en los altares también es abundancia de partituras, coros, libros y toques de campanas. En Palacio, la vida se regía por la adulación y el empacho administrativo, mientras en las calles circulan carruajes en exceso por lo que las aceras se llenan de excrementos animales y vecinales. No sólo en pulquerías proliferaban los juegos de azar, sino hasta en las casas de algunos eclesiásticos se apuestan inmensas fortunas. Las trampas abundan, sobretodo en las peleas de gallos.

El diagnóstico de esta sociedad no era muy bueno: un clero secular excesivamente centralizado, mientras que el clero regular vive disipadamente y envuelto en incontables pleitos.

Más escandalosa era la vida en algunos conventos de monjas, donde reinaba la vida mundana y una administración desordenada. Las lujosas construcciones y contrastan con gran numero de indígenas llegados del campo o mendigos citadinos. Las fiestas religiosas eran pretextos para desórdenes y borracheras que servían para olvidar hambre y escasez de alimentos.

La riqueza que generaba la Nueva España en la segunda mitad del siglo XVIII se vio reflejada en las iglesias y palacios virreinales, que en la Ciudad de México fueron numerosos. Al llegar Carlos III a la Corona de España (1759), se inicia una época caracterizada por una creciente centralización del poder, una secularización del estado y una explotación de los recursos materiales no vista en siglos pasados.

Por estos motivos, la capital del virreinato de Nueva España adquiere importancia como sede del poder, cabecera del comercio y centro de control social de todo el reino. El siglo barroco, al que los americanos estaban acostumbrados, con su desorden festivo, mezcla de grupos sociales y arte criollo de oropel tiene que ceder ante las imposiciones modernizadoras de los Borbones.

El pensamiento católico mexicano asimiló el regalismo como modo de inserción de la Iglesia en la nación bajo el específico marco de un reino cristiano tradicional. Así, Francisco Antonio Lorenzana, Eclesiástico español Obispo de Plasencia en 1765, enviado por el rey Carlos III como Arzobiso de México en 1766, considera el reino cristiano como la sociedad ideal con que la providencia divina ha determinado velar por el bien temporal y eterno de los hombres, pues, además de procurar la felicidad terrenal de los individuos, estaría constituida al servicio de la misión de la Iglesia. Sus acciones de mayor relevancia fueron la reunion de un concilio provincial en 1771 y la publicación de las cartas de Hernán Cortés. En 1772 pasó a España como arzobispo de Toledo. Partió para Toledo con la nueva encomienda en los primeros meses de ese año, por lo que no pudo entregar personalmente a Núñez de Haro. No existen registros de que se hayan entrevistado en España ni previa, ni posteriormente.

Nombrado Arzobispo de México, Ildefonso Muñez de Haro y Peralta llegó a Veracruz el 12 de septiembre de 1772, el 13 del mismo mes fue consagrado por el obispo de Puebla en la iglesia de San Miguel del Milagro y el 22 comenzó el gobierno de su arquidiócesis, recordado por sus contemporáneos por sus cualidades de buena administración y sabiduría, con lo que conquistó el afecto de todos los que le rodearon.

 

 

El viaje a la capital

 

Dos caminos partían de Veracruz y por distintas rutas ascendían a la meseta para desembocar en México. El primero, de trazo prehispánico y cuya ruta siguió Cortés, pasaba por Quiahuiztlan, Cempoala, Rinconada, Lencero, Jalapa, Perote, Huamantla, Texcoco y otros puntos hasta terminar en México. El otro tocaba los siguientes lugares: Medellín, Cotaxtla, San Juan de la Punta, Córdoba, Orizaba, Acultzingo, Puebla y México. Como puede observarse, las dos rutas, salvo ligeras modificaciones, siguen siendo hoy las principales que cruzan el Estado. El primer camino, el más corto, fue también el más frecuente durante la Colonia, acentuando su importancia en el siglo XVIII, con motivo de las ferias comerciales de Jalapa. El segundo empezó a frecuentarse desde 1534, aun cuando su verdadero desarrollo tuvo lugar a partir de 1590, cuando se arregló su trazo; cobró importancia a medida que se desarrollaron las regiones azucareras y tabaqueras de Córdoba, Orizaba y Huatusco, y también porque así lo exigía el abasto de granos que llegaba a Veracruz procedente de Atlixco y Tehuacán.

De mucho menor importancia y tráfico, el siglo XVIII vio surgir en Veracruz otros caminos, de tipo vecinal, que conectaban a las ciudades grandes con pueblos y zonas agrícolas próximas, como el de Jalapa-Tuzamapan-Huatusco-Coscomatepec, que entroncaba con el camino Veracruz-México por Puebla, a la altura de Córdoba y Orizaba

Durante el viaje, que durase poco más de una semana, Nuñez de Haro fue informado de algunas situaciones que, como Arzobispo de México, debía conocer para su información, análisis, intervención o ejecución. Una de las más graves era la actitud asumida por el abogado José de Gálvez, Visitador General de la Real Hacienda que, desde mediados de 1765, se había convertido en un verdadero azote de propios y extraños gracias al decidido y desmedido apoyo otorgado por el monarca español Carlos III, y obviamente del Virrey en turno, el Marqués Carlos Francisco de Croix, a quien incluso opacaba, y en parte por el respaldo que, aún en los casos en que extralimitaba en sus funciones, le dispensaron algunos prominentes personajes de la corte española interesados en impulsar la nueva política, como fueron Pedro Rodríguez de Campomanes y el futuro Conde de Floridablanca, José Moñino, dos de los más influyentes. En dos ocasiones al menos, una en 1767 cuando tras la expulsión de los jesuitas se sublevaron grupos en Guanajuato, San Luis Potosí y Michoacán, y la otra en 1768, cuando se disponía Galvez a visitar las provincias de California, Sinaloa y Sonora, el Marqués de Croix, Virrey de la Nueva España, le transfirió expresamente toda su autoridad y facultades.

Si su actitud había sido prepotente y cruel para muchos, es precisamente en este viaje a Sonora en que sufre un ataque de locura que le lleva a un conflicto personal que, dada su investidura y abuso de poder, convierte en un problema de estado.

Pero además de Gálvez, muchos eran los problemas a que se enfrentaba la Nueva España. Lujo y corrupción trajeron obligadamente el relajamiento moral. De alguna suerte la salida de los jesuitas había sido perjudicial. Sus principios morales, inculcados a la niñez en sus aulas principalmente, eran buen freno a los desmanes y el abuso.

El sector salud se había cuasi abandonado y los niños circulaban por la calles en la misma forma. Los conventos dejaban de regirse por las más estrictas reglas, para dar paso a la francachela y dispendio moral.

En fin, que su encargo no era fácil de enfrentar. Lo que no sabía la Nueva España – a su vez- es que Ildefonso Nuñez de Haro era un hombre tozudo, necio, firme, enérgico y templado, capaz de meter en cintura a más de cuatro.

El fraile que le acompañaba le alcanzó un libro de poe-sías de Sor Juana Inés de la Cruz, la Décima Musa. La escritora mexicana se reveló como niña prodigio aprendiendo a leer a la edad de tres años, a pesar de que en aquella época no era habitual que las mujeres accedieran a la cultura. Joven brillante, culta y admirada, su poesía, ingeniosa, elocuente y expresiva, la convirtió en la personalidad más destacada de las letras virreinales del siglo XVII. El poema "Hombres necios" de Carta a sor Filotea estaba considerado ya en esos días como un ejemplo elocuente de poesía feminista

El Arzobispo sonrió recordando que aún se vivía la euforia del Siglo de Oro de la poesía castellana; siglo en que no podía dejar de florecer la buena poesía, al paso que habían llegado a su aumento las demás buenas letras.

En ese su siglo XVIII, durante el neoclasicismo, la actividad científica y la Ilustración se vivieron con grave intensidad; fue una época marcada por la expulsión de los jesuitas, el espíritu científico y la llegada de las nuevas doctrinas que anunciaban la época de las revoluciones. Entre los jesuitas expulsados se encontraban Francisco Javier Clavijero, autor de Historia antigua de México, y Rafael Landívar, poeta de la latinidad moderna. En el campo de la ilustración, José Antonio de Alzate fue el prototipo del hombre de esa generación y su curiosidad enciclopédica lo llevó a cultivar la historia, la meteorología, la astronomía y la botánica. Editó varias publicaciones, entre las que destaca el Diario Literario de México en 1768. Era, para el prelado, un hombre interesante al que valía la pena conocer.

 

 

La Puebla de los Ángeles

 

Puebla de los Ángeles era ya una ciudad de primer orden en la Nueva España. A más de una de sus paradas, sería en esa ya hermosa ciudad en donde el prelado recibiría la consagración seguramente de manos del Excmo. Señor Don Francisco Fabián y Fuero. El recibimiento fue, indudablemente, apoteósico, como lo confirma el relato colateral que hace Alicia Bazarte en su obra Un acercamiento a la comida novohispana, y en la que relata las "viandas y fatigas para el recibimiento y consagración del arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta".

La investigadora recrea escenas con amplio conocimiento de lo que fue la vida cotidiana de la época, trabajo que indica parte de un expediente ubicado en el Archivo del Cabildo Metropolitano de la Ciudad de México.

Extenso de por sí, guarda mucha información que detalla respecto de "las comidas, cenas y refrescos que durante dos días se ofrecerían a todas aquellas personas que llegaran al besamanos". Relata que, independietemente de las maravillosas figuras que elaboraría el repostero llegado desde la ciudad de México con sus oficiales, en la capital se habían adquirido con Francisco Díaz Ladrón de Guevara cinco cajones envueltos en petates, que contenían dulces de distintas calidades: lustre, candeado y de adorno superior; también había "panales y cajetas finas y exquisitas" y otras 36 cajetas de varias frutas compuestas y adornadas. Estas cajetas tomaron su nombre de los recipientes de madera, casi siempre tejamanil, en los que se envasaban pastas de diversas frutas, preparadas con la pulpa y el azúcar hasta tener el punto necesario para poderse empacar y durar varios meses. En recipientes parecidos se guardó después un dulce de leche que también tomó el nombre de cajeta.

Del Colegio de Niñas de Nuestra Señora de Guadalupe se llevaron varias arrobas de dulce fino y de "dulce de menos calidad"; enviaron también soletas grandes, rodeos, puchas y mamones encanelados, que solían servirse con el chocolate, y ocho docenas de banderitas y gallardetes; éstas, considera Bazarte, debieron estar hechas de mazapán de almendra, especialidad en la que tenía fama este colegio, también llamado de las inditas. Un dulcero de Puebla fue el elegido para elaborar 40 arrobas de dulces finos, 24 fuentes o platones de mesas, ocho de soletas y otras ocho de barquillos. De su taller saldría además "un ramillete de pasta que se pondría la última tarde", y la composición y adornos de los platones. Los cocheros tendrían también su parte en el festejo, pues para ellos se encargaron 12 arrobas de dulces y una de soletas "no finas". Los dulces seguramente se ofrecerían a la hora de la colación, que es, según el Diccionario de autoridades, "ese agasajo que se da por las tardes para beber, que ordinariamente consta de dulces".

Renglón aparte, debemos comentar que fue quizá debido a este tipo de festividades en las que el dulce era uno de los platillos principales o de honor, el que Puebla cobrara fama por sus dulces, destacando los camotes y el rompope de las religiosas de Sta. Clara, sin olvidar las galletas, macarrones, roscas de azúcar glass y demás delicias que, si bien subsisten hasta ahora, no guardan precisamente la misma calidad conventual que les llevó a la fama.

Nuñez de Haro debe haberse entendido bien con su consagrante, pues cuando en 1765 Carlos III designó obispo de Puebla de los Ángeles a Fabián y Fuero, éste decidió impulsar un plan intelectual, administrativo y eclesiástico que mejorase en todo sentido a la sociedad angelopolitana. Ese diseño obligadamente imponía nuevas costumbres en un mundo, como ya decíamos, en el que los valores se habían perdido casi totalmente. De 1765 es su edicto acerca del voto de pobreza y la vida comunitaria en los conventos femeninos. Gracias a la indagación de Salvador Bernabeu Albert, sabemos que Fabián y Fuero dispuso del apoyo del arzobispo Francisco Antonio Lorenzana para eliminar los rasgos de mundanidad y lujo en dichos monasterios, no obstante, este propósito chocó con los deseos de no pocas religiosas y no fue totalmente llevado a buen fin. Sin embargo, algo debe de haber sucedido entre Nuñez de Haro y el obispo a pocos meses de la llegada del primero, pues en 1773 el arzobispo nombra a Victoriano López Gonzalo, a cargo de la arquidiócesis angelopolitana. Con todo, no podemos dejar en el tintero que el Obispo Francisco Fabián y Fuero fue el que abrió al público en general las puertas de la joya lieraria de América: la Biblioteca Palafoxiana.

La biblioteca debe su nombre a su ilustre fundador, el obispo Juan de Palafox y Mendoza, quien donó su vasta biblioteca particular para el servicio de dos colegios, motivado por la falta de libros de consulta en la Angelópolis.

En los años siguientes la Biblioteca fue enriquecida por las contribuciones de otros obispos, sobre todo la de Francisco Fabián y Fuero, quien logró en 1772 que las bibliotecas de los colegios jesuitas, en peligro de desintegrarse por la expulsión de la orden, pasaran a la Palafoxiana.

Después de donar también su propio y rico acervo, Francisco Fabián y Fuero hizo construir el magnífico local que hasta hoy ocupa la Biblioteca; además, mandó fabricar la bella estantería de tres niveles donde reposan los libros que, obviamente, presumió ante el nuevo Arzobispo D. Ildefonso Nuñez de Haro en visita especial que hiciese al sitio.

En 1836, la Biblioteca Palafoxiana tenía 12 536 volúmenes, la mayoría en latín. Hoy tiene 43 mil, entre ellos un incunable escrito en papel de lino con caracteres góticos e ilustrado con más de dos mil grabados: la Crónica de Nuremberg, escrita por Hartman Schedel en 1493.

Otros libros importantísimos son un Atlas de Ortelius, impreso en Amberes en 1548; una Biblia políglota o Biblia Regia, escrita entre 1569 y 1573, en griego, latín, hebreo y caldeo, y la Gramática egipcia de Jean Francois Champollion.­

 

México, capital de la Nueva España

 

 Su historia ya ha marcado hitos en el desarrollo cultural de la América. En la Gran Tenochtitlan de los mexicas la educación en diferentes oficios se impartía en los Telpochcalli, o casas de jóvenes, a la mayoría de éstos, pero también existían los Calmécac, en los que se transmitían los conocimientos más elevados de la cultura náhuatl a los futuros guerreros, sacerdotes y sabios. Funcionaban asimismo las Cuicacalli, o casas de canto, en las que se enseñaba no sólo ese arte, sino también la danza y la música.

Tenochtitlan contó con zoológicos, jardines botánicos y juegos de pelota para la instrucción y recreación de la gente y la urbe mexica estuvo adornada por obras arquitectónicas cubiertas por murales y con numerosas esculturas. El arte era parte de la vida cotidiana. El artista náhuatl, llamado tolteca, debía, según los textos mexicas, “ser dueño de un rostro y un corazón”, es decir, tener personalidad definida y emoción, y la finalidad del arte era concebida por los antiguos mexicanos como el “humanizar el querer de la gente”.

Pocos años después de consumarse en 1521 la conquista española, en 1539, Juan de Pablos estableció en la Ciudad de México la primera imprenta de América, editando el libro Breve y más Compendiosa Doctrina Cristiana en Lengua Mexica y Castellana y, entre 1559 y finales del siglo XVI, ya había seis imprentas en la capital.

En esta época se comienzan a fabricar instrumentos musicales en la capital. En 1556 se publica el primer libro musical hecho en América: Ordinarum Misae. Durante el Virreinato, los primeros centros educativos fueron establecidos por el clero para evangelizar y castellanizar a los indígenas conquistados. Pronto surgieron los Colegios, que se concentraron en la capital, para brindar una educación más elevada o especializada. Entre ellos se contaron los Colegios de Santa Cruz de Tlatelolco, San Juan de Letrán y San Pedro y San Pablo, fundados en el siglo XVI.

En 1551 la corona española expidió la cédula real ordenando la fundación en la capital de la Nueva España de la Real Universidad de México, que se estableció el 25 de enero de 1553, recibiendo de inmediato del Papa Clemente VII el título de Pontificia. A fines del siglo XVI llegan de Europa los primeros grupos de ballet y solistas.

La capital novohispana no nació y creció desordenadamente, como las ciudades europeas, sino que se hizo un trazado racional de su urbanización, partiendo del diseño de la antigua Tenochtitlan y acotándose a sus acequias. Las primeras manifestaciones artísticas se concentraron en la arquitectura de iglesias, catedrales y algunas casas señoriales, y durante el siglo XVII se desarrollaron la pintura y literatura nacionales. Francisco Javier Clavijero y Mariano Fernández de Echeverría y Veitia narran la fundación y vida de Tenochtitlan en sus obras homónimas Historia Antigua de México.

En 1711 se crea la primera Escoleta Pública y se presenta la primera función de ópera en el Palacio Virreinal. En 1734 se crea la primera orquesta que llegaría a interpretar en su momento las obras de los grandes compositores contemporáneos. A partir de 1713 se establecen la Compañía y la Sala Coliseo, que generan un auge teatral en la Ciudad de México, sobre todo con la presentación de 15 obras dramáticas de Eusebio Vela en 1722. En 1753 se crea el teatro Nuevo Coliseo, que se mantiene hasta 1801. Entre 1712 y 1718 se construye el Colegio Chico de San Ildefonso, que se completa en 1749. Entre 1720 y 1724 se edifica el Palacio del Cabildo de México. Entre 1722 y 1742 se imprimen en la capital las dos primeras épocas de la Gaceta de México, primera publicación de noticias. En 1767 se funda la Escuela de Artes y Oficios de Las Vizcaínas de la que egresan numerosos pintores de apellidos indígenas. Simón Pereyns y Francisco Zumaya pintan los primeros retablos de la Catedral. En 1768 se crea la Real Escuela de Cirugía.  En 1769 se publican las Lecciones de Matemáticas.

En México, en la Calle de la Amargura número 15 de la plaza del Carmen se localiza la residencia que ocupó el mayorazgo de Fagoaga, su propietario era un acaudalado mercader de plata, caballero de la orden de Santiago. Se cuenta que en esta casa vivió más tarde el arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta.

En el lado obscuro, vagos, ociosos, malentretenidos, limosneros, mendigos, pobres, como eran llamados por sus contemporáneos, fueron también habitantes de la ciudad. Compartían el mismo espacio con los virreyes, regidores, arzobispos, frailes, comerciantes, monjas, criollos, mestizos y los innumerables habitantes de México. Pero eran considerados como infractores, trasgresores del sistema colonial. En realidad, el considerable número de marginados se convirtió en una especie de inventario de las contradicciones, desigualdades y desajustes del sistema colonial. Constituían una manifestación corpórea de una economía aleatoria y de una sociedad estamental en la que no tenían cabida. Eran, pues, las víctimas obligadas del sistema económico colonial, aquéllas que, a falta de otro lugar, se colocaban en los intersticios, en las fugas que el sistema no lograba cubrir.

En el siglo XVIII su presencia no fue novedosa, nos cuenta María Eugenia Terrones en su obra Trasgresores Coloniales: Malentretenidos y mendigos en la Ciudad de México en el Siglo XVIII. Siempre, desde el siglo XVI, habían sido personajes abyectos que la Corona y las autoridades coloniales trataron de liquidar, pero su trashumante condición dificultó su exterminio o su incorporación a la fuerza de trabajo. Los vagos del dieciséis fueron, por lo general, españoles atraídos por la conquista, aventureros que se habían hecho un modo de vivir fácil y relativamente cómodo. La legislación prohibía que vivieran en pueblos de indios, aunque fuesen mestizos, mulatos o zambaigos. Su vivir licencioso inquietaba a la Corona, y por tanto ésta ordenaba que se les obligara a adquirir algún oficio. Si acaso los vagabundos se resistían a trabajar, la Corona sentenciaba de manera lapidaria: "échenlos de la tierra". Para el gobierno español no cabía la posibilidad de que los vagos se establecieran, con su particular modus vivendi, en las Indias. Por ello manifestaba que si los vagabundos "son incorregibles, inobedientes, o perjudiciales, échenlos de la tierra y envíenlos a Chile, o Filípinas, o otras partes".

De esta manera, los vagos no debían ocupar ningún espacio en la colonia; errantes y desterrados, los ociosos solamente podían observar al mundo desde los resquicios que el sistema dejaba.

Sin embargo, para el siglo XVIII la vagancia se había convertido en una enfermedad endémica. Ya no parecía encontrarse sólo en los resquicios de la sociedad, sino que paulatinamente iba asentándose en sus intersticios. Los malentretenidos se encontraban -literalmente- en los umbrales de las ciudades; en los quicios de los edificios, en las puertas de los recintos de gobierno o acechando sigilosamente a los transeúntes urbanos, esperando -a veces con paciencia y a veces con impaciencia- lograr apoderarse, por la vía que fuese, de dinero u objetos que aseguraran su diaria sobrevivencia. Después de ello, se podían dedicar a las actividades propias de su condición: la embriaguez y los juegos prohibidos. Por algo se aseguraba que la ociosidad era la madre de todos los vicios.

El último escalón del mestizaje estaba formado por las castas, término genérico de uso común en el siglo XVIII, que podían incluir a mestizos de muy diferente procedencia étnica unificados por pertenecer a un estatus inferior. Su número fue incrementándose con gran rapidez y fueron considerados por la administración colonial como una permanente fuente de conflictos, derivada de una supuesta ociosidad e indolencia como características predominantes. Tanto los textos legales como la literatura descriptiva de la época colonial mantuvieron una visión peyorativa de las castas, aumentando su marginalidad, que se expresaba a través de una constante participación en tumultos y algaradas.

El término castas fue acuñado de uso común precisamente en el Siglo XVIII y de ahí esa impresionante división que para nada agradó a Nuñez de Haro:­

De español e indígena mestizo
De Indio con negra zambo
De negro con zamba zambo-prieto
De blanco con negra mulato
De mulata con blanco morisco
De español con morisca albino
De albino con blanco saltatrás
De indio con mestizo coyote
De blanco con coyote harnizo
De coyote con indio chamizo
De chino con india cambujo
De cambujo con india tente-en-el-aire
De tente en el aire con china no -te-entiendo
De mulato con tente en el aire albarasado

 

 

Capítulo III.-

Nuñez de Haro Arzobispo

 

La llegada del nuevo prelado a la Ciudad de México llenó de gozo a sus habitantes, que se desbordaron en el recibimiento. Desde el día y la hora en que el Arzobispo hizo su entrada pública en la Metrópoli de la Nueva España, y lograron los mexicanos el deseado gusto de verle –señala el Dr. Manuel de Flores- no pudieron menos que pronosticar favorablemente hacia su nuevo prelado, y mucho más así que fueron experimentando su natural amabilidad, dulzura y agrado, cuyo concepto subió increíblemente de punto luego que le oyeron predicar.

 Núñez de Haro llegó haciendo. A fin de dar un vistazo rápido a su obra –a la par que su vida- seguiremos el relato de su único secretario particular, aunque más adelante desglosemos los renglones de ésta y sus repercusiones en la modernidad mexicana.

Cumpliendo la encomienda de su Majestad, hizo de inmediato la reforma a las únicas dos casas que los Padres Agonizantes y los de San Antonio tenían en esa capital, por cuyo duplicado y espinoso encargo… recibió el Rey y del Supremo Consejo los más distinguidos logios por su zelo, prudencia y tino.

No menos mereció por las Constituciones –nombre que llevaban las leyes y reglamentos que regían una institución- que redactó para el buen régimen y gobierno de la Casa de Niños Expósitos de la capital, que estaba todavía sin concluir, fomentando con sus activas providencias la Real Congregación establecida en ella, otorgando además un aumento de doscientos pesos fuertes a su dotación mensual.

Trabajando de lleno en las actividades propias de su prelatura, llega 1774, año en que el Papa Clemente falleciera, cuando Ildefonso apenas llevaba un par de años en la Nueva España, causándole un profundo dolor que sólo alivia el saber que Pio VI es el nuevo Santo Padre.

El 28 de diciembre de 1775 Alonso Núñez de Haro y Peralta, arzobispo de México, propone al rey de España la erección en Tepotzotlán, del Real Colegio Seminario de Instrucción, Retiro voluntario y Corrección para el clero secular, una especie de cárcel en la que pretende reformar a todos esos clérigos que han desviado el camino. La obra es considerada como la de mayor relevancia en su época, de ahí que Manuel de Flores afirme:

Hace seguramente un honor inmortal a este ilustrado Arzobispo la feliz ocurrencia, o el nunca bien alabado pensamiento de haber pedido al Rey la espaciosa casa, que en el pueblo de Tepotzotlán, a corta distancia de la capital, ocuparon los regulares extinguidos de la Compañía de Jesús, con el plausible objeto de erigirla en Colegio Seminario de Instrucción, Retiro Voluntario y Corrección del Clero, formando unas constituciones adequadas al intento, y tan llenas de discreción y sabiduría, que merecieron la Real Aprobación de S.M.; elogiando el zelo, tino y acierto con que S.E. se había dedicado a promover un establecimiento tan del agrado de Dios, y tan del servicio de ambas Magestades, como decoroso y útil para el Estado, por el exemplo y enseñanza, que necesariamente darían al Clero Secular y Regular unos Eclesiásticos que, desengañados, se retiraban allí voluntariamente, a emplearse en un fin, tan santo.

Nuñez de Haro no sólo fundó y puso en el propio colegio cátedras de Sagrada Escritura, de Teología Moral, de Liturgia, y de lengua mexicana –que es la más usual y común en aquella Diócesis y aún en todo el Reyno de N.E.- sino que también donó al Colegio Seminario su propia y copiosa biblioteca; estableció y dotó para después de su muerte la Fiesta de San Ildefonso y un Aniversario perpetuo; buscó –y encontró obviamente- la forma de aumentar las rentas del seminario, con lo que quedó lo suficientemente dotado.

Sus Constituciones y Cartas Pastorales para esta institución son, por sí mismas, no sólo el fiel reflejo del carácter del Arzobispo, sino ejemplo de influencia educativa que va más allá de su época.

No es fácil explicar las ventajas que resultan de un establecimiento de esta naturaleza, ni para su tiempo ni para el actual, aunque debe reconocerse que en aquel entonces al menos se hacía algo para sancionar a los relogiosos infractores.

Oxala –dice el Secretario del Arzobispo- todos los prelados de nuestra península (España, obviamente) y de los Dominios de América se estimulasen, a vista de este exemplo, y por Honor al Estado Eclesiástico, a establecer en sus respectivas Diócesis unas Casas con igual destino, y con la bien meditada, discretísima denominación, que la del Colegio de Tepotzotlán! Pues en las más dilatadas y numerosas de nuestra España se echa mucho de menos un establecimiento de esta especie; como lo intentó seriamente el difunto Ilustrísimo Obispo de Calahorra, Don Pedro de Ozta y Múzquiz; quien, sin duda con este objeto, y a su tránsito por esta Corte, hizo pedir al Editor de Etas obras, y llevó consigo un ejemplar de las citadas Constituciones (que no acababa de celebrar); aunque, arrebatado por una muerte prematura, no pudo realizar sus loables deseos.

El sustento de instituciones como el Colegio –incluyendo cofradías, conventos y demás- eran las rentas que dejaban los diversos bienes –principalmente raíces- pertenecientes a esas agrupaciones. No era una mala forma de contar con la seguridad de la cobertura de gastos, aunque valga igualmente decir que no sólo eran estas rentas lo allegado, sino alguna que otra aportación de dignatarios o acomodados. Algunas veces, aquellos bienes adquirían una plusvalía tal que, en determinado momento, convenía más venderlos y comprar otros que seguirles conservando. Algo así debió suceder, pues en 1776 Pedro Romero de Terreros, primer conde de Regla, adquiere, por compra, las fincas del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo y las del Colegio de Tepotzotlán, con las que forma el Mayorazgo anexo al Marquesado de San Cristóbal. Pero aclaremos bien que son las fincas propiedad de estas y no las instituciones mismas las que compra.

Mucha son las actividades que despliega el Arzobispo Niñez de Haro, pero a fin de seguir un orden, continuemos con la narración de Don Manuel de Flores, su único y permanente Secretario Particular.

En 1779 una epidemia de viruela causa fuertes estragos en la ciudad de México, que penetraron de dolor el compasivo corazón de aquel generoso Prelado en tales términos que, deseoso de ocurrir, en quanto le fuese posible, al pronto remedio y alivio de tantas calamidades y aflicciones, como sufría su amada Grey con aquel terrible azote; de acuerdo, y con la anuencia del Virrey interino, Don Martín de Mayorga (quien, además de entregar al Arzbispo el ExColegio de San Andrés, que fue de los Regulares extinguidos de la Compañía, destinado ya para Hospital General, facilitó a S.E. algunos auxilios pecunarios, de los sobrables de él), hizo poner corrientes más de 400 camas; le equipó de todos los muebles y utensilios necesarios; señaló competente número de Sacerdotes, Médicos, Cirujanos, y demás dependientes precisos, para la debida asistencia y cuidado de los enfermos; y efectivamente a quantos acudieron a dicho Hospital, se les socorrió y sirvió con el aseo, abundancia, caridad y esmero que fueron bien notorios; en todo lo qual hubo de expender de sus propias rentas aquel generoso Prelado considerables sumas de pesos, en el espacio de 16 meses que lo sostuvo a su costa.

Cuando la epidemia fue controlada, algunas opiniones pugnaron porque se cerrara el, para ellos, costoso nosocomio pues –dicho sea su argumento- ya no era necesaria su magnitud ni servicio. Ante esto, el Arzobispo se opuso rotundamente señalando que, si bien no eran ya tantos los enfermos, sí había constantemente quien requiriese su atención y cuidado y, de cerrar sus puertas el Hospital, estos y más quedarían en el desamparo. Recurrió y propuso al propio Virrey Mayorga ordenara la continuación –y no sólo eso, sino la perpetuidad- de tan piadoso establecimiento, persuadiendo vivamente a éste, y obteniendo de él, que diese cuenta de todo al Rey; como por su parte lo hizo también el referido Prelado: proponiendo entre otros puntos, a la Real persona los diferentes arbitrios y medios que había discurrido,para que, sin gravar en cosa alguna ni a Su Real Erario ni al público, se pudiera dotar bien al Hospital; y así es, que en la construcción y ampliación del Cementerio para los cadáveres; y en la manutención de los enfermos; salarios a los dependientes; lienzos, botica y otras provisiones, invirtió y gastó S.E. desde el día 16 de septiembre de 1784 hasta el 10 de febrero del 90, más de 459,586 pesos fuertes, sin haber pedido a nadie cosa alguna.

Don Manuel parece repetitivo cuando exageradamente cita las satisfaciones reales y las felicitaciones y gracias emitidas por el Rey al Prelado, pero debe considerarse que, más que el ánimo adulatorio de su secretario particular, era la condensación de actos similares ejecutados a través de los años, ahora notorios así por verse redactados en menos de una cuartilla. Así las cosas, cabe retornar a su narración para dar pie a la razón por la cual retomamos esta línea.

S.M. no sólo condescendió benignamente con la enunciada propuesta, bajo ciertas condiciones; sino que se dignó también de manifestar al Arzobispo, quan satisfecho quedaba S.M., igualmente que su Real y Supremo Consejo, del ardiente zelo de S.E. por el bien y alivio de los pobres enfermos. En prueba de lo qual, y a pesar de los graves obstáculos y dificultades que se preentaban, para que S.M. accediese a las reiteradas solicitudes del Arzobispo, en razón de que se le relevase de la obligación de dar las cuentas a quel Superior Gobierno, ni al Supremo Concejo de Indias, ni a otras formalidades de estilo; vino finalmente S.M. en conceder esta gracia tan particular, no sólo al Arzobispo fundador, sino también a sus sucesores.

Nuñez de Haro no sólo administró bien el Hospital General de San Andrés, sino que logró que fuese un válido refugio para el dolor aún después de muerto. Dejó en ese momento, 39 salas en las que se admitía –comodamente- a 1086 enfermos, y unas finanzas tan sanas que eran ejemplo para instituciones similares.

Quizá las condiciones de vida de la Nueva España, quizá el ímpetu que el prelado ponía a todas sus cosas, quizá las tremendas necesidades de la sociedad de esa época, hacían de Nuñez de Haro infatigable. A más de las actividades de mayor relevancia que aquí anotamos, no deben olvidarse aquellas que cotidianamente debía atender y que iban desde una simple confesión, hasta las peticiones más extrañas. Uno de los problemas graves de la época era la relajación en los conventos, lo que tampoco quería decir que no hubiese religiosas dignas.

Parte para atacar uno, parte para apoyar a las otras, llevó al Arzobipo de México a dar vida al Convento Nuevo de las Reverendas Madres Capuchinas de la Villa de Guadalupe –zona de su mayor interés como veremos en otro momento- y que erigió con Iglesia, Casas para los Capellanes, Colegio para los Niños del Coro de la Real Colegiata, y habitaciones para sus Maestros, y demás dependientes (obra, que requería de largo tiempo, mayormente quando no había fondos algunos para empezarla); quedase concluida en poco más de 5 años (1782-1787); habiendo contribuido el Prelado, así para ella, como para la cañería o aqüeducto exterior, y varios reparos en lo interior del Convento, y aún de la misma Insigne Colegiata, con más de 46 mil pesos fuertes; gastándose en toda ella 218,328 pesos, de igual moneda; sin contar el importe de las faenas de los operarios, piedra, cal, arena, pinturas, y otros muchos artículos, dados de limosna por diferentes devotos; de modo que, aquel Excelentísimo vino a ser, no ya comoquiera un decidido Bienhechor y Protector de las Religiosas Capuchinas; sino también casi fundador de dicho su nuevo Convento; socorriéndolas con larga mano, desde entonces hasta el día en que falleció.

Mas no se crea que el ilustre Arzobispo se preocupaba únicamente por la construcción de hospitales, templos y conventos. Los sucesos que impactaban a la sociedad contemporánea también eran de su particular interés e inmediata atención. Así lo destaca la desgracia traída por las heladas extemporáneas de 1785 y sobre la que no omitió oficio ni diligencia alguna con el Virrey –ya para entonces el Conde de Gálvez- a fin de ocurrir a los graves perjuicios y suma escasez de granos, que las heladas extemporáneas, acaecidas en casi todo el Reyno a últimos de agosto de 1785, causaron en muchos pueblos del Arzobispado; disponiendo de acuerdo con el referido Conde-Virrey, que se pusiese a disposición de once Curas de los de Tierra Caliente, la Huasteca y Sierra, la crecida suma de más de 96,558 pesos fuertes, que tomó S.E., con calidad de reintegro, de los Concursos y Depósitos de sus Juzgados; además de otras muchas cantidades que por las vivas exhortaciones de su amable Prelado franquearon graciosamente y sin réditos algunos, varios Sugetos, no menos piadosos, que buenos Patriotas; a fin de que dichos Curas distribuyesen aquellas sumas entre los más necesitados Labradores de sus respectivos Curatos, y de otros 40 contiguos; animándoles y persuadiéndoles a que de maíz, frixoles y otras semillas a propósito, sembrasen todo lo que más pudiésen, de riego, medio riego, y temporal; y habiéndose con efecto sembrado, de sólo maíz, en los 51 curatos enunciados, 88,249 fanegas; reguladas todas, una con otra, a 1231, que es la tercera parte menos de lo que suelen producir, ascienden a 1,089,825 ¾ fanegas; sin contar lo mucho que se sembró de frixoles y otras especies; con lo que, por un medio tan suave, y tan lleno de discreción y de verdadero patriotismo, quedó el público abundantemente socorrido y remediado en; y aún muchos de los Labradores se habilitaron de yuntas de ganados, y de apéros de labor para los años sucesivos. Acertadísima providencia del digno Arzobispo… y concluye el narrador con las clásicas gracias y complacencias del Rey hacia el prelado.

El Virrey, Conde de Gálvez, sobrino de aquel visitador del que hablábamos y que, para entonces, ya era Gobernador de Sonora, fue un Virrey controversial para la historia. Sus detractores señalan que –por la construcción del Castillo de Chapultepec y otros detalles relacionado con la tropa- pretendía levantase en contra de la Corona y erigirse en Rey. Nosotros mismos teníamos esa impresión hasta antes de realizar este trabajo de investigación historiográfica sobre Nuñez de Haro.

Respaldo, amigo obvio y sostén en muchos proyectos del Arzobispo, debió tener una estrecha relación con éste el poco tiempo que fue regente de los destinos de la Nueva España (1785-1786). Se dice también que fue envenenado. Sin embargo, no fue así.

El continuador de los trabajos del camino a Acapulco sufrió un largo proceso de enfermedad –casi de cuatro meses- que, finalmente le llevó a la muerte. Considero que conocer el trabajo de Guillermo Porras Muñoz sobre este proceso es harto necesario, pues a más de conocer otra cara de los eventos del Arzobispo Núñez de Haro, le lleva a ese paréntesis que eleva su vida a la máxima autoridad de la colonia.

El 27 de julio de 1786, el Virrey no asistió a la Misa de Acción de Gracias. Estaba enfermo. Quince días después, Don Bernardo se encontraba en San Ángel por la misma razón y se perdía el Paseo del Pendón, conmemorativo de la caída de Tenochtitlan. Pasada la primera mitad de agosto, el Cabo de los Alabarderos, José Gómez, ya califica el estado de salud del Virrey como “muy malo”. Ningún historiador menciona la enfermedad que sufre. El 9 de octubre se realiza una junta de médicos en Palacio, y acuerdan que el Virrey debe recibir los sacramentos. El 13 del mismo mes, Galvez se incorpora y le visten con el uniforme de General para recibir los sacramentos. Llegan apresurados a Palacio los miembros de los tribunales y de las corporaciones. Tras ellos, el Arzobispo Alonso Nuñez de Haro.

En la Catedral –cuenta Porras Muñoz- se formó una procesión encabezada por la Cruz Alta, a la que seguían los curas de las parroquias, y los frailes de todas las religiones. Cerraba el cortejo el Palio del Santisimo, bajo el cual llevaba el Sagrado Viático el Dean del Cabildo-Catedral Don Leonardo Terraya. En absoluto silencio, que sólo rompía el tintineo de las campanillas que llevaban los monagillos y el toque de la campana del templo, la procesión atravesó el zócalo y entró al Palacio, llegando hasta el aposento del Virrey. Todos los fieles se arrodillaron piadosamente ante la presencia de Jesús Sacramentado pero Gálvez, no pudiendo hacerlo, se puso de pie con ayuda de sus gentiles hombres y así esuchó devotamente las oraciones de los sacerdotes y recibió la sagrada comunión –obviamente de manos de Nuñez de Haro- Eran las once de la mañana.

El último día de octubre, a fin de cambiarle de “humores” le trasladan a Tacubaya, para hospedarse en el Palacio de Campo del Arzobispo de México.

El 8 de noviembre Gálvez reconoce y acepta su muy segura muerte, pues expide un Decreto en el que anuncia que el Real Acuerdo quedaba al frente del gobierno y que el Regente de la Audiencia se hacía cargo de correos y temporalidades. El Virrey retenía, sin embargo, el gobierno militar. Ese mismo día, la Audiencia comunicaba a Madrid la decisión, y Gálvez hacía testamento.

El 16 de noviembre, ante una nueva crisis, se le vuelve a sacramentar, aunque la lucha por la vida duró todavía dos semanas más.

Finalmente, el 30 de noviembre de 1786, el Virrey murió en Tacubaya, siempre con la asistencia del Arzobispo Núñez de Haro.

Porras Muñoz, se luce como un excelente narrador, y relata los momentos que se suceden a la muerte de Gálvez con más sentimiento que detalle.

La Audiencia llamó a acuerdo para recoger las cuatro llaves del archivo secreto del tribunal. Abierta la arquilla de la alacena, no se encontró pliego de mortaja, es decir, nombramiento de su sucesor, así es que en la Real Audiencia, por ley, recaía el gobierno de la Nueva España.

Mientras los albaceas Francisco Martínez Cabezón y Juan Antonio de Yermo proyectaban un funeral decoroso y magnífico, el cabildo eclesiástico acordaba hacerse cargo de los gastos, lo que autorizó de inmediato el Arzobispo Nuñez de Haro. Durante tres días quedó expuesto el cadáver en Palacio, recibiendo el homenaje de su pueblo y la bendición de misas oficiadas por infinidad de canónigos. El entierro se dispuso para el 4 de diciembre. Está de más –en este trabajo- extendernos en la hermosa narrativa de Porras, en la que señala que en la fastuosa procesión, precedida por toda la clerecía, capellanías y canónigos, el Arzobispo Alonso Nuñez de Haro, acompañado de sus pajes y familiares, abría paso al féretro que, cubierto de bandas negras, llevaban seis miembros de la familia del fallecido Virrey.

Frente a la Catedral, en un túmulo levantado ex profeso se depositó el ataúd y el Arzobispo ofició la Misa Pontificial, terminada la cual procedió a hacer el oficio sepulcral y, tras cuatro responsos, se depositó el cuerpo en la bóveda del Altar de los Reyes.

La Audiencia de México, al recaer en ella el gobierno, escribió al Rey dando parte del infortunado suceso. También lo hacía –el mismo día del fallecimiento- Núñez de Haro:­

Todo este Reyno de Nueva España queda lleno de Luto, y Lágrimas, y penetrado del más vivo dolor, por la inesperada muerte de su más querido Virrey el Conde de Galvez, acaecida a las quatro y quarto de la mañana de este día. Esta gran périda se hace más sensible a todos, por haber sucedido poco tiempo después que Don Vicente de Herrera y Rivero, amado del público por el zelo, tino y acierto con que ha desempeñado sus cargos, señaladamente en la vacante pasada de Virrey, entregó la Regencia de esta Real Audiencia a su sucesor, Don Eusebio Sánchez Pareja, que está muy viejo y enfermo. Yo, como tan interesado en el bien Público y en el mejor servicio de V.M. doy esta infausta noticia, con la mayor pena; y suplico rendidamente a V.M. que para consuelo y remedio de estos sus más fieles, y dichosos vasallos, se provea luego este Virreynato; porque así lo juzgo conveniente, en estas tristes circunstancias; o lo que fuera de su real agrado.

El 8 de mayo de 1787, el Arzobispo de México, Alonso Nuñez de Haro, se convertía en Virrey interino de la Nueva España.

 

 

Capítulo IV.-

Nuñez de Haro Virrey.- Un  breve paréntesis

 

Cubrir un interinato siempre ha tenido sus inconvenientes. Se debe continuar la obra y planes de aquel a quien se substituye, y se debe preparar el camino para el que viene. Un interinato casi siempre cuenta con un tiempo relativamente corto. La mayoría de los interinatos no pasan de unos meses.

En el caso de Ildefonso Nuñez de Haro, su interinato duró apenas tres meses y medio -8 de mayo/16 de agosto- y le atendió sin dejar el mandato como Arzobispo de México.

Por una rara coincidencia, el Virrey que llega a ocupar tal cargo, es Manuel Antonio Flores Maldonado, lo que al tiempo causó cierta confusión entre los investigadores que llegaron a encontrar la obra y relación del Secretario del Arzobispo, aquí ya multimencionado, y cuyo nombre es casi igual al del Virrey: Manuel de Flores. Sin embargo, comprobadamente, se trata de dos personas totalmente distintas aunque homónimas y contemporáneas.

Es precisamente Don Manuel –el secretario- quien narra el cómo asciende el Arzobispo a Virrey: Satisfecho, pues, el piadoso corazón del inmortal Carlos III, del constante zelo, puntualidad y acierto, con que S.E. había ejecutado las varias, importantes y delicadas comisiones y encargos, que se habían puesto a su cuidado; no menos que de la vigilancia suma, con que desempeñaba todo lo relativo a su ministerio pastoral, y al bien público; se dignó S.M. manifestarle su Real agrado y soberana confianza, confiriendo a S.E. interinamente y por vía de comisión, el superior Gobierno de aquel Virreynato, con la Capitanía General de la Nueva España. S.E., sin desatender por este nuevo gravísimo cargo, las obligaciones anexas a su ministerio sagrado (pues hasta Ordenes Generales y harto numerosas, celebró siendo Virrey) , sirvió graciosamente dichos empleos; y tan a satisfacción del Rey y del Supremo Consejo, que no sólo mandó S .M. se le participase en el Real nombre lo muy satisfecho que S. M. quedaba de la eficacia, zelo y rectitud, con que S.E. desempeñó el Mando de aquel Reyno habiendo dejados despachados todos los expedientes que encontró atrasados, y los que ocurrieron durante su Gobierno; sino que resolvió también, que se le continuasen los honores de Capitán General, y el tratamiento de Excelencia; sin hacer novedad en la práctica, que se había seguido, de poner Excelentísimo y Ilustrísimo Señor en la antefirma, y en los oficios que por el Superior Gobierno se le dirigiesen; como también, que la Guardia del Virrey le hiciese los mismos honores de Capitán General, que le hacía quando lo era con exercicio S.E.; sin embargo de lo representado por el Sucesor en aquel destino.

Y como a nuestro actual benigno Monarca no se le podían ocultar unos servicios tan considerables y tan dilatados, tuvo a bien S.M. el dar a aquel distinguido Prelado una prueba muy manifiesta de su Soberano Real agrado, condecorándole con la Gran Cruz de la Real Orden Española de Carlos III, en atención a su relevante mérito y recomendables circunstancias.

 

Por Real Cédula, dada en El Pardo el 25 de febrero de 1787, el Arzobispo quedó nombredo Virrey interino por vía de comisión hasta que llegara el sucesor. Como ya vimos, tomó posesión el 8 de mayo.

Quizá al detalle y rascando más profundamente, se puedan encontrar muchas de aquellas órdenes generales, mandatos y constituciones, en lo más recóndito del Archivo General de la Nación en México o en el Archivo General de Indias, dos de los más valiosos arcanos hispano-mexicanos, pero cabe hacer notar tan sólo como muestra que el 10 de mayo de 1787, tan sólo dos días después de tomar posesión, conforme lo señala la publicación del Comandante General, Jacobo Ugarte y Loyola en el 16 de julio del mismo año, el Virrey interino ordenaba el establecimiento y erección de Jefaturas en la Ciudad de México e Intendencias en toda la Nueva España, siguiendo seguramente la sugerencia que le había hecho el visitador Galvez. Por razones lógicas de tiempo, no pudo ver instauradas tales hasta ya como Arzobispo, pues su interinato culminó en el proceso mismo.

El mismo Comandante General Jacobo Ugarte y Loyola, en su publicación del 24 de septiembre, comenta la emisión de la Cédula Virreynal que se pronuncia en contra de todos los que han abandonado, por una razón u otra, los servicios reales, o sus hogares, sin el permiso correspondiente, emitida por Nuñez de Haro el 30 de julio de ese 1787.

Algunos autores señalan que fue precisamente durante su interinato que emite las Constituciones que regirían al Colegio Seminario de Instrucción, Retiro Voluntario y Corrección del Clero de Tepotzotlán, y que, como ya señalamos anteriormente, reflejan rotundamente carácter y celo del arzobispo en materia de respeto a las normas espirituales religiosas, sin embargo el ejemplar facsimilar que conseguimos en el Archivo General de Indias deja marcada la fecha de 1775.

Durante su gobierno interino de cuatro meses, Alonso Núñez tuvo algunos incidentes con la Audiencia Real, la cual no lo aceptaba como su presidente.

Dos aspectos de su mandato como Virrey sí se encuentran bien  documentados: la ceremonia fúnebre que ordena –y preside- en honor del extinto Virrey Gálvez, y la orden del establecimiento de un jardín botánico con especies de todas las provincias, que avala Carlos III y respalda la Real Expedición Botánica que llega a la Nueva España casi de inmediato.

Démosle lujo a su interinato siguiendo la narración que sobre los sucesos mencionados hacen Guillermo Porras Muñoz y Graciela Zamudio respectivamente.

Las honras fúnebres del que en vida fue Bernardo de Gálvez, se retrasaron hasta su enterramiento definitivo en la Iglesia del Colegio Apostólico de San Fernando, en cuyo Presbiterio, al lado del Evangelio, yacían las cenizas de su padre, Don Matías…

La tarde del 10 de mayo de 1787, habiéndose de antemano invitado al público, de nuevo doblaron las campanas de todos los templos capitalinos. En la Capilla Mayor de la Catedral, bajo el cimborrio se había levantado “una máquina” de tres cuerpos sostenidos sobre una base correspondiente, todo de color jaspe. Siguiendo la costumbre de aquellos tiempos, se había adornado con varios geroglíficos demostrativos de aquellas virtudes en que más resplandeció el Excelentísimo Señor, y para su inteligencia se le acomodaron oportunamente varias inscripciones latinas y piezas del metro castellano, algunos trofeos militares, el retrato de Su Excelencia en la principal vista, y en el último Cuerpo o tumbillo un coxin sobre paño de terciopelo negro, y en él el Bastón y Espada, insignias de su Gobierno Político y Militar.

La pira estaba bien iluminada con cirios y hachas, al igual que la crujía y las naves procesionales, y había los guardias de costumbre tanto en las entradas como alrededor del túmulo.

El Arzobispo, que había tomado posesión del virreynato dos días antes en calidad de interino, ocupó el sitial que le correspondía por esta categoría. Los miembros de la Real Audiencia, de los otros tribunales y de las corporaciones, se acomodaron en los lugares correspondientes. Entonces se dio principio a las vísperas del Oficio de Difuntos, que terminaron con la oración que entonó el venerable Déan, el Dr. Terraya. El capellán del Convento de San Lorenzo, el Dr. Don Francisco Díaz Navarro, ocupó el púlpito haciendo un elogio de Gálvez, en una oración latina “a satisfacción del venerable concurso”.

Al día siguiente… para celebrar la misa pontificial el arzobispo-virrey, concluida la cual… predicó el sermón de honras el doctor Joseph Peredo del Oratorio de San Felipe Neri…. A continuación el Arzobispo inició el oficio sepulcral que terminó con cinco responsos cantados por “su excelencia ilustrísima”  y cuatro capitulares del Cabildo-Catedral.

Tras este señalamiento, Porras hace un espléndido relato de los colaterales de la ceremonia y el cortejo de traslado a San Fernando que, en realidad, no tiene caso seguir en este trabajo.

En lo relacionado con el Jardín Botánico, bien se nota precisamente aquella intención de Fray Servando de desaparecer toda relación de Nuñez de Haro en la historia de México, pues mientras algunos autores señalan que él es precisamente quien ordena la creación de dicho jardín botánico en el propio Palacio Virreinal, otros le ignoran e incluso adjudican a Carlos III la citada iniciativa.

Tal es el caso de Graciela Zamudio que señala: En la Nueva España la ciencia de las plantas, con su propia tradición local, incrementó su popularidad con la llegada, en 1787, de los miembros de la Real Expedición Botánica… como parte de este proyecto de percepción botánica… emprendido por la Corte de Carlos III…

De manera alguna se trata de entrar en polémica o de demeritar el trabajo de la respetable Señora Zamudio. Sin embargo, los datos con que contamos señalan que –aprovechando su profunda relación con el monarca- Nuñez de Haro quizo cristalizar uno de sus más caros sueños: el Jardín Botánico. Con toda seguridad, el haber sido invitado por Borda para la inauguración de su Jardín Botánico en Taxco, unos años antes, despertaron el honesto deseo del prelado de realizar algo parecido, pero de acceso popular.

Prueba igual fue el que el prelado costease la impresión de la obra relacionada: Flora Americana.

Sea como sea, el Jardín Botánico se creó como una institución, cuya función principal era la enseñanza de la ciencia botánica, disciplina de carácter eminentemente práctico.

Como en el caso de las intendencias, el corto tiempo que Nuñez de Haro dura como Virrey no le permite llegar a ver como tal culminada su obra. Pero si lo ve como arzobispo. A partir de 1791, el Jardín inicia sus actividades en una esquina del Palacio Virreinal.

Ildefonso Nuñez de Haro conservó siempre su mando dentro de la Iglesia. Cronistas e historiadores que le mencionan, lo consideran un buen gobernante.

 

 

­Capítulo V.-

De vuelta al Palacio del Arzobispado

 

Ildefonso Núñez de Haro no tendría que caminar mucho para retornar a la sede arzobispal. El Palacio del Arzobispado se encontraba a unos cuantos metros del propio Palacio Virreinal, en las calles de Moneda, edificio que ahora ocupa el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

Dejar el cargo interino le desahogaba de muchos deberes, pero le dolía no guardar el mismo poder para ordenar tantas cosas más en beneficio de su ya amada Nueva España. Sus acciones lo demuestran. Su secretario lo relata.

Un Prelado, tan finamente instruido y sabio, como amante de las Letras y de la Ilustración pública, no era posible mirase con indiferencia el Seminario Conciliar Tridentino, que a la llegada de S.E. a México, tenía muy pocas plazas, y exigía no pequeña reforma en otros varios puntos. Así que, no contento con aumentar sus rentas, que no pasaban entonces de 17,584 pesos, hasta la cantidad anual de 45 mil; y el número de Becas hasta el de 300, entre Pensionistas, y Reales o de Erección, quando antes estaban reducidas todas a 101; erigir algunas Cátedras que faltaban (entre ellas la de Historia y Disciplina Eclesiástica); dotar mejor las que ya había; como también los empleos de Rector, Vicerector, y demás Dependientes; instituyó S.E. para el tiempo de los exámenes generales, y con el laudable objeto de estimular a los jóvenes, ciertos premios, que consistían en libros selectos, comprados con el importe de los 300 pesos de réditos de un capital de 6ooo, que hizo imponer a este fin, y que repartía S.E. por su misma mano a los Alumnos más juiciosos, y de mayor aplicación y adelantamientos en sus facultades respectivas; arreglando además, y mejorando notablemente el Método de Estudios en todos sus amos. Por cuyos particulares esmeros, y porque ya tenía S.E. meditada y resuelta la construcción de un nuevo Seminario, mucho más espacioso y magnífico que el que hoy existe; y aún antes de morir, se le logró el deseado gusto de ver concluidos los planos para la obra, levantados por el acreditado Arquitecto, Don Manuel Tolsá; se puede asegurar sin hipérbole, que dicho Excelentísimo fue un benéfico Restaurador del expresado Seminario Tridentino, tanto en lo espiritual, como en lo temporal; y por decirlo de una vez, en todo lo concerniente a la mejora de estudios; sólido bien y aprovechamiento de los Colegiales; y aumento de las rentas, Cátedras, Becas, y sueldos de los Dependientes del citado Colegio.

Nuñez de Haro parecía incansable. Nadie registra –dentro de lo poco que existe- enfermedad o padecimento alguno. Es de comprender que su edad y fortaleza ayudaban, pero aún así, su actividad parecía no tener fin.

No debieron menor atención –dice De Flores- y desvelo a este zelosísimo Prelado los más de los Conventos de Religiosas de su filiación, que estaban atrasadísimos y muy empeñados, quando S.E. comenzó su feliz Gobierno; pues con las eficaces, oportunas providencias que fue tomando, no solo restableció sus rentas, sino que las puso también en estado de poder sufragar a su decente manutención y demás urgencias.

Más el establecimiento que mereció siempre, para decirlo así, la predilección de S.E. –asegura el secretario-  por contemplarle no menos grato a los divinos ojos, que visiblemente útil al Estado, fue el Colegio de Educación de Niñas de San Miguel de Belén, que siempre ha corrido a cargo de los Arzobispos, y que el nuestro encontró en un estado ruinoso, y el más deplorable; renovando a sus expensas casi toda la fábrica material del mismo Colegio, su Iglesia, Coro alto y baxo, y las casas de los Capellanes; adornando y surtiendo la referida Iglesia de vasos sagrados, y muy lucidos ornamentos; en todo lo qual, y en los costosos reparos, que de cuenta de SE. Se hicieron en diferentes tiempos, gastó más de cien mil pesos fuertes; haciendo, se estableciesen en él diversos, útiles géneros de manufacturas y labores; propias del sexo, no sólo con el designio de fomentar la Industria, y dar a las Colegialas ocupación conveniente; sino también para que coadyuvasen a su propia manutención y la de sus familias, las que se casasen; y las que eligieran el estado religioso, llevasen consigo a los Claustros el espíritu de laboriosidad y de industria; proporcionándose igualmente por este medio tan laudable, lo equivalente a la Dote; que necesitasen. Con cuyos oportunos alicientes; con el de haber impuesto en el Real Tribunal del Consulado la cantidad de 100 mil pesos para fundar una plaza de Niña educanda con el rédito de 3 mil pesos; y los dos mil restantes, para reparos de la fábrica del propio Colegio; gastos de Iglesia  Sacristía; dotación de un Capellán más; y dotes de las Colegialas que fuesen más acreedoras, por su constante aplicación y buena conducta, en qualquiera de los dos estados que eligiesen; y en suma,, con el haber hecho edificar a su costa, y con el objeto de que fuese mayor la dotación del Colegio, dos casas grandes, fundando sobre los réditos de ellas una Capellanía mayor, con 1 mil pesos de sueldo, para que, siendo ya tres los Capellanes, estuviesen las Colegials mejor asistidas en lo espiritual; Con tantos y tan poderosos estímulos, debido a las activas y sabias providencias de este infatigable y generoso Bienhechor; es claro, que debe considerarse toda esa obra como una de las más plausibles, que elevó a S.E. a la última perfección, y que deben eternizar su ilustre nombre con los gloriosos dictados de Restaurador y Protector Insigne.

 

 

De la mano suelta  del Prelado

 

Uno de los aspectos que llama mucho la atención en la vida del Arzobispo, fue la cantidad de dinero que corrió por sus manos –o al menos provocó su flujo- y todo para darlo a manos llenas. Visto así, a vuelo de pájaro, Nuñez de Haro era un manirroto, un mano suelta, sólo que en el buen sentido de sus acciones.

Basta hacer un recorrido por las estadísticas de sus aportaciones a las buenas causas –en la que se incluye al propio Soberano Español- para darse cuenta de que, o el Arzobispo era heredero de una foruna sin par, o simplemente tuvo el toque de Midas y todo aquello que emprendía rendía frutos más que suficientes a sus propósitos. Nos inclinamos –como humanos y como historiadores- por esto último. El primer párrafo del texto referente a este tema, del Resúmen Histórico redactado por Don Manuel de Fuentes, deja ver que el prelado era tan organizado que, para llenar las arcas y poder vaciarlas a gusto en la buena y por la buena, hacía caminar a todo el engranaje de su diócesis.

Los crecidos y freqüentes donativos, que S.E. por sí solo, y en unión de su Venerable Cabildo, y aún el numeroso Clero de su Diócesis, al impulso, vivas exhortaciones y exemplo del mismo Prelado hizo en diferentes ocasiones a S.M.; ya de 80 mil pesos fuertes para el Astillero del Río Alvarado; ya de 100 mil para ayuda de gastos en la guerra contra la Francia; y posteriormente otros 90 mil, quando la primera contra la Gran Bretaña; los quantiosos empréstitos, que sin réditos algunos, y de caudales de fondos propios hizo S.E. a la Real Hacienda, importantes 160 mil pesos; otros 100 mil, que dio, juntamente con su Cabildo, para el socorro de pobres Labradores, y siembra extraordinaria de maíces en la escasez de granos del año de 1785; 2 mil pesos, que aprontó para la impresión de la curiosa y útil obra de la Flora Americana; otros 6 mil que dio para la grandiosa Estatua Ecuestre de nuestro Soberano actual (La famosa estatua del “caballito” de Carlos IV); y finalmente, la gran porción de primorosas medallas, que en oro, plata, y cobre-tumbaga, o fino, mandó S.E. acuñar, y que remitió a SS.MM. y AA., con el plausible motivo de la exaltación al Trono; cuyas partidas ascienden a la enorme suma de 538 mil pesos fuertes (no contando el valor y coste de las expresadas medallas, porque se ignora); fueron unos rasgos de generosidad, y unos servicios tan gratos a nuestros Augustos Monarcas Carlos IIII y su glorioso Padre (Carlos III), como lo muestran las honoríficas, repetidas Reales Órdenes, en que se dieron al Arzobispo las más afectuosas, expresivas gracias por su ilustrado zelo, constante lealtad, patriotismo, y amor al Real servicio; encargando al propio tiempo a S.E., se las diese también en el Real nombre de SS.MM. a los indicados contribuyentes.

No quisimos dejar fuera esta parte de las aportaciones al gobierno español, o sus derivados, sólo para anotar que –como lo indica al principio y al fin del párrafo- no era precisamente solo el prelado o de su sola bolsa la salida de la lluvia de contribuciones y aportaciones. Por el contrario, este párrafo, y el que sigue, refuerzan la idea de que en realidad Núñez de Haro fue una máquina de hacer dinero y repartirlo entre los necesitados y sus necesidades. Su ingenio financiero causaría la envidia del más audaz banquero de la actualidad.

Y si de las referidas gruesas cantidades se agregan la de 6 mil pesos, que S.E. hizo imponer, para que sus réditos se invirtiesen en ciertos premios a los Colegiales del Seminario Conciliar; la de 6 mil, que dio a su Santa Iglesia, para dotar mejor la fiesta anual de San Ildefonso; y de otros 6 mil, para un Aniversario en el día inmediato siguiente; la de 3 mil, para la obra de la Capilla del Santísimo Cristo Renovado, que se venera en el Convento antiguo de Religiosas Descalzas de Santa Teresa; 1 mil, para la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, además de los 4,500, que S.E. aplicó a ésta, de cierta obra pía en que tuvo arbitrio; 2 mil que dio para reparos en el último incendio del Sagrario de la Catedral; otros 2 mil para las Misiones de Tunquín en el Asia; 1 mil para vestir a niños pobres de las Escuelas de la Capital; con otras muchas cantidades, que, a más de las limosnas anuales y mensuales que S.E. tenía señaladas, han publicado después de su muerte infinitas personas de ambos sexos; el coste de 6 blandocillos o candeleros grandes, con su Cruz correspondiente y la imagen de Jesús clavado en ella, todo de oro, y primorosamente trabajado, que S.E. regaló también a su Santa Iglesia; 200 pesos mensuales, que, luego que llegó a México, señaló a la Casa de Niños Expósitos; igual suma, con que, desde que se abrió el Hospicio de aquella Ciudad, estuvo S. E. contribuyendo hasta que falleció; la propia cantidad al Convento de la Enseñanzas; la de más de 37 mil pesos, que S.E. llevaba ya gastados en ampliar la Casa Arzobispal; hacer una Secretaría más capaz y más decente, que la que antes había; con su correspondiente Archivo (de lo cual hizo donación a su Dignidad en tiempo oportuno) ; la cantidad de 24 mil pesos, que franqueó a beneficio de los variolosos en la segunda epidemia de viruelas del año de 1797; finalmente, los muchos pesos que S.E. invirtió en agrandar y embellecer la deliciosa Casa de Campo, o sea Palacio, que posee y es propio de la Dignidad Arzobispal, en la Villa de Tacubaya, no lejos de México; si se agregan, vuelvo a decir, a la crecida suma anterior todas estas partidas, que se acaban de especificar, resultará necesariamente una porción de miles de pesos exorbitante, y aún asombrosa.

Sí, asombrosa, pero igualmente asombroso es el trabajo desplegado por el prelado.

 

 

De salidas y labores

 

La estancia del prelado en la Nueva España, considerando que llega a mediados de 1772 y fallece a mediados de 1800, no va más allá de veintiocho años. De ahí que la actividad –encontrada hasta ahora- no sólo parece profusa, sino que lo es. Hablar ahora, por ejemplo de la visita a Michoacán –para quienes allá en España no tienen idea de las distancias en México- se puede traducir en unas cuantas horas – no más de cinco si se sale de la ciudad de México- pero si trasladamos ese mismo análisis al siglo XVIII, bien podemos pensar en un viaje de unas dos semanas y media –mínimo- ida y vuelta, aún en el carruaje lujoso y cómodo del prelado. La Diócesis era basta, y los cargos y encomiendas muchos.

El mismo Manuel de Fuentes nos da una idea de su actividad cotidiana.

En las diferentes Visitas, y en las elecciones y reelecciones de Regulares de ambos sexos, que, ya por razón de su ministerio pastoral; ya de Real Orden de S.M.; y también en calidad de Subdelegado Apostólico y Real, Juez Privativo, Visitador y Reformador de varias Comunidades, hizo S.E. ; primeramente al Colegio Mayor de Santa María de Todos Santos de aquella Ciudad, a pocos años de residir allí S.E.; luego, para presidir el Capítulo de la Religión de Caridad y San Hipólito Mártir, nombrar General y demás Oficios; después para pasar con igual comisión y destino (quando el referido Arzobispo se hallaba ya bastante quebrantado, y no era muy joven) a la Ciudad de Salamanca, Provincia de Valladolid de Mechoacan, a fin de hacer el Capítulo Provincial de PP. Agustinos Descalzos; y por último, para evacuar otra comisión de la propia naturaleza, sobre el Capítulo General de la Religión Hospitalaria de los PP. Betlehemitas; supo S.E. conducirse con tal acierto, prudencia y tino, que S.M. en  reiteradas Cédulas Reales, no sólo se dignó aprobr en un todo, y con los mayores aplausos, quanto el Arzobispo había practicado; sino también darle repetidas gracias… etc., etc., etc.­

Con todos estos antecedentes, es fácil inferir que en las 16 salidas que hace el prelado para visitar los curatos –en cuyo tiempo llevaba ya visitados o recorridos, por segunda vez, mucho más de la mitad- acreditó y llenó completamente las atenciones de un verdadero Padre, con los demás deberes de un vigilante Pastor a cuya perspicacia, ternura y zelo, no había en todas las clases de su amada Grey, necesidad ni ocurrencia alguna, que se escapase, ni quedase sin oportuno y conveniente remedio, procurando, con particular esmero, comunicar a todas sus Ovejas el carácter pacífico, dulce, benigno y afable, de que lo había dotado el cielo; dictando las providencias más adequadas, eficaces y sabias, para atajar los abusos y desórdenes que iba notando; y para el mejor servicio de ambas Magestades. En cuyas apostólicas expediciones administró, según consta en los libros de Visita, el Sacramento de la Confirmación a más de 663 mil criaturas, en solos los Curatos de fuera de México; pues los muchísimos párvulos, que S.E. confirmó dentro de la Capital en las frequentes Confirmaciones, generales y particulares que hizo, no se ha podido averiguar a punto fijo, quántos feron; aunque por un cálculo prudencial o de aproximación, y sin peligro de exageración en esta parte, se puede asegurar, que pasó de un millón y más de doscientas mil almas el total de las que fueron confirmadas.

A esta proporción, y porque apenas dexó S.E. de celebrar Órdenes en los tiempos señalados por nuestra santa Madre Iglesia, como no fuese en el Viernes y Sábado Santo, por razones de la consagración de los santos Óleos y demás ocupaciones del Jueves inmediato; confirió dicho Excelentísimo los sagrados Órdenes, desde Prima Tonsura y Menores hasta el de Presbiterado, (es decir, hizo sacerdotes) a 11,197 personas; de las cuales 6,958 fueron Seculares; y las restantes 4,239, Reglares de diferentes Institutos.

Llegan a ciento diez las Reales Órdenes, Cédulas de Su Majestad, Oficios y Cartas del Alto Ministerio y del Consejo, que aprueban todas y cada una de los disposiciones y obras del prelado, tanto en su calidad de Arzobispo, como Virrey Interino, Gobernador y Capitán General del Reino, y todas culminan con el mensaje de agradecimiento, reconocimiento y amor al Real Servicio.

Núñez de Haro tuvo la inteligencia de sostener relaciones armoniosas con Jefes, Tribunales, Comunidades Eclesiásticas y Seculares y los particulares con los que llegó a tener algún trato. Ejerció doce mandos Seculares, y atendió algunos asuntos y negocios complicados o delicados en los que dio pruebas de su paciencia, entereza, destreza, sagacidad y diplomacia.

Precisamente este resumen de su vida, que hemos utilizado larga y abiertamente, de la autoría de Don Manuel de Fuentes, es la mera introducción de tres volúmenes que contienen sus Sermones, guardados en España y a los que no tuvimos alcance al principio ni en su totalidad. Nuestro buen amigo Alfonso Núñez de Haro, el contemporáneo, el descendiente del Arzobispo y Virrey, nos hizo el favor de conseguirnos un facsímil del resumen, que agradecemos profundamente.

Hicimos uso igualmente, para definir su personalidad y carácter, de su Carta Pastoral, dirigida a todos sus amados diocesanos y publicada por Felipe de Zúñiga y Ontiveros en 1777.

En el transcurso de nuestras investigaciones logramos conseguir –en el Archivo General de Indias y más adelante en el portal de libros de Google- el facsímil del tercer tomo de sus Sermones Escogidos, en el que se incluyen dos Cartas Pastorales y las Constituciones.

Es precisamente en la Primer Carta Pastoral de esta obra en que se refleja fielmente personalidad y carácter del prelado, pues sus opiniones vertidas hacia sus compañeros clérigos es por igual dura y dulce, fuerte y dúctil, enérgica y amable. Así fue él mismo en vida, pero… ya llegaremos a ello en su momento. Cabe decir que será un honor poder hacer llegar copias de todos estos documentos a su pueblo, a su gente de Villa García, y al buen Don Alonso Núñez de Haro, aunque no sea en mano propia.

 

 

Capítulo VI.-

Un contemporáneo de cuidado!

Fray Servando Teresa de Mier

 

 

El Famoso Sermón del 12 de diciembre de 1794.

 

Núñez de Haro, como veíamos al final del capítulo anterior, formó una cantidad inmensa de sacerdotes y frailes. Varios religiosos que se convertirían en personajes de la historia de México pasaron por sus manos y sus consejos. Miguel Hidalgo, Mariano Matamoros, José María Morelos, Servando Teresa de Mier son, entre otros muchos, hechura del prelado y de sus sacerdotes.

Nos interesa tocar el caso de Fray Servando porque fue el único con el que se le conoce conflicto grave y que, por ende, tuvo sus consecuencias aunque no le alcanzaron éstas en vida. Como señalábamos antes, el incuestionablemente destacado insurgente, pero vengativo fraile, se encargó de eliminar –hasta donde pudo- el nombre de Núñez de Haro de la historia mexicana.

El religioso, pensador crítico y revolucionario nació en Monterrey, Nuevo León, el 18 de octubre de 1763, apenas unos años antes de la llegada del prelado a la Nueva España. Era descendiente de los marqueses de Altamira y de los primeros pobladores de Nuevo León. A los 17 años viajó a la ciudad de México e ingresó a la orden de los dominicos. Continuó su carrera eclesiástica en el Colegio de Porta Coeli –como hemos anotado, uno de los auspiciados por Núñez de Haro- y en 1786 recibió la confirmación. Un año más tarde fue enviado al Convento Grande de Santo Domingo en México y nombrado maestro de estudiantes. Se ordenó sacerdote a los 25 años. Por lógica, recibió la tonsura y ordenación de manos del Arzobispo Núñez de Haro

En 1789, el Convento Imperial de Santo Domingo lo certificó con los grados de licenciatura y, posteriormente, doctorado, por haber realizado a lo largo de seis años estudios especializados en teología.

Fray Servando Teresa de Mier era entonces uno de los protegidos del prelado sin duda alguna, lo que confirma el hecho de que el 12 de diciembre de 1794 fuera elegido por las autoridades eclesiásticas para ofrecer la homilía de la significativa fecha, sermón que predicó en la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, en la solemne festividad católica de la milagrosa aparición de dicha imagen, ante el Virrey de la Nueva España, Marqués de Branciforte, y el Arzobispo de México D. Alonso Núñez de Haro.

De forma sorpresiva, el fraile afirma no sólo que Santo Tomás Apóstol había cristianizado en persona este continente en el siglo primero, milenio y medio antes de la evangelización hispánica, sino se atreve a asegurar que ya entonces la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe era allí célebre y adorada por los indios ya cristianos, y además que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe no está pintada sobre la tilma de Juan Diego sino sobre la capa de Santo Tomás, Apóstol de este reino, y que es pintura de los principios del siglo primero de la Iglesia, y que el apóstol Santo Tomás, tras erigir un templo en la sierra de Tenanyuca donde colocó la imagen, ante la apostasía precoz de los indios decidió esconderla, apareciéndosele a Juan Diego diez años después de la conquista; y que Santo Tomás no es otro que el Quetzalcóatl de los indios.

Estas sorprendentes declaraciones no surgieron de la propia mente del dominico Doctor. Le fueron inspiradas por un pintoresco abogado, José Ignacio Borunda, del que Mier se convirtió en excepcional portavoz en ocasión tan significada. Al día siguiente el Arzobispo, ante las proposiciones escandalosas, milagros supuestos y especies ridículas y vanas lanzadas por el fraile, le retiró las licencias para predicar, inicio de una causa en la que tras el memorable «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794» que prepararon los «señores doctores y maestros don José Patricio Uribe y don Manuel de Omaña y Sotomayor, canónigos penitenciario y magistral de Nuestra Santa Iglesia Metropolitana», se decidió prudentemente retirar durante diez años a Fray Servando al monasterio que los dominicos tenían en las Caldas de Besaya, Santander.

Por la importancia que revisten los textos completos, tanto del Sermón como del Dictamen, en la histórica justicia que pretendemos hacer –y sin demeritar los méritos que Teresa de Mier tuviese al tiempo como escritor, pensador y liberal- nos permitimos ponerlos a su propio juicio, y al uso abierto de otros investigadores iberoamericanos.

 

 

El texto del sermón

 

“Se cumplen 85 años, que presente también un virrey grande de España, y otro dominicano en el púlpito se dedicó la primera vez solemnemente este santuario, y se trasladó a él la soberana imagen de Nuestra Señora que se había depositado en la iglesia de los indios mientras se construía esta otra sobre las ruinas de la antigua en que la colocó señor Zumárraga. ¡Qué dedicaciones tan parecidas! ¡Pero que solemnidad la de hoy tan semejante así mismo a la dedicación del Templo de Salomón en el mismo mes Ethanin! El príncipe con los magistrados, y la nobleza, la misma alegría el mismo concurso de mexicanos que de israelitas, el oro y la plata brillando en el templo magnífico, humeando los inciensos, y aromas exquisitos, resonando la armonía de los instrumentos músicos, y el canto de los salmos, el venerable pontífice con sus sacerdotes, allá trasladando de la casa de David la figura o sombra de María, acá de otro Alcázar de las Vírgenes de Sión la expresión misma de la realidad, allá la Arca de la Alianza del Señor con los de Israel, acá la imagen Guadalupana y mejor Arca de la Alianza del Señor, y su madre con la generación verdaderamente escogida y predilecta, con su pueblo especial, con los americanos. Et intulerunt Sacerdotes &.

Sólo falta aquí que levantando yo la voz como los sacerdotes allá en Jerusalén igualmente os diga: Todos los que estáis juntos en la presente solemnidad celebrad ahora la bondad del señor, y su eterna misericordia: vocem in sublime tollentes coeperunt dicere; Comitemini Dno quoniam bonus quoniam in sæculum misericordia eius. Invocadle en este lugar donde especialmente habita, unid al del altar el sacrificio de vuestros corazones y rendidle homenajes al señor en la Arca Santa: levate sacrificium, et venite inconspectu eius, et adorate Dumm in decore sancto. Traed a vuestra memoria los prodigios que ha obrado en este sitio la arca verdadera, las señales inauditas de su beneficencia, y las dulces palabras que oísteis de su boca: Recordamini mirabilium eius qua fecit signorum illius, et indiciorum oni eius. Tened siempre presente la alianza que celebró con vosotros, y el templo que os mandó la fabricaseis como un gaje de su protección en todos los siglos venideros: Recordamini in sempiternum pacti eius, sermonis quem proecepit in mille generationes. Referid entre los pueblos los distinguidos favores que os ha franqueado, y referid todas sus maravillas: notas facite in populis adinventiones eius, narrate omnia miraóilia eius.

Esto es precisamente, señor, lo que yo vengo a efectuar, y tal es hoy mi asunto; la verdadera portentosa historia de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe según su genuina tradición libre ya de equivocaciones. Mi estilo será mediano y sencillo como corresponde a una historia, bien que aunque quisiera sublimarlo, ha sido un tiempo muy insuficiente el de 17 días que corren desde que se me encomendó este sermón. En los rayos de tu ilustración confío Soberana Señora, hermosísima aurora estrella de la mañana, luz de todo el universo, luna verdadera de México para ti llena, y sobrellena para nosotros de gracia.

Ave María

Nuestro católico monarca el señor don Carlos 3º que en paz descanse, por su cédula de 22 de diciembre del año de 80 ordenó, a instancia de la Real Academia de la Historia, se solicitasen sujetos peritos que averiguasen la verdadera de este reino. No la hay pues, Señor, a pesar de los Torquemadas y Boturinis, porque debiendo aquella deducirse de las tradiciones disfrazadas en fábulas alegóricas y jeroglíficos nacionales, Torquemada que recogió todas aquellas copiadas de los primeros misioneros, las refiere literalmente sin acertar a descifrarlas como el mismo confiesa, y Boturini se engañó muchas veces con todo su exquisito museo de indianos caracteres. ¿Qué advirtió pues para sacar la verdad de este pozo de Demócrito? La gran penetración del padre San Agustín lo prescribió ya en el lib. 2 de doctrina cristiana, el estudio profundo de las lenguas contra ignota signa propia magnum remedium est linguarum cognitio, y especialmente de la mexicana, que aun sin percibirla a fondo según su ingenua protesta el autor de su diccionario fray Alonso de Molina asegura que tiene secretos y misterios. Superior en sublimidad al idioma latino, tan abundante como el griego, abrevia como el hebreo en una palabra muchos conceptos y su enérgico sentido es todo figurado y simbólico. Así, desenvolviéndolo por sus raíces y compuestos basta a descifrar loa jeroglíficos y alegorías, y por decirlo así, él sólo viene a ser una historia de las tradiciones regionales. Las de la aparición de María Santísima de Guadalupe por la ignorancia de la lengua me parecen así mismo como las del reino equivocadas y confundidas, y que si la historia de la soberana imagen aún no se acaba de escribir y concordar es porque no se ha dado en el punto céntrico de la realidad. Yo pretendo descubrirla hoy según el consejo del Padre San Agustín en el libro ya citado a fuerza de examinar los frasismos e indagar la fuerza de las palabras en que están las tradiciones, y para este fin aventuro estas cuatro proposiciones a la corrección de los sabios.

 

«La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe no está pintada en la tilma de Juan Diego, sino en la capa de Santo Tomás apóstol de este reino.» Primera proposición.

 

«Mil setecientos cincuenta años antes del presente la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe ya era muy célebre, y adorada por los indios ya cristianos, en la cima plana de esta sierra de Tenanyuca donde la erigió templo y colocó Santo Tomás.» Segunda proposición.

 

«Apostatas los indios muy en breve de nuestra religión maltrataron la imagen que seguramente no pudieron borrar, y Santo Tomás la escondió; hasta que 10 años después de la conquista apareció la Reina de los cielos a Juan Diego pidiendo templo, y le entregó la última vez su antigua imagen para que la llevara a presencia del Sr. Zumárraga.» Tercera proposición.

 

«La Imagen de Nuestra Señora es pintura de los principios del siglo primero de la Iglesia, pero así como su conservación su pincel es superior a toda humana industria, como que la misma virgen María se estampó naturalmente en el lienzo viviendo en carne mortal.»

Cuarta proposición de que las otras tres son un resultado, y todas, lo confieso, extrañas e inauditas, pero a mí me parecen muy probables; y a lo menos si me engaño, habré excitado la desidia de mis paisanos para que probándomelo aclaren mejor la verdad de esta historia que no cesan de criticar los desafectos; y yo entonces más gustoso veré destruidas todas mis pruebas de que ahora sólo puedo exhibir algunas consultando a la brevedad, y a la inteligencia de la mayor parte del auditorio que necesitaba anteriormente otros principios.

Y desde luego para inspirarle algunos, y proceder con perspicuidad en las pruebas, antes de ellas asentemos quiénes son los indios mexicanos, cuándo y de dónde vinieron, si se les anunció al principio el evangelio y por qué apóstol. Ni penséis por esto voy a enredarme en el laberinto interminable formado sobre estos puntos, nos han ministrado ya el hilo de Ariadne esos monumentos, en tiempo de la gentilidad públicos y autorizados, excavados, aunque no entendidos, en el anterior virreinato y que son mucho más preciosos que todos los de Herculano y Pompeyana. Consta de ese que está al pié de la nueva torre de catedral que los indios mexicanos son la décima generación que trabajaba en la Torre de Babel y la tercia décima de Noé pobladores de esta tierra por los años del mundo 1090 donde ya encontraron establecidos a los otomíes desde los años del mundo 1680. El monumento que está en los patios de nuestra universidad instruye, que aquí eran dominantes entre ellos los gigantes, cuyo tamaño describe, y los cuales con parte de este continente y su numerosa Corte que se extendía por toda la serranía de nuestro Sur, se anegaron; según la predicción de Isaías al capítulo 26, en el terremoto de la muerte de Jesucristo, excepto catorce que se refugiaron en esta sierra de Tenanyuca, y que con su descendencia principalmente fundaron a México 400 años después. Por eso la era regional de los indios es la muerte del Salvador.

¿Y después de ésta se les anunció el evangelio? ¿Pero qué es dudable todavía la venida de Santo Tomás al reino? ¿No ha de apreciarse la tradición de ella manifiesta, constante, general de los indios, testificada en ambas Américas por autores célebres, y viajeros fidedignos que también han recogido pinturas y mapas según su calificación incontestables? ¿No ha de apreciarse la tradición comprobada, (y aun autenticada en Oaxaca) con cruces prodigiosas anteriores a la conquista y que retienen aún el nombre del apóstol? ¿Comprobada con los vestigios de las iglesias permanentes hasta el Gila? ¿Con tantas alegorías que contienen su predicación, y ya le llaman coyote, ya padre, ya señor, ya médico grande, ya mellizo o gemelo como el evangelio mismo? ¿Comprobada con las nomenclaturas de lugares, sierras y fuentes, el peñón por ejemplo Tomatl agua de Tomé? ¿Puede ser otro el contenido en la alegoría de Quezalcohua que refiere Torquemada, y según él que fue un hombre blanco y barbado que estuvo veinte años en Tula, usaba vestiduras largas hasta los pies con capa sembrada de cruces coloradas como los patriarcas sucesores de los apóstoles en la Iglesia Oriental, era muy sabio y castísimo, hacia penitencia, se levantaba a media noche, no admitía sacrificios de hombres ni animales, sino sólo de pan, flores y perfumes, prohibía guerras muertes robos y otros daños, desde sus palacios magníficos sobre la sierra de Coatepec o Minyo (esto es desde la Iglesia) con una voz que se oía cien leguas (o su predicación hasta las costas) anunciaba una ley santísima, que tenía poder sobre las enfermedades que lo denominó médico grande, y sobre las serpientes que lo denominó Quezalcohua el que domina al dragón alado Quezacoatl por haberlo retirado hasta las costas de Tabasco donde aún se halla, que en fin enfadado con la perversidad de estas gentes y dejando predicha puntualmente la venida de los españoles, su dominio y doctrina se fue por los aires al Oriente esto es a las Indias orientales? No llegó a estas como está comprobado por la silla apostólica hasta treinta años después de la muerte de Cristo; luego en las nuestras empleó los anteriores.

Mas ¿para que os he de estar mortificando? ¿No tenemos al pie de la torre de catedral ese relicario que nos dejó el santo apóstol? ¿No es ese el libro de Dios o teomoxtli tan deseado y tan venerado con razón antiguamente de estos naturales? ¿No está ahí delineado el tintero del apóstol, el claustro que habitaba, y la iglesia? ¡Con qué arreglo señores a las Sagradas Escrituras se fijan ahí las datas de la creación del mundo, de la muerte de Adán, del nacimiento de Noé, de la prevaricación de los hijos de Dios con las hijas de los hombres, del diluvio universal por esta causa, de la construcción del arca, de la fabrica de la Torre de Babel, de las plagas de Egipto, de cuántas cosas memorables todavía! Sobre todo, en el centro de la piedra, como que le sirve de tema, el año, el día, la hora de la muerte del redentor, el eclipse sobrenatural y sus tinieblas que oscurecieron las estrellas, los sepulcros de los santos que entonces resucitaron están ahí abiertos y patentes. ¿Vino Santo Tomás vino y cinco años después, según el peñasco, vino?

 

De este apóstol digo yo que era la capa y no de Juan Diego era la que está pintada la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Primera proposición.

Y desde luego nadie se equivoque pensando que niego las apariciones de María Santísima a Juan Bernardino y Juan Diego; antes negarlas me parece una temeridad maligna, tampoco niego la pintura milagrosa de nuestra imagen antes he de probarla. Yo dejo en su fondo la tradición realzando sólo las circunstancias, y aunque niego que Nuestra Señora esté pintada en la tilma de Juan Diego en eso, a mi parecer, no hago sino librar la tradición de equivocaciones. Óigase primero al célebre cura e intérprete Becerra Tanco, que escribiendo por los años 1666 la historia de Nuestra Señora de Guadalupe sacada de los manuscritos de los indios recién convertidos y depositarios de la tradición, dice estas formales palabras.– Lo primero es de notar que no dice la tradición que la imagen se formó al desplegar la manta el indio en presencia del señor Zumárraga sino que se vido entonces y no antes; y por estar ya figurada la imagen, le mandó la Virgen a Juan Diego no mostrase a persona alguna lo que llevaba antes que al señor obispo. Es verdad que Becerra Tanco vacilante ya, se hecha a discurrir y conjeturar, que mandaría a un ángel la pintase al poner la señora las flores en la tilma; pero yo no discurro ni conjeturo, sino que leo las expresiones del manuscrito Indiano que cita, y a cuyas locuciones, advierte, debe darse crédito, porque la mayor alegoría del idioma mexicano consiste en la propiedad de las voces con que las cosas se expresan. Bien; pues la expresión con que el manuscrito antiguo relaciona el milagro en esta Omomachiotinextiquis, se acabó de descubrir la que se nos señaló por norma. ¿Puede decirse cosa más perentoria?

Ved aquí ya la genuina tradición de los indios, ved aquí por qué no se halla el proceso judicial que debió hacerse, y que no era posible sobre el dicho de un indio, ved aquí por qué Bernal Díaz y Torquemada haciendo mención del templo e imagen milagrosa de Guadalupe, no la hacen de su aparición, ved aquí por qué estuvo en Catedral desatendida, según dicen, 3 años hasta que volvió de España Señor Zumárraga, ved aquí por qué los españoles pudieron llamarla de Guadalupe aunque es enteramente desemejante a la de Extremadura. Ellos no veían sino una imagen antigua y maltratada, y confundiendo, como les era familiar, el nombre que le daba Juan Bernardino, la llamaron de Guadalupe entendiendo de su configuración extraña en estas partes un descubrimiento semejante al de la Guadalupana de Extremadura, patria común de los conquistadores.

¿Pero de dónde se infiere que esté pintada en la capa de Santo Tomás apóstol? Para probarlo necesitamos recurrir a las Historias del Perú, donde bien probado está que Santo Tomás estuvo en él, y con particularidad en Santa Cruz de la Sierra, los habitadores de ésta que usan capa de dos lienzos como el de Nuestra Señora informaron a los conquistadores que así la usaba el santo apóstol que predicó a sus ascendientes la fe de una cruz que dejó señalada con el dedo en una piedra colocada después por sus milagros en la iglesia mayor de Santa Cruz. Es verdad que en Tula ya vimos que no usaba de esta capa sino sembrada de cruces coloradas como los patriarcas orientales; pero de ahí mismo deduzco que la dedicó aquí a María Santísima, apoyándome en la alegoría de la Cuatlicue que refiere Torquemada. Dice que en la sierra de Coatepec, ahora Minyo, junto a la antigua Tula, hubo una mujer que habitaba siempre en el templo, donde vio un día venir por los aires una como pelota de plumas, las que introduciéndosela en el vientre concibió a su Dios Huitxlopochtli, que esta mujer era madre de estas gentes en especial de los senchonhitznahuac, y se llamaba Coyolxauqui y Cuatlicue... ¿Entendéis ya señores la alegoría?

Aunque no nos asegurase Becerra Tanco por pintura y tradición que allí halló intergiversables, el que Santo Tomás estuvo en Tula, bastaríanos el mismo nombre que Torquemada da a la sierra Coatepec sierra del mellizo, y así los palacios magníficos que allí tenía Quezalcohua, no son sino la iglesia, cuyos vestigios permanecen aún con la pequeña fuente en que el santo bautizaba y que denominó a la sierra Minyo palabra otomí, que significa agua del coyote, símbolo de Santo Tomás por su habilidad, y los gritos de su predicación. Tenía pues consigo en el templo a María Santísima de Guadalupe que para los indios antonomásticamente representa la encarnación que simboliza la parábola, sin que os deba hacer fuerza el nombre de Huitzlopochtli que concibe, pues quiere decir, Señor de la espina en el costado, ni que sea madre especial de los senchonhuitznahuac, esto es, de los que tienen la corona de espinas formada con el pelo de cada uno, los sacerdotes de Jesucristo, que la servían en el templo. El nombre que la daban de Colyoxauqui quiere decir la que el Coyote adorna con flores, obsequio del santo apóstol tan imitado de los naturales, y el otro nombre de Cuatlicue prueba mi proposición pues significa: El vestido de la mujer es el vestido o capa del gemelo.

Y aún esto mejor se confirma de un impreso sobre la imagen de Nuestra Señora del año 1649 copiado de manuscrito muy cercano a la aparición, y donde al referirse que se representó con gran maravilla usa esta expresión: Hueitlamauitzoltica que por su compuesto instruye, está dentro de lo usado antiguamente que es la espina del médico grande, la capa de hilo de maguey de Santo Tomás, pues aunque Bartolache, contra la fe de los historiadores españoles e indios repugne ser de eso la de Nuestra Señora se engaña totalmente sin que ahora tenga yo lugar para impugnarlo. Pasemos a la segunda proposición.

 

Mil setecientos cincuenta años antes del presente la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe ya era muy célebre y adorada por los indios ya cristianos en la cima plana de esta sierra de Tenanyuca donde la erigió templo y colocó Santo Tomás.

¡Ah! si me sobrara tiempo, para haceros ver que los indios fueron cristianos al principio de la Iglesia, os mostraría entre ellos no sólo el conocimiento de un solo Dios con sus soberanos atributos, sino también de la trinidad, de la encarnación, de la eucaristía, y demás artículos de nuestra religión, la comunión, la confesión auricular, el ayuno cuadragesimal, practicado entre ellos con otras prácticas de la Iglesia, el Instituto Monástico conservado en México hasta la conquista, todo enseñado por Santo Tomás y todo desfigurado con el transcurso de los tiempos. A más de que ese infantito de medio cuerpo con alas, que sirve de atlante a Nuestra Señora según los frasismos mexicanos significa la rápida incorporación de la naciente antigua Iglesia mexicana a nuestra fe, de cuyos misterios principales Nuestra Señora es un símbolo dado a los indios para norma de su creencia omomachiotinextiquis, se acabó de descubrir la que se nos señaló por norma.

En efecto fue desde entonces muy célebre y adorada y etcétera. Y primeramente que Santo Tomás estuvo en esta sierra lo evidencia el otro nombre que también tiene como la de Minyo, Coatepec sierra del mellizo, y subsisten de facto en su cima los vestigios del templo con longitud como de dos cuadras de México y una de latitud. Dirán mis oyentes que serán del templo de la Teotinanzin, Chalchihuitlicue o Matlalcueye que según todos nuestros historiadores lo tuvo hacia esta parte de Tepeyacac, adonde venían en romería de lo más remoto de esta tierra para implorar las aguas inmolándola niños, y niñas. Todo eso es muy cierto y esas mismas son las pruebas de mi proposición. Pues el sacrificar aquí victimas inocentes después de la apostasía sólo arguye la venganza del demonio por la educación cristiana que les daba aquí el apóstol, y el implorar las aguas el castigo que les dio Nuestra Señora a los indios de una gran seca cuando maltrataron su imagen y que a este tiempo instruye el monumento de la universidad. Y si no; ¿Qué quiere decir Teotinanzin? Nuestros historiadores traducen madre de los Dioses, pero en realidad no hay tal cosa; nanzinteotetl la apreciable o reverenciada madre que está en la sierra es la madre de Dios, y no como quiera madre de Dios, sino enteramente Virgen chalchihuitlicue nombre que haciendo alusión a su túnica es frasismo para decir la enteramente virgen, y no como quiera virgen sino Virgen de Guadalupe matlalcuelle vestida de azul que verdeguea, tal es el manto de Nuestra Señora.

¿Queréis otra prueba? la ministra el nombre mismo de Guadalupe cuyo misterio, dice Becerra Tanco, algún día querrá Dios descubrir. A lo menos sabemos que el indio neófito no pudo decir Guadalupe, porque su idioma carece de G y D, y así mandando a un puro mexicano que repita de Guadalupe pronuncia tecuatalupe. ¿Y no es unísona esta otra palabra tecuatlanúpen, la que comenzó o tuvo origen bajo la cumbre de la sierra? Porque entended señores, que estos cerritos de Tepeyacac y de Santa Clarita son cumbres, como claramente se ve por su retaje desquiciadas de la sierra de Tenanyuca, y por eso al de Santa Clarita llaman todavía los indios Cualpilli, principal cumbre, y al pueblo de su falda patria de Juan Bernardino y Juan Diego, Cuatlitlán lugar junto a la cumbre. Conque diría muy bien Juan Bernardino desea se le edifique templo en aquel lugar Santa María Tecuatlanupen la que comenzó o tuvo origen debajo de la cumbre de la sierra, tal es la cima plana donde restan los indicios del antiguo templo. O diría Santa María tecuaitaluccan en dos partes de la tierra está la cumbre de la sierra; donde fue adorada la madre de Dios, a que alude también el nombre de Tenanyuca propia madre de la sierra.

No lo dudéis señores; fue muy celebrada antiguamente y a ella hacen alusión muchas nomenclaturas antiguas de los pueblos mexicanos y otomíes, por eso en el manuscrito indiano inmediato a la aparición que yo citaba se llama a la Guadalupana tlatocasiguapile la que tiene al principal es la mujer que da nombre a la tierra. No lo dudéis señores, esos bailes con que los naturales no cesan de festejarla en el santuario vestidos a estilo de su antigüedad, denotan que antiguamente la adoraron sus mayores. No lo dudéis; esa preferencia que aun antes de la conquista ya daban los indios para vestirse al color azul sobre el más fino lienzo de diverso color es por imitar a la Guadalupana, y siempre me acuerdo de la carta que el misionero apostólico de los indios Texas fray Damián Massanet escribió al señor virrey conde de Galves el año de 1690 donde le dice: Que habiendo preguntado a un indio principal la causa de tan extraña afición, le respondió: Que ellos preferían tanto el color azul y especialmente para enterrarse con él, porque en otro tiempo visitó a sus ascendientes una mujer muy hermosa que bajó de lo alto vestida de azul y que ellos querían ser como tal mujer. Sí, los indios desde el principio de la conquista habían visto pelear contra ellos a Nuestra Señora de los Remedios y al apóstol Santiago y no se habían intimidado, pero cuando en los más recios combates contra Cortés y Sandoval hacia esta parte de Tepeyacac vieron a Nuestra Señora de Guadalupe que los cegaba con polvo, se asombraron tanto, (dice el venerable padre Sahagún venido aquí siete años después de la conquista) que en esa misma tarde pusieron luego en plática el negocio de rendirse. Conocieron sin duda a su antigua reina en la tradición de que son tenacísimos estos naturales. Sí; fue adorada antiguamente por los indios ya cristianos en la cima plana de esta sierra de Tenanyuca.

 

Y no es menos cierto que apostatas los indios muy en breve de nuestra religión maltrataron la imagen que seguramente no pudieron borrar y Santo Tomás la escondió. Tercera proposición.

Es manifiesta la pronta apostasía de los indios en la repetida alegoría de Quezalcohua que ellos mismos aplican a Santo Tomás. Quezalcohua, dice Torquemada, estuvo en esta tierra 20 años hasta que un viejo llamado Titlacahua le dio una bebida que lo hizo llorar amargamente y determinó partirse. Titlacalcua quiere decir somos dueños de esclavos o señores de gentes, siendo el sentido que volviendo los indios a los sacrificios humanas con que declararon su apostasía el santo apóstol penetrado del más amargo dolor resolvió, según el mandato de Jesucristo, sacudir sobre esta tierra rebelde el polvo de sus sandalias. Que antes de esta partida y pública declaración de su apostasía, maltrataron la imagen que seguramente no pudieron borrar, parece hallarse cifrada en la alegoría de la Tetehuinan de Culhuacan que refieren literalmente nuestros historiadores.

Dicen que recién venidos los mejicanos antes de fundar en México su Corte enviaron a pedir al señor de Culhuacan su hija para reina abuela suya y madre de su Dios. Que habiéndosela entregado le quitaron la piel que se vistió uno de ellos amoldándola a su cuerpo, y que entonces la adoraron al lado de su Dios; llamando para el mismo efecto a su padre, que no obstante los inciensos que oscurecían el templo, conoció el atentado contra su hija y salió pidiendo auxilio. ¿Creéis señores, que esto sea literalmente verdadero? ¡Un gran señor abandonando su hija a una nación advenediza, y errante, que la pide para abuela suya siendo una niña! ¡Qué la adora sin más apoteosis que desollarla! ¡Llamar después de esto a su padre! ¡Y para adorar a su hija! ¡Oh ignorancia de los frasismos de la lengua, que ha impedido descifrar tan claras alegorías! Si hubieran sabido nuestros historiadores que en mexicano lo mismo vale señor que padre, hija que doncella o virgen, en lugar de traducir Teteuinan de Culhuacan hija del señor de Culhuacan, hubieran traducido virgen del padre de Culhaacan, Nuestra Señora de Guadalupe antonomástica doncella de Santo Tomas patriarca de esta tierra, cuyo nombre general es Culhuacán, país inclinado, como lo está. Hubieran conocido que los mexicanos aportando primero a Tula, y convertidos por el apóstol le pidieron la imagen de Nuestra Señora para adorarla como en realidad es reina, y aunque niña y virgen madre de su Dios, abuela de los Culhuas por madre de los 14 libertados que formaron su ascendencia, y ella es la misma Teotenanzin de esta sierra de Tenanyuca, a quien por lo mismo llamaron también toci o abuela. Hubieran entendido por el desuelle de la Tetehuinan el que apostatando intentaron hacer de la sagrada imagen que no pudieron borrar, en ausencia del apóstol, quien viniendo a adorarla sin embargo de los humos del turíbulo, conoció el atentado y salió pidiendo auxilio contra estos sacrílegos al cielo.

Entended también vosotros oyentes míos, por qué los pintores antiguos, como por los rasgos residuos aseguran los modernos, se atrevieron a poner sus manos en nuestra imagen. Viéndola maltratada nuestros buenos españoles, quisieron resanarla, y su pintura como humana, digámoslo así, se saltó, sin que haya quedado ángel alguno de los que la pusieron por orla en su circunferencia.

Que maltratada, Santo Tomás escondió la imagen, se infiere todavía de la alegoría de Quezalcohua, quien, dice Torquemada, cuando se iba quemó todas las cosas que tenía fabricadas de oro plata y conchas; esto es, los vasos y ornamentos sagrados para que no los profanaran los apostatas, y escondió, prosigue, otras cosas preciosas en las sierras y barrancas de los ríos, esto es, al señor de Chalma y otras muchas imágenes y cruces prodigiosas que hay en el reino de origen incógnito, y que se han hallado en corazones de árboles, cuevas y sierras, y alguna descubierta con música celestial la vigilia de Santo Tomás, y entre ellas Nuestra Señora de Guadalupe descubierta y con música por la misma Reina de los Cielos al siguiente día de su apóstol que la precedió en este reino. Tal vez con la venida de los españoles, predicó el santo apóstol su descubrimiento, pues los indios lo aguardaban, como se conoce, ya por la expresión omomachiotinextiquis se acabó de descubrir la que se nos señaló por norma, ya por la tradición, que según Torquemada, tenían los totonacas quienes adoraban a una Diosa llamada Tonacayoua que no admitía sacrificios sino de pan flores y perfumes, y en la cual esperaban los había de libertar de los humanos sacrificios. Yo no entiendo esto, dice aquí aquel autor, y me parecen adivinanzas. Ésta yo la diré a mi auditorio por el nombre Tonacayona. Quiere decir, la que tiene al que encarna en lo nuestro o la madre del verbo encarnado entre nosotros, y propiamente Nuestra Señora de Guadalupe, como después diré la que descubierta después de la conquista los libertó en efecto como esperaban de los sangrientos sacrificios que aborrece.

 

Y todo esto ya me parece apoya que la imagen de Nuestra Señora es pintura de los principios del siglo primero de la Iglesia aunque su pincel es superior a toda humana industria como que la misma Virgen María viviendo en carne mortal se estampó naturalmente en el lienzo. Cuarta proposición.

Entre las razones que ocurren para probar que la de Nuestra Señora es pintura de los principios del siglo primero de la Iglesia no quiero referir sino las que ministra a vuestros ojos la misma imagen. Veis que sobre el pie derecho a poca distancia tiene uno que ha parecido número 8 aunque por estar abierta una de sus esferas, figura mejor una tenaza. El piadoso pintor Cabrera lo discurre misterioso y que o nos recuerda que apareció en la infraoctava de su concepción o que es la pintura la octava maravilla. Bartolache con sus pintores afirma por el contrario que no es cosa especial. ¡Ah! ¡Uno y otro se engañan! Es una letra o carácter sirocaldeo idioma nativo en que hablaban y escribían los apóstoles. Luego la imagen es del tiempo de Santo Tomás, y lo particular sobre el asunto es que tengo el mismo carácter escrito dos veces en la orla de caracteres sirocaldeos que tiene la cruz impresa en mármol con sangre de Santo Tomás, y descubierta en la ermita donde oraba cerca de Meliapor antigua Corte de Coromandel donde se halló su cuerpo; ¡cosa de notar! al mismo tiempo que acá se concluyó la conquista que tan puntualmente predijo. Tales caracteres de aquella cruz estuvieron como exóticos ignorados 29 años, hasta que fueron interpretados a solicitud del obispo de Cochin, y remitida la interpretación al rey don Sebastián la aprobó de comisión especial de la silla apostólica el infante cardenal don Enrique arzobispo de Lisboa. Ojalá, ilustrísimo señor, que vuestra excelencia también, pues poseo ese idioma, reflejando en ese carácter, nos sacará de dudas con su interpretación. Yo no la atino ingenuamente, ni por cotejo con los otros caracteres de la cruz porque este idioma contiene muchas cláusulas en una sola letra, y aun en solas cuatro esta toda la salutación angélica, con la que traducida del mismo sirocaldeo, concluiré yo mi sermón en memoria de las muchas veces que se la rezaría a Nuestra Señora su santo apóstol Tomás.

Para que sea de su tiempo, todavía tengo otra prueba en la misma imagen, y me la ministra esa fimbria, que fluye de su túnica sobre sus pies; ¿No es cosa extraña la cauda de un vestido por delante? ¿Y pudiera un común artífice pintarla sin una ridícula extravagancia? Me parece un misterio. ¿Y sabéis vosotros cuál contiene el almaizal en la Iglesia? Por ahí deduciréis el de esa fimbria que lo representa. El almaizal significa las Sagradas Escrituras escritas al principio de la Iglesia en rollos largos, como todavía los diplomas pontificios, y aplicando esto a la fimbria, notad sobre ella el carácter sirocaldeo, en que estaban estampadas las Escrituras del tiempo de Santo Tomás. Luego la imagen es del tiempo de Santo Tomás, luego es pintura de los principios del siglo 1º de la Iglesia.

Sí, y naciente todavía me parece la representa ese infantito, que con una mano agarra la fimbria símbolo de las Escrituras, y con otra el manto en mexicano coachtli hilo de la cima porque baja de la de Nuestra Señora y que por su compuesto ichtli común en símbolo a tiempo y generaciones significa la consumación de éstas; siendo el sentido del infantito en esa actitud que la Iglesia entonces tierna y siempre joven asida de las Escrituras durará hasta la consumación de los siglos; consumación de los siglos que será por fuego, el cual significa también la túnica por vestidura interior tlanautle fuego de los cuatro de la tierra o partes de ella. El triple color extraño de sus alas también puede significar las prerrogativas de la Iglesia largas de decir, lo mismo que el diamantito de su pecho incontrastable en su firmeza, y en mexicano occhalchiguitl frasismo para significar la que es pura, como la Iglesia, sine macula, sine ruga. También como he dicho, puede representar el infantito de medio cuerpo con alas la rápida incorporación de la antigua naciente Iglesia mexicana a la encarnación y pasión de Jesucristo que Nuestra Señora cifra, teniendo asida la extremidad del manto en mexicano tlatlatzaccayotl tapadera del fuego porque lo es realidad del eterno para los mexicanos el manto de Nuestra Señora o alude a haber apagado el fuego de que restan indicios abrasó en una erupción esta serranía. Y nadie se admire de que yo con una misma cosa quiera significar diversas, pues tal es el carácter de los jeroglíficos nacionales.

Pero aún no es tiempo de descifrar la imagen. Consta ya de algún modo que es del tiempo de Santo Tomás, cuya venida resulta de ambos peñascos a los cinco años de la muerte de Jesucristo tiempo en que aún vivía la Virgen Nuestra Señora quien se estampó naturalmente en el lienzo según la tradición de los indios. Pues preguntando a los antiguos dice Becerra Tanco sobre la imagen de Guadalupe respondían lo que el mismo intérprete no acierta a descifrar: Omocopinzino que claramente instruye, se copió por molde natural. Y véase aquí como la alegoría de la Tetehuinan es Nuestra Señora de Guadalupe, pues de su desuelle dicen los historiadores tuvieron origen los sacrificios sangrientos en que sacaban a las víctimas exactamente la piel amoldándola otros a sus cuerpos, venganza del demonio por haber dado culto a la imagen de Nuestra Señora copiada de ella a molde natural como ellos copiaban en arena con metales fundidos las aves y otros brutos. Y se comprueba haber estado la imagen Guadalupana en Tula y que en este lugar se copió, pues convienen los historiadores en que allí tuvieron principio los sacrificios sangrientos.

Sólo me resta probar para concluir el sermón que la pintura de Nuestra Señora es superior a toda humana industria y aquí previniéndome mi fatigado auditorio dirá que está suficientemente comprobado por las razones y juramentos de los pintores antiguos y modernos como también de los médicos sobre su milagrosa conservación; pero permitidme todavía una prueba exquisita e irresistible. A los 10 años después de la conquista digo yo, no había aquí sino indios y españoles, éstos no pudieron pintar una imagen que está trazada sobre los más sublimes frasismos de una lengua que ignoraban o apenas percibían. Los indios neófitos tampoco podían figurar con tanta elevación misterios que excedían tanto su comprensión, y que fuera de los dichos representa Nuestra Señora. Voy a descifrarla. Atención.

Primeramente su postura ademán y adorno de su cuello significan que es virgen antes del parto, en el parto y después del parto, tres veces virgen o que vive enteramente virgen; el primero es ocmotquitinemi la que vive entera o sin falta todavía, lo que corresponde a la postura de Nuestra Señora en pie natural a quien vive. El segundo frasismo de enteramente virgen es ocmasitenemi, la que vive todavía para otorgar con la mano, acción suplicante de las dos de Nuestra Señora. El tercer frasismo de enteramente virgen es ochalchiguitl, piedra preciosa todavía, antonomásticamente diamante, cual es la joya que tiene al cuello Nuestra Señora y en que está gravada una cruz misterio también impenetrable.

No tiene Nuestra Señora niño porque representa la encarnación, en cuyo tiempo sería de 14 o 15 años edad en que dice el pintor Cabrera se representa, y en que apareció seguramente a Juan Diego, pues hablándole la señora según los manuscritos indianos de hijito mío muy amado, el sencillo indio arrodillado, jamás le contesta de madre sino niña mía muy querida, reina y dueño mío.

Y si reflejamos en el vientre abultado de la imagen lo ocupa actualmente el verbo, y lo confirma el cíngulo con que está ceñida y del cual sólo aparece sobre el vientre el nudo tlalpilli en mexicano el principal de la tierra o verbo encarnado en la de María. Y por eso los indios antiguos dice Becerra Tanco, preguntados sobre la imagen también respondían omixilhuilhuizino a la que otro descubrió el secreto de parir, el ángel San Gabriel, queriendo dar a entender, que es imagen de la encarnación, o que aluden, como habemos visto, todos los nombres que la contienen en las alegorías.

¿Y por qué con un pie calzado de sandalia de oro como las emperatrices mexicanas conculca la Luna en que estado se halla ésta? ¿Y por qué está de color de tierra oscura como refleja Cabrera? Para saberlo basta recordar parte de lo que dijimos sobre los peñascos excavados esto es, que la era regional de los indios es la muerte del Salvador la cual señalan a la hora del medio día, y tercero de luna nueva en el peñasco del pie de la torre, e instruyen en el de la universidad que entonces se sumergió con los gigantes su antigua capital salvándose sólo 14 en esta sierra de Tenanyuca que fundaron con su descendencia a México e instruye el mismo peñasco que fue castigo de su embriaguez por haberlos sepultado al tiempo que celebraban sus bacanales anegados en pulque. Pisa pues Nuestra Señora la luna en mexicano metztli filo del maguey, reprendiendo a los indios sus borracheras cuyo castigo les trae a la memoria, y en realidad pisa el filo del maguey, las ondulaciones de cuya penca la forman orla en circuito para enseñarles su buen uso en vestiduras. Les recuerda así mismo con ese acontecimiento la muerte de nuestro Salvador, como el color de tierra oscura que tiene la luna el eclipse, y aún parecen insinuar el mismo las estrellas en mexicano sisitlaltin aterradas las antiguas, lumbreras de los cielos, como su formación en cruz de cuatro en cuatro el patíbulo de Nuestro Redentor. También representa el infantito que está bajo la luna la generación de estatura mediana que siguió después y cuyos progenitores se salvaron en esta sierra por el patrocinio de la señora franqueado desde el pie de la cruz, y por eso la llamaron nuestra abuela en las alegorías de la Teotenanzin, y Tetehuinan.

Representa también la pasión de Jesucristo y su corona en ella, la de Nuestra Señora en mexicano dicha de 3 maneras huitzinauac cerco de espinas, xiuitsolli pegamento de la espina del año, alusivo al de la era regional o muerte de Jesucristo tlatocayotl o nombre de la tierra tratada hasta el tiempo de la conquista de teotlixcoanauac corona de la frente del Señor por haber quedado aislada en el terremoto de su muerte.

El color moreno del rostro de Nuestra Señora significa la encarnación y pasión de Nuestro Señor pues en mexicano se dice poyauac una cosa matizada de flores como la primavera, y advirtiendo su sinónimo camiletic que fue en pie o viviente al tiempo de pintar la fruta, alude el rostro de Nuestra Señora a la estación en que se obraron aquellos altos misterios.

Mira Nuestra Señora a la izquierda de quien la mire, y tiene asido el manto sobre el brazo... iba a explicar esta maravilla que da la mejor lección de honestidad a las doncellas y me hace reflejar que no se puede decir en mexicano virgen o doncella ichpotli sin decir precisamente Virgen de Guadalupe. Pero si San Juan al verla vestida del sol, y calzada de la luna, sólo exclamó arrebatado que veía un prodigio grande signum magnum. ¿Cómo he proseguir yo a descifrar, sobre lo que aquello contiene en el Apocalipsis, lo que cifra en los frasismos de los indios a quienes se dio por norma da su creencia omomachiotinextiquis? Sin duda no se ha portado de esta suerte con otra nación non fecit taliter omni nationi timbre con mayor razón aplicado por la silla apostólica a los americanos a quienes se dio por norma y amparo, una arca más misteriosa copiada al ejemplar de los designios de Dios sobre el monte de la nueva ley, arca que apareciendo en figura de nube a los españoles en Tlaxcala debeló al idolatra Canaan, y los introdujo en esta tierra de promisión, arca que llevada a México abrió las aguas de su mayor inundación como las del Jordán, arca también cautiva entre los filisteos escondida por otro Jeremías en un lugar incógnito cuando la irrupción de los caldeos, descubierta después por el pueblo cuando salió de la esclavitud de Babilonia, llevada a la casa de Obededon, al Alcázar de Sión, y últimamente trasladada a su propio lugar templo y santuario que se mandó fabricar, con una dedicación semejante a la del templo de Salomón. Et intulerunt &.

¿Qué me resta pues sino decir con él? Surge Dne in requiem tuam, et arca santificationis tuæ. ¿Qué me resta sino pedirla también que se digne oír a quien la invocare en este santo templo? Pero si la señora nos ha dicho que para mostrarse en él madre la más piadosa nuestro amparo y refugio nos lo mandó fabricar, si baja presurosa a estas montañas como en otro tiempo a las de Judea en solicitud de otro Juan precursor de nuestras dichas, si ruega, si insta, si promete, si lo busca por todas partes hecha centinela de amor en esta sierra, qué tenemos que hacer sino recurrir a ella sobre el seguro de su real palabra y con la mayor confianza. Todos Señora clamamos a ti única vida en que vivimos, apetecido alivio en nuestras tristezas y fatigas, dulcísimo consuelo en nuestras penas, seguro asilo en nuestras esperanzas. Calmen señora vuestros ruegos los severos rigores que han merecido nuestras culpas, especialmente ahora que los filisteos de Francia insultan y atacan al pueblo de Dios no permitas que triunfen ahora también, arca verdadera, como allá por los pecados de los hijos de Helí, y quedes tú misma cautiva porque no te darán estos cuartel como los otros filisteos, ciégalos con polvo, terrible Teotinanzin, para que no vean a los españoles y puedan allá restituirte tu antiguo culto como en esta sierra, fidedigna Tonacayoua no dejes más que estos esclavos del demonio nos sacrifiquen a su furia, florida Coyolxauqui, verdadera Cuatlicue de Minyo desempeña el ser madre de los indianos desde el pie mismo de la cruz, su abuela, reina, nomencladora, su apóstola, fundadora de nuestra fe norma y restituidora, conservadora hasta el fin de los siglos. La paz sea contigo María extremadamente graciosa, el Señor es contigo bendita tú entre las mujeres porque tu hijo es el salvador de las almas Jesucristo Nuestro Señor que con el Padre y el Espíritu Santo vive, y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

Es de imaginarse las exclamaciones que los asistentes dejaban oír ante algunas de estas extrañas proposiciones del fraile. El final nunca llegó. Sin que haya encontrado referencia alguna, bien puedo creer que el evento fue interrumpido ante tal osadía.

El 24 de diciembre de 1794 el Arzobispo Alonso Núñez de Haro encargó a José Patricio Uribe, en tanto canónigo penitenciario, y a Manuel de Omaña y Sotomayor, en cuanto canónigo magistral -hermano del Rector de la Universidad- un informe sobre el sermón.

El dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Teresa de Mier el día 12 de diciembre de 1794, rubricado el 21 de febrero de 1795 y que parece que es obra principalmente de Uribe, es una pieza magnífica que prueba la potencia crítica y la superioridad, dentro de la lógica interna católica, que sobre las extraviadas especies sostenidas por fray Servando y su inspirador, el licenciado José Ignacio Borunda, podían mantener clérigos con potente formación filosófico crítica y sentido común que seguían la estela iniciada, medio siglo antes, por el padre Feijoo.

 

 

La sentencia en forma de dictamen

 

DICTAMEN

Que por superior orden del Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Doctor Don Alonso Núñez de Haro y Peralta dignísimo Arzobispo de esta Diócesis etcétera y etcétera.

EXPUSIERON

Los doctores y maestros don José de Uribe, canónigo penitenciario, y don Manuel de Omaña canónigo magistral de esta santa Iglesia Metropolitana de México.

SOBRE

El sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier del Orden de Santo Domingo en la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe el día 12 de diciembre de 1794 en la solemne festividad de la milagrosa aparición de dicha santa imagen.

Si et ridebitur alicubi, materiis ipsis satisfiet: multa sunt sic digna revinci, ne gravitate adorentur. Ter. in L. advenis Valent, cap. 5.

Excelentísimo e Ilustrísimo Señor:

Por la declaración que ha dado el padre doctor fray Servando Mier, de orden de vuestra excelencia ilustrísima consta ya en forma lo que sabían muchos y presumían los más; esto es, que el padre Mier no ha hecho, sino publicar en el púlpito los pensamientos originales del licenciado don Ignacio Borunda, sobre la aparición de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe.

Ha exhibido el padre Mier un sermón que dice lo ha sacado de su memoria fielmente y al tenor preciso en que lo dijo. Parece que en él se le olvidaron algunas cosas que sin duda produjo y que constan en sus primeros apuntes.

El notario, por equívoco, en lugar de preguntarle, si la tradición en que se apoyaba era universal, invariable y constante, refirió esta pregunta al libro manuscrito de Borunda. El padre respondió lo que consta, diciendo y con razón, que no entendía la pregunta; pero esto nada importa, para el asunto.

El predicador manifiesta claramente la persuasión en que se mantiene de ser verdaderas las ideas del licenciado Borunda en su libro manuscrito intitulado Clave historial, que intenta darlo a luz y dedicarlo a nuestro augusto soberano.

Pero en obsequio de la verdad y para que no se impute al licenciado Borunda la falta de que es culpable el padre Mier, debemos hacer presente: que dicho licenciado aunque le comunicó al predicador a repetidas instancias sus pensamientos, no tuvo parte en que los publicara en el púlpito; pues antes bien procuró en algún modo retraerlo de esto. Copiaremos aquí a la letra el papel que en el día 7 de este enero escribió el licenciado a uno de nosotros (el penitenciario) «como hablo con quien conoce mi cortedad y se halla tan ocupado, dejo, este apunte de que a aquél sujeto ni le he visitado jamás, ni le conocía, y el cual ocurrió como cuatro o cinco veces apurado por materia como 15 días antes. Y habiéndole manifestado de buena fe mis apuntes le previne que exigen tratado difuso que aquel no podía fundar en un rato. No obstante él formó lo que le pareció, pero con riesgo suyo, como que a mí no correspondía calificar si era propio o ajeno del teatro. Después me pidió lo conducente de mis borradores para manifestación de los fundamentos de su rudus indigesta que moles» Por lo que no es nuestro ánimo culpar al licenciado Borunda, y protestamos sinceramente; que cuanto dijéremos sobre su sistema debe referirse a la obra y no al autor, a quien no pretendemos injuriar ni zaherir.

Para calificar nosotros el sermón del padre Mier no necesitábamos hacernos cargo del sistema de Borunda, ni exponer el juicio que formamos de él. Aun cuando se calificara de verosímil, nuestra censura sería la misma que expondremos en su lugar, pero creemos propio de nuestra obligación no desentendernos enteramente de un sistema, que ha hallado ahora algunos protectores, y que en otros tiempos especialmente si pasaba a países en donde no se tiene la instrucción que aquí del idioma y tradiciones mexicanas, pudiera alucinar a algunos. Buen ejemplo nos dan de esto los modernos Buffon, Paw y otros varios que no obstante su erudición han delirado tanto estas materias.

Trataremos, pues, antes de calificar el sermón, del ridículo y delirante sistema borundiano, indicando algunas reflexiones que demuestran: que los delirios de Don Quijote de la Mancha, variada la materia, no se concibieron sólo en el festivo celebro de Cervantes.

En efecto el licenciado don Ignacio Borunda nos parece un Don Quijote histórico mexicano, que imaginándose, como el manchego que se dolía tanto de ver enteramente perdida la caballería, no haber historia alguna fiel mexicana, haber sido todos sus historiadores unos ignorantes del idioma, tradiciones, religión y costumbres de las naciones del Nuevo Mundo, quiso él resucitar esta muerta y perdida historia. No extrañe vuestra excelencia esta alegoría, que por ridícula podría parecer menos propia del serio y grave asunto que tratamos; porque cuando hablamos de delirios y de hombres delirantes es necesario explicarnos de esta manera y usar tal vez de una clase de estilo, que según la máxima de Horacio suele ser muy eficaz y propio para el convencimiento.

Ridiculum acri Fortius et melius magnas pleruntque secat res.

El licenciado Borunda hombre de muy buenas costumbres, aplicado y que no carece de talento, es por otra parte de un genio oscuro, tétrico y recóndito, que desde su juventud en el Real Colegio de San Ildefonso daba no pocos anuncios de una fantasía expuesta a perturbarse. Dedicado en estos últimos años al idioma mexicano, y proporcionándole algunas comisiones relativas a indios por su profesión de abogado, el trato con éstos, y los viajes a varios de sus pueblos, se creyó ya en disposición de hacer su primera salida y desagraviar al orbe literario de los entuertos históricos que ha recibido de cuantos historiadores de Indias han escrito hasta el día.

A este fin ha leído según se colige de sus citas a Torquemada, Clavijero, Boturini y algún otro de esta clase de autores; pero ha tenido la desgracia de entresacar lo que ellos mismos califican o de menos probable, o de enteramente infundado y falso.

Ha dado otro paso, y éste ha sido su mayor precipicio. El idioma mexicano, como todos o casi todos los más, tiene palabras que significan cosas muy diferentes; a más de esto es alegórico y simbólico, sirviéndose muchas veces para significar una cosa de las calidades o atributos en que se asemeja a otras diferentes. Gobernado de estas ideas el licenciado Borunda se vale de una palabra, o interpretándola no según su vulgar y común significación, sino según otra que pueda tener, busca alguna alegoría y semejanza; y como cuantas cosas hay en este mundo por disímbolas y distintas que sean, se parecen en algo, las interpreta por aquella parte en que se asemejan y que es conforme a la idea que se propone; y da por cierto que el sentido alegórico que él inventa ha sido el de los indios. Pero como no bastaban las alegorías para llenar su idea, recurre a otros dos arbitrios que son variar las palabras y componerlas. Aunque todos los mexicanos hayan escrito hasta ahora Hitzilupuchtli, o Huitzilopochtli, Borunda quitando una letra, (y aún dos si se cuenta con la h) escribe Uitzlupuchtle para variar a su antojo la significación. Arbitrio igualmente del idioma en orden a la composición hace a las palabras simples compuestas y a las verdaderamente tales las anatomiza y divide a su capricho. El término omixiuiluitzino, que en la interpretación de Becerra Tanco se compone del nombre ix que significa semblante y el verbo cui que significa coger puesto en pasiva cuilo y da entender ser patente a todos el semblante de algo; este verbo, pues, lo diseca Borunda en iluitzino y mixiui dándole la disparatada inteligencia que después trasladaremos. Y éstos son los dos ejes del sentido compuesto y alegórico, sobre que rueda la portentosa máquina de Borunda. Sirva ya de ejemplo el extrañísimo delirio con que prueba que la imagen de Guadalupe representa a María Santísima preñada del verbo encarnado. Dice pues, que la imagen está ceñida con un cíngulo, el cual sólo se descubre por un ñudo que está sobre el vientre; ñudo en mexicano se llama tlalpilli, y ésta es la palabra simple; pero tlalpilli, continúa, también se puede entender por el principal de la tierra (acaso será componiendo una palabra de tlalli que significa tierra y pilli que significa caballero o noble). He aquí pues, el discurso, o delirio de Borunda. La Virgen de Guadalupe tiene sobre el vientre un ñudo que en mexicano se llama tlalpilli; tlalpilli significa también, o puede significar el principal de la tierra; es así que el verbo encarnado es el principal de la tierra; luego el ñudo que la Santísima Virgen tiene sobre el vientre, significa que está preñada del verbo encarnado. ¿Fue otro el delirio de Don Quijote cuando creyó, que la manada de carneros significaba un ejército o cuando tuvo por un gigante como el Briarco al molino de viento? Si este discurso de Borunda con todos sus cien términos silogísticos se aplica a cualquiera india preñada, aunque sea ramera, que esté ceñida y que tenga, como muchas veces traen, el ñudo sobre el vientre, ¿no se concluye la herejía más heretical que se haya oído?

No es menos ridícula la etimología de Tomatlán barrio situado al oriente de México en las cercanas de San Lázaro. El peñón esto es, aquel cerrillo al oriente de México, a cuya falda brotan unas saludabilísimas aguas no tiene, dice Borunda, por memoria o por tradición, anotación con que se distinguiese entre los indios, y sólo puede serlo aquel terreno o barrio que se llama Tomatlán. Sea así, pues Borunda lo dice, y oigamos ahora su inaudito discurso. La palabra tomatl, aunque simple y que significa tomate, si se descompone (capaz es Borunda de componer y descomponer con este arbitrio los entes más simples) resulta atl agua y tome de Tomás. He aquí convertido a Santo Tomás en tomate, o al tomate en Santo Tomás. Sigue el discurso: Tomatlán se compone de itlan cerca del tomatl, esto es cerca del agua de Tomás. Raro y monstruoso modo de alegorizar etimologías. Pasemos por la cercanía imaginaria del barrio de Tomatlán que dista media legua o más del peñón. La realidad es que de la palabra tomatl que significa tomate, y de la preposición tlan que significa junto o entre, se compone el barrio que tiene por nombre Tomatlán, o el lugar que está entre los tomates, por los muchos que habría en aquellos sitios, en otro tiempo cubiertos de agua, y en el que sin duda estarían plantadas muchas chinampas en las que se cultivaría el tomate, como se observa aún hoy en todas las riveras de México. Con este nuevo arbitrio etimológico no hay desatino que no pueda asentarse, ya dividiendo a su arbitrio las palabras compuestas, y ya haciendo compuestas y dividiendo las simples; pudiendo v. g. decirse que la palabra latina corpus puede significar no sólo el cuerpo, sino la podre (podredumbre) del corazón derivándolo de cor y pus. Pero entre las graciosísimas y adisparatadas aventuras del sentido compuesto y alegórico felizmente acabadas por nuestro caballeresco historiador, ninguna hay más rara que la aventura del tompiatle. Hay como todos sabemos, en la villa de Guadalupe junto a la iglesia antigua un manantial de agua azufrosa que llaman comúnmente el pocito. Supone Borunda que dicho manantial tiene la cavidad cilíndrica, y por tanto da por asentado que su figura es de cilindro. Concédase por ahora esto, y oigamos el discurso. El pocito de figura cilíndrica se parece al tompiatle que tiene igual figura; es así que tompiatle, en mexicano tompiatle, significa lo que guarda el fuego de Tomás, luego el pocito advierte parte de los prodigios que obraba aquel apóstol. La menor de este silogismo que por no estar en ninguna de las figuras que conocen los lógicos, estará también en figura cilíndrica, la menor pues de este silogismo la prueba nuestro autor usando de su cuchillo anatómico y dividiendo la palabra del modo siguiente: tetl fuego, pia guarda, tome Tomás quod erat demostrandum. No importa que tompiatle sea palabra simple, no importa que el nombre tetl cuando entra en composición con verbo, y se pospone no debe perder las finales tl, nada importa todo esto, por que fuera cosa muy sensible que por dos letrillas, o que por unos impertinentes escrúpulos se hubiera de desgraciar este importante descubrimiento. Dichosas tiendas mestizas y de cacahuatería que no ya por semejanza, como el pocito parecido al tompiate sino real y verdaderamente depositan en los muchos tompiates que en ellas hay, tantos gloriosos monumentos que advierten parte de los prodigios que obraba aquel apóstol.

Sobre estos fantásticos, ridiculísimos y vanos cimientos ha levantado sin duda el licenciado Borunda su edificio de la Clave Historial. No es de nuestro cargo impugnar éste en toda su extensión; pero no podemos desentendernos de aquella parte de la clave que abrió a Borunda la puerta para los delirios guadalupanos que inspiró al padre Mier. Delirios que a no haber causado tanto escándalo en el público y que pudieran acarrear perniciosas resultas, deberían mirarse con sumo desprecio, sin otra providencia que curar el celebro a sus infatuados autores. Pero siendo preciso decir algo sobre ellos, y no siendo justo empeñar mucho las armas de la razón para rebatir locuras, sólo tocaremos algunos puntos de este desvariado sistema.

Todo él cae por tierra con sólo reflexionar las imaginarias épocas que soñó Borunda relativas a los mexicanos y sus antecesores. Él supone fundado ya y habitado el imperio de los toltecas en el país de Anáhuac a los cuarenta años de nuestra era vulgar, siendo así que apenas hasta el sexto o séptimo siglo de ella no se encuentran entre todos los historiadores juiciosos, vestigios que den alguna idea verosímil de la población del país de Anáhuac. Él confunde el tránsito de los pobladores de la América, que bien pudo ser o antes del diluvio, o si se quiere que sea después, por los descendientes de Nephtuin hijo de Mesraim y nieto de Cham. Él confunde, decimos, este primer tránsito que pudo ser a los países septentrionales de la América, con la población de Anáhuac de que no hay vestigios hasta el siglo sexto o séptimo de la era vulgar. Él adopta la vanísima opinión de una inundación general acaecida en todo este continente, que creyeron Buffon y Paw, y añadió de su celebro que esto acaeció en la muerte de Cristo. Pasa su desvarío a asentar que este hecho está profetizado al capítulo XXVI de Isaías, sin duda en el verso XIV sin otro fundamento sino porque allí se nombran gigantes; lugar que no sabemos cómo pueda acomodarse a la pretendida inundación. Quizá es peor que todo lo dicho el que fija la época de la fundación del imperio mexicano a los cuatrocientos años de la muerte de Jesucristo. Desatino que sólo puede producirlo, quien no tenga ni la primera idea de la historia de este imperio.

Pero que mucho que se asienten éstas y semejantes quimeras contra lo que han escrito todos los historiadores desde Cortés hasta Clavijero, contra todo lo que manifiestan los mapas y pinturas antiguas, contra las tradiciones universales y más bien fundadas, que aprendieron de los primeros indios convertidos y de sus hijos y nietos los Benaventes y Sahagunes, los Alvas, Pimenteles y Acostas, si en concepto del licenciado Borunda ninguno de los que han escrito hasta ahora ha sabido esta historia, porque ninguno ha comprendido la energía simbólica del idioma y el verdadero espíritu de sus jeroglíficos, como lo ha expresado alguna vez a mí el penitenciario y lo da a entender claramente en su clave. Acabaron de alucinar a Borunda las piedras colocadas en la universidad, y al pie de la nueva torre de la catedral. Ha demostrado ya don Antonio de León y Gama que la primera no es otra cosa que un conjunto de jeroglíficos que representan varios atributos propios de diferentes Dioses como son la Teoyaomiqui, númen destinado a recoger las alas de los muertos, así en la guerra, como en los sacrificios después del cautiverio, de Cohuatlycue madre de Huitzilopochtli, de Cihuacohuatl, de Quetzalcohuatl y Mictlanteuhtli señor del infierno y de otros varios de sus muchos Dioses. Atributos y jeroglíficos que aunque diferentes tienen entre sí cierta orden y analogía, con que se forma una escritura, ante la cual hacían cada año las honras y exequias en memoria de los reyes, señores y soldados muertos en las batallas. Igualmente está demostrado y lo conocerá cualquiera que tenga ojos y alguna idea de la astrología y mitología mexicana, que la piedra colocada al pie de la torre nueva a solicitud de los canónigos comisionados para la obra, es un monumento, que contiene mucha parte de los fastos mexicanos, y también un calendario astronómico para explicar el periodo de los 260 días del año lunar. Pero por más que convenzan este modo de pensar los calendarios que se hallan descritos en Balades, Gemely, Beitia, Clavijero y otros muchos; por más que conspiren a lo mismo cuantos autores han escrito sobre la astronomía de los indios, el licenciado Borunda ve en ambas piedras con ojos simbólicos una cronología desde el principio del mundo hasta la muerte de Jesucristo, y un compendio de misterios relativos a la venida de Santo Tomás y a su nuevo pensamiento guadalupano. Digan los autores lo que quieran, clamen cuanto puedan los eruditos mexicanos que hoy viven, Borunda se mantiene firme en que la piedra de la torre es el verdadero Teomaxtli, o libro de Dios. No de otro modo que a pesar de los clamores de Sancho creía firmemente don Quijote, que la bacía del barbero era el mismo yelmo de Mambrino fabricado de un oro puro.

Es verdad que aunque el licenciado Borunda es un autor original y según nos parece el primero de este sistema, por lo que respecta a la impresión y estampación Guadalupana, pero en todo lo demás que sirve de fundamento a esta exótica idea, es decir en la venida de Santo Tomás y su identidad con Quetzalcohuatl ha tenido autores que seguir, y uno en particular de que sin duda copió sus fantásticas alegorías. Esta identidad entre Santo Tomás y Quetzalcohuatl la promovió también el sabio y erudito Sigüenza en sus manuscritos de que hacen mención Betancur y el señor Eguiara en su Biblioteca Mexicana. Esta obra, o se perdió porque no sabemos que nadie la haya visto, o no llegó a escribirla Sigüenza, o se quedó ideada sólo y proyectada, como juzga alguno no sin fundamento. Pero por una dichosa contingencia ha llegado en estos días a nuestras manos un volumen en folio manuscrito tan conforme en todo a las ideas de Borunda, menos en las relativas a la imagen Guadalupana, que no dudamos haberlas trasladado fielmente de él. Débanos su autor, por otra parte benemérito, la moderación de callar su nombre, al que le hace tan poco honor esta disparatadísima obra intitulada Fénix del occidente, ave intelectual de rica pluma el apóstol Santo Tomás. Pero no omitiremos, para que no se nos censure, la alusión con que algunas veces hablamos de la obra de Borunda que el mismo autor del Fénix la anunció por su boca en el prólogo de la obra. «Y cuando esto así sea, y que ni la del célebre don Carlos, ni la mía hayamos emplumado a este Fénix, servirá la falta de una y otra de espuela, y estas mis rudas hojas de selva, en que entrando libremente y saliendo alguno de los caballeros andantes por los campos de la historia, sirvan a su exquisito gusto y paladar de ensalada, o vianda más sabrosa.»

No se nos oculta que aún cuando fuese cierta la venida de Santo Thomas a evangelizar a esta América, nada se concluía a favor de la aparición Guadalupana en su capa. Conocemos también que el arribo y predicación del apóstol a estos países es un problema histórico en el que no han faltado autores eruditos que sostengan la opinión que la afirma. A vista de esto nos creeríamos excusados de tratar este asunto, si una triste experiencia no nos enseñara las perniciosas consecuencias que personas aún eruditas han deducido de aquella venida, y cómo de siglo en siglo se ha ido desfigurando, pasando de grado en grado de una opinión probable, a un delirio improbable y aun pernicioso. Esto nos obliga a tratar con alguna extensión este punto, haciendo ver que el desnudo hecho de la venida de Santo Tomás a estos países, aunque no aparezca del todo falso, es poco probable; que su identidad con Quetzalcohuatl es una anécdota evidentemente falsa, dimanada de un torpísimo anacronismo; y últimamente, que aún cuando Santo Tomás hubiese venido a este reino y fuese el verdadero Quetzalcohuatl es un grande delirio creer que se estampó María Santísima de Guadalupe en su capa.

Afirmaron, no hay duda, algunos autores de esta América, de España y aún de los países extranjeros, sin fundarse en los jeroglíficos y símbolos mexicanos, que Santo Tomás vino a estos países y predicó a sus gentes; pero esto por sólo dos levísimos fundamentos. Fue el primero que habiéndose dado a las Américas el nombre de Indias por ser semejante a los que llevan este verdadero nombre en sus riquezas; conducidos algunos con la equivocación de los nombres opinaron que Santo Tomás que había predicado en la India, había evangelizado también en estas Indias. El segundo fundamento lo ministraron los restos de la religión católica que hallaron los primeros conquistadores en la América, ya por las noticias que encontraron en sus moradores de algunos misterios y ritos de nuestra religión, bien que obscurecidos entre groseras supersticiones y torpes errores, y ya por las cruces célebres que se encontraron en varios lugares conservadas en ellos antes de la conquista. Pero en cuanto a lo primero no es inverosímil, como opinan algunos críticos e historiadores juiciosos, que el demonio a quien Dios había permitido que dominara a estos pueblos e inspirara en ellos un compuesto abominable de todos los errores y atrocidades que recibió en diferentes partes la gentilidad, pusiese particular estudio en establecer aquí esta impía imitación, ya fuese por abusar de las ceremonias sacrosantas (así se explica discretamente el elocuente don Antonio Solís) mezclándolas con sus abominaciones; o porque no sabe arrepentirse de aspirar con este género de abominaciones a la semejanza del altísimo. Cuanto al segundo las cruces célebres de Yucatán, de la Mixteca, de Querétaro, de Tepique y de Tianguistepec, o pudieron ser levantadas por noticia que tuvieran de la que erigió en la Isla Española Cristóbal Colón en su primera conquista en el año de 1492, o después en su segundo viaje, o últimamente en el de 1503 en que fundaron allí sus monasterios los religiosos de San Francisco. Los orígenes y principios de los reinos y los primeros años de sus conquistas, se hallan siempre envueltos en mentiras y fábulas. La piedad mal entendida, especialmente si se trata de cosas extraordinarias y milagrosas, finge con facilidad y cree sin repugnancia cuanto le parece que sirve de fomento a la devoción. Si las tradiciones de la antigüedad de dichas cruces hubieran sido universalmente recibidas no rehusaríamos darles crédito; pero ellas no se ven autorizadas en su origen sino por relaciones de algunos indios, y después publicadas por uno, u otro manuscrito en que alguno de sus mismos autores protesta no saber si lo que escribe es cierto. Pero si nosotros hubiésemos de tomar partido en este punto, no dudaríamos exponer la censura de los críticos una conjetura no mal fundada. Sea en hora buena que las noticias que se hallaron en estos países de algunos de los misterios de nuestra religión, que la semejanza con sus ritos, y que las cruces que en él había anteriores a la conquista prueben que alguno o algunos ministros evangélicos vinieron a este continente y enseñaron en alguna o algunas de sus partes el evangelio. ¿Luego hubo de ser este Santo Tomás ocupado, como consta, en otras conquistas espirituales, cuya venida a estos países no tuvo al principio otro apoyo que la equivocación del nombre de Indias, y que después se ha querido establecer no sólo envuelta entre mil ridículas fábulas, sino también a costa de extraordinarios milagros? ¿No es más conforme a las prudentes reglas de una juiciosa critica conjeturar, que siendo esta América continente, o ya con las tierras septentrionales de la Europa, o sea con las, más orientales de la Asia, algunos hombres celosos de propagar la religión, y si se quiere por algún acaso nada irregular, pasaron a alguna de estas provincias, sembraron en ellas noticias de la religión de Jesucristo, dieron idea de sus ritos y plantaron algunas cruces? Diráse que no consta esta misión o pasaje; pero tampoco consta la de Santo Tomás sino por unos argumentos comunes a la venida de otros. La de éstos pudo ser sin milagro, la de Santo Tomás no se establece por sus autores sino a consta de maravillas; aquellos pudieron morir en estas mismas regiones y así quedarse sepultada en el olvido su venida; pero Santo Tomás habiendo vuelto a la Europa y a la Asia, era regular que hubiese dejado en ellas alguna noticia de este Nuevo Mundo, el cual entonces y hasta muchos siglos después se creyó inhabitable.

Acaso para ocurrir, a estas o semejantes dificultades inventaron los posteriores autores de esta opinión la identidad de este apóstol con Quetzalcohuatl, imaginando que en ella hallaban un poderoso argumento para acreditarla. En efecto éste ha sido el principal fundamento en que han estribado los autores posteriores a la conquista, para establecer la venida y predicación de Santo Tomás en nuestra América, y como esta identidad es la que hace más a nuestro asunto, es necesario detenernos en ella.

Y a la verdad si no nos constara, por incontestables documentos que el sabio y erudito doctor don Carlos de Sigüenza fue de esta opinión (bien que no se encuentra la obra en que la sostuvo) jamás nos persuadiríamos a ello. Y aunque su nombre la ha dado mucho crédito y se halla también defendida por algún otro, no dudamos afirmar que éste es un error contrario a cuanto han escrito los más graves historiadores del imperio y épocas de la población de esta América. No nos atreveríamos a avanzar esta proposición si no creyéramos poderla demostrar con datas cronológicas innegables.

Decía bien el célebre abad Bellegarde que la cronología y la geografía son los dos ojos de la Historia, la que sin ellos camina a tientas tropezando y cayendo en los más horribles precipicios. No creemos que al doctor Sigüenza le faltasen éstos, sino que alucinado por un exceso de piedad no reflexionó en lo mismo que sabía. ¿Qué mucho que el licenciado Borunda y el autor innominado de quien hicimos mención arriba, privados por lo menos del ojo de la cronología hayan delirado tanto y afanádose para acomodar a Santo Tomás cuanto refieren los historiadores mexicanos del supersticioso Quetzalcohuatl? Éste, del cual por común tradición de los indios cuentan sus historiadores que viniendo por el rumbo de Pánuco llegó a Tula donde fue rey como juzgan unos; o sumo sacerdote como asientan otros, o uno y otro como insinúa Torquemada, fue un hombre de color blanco y barba poblada, vestido con ropa talar, casto, muy rico, y opulento amante de las virtudes y enemigo de los vicios, legislador prudente, que al fin hechizado por Tezcatlipoca por medio de cierta bebida concibió vivos deseos de ir a los reinos de Tlapalla; que en el camino lo detuvieron los de Cholula donde gobernó veinte años hasta que pasando a la provincia de Coatzacoalco se desapareció allí, después de haber dejado a los cholultecas leyes y ritos que arreglaron su gobierno y su calendario. Este es el héroe que pretenden ser el mismo Santo Tomás, acomodándole al apóstol con extravagantísimas violencias todas las acciones y proezas del divinizado Quetzalcohuatl. Ya pues, si esta identidad es evidentemente falsa cae por tierra todo el fantástico edificio de Borunda y se destruye la aparente probabilidad con que se ha sostenido por algunos autores de Indias la venida a ellas de Santo Tomás. Tiempo es ya de proponer la demostración de ser falsa esta identidad. Quetzalcohuatl fue posterior a la era de Santo Tomás por lo menos setecientos años, luego Santo Tomás no puede ser el supersticioso Quetzalcohuatl. Los toltecas primera nación pobladora del país de Anáhuac, o del valle mexicano, de quien hayan quedado algunas aunque escasas, bien fundadas noticias, salieron desterrados y fugitivos de su patria Huehuetlapallan el año 596 de la era cristiana. Caminaron hacia el medio día por espacio de 104 años hasta llegar a un lugar que fundaron y pusieron por nombre Tollantzinco; pero apenas pasaron veinte años lo abandonaron, y caminando de allí hacia el poniente fundaron la ciudad de Tollan, o Tula el año de 720 de Jesucristo; y cuando se quieran atrasar estas épocas, el año de 667, o lo más tarde el de 518. Esta es, dice Torquemada la verdad de las más puntuales historias de estas naciones, y en ellas convienen casi todos cuantos han escrito con juicio de ellas. No es menos asentado que Quetzalcohuatl floreció después de fundado el reino de Tollan o Tula, ya se haga coetáneo al rey Huemac como afirma Torquemada o ya anterior, o posterior como sienten otros. Pero siendo cierto que floreció en tiempo de los reyes toltecas, resulta con no menos certidumbre que floreció quinientos o seiscientos años por lo menos después de la venida de Jesucristo, y es de advertir que estas datas cronológicas sobre ser las generalmente recibidas, son las que adoptan los mismos autores de quienes han tomado Sigüenza y otros, cuanto refieren del embustero y supersticioso Quetzalcohuatl. ¿Y podrá en vista de esto sostenerse, aún como probable la identidad de Quetzalcohuatl con Santo Tomás, siendo este anterior al otro, cinco o seis siglos?

Y aunque esta sola reflexión desvanece enteramente todas las imaginaciones del licenciado Borunda no es fuera de propósito manifestar también las ridículas alusiones (más propio sería llamarlas ilusiones) con que se esfuerza a aplicar a Santo Tomás los hechos de Quetzalcohuatl. Y porque sería cosa infinita el referirlas todas apuntaremos sólo algunas. En efecto, ¿quién puede contener la risa al ver el empeño con que se interpreta el nombre del sacerdote tolteca para descifrarlo en Santo Tomás? El compuesto de Quetzali que significa pluma verde y cohuatl serpiente, interpretaron algunos con violencia, que significaba el cuate o mellizo precioso, con alusión a que cohuat o coat significa también el mellizo, y cuetzalli metafóricamente puede entenderse por cosa preciosa. Pero Borunda con su nuevo arte de etimología interpreta, el que domina al dragón alado; o al demonio; añadiendo que lo desterró Santo Tomás hasta Tabasco, en donde se halla todavía ¿Qué querrá decir esto?

Aquí llegamos con vista de los apuntes del padre predicador cuando recibimos los apuntes de Borunda que tenía aquel en su poder. Mas ¿con cuánto asombro hemos leído estos papeles? confirmándonos en el dictamen de la perturbación de fantasía de Borunda, y no hallando en su clave sino un libro cual describía Horacio,

Cujus velut ægri somnia vanæ

Tingentur spcies; ut nec pes nec caput uni

Reddatur formæ

Lo leímos y releíamos con gran fatiga y confesamos ingenuamente, que de muchos párrafos no hubiéramos entendido el frenético sentido, si no nos hubiera servido de intérprete el mismo predicador con sus apuntes, que como ha confesado contienen los pensamientos de Borunda. Sean ejemplo del desconcierto y exótica oscuridad del licenciado las cláusulas que asentamos aquí a la letra, a las cuales es muy semejante todo el cuaderno. «De manera que el sentido compuesto de esta cláusula es que la sabedora del Señor de la tierra de mucho de ella e iluminadora de pedir misericordia al tiempo del desquicio de sierras y al distribuir y hacer a veces el oficio de sus discípulos desde la cima, con la ciencia del señor se abatía en el trabajo, diligente de la tierra suya, que es del hilo de la tierra suya, lo cual sabía para sí, estando en el plan o superficie del juego de pelota purificando la tierra del común abandono de ella en las obras del Señor que lo es aquella sierra, como referido su contexto y etcétera.»

Vaya otra, si puede ser, más graciosa.

«Instruye pues esta tercera cláusula que en día de festividad viviendo aún en la tierra aquella Señora, esperó en la tierra lo que salió del camino de la sierra, sobre donde frecuentemente vive en ella la agua, que es el asentado cerro de la cima en la tierra de la fiesta, dentro de lo enroscado suyo que fue el fin de aquel desquicio al volar como ave el que tiró la sierra que salió donde acabó el caserío de la abra de la halda, abra de la carne que fue lo ocultado con la faja colgada del vientre de aquella diligente que guardaba la tierra al levantar las manos a lo alto donde salió su encarnación que corrigió la vida de los nacionales que era la negociación de carne humana tratada de sembradura de la tierra y etcétera» ¿Hablaría de otro modo un loco el más desatinado? Pero el padre Mier nos explicará estos oráculos.

Dice que, como instruye el peñasco de la universidad, habitada esta tierra de hombre muy corpulentos y situada su capital en las serranías del sur, en el día de la muerte de Jesucristo se arruinó gran parte todo este continente sin haberse escapado sino sólo doce en esta sierra de Tenanyuca; y que por tanto la muerte del Salvador es la era regional de los indios. Dura necesidad, señor excelentísimo, la que nos impone la apreciable comisión de vuestra excelencia de combatir con las armas de la razón el delirio. Las ficciones y falsedades manifiestas (dice el padre san Atanasio) no deben impugnarse; porque la impugnación les hace el honor de que parezcan creíbles: Nimis falsa non sunt refellenda, ne habita fuisse credibilia videantur. Pero como no hay vicio que no tenga abogado, ni error que no encuentre patrocinio, la verdad, aunque sea la más clara, se hace acreedora a la defensa.

Según la conseja que acabamos de trasladar, destruido casi todo este continente en la muerte del Salvador no quedaron sino sólo doce personas refugiadas en la sierra de Tenanyuca. Así se explica el padre predicador repetidas veces en sus apuntes. De estos doce, dice; descendieron los que poblaron después a México; en la muerte del Salvador, dice en otra parte de sus apuntes, se hundió aquella capital con gran parte de este continente, de cuyos habitadores sólo se salvaron doce en esta sierra de Tenanyuca como instruye el mismo peñasco... se anegaron entonces con gran parte de este continente excepto doce hombres regulares que se salvaron en dicha sierra. A los cinco años de esta época que forma la era regional de los indios vino Santo Tomás y se mantuvo aquí por espacio de veinte años, y entonces voló para el Oriente. Ahora bien, ¿cuántos moradores halló Santo Tomás en esta sierra? sin duda sólo doce adultos; y suponiendo entre ellos varones y hembras, porque de lo contrario se acababa toda la comedia, demos que las dos tercias partes de ellos eran mujeres y la otra hombres, para propagar la naturaleza. Hallaría pues Santo Tomás que vino a los cinco años doce adultos y cuarenta párvulos. Estos últimos no estaban en estado de aumentar la población hasta los catorce años, y formando progresivamente el cálculo de la propagación hasta los veinte en que voló Santo Tomás, no pudieron existir entonces cien hombres, fuera de los doce, de veinte años cumplidos, ni ciento que hubieran ya llegado a los quince. ¿Pues cómo ordenó Santo Tomás ocho mil sacerdotes aquí, en el tiempo de su predicación? Tantos, dice Borunda, fueron los ministros que aquí consagró, sin otro fundamento que el de su trastornado celebro. Toma la palabra Sempoale, que significa veinte, y por cuanto en el idioma mexicano hay esta palabra, asienta Borunda, que el santo apóstol leyó aquí veinte fundaciones, que en cada una de ellas ordenaba cada año veinte discípulos, y que resultaron ocho mil al tiempo de su partida. ¿Puede decirse cosa más disparatada, ni más contraria a la historieta que acaba de asentar de que cinco años antes de la venida del apóstol no había aquí más que doce personas? No disimularemos en favor del licenciado Borunda que esta reflexión puede desvanecerse reponiendo que aunque sólo fueron doce los que se salvaron de la imaginaria capital del sur, fueron otros muchos los que escaparon refugiados en la misma sierra de Tenanyuca de otras muchas naciones que habitaban por la parte del norte hacia Tula. Pero esto debía haberlo dicho el padre Mier, y no afirmar constantemente que pereció gran parte de este continente y sólo se salvaron doce. Es verdad que entre las cláusulas intrincadas y oscurísimas del licenciado se nota alguna que alude a haberse escapado otros fuera de los doce; pero esta noticia está asentada en términos tan confusos y enredosos que es disculpable el padre Mier de no haber podido descifrarla; mucho más si se atiende a que esta solución destruye todo el misterioso sistema; porque si sobre los doce que se salvaron de la capital del sur se ha de contar en aquella era con otros muchísimos de otras naciones igualmente salvados en aquella era, si de la mezcla y confederación de unos y otros resultó la numerosísima propagación que se asienta a los veinte años de venido Santo Tomás, el pueblo que entonces y después hubo, debe referir su descendencia no tanto a aquellos doce del sur, cuanto a los muchísimos de las otras naciones del rumbo del norte. ¿Porqué pues las piedras sólo aluden a un pueblo descendiente de los del sur? ¿porqué el geniecito que tiene la imagen a los pies acuerda sólo la descendencia de aquellos doce, y no la de los otros que por ser muchos más en número deben reputarse como el origen y fundamento del pueblo descendiente? Quede pues asentado que las monstruosas inconsecuencias y anacronismos de que abundan los apuntes del padre Mier, son errores suyos porque los dice; pero más errores de Borunda porque los inventó y los dictó; pudiendo aplicarse al autor y representante de esta ridiculísima escena, con poca variación aquella graciosa quintilla

Si el papel de la comedia,

Es malo, según Heredia,

No es el más culpable aquél

Que representa el papel

Sino el que hizo la comedia.

Entendido esto solamente en orden a la censura profana y literaria de la obra original y de la copia; y no respecto a la culpa teológica, que es mayor en el padre Mier; pasemos adelante.

Quetzalcohuatl, prosigue nuestro licenciado, era muy rico, habitaba palacios magníficos, y Santo Tomás edificó un suntuoso templo en Tula y usaba de muy ricos ornamentos sagrados. Quetzalcohuatl traía vestiduras largas hasta los pies, o sobre capa o manta sembrada de cruces coloradas; ésta vestía Santo Tomás, porque ésta es la vestidura de los patriarcas sucesores de los apóstoles, y porque a más de esto lo comprueba el que Moctezuma regaló una capa de la misma hechura a Cortés. Añádase que en la sierra de Tula en donde está el trozo de Minyo que significa el agua del coyote bautizaba Santo Tomás, quien también por su habilidad se llamó coyote. Delirios de esta clase se impugnan con sólo referirlos. Ni en tiempo de los apóstoles se usaron capas como las de los patriarcas orientales con cruces coloradas, ni la manta que regaló Moctezuma a Cortés las tenía, ni en aquellos tiempos se usaban ornamentos ricos sagrados para celebrar, ni había Instituto Monástico. Raro trastorno de ideas. Borunda confiesa que Torquemada traslada fielmente los hechos conforme a las tradiciones de los indios aunque no entendiera sus alegorías; pero a pesar de esto asienta por datas históricas, las que sueña, atropellando cuanto enseñan la Historia Eclesiástica, la profana y la misma razón.

Santo Tomás, continúa, estuvo veinte años en Tula hasta que apostatando aquellos pueblos de la verdadera religión se pasó a Cholulas allí estuvo Quetzalcohuatl veinte años como, asienta la tradición e insinúa Borunda otros tantos pues debió morar allí Santo Tomás, si es el verdadero Quetzalcohuatl; de lo que resulta que el santo apóstol estuvo en estos países, no veinte años como afirma el licenciado sino cuarenta. Desapareciose al fin y voló hasta Tlapala, esto es a Meliapor donde fue sepultado, que es el verdadero Tlapala, porque esta palabra significa lugar donde abunda el color. No sabemos por qué Tlapala signifique tierra o reino del color. Tlapalli en mexicano significa (es verdad) color, pero entre cuantos modos hay de componer palabras en este idioma no hallamos que mudada en a la i de un nombre signifique el lugar que abunda en lo que el mismo nombre significa. Pero sea de esto lo que fuere, ¿qué hay en Meliapor que haga llamar a esta ciudad por antonomasia, lugar de colores?

Ciertamente que al leer esta verdadera y genuina historia de la fundación de la Iglesia católica en esta América por Santo Tomás, tan exacta, tan circunstanciada, tan menuda; en que se refieren no sólo los hechos, sino que se asientan las épocas y datas fijas y precisas; al ver señalado el número de ocho mil sacerdotes, de veinte iglesias prefinido el tiempo de la venida de Santo Tomás y de su morada en Tula, como verá el lector en ésta no menos verdadera que graciosa historia (perdone Cervantes si le hurtamos sus adjetivos) al leer todo esto no podrá menos de exclamar quitándole de la boca las palabras al bachiller Sansón Carrasco, mudando el nombre de Cide Hamete Benengeli en el del licenciado Borunda y variando en poco las expresiones: bien halla el licenciado que la historia de nuestras antigüedades dejó escritas, y rebien halla el curioso que tuvo el cuidado de hacerlas traducir del arábigo borundiano en sus apuntes, de nuestro vulgar castellano. Se reservaba esta fortuna para la América y para nuestros días. Las iglesias del mundo antiguo aunque lograron unos escritores sabios, poco remotos de su fundación, Antioquia, la misma Roma, los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo cuyas iglesias y cuyos hechos escribe el mismo dios por la pluma de un historiador coetáneo, San Lucas, no están referidos con la exactitud e individualidad con que Borunda describe las iglesias de la América en aquella era y a su apóstol Santo Tomás. Por Borunda sabemos ni más ni menos toda la fisonomía de este santo apóstol, su color, la configuración de su rostro, cómo vestía, qué alimentos usaba, los baños que tomaba en la media noche, y hasta el número fijo de los que ordenó en las veinte iglesias. Lo más es que todo esto lo instruyen las piedras excavadas, sin que hasta ahora hayamos podido entender cómo vinieron estas piedras a la plaza de México. Ellas parece que vinieron de la serranía del sur según indica Borunda en el pliego 1º de su Clave; pero por otra parte parece si se cree al padre Mier que a lo menos la que está en la torre se gravó en Tula en tiempo de Santo Tomás. Borunda asienta que fueron, no conducida, sino impelidas al sitio en donde está hoy México desde el Sur, ya por erupciones volcánicas, ya en fuerza del gran terremoto de la muerte de Jesucristo (sitio que en todo el tiempo de Santo Tomás y hasta cuatrocientos años después no se pobló, esto va a cuenta de Borunda por los mexicanos), ¿cómo pues se gravó este monumento a dirección de Santo Tomás? ¿A dónde se gravó? sino es que se diga que los mexicanos apostatas después de cuatrocientos años de la venida de Santo Tomás conservaron tan vivas y puras las memorias de la historia universal y las profecías (todo esto contiene esa piedra divina en concepto del padre predicador) que les enseñó el Santo, que ellos la gravaron asentando por monumento histórico lo mismo que ya entonces, no creían. Esto sí que más que soñar, es delirar frenéticamente. Quien leyere señor excelentísimo en la Clave de don Ignacio Borunda repetidas frecuentemente estas cláusulas: instruye la piedra; advierte el monumento hallado; resulta de las piedras; creerá que en dichas piedras se hallan algunas figuras, o símbolos alusivos a lo que él establece, y que cuando menos por el sonido de las voces con que se significan, den ocasión a un juego de palabras semejante a aquél, con el Quijote de los púlpitos fray Gerundio probaba, que Santa Ana había tenido en su vientre a María Santísima veinte meses: et hic mensis sextos est illi; porque aunque ni el texto habla de Santa Ana, ni diga veinte, hablo por lo menos de meses. Pero ni aún estas semejanzas, aunque disparatadísimas, se hallan en las alusiones de Borunda. ¿Qué figura hay en todas las que contiene la piedra colocada en la torre que o por sí misma, o por el nombre que tiene aluda a que Santo Tomás vino a la América a los cinco años de la muerte de Jesucristo? ¿Cuál hay en toda ella, con la que, siquiera, a modo del et hic mensis sextus est illi, pueda probarse el número de los ocho mil ordenados por Santo Tomas? Nada hay en la piedra que aluda a sacerdocio. No sé con qué ojos vio en ella Borunda la corona que dice usaban los ordenados. Si el padre Mier nos prestase el singular microscopio de que usan su paternidad y el licenciado no para abultar los objetos pequeños, sino para ver los que no hay, por medio de él alcanzaríamos a distinguir el tintero del apóstol Santo Tomás, el claustro que habitaba y la iglesia: por medio de él veríamos las datas de la creación del mundo, de, la muerte de Adán, del nacimiento de Noé, de la prevaricación de los hijos de Dios con las hijas de los hombres, de la construcción de la arca y del diluvio, de la fábrica de la Torre de Babel, de las plagas de Egipto, y sobre todo, del año, el día y la hora de la muerte del redentor. Todo esto señala la piedra; todo esto ha visto en ella por ministerio del anteojo de Borunda el padre Mier. Pero nosotros que no vemos ni tinteros, ni iglesias, ni patriarcas muertos ni vivos, ni ranas, ni mosquitos, ni estrellas, que en el medio día se oscurezcan por un eclipse, (rara astronomía) diremos como en otro tiempo Sancho a don Quijote, señor licenciado encomiendo al... hombre ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice, parece por todo esto, a lo menos yo no los veo. Pero el licenciado Borunda que ve en la piedra lo que imagina, ve en ella ministros de orden sacro, ve veinte iglesias o fundaciones, y aludiendo a que el nombre de Dioses, o sacerdotes sentzonuitznauac se compone de uitznauac; corona de espinas, tzontli pelo, senne en cada uno; arguye así: tzontli que significa pelo puede significar cuatrocientos (desde luego será perdiendo en la composición las primeras letras cen de centzonztli) Uitznauac corona de espinas, es símbolo del sacerdocio, senne quiere decir en cada uno; luego Santo Tomás ordenó en cada una de sus veinte iglesias cuatrocientos sacerdotes. Falta todavía: Cempoale, que significa veinte, quiere también decir el que tiene la cuenta poale, en cada uno senne; es así que veinte, cuatrocientos, ocho mil son los tres números mayores de la cuenta en lengua mexicana, luego Santo Tomás en los veinte años de su morada y en las veinte iglesias ordenó cuatrocientos en cada una y ocho mil en todas. Vengan cuantos delirantes ha habido desde que hay fiebres en el mundo que sobre seguro no formarán silogismo más disparatado. Temeríamos que creyese alguno que nos burlábamos, si no estuvieran a la vista los papeles de Borunda. A la manera del que sepultado en un profundo sueño, o acometido de una fiebre o delirio imagina, que se halla en una apacible tarde en medio de un agradable jardín oyendo sonoras músicas y conversando alegremente con una festiva tropa de jóvenes, pero de repente la tarde es ya noche, el jardín selva oscura, la música gritos espantosos, los jóvenes fieras horribles, sin que el que sueña o delira advierta ni le haga fuerza aquella transformación, así nuestro Borunda sin guardar consecuencia en sus mismas ficciones las varía, las altera y las muda repentinamente. Vimos a los doce mexicanos salvados de la serranía del sur y trasladados a la del norte y según parece confederándose y mezclándose los norteños formaron un pueblo, como dice Borunda anfibio; pero trastornada la idea del sueño ya se aparecen estos mexicanos viviendo Santo Tomás en las inmediaciones de México pidiendo a los de Tula la imagen de Guadalupe para adorarla, ya la desuellan como a la Tetehuinan, ya entra Santo Tomás en dicho templo irritado les quita la imagen. Despierten el licenciado Borunda y el padre predicador y díganos cómo o cuándo estos mexicanos que eran sólo doce se retiraron desde la serranía del norte donde estaban refugiados y en veinte y cinco años formaron un pueblo y una nación ya no anfibia sino distinta de la del norte; antes no aparecía sino el templo de Tula donde era venerada la imagen de Guadalupe, ahora fuera de aquel ya hay otro templo fabricado por los mexicanos en las inmediaciones de México, en donde éstos, hicieron el desuelle de la imagen; antes soñaban, que los Mexicanos vinieron a fundar a México cuatrocientos años después de la muerte de Jesucristo ahora ya están a los veinticinco años de aquella era levantando templos en las inmediaciones de México. Si un loco, señor excelentísimo, hace ciento y más nos dilatamos, no tenemos los censores muy seguro el juicio. A haberse de tratar este asunto entre personas cuerdas, no omitiríamos una reflexión capaz por sí sola de desvanecer las fantásticas alegorías de Borunda. Es verdad que los mexicanos, ya porque carecían del uso de la escritura, ya porque, como otros pueblos, eran muy inclinados a los símbolos y jeroglíficos, usaban de ellos ingeniosamente para explicarse y para conservar por su medio la historia y la tradición. Unas cosas pues las indicaban con símbolos porque no podían expresarlas de otro modo los que no conocían el uso de las letras, otras, como, lo practican, aún las mismas que hacen uso de la escritura, para poner a la vista ciertas propiedades o dotes de las cosas, pero no es menos cierto que los indios representaban a los hombres en sus pinturas así con figura humana, como con el traje o vestidura que usaban. En este supuesto quien podrá creer que Huitzilupuchtli sea (como a cada paso sostiene y quiere probar el licenciado) el santo Cristo crucificado que hoy llamamos de Chalma, por el lugar en que se venera; cuando la figura de ese ídolo no representa de modo alguno ni la imagen, ni lo que el nombre significa. Si ellos querían representar a Jesús crucificado, a quién adoraban en tiempo de Santo Tomás, cuya imagen tuvieron y aún fue hecha por sus escultores (sino es que en su escultura inventa otro milagro semejante al guadalupano) ¿por qué no pintaban o esculpían un crucifijo? Ellos sabían, en el sistema de Borunda, pintarlo y esculpirlo, conservaban por la tradición la idea de su figura, el mismo nombre de Huitzilupuchtli en sentencia de nuestro autor da a entender el Señor de la espina al lado izquierdo, ¿porqué pues, volvemos a decir, los que pueden y saben, no pintan y esculpen lo que entienden y corresponde al nombre, y antes bien nos le representan en una figura que en nada se parece al santo Cristo? ¿En que se parece un hombre que trae en la izquierda una rodela, en la derecha un dardo azul, rayado el rostro del mismo color, con un penacho de pluma verdes en la frente, emplumada y delgada la pierna izquierda, pintados también y rayados muslos y brazos, ¿en qué se parece esta figura a la de Jesucristo crucificado? Sólo podrá creer esto, quien cree que las piedras excavadas son también un monumento de la predicación de San Juan Bautista de la de Jesucristo en vida mortal, y de la que hizo, dice Borunda, después de resucitado antes de su ascensión a los cielos. Alguno quizá, tropezará en este error de haber predicado Jesucristo después de su resurrección, pero interpretese benignamente de las celestiales conversaciones que tenía Jesucristo con sus discípulos, per dies quadraguita apparens eis, et loquens de Regno Dei. ¿Pero es posible que todo esto instruyen las piedras? Ibamos ya a concluir este punto cuando nos encontramos con otra anécdota que no podemos entender. Ésta es la venida y predicación de los dos gemelos, que el licenciado asienta instruida por la tradición y los monumentos. ¿Quiénes son estos dos gemelos? Si el uno es Santo Tomás, será el otro su hermano; y he aquí un nuevo apóstol de la América, y si no es éste, ¿quiénes son estos dos gemelos que predican y convierten a estas naciones? Así duplica el sueño, transforma, varía y confunde los objetos. No es esto de admirar respecto, del que sueña; pero que hombres despiertos y en su entero juicio den crédito a semejantes increíbles ficciones, esto es lo que parecería más increíble, si no supiéramos que ha habido personas de juicio que adopten y apoyen las ideas de don Ignacio Borunda. ¡Miserable debilidad la del humano espíritu! Él apoya su creencia sobre aquello mismo que debía dificultarla, o retardarla; bastando para el vulgo que una cosa sea prodigiosa y admirable, especialmente en puntos de piedad, para abrazarla como verosímil. Sobra ya lo dicho para que se conozcan los fantásticos y aéreos fundamentos sobre que se levantan el sistema de Borunda y el sermón del padre. Tiempo es ya de dar alguna idea de las cuatro proposiciones que hacen todo el cuerpo del mismo sermón. Las expondremos por el orden (si es que hay alguno) en que las asienta el predicador, indicando solamente algunas de las notas que merecen; sin detenernos en ellas por que no estriba principalmente en esto la censura propia de nuestro instituto.

Primera proposición trasladada fielmente de los apuntes.

Nuestra Señora de Guadalupe no está pintada sobre la tilma de Juan Diego, sino sobre la capa de Santo Tomás apóstol de este reino.

Para prueba de esta proposición se asientan otras muchas, que iremos notando. Santo Tomás apóstol vino y predicó en estos reinos. Esto es muy problemático, aunque no carece de probabilidad. Santo Tomás es el verdadero Quetzalcohuatl. Salvo el respeto que se lo debe al erudito doctor Sigüenza y algún otro, este es un invento mezclado entre mil fábulas y un tejido de anacronismos. Nada hay, señor excelentísimo, nuevo bajo del sol. El delirio más extravagante, que parece nacer en el día, suele ser un sueño muy viejo y antiguo. Ya hemos referido que el licenciado Borunda bebió sin duda en la graciosísima fuente del manuscrito que trabajó a mediado de este siglo el autor del Fénix del Occidente. Pero aún es más viejo este monstruo que ya corría según parece, desde México hasta Manila en el siglo pasado por los años de 1686 debemos este descubrimiento a un acaso. Habíamos ya extendido gran parte de nuestra censura, cuando estando yo el penitenciario confesando en la iglesia, llegó un sujeto distinguido y me presentó un cuaderno en 47 fojas escrito en el año sobredicho por el padre Manuel Duarte religioso jesuita. Es verdad que está su autor muy distante de la confusa intrincada mezcla de las extravagancias de Borunda, especialmente de lo que toca a la sagrada imagen de Guadalupe. Pero o fuese, que este jesuita hubiera tenido presentes los manuscritos del insigne Sigüenza, o que hubiese conferido con él esta materia, que uno y otro pudo ser, habiendo sido ambos contemporáneos; conjeturamos que el sistema de Duarte sea el mismo de Sigüenza. Si Borunda se hubiera contenido en explicar lo que (en nuestro juicio) leyó en Duarte, no excedería su sistema de los limites de un invento ingenioso, bien que (repetimos la salva hecha antes al erudito don Carlos de Sigüenza cuya profunda literatura merece nuestro respeto) falso en nuestro dictamen y contrario al sistema cronológico comúnmente recibido entre los historiadores de Indias. Pero nuestro licenciado pretendió adelantarse tanto que lo que en otros pudo pasar por ingenioso lo convirtió en un monstruo sin cabeza ni pies.

Sigamos los pasos del padre predicador. La venida de Santo Tomás a este reino cincos años después de la muerte de Jesucristo la comprueba la piedra excavada en estos últimos años y colocada al pie de la torre nueva de la Catedral por los canónigos comisionados para la obra de ella. Este delirio va enlazado con otros muchos. Esta piedra es monumento trabajado por orden de Santo Tomás, y contiene una historia universal de lo pasado y una profecía de la venida de los españoles el año de 1515. Los españoles habían descubierto el Nuevo Mundo bajo la conducta de Colón desde el año de 1492. El de 1517 descubrió Francisco Fernández de Córdoba el cabo de Cotoche de la península de Yucatán. El de dieciocho llegó a ella Grijalva. ¿Qué épocas son las de Borunda? Esta piedra manifiesta la destrucción de gran parte de este continente por el terremoto acaecido en la muerte de Jesucristo. Ya se ha demostrado que esta destrucción es un sueño. Señala también manifestando un eclipse la muerte del Salvador a la hora del medio día y tercero de luna nueva. Concuerda Borunda con esta expresión diciendo en la segunda foja del pliego 17 que aquel general terremoto está singularmente anotado por el eclipse solar extraordinario cuando estaban llenos de vino o a tiempo de los bacanales romanos al tercer día de luna nueva &. Esta expresión con la expresa terminante proposición del predicador afirma claramente que el día de la muerte de Jesucristo en el que acaeció el terremoto universal y el extraordinario eclipse era el tercero de luna nueva; pero esta proposición si no es herética, es próxima a herejía; porque si no es de fe que Jesucristo murió el día catorce o el quince de la luna de marzo, es por lo menos próximo a la fe; y por consiguiente decir que aquel día fue tercero de luna nueva es herejía o próxima a herejía. Esta piedra es el verdadero Teomoxtli. Este es un sueño: en ella tiene, (dice el padre predicador en los apuntes suyos que presentó) la católica religión una prueba irresistible, las Sagradas Escrituras un testimonio el más irrefragable de su verdad, y una como llave maestra o hilo de Ariadne para salir del laberinto de sus más intrincados pasajes. La primera parte de esta cláusula es a más de improbable por lo menos temeraria. La segunda es errónea porque se opone a una conclusión teológica deducida de principios de fe. La Escritura sagrada no tiene otro testimonio irrefragable de su verdad sino la misma revelación que nos enseña, que Dios que en ellas habla es infalible. Si se toma en otro sentido el testimonio, no tiene otro que la tradición, por la que sabemos ser aquellas y no otras las verdaderas Escrituras, y la Iglesia cuya autoridad nos obliga a creerlo así conforme a la célebre sentencia de San Agustín: Evangelio non crederem nisi me Ecclesiæ moveret authoritas. Últimamente si por testimonio se entiende el argumento de credibilidad, es error, temeridad y escándalo asentar, que en esta piedra comparada con milagros, martirios y etcétera es el testimonio más irrefragable de la verdad de las Escrituras. La última cláusula es cuando no otra cosa falsa, ridícula, e insolente. La verdad es que esta piedra como la explican Borunda y el predicador, es una prueba irrefragable y el testimonio más irrefragable de que ambos están locos.

Segunda proposición

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe mil setecientos cincuenta años antes ya era célebre y adorada por los indios, ya cristianos en la cima plana de esta sierra de Tenanyuca donde la erigió templo y colocó Santo Tomás.

Esta proposición se explica y desenvuelve en otras. María Santísima viviendo en carne mortal vino a la América a visitar a Santo Tomás. Proposición falsa o improbable. Estando aquí la madre de Dios se estampó en la capa de Santo Tomás. Esto sobre improbable y falso es contrario diametralmente a lo que asientan el predicador y su autor. Santo Thomas dicen ellos vino aquí, usaba en Tula de una capa sembrada de cruces coloradas y semejante a las que usaron los patriarcas orientales; es así que la manta en que está pintada la imagen Guadalupana no es de esta clase, luego esta aserción es contraria a lo que afirman sus mismos autores. No se ocultó al padre predicador esta dificultad, y para ocurrir a ella dice que Santo Tomás en el Perú usaba capa de dos lienzos, y que aunque en Tula no usaba de esta capa sino de la otra sembrada de cruces coloradas como los patriarcas orientales; pero de ahí mismo deduce que la otra la dedicó aquí a María Santísima: ¿spectatum admisi risum teneatis amici? ¿Puede haber cosa más ridícula? ¿Con qué Santo Tomás que venía ya vestido con su capa de cruces, traía guardada la manta peruana para que se estampara en ella María Santísima? ¿Y se podría tolerar (a no excusarlo un cerebro delirante) que unos hombres cristianos desfiguraran con cuentos indignos aun de viejas y niños, objetos respetables de la devoción sólida y de la piadosa creencia? La imagen de la virgen, se estampó, continúa, en la capa de Santo Tomás no por pintura a impresión de mano ajena, sino aplicándola María Santísima con un contacto físico a su cuerpo, que sirvió de molde natural a la imagen que del contacto resultó. Esta proposición si no es próxima a herejía, es próxima a error, porque, de ella se infieren legítimamente los más escandalosos absurdos. El valor de estas dos palabras mexicanas, omomachiotinextiquis y omocopintzino, con que se explica en un escrito antiguo la aparición Guadalupana, precipitó a Borunda en este enorme yerro. La primera compuesta de tres verbos machiotia, que significa señalar o sellar, nextia que significa mostrar, y quia que significa salir, da a entender dice Becerra Tanco, salió a verse figurada o impresa. De aquí infiere Borunda que la imagen Guadalupana estaba pintada muchos siglos antes de aparecerse. Rara lógica; como si el salir a descubrirse no se dijera con toda verdad de la que estando oculta se descubre por la primera vez, lo que puntualmente se verificó en la última aparición al señor Zumárraga; pues teniendo Juan Diego plegada la manta y descubriendo entonces la imagen que nadie veía, salió la imagen a verse descubierta. Lo mismo se debe decir de la otra palabra omocopintzino. Copina en sentido propio no significa sino segregar, o apartar una cosa de otra, y de aquí metafóricamente se usa, para significar el traslado o copia; ya sea de una cosa por otra imitándola, o ya sea amoldándola. Pero Borunda entendiendo ambas palabras en el sentido material y únicamente por sacar molde, infirió que aplicándose a María Santísima, viviendo aún en carne mortal, la capa de Santo Tomás a su cuerpo, sirviendo éste de molde, salió la imagen impresa y amoldada. Si en los delirios hay consecuencias óiganse las siguientes. Luego María Santísima cuando vivía aún en carne mortal y vino a visitar aquí a Santo Tomás estaba coronada de lucientes rayos, vestida de sol, adornada de estrellas, y pisaba la luna, teniendo a sus pies un genio o jovencito; luego tenía un semblante de catorce o quince años; luego (ahí va esa herejía) estaba preñada con el vientre abultado; porque todo esto en sentir de Borunda y del padre se halla en la imagen amoldada; y la imagen o figura sacada a molde no puede tener sino lo que tiene el mismo molde. Molde, lo saben todos (y así lo explica el Diccionario Castellano) es aquella pieza hueca, o instrumento, aunque no sea hueco, en que artificiosamente se vacía la figura, con todas las proporciones de aquella cosa que se quiere formar en bulto; y cuando quisiera responderse que esto sólo es verdadero tomando la cosa en un riguroso sentido, y no extensivo a toda imagen, de ahí mismo se infiere que las palabras mexicanas no significan lo que imagina Borunda, y que se explican bien sin contacto ni molde, sino por sólo una imagen pintada para representar un original.

Tercera proposición

La imagen Guadalupana, dicen nuestros caballerescos historiadores, estuvo adorada en el magnífico templo de Tula, hasta que apostatando los indios la desfiguraron maltratándola, y la maltrataron de manera, dice el predicador, que los primeros españoles quisieron retocarla aunque no pudieron. ¿Y de adónde consta que la maltrataron? porque esto significa, dicen, la fábula mitológica de los indios sobre el desuelle de la Teteuinan. ¿Por cierto que si desollaron a la imagen, cuál quedaría ella? Pero o ignorancia, dice el padre predicador, ¡de los frasismos de la lengua que ha impedido descifrar tan claras alegorías! ¡Oh! locura, exclamaremos nosotros, ¡oh furor atrevido y blasfemo de unos hombres tan faltos de juicio como de historia! Dejemos aparte la ridícula improprisima alusión de la Teteuinan. ¿Quién les ha dicho a estos hombres que la imagen fue así maltratada y la hallaron así los españoles? ¿No saben por declaración de testigos los más fidedignos; oculares, y jurados que en el año de 1667, en que, escribía el juiciosísimo Becerra Tanco, se conservaba la imagen sin haberse deslustrado, ni recibido alteración? ¿De qué fuentes bebieron la turbia noticia de que los primeros españoles quisieron retocar la imagen? Aún en el día y año en que escribimos esto, está la imagen en un estado en que no puede alegorizar a la desollada Teteuinan. Pero cuando llegamos a este punto permítase excelentísimo señor a la cordial devoción y humildísimo respeto que profesamos al hechizo de nuestros corazones, la imagen Guadalupana, permítasenos dirigir a vuestra excelencia una sentida y bien fundada queja. Es verdad, dice el citado Becerra Tanco, que aun cuando el lienzo en que se figuró la imagen hubiera padecido corrupción con el tiempo pasado, o la padeciera en lo venidero, ni esto fuera argumento de no ser verdaderas las apariciones de la Virgen Santísima y la impresión de su imagen en el lienzo ni de no ser esta milagrosa. Lázaro milagrosamente vuelto a la vida murió después y el cuerpo del sacrosanto Jesucristo presente real, pero milagrosamente bajo las especies sacramentales, pierde esta presencia por la corrupción de aquellas. Después de todo Dios con una providencia no común ha conservado esta imagen por más de dos siglos y medio contra las injurias del tiempo, del terreno, y acaso, lo que es más, a pesar de las piadosas irreverencias de sus mismos adoradores. Dígase la verdad, si la imagen está ya algo maltratada su rostro conserva aún aquella brillante hermosura y apacibilidad que hizo cantar al divino poeta mexicano Diego José Abad,

Qua seque amabilius quidquam est, neque pulchrius orbe.

Pero los colores se han amortiguado, deslustrado y en una u otra parte saltado el oro, y el lienzo sagrado no poco lastimado. Bien podría ser esto (sin perjuicio del milagro que veneramos) efecto de los voraces y roedores dientes del tiempo, pero no ha sido así. Un siglo y medio nada pudo contra la imagen; pero han podido y podrán mucho contra su conservación las acciones y prácticas de un culto mal entendido. Porque, ¿qué no se debe temer de un lienzo por su naturaleza frágil y deleznable, expuesto a impresiones continuas y muchas veces toscas que hacen mella aun en los mármoles y los bronces? Millares sin número de estampas, de lienzos, de medallas, rosarios, que se tocan a la imagen, ósculos con que se comprime aplicando a él labios y ojos húmedos con salivas y lágrimas, y esto ejecutado en ocasiones muy repetidas. Pero qué decimos; descúbrase la imagen, la besan millares de personas y aplican a ella con recio contacto no sólo las cosas piadosas que hemos dicho, sino aun los hombres sus espadas y las mujeres sus pulseras. Le consta a uno de nosotros que en alguna de estas ocasiones ha llegado mujer a besar la imagen, rozándose contra ella y llevándose en la saya algunas partículas del oro de los rayos; pero aún hay más; se dice y no sin fundamento que en algunas de las innumerables ocasiones que la imagen se expone, sin el resguardo de la vidriera, han tenido varias personas la osadía de cortar y llevarse algunos hilos de la manta; dícese no sabemos con qué verdad, que también alguna vez, se ha cortado y dado un pedazo del lienzo a persona de alto respeto; pero lo acaecido últimamente en el próximo diciembre de 94 es un hecho que no deja duda. Vio un capitular de la colegiata, en una de las noches que con tanta franqueza se expuso la imagen, que llegándose a ella un devoto atrevido cortó con las tijeras un pedazo del lienzo y lo llevó consigo. Estamos firmemente persuadidos a que vuestra excelencia ignora muchas cosas de éstas, y que si ha permitido otras lo ha hecho por un efecto de prudencia, porque no se creyera, si lo estorbaba que se oponía a unas piadosas gestiones, que no habían impedido sus respetables antecesores. Vuestra excelencia que sabe bien el respeto con que se tratan la imagen milagrosa y el portentoso pilar de Zaragoza, vuestra excelencia a cuyas luces no se oculta que las cosas cuanto son más sagradas deben estar más reservadas del contacto, ha tolerado a costa de un amargo y violento sufrimiento estas devotas irreverencias. Mas ahora que cerciorado vuestra excelencia de estos desórdenes y de que igualmente que nosotros, los lloran todas las personas de seso, ahora que todas uniendo si tuvieron ocasión sus votos a los nuestros, claman por el remedio, esperamos de la integridad y sólida piedad de vuestra ilustrísima que se corregirán estos abusos. El medio más fácil sería, que la vidriera se mantuviese cerrada con tres llaves, de las cuales una estuviese en poder de vuestra excelencia ilustrísima, otra del excelentísimo señor virrey y otra del señor abad de aquella colegiata, sin poderse jamás abrir por respeto alguno, o motivo de piedad; sino sólo en caso de que condujese su manifestación para algún importante fin del culto de la milagrosa imagen. Creemos que cuando se considerase conveniente para esto algún soberano real orden no se negaría a expedirlo el católico monarca que nos gobierna a representación de vuestra excelencia ilustrísima. Pero volvamos ya al asunto de que nos divirtió el celo de la conservación de nuestra imagen y del respeto que se le debe.

Decíamos pues, que es un sueño cuanto se dice del mal tratamiento que sufrió la imagen por los indios apostatas, y el retoque intentado por los primeros españoles. Éste es ciertamente uno de los pasajes que manifiestan con más claridad los groseros yerros en que precipitó a Borunda su empeño de acomodar, alegorizando, a Santo Tomás y a la imagen de Guadalupe cuanto leía de los antiguos mexicanos. Estos (conforme al común sentir de sus historiadores) recién fundada México habían ayudada a los coluas contra los de XochimiIco en una guerra. Poco después pidieron al reycillo de Coluacan una de sus hijas para consagrarla en madre de su Dios protector Huitzilopuchtli y obtenida o fuese por orden del demonio, o por barbaridad de sus sacerdotes, o por vengarse de un desaire que habían recibido de los mismos coluas desollaron cruelmente a la joven princesa de Coluacan y vistieron con su piel a un mancebo de los más esforzados. Aunque su padre el rey estaba en el templo cuando se ejecutó este horrible sacrificio, no pudo verlo por la oscuridad, que era uno de los dignos adornos de aquel infernal santuario; más luego que a la luz del copal que ardía en el incensario, con que el rey iba a tributar adoración a su divinizada hija, pudo descubrir tan horrible espectáculo, lleno de compasión y de ira salió del templo gritando por la venganza. Éste es el célebre suceso de la Tetevinan, o Teteuinnan madre de los Dioses, llamada también Tocitzin que el predicador explicando la doctrina del licenciado Borunda aplica al maltratamiento de la imagen Guadalupana, haciendo aquella célebre exclamación que hace tanto honor a todos los historiadores mexicanos ¡oh! ¡ignorancia de la lengua en los historiadores que les impedía descifrar tan claras alegorías! El rey de Coluacan es Santo Tomás, la doncella su hija es la imagen de Guadalupe, los que matan y desuellan a la princesa son los mexicanos, que habiéndolo pedido a Santo Tomás que les enviara desde Tula la imagen de Guadalupe la colocaron en su templo en las inmediaciones de México, pretendieron destruirla a tiempo que vino Santo Tomás y a pesar de la oscuridad vio aquel sacrílego atentado les quitó la imagen y salió de allí lleno de una santa ira. Sino hubiéramos ya demostrado que los mexicanos en el sistema de Borunda no podían en veinticinco años, siendo sólo doce los escapados de la general destrucción, haber formado un pueblo distinto de los demás en estado de hacer la guerra, tratar confederaciones y etcétera, sino fuera notorio que el caso de la Teteuinnan era sentir de todos los historiadores fue posterior a la fundación del imperio mexicano, y está aún en la extravagante opinión de Borunda que la establece muy temprana, cuatrocientos años después de la muerte de Jesucristo; si esto no fuera tan patente ya nos detendríamos en hacer ver los insignes anacronismos del nuevo autor; pero aún sin ellos, sobrada materia da para reír la inaudita y disparatadísima alegoría. Pero tenga el licenciado Borunda el consuelo que si hay autores originales él lo es más que ninguno, porque dice lo que nadie ha soñado y sueña lo que nadie ha dicho. Síguense como corolarios frenéticos los que asienta Borunda de que Santo Tomás ocultó la imagen Guadalupana y otras muchas milagrosas, como el Santo Cristo de Chalma, la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, la de la Macana, la Conquistadora que está en Puebla, y no se escapa según parece la imagen de Jesucristo sepultado que se venera en Iztapalapa. Y esto ¿sobre qué fundamentos? sobre los mismos con que un maniático se persuade y quiere persuadir que lobo, gallina, o cosa semejante. Entre todas las alusiones que fomentaron esta su manía ninguna es más graciosa y disparatada que la del ídolo Huitzilopuchtli. Supone Borunda contra cuanto han dicho los historiadores que el nombre propio de este ídolo es uitzlupuchtle, y según su costumbre lo divide en la palabra upuchtle y uitztli. Upuchtle dice, significa el que tiene a la izquierda; querríamos que nos explicase este modo de componer. No percibimos cómo de opuchmaye u opuchtle que significa lo izquierdo y de tle puede salir upuchtle para significar el que tiene a la izquierda. Mas sea de esto lo que fuere de opuchtli y uitztli que significa la espina, saca nuestro licenciado que el nombre del ídolo significa el que tiene a la izquierda la espina; esto es, continúa, la antiquísima imagen de Cristo crucificado que se venera en Chalma. ¿Y qué espina tiene a la izquierda este señor? ¿Será la llaga que abrió la lanza? y por cuanto la espina hiere, de ahí sale la alusión. La misma podría sacar Borunda de un nombre que significara espada, pedernal y cualquiera instrumento agudo con que pueda herirse. Con este modo de transformarlo todo en todo, que se ocultó a Ovidio, quedó convertido Huitzilopuchtle (llamado así del hermoso pajarito chupamirtos Huitzillin cuyas plumas tiene en el pie izquierdo) fiero Marte indiano, en el santo Cristo de Chalma. Y no se quedó sin parte Santo Tomás porque también este apóstol es Huitzilopuchtle, aludiendo a la llaga del costado situada a la izquierda de quien la mira, que tanto punzó como espina al apóstol Santo Tomás por su incredulidad &. Dos cosas son aquí dignas de notar; la primera que el ídolo que veneraban con este nombre no tenía espina, ni llaga a la izquierda, ni a la derecha; la segunda la ingeniosidad de nuestro autor; porque reflejando sin duda en que la imagen del Señor Crucificado de Chalma, como casi las más que representan a nuestro Redentor muerto en la cruz, no tiene la herida en el lado izquierdo, sino en el derecho, para que no se desvaneciera su disparatada alusión con sólo este argumento, ocurrió a él diciendo: que el señor que tiene la espina a la izquierda no quiere decir en su lado siniestro, sino a la izquierda de quien le mira; que vale tanto como querer probar, que Borunda es zurdo, porque escribe con la mano izquierda, en atención a que la mano derecha de Borunda está a la izquierda de quien le mira. No hay que admirarse; el santo Cristo de Chalma es también el dios del estiércol, o de la basura Tlacolteutl, porque es el que limpia las conciencias de los indios que allí se confiesan. Nunca acabaríamos si quisiéramos referir uno por uno los desconcertados sueños del autor, ni podemos hacernos cargo de todos, ni sería razón ocupar más la respetable atención de vuestra excelencia ilustrísima en éstas; que por más que quisiéramos moderar las expresiones no hallamos otras que las signifiquen sino las de locuras.

Cuarta proposición

Pasemos ya pues a la cuarta proposición que aunque asentada con variedad en los apuntes y sermón del predicador, se reduce en sustancia a que la imagen Guadalupana representa el misterio de la encarnación.

A consecuencia y para prueba de esta se producen las blasfemias y desatinos, de los que hemos apuntado algunos, indicaremos otros. Aquí entra el blasfemo raciocinio del Talpilli de que hablamos al principio: que la imagen representa una mujer embarazada; que la fimbria, o parte de túnica que fluye sobre sus pies, significa el almaizal, y éste las Sagradas Escrituras; que el color moreno del rostro significa también la encarnación y pasión de Jesucristo; que los tres frasismos con que los mexicanos explican la virginidad, dan a entender que María Santísima es virgen antes del parto, en el parto, y después del parto. Maravilloso descubrimiento, de que se sigue que usando los mexicanos de estos frasismos para denotar cualquiera doncella, toda la que lo fuere será virgen antes del parto, en el parto, y después del parto; y es menester no olvidarse que la joyuela que la Virgen trae al cuello es diamante, según el lapidario Borunda. Sigamos las alusiones, apuntándolos sólo por mayor. La luna que pisa la virgen representa su aspecto de tercer día de nueva, y está de color de tierra oscura para significar el eclipse solar a la hora del medio día de la muerte del redentor, que es la era regional de los indios. Portentosa fecundidad de herrar, dando a luz en una sola cláusula más yerros que palabras. La muerte del redentor acaeció en plenilunio y no al tercer día de luna nueva, la Luna no fue la eclipsada u oscurecida; y lo que es más habiendo sido el Sol el que se cubrió de tinieblas por el eclipse, la imagen Guadalupana está vestida de él, rodeándola sus rayos que manifiestan esplendor y lucimiento. El infantito que está bajo de la luna significa la estatura mediana de los indios que en la época de la muerte del Redentor sucedieron a los gigantes destruidos entonces; significa también por sus alas la rápida incorporación de la Iglesia reciente mexicana con la antigua, y (¿qué querrá decir esto?) la rápida incorporación de la antigua naciente Iglesia mexicana con la fe de la encarnación y pasión de Jesucristo; significa también ese infantito que la Iglesia entonces tierna y siempre joven durará hasta la consumación de los siglos; significa también los tres colores de sus alas las prerrogativas de la Iglesia; la túnica significa las Escrituras. Si más se apura la materia hemos de encontrar en la imagen a Borunda escribiendo claves y al padre predicando sermones. La corona de la Virgen significa la pasión de Jesucristo, porque corona en mexicano se dice de tres maneras; o huitzinauac cerco de espinas, o xiuitsolli pegamento de la espina del año alusivo al año de la muerte de Jesucristo o tlatocoyolt o nombre de la tierra tratada hasta el tiempo de la conquista de teotlixconahuac corona de la frente del Señor, por haber quedado aislada en el terremoto de su muerte. ¿Se creería esto sino se leyera? Si porque corona en idioma mexicano se explicó con dichas tres palabras que sazonadas por nuestro historiador significan tan grandes cosas, lo mismo significan sin duda la corona del Gran Turco, o la del rey de Prusia. Corone la obra de oro de las significaciones de nuestro simbólico historiador y de nuestro predicador alegórico el imponderable párrafo tan lleno de graciosos disparates, como tejido de recónditas, abstrusas y estrafalarias cláusulas, en que Borunda prueba con una de sus alusiones del sentido compuesto que la imagen Guadalupana representa el misterio de la encarnación. Copiaremos a la letra este párrafo que merecía estar grabado en las puertas de todas las casas de locos como la insignia más propia de la demencia.

«Por el mismo contexto de aquel escritor en que refería el tercer modo o frasismo de la tradición como compuesto de ix, es manifiesto el honor de impresión que se cometió en él, inmutando esta sílaba en la de ich, que reducida a ix resulta aquel omixiuiliutzino significativo de la a quien reverencialmente otro descubrió en su secreto iluitzino, que había de parir mixiui, o el alto misterio de la encarnación del verbo divino, revelado por el arcángel San Gabriel y representado por símbolos nacionales en tan insigne imagen. El mismo frasismo omixiuiluitzino es común para significar la que descubrió el secreto iluitzino de parir mixiui, usándose hasta hoy la singular hierba que facilita los partos, conocida por suapatli, medicamento patli, de mujer suatl; y concordando la ceremonia preliminar al desuelle de la mujer que representaba a la teteuinnan, de acompañarla gran número de las de su sexo, especialmente medicas y parteras y etcétera.»

Pero basta ya señor excelentísimo de fatigar la atención de vuestra excelencia con la relación de tantos y tan desconcertados delirios. Es verdad que por muchos que sean los que hemos trasladado aquí, son muchísimos más los que contienen la Clave historial y el sermón. Nos contentamos con sólo haber manifestado al león por sola una uña, y ya es razón llegar por último al punto capital de nuestra censura. Ésta no depende ni está ligada a la verdad de cuanto hasta aquí hemos expuesto, porque aunque todo lo dicho no fuera cierto y evidente, como lo es, aun cuando la clave borundiana fuera un invento ingenioso y verosímil, el sermón del padre Mier era digno de la censura que vamos a explicar.

Supóngase por ahora como verosímil que Santo Tomás vino a predicar a estos reinos; supóngase que tiene algún fundamento su identidad con Quezalcóhuatl; permítase que las alusiones, símbolos, jeroglíficos y resultados que como dice Borunda instruyen las piedras y el idioma, no fuesen sueños, delirios, blasfemias y errores, sino un ingenioso y probable sistema; aún en estas falsísimas suposiciones el sermón que predicó el padre doctor Mier próximo pasado en el día de la aparición Guadalupana debe ser proscrito por vuestra excelencia ilustrísima por contener doctrina escandalosa, que perturba la piedad y devoción universal de esta América, e impugnando una tradición la más autorizada, y publicando en el púlpito supersticiosos e inauditos milagros.

Y comenzando por esto último es expresa la decisión del sacro santo Concilio de Trento en la sesión XXV bajo el título de Invocat Sanctorum, en el que expresamente manda: Que los obispos cuiden y velen, que no se admitan ni publiquen nuevos milagros sin su conocimiento y aprobación: nulla etiam admitenda esse nova miracula nice eodem recognocente et approbante Episcopo. Concuerda la decisión de Inocencio 3º que se halla en el Concilio General Lateranense, y está inserto en las decretales en el capítulo II bajo el titulo XLV de Reliquis et Veneratione Sanctorum, en la que terminantemente se manda que los prelados no permitan que los que concurren a sus iglesias para venerar a los santos y a sus reliquias sean engañados con ficciones y falsos documentos: Proelati vero non permittant eos qui ad eorum ecclesias causa venerationis accedunt, variis figmentis, aut falsis documentis decipi.

Es muy claro este punto y no necesita confirmarse con decisiones conciliares y pontificias autoridades y razones. Milagros nuevos, esto es, que nuevamente se publican o refieren, aunque se digan hechos en tiempos muy antiguos, necesitan para publicarse del reconocimiento y aprobación del obispo. ¿Mas que ha hecho el padre Mier? Él ha engañado al pueblo con falsos documentos y ficciones, y él ha publicado en el púlpito multitud de milagros que ni la silla apostólica ni vuestra excelencia ilustrísima, ni sus dignos antecesores, ni el común consentimiento de los fieles, ni historias fidedignas han aprobado por tales, ni se habían oído hasta el día. Numeremos algunos: Santo Tomás apóstol se desaparece volando desde la América hasta Coromandel; (vendría también desde la Asia hasta aquí volando) María Santísima viene en carne mortal desde la Asia hasta América y se regresa; no se nos dice cómo pero sin duda sería también por ministerio de ángeles; estando en Tula se aplica la capa de Santo Tomás y amoldándose a ella se estampa; los indios apostatas pretenden destruir la imagen y no lo consiguen, aunque la deslustran; Santo Tomás retirándose de Tula por la apostasía de los tultecas guarda en cuevas la imagen de Guadalupe y las tres de los Remedios, de la Macana y la Conquistadora de Puebla oculta también la imagen del Santo Cristo de Chalma y algunas cruces prodigiosas que han aparecido después; los primeros españoles intentaron retocar la imagen Guadalupana y no lo consiguen. Y he aquí, pasando en silencio otros prodigios que refiere Borunda más de una docena de sucesos milagrosos. Los más de ellos los publica el padre Mier en su sermón como historia genuina y verdadera; trata a los historiadores guadalupanos y aun a todos cuantos han escrito historias de esta América ya de desidiosos, ya de equivocados, y ya de ignorantes; y engañando al pueblo con ficciones en materia la más sagrada, alega no sólo documentos falsos, sino que canoniza por monumento histórico de sucesos muy principales desde la creación del mundo hasta la encarnación del verbo divino, la piedra que está en la universidad, y mucho más la que está al pié de la torre nueva de la catedral, soñando ver en esta última profecías singulares.

Y si este sólo capítulo bastaba para condenar el sermón del padre Mier, cuánto debe agravarse la censura por la doctrina escandalosa y temeraria que contiene, ofensiva de los oídos piadosos y perturbadora de una devoción sólida, y pía creencia establecida universalmente en todos los fieles de la América. En efecto el padre impugna y combate, con pretexto de que la exalta, una tradición respetable y tan autorizada como después diremos. La tradición constante y que se expuso a la silla apostólica en el libelo suplicatorio presentado al sumo pontífice Benedicto XIV asienta; que apareciéndose por la cuarta vez María Santísima al indio Juan Diego, y tomando en sus divinas manos las flores que el mismo por orden de la señora acababa de cortar en el estéril peñasco cerro de Tepeyac las puso en la manta de Juan Diego, encargándole que las llevase al electo obispo señor Zumárraga sin mostrar antes a ninguno otro; que los familiares del obispo desenvolviendo con violencia la manta vieron en ella rosas, pero sin poder discernir si eran naturales, o sólo bordadas en ellas; que al fin a presencia del obispo desplegó Juan Diego su manta o tilma, y cayendo en el suelo las rosas apareció entonces pintada en la misma tilma la imagen cual hoy la veneramos. ¿Qué cosa más contraria a la sustancia de este milagroso suceso, que negar que María Santísima se estampó, o pintó en la manta de Juan Diego? Negar esto en la sustancia, en el modo, en el lugar, y el tiempo, afirmando: que ni se pintó entonces la imagen, ni a las faldas del Tepeyac, ni se pintó en el modo dicho, ni se pintó en la tilma del indio neófito, sino mil quinientos años antes, en la antigua Tula, en la capa de Santo Tomás y sirviendo de molde el cuerpo mortal de María Santísima, ¿es exaltar la tradición, o es impugnarla en todo? Pues que, ¿se exalta la verdad cuando se niega con el pretexto y la invención de hechos más prodigiosos? La verdad como dicen los filósofos consiste en indivisible, y tanto la contradice y la impugna el que le añade algo, como el que le quita. No exaltaría el verdadero hecho de la institución eucarística el que heréticamente afirmara, que Jesucristo había consagrado en vez de un pan común, un pan amasado por ministerio de ángeles. Ni dejaría de ser un hereje, el que pretextando, que exaltaba el amor de Jesucristo en su muerte, afirmara, que no había muerto pendiente en la cruz por tres horas, sino quemado vivo por espacio de un año. No nos detengamos en esto porque es evidente, que Borunda y el padre Mier han combatido y impugnado la tradición. ¿Pero qué tradición?

Si habláramos con otro, que no fuese vuestra excelencia ilustrísima deberíamos difundirnos en este punto como el más importante, para hacer ver el alto grado de credibilidad piadosa en que está colocada esta tradición. Pero si la sabiduría, la juiciosa crítica, y la sólida piedad de vuestra excelencia ilustrísima nos excusan el trabajo de un largo discurso sobre esta materia, la censura que nos ha confiado nos obliga a decir algo a cerca de ella. Y asentando desde luego que la tradición Guadalupana inferior a la divina y apostólica pertenece a la clase de las tradiciones eclesiásticas consideremos muy en breve el lugar tan distinguido que ocupa entre éstas; y para graduarla, confrontémosla con la sabia regla que en muy pocas palabras da el grande Vicente Lirinense, para discernir las verdaderas tradiciones. Habla este grande teólogo de las divinas y apostólicas y enseña conforme a la doctrina de San Agustín, que aquellas verdades no contenidas en las Escrituras y cuya creencia no debe su origen a las decisiones pontificias y conciliares, si se hallan establecidas en todo tiempo, en todas partes, y por el consentimiento de todos, pertenecen a las tradiciones divinas y apostólicas: quod ab obnibus, quod ubique, quod semper retentum est. Tres notas, o caracteres que con la debida proporción se ven resplandecer en la tradición Guadalupana. Quod semper. Doscientos sesenta y tres años han corrido desde la aparición milagrosa de Guadalupe hasta el presente y desde entonces se halla establecido el culto de la imagen y creencia del milagro. Cuál y cuánta ha sido ésta en este último siglo no hay para qué decirlo, cuando lo publican hasta las piedras y los bronces; cuál fue en el siglo anterior lo demuestra la información jurídica recibida el año de mil seiscientos sesenta y seis por orden del venerable deán y cabildo de esta santa Iglesia y comisionados para ella como jueces cuatro capitulares de la misma. Información, en que testifican de común acuerdo el milagro y la creencia de los años anteriores más de veinte testigos y entre ellos personas de ochenta, de ciento y de más años, que recibieron esta verdad de los mismos que vivían al tiempo del milagro, y lo supieron de los sujetos por cuyo medio lo obró Dios. Información presentada primero a la silla apostólica en la Congregación de Ritos el año de 1666 como atestigua Anastasio Nicoseli en su relación impresa en 1681; Información, a que dio motivo la anterior solicitud que en año de 1663 hicieron los señores virrey y arzobispo, cabildos eclesiástico y secular y todas las religiones pidiendo al señor Alejandro VII que el día doce de diciembre fuese festivo en todo el reino, y se rezase generalmente en memoria de dicho milagro en toda la Nueva España. Información, a que habían precedido las historias escritas por Miguel Sánchez impresas en 1648 y la del bachiller Luis Laso de la Vega escrita en idioma mexicano y dada a luz en el siguiente de 1649. Y si retrocedemos hasta los años anteriores a éstos, bien sabido es el culto y creencia de este milagro por los años de 1629 de la memorable inundación de México. Más cerca del origen, consta, por papeles de la Ilustre Congregación de Guadalupe, el culto de esta milagrosa imagen por los años de 1573 ó 74, que paran en el Archivo de la Colegiata, que he visto yo el penitenciario, y quien (volviendo más hacia atrás) tengo también en mi poder la escritura otorgada en 1562 de imposición de cierta cantidad de reales que Martín de Aranguren mayordomo que había sido del señor Zumárraga recibió a censo sobre sus casas, perteneciente (dicha cantidad) a la ermita y bienes de Nuestra Señora de Guadalupe. La perpetuidad constante de esta creencia desde su origen, si se quiere aún mayor prueba, la atestigua con moral certidumbre la antiquísima relación copiada por don Fernando de Alva muerto antes del año de 1650, y nacido por los de 1570, o poco más. Este asegura que trasladó dicha relación de unos papeles muy antiguos y curiosos de un indio, lo que evidencia que la relación se escribió muy pocos años después de la aparición. Y cuando no bastase (que sobra) el testimonio del laboriosísimo y eruditísimo padre Florencia que vio y tuvo en su poder esta copia añádanse Sigüenza, Miguel Sánchez y Luis Becerra Tanco, testigos no menos fidedignos que escribieron por esta antiquísima relación. Argumentos todos invictos de la perpetuidad de esta creencia, a quien no se descubre otro origen ni principio, que el del mismo milagro y el tiempo en que se obró, sin que se sepa que en algún año no se creyó, o que empezara en otro, que no sea el de 1531. Primera nota de la tradición: quod semper, y de una tradición común y universal: quod ab omnibus no sólo del pueblo, difundida no sólo por el vulgo, sino apoyada por los sabios y piadosos prelados en todas las provincias de esta América, y especialmente por los de esta iglesia metropolitana; sostenida por las historias, sermones y libros de piedad, que han escrito hombres literatos de todas las religiones; autorizada por la protección devota de los excelentísimos señores virreyes. En pocos términos: Los señores arzobispos y obispos, con todos los eclesiásticos, seculares y regulares, los señores virreyes y magistrados, la nobleza y la plebe, mujeres y hombres, viejos y niños, todos han tributado a este milagro el culto y la veneración más sólida y tierna. ¡Pero qué gloria, excelentísimo señor, para la sagrada mitra mexicana que dignamente ciñe las ilustres sienes de vuestra excelencia ilustrísima, haber sido ella siempre el más firme apoyo de este culto! No hablemos ahora de este siglo y medio último en que tenemos a la vista y tocamos casi con las manos los muchos y sólidos monumentos del empeño, con que los señores arzobispos de esta metrópoli han promovido la devoción Guadalupana. Y reduciéndonos sólo al primer siglo, desde el primer año de su aparición, puede con toda verdad afirmarse: que cuando se perdieran todas las historias, todos los escritos, los monumentos todos de la tradición Guadalupana, quedaría ésta sobradamente autorizada con sólo los fastos de la Iglesia mexicana y de los prelados que la gobernaron en dicho primer siglo. Ocho de estos sagrados varones se cuentan desde el año 1531 de la aparición hasta el de 1631, y omitiendo al ilustrísimo señor Bonilla, que no llegó a tomar posesión de esta mitra, todos los demás nos dejaron un piadoso monumento de su amor a María Santísima de Guadalupe. El señor Zumárraga dio principio con sus expensas a la fabrica de la primera ermita, que se le levantó; la perfeccionó el señor Montúfar; el señor Moya y Contreras pone en corriente la dotación de huérfanas fundada en aquel santuario; y para que en ningún tiempo estuviera sin ejercicio la devoción de la Iglesia mexicana hacia esta imagen, en la vacante que hubo desde la muerte del señor Moya y después de la presentación del señor Bonilla hasta el gobierno del señor don fray García de Santa María y Mendoza, nuestro venerable cabildo amplió el pequeño templo de Guadalupe celebrando con asistencia del excelentísimo señor virrey Real Audiencia y Tribunales allí mismo esta reedificación; sucedió el expresado señor don fray García de Santa María que se hizo admirable entre otras cosas por su aprecio hacia la portentosa imagen, y a cuyo ejemplo trataron los mexicanos edificarla una nueva iglesia. Comenzó ésta a levantarse en el gobierno del excelentísimo e ilustrísimo señor don fray García Guerra y se dedicó y bendijo por el ilustrísimo señor Pérez de la Serna en el año 1622; reparó esta misma iglesia el señor Manzo y Zúñiga, y restituyó a ella la imagen Guadalupana, desde nuestra catedral, que por causa de la inundación del año 1630 se había conducido a esta catedral. Siglo dichoso, siglo verdaderamente guadalupano, el que corrió desde el año 1531 en que se apareció la imagen hasta el de 1631. Y siglo no menos glorioso para nuestra imagen por los cultos que en él recibió, que honroso para los prelados mexicanos que se lo tributaron. No ha sido vuestra excelencia inferior a sus gloriosos predecesores en esta parte. ¿Pero qué sabemos si aquel dios que permite muchas veces los males y se vale de ellos como ocasión para hacer muchos bienes y que del fondo de las más densas tinieblas hace salir las más brillantes luces, qué sabemos si este gran dios habrá permitido el público desvarío con que se desfiguraba la tradición del milagro guadalupano para proporcionar al celo y piedad de vuestra excelencia ilustrísima la oportuna ocasión de confirmar más y más el portento y creencia, interponiendo a este fin su respetable autoridad? Nada más necesitábamos nosotros, para demostrar la universalidad, segunda nota de esta tradición, Quod ab omnibus. Pero cómo podremos pasar en silencio una circunstancia que la realza, y hace ver, cuan unánime y firme ha sido el consentimiento de los fieles en esta creencia. Porque quien no se admira, cuando considera atentamente que habiendo la severidad de la crítica, que declina tal vez en el escollo de la temeridad huyendo el de la crédula superstición, atrevídose a poner en duda las más respetables tradiciones, acordada y tímida a vista del portento guadalupano le ha tributado, por lo menos, el culto de un respetuoso silencio. Y sin hablar ahora de otras piadosas tradiciones, ¿acaso ha respetado la atrevida crítica no ya de los herejes, sino de algunos católicos, para no ponerla en duda en públicos escritos, la verdad de la traslación de la Santa Casa de Loreto? ¿Ha respetado la tradición célebre, sólida y digna de la más piadosa creencia de la aparición de María Santísima al apóstol Santiago en las orillas del Ebro, y del singular don que hizo a la España de su imagen y del pilar sobre el cual se venera en la ciudad de Zaragoza? Injusta y atrevidamente, pero han impugnado una y otra en públicos escritos aun doctores católicos. Mas la tradición Guadalupana, a manera de un sol en el medio día mas sereno, cuyas luces no se atreven a opacar los densos vapores de la tierra, brilla y resplandece en el orbe de la iglesia, sin que hasta ahora se haya atrevido una terrena crítica a levantar abiertamente nubes sospechosas, que la confundan. ¿Y esto en qué tiempo? puntualmente en este último siglo en que perdido todo el respeto y veneración que se debe a la Iglesia y a sus piadosas tradiciones, desenfrenada contra ellas la erudición soberbia del espíritu filosófico, se califican las tradiciones piadosas por errores vulgares, y la creencia de casi todos los milagros de supersticiosa credulidad. Corre sí, o por mejor decir vuela, en alas de la piedad y con las plumas de escritores piadosos, no sólo por toda la España (que casi compite con nuestra América en el culto de nuestra imagen y en la creencia de su aparición) sino por Italia y Francia, por Austria y Alemania, por Baviera y Bohemia, por Polonia y por Nápoles, por Flandes, Irlanda y Transilvania. En todos estos países se venera la imagen Guadalupana de México; en todos corren y se leen relaciones impresas; en Roma y Alemania se describe con toda puntualidad este portento; mas hasta ahora no ha habido italiano o francés, alemán o polaco, no ha aparecido hasta ahora escritor alguno extranjero o nacional, que haya osado impugnar públicamente esta maravilla. Admirable providencia de Dios que tanto se ha esmerado (permítasenos esta expresión) en que se propague esta piadosa creencia, reprimiendo tal vez y dejando sofocados en los senos más ocultos de algún crítico sus sospechas y dudas. Y podrá haber alguna, en que esta tradición está caracterizada con la nota de universal. Quod ab omnibus.

Y ya con esto queda también demostrada la tercera nota de ser ésta una tradición de los fieles de casi todo el mundo católico. Si las dos Américas se pueden llamar la mitad de él, si España y Italia componen su más floreciente parte, ¿en cuál de todas ellas no se venera esta tradición? y si ella no ha sido extranjera, como ya expusimos, en los demás países católicos, ¿qué resta ya para concluir que le conviene la otra nota de difundirla, por todo el mundo? Quod ubique.

Ni podía faltar la uniformidad a una tradición de esta clase. Ésta es como enseñan los doctores católicos la nota, que más caracteriza la verdad, ya sea la infalible de los artículos de nuestra fe, ya sea la moral, objeto de una piadosa pero digna creencia. La mentira es inseparable compañera de la variedad; y la verdad siempre se sostiene en la uniformidad. Este poderoso invicto argumento que tanto ha confundido a los protestantes es (hablando con la debida proporción) el más eficaz, para probar la verdad del milagro guadalupano. Doscientos sesenta y cuatro años ha que se creó este portento, que se escribe, que se pinta en lienzos y láminas, y que se graba en bronces y mármoles; pero siempre se ha creído como se ha escrito, se ha escrito como se ha pintado, se ha pintado como se ha gravado: que María Santísima después de haberse aparecido cuatro veces al feliz neófito Juan Diego apareció pintada en la tosca tilma del mismo a presencia del señor Zumárraga; esto es lo que han creído los fieles, lo que han escrito los autores, lo que los pintores han trasladado al lienzo y lo que nos han puesto a la vista los grabadores y escultores.

Ninguna otra cosa podía exigir la más severa crítica para graduar esta de una tradición eclesiástica y verdaderamente universal de la América, y casi universal de todo el orbe católico; pero la piedad no se contentaba aun con esto, y Dios en honor de su madre y de su imagen de Guadalupe llenó los deseos de sus devotos dando el último y mayor realce a esta tradición. Es notorio el empeño con que este cabildo mexicano uniendo sus votos a los del señor Escobar y Llamas obispo de la Puebla virrey de México y gobernador de su arzobispado, a los de la nobilísima ciudad y de todas las religiones pidió en 1663 al señor Alejandro VII la misa y rezo propio relativo a la aparición Guadalupana para el día doce de diciembre. Es igualmente notoria la solicitud sobre esto mismo que repitió en 1667 acompañando la célebre información que en 1666 se recibió con la mayor solemnidad previa citación fiscal y aprobada por el cabildo sede vacante remitida a Roma en el siguiente de 67. Pero no es menos sabido que a pesar de una postulación tan bien fundada, de los esfuerzos de los apoderados en la curia, y del interés que tomó en el particular el eminentísimo señor cardenal Julio Rospilliozi, ni en 63 se impetró la gracia, ni el de 67 aun ocupando el solio pontificio con el nombre de Clemente IX el expresado cardenal protector. La empresa decía este eminentísimo, en carta escrita al magistral de la Puebla de los Ángeles el señor Peralta es muy dificultosa y no será fácil la consecución de lo que se pide. En iguales términos se explicó, siendo ya sumo pontífice por el año de 67 ponderando la dificultad de la postulación. Sepultóse, pues, en el silencio y olvidando este punto por espacio de ochenta años se excitó el heroico celo del padre Juan Francisco López de la Compañía de Jesús, el que pasando a Roma como procurador de su provincia impetró del sumo pontífice Benedicto XIV el oficio y misa propia de la aparición. Quien examinare en las balanzas de una juiciosa crítica el peso y autoridad que dio a la aparición Guadalupana esta gracia, no podrá menos que confesar, que toca en la raya de la temeridad, quien contradice a esta piadosa creencia. Examinarse el milagro una y dos veces por la sabia congregación de ritos con todo el rigor y severidad que acostumbra; calificarla digna, de que se celebre con misa propia, y que se lea en todas las iglesias y por todos los fieles de Nueva España en los sagrados fastos del divino oficio, haciéndose expresa mención de ella en las lecciones del segundo nocturno, aplicándola un pasaje el más alusivo a este favor en el tercero, y elogiándola en algunas de sus antífonas; especialmente en aquella en que haciéndose una comparación de la América con todos los demás países del mundo resuena por todo él desde el alto solio del Vaticano que María Santísima no ha hecho gracia, semejante a la que se dignó conceder a México, a alguna otra nación. Non fecit taliter omni Nationi ¿No convence que nuestra tradición ha subido casi hasta el último grado de piadosa credibilidad? ¿Y cuándo y por quién se concedió esta singular gracia? A los dos ciento veintitrés años de aparecida María Santísima en México, siendo así que en más de quinientos años no pudo conseguirlo la piedad italiana para la Santa Casa de Loreto, ni la de España en más de mil setecientos para la milagrosa imagen de María Santísima del Pilar de Zaragoza. ¿Y no parece que para cerrar enteramente los labios a la osada crítica disponía Dios que esta aprobación, por medio del oficio y misa propia, la hiciese aquel pontífice, cuya sabia erudición en materia de milagros y cuya severa circunspección en calificarlos manifestada en sus inmortales escritos ha puesto a la curia romana y a la santa silla ha cubierto de las mordaces sátiras de los herejes en esta materia? Un pontífice pues, que a la autoridad de supremo pastor y cabeza de la Iglesia añadía la que le daban su profunda sabiduría, su universal erudición y su severa crítica, no contento con los sabios dictámenes de la sagrada congregación todo lo examinó por sí mismo; leyó cuantas historias y papeles llevaba consigo el padre López; confirió con él muchas veces esta materia, y llegó a persuadirse tan íntimamente de la verdad de este milagro, que el mismo (si se cree al autor de la relación del culto de la real congregación Guadalupana sita en Madrid) compuso la oración para la misa y el oficio. Lo que no admite duda es la tiernísima cordial devoción que profesaba el señor Benedicto a la imagen mexicana de Guadalupe, devoción que explicó en términos los más afectuosos, cuando instándole humilde, pero eficazmente el padre López a que en la oración se hiciese, como se hace en las lecciones, expresa mención del milagro, le respondió (no teniendo a bien condescender en esta parte con su súplica) el Santo Padre, que más he de concederte de lo que le has conseguido; te aseguro que he hecho más por los mexicanos y en obsequio de la imagen Guadalupana que por los italianos en honor de la Santa Casa de Loreto.

En vista de esto no puede menos, que calificarse de escandalosa y perturbadora de la sólida piedad la doctrina que contiene el sermón del padre doctor Mier. En efecto no puede ponderarse la conmoción que ella ha causado no ya en el pueblo y rudo vulgo; sino entre los más sabios, la ridícula soñada aparición que publicó. Pero si estos se escandalizan despreciándola, podría sin duda causar otro género de escándalo más nocivo en el pueblo menos instruido. Éste que no distingue las tradiciones piadosas de las divinas, éste que en la común y antigua creencia de sus padres y mayores encuentra uno de los argumentos más eficaces de la credibilidad de los misterios de la religión, los que llegan a sus oídos por el órgano de los predicadores en los púlpitos, y a quien en cierta manera se le sensibilizan por medio de las festividades sagradas con que se celebran; este pueblo, digo, quedaba expuesto a caer en el error más grosero, inducido de este sermón; porque formando un discurso, bien que falso pero de mucha fuerza para unas vulgares luces diría, o podría decir: doscientos y más años ha que se nos predica que María Santísima nos dio su imagen pintada en la tilma del indio Juan Diego, esto han creído nuestros padres, esto se escribe en los libros, esto protestamos en nuestras piadosas oraciones públicas y privadas, esto celebra la misma iglesia en la santa misa, esto nos dicen no sólo nuestros curas sino nuestros obispos, esto veneramos pintando en los lienzos que penden de las paredes de los templos y de las casas, y después de todo; esto es mentira. Así lo ha dicho y predicado en la fiesta más solemne un ministro del Señor, a presencia del mismo excelentísimo señor arzobispo pastor de nuestras almas, oyéndolo el excelentísimo señor virrey, los más respetables Tribunales y un numeroso pueblo; luego es mentira o por lo menos dudoso lo que por tantos años hemos creído acerca de este milagro. Pues qué sé yo se diría, si será lo mismo de cuanto nos enseñan acerca del misterio de la Trinidad, de la encarnación, y etcétera. El discurso sería falso, no hay duda; ilegítima y mala también la consecuencia; pero a ella induce el sermón del padre Mier, como inducen aunque por medio de discursos falsos y malas consecuencias a errar contra la fe todas aquellas doctrinas, que sin ser heréticas, son escandalosas, temerarias, y perturbadoras de la sólida piedad.

Esto sin duda tuvo presente el Tribunal Santo de la Inquisición general de España para prohibir por su decreto de 28 de agosto de 1720 cierto papel impreso intitulado: Examen de la Tradición del Pilar. Este decreto se halla copiado en la disertación del padre fray Manuel Risco continuador de las obras del reverendísimo padre fray Enrique Flores en el tomo XXX de España Sagrada y es del tenor siguiente: «Nos don Diego de Astorga y Céspedes y etcétera. Hacemos saber que se ha difundido un papel impreso en diez hojas cuyo título es Examen de la tradición del Pilar cuyo asunto es negar la tradición de la venida de la santísima virgen María Nuestra Señora de Zaragoza, el cual papel contiene muchas proposiciones contrarias a los decretos pontificios, irreverentes a los piadosos decretos del rey nuestro señor y de sus gloriosos progenitores, expedidos en favor de la piedad de esta tradición, injuriosas a gravísimos autores españoles y extranjeros, arrojadas y presuntuosas; depresivas del honor de nuestra nación, y que entibian y retraen de la piedad y religión con que los españoles y extranjeros veneran aquel santo templo, y del culto que dan a María Santísima en su santa capilla, excitativas de emulaciones entre personas y comunidades eclesiásticas respectivamente. Y poniendo en duda el autor de dicho papel la venida del apóstol Santiago a España, contraviene también a lo decretado por el Santo Oficio en el índice expurgatorio del año 1707 en que mandó borrar la proposición de la misma duda en las obras de Lorino. Y habiéndose tratado y conferido este negocio con pleno conocimiento con los señores del consejo de su majestad de la santa general Inquisición, y con muy graves teólogos y calificadores, se ha hallado que demás de las censuras referidas, el asunto y cuestiones de dicho papel se desvían del dictamen de los preceptos apostólicos, que prohíben la ciencia de inflación y inútil curiosidad con tenacidad del propio juicio, y sin debido rendimiento a los verdaderamente sabios, y al de no sentir con unánime afecto y caridad las cosas que inclinan y persuaden al favor de la devoción, religión y piedad. Y por cuánto es de nuestra obligación promover la devoción y piedad de la referida tradición de Nuestra Señora del Pilar, con acuerdo y parecer de los señores de dicho Consejo de su majestad prohibimos dicho papel intitulado: Examen de la tradición del Pilar. Y mandamos poner y ponemos perpetuo silencio para que nadie pueda escribir contra dicha tradición; antes sí permitimos y damos facultades a los escritores, para que en sus obras siempre que llegase artículo en que oportunamente se pueda tratar de la dicha tradición, escriban en su apoyo con todos los fundamentos que hallaren conducentes. En testimonio de lo cual mandamos dar, y dimos el presente y etcétera. El arzobispo de Toledo, inquisidor general.»

En el mismo año a los ocho días de marzo el católico y piadoso rey Felipe Quinto dio igual testimonio al de la Inquisición por su soberano decreto que es a la letra como sigue: «habiéndose publicado un libro en cuarto cuyo título es: Historia de España parte sexta; impreso en Madrid por Francisco del Hierro este presente año, se hallan puestas en el principio de este tomo antes del argumento principal de él tres hojas, en las cuales entre otras cosas se intenta hacer incierta la Historia de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, que por tradición piadosamente se cree, y devotamente se testifica en aquella santa capilla todos los días en la oración que se canta en ella; y siendo muy de mi desagrado, que con impertinentes vanas curiosidades se quiera entibiar la devoción con que España y todas las provincias cristianas veneran aquel santuario; y que se exciten disputas inútiles a que ocasionen escándalo en los ánimos constantemente católicos y ardientemente píos de mis vasallos. Mando al Concejo que luego, luego de providencia para que de todos los ejemplares del libro referido se quiten y supriman las tres hojas primeras de él; y que de ésta mi resolución se despache cédula y se remita al cabildo de Zaragoza para que la ponga y guarde en el archivo como prenda de mi especial devoción a aquella santa y milagrosa imagen.»

A no ser tan clara, y mucho más a la erudición de vuestra excelencia ilustrísima y conocimientos que lo adornan de la historia, la semejanza de las dos tradiciones Cesar augustana y Guadalupana, nosotros haríamos ver, cotejando lo que han escrito los historiadores de la primera y de la segunda que son casi los mismos los fundamentos en que se apoyan. Y valga la verdad si la falta de historiadores contemporáneos es una conjetura tan débil para impugnar la verdad de un hecho constante por la tradición (como demuestran los juiciosos críticos que tratan esta materia) contra ninguna milita menos este debilísimo argumento que contra la Guadalupana. ¿Cuántos siglos pasaron para que las tradiciones francesas sobre el obispado parisiense de San Dionisio, y sobre el arribo de Santa María Magdalena al reino de Francia, se publicarán las historias? ¿Cuántos hasta la primera que refiere el favor de María Santísima del Pilar? Pero por singular beneficio de dios a esta América, apenas había pasado un siglo cuando comenzaron a publicarse impresas en idioma español en 1648 la relación de Miguel Sánchez, en 1649 la mexicana de Luis Laso, en 1660 la del jesuita Mateo de la Cruz, y apenas corrido el siglo y medio salió a luz en Toscano la de Nicoselli. Pero hemos hablado hasta ahora de una época muy atrasada, porque, como demostramos arriba, en los años cercanos a la aparición comenzó ya a publicarse esta por relaciones mexicanas de cuya existencia hay moral certidumbre. La autoridad, pues, que da a la verdad del milagro de María Santísima del Pilar la tradición movió al católico monarca Felipe Quinto y al Tribunal Santo de la Fe en España a las severas prohibiciones que hemos trasladado. Porque en la historia a que se refiere el real decreto se intenta hacer incierta la historia de Nuestra Señora del Pilar, porque ella da motivo a que se exciten disputas inútiles, que ocasionen escándalo en los ánimos constantemente católicos y ardientemente píos de los españoles, manda nuestro monarca católico que se quiten y supriman las tres hojas de aquella historia en que se hace dudosa la tradición. El Tribunal Santo de la Fe condena el otro papel, ya porque contiene proposiciones contrarias unas a los decretos pontificios, otras injuriosas a gravísimos autores españoles y extranjeros, y ya por otras arrojadas y presuntuosas, que entibian y retraen de la piedad y religión con que los españoles y extranjeros veneran aquel santo templo. Un papel, dice este venerable tribunal, que fomenta la ciencia de inflación e inútil curiosidad, con tenacidad del propio juicio y sin el debido rendimiento a los verdaderamente sabios, no sintiendo con unánime afecto y caridad las cosas que inclinan y persuaden al fervor de la devoción, religión y piedad merece una grave censura. Por tanto el señor inquisidor general arzobispo de Toledo con acuerdo y parecer de los señores del Consejo de su majestad de la santa y general Inquisición no sólo prohibió aquel escrito, mas también mandó poner y puso perpetuo silencio para que nadie pueda escribir contra la tradición del Pilar.

El escándalo que dio motivo a estas justísimas providencias aunque muy grave es menor, que el que podía causar el sermón que censuramos. En las historias muchas veces se hecha mano de lo verosímil a falta de lo verdadero; en los papeles críticos es permitido y aun necesario que el ingenio corra por la provincia de lo probable, tropezando tal vez en lo incierto; pero en el púlpito, cátedra divina en que el predicador como ministro de Jesucristo enseña las verdades santas, deben ser éstas el fondo todo de los sermones, a los que si conviene el adorno de la elocuencia y erudición que los hermosee, debe estar muy distante de ellos el afeite de la mentira que desfigure las verdades comúnmente recibidas. De aquí es, que más escándalo recibe el pueblo de una falsa doctrina predicada en el púlpito, (especialmente en las circunstancias de una extraordinaria solemnidad a presencia de un pontífice de la Iglesia de un príncipe secular que representa al rey y de los magistrados y cuerpos más respetables de la República) que de ella misma publicada en una historia, o en un papel critico.

Esta última reflexión, teniendo presentes los fundamentos que hemos expendido, comprendo y justifica el dictamen que hemos formado del sermón del padre Mier, reducido a los dos siguientes puntos, primero: Este sermón (prescindiendo de las censuras teológicas con que merece calificarse en otro tribunal) contiene una doctrina escandalosa ajena del lugar sagrado en que se publicó, injuriosa a gravísimos autores españoles y extranjeros, fomenta la inflación y tenacidad del propio juicio contra los preceptos apostólicos, perturba la devoción, religión y piedad, combatiendo una tradición constante, uniforme, universal, por lo menos era esta América, y calificada como piadosa por la misma silla apostólica.

Segundo: Siendo propio del celo, autoridad y potestad de vuestra excelencia ilustrísima corregir los desordenes, y precaver los abusos que puedan originarse de semejantes doctrinas escandalosas publicadas en el púlpito por los predicadores, juzgamos: Que vuestra excelencia ilustrísima, si su prudencia lo estima por conveniente, mande extender un edicto, o carta pastoral en la que haga saber al pueblo que el sermón predicado en la iglesia de la Insigne Colegiata de María Santísima de Guadalupe el día 12 de diciembre de 1794 es un tejido de sueños, delirios y absurdos, que no tienen otro origen y fundamento, que el de una fantasía alterada, vendiéndose en él por historia genuina y verdadera, vanas y ridiculísimas fábulas, y que por tanto no merecen adoptarse, no ya como doctrina probable, más ni aún como leve conjetura; que con esta ocasión, se exhorta a todos los fieles a que se conserven era la devota creencia apoyada en la piadosa y sólida tradición de que María Santísima madre de Dios y nuestra, habiéndose aparecido al indio Juan Diego se dignó dejarnos para nuestro beneficio y consuelo pintada su celestial imagen en la tilma o manta del mismo Juan Diego, la que se venera hoy en la iglesia de la Insigne y Real Colegiata de Guadalupe. Que a este fin y para que no se perturbe esta piadosa devoción se prohíbe a todos los predicadores seculares y regulares, que puedan predicar contra esta tradición; y antes bien se les exhorta y encarga, que cuando se trate en los púlpitos oportunamente de ella, hablen en su apoyo con todos los fundamentos que hallaren conducentes.

Nos parece, señor excelentísimo, que siendo éste el más oportuno medio para corregir los escándalos y serenar las perturbaciones que ha causado en los ánimos el sermón censurado, es al mismo tiempo una providencia correspondiente a la legítima autoridad de vuestra excelencia ilustrísima a quien toca guardar, conservar y prescribir los medios de distribuir en los púlpitos el depósito de la sagrada doctrina.

Pero habiéndosenos pasado también los papeles del licenciado don Ignacio Borunda, y siendo ellos el origen primero del hecho que ha dado ocasión a este expediente, nos parece propio de nuestro cargo exponer sobre ellos nuestro dictamen; y desde luego estamos persuadidos; que el licenciado Borunda está libre de culpa, y que no hay motivo, para sospechar en él malicia, o siniestra intención, y menos para hacerlo reo del error que contienen muchas de sus proposiciones hijas en parte de su ignorancia de la teología y de la historia eclesiástica, y en el todo de la perturbación de su fantasía. Él, no menos que el imaginario héroe de Cervantes; que impresionado de las ideas caballerescas ya ponía en libertad a las delincuentes que llevaba en collera la justicia; ya en descomunal batalla rompía los cueros del vino tinto, ya acometía la devota procesión de los disciplinantes, creyendo firmemente que en estos hechos, por sí culpables, hacia un grande servicio al mundo todo; él no menos persuadido a que sirve a la santa madre Iglesia católica, a la monarquía y al Estado enristra la pluma y comete mil entuertos teológicos e históricos con la más sana intención. Con la misma (porque no dudamos de ella) hace presente a vuestra excelencia que a los calificadores no les asiste inteligencia en el idioma mexicano, especialmente en los sentidos compuesto y alegórico y los cuales son notorios a las personas juiciosas que por muchos años lo han observado, y lo comprueban las citas de impresos que se apuntan en los mencionados borradores. Éste era ni más ni menos el escudo con que se armaba don Quijote para rebatir a todos aquellos que pretendían desengañarlo de sus disparatadas y graciosas ideas; porque con decirles que no entendían de achaques de caballerías, con añadir cómo lo hizo con el canónigo, el sin juicio es vuestra merced pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan verdadera; lea estos libros y verá el gusto que recibe de su leyenda… daba solución a cuanto se le oponía. No de otra manera nuestro licenciado a cuanto pueda oponérsele sacado de los historiadores responde que éstos no entendían de achaques de los sentidos compuesto y alegórico. Así lo ha creído y lo ha asentado. Y si aquellos sabios historiadores mexicanos peritísimos en el idioma e instruidos más que otros, como más cercanos a la era de la América gentil, nada entendieron de esto, ¿quién habrá entre los que hoy florecen que lo entienda? seguramente ninguno; de lo que inferimos, que a todos comprende la tacha que el licenciado nos ha puesto. Pero para no dejarlo con este escrúpulo será razón decir algo sobre esto.

Y, en primer lugar, no estamos tan desnudos ni somos tan pobres en el idioma mexicano, como nos supone el licenciado Borunda. Uno de nosotros (el magistral) fue por muchos años cura de indios, trató con ellos; lo que basta para que no le sea extranjero el idioma. El otro (el penitenciario) cura también en algún tiempo, hizo un largo estudio de esta lengua, y cree que aunque no la posee para hablarla le bastan los conocimientos que tiene de su sintaxis y el manejo de artes y diccionarios de ella, y de los historiadores mexicanos para discernir el sentido compuesto y alegórico.

Mas a la verdad no es necesario tanto para absolver este escrúpulo. El más ignorante del idioma mexicano puede calificar el sermón del padre doctor Mier y el sistema de Borunda, con sólo una mediana tintura de teología, historia eclesiástica e historia de las Indias. Pues que, para calificar un papel en que dando a los idiomas hebreo, siríaco y caldaico una inteligencia diferente y aun contraria a la recibida por los intérpretes se asentará: que el maná que llovió del cielo eran dulces chirimoyas de la América, que la vara de Moisés era el árbol del chicozapote, que el santo rey David usaba una peluca blonda, y otros iguales desvaríos, especialmente si lastimaban algo las verdades recibidas por la Iglesia; para calificar semejante papel; ¿era menester la posesión perfecta de dichos idiomas? Si los resultados (para hablar con los propios términos del autor) de las interpretaciones borundianas son contrarios a lo que enseñan comúnmente los historiadores eclesiásticos y profanos, a las tradiciones eclesiásticas, y a una sana razón, no es necesaria la inteligencia de los sentidos compuesto y alegórico de la Clave de Borunda, que en su última declaración rehúsa que se llame Clave historial, y hubiera acertado si dijera que ni es historial, ni es clave. Ella no es otra cosa como hemos demostrado, que una confusa colección de ficciones, de absurdos, y de delirios, que contra la fe que se debe al común consentimiento de los historiadores de la América, inventando épocas, y sucesos desconocidos de todos los historiadores eclesiásticos, fingiendo monumentos proféticos, soñando milagros aunque viejos por la era que de ellos se supone, enteramente nuevos por inauditos, que carecen de toda calificación y aprobación superior, mezcla y confunde entre ridículas y vanísimas fábulas una respetabilísima tradición impugnándola y combatiéndola en puntos muy sustanciales. Por todo esto, y sin perjuicio ni ofensa de la jurisdicción y derechos del Santo Tribunal de la Inquisición, que debe también en nuestro juicio tomar conocimiento sobre la clave y el sermón, a vuestra excelencia ilustrísima pertenece no menos conocer, como ya fundamos, del segundo y de la clave, así por la incidencia del sermón, como por los milagros que en ella se asientan. Nulla etiam admit tendal, son las palabras del Santo Concilio de Trento, esse nova miracula… nisi eodem recognoscente et approbante Episcopo, qui simul ataque de iis aliquid compertum habuerit adhibitis in concilium Theologis et aliis piis viris, ea faciat quoe veritati, et pietati consentanea judica verit. Y para precaver toda alucinación o siniestra interpretación sobre la inteligencia de milagros nuevos, los que Borunda establece son tales, no sólo por inauditos hasta ahora y nuevamente publicados, sino también en todo el rigor material; porque si acaso lo fuesen eran milagros actualmente y del tiempo presente. Dice Borunda que la imagen Guadalupana, el Santo Cristo de Chalma y las otras de María Santísima que fueron del tiempo de Santo Tomás se conservan guardadas en cuevas y lugares subterráneos. Y bien, ¿no es milagro que actualmente se obra y se verifica, la actual conservación de imágenes en materias frágiles y deleznables, que cuentan más de mil y setecientos años habiendo estado guardadas cerca de mil y quinientos entre el polvo y la humedad que habrían destruido aun bronces y mármoles? Es pues incontestable, que toca privativamente a vuestra excelencia el reconocimiento de estos nuevos soñados milagros, y que calificándolos, como sin duda los calificará por falsos, es propio de su autoridad determinar lo que juzgue unas conforme a la piedad y a la verdad. A ambas juzgamos que en la presente materia es lo más conforme que vuestra excelencia ilustrísima mande que se retengan los papeles del licenciado don Ignacio Borunda, y que si no hubiesen de pasar a otro tribunal se guarden en el archivo secreto con la nota correspondiente de esta censura; convendrá no menos que vuestra excelencia haga saber y entender a dicho licenciado que por su superior autoridad se ha calificado por ridículo y vano en la mayor parte cuanto asienta tocante a los prodigios y milagros de la nueva Iglesia americana en tiempo de Santo Tomás, y especialmente lo que respecta a las novedades que establece sobre la imagen santísima de Guadalupe; que a consecuencia de esta superior calificación se le amonesta serene su fantasía y deponga las falsas ridículas ideas de su nueva clave, mandándosele con los apercibimientos que hayan lugar, que en lo de adelante ni escriba ni hable como ha escrito y hablado hasta aquí en orden a la imagen de Guadalupe, sino que sujete su dictamen y uniforme su creencia al dictamen y creencia común de los fieles acerca de lo que enseña la piadosa tradición.

Y para evitar cualquiera reparo que pueda ofrecerse sobre la providencia consultada en orden al sermón, hacemos presente a vuestra excelencia ilustrísima; que aun cuando este expediente debiera seguirse por los trámites comunes judiciales y con todo el rigor de una causa criminal, nada falta en el día para que vuestra excelencia pronuncie formal sentencia contra el sermón del padre Mier. Nada más necesita una causa para concluirse en forma, supuestas las demandas de la parte actora, que la audiencia del reo reducida a su declaración, cargos, confesión, y descargos. Todo está evacuado y completo en este expediente. Han pedido contra el sermón del padre Mier el Venerable Cabildo Guadalupano, y la Ilustre Congregación de Guadalupe; ha declarado el padre Mier; ha presentado los documentos que podrían servirle de único descargo; ha confesado ingenuamente que nada sabe ni entiende acerca de ellos porque ignora el idioma mexicano y lo que ha dicho ha sido en la fe de Borunda; ha confesado también su yerro; y retractado la doctrina que predicó, ratificándose en que su retractación es sincera y hecha con plena voluntad. ¿Se necesita más?

Sin duda bastaba mucho menos de lo que hemos dicho para el desempeño de nuestra comisión, y ciertamente no nos habríamos difundido tanto si con un grande dolor de nuestro corazón no supiéramos de ciencia cierta que hay personas en México, que siguen la carrera literaria, o quienes pareciéndoles sublime lo oscuro y extravagante, admirable lo increíble, y medio para exaltar la aparición Guadalupana lo que la destruye y deprime, han visto la clave de Borunda como un plausible sistema, y han aplaudido el sermón del padre Mier como un ingenioso pensamiento. ¿Pero será posible que una tradición uniforme, constante, universal en esta América, de todos tiempos desde su origen, y común a toda suerte de personas; que una tradición apoyada por testimonio aun de autores contemporáneos; que una tradición autorizada por la Iglesia de un modo y por un medio, que casi canoniza el milagro; que una tradición que si se compara con cuantas tradiciones particulares eclesiásticas ha habido podrá tener igual, pero ciertamente ninguna de mayor autoridad; es posible que una tradición tan venerable ha podido menos en el concepto de estos hombres, que la ficción de una persona, tejida, de extravagantes ridiculísimas ideas? Éste ha sido, excelentísimo señor; (ya lo hemos dicho, y lo repetimos) el poderoso motivo que nos ha obligado a difundirnos en nuestra censuras y ojalá que así como en fuerza de ella hemos podido y debido exponer nuestro juicio a cerca del sermón y de la clave, pudiéramos también pedir oportunamente lo que nos parece sobre la opinión que establece la identidad de Santo Tomás con Quezalcohuatl, que se halla en no pocos manuscritos que se guardan y se leen con aprecio por no pocas personas. Si los novelistas no hubieran atestado el mundo de libros de caballería, no hubieran en otros tiempos infatuadose muchos a quienes quiso ridiculizar el ingenioso Cervantes, con su imaginario Quijote. Si el erudito don Carlos de Sigüenza y Góngora no hubiera por desgracia nuestra, imaginado que Quezalcohuatl era Santo Tomás, ni el jesuita Duarte, ni el clérigo N. Autor del Fénix, ni el licenciado Borunda hubieran, copiándose unos de otros, escrito tales extravagancias a las que se puede aplicar oportunamente que erit novissimus error pejor priore. Escribía el padre Duarte por los años de 1686 y como conjeturamos, escribía lo que había leído en los manuscritos de Sigüenza, o lo que había conferido con él; en su obra tenemos las ideas de aquel erudito, y aunque inverosímiles y vanas, podían aun pasar como un ingenioso delirio a que expone aun a los sabios el fuego de una fantasía viva y preocupada de noticias históricas antiguas y oscuras. Siguió a Duarte y desde luego tuvo a la vista sus papeles escribiendo a mediados de este siglo el presbítero que no hemos querido nombrar. ¡Pero qué de gracias desatinadas puso de su propia cabeza; qué de asombros y qué de milagros! Después de todo se conservaba intacta la imagen Guadalupana reservándose para los pinceles de Borunda y del padre Mier que la retocaran para destruirla. Así se propagan las ficciones creciendo siempre más y más y pudiéndose decir de todas, y especialmente de la de nuestro asunto lo que Virgilio de la fama

Monstrum horrendum ingens, au lumen ademptum… vires adquirit eundo.

Así pudiéramos, señor excelentísimo, en vista de estas juiciosas reflexiones, pedir y alcanzar que se recogieran y archivaran en el más profundo secreto los manuscritos en que se ha sostenido la imaginaria identidad de Santo Tomás con Quezalcohuatl, que así han trastornado la cabeza de Borunda, que por medio de éste han precipitado al padre doctor Mier en un profundo abismo, y que en lo sucesivo son capaces de formar mil caballerescos y novelistas historiadores.

México 21 de febrero de 1795.– Excelentísimo señor.– José Uribe. Una rúbrica.– Manuel de Omaña. Una rúbrica.– Excelentísimo e ilustrísimo señor doctor don Alonso Núñez de Haro.

México 26 de febrero de 1795.– Pase esta censura, y demás antecedentes del asunto al doctor don José Nicolás de Larragoiti catedrático de vísperas de leyes de esta Real y Pontificia Universidad y cura del sagrario de nuestra santa Iglesia catedral, a quien nombramos promotor fiscal de esta causa, para que como tal pida y promueva todo lo que corresponda a derecho. Así lo decretó y firmó su excelencia el arzobispo mi señor. Una rúbrica.– Alonso arzobispo de México. Una rúbrica.– Ante mi doctor don Manuel de Flores secretario. Una rúbrica.

 

 El Arzobispo D. Alonso Núñez de Haro y Peralta proveyó auto el 21 de marzo de 1795 en que declaró por falsa, apócrifa, impía e improbable la historia de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que predicó el citado P. Mier, y que por tanto contiene su sermón una doctrina escandalosa, ajena del lugar Sacrado en que se publicó, injuriosa a gravísimos autores españoles y extranjeros, fomenta la inflación y arrogancia del propio juicio contra los preceptos apostólicos, perturba la devoción, religión y piedad, combatiendo una tradición constante, uniforme y universal, por lo menos en esta América y calificada como piadosa por la Silla Apostólica.

Aprisionado y procesado Fray Servando, a los diez días se retractó "por no poder sufrir más la prisión"; sin embargo, Núñez de Haro lo desterró a la Península por el término de diez años, que finalmente se hicieron veinte. Al ostracismo, "desterrado de la Nueva España por un delito sin delito, por una herejía sin herejía", se sumaron la reclusión en el Convento de Caldas, la perpetua inhabilitación para enseñar, predicar y confesar, y la privación de su título de doctor en Teología. Inconforme con la sentencia buscó siempre ser reivindicado y que le fueran devueltas sus licencias de predicador.  En este propósito escribió seis cartas a Don Juan Bautista Muñoz, desde Burgos (España) el año de 1797.

El contenido de las epístolas le ha hecho suponer al historiador Edmundo O’Gorman que Fray Servando jamás escribió a Don Juan Bautista Muñoz y que inclusive la obra de este autor la conoce con precisión, después de que ha iniciado la redacción de las cartas como un proceso de defensa, basado en la simulación epistolar.  La certeza es que las “cartas” contienen controversias respecto del Nican Mopohua no frente a la esencia de la “Aparición”, sino, únicamente en relación con aspectos de la interpretación de la historia y tradición guadalupana.

El fraile hizo constantes reclamaciones contra el Arzobispo Núñez de Haro y manifiesta su desdén contra los ignorantes sacerdotes europeos a quienes acusa de enemistad por envidia a sus cualidades de orador sagrado no español, mexicano, y a quienes no les reconoce autoridad intelectual en su papel de defensores de los intereses de la monarquía y de la tradición canónica de la iglesia.

De manera dramática, el cambio en la función del letrado se percibió en la comprobación de que ya existían o empezaban a existir, quiénes podían dirigir a la población blanca mexicana diferenciada de la española y de paso proteger las reclamaciones de los indios. Hombres como Mier se vuelven peligrosos en las circunstancias de la política interna de su época, o en las que alientan las combinaciones napoleónicas en Europa.

Era Fray Servando un adelantado de la independencia de México? Claro que sí. De ahí vendría, aunque tardíamente, su venganza.

 

 

­Capítulo VII.-

La obra de Núñez de Haro

 

Si Ildefonso Núñez de Haro, también llamado Alfonso o Alonso, llegó a la Nueva España en 1772 y murió en 1800, tuvo apenas 28 años para dejar una huella imperecedera, creando y promoviendo una serie de obras que forjaron el futuro de un país que ya veía asomarse por debajo de la colonia.

Firme en sus decisiones y convicciones, el prelado realizó la mayor parte de su obra durante su mandato como Arzobispo de la Nueva España, aunque bien supo aprovechar el interinato como Virrey –del 8 de mayo al 16 de agosto de 1787- y la influencia que éste le dejara al entregar el cargo.

Como religioso que era, su trabajo se encaminó a paliar las necesidades de un pueblo que apenas y estaba siendo reconocido como humano por su estirpe. Decían los primeros frailes arribados al nuevo mundo que el indio no tenía alma, y por ende no era sino un animal más. Ildefonso no pensaba igual, incluso su rectitud fue aplicada a sus propios congéneres pues, como ya vimos, fue el primero en instaurar un convento-prisión en el que los religiosos desviados del camino expiaran sus culpas.

En esas casi tres décadas, Núñez de Haro y Peralta sembró hospitales, conventos, iglesias, casas hogar, asilos y seminarios, en un frenético ritmo de trabajo que causó la envidia de más de uno, pero mayormente la admiración de muchos que, reconociendo su altruismo desinteresado, le apoyaron volcando grandes capitales en sus proyectos.

El detalle histórico se ha perdido en gran medida, pero la obra quedó resguardada por la historia particular de los beneficiados, ahora algunos agrupados en Colegios o Academias, como la Academia Mexicana de Medicina, entre otras. Mezclar la prolífica obra del arzobispo para intentar una semblanza biográfica era demeritar en gran forma el valor de esta, de tal suerte que, por eso mismo, nos decidimos por dejar registradas en este trabajo de investigación historiográfica, si no todas, al menos las más importantes obras del religioso, obras que, insistimos ante la indolencia de la historia nacional, sentaron las bases del México moderno. En su semblanza biográfica anotamos muchas de ellas, pero a guisa de un corto informe de actividades –que largo al fin nada dejó de corto-; ahora, es tiempo de valorar estas obras rascando su historia, pero conectándolas con el presente a fin de entender la importancia que, para el México moderno, tuvo también la obra del prelado español.

Así las cosas, pensamos en un principio presentarlas en orden cronológico, pero curiosamente son tantas que se entremezclan en los tiempos dejando la duda sobre una certeza de ese orden cronológico. Otra medida era hacerlo en el orden de importancia, pero la relevancia que cada una de ellas tenía en su momento no correspondería al criterio moderno del investigador, llevándolo a una quizá injusta clasificación. Así las cosas, nos permitimos hacer uso de la licencia histórica y presentar, al arbitrio, las más destacadas de todas ellas.­

 

El Hospital General de San Andrés

–Cuna del Hospital General de México-

 

Esta es, quizá, una de las más relevantes obras del prelado objeto de nuestro estudio. Don Vicente B. Cerecedo Cortina, de la Sociedad Mexicana de Historia y Filosofía de la Medicina, en unión de José Felipe Cerecedo Olivares y Guadalupe Castillo Robles, de la Subdirección de la Escuela Superior de Medicina del Instituto Politécnico Nacional, en la Revista Médica del Hospital General de México, en un artículo en el que reconocen a Don Alonso Núñez de Haro como fundador del Hospital General de San Andrés, señalan que dedicó especiales afanes al citado Hospital, último construido en la Colonia, que durante el siglo XIX fue la institución médica más destacada en el país, a pesar de sus enormes penurias, pues faltó el apoyo pecuniario que su fundador le proporcionaba, nada extraordinarias estas carencias en los Hospitales de Beneficencia Pública. De este Hospital surgieron los más eminentes maestros de la medicina mexicana en el siglo XIX, cuya influencia se prolongó hacia el siglo XX con la fundación del Hospital General de México, origen de los actuales Institutos de Salud, cuyas raíces están en esa egregia institución que fue el Hospital General de San Andrés.

En el último tercio del siglo XVIII, dicen los autores, destacó por su generosidad y gran talento la personalidad de su Ilustrísima el Sr. Arzobispo-Virrey de la Nueva España, Don Alonso Núñez de Haro y Peralta, quien, además de ser un profundo conocedor de la teología, fue orador elocuente… y se distinguió por su talento y sus grandes dotes como experto administrador que le permitieron prodigar su altruismo en obras piadosas para beneficio de las personas más humildes y necesitadas.

Al ser ampliado y habilitado con lo necesario del Seminario de Tepotzotlán, el noviciado del Colegio de San Andrés pasó a la capital y se pensó en transformar este Colegio en Hospital, semejante al Hospital General de la Pasión de Madrid. Éste fue el origen del Hospital General de San Andrés, que surgió como una necesidad de reunir a los pacientes en una institución que les evitara un largo y penoso viaje a través de la ciudad, en busca del nosocomio adecuado para aliviar sus enfermedades, además de concentrar en un lugar la existencia de varias especialidades, lo que podía implicar también economía en los gastos y facilitaría la atención de los sacerdotes al suministrar su asistencia a pacientes en un lugar de concentración.

Las ordenanzas del Rey para la fundación del Hospital se dictaron el 8 de junio de 1760, pero la expedición de la Real Cédula fue hasta el 13 de julio de 1763. Es digno de mencionarse que en el año de 1763, con motivo de una epidemia de tifo (mathazahuatl) fueron atendidos en éste hospital 9,402 enfermos y que murieron contagiadas por esta enfermedad 15 Hermanas.

La orden de expulsión de los jesuitas dictada por Carlos III, dató del 31 de marzo de 1767. En cada colonia española, después de la expulsión de los jesuitas, los bienes de éstos fueron administrados por la Junta Superior de Aplicaciones. Por orden del Virrey Bucareli, en México se creó el 2 de mayo de 1767 y se dictó su Reglamento el 15 de febrero de 1768.

En 1774, el Colegio de San Andrés fue dedicado a Hospital General por Núñez de Haro, para que en él se atendiesen todas las enfermedades, excepto las de San Lázaro, San Antón, gálico y demencia; además de que se recibirían a indios que no hubieran podido ser admitidos en el Hospital Real de Naturales y contaría con un departamento para militares que les permitiese mejor atención. Surgió con muy escasos recursos económicos que, aunque se había calculado que atendería a 500 pacientes, sus ingresos difícilmente cubrirían las necesidades de 50; a pesar de que los militares debían pagar su estancia. Consecuencia de esto fue la miseria para la atención de los pacientes y la falta de mantenimiento de un edificio tan grande como para que las salas de los pacientes estuvieran alrededor de sus siete patios.

Sin embargo, siendo éste un Hospital del Reyno pues se han de recibir a quienes ocurran. Su llustrísima juzgó pertinente solicitar la contribución de numerosas agrupaciones como la de fondos de obras pías de la Profesa, los sobrantes del Hospital del Amor de Dios, Real Tribunal de El Consulado, Cabildos Eclesiásticos, Rector de la Real Universidad, Gremio de Plateros y Panaderos, Ministros, Diputados de los comercios, Alcaldes mayores, Archicofradías, Juntas subalternas y otras, así como a personajes prominentes para reunir un fondo de más de un millón 800 mil pesos que produjeran réditos de cerca de 200 mil y así aumentar la atención a 500 pacientes, considerando que, aunque los comerciantes son los que inmediatamente pagan el Real Impuesto de Alcabalas, quien en realidad lo satisface es el público consumidor.

En 1776, indican los autores, hubo en México una gran epidemia de tifoidea, disentería, neumonía e influenza, cuando Don Joaquín Pío Eguía y Muro, médico del Hospital de San Andrés y catedrático de “Vísperas de Medicina” de la Real Universidad, opinó que una enfermedad del hígado había sido la causa principal de la mortalidad, lo cual, unido a la presencia de la disentería, asocian la localización de un padecimiento intestinal que coincidió con una supuración hepática.

La situación económica del Hospital de San Andrés ameritó medidas diversas para consolidar su estabilidad, como contabilidad eficiente, formar un presupuesto independiente, contar con un abogado para la vigilancia de los fondos, inventarios de su mobiliario y otros. En 1779, se presentó una epidemia de viruela que asoló a México por más de un año cuatro meses.

La utilización del Hospital de San Andrés cubrió una urgente necesidad y Núñez de Haro y Peralta, con el apoyo del Virrey Mayorga, dotó de mobiliario y útiles necesarios para más de 400 enfermos, así como de médicos, cirujanos, ayudantes, sacerdotes, empleados y sostuvo a sus expensas todos los gastos del nosocomio.

Al terminar la epidemia del 79-80, el Sr. Arzobispo no se resignó a que se clausurara el Hospital, cuyo sostén continuó bajo su protección, calculándose que del 26 de septiembre de 1784 al 10 de febrero de 1790, invirtió más de 459,500 pesos fuertes. Fue preocupación del Sr. Núñez de Haro el dotar al Hospital de San Andrés de medios económicos que aseguraran su sostén. Logró reunir diversos patrocinadores, como los fondos de obras pías de la Profesa, Real Tribunal del Consulado y otros como se citó anteriormente.

El celo del prelado por el bienestar de su feligresía y la dedicación que a ello entregaba, se muestra mejor que nunca en el concepto vertido por los historiadores de la medicina que afirman: Ninguna de las instituciones de la Nueva España estuvo tan ligada a la permanente preocupación del prelado, durante toda su vida, como el Hospital de San Andrés. En 1782, se realizó un balance de los caudales del Hospital. En 1783 llegaron las órdenes del Rey para que el Arzobispo de México se encargara del gobierno del Hospital de San Andrés, aunque desde diez años antes viniera sosteniendo pecuniariamente las actividades asistenciales del mismo.

En 1790, el Tribunal del Protomedicato de la Nueva España, con motivo de la ascensión al trono de España de Carlos IV, convocó a un concurso de disertaciones sobre las “obstrucciones inflamatorias del hígado”, ya que de 1783 a 1786 hubo una gran horrorosa y tenasísima enfermedad que asoló a la Ciudad de México y aún al reino. En este concurso resultaron premiados dos trabajos, uno del catedrático regente de “Vísperas de Medicina” de la Real Universidad y del Hospital General de San Andrés Don Joaquín Pío Eguía y Muro; la otra disertación premiada fue del Profesor Público de Cirugía y Primer Cirujano del mismo Hospital, de los Reales Hospitales de Naturales y Director del Real Anfiteatro Anatómico, el Licenciado Don Manuel Moreno.

En ambas disertaciones se reitera la presencia de fiebre, inapetencia, laxitud, diarrea, disentería, gran dolor en área hepática. A pesar de que Moreno insiste en la intervención precoz para evacuar el pus, los pacientes mueren “miserablemente”, después de meses de penosa enfermedad. Esta era la historia natural de la amibiasis hepática, antes que Don Miguel Jiménez, en la segunda mitad del siglo XIX, estableciera el tratamiento con las punciones evacuadoras de la amibiasis hepática, con lo que se lograba el 18% de curaciones, con 82% de defunciones. Posteriormente, la introducción de la emetina, en 1912, permitió que las cifras de mortalidad bajaran a 18% con 82% de curaciones.

En 1790, el Arzobispo Núñez de Haro, estableció el Reglamento para el funcionamiento del Hospital de San Andrés, en el que reitera lo importante de la asistencia, puntualidad, buen trato a los pacientes y acertadas prescripciones. El Rey agradeció al prelado, en 1792, su diligencia para obtener medios económicos para el sostén del nosocomio con la aprobación del Virrey, siendo de notar que su acertada organización y provisión de recursos permitieron al Hospital, mientras vivió el Arzobispo, ofrecer sus servicios a la población más necesitada.

 

La botica del Hospital de San Andrés

 

La organización y estructura del nuevo nosocomio plasmada en las Constituciones para su gobierno, emitidas por el arzobispo administrador Ildefonso Núñez de Haro y Peralta en 1790, manifiestan claramente que se trata de un hospital destinado a otorgar una atención de acuerdo a los cánones de los adelantos de la medicina moderna en sus diferentes secciones de medicina, cirugía y farmacia.

Con relación a la botica, se habían hecho construir oficinas, almacenes, hornos y una cómoda habitación para el boticario mayor y sus dependientes. La botica estaba provista de las existencias de la que fuera la botica del Hospital del Amor de Dios y de los géneros y efectos de los más selectos y escogidos provenientes de España, Manila, Perú y Guatemala. Para auxiliar al boticario en sus labores se designaron un oficial mayor, tres oficiales menores, boticarios, aprendices y tisaneros; los oficiales debían acompañar a los médicos y cirujanos en sus visitas a los enfermos para anotar en un libro recetario las disposiciones de ambos.

Con el fin de mantener la instrucción del personal, la constitución ordenaba que, al igual que en la botica del Hospital General de Madrid, se tuvieran conferencias de química, farmacia y botánica tres veces a la semana a cargo del boticario mayor. Mientras tanto, los oficiales acudirían a la cátedra de botánica.

Al parecer el aprovisionamiento de la botica empezó desde 1786 y para 1792 el monarca declaraba que era la mejor botica del reino y la más proveída. Para esta fecha Vicente Cervantes había abandonado su botica particular en la calle de Zuleta para pasar a ocupar el puesto de boticario mayor en el Hospital de San Andrés.

Así pasaron los años en que funcionó el nuevo Hospital General de San Andrés, ya secularizado por un decreto emitido el 2 de febrero de 1861, aunque 26 días después hubo una nueva ordenanza y el hospital pasó a manos de la Dirección General de Beneficencia Pública.

Vino la guerra de Independencia y los males económicos. De hecho, a un costado había una iglesia en la que se reunía un grupo de críticos al gobierno republicano de aquella época. Por esa razón, las autoridades ordenaron la demolición de este centro religioso y quedó abierta a la circulación de la calle de Xicoténcatl, y el hospital quedó dividido en dos partes.

En 1922, la Dirección General de Bienes Nacionales envió un escrito a la Secretaría de Gobernación en el que pedía la incorporación de este inmueble de 1,836 metros cuadrados y cuyo valor ascendía a 185 mil 600 pesos, para la Lotería Nacional. La respuesta fue positiva, aunque la construcción se encontraba en ruinas y a punto de derrumbarse. El Presidente Emilio Portes Gil decidió devolverlo a la Beneficencia Pública del Distrito Federal; decreto que no pudo ser cumplido ya que la propiedad era considerada de uso exclusivo de la Federación.

En 1931 el general Juan Andrew Almazán titular de Caminos Nacionales, intercedió para que luego de que originalmente el inmueble se destinara a esa dependencia, que erogó en arreglos y remodelación la cantidad de 114 mil pesos, fuera nacionalizado y se pusiera a disposición de la H. Cámara de Senadores. Empero, todavía se gastó millón y medio de pesos más para mejoría de las instalaciones.

Justo en la esquina con Donceles funciona la llamada Cámara Alta. La fachada principal que conserva un rodapié de piedra en color negro, da a la plazuela Sebastián Lerdo de Tejada, en el que hay una escultura de este personaje efectuada por el Taller Canessi en 1971. El edificio actual consta de dos pisos por la parte exterior.

Todas las ventanas son de hierro forjado y tienen un marco de cantera y cancelería de cedro. Tiene un gran patio central delimitado por 12 arcos escárzanos y en el centro domina la estatua del Mártir del Senado, Belisario Domínguez; su actitud nos remite al momento en que elevó su enérgica protesta contra el régimen de Victoriano Huerta. Su autor fue Miguel Miramontes y fue donada por el pueblo de Jalisco.

Entre la primera y segunda planta puede observarse un friso de cantera con azulejos de Talavera. El primer nivel aloja oficinas de senadores y pueden admirarse sobre los muros del corredor de acceso, dos lienzos de la pintora Silvia Pardo alusivos a la Independencia, la Reforma y la Revolución.

A los lados de la escalera principal, se hallan murales de Jorge González Camarena, en lo que aparecen los creadores del Senado de la República, tales como Francisco Zarco, Valentín Gómez Farías, José María Morales Mora, Fray Servando Teresa de Mier, Miguel Ramos Arizpe y Ezequiel Montes, entre otros. En la otra pintura están Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, conocidos como "Autores de la Restauración del Senado".

El salón de sesiones tiene 128 escaños para igual número de legisladores, así como lugares para el público, al que se entra por una puerta con vitrales emplomados. Al frente del recinto está un presidium que cuenta con cinco lugares para el presidente, los vicepresidentes y los secretarios de la Mesa Directiva. Arriba, figura el escudo nacional tallado en madera y el lema de Vicente Guerrero: "La Patria es primero". A los lados están dos bustos de bronce; uno del General José María Morelos y Pavón, y otro de Belisario Domínguez.

A los costados del salón principal se hallan los salones de la Gran Comisión y el "Luis Donaldo Colosio", donde se pueden apreciar cuadros de los presidentes de las legislaturas anteriores.

Al salir de este lugar se pasa a una pequeña área que muestra sobre la puerta del elevador, el lema de Morelos: "Como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo". Junto, se encuentra el "Muro de Honor", en el que están grabados los nombres de los ganadores de la medalla "Belisario Domínguez", que es entregada cada 7 de octubre de cada año. Un óleo llamado "Estudio Cabeza de Zapata" del artista González Camarena está ubicado a un costado de la oficina de la Presidencia de la Gran Comisión.

Cabe destacar que este bello e histórico inmueble puede ser visitado casi todos los días, con el propósito de que las gestas de la nación sean recordadas por todas las generaciones.

 

La Oftalmología tuvo también sus raíces en San Andrés.

 

El Académico Doctor Jaime Lozano-Alcazar, Jefe del Depto. de Cataratas e Implantes de la Fundación Hospital Nuestra Señora de la Luz, señala que el 15 de mayo de 1876 se fundó la Institución Oftalmológica Valdivieso, anexa al Hospital de San Andrés, después tomó el nombre de Hospital de Ntra. Sra. de la Luz, lo que convierte a la Institución en la más antigua de México y de la América Latina dedicada a la Especialidad.

El Hospital continúa hoy floreciente, dedicado a la investigación, la docencia de pre y postgrado y la labor asistencial. En 2001 se dieron 127,579 consultas, y se practicaron 12,947 procedimientos quirúrgicos convencionales y con láser.

 

De los conventos y sus libertades

 

Las casas de religiosas no eran en el siglo XVIII lo que debían ser. Las cartas pastorales escritas por los obispos de México y Guadalajara dejan constancia de ello. Con ocasión de la expulsión de los jesuitas, en 1767, en  algunos conventos de religiosas, donde los de la Compañía de Jesús eran los  directores espirituales, se habían ocasionado ciertos revuelos o críticas. Por ese motivo, Carlos III envió una carta a todos los obispos americanos para que acallaran esas críticas. Diego Rodríguez de Rivas, obispo de Guadalajara,  aprovechó esa carta real para recordar a las religiosas, en 1768, que, aunque en los conventos de su diócesis se viviesen bien los tres votos, no sucedía lo mismo con la Clausura: debían cuidar las conversaciones, que no debían  versar sobre los Reyes de la tierra sino sobre la providencia de Dios;  necesitaban poner clausura en los oídos para no oír necedades del siglo, y  debían refrenar la lengua y los sentidos corporales.

Lorenzana nos muestra, en una carta de 1769, las desviaciones del voto de  pobreza y de la vida común, que se habían introducido en los conventos. Recuerda las disposiciones de los diversos concilios sobre el peculio de los conventos, y cómo en el de Trento se prohibió tener bienes muebles e  inmuebles y su usufructo. Explica que sus antecesores habían exhortado a vivir ese voto y que él mismo, siguiéndoles en esto, había decretado unas normas viendo la generalización de los peculios, la compra y venta de celdas, y el gran número de sirvientas seculares que tenían las monjas.

Los inconvenientes que se seguían de la inobservancia de la vida común y la pobreza eran palpables.  Según Lorenzana, en un Convento de cien religiosas suele haber de sirvientas  más de 200 mujeres seculares, doncellas, viudas y otros estados, que introducen, en el santuario, el mundo, sus pompas, chifones y malas costumbres no pocas veces. A esto, se agrega, el estar entrando y saliendo de la clausura las sirvientas con mucha frecuencia; tanto, que las licencias para que las seglares entren o salgan de la clausura, ocupan inútilmente el despacho del Prelado, y [tienen] las Porteras ocupado todo el día en el afán de recados”.

Y continuaba: Comprando en particular cada religiosa lo que necesita para comer, y vestir, le cuesta más caro, que por junto; y se hace enfadosa a sus parientes, tal vez por satisfacer a su apetito. Si hay en los conventos niñas distinguidas para educarse, se pueden perder con algunas criadas, y en lugar de aprender buenas costumbres y las habilidades de su sexo, salen inútiles algunas para madres de familia.

Por el contrario, sigue Lorenzana, eran múltiples las ventajas de hacer la vida en común: se evitaban gastos superfluos, se ahorraba comprando todo junto y por mejores manos, los alimentos eran de mejor calidad y más sanos; se evitaban enfermedades y no se estragaban en golosinas. Además, al no tener que cuidar de su comida, las religiosas se podían dedicar a la oración y a rezar el Oficio. Se conseguía que todas las religiosas fueran igualmente ricas en su pobreza y no hubiera algunas señoras, de quien dependían otras.

Parece que no fueron del todo obedecidas las indicaciones de Lorenzana, ya que, años más tarde, en 1774, el ya entonces Arzobispo de México, Núñez de Haro, escribió una carta a los conventos de Calzadas, por deseo expreso de Carlos III. En ella les daba un plazo de quince días para que cada una consultase con su confesor y decidiese libremente si quería seguir la vida común o, no admitirla, y continuar como hasta ese momento. Decía que, aunque era consciente de que las monjas no gastaban nada excepto lo que necesitan para su sustento y vestuario, que con los peculios ayudaban a las demás monjas, y que todas habían muerto con suma pobreza; también sabía que las religiosas usaban algunas cosas a su arbitrio, comían lo que querían y gastaban alguna corta cantidad de dinero, cuando y como querían: esto bastaba para que no se verificase la exacta y puntual observancia del voto de pobreza.

Y dice Núñez de Haro: [esto] basta para que no haya igualdad en todas las que componen la comunidad y las muy pobres tengan envidias, a las que nada les falta, y mucho más a las que les sobra para socorrer a otras; con lo cual se falta fácilmente a la caridad.

Al mismo tiempo que se exhortaba a las religiosas a la reforma de sus  costumbres, también se hacía un llamamiento al clero. Francisco Santiago y Calderón, obispo de Oaxaca, había escrito ya, en 1733, una carta en que se reflejaban las desviaciones de los curas, sacerdotes y párrocos en su vida personal y sacerdotal; les animaba a mejorar sus costumbres y la atención espiritual y material de los fieles, sobre todo de los indios.

La actitud del prelado ante el relajamiento de los valores morales y religiosos, ante monjas, frailes, sacerdotes y demás clerecía, fue por demás dura no sólo en los textos de sus constituciones, sino en la aplicación y supervisión de estas, de ahí la idea del Colegio Seminario de Tepotzotlán que, como ya dijimos, fue una especie de cárcel correccional para los que no quisieron retornar al buen camino y que, sin tener estadísticas a la mano, por su pura organización y tamaño podemos inferir que sus habitantes eran varios cientos en circulación. Todo este esfuerzo de rectitud es lógico que no fuese bien recibido por no algunos, sino muchos de los infractores –tanto religiosos como monjas- y de ahí que en tanto unos admiraban y respetaban al prelado, otros entraban en rebeldía no sólo contra su superior, sino contra una vida que consideraban condicionada a una corona que les reprimía. Nacían así los sentimientos independentistas.­

 

Convento de las Hermanas Capuchinas de Santa María de Guadalupe y Madre Santa Coleta de la Villa de Guadalupe

 

El Dr. Efraín Castro Morales, sobre tal convento, nos narra que por Real Cédula del 3 de junio de 1780, el Rey Carlos III, facultó a las autoridades civiles y eclesiásticas de la Nueva España para establecer un convento de monjas clarisas capuchinas, junto al santuario de Guadalupe de México. Esta fundación había sido promovida desde 1778, por la joven aristócrata poblana María Ana Micaela Fernández de Esquivel y Veytia -sobrina del historiador poblano Mariano Fernández de Echeverría- que había profesado en el convento de religiosas capuchinas de San Felipe de Jesús de la ciudad de México, en 1770, como Sor Mariana Ana de San Juan Nepomuceno. Elegido el sitio, fue reconocido por el virrey y el arzobispo Núñez de Haro; demolidos los edificios, se trazó el nuevo convento y se comenzaron a abrir los cimientos.

El arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta colocó la primera piedra el 13 de octubre de 1782. Se inició la construcción bajo la dirección de uno de los arquitectos más importantes y afamados de la época, el maestro mayor Ignacio Castera, quedando terminado el nuevo convento el 30 de agosto de 1786, ocupándolo las religiosas fundadoras del convento de San Felipe de Jesús.

La iglesia se concluyó y dedicó hasta el 15 de octubre de 1787, porque se presentaron serios problemas durante la obra, pues al comenzar a hundirse en el subsuelo fangoso la nueva construcción, afectó gravemente a la basílica de Guadalupe que estaba contigua.

Como ya hemos visto en su momento, el prelado no se conformó con construir el convento, sino que aportó muy buenas cantidades para su manutención, hasta el mismo día de su muerte.

Las religiosas capuchinas del convento de Santa María de Guadalupe y la Madre Santa Coleta fueron exclaustradas en 1861, al promulgarse las leyes de Reforma, y reunidas con las religiosas de los conventos de San Felipe de Jesús y Corpus Christi, hasta que el 26 de febrero de 1863, cuando todas fueron trasladadas a la casa de Ejercicios Espirituales anexa al santuario de Nuestra Señora de los Ángeles.

Regresaron al convento durante la Intervención Francesa, hasta que, en 1867, salieron definitivamente de su convento que fue destinado a servir primero como hospital y después como asilo de pobres.

En 1868, las religiosas instalaron de manera clandestina su convento, en una casa que les había donado el magistrado Agustín Torres Torija, padre de la abadesa María de la Concepción Torres Adalid, situada en la plaza de la Villa de Guadalupe, hoy destruida, muy cerca de la basílica. Esta finca, que al parecer había servido algunas veces para hospedar a los virreyes y arzobispos durante sus visitas al Santuario de Guadalupe, albergó, en 1867, al cuartel general del Ejército de Oriente al mando de Porfirio Díaz, durante el sitio impuesto a la ciudad de México, en poder de los conservadores.

Era una gran casa de dos pisos, con una sencilla fachada aplanada, vanos regulares con marcos de cantería labrada en la forma tradicional y característica de la región central de México; esto es, cerramientos escarzanos y jambas prolongadas hacia arriba, hasta la cornisa intermedia en la planta baja y, en la alta, pequeñas cornisas, una para cada vano, con balcones con rejas y barandales de hierro forjado.

En el interior había un gran patio central rodeado por corredores con arcos rebajados y pilares cuadrados, con un sencillo capitel formado por una banda. Además, tenía un segundo patio con dos corredores sólo en la planta baja, formados por altas columnas toscanas de cantería y pilares de mampostería con zapatas molduradas de madera con cerramientos de vigas.

Permanecieron ocultas allí, hasta que durante el gobierno del presidente Venustiano Carranza tuvieron que dejarlo regresando hasta 1926, en que nuevamente fueron expulsadas, teniendo que refugiarse en otra casa, para volver a su convento definitivamente hasta 1935.

Cuando se emprendieron las obras para transformar el entorno de la Basílica de Guadalupe, que prácticamente destruyeron la antigua Villa y sus viejos edificios al prolongar, en 1962, la Calzada de los Misterios fue demolida parcialmente la casa que albergaba el convento.

Destruida toda la fachada de la casa, la primera crujía, la mitad del patio y tres de sus corredores, sólo una crujía y un corredor del patio principal, quedaron prácticamente en ruinas, y el segundo patio, severamente deteriorado por la demolición y asentamientos diferenciales del subsuelo. Iniciaron las tenaces capuchinas la reconstrucción de su convento en 1963, avanzando con mucha lentitud por su pobreza pues, entonces como hasta ahora, carecen de bienes y rentas, se sostienen de su trabajo personal y de la ayuda de algunos benefactores.

Con mucho esfuerzo lograron terminar parcialmente hasta 1976, la reconstrucción de los restos de la vieja casa, cambiando el acceso del edificio a la parte posterior, pero dejando en ruinas gran parte. Al comenzar a alegar un deshonesto síndico o administrador del convento que la finca era de su propiedad, las religiosas para evitar litigios judiciales solicitaron en 1977, a la Dirección de Bienes Inmuebles del Patrimonio Federal, que la finca fuera nacionalizada. Así, quedó la tenaz comunidad de capuchinas clarisas de Nuestra Señora de Guadalupe y Madre Santa Coleta, como depositaria y usufructuaria de su anhelado, pero ruinoso, convento, en cuya restauración participa la sociedad civil a través del programa Adopte una obra de Arte.

 

 Desde estas páginas, un reconocimiento a los auspiciantes, a quienes se les llama

 

PADRES ADOPTIVOS

 

Lorenza Autrey de Ziebe
 Irma Dubost de Chávez
 María de Lourdes Escandón Cusi
 Agustín Espinosa
 Jorge Guzmán
 Gustavo Manrique
 Javier Villalobos
 Consejo Nacional para la Cultura y las Artes
 Instituto Angloamericano de Talpan S.C.­

 

La Academia de San Carlos

 

 El Arzobispo Ildefonso Núñez de Haro, promotor de tanta construcción y remodelaciones de casas y edificios albergantes de sus píos proyectos, sufría porque no se contaba con arquitectos de calidad para la realización de estas obras. La mano de obra indígena era de lo mejor, pero sus técnicas no eran del todo de la confianza del prelado, lo que de alguna forma lo hizo saber discretamente al monarca. Un suceso, proyectado para otros fines, dio al fin cristalización a los anhelos del arzobispo.

En 1779, el Grabador Mayor de la Casa de Moneda de la corte española, Jerónimo Antonio Gil, que había estudiado en la academia de Nobles Artes de San Fernando, fue enviado a México por Carlos III con el objeto de mejorar la producción de la moneda, y establecer una academia de grabado. Organizada esta escuela, Gil no se conforma y entusiasma a Fernando José Mangino, superintendente de la Real Casa de Moneda, para promover la fundación de una academia de las nobles artes como en España. En lo que se refiere a la arquitectura, los errores cometidos por aficionados locales era un buen argumento: la necesidad de buenos arquitectos es en todo el reino tan visible, que nadie puede dejar de advertirla; principalmente en México, donde la falsedad del sitio y el acelerado aumento de la población hacen muy difícil el acierto para la firmeza y comodidad de los edificios, informó Mangino. Dos ideales así no tenían otro destino que encontrarse, sobre todo si tenemos en cuenta que el preplado era consultado en todo y para todo por el virrey en turno. Núñez de Haro seguramente vio con más que buenos ojos al grabador, y Don Jerónimo vio las puertas abiertas a su proyecto.

Convencidas las autoridades locales, ensalzadas las aficiones artísticas de la nobleza y logrados algunos subsidios, se inician las clases en 1781, utilizando provisionalmente el mismo edificio de Moneda, hoy Museo de las Culturas.

Carlos III da su aprobación, expide los estatutos, escatima tres mil de los doce mil pesos anuales que le solicita el virrey Mayorga y recomienda el edificio de San Pedro y San Pablo para establecer la Academia. El 4 de noviembre de 1785 se lleva a cabo la inauguración oficial de la Academia de las Nobles Artes de San Carlos de la Nueva España a la que asiste el Virrey y, por supuesto, el Arzobispo de México.

Contrastaba el pomposo nombre con la modestia de los cuartos que ocupó todavía por seis años en la misma Casa de Moneda. Gil es nombrado director general, y enseña grabado de medallas. Envían de la Academia de San Fernando al arquitecto Antonio González Velázquez para dirigir la sección de arquitectura, Manuel Arias para escultura, y Ginés Andrés de Aguirre y Cosme de Acuña como directores de pintura. Más tarde viene Joaquín Fabregat como director de grabado en lámina.

Entre los estatutos se menciona que, para cada sección, habría cuatro alumnos pensionados que así podrían emplear todo su tiempo en el estudio, que deberían ser de sangre pura (españoles o indios), que cada tres años se entregarían medallas para los mejores artistas, "y que ciertas personas asistirían a los salones de clase así para lo que pudiera ofrecerse a los directores como para impedir las conversaciones y juguetes de los jóvenes.”

Con el apoyo rotundo de Núñez de Haro, se empieza a formar la pinacoteca con pinturas traídas principalmente de conventos suprimidos, y desde 1782 Carlos III ordena el envío de libros para formar la biblioteca de la Academia. Con la segunda remesa (1785) la biblioteca cuenta con 84 títulos de los cuales 26 eran de arquitectura. Bastaba ver los temas de éstos para darse cuenta de que estaba definida la tendencia de la escuela: tratados de Vitruvio y Viñola, en diferentes ediciones, otras obras sobre órdenes clásicos, Herculano, Pompeya, Antigüedad romana (Piranesi), La columna de Antonino, Las Antigüedades de Palmira entre otros. El primer profesor de arquitectura, González Velázquez era naturalmente de tendencias clásicas.

En 1791 viene a México Manuel Tolsá, con una colección de reproducciones en yeso de esculturas europeas famosas, quien sustituye a Manuel Arias como director de escultura. En el mismo año la Academia se establece en el edificio que había pertenecido al hospital del Amor de Dios, fundado para enfermos de bubas y males venéreos. Primero se rentó y después se compró el ex hospital y casas anexas permaneciendo allí definitivamente. Hubo intentos fallidos de construir un edificio para la Academia en donde se hizo después el Colegio de Minería, y también se intentó adaptar diversos locales.

El primer alumno que recibió el título de académico supernumerario en arquitectura fue Esteban González en 1788, quien presentó un proyecto de aduana. El grado de académico de mérito en arquitectura lo solicitan personas con experiencia como arquitectos: Tolsá, que ya poseía el grado en escultura desde España; Francisco Eduardo Tresguerras y José Damián Ortiz de Castro. Para graduarse los tres presentaron proyectos: Tolsá del Colegio de Minería, un retablo y la celda para la marquesa de Selva Nevada en el convento de Regina; Ortiz, que era maestro de arquitectura de esta ciudad y de la catedral, presentó un proyecto de reconstrucción de la iglesia de Tulancingo; Tresguerras solicitó el título en 1794, pero no se ha encontrado en los archivos de la Academia nada que demuestre que lo haya obtenido.

Los maestros de arquitectura que habían sido nombrados por el Ayuntamiento se tuvieron que recibir de académicos de mérito con la obligación de que antes de ejecutar una obra debían presentar el proyecto a la junta Superior de Gobierno, y sujetarse "sin réplica ni excusa alguna a las correcciones que se hicieran en ellos con apercibimiento de que en caso de contravención se les castigaría severamente". Sin embargo estos maestros, que generalmente sólo tenían conocimientos prácticos, resolvían sus problemas teniendo como dibujantes a los alumnos de la Academia. No se sabe desde cuando ni por qué la Academia expidió el título de agrimensor. Consta que Antonio Icháurregui, maestro mayor de arquitectura de Puebla y académico supernumerario de la Real de San Carlos solicita dicho título en el año de 1797.

La academia tardó en desenvolverse. En 1796 se enviaron trabajos de 11 alumnos (se incluyeron también de ex alumnos), a un concurso que se realizó en la Academia de Madrid, y las opiniones del jurado fueron bastante desfavorables; en relación con pintura y escultura se dijo que deberían tomarse mejores modelos para copiar y no amaneradas estampas francesas, y en cuanto a los futuros arquitectos se criticó la falta de principios fundamentales en dibujo, proporciones y ornato. En conocimientos técnicos parece que estaban peor: en 1795 y 1796 la Academia es consciente de sus problemas e informa al virrey que la enseñanza sería más efectiva si además de copiar a Vitruvio y el palacio de Caserta aprendieran la técnica de las monteas, cálculo de arcos y bóvedas, materias de construcción, "formación de cimbras, andamios y demás cosas pertenecientes a la práctica."

Al paso del tiempo, la Academia de San Carlos adquirió fama y por ende sus alumnos y maestros. Llegó a ser considerada como una de las mejores instituciones académicas –en su materia- en el mundo de habla hispana.­

 

El Coro de Infantes de la Basílica de

Nuestra Señora de Guadalupe

 

Mary José de Alba García, responsable del área de Comunicación Social de la Basílica de Guadalupe, informa que el Coro de Infantes se fundó el 12 de diciembre de 1776, con la finalidad de atender a las necesidades corales de este Santuario.

Es fundado en la época en que Don Alonso Núñez de Haro y Peralta era Arzobispo, quien dio su bendición al proyecto del Abad de la Basílica, Mons. José Félix Colorado, de ahí que a los infantes se les llamara, y aún ahora de vez en cuando, y de manera afectuosa: "los coloraditos". Se desconoce en la actualidad los lugares donde en esos inicios se alojaron los Infantes y el lugar en donde se les preparaba musicalmente. Se han perdido dos siglos y medio de su historia pues sus antecedentes arrancan –documentados- en el año de 1948 en que el Abad de la Basílica, Mons. Feliciano Cortés y Mora, solicitó al Hno. Antonio María Lozano, entonces asistente del Superior General de los Hermanos de las Escuelas Cristianas –Lasallistas- que tomaran la dirección del Coro de Infantes.

Los Hermanos recibieron con agrado la solicitud, toda vez que se trataba de servir directamente a la Madre de Dios en su advocación de Guadalupe. Sin embargo, encargarse de tan sólo veinte pequeños, ofrecía un campo educativo muy estrecho.  Se aceptó la petición a condición de abrir en un lugar cercano una escuela en donde los infantes cursarían sus estudios de primaria y además se pudiera educar a numerosos niños de la zona de la Villa.

El Abad de la Basílica aceptó la oferta y bendijo a los hermanos al entregarles la escuela parroquial que, reducida y deficiente, funcionaba en la Calle de Ricarte 32. Esa pequeña escuela se convertiría con el paso del tiempo en la escuela Cristóbal Colón. Al tomar los Hermanos la dirección del Colegio de Infantes, sólo se contaba con veinte niños cantores y acólitos, que vivían en algunos salones dentro de la antigua Basílica.

Al solicitar un lugar apropiado para vivienda, amplio, con algún patio, se les ofreció el antiguo Convento de Capuchinas, que se encuentra a un lado de la antigua Basílica. En este lugar los Hermanos y los Infantes habitaron por más de veinte años, teniendo la honra y la gracia de estar muy cerca de Nuestra Señora. Posteriormente, el Coro se cambió a su ubicación actual, en la calle de Allende, a menos de una cuadra de la Basílica.

Durante toda su historia, han sido solicitados por su calidad y preparación en muy diversos acontecimientos: desde su participación en programas de televisión, como fueron los programas de "24 Horas" y "Hoy Mismo", hasta varias telenovelas, películas nacionales y extranjeras. Han participado con una variedad de cantantes y artistas, acompañándolos en sus cantos, principalmente en las mañanitas a la Virgen.  Han realizado sus conciertos acompañados por orquestas, conjuntos y grupos musicales, por mariachi, y en más de una ocasión, a capella, o con sólo una guitarra o un teclado, narra Mary José.

Han realizado infinidad de viajes para dar conciertos y presentaciones, tanto en ciudades del país como en los Estados Unidos. Cuenta la encargada de Comunicación Social de la Basílica, como anécdota, que durante un viaje en el trasbordador de Los Cabos a Puerto Vallarta los Infantes fueron reconocidos por varios pasajeros y, a petición del Capitán del Trasbordador, se improvisó un concierto de música popular. Fue el primer concierto en traje de baño, bermudas, playeras y shorts que presentaron.

Durante estos años han grabado numerosas canciones, tanto en LP y audiocassette, como en CD. El último CD grabado contiene música de los siglos XVII Y XIX, con melodías dedicadas a la Virgen de Guadalupe y que se custodian en los Archivos Históricos de la Basílica. Este CD es el primero de quince que se tienen contemplados.

De entre la ya numerosa fila de ex-infantes, se encuentran numerosos personajes de nuestra política, empresarios, sacerdotes, artistas y cantantes. Por nombrar a sólo dos de ellos: Mons. Antonio Macedo, anterior rector de la Basílica y el Mtro. Ramón Vargas, tenor mexicano reconocido internacionalmente.

Acontecimiento especial y de grato recuerdo para los infantes ha sido su participación en tres de las visitas que S.S. Juan Pablo II realizara a nuestro país, cantando en las misas celebradas en la Basílica de Guadalupe.

En la actualidad, el Coro consta de 74 niños que cursan del cuarto al sexto año, y siguen cumpliendo todos los días en esta Basílica con las funciones de acolitado, lectura y coro. Son preparados por los Mtros. Procopio Gracilazo, Víctor Hugo Mondragón y José Luis Sierra, como tutores y titulares de grupo; por el Prof. Manuel Rasilla, como director musical del coro, y por el Prof. Salvador Ruiz M., como director del coro. Siguen perteneciendo, como alumnos, a la escuela Cristóbal Colón y, por las tardes, día a día, se siguen preparando en música e instrumentos para poder realizar mejor, con devoción y cariño, su servicio a Nuestra Señora de Guadalupe en ese su Santuario. El 12 de diciembre del 2009, el Coro de Infantes cumplirá 233 años de existencia, siendo con ello el coro más antiguo de toda América, siempre a los pies y al servicio de Nuestra Señora de Guadalupe.

 

La Casa de Expósitos

De la Casa de Cuna… al Colegio de las Vizcaínas

 

El arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta, al hacerse cargo de la Casa de Cuna, fundada en 1767 por el arzobispo Francisco Antonio de Lorenzana, le dio Constituciones en las que se precisan diversas normas higiénicas para los educandos, entre otras las siguientes: características de las camas, aseo personal, aseo de las camas y habitaciones, y distribución de labores en las que alternan las actividades manuales e intelectuales. Además se indica en estos reglamentos que la Casa de Cuna debería contar con la  atención permanente de un médico y de un cirujano.

Esta institución no estaba destinada únicamente a los niños de edad  preescolar, sino también a los escolares.  El colegio llamado al principio de San Ignacio de Loyola y hoy de las Vizcaínas, fue fundado en la primera mitad del siglo XVIII y contó, desde el principio, con asistencia médica continua para las alumnas internas. En él se conservan los recetarios y cuentas de farmacias de la época.

Alonso Núñez de Haro y Peralta, fundó en 1774 la Congregación de La Caridad y Casa de Expósitos del Señor San José. Las Constituciones o normas para su funcionamiento datan de ese mismo año 1774.

La fusión de otros planteles de niñas con el Colegio de las Vizcaínas, en un momento dado, tuvo una fuerte oposición de quienes le manejaban, enfrentándose al Arzobispo directamente y negándose a cumplir con esa denigrante mezcla de razas y, sobre todo, de culturas, lo que trajo como consecuencia que, hasta la fecha, el prelado sea considerado como un enemigo del Colegio, posición que adopta incluso la actual directora y, curiosamente, con un apasionamiento digno de mejor suerte.

Pero no sólo esa acción reivindicadora le sería sancionada por sus correligionarios. Otras muchas, como la de los conventos, serían igualmente criticadas. Quizá esta actitud rebelde de monjes y religiosas fue lo que le llevó a crear una de las más trascendentales –y menos documentadas- obras.­

 

El Colegio Seminario de Instrucción,

Retiro Voluntario y Corrección del Clero.

 

Los integrantes de la Compañía de Jesús arribaron a la Nueva España en 1572 con el objetivo de apoyar las labores de evangelización y la educación de los hijos de españoles que habitaban las ciudades recién fundadas. En el año de 1580 arribaron al pueblo de Tepotzotlán. En ese año establecieron un colegio de lenguas indígenas para los jesuitas y poco tiempo después fundaron también el Colegio de San Martín, para los hijos de los indígenas nobles. Por último crearon en esta entidad el Colegio Noviciado de San Francisco Javier, pues el ambiente invitaba a los novicios a la reflexión y al estudio. En 1767 el rey Carlos III expulsó a los albergó los tres colegios de Tepotzotlán quedó abandonado hasta 1774.

Con la aprobación de Carlos III, el Arzobispo de México, Alonso Núñez de Haro y Peralta, en el edificio del antiguo noviciado de jesuitas en Tepotzotlán, estableció un Colegio Seminario de Instrucción, Retiro Voluntario y Corrección del Clero, con cátedras de Teología, Sagrada Escritura y Lengua Mexicana, al que donó su importante biblioteca, además de suficientes recursos que hicieron de esta institución un establecimiento superior a los de España, no obstante que el  Colegio de San Martín en Tepotzotlán estuvo dedicado desde muchos años antes a preparar los evangelizadores, a quienes se instruía en las lenguas indígenas que les facilitarían sus tareas. Dos importantes ampliaciones se realizaron en este Colegio, una posiblemente hacia 1682 y otra en 1732, para lo que se contó con aportaciones cuantiosas de personas devotas, como la de Don Pedro Ruíz de Ahumada.

El Seminario de Instrucción, Retiro Voluntario y Corrección fue, a idea y proyecto del prelado, una especie de cárcel para los eclesiásticos. En sus Constituciones, la XXVIII para ser exactos, habla del porqué idea y proyecto: A fin de que los delitos de nuestro amado Clero no se hagan públicos, y de que, aunque lo sean, no nos veamos precisados a ponerles en la cárcel, en donde la experiencia nos ha hecho ver, con el mayor dolor, que en lugar de enmendarse y reformarse, salen de ella menos corregidos, y tal vez despechados, y muy expuestos á reincidir en los mismos delitos; y a fin de que los Clérigos, que en los exámenes, ó de otra manera se encontraren destituidos de la ciencia que deben tener para desempeñar exactamente su formidable Ministerio, sean instruidos en él, y en sus estrechas obligaciones, sin que nadie entienda el defecto que padecen, y se consulte en quanto sea posible, al honor del Estado: Mandamos, que á todos los Clérigos que cometieren algun delito, digno de corrección, y á los que se encontraren sin la aptitud é instrucción necesarias, se dé orden reservada por nuestra Secretaría de Cámara, ó por nuestros Provisores, previas nuestra noticia y aprobación, para que se presenten en este Colegio, sin que se perciba por persona alguna la causa ó motivo que ha dado impulso á esta providencia; ni tampoco si van voluntarios, ó mandados; y que en la carta o Decreto de remisión se hagan al Rector las prevenciones que quedan referidas en la Constitución veinte y cinco. Ha de estar todo nuestro Clero en la inteligencia de que no le hemos de permitir lo que no es permitido á los Seglares; y que si á estos les deben castigar sus legítimos Jueces, á aquel cuidaremos de reformarle, y de que su enmienda sea eficaz, imponiendo pena secreta al delito que fuere oculto, atendiendo más á reformar que á castigar; y cuidando de que no se hagan procesos abiertos y públicos, sino en aquellos delitos que lo fuesen, y tan escandalosos, que nos veamos necesitados á que la satisfaccón sea pública; y de hacer ver en los efectos á los escandalosos é incorregibles, que deben temer tanto la apacibilidad y piedad con que miraremos á su reformación y enmienda, como la mayor aspereza y desagrado; haciéndoles que conozcan, que la Honra de Dios, y el vehemente deseo de que vivan arreglados, y conforme á su Estado, y no el disgusto con sus personas, nos impelen a tratar de su corrección y enmienda; previniéndoles, que lo que podamos remediar con amonestaciones y advertencias, lo remediaremos, sin llegar a la corrección y castigo; y que la experiencia les acreditará, que es muy suave el castigo, con que solo solicitamos su enmienda, porque les aprovecha con lo mismo que les mortifica…

 

Qué esperaba Núñez de Haro de su Clero? Ya vimos que a su llegada existía una disciplina muy relajada tanto en conventos como en parroquias y templos. Lorenzana había recomendado algunas enmiendas a la situación, pero poco caso le hicieron.

Núñez de Haro, en su Carta Pastoral I, dirigida precisamente Al Rector, Vice-Rector, Catedráticos, y Directores del Real Colegio Seminario de Instrucción, de Retiro Voluntario, y Corrección de Tepotzolán, y a todos los Sacerdotes y demás Clérigos, que aspiran al Estado Sacerdotal en nuestro Arzobispado… el prelado deja ver dos cosas: Una, lo que atañe directamente a su idea. La otra, a nuestro conocimiento sobre su personalidad, su manera de pensar, sus sentimientos, su rectitud y concepto de esta, a más de su profundo conocimiento religioso y literario.

Es obvio, a pesar de su larguedad, que sólo tomaremos algunos de sus párrafos como ejemplo, pero no son pocos dado lo fundamental de su contexto.

El prelado –que usa mucho la referencia a santos y apóstoles- señala que San Gregorio magno dice que Hay algunos, que en la carrera y ministerios de la Iglesia se proponen por fin el adquirir gloria y honor; apetecer ser mirados como Doctores; la concuspiscencia los hace querar superar á los demás: y, asegurándolo la eterna Verdad misma, buscan las primeras tentaciones en la plaza; las primeras silas en los convites; y el lugar más distinguido en todas las concurrencias: siendo por lo mismo, tanto mas incapaces de desempeñar el Ministerios pastoral, quanto la ambición que los mueve y los domina, fue la que los hizo apetecer y solicitar un Cargo, en que deben ser Doctores y Maestros de la humildad.

San Bernardo añade que todos los que buscan, así en las Órdenes Eclesiásticos, como en todo lo demás que pertenece al Santuario, su propio honor, ó las riquezas, ó las dulzuras y comodidades de la vida, y no el honor de Jesu-Cristo, se entrometen en la Iglesia; no entrando por la caridad, que es de Dios, sino por la concuspiscencia, que es enemiga de Dios, y raíz y origen de todos los males.

Finalmente, el mismo Santoexplica con términos claros y concisos, que esto es un pecado muy grave, exclamand: Al presente atrae á muchos al servicio de la Iglesia la concuspiscencia de los placeres, y la codicia torpe; de modo que ellos hacen de la piedad una especie de comercio, para su ganancia y propia utilidad; y así adquieren ciertamente su eterna condenación.

Y si hoy hay condena en contra de los malos religiosos, Ildefonso no cuida su juicio cuando habla de quiénes son y qué les espera: Los que pensaren de este modo, son sin duda unos hombres perdidos y detestables, que, sin hacer reflexión del peligro á que se exponen, cargándose del cuidado y dirección de las Almas, van cayendo de precipicio en precipicio, y son causa de ue muchos se pierdan. De aquí proviene la relaxación de las costumbres; la decadencia de la Disciplina de la Iglesia; y la disminución de la fe y de la Piedad en el Orbe Católico.

Y dicta sus formas, formas de la Iglesia como tal y la pureza como acompañante, del cómo y quién debe ser el hombre dedicado a Dios.

El Oficio de los Sacerdotes es enseñar a los hombres la Ley santa de Dios; orar, y llorar con feror y constancia, para desarmar la cólera de su Magestad Divina; siendo medianeros eficaces, como Moyses, para poder hablar con santa libertad y confianza; oponiéndose a las venganzas del Señor; deteniendo, digamoslo así, el rayo abrazador de su ira, cuando está para caer sobre los infelices y miserables pecadores. Consiguientemente, los Sacerdotes que no tienen Oración,; que no guardan un prudente retiro; que no trabajan; que no exhortan ni corrigen, son absolutamente inútiles.

Así, tras enumerar algunas otras de las desviaciones de los malos sacerdotes, señala con tino quan necesario, quan oportuno, ó por mejor decir, quan necesario, quan útil y provechoso, será a todos… el Colegio de Instrucción y Corrección que acabamos de establecer.

El Arzobispo Nuñez de Haro asegura en esa Carta Pastoral que para ser sacerdote –un buen sacerdote- se requieren particulares talentos y virtudes en un grado muy alto.

Al hacer un recuento de esas virtudes, el prelado dice con un palpable orgullo: A los Sacerdotes solos entregó Dios una potestad, que no la concedió jamás á los Ángeles, ni á los Serafines; porque jamás del dixo el Señor, como á nosotros, todos los que estamos colocados en el Estado Sacerdotal: todas las cosas que ligareis sobre la tierra, estarán ligadas en el Cielo; y todas las que desatáreis sobre la tierra, estarán desatadas en el Cielo…

…para gobernar y dirigir bien el espíritu de los hombres, es necesaria una gravedad sin arrogancia; una fortaleza constante; con dulzura; una humildad sin bajeza; de suerte, que se conserve la autoridad, y se exercite al mismo tiempo el amor al Rebaño, la benignidad, y aun en algunos casos y circunstancias delicadas, la condescendencia, en quanto lo permitan las reglas de una santa Moral. Pide asimismo un conocimiento, una ciencia, y unos talentos suficientespara instruir a los Fieles… en una palabra, un Sacerdote, en sentir del mismo San Gregorio Nazianzeno, debe dedicarse todo á Dios; sacrificándose como una hostia viva y santa, para ofrecerle después dignamente el sacrificio del Cordero inmaculado; procurando con este fin conservar la consagración de sus manos con la práctica continua de buenas obras; no mirando ni contemplando en las criaturas otra cosa que al mismo Señor, que las crió; ni sirviéndose de ellas, sino para glorificarle.

No basta –dice más adelante- amados hijos míos, para resolverse y determinarse á recibir el alto grado del Sacerdocio, el haber tenido una educación regular, en que se os haya enseñadoá arreglar vuestras acciones, según el exemplo de los hombres de bien, que viven apartados de los desórdenes del mundo, y procran guardar los mandamientos de la Ley de Dios. Es necesario que os probéis; y experimentéis, si vuestro espíritu tiene la fotaleza precisa, para no desfallecer en la práctica de las virtudes, ni en los trabajos y afanes de la vida Sacerdotal. También es necesario, dice San Gregorio, tener un alma grande, que emprenda cosas sublimes, y sea capaz de que sus virtudes se propaguen, se difundan, se extiendan, y apovechen á los demás Fieles. Se necesita igualmente tener una prudencia consumada, una fortaleza invencible; y un modo muy dulce y muy particular, para manejarse en los lances y variedad de circunstanciasque ocurren frecuentemente en la sociedad y trato de las gentes… para conseguir esto, es necesario conservar en el corazón una ectitud, una pueza y un fervor, que, dominando con imperio á nuestro amor propio y todas nuestras pasiones; y dirigiendo y arreglando todas nuestras acciones y movimientos, las haga resplandecer como el oro purificado y sin mezcla de otra materia.

Los vicios de un Sacerdote se extienden muy fácilmente; dañan a muchos; y por consiguiente sus pecados son mucho más enormes, que los de los seglares…

Largo es el camino de la enseñanza de Ildefonso en materia del Colegio que arranca. Analiza no sólo al sacerdote, sino al pecador mismo, al hombre, a la sociedad, al confesor y al confesado que califica de duro a quien le niega la absolución y de blando a quien se la da fácilmente.

Será interesante –en un trabajo posterior- analizar los conceptos vertidos por el prelado en estas dos Cartas Pastorales y las mismas Constituciones del Colegio. Para finalizar, señalaremos los que él mismo dice:

Finalmente, nuestro deseos se dirigen á que en este nuevo Seminario reciben los Eclesiásticos, no solo la instrucción necesaria para desempeñar el arduo, dificil y penoso Ministerio de gobernar las Almas, sino que también el espíritu y fortaleza para practicar las virtudes; de modo que, como dice el Apóstol, no salgan de la boca de los Eclesiásticos otros discursos, que los que inspiren piedad, y edifiquen á los que los oyen. N hay, a la verdad, en un Sacerdote virtuoso cosa alguna, que no hable; habla su modestia; hablan sus acciones; hablan sus exemplos, igualmente que sus dscursos y sus palabras; habla hasta su mismo silencio.

Con este fin hemos dispuesto, que sean recibidos en el Seminario, no solo los Sacerdotes que amen el retiro, para pasar el resto de sus días; sino también á los que quisieren “voluntariamente” residir en él por algún tiempo; o hacer exercicios espirituales, para renovarse en el espíritu de su vocación. Por los mismo que las obligaciones y cuidados del Ministerio Sacerdotal son tan graves, conviene retirarse algunas veces á examinar nuestras acciones; y reflexionar, en el centro de la soledad y del reposo, lo que Dios exige de nosotros; rogándole, que sea nuestro Conductor y nuestra Guía en todas nuestras funciones.­

 

Un paso más al orden.- La supresión de las Cofradías

 

En las comunidades indígenas, desde el siglo XVI están presentes dos instituciones de gran importancia e íntimamente relacionadas con la Iglesia, las cofradías y las mayordomías; las primeras funcionaban a nivel del pueblo y las segundas a nivel de barrio, aunque el cargo de mayordomo estaba presente en ambas instituciones. Existían además hermandades basadas en la devoción a un culto determinado, de parte de españoles y de indígenas, que instituidas como congregaciones aspiraban a convertirse en cofradías una vez que fuesen aprobadas y confirmadas sus constituciones. Tenemos conocimiento en Tacuba de las congregaciones de Nuestra Señora de los Dolores, la de la Circuncisión del Señor, y la de San Diego.

Las autoridades eclesiásticas aceptaron el establecimiento de las cofradías desde finales del siglo XVI, con el fin de acercar a los indígenas a la religión cristiana. Este objetivo derivó en el culto al santo patrono y en la celebración de su fiesta, hasta convertirse en un medio de cohesión y en manifestación de las luchas por la prevalencia de sus tradiciones y costumbres en las comunidades donde existía.

La cofradía, definida como una organización religiosa secular con aprobación del clero y del gobierno virreinal y de carácter benéfico, tenía como funciones principales fomentar los lazos de hermandad entre sus miembros, dirigidos a la obtención de fines espirituales y materiales, y ser un medio de canalizar la conciencia religiosa de todos los grupos sociales hacia la Iglesia; al mismo tiempo, permitió la asimilación socio-cultural de los indígenas y las castas y otorgó un sentido de identidad colectiva a sus miembros.

Según su localización, había cofradías urbanas y rurales. También las caracterizaba su base económica: la de las urbanas era sólida, pues en general estaban integradas por miembros destacados de la sociedad. En contraposición, la base económica de las cofradías rurales estaba constituida por pequeños pedazos de tierra, en su gran mayoría de temporal -lo que los hacía poco redituables- y algunos inclusive infructíferos.

El producto de sus bienes se utilizaba básicamente en costear el ceremonial religioso alrededor del santo patrono de la cofradía y en pagar las comidas del día de la fiesta.

Aparentemente, las entradas de las cofradías no eran muy abundantes, al grado de que en San Bartolomé Naucalpan el cura de Tacuba suprimió la fiesta de la Cofradía de Nuestra Señora del Tránsito porque no tenía para pagar la misa y el sermón, aunque sí para la comida y la procesión; es decir, lo que importaba era la fiesta, independientemente de si se trataba de día de precepto o no. Aunado a esto, se presentaban situaciones que reflejaban el estado de las cofradías; en sus libros de cuentas es notorio el hecho de que los mayordomos siempre salían alcanzados, es decir, sus gastos eran mayores que las entradas. Por lo tanto, el Tribunal de Justicia de Indios decidió quitar a los mayordomos la administración de sus bienes. Además, se hizo claro que muchas cofradías no contaban con estatutos aprobados por el arzobispo y confirmados por el rey, y que tierras de comunidad aparecían como bienes de las cofradías.

La solución adoptada, por el Virrey y el Arzobispo Núñez de Haro en forma conjunta, fue suprimir las cofradías para evitar la dispersión de las rentas provenientes de los bienes comunales, y en lo sucesivo aplicar los bienes y fondos de las cofradías a sus respectivas comunidades, haciéndose énfasis en el bien que redundaría a la Contaduría General de la Nueva España. Bucareli envió otro despacho fechado el 6 de agosto de 1776 con el fin de regularizar el estado de las cofradías, el cual se hizo efectivo casi un año después.

No queda claro cuáles fueron las causas de que la resolución no se efectuara, pero históricamente la rebeldía no era sólo a nivel del clero. Hasta 1789 se retornó el caso, al pedir el virrey Revillagigedo a los intendentes que informaran sobre el estado de las cofradías, hermandades, cuentas y limosnas. No todos los obispos enviaron la información requerida desde 1775; sin embargo, en algunas parroquias ya se habían suprimido algunas cofradías, o bien había una intervención de los párrocos en su administración.

De la petición del virrey se generó un informe del arzobispo Alonso Núñez de Haro entregado en 1794. En él se aclaraba que desde el 18 de septiembre de 1776 se había suspendido la aprobación de nuevas cofradías. Respecto a su estado, se informaba que ninguna cofradía estaba fundada según lo establecido en la Recopilación de Indias, por lo que se acordó que en un tiempo determinado, bajo pena de suspensión, debían pedir licencia y aprobación de su majestad. Para agilizar el trámite, evitar dificultades a los cofrades y no cargarlos con costos en el trámite, se aconsejó que fuese el virrey quien aprobase las cofradías que estaban erigidas sólo con autoridad ordinaria, es decir, cuyas constituciones o estatutos estuviesen confirmados por los obispos o por los previsores y vicarios generales, y que las que se llegasen a fundar, en el futuro, lo hicieran según lo establecía la Recopilación de Indias.

Núñez de Haro además decía que cuando se extinguió alguna cofradía y hermandad dejándola en calidad de devoción, obra pía o mayordomía, lo hizo porque se había pretendido fundar sin autorización legítima y que no las agregó, con sus bienes, a otras cofradías aprobadas por su majestad o por el ordinario.

Por último, el arzobispo opinaba que era mejor que las cofradías, sobre todo las que tenían un ingreso monetario fijo proveniente de sus cofrades y las que sufragaban los gastos de sus funerales, se establecieran en parroquias donde la vigilancia de sus fondos, por parte del cura, sería más eficaz que en las iglesias regulares. Esta idea tenía su origen en los conflictos entre el clero regular y el secular, pugna que finalizó, como hemos visto, con la secularización de las parroquias; entre los argumentos que se expusieron contra los regulares estaba la mala administración en las parroquias que regían, dado que no había una correcta observancia en los aranceles que se pagaban por los servicios religiosos que impartían. Además, se indicaba que en sus jurisdicciones no se pagaba el diezmo; por ello, las comunidades regidas por religiosos salían del control económico de la Corona con la consecuente pérdida de ingresos, mientras las parroquias seculares sí entregaban los ingresos correspondientes. Desde este punto de vista, era mejor la administración secular que la regular, además de que estaba acorde con los intereses económicos de la Corona.

Volviendo a la información de Núñez de Haro, se indica en ella que el número de cofradías, congregaciones y hermandades ascendía a 951, de las cuales opinaba, debían quedar sólo 425 y extinguirse 26; es de notar que poco antes del informe ya se habían eliminado 500.

En la parte final del informe aparece una lista de parroquias con sus respectivas cofradías. En ella se ve que los criterios para su eliminación fueron las anormalidades en su constitución, y sobre todo, encontrar que el gasto era mayor a las entradas qué tenían y no, como dice Bazarte Martínez, porque los bienes de la cofradía fueran escasos.

En Tacuba se encontró que había seis cofradías, todas fundadas con autoridad ordinaria, cuyos bienes consistían en magueyes y limosnas. De las cuatro de indios se debían eliminar la de Nuestra Señora del Tránsito y las del Santo Entierro por ser sus gastos mayores a sus entradas. De las dos de españoles debía extinguirse la de San Nicolás Tolentino, que apareció después de 1751, y persistir la del Santísimo, en Popotla.

En cuanto a Naucalpan, el arzobispo menciona las para él hermandades del Santísimo, de San Bartolomé, de San Nicolás, de Nuestra Señora del Tránsito, de las Benditas Ánimas y siete más que no eran cofradías sino mayordomías de barrio, aclarando que todas ellas se extinguieron como cofradías porque no tenían formalidad alguna, dejándolas en calidad de puras devociones, y mandando que con el producto de las tierrecillas y magueyes que todas tienen se hagan las fiestas de los santos; de este modo, con el nombre de hermandades y cofradías se incluyeron mayordomías de barrio en esta disposición. La historiadora Bazarte Martínez, en su interpretación del informe de Núñez de Haro, indica erróneamente que las cofradías en Naucalpan, dentro de las cuales algunas eran mayordomías de barrio, fueron convertidas en mayordomías.­

 

De vagos, malentretenidos y pedigüeños.

 

La mano de Núñez de Haro tenía, como ya lo hemos visto, el toque de Midas. No había obra o proyecto en el que participara que no tuviera éxito, sobre todo económico. De ahí que es de dudarse que hubiese tenido participación en la siguiente hazaña, lo que algunos autores afirman.

La institucionalización de la beneficiencia por parte del Estado fue concebida de manera más utilitaria que caritativa. Obedecía, ante todo, a librar una batalla contra la indigencia más que a atender las necesidades de las que surgía la miseria. El 17 de marzo de 1774 el virrey Antonio Bucareli y Urzúa ordenó la fundación de un hospicio de pobres que albergaría en su seno a mendigos y pordioseros. El tono de la disposición dejaba en claro la intención que abrigaba. Señalaba la necesidad de obligar a los mendigos a encerrarse en el hospicio, aunque lo resistan a fin de evitar que continuaran importunando al vecindario pidiendo limosnas como hasta aquí en las calles, casas, iglesias, y además parajes públicos... pende el establecimiento de una casa tan útil á la religión, al Estado y aun al bien espiritual y temporal de los propios mendigos, pues de continuarse las demandas podría resfriarse la devoción que muchas personas poderosas han manifestado para la concurrencia de limosnas en lo subcesivo.

El Hospicio de Pobres abriría sus puertas exactamente un año después de haber sido dispuesta su fundación. Tendrían acogida sólo los "verdaderos pobres," ya que se trataba de evitar "el que se defrauden las limosnas de los fieles, por los vagos, malentretenidos, y holgazanes que abusan de la caridad". A pesar de que se aseguraba la "entrada voluntaria", se convocaba a los limosneros a presentarse en el hospicio, ya que de otra manera serían recogidos por celadores comisionados por los diferentes barrios de la ciudad. A partir del 19 de marzo de 1775 los pobres tenían prohibido importunar a los fieles pidiendo limosna.

No habían pasado seis años cuando el hospicio se vio en peligro de cerrar. No había fondos que aseguraran su mantenimiento inmediato y mucho menos su sobrevivencia a mediano plazo. Las necesidades del hospicio habían crecido conforme aumentaba la pobreza y el número de indigentes. La población infantil fue atendida de manera especial creándose para el efecto una sección de niños huérfanos y expósitos.

A fines de siglo la situación empeoró dentro y, sobre todo, fuera del hospicio. En 1797 se informaba que pululaban por la ciudad un enorme número de mendigos. Como éstos debían encontrarse en el hospicio se ordenaba:

con la humanidad y dulzura que exige el solo nombre de indigentes, cojan a cuantos mendigos encuentren en las calles y parajes públicos y los lleven ante V.S. que distinguiendo de los viciosos y holgazanes los verdaderos pobres remitirá... al hospicio y procederá contra aquellos bien corrijiéndolos, apercibéndolos o... según estimare conveniente.

La orden dirigida al Cabildo por el virrey, Marqués de Branciforte, advertía la incapacidad del gobierno para atacar el problema de la miseria a través de instancias más justas y pertinentes. Tratando de resolver, en alguna medida las necesidades de los pobres del hospicio, el virrey de Azanza procuró en 1799 promover la ocupación de éstos creando fábricas y talleres en los que se enseñaran “todos los oficios”.

Dos son las razones que argumentamos para dudar de la participación de arzobispo en este fallido proyecto: la económica, puesto que como ya hemos visto para las finanzas se pintaba solo, y la política. En este últmo caso, la simple presencia de él en la silla virreinal hubiese bastado para que destinase lo necesario a fin de que no fracasara. De ahí que se infiere que el prelado no tuvo simpatía alguna por el proyecto y la única respuesta es porque no aceptaba la pobreza inactiva ni la vagancia improductiva. Sus Cartas pastorales y sus Constituciones lo dejan ver claramente.­

 

Núñez de Haro y el Jardín de Borda

 

Uno de los sitios que más caracterizan a la ciudad de Cuernavaca, y que pueden orgullosamente representarla, es el Jardín de Borda, nombre con el que se conoce, desde su inicio, la construcción que mandara hacer, en el siglo XVIII, don Manuel de la Borda y Verdugo, hijo del extraordinario empresario y minero de Tasco, don José de la Borda.

José de la Borda nació el 2 de enero de 1699, en Jaca, Aragón, España. Su padre fue Pierre de la Borda, oficial del ejército de Luis XIV, y su madre Magdalena Sánchez, de origen español. Llegó a México a la edad de 17 años -el 13 de julio de 1716- y se encontró con su hermano mayor Francisco, establecido en Taxco desde 1708. En esta ciudad, José trabajó con su hermano en las minas e hizo construir la Iglesia de Santa Prisca, joya de la arquitectura barroca del siglo XVIII. El lema de Borda era, para darse una idea de su profunda religiosidad, tanto da Dios Borda, tanto da Borda a Dios.

Es indudable que tanto Don José de la Borda, como su hijo Manuel, tuvieron contacto directo con el Arzobispo Ildefonso Núñez de Haro, pues independientemente de que la propia iglesia de Santa Prisca quedaba bajo la férula de su arzobispado, el intenso gusto del prelado por un jardín botánico –ya desde entonces existente- influencia al poderoso minero para la creación de su Jardín Borda, idea sembrada que se demuestra al ser precisamente Núñez de Haro quien inaugura el fastuoso jardín, antecedente del Jardín Botánico Virreinal que creara el arzobispo más adelante.

El parque que hoy lleva el apellido de los Borda fue construido por José Manuel Arrieta, hijo del arquitecto que construyó la antigua Basílica de Guadalupe, y adquirido cerca de 1763 por don José. Su hijo, don Manuel de la Borda, en un principio ideó el lugar como casa de reposo para su padre, mas a la muerte de éste, el 30 de mayo de 1778, heredó y transformó este jardín, que ha contado desde su inicio con cientos de variedades de árboles frutales y plantas de ornato, en un lugar recreativo y jardín botánico, pues don Manuel además de sacerdote –otro punto de relación con el prelado- era un estudioso de la horticultura y la botánica. Las obras realizadas en el Jardín Borda -incluyendo el lago interior- fueron terminadas en 1783, un año antes de que se construyera la vecina Iglesia de Guadalupe.

Al paso de los años este espacio ha sido destinado a funciones tan disímbolas como: casa de descanso, jardín botánico, posada, posta de diligencias, oficina pública, residencia veraniega del emperador Maximiliano, hotel y restaurante, centro nocturno y, actualmente, como un remanso de paz en el agitado centro de la ciudad. Funciona, también, como museo y parte integral del Instituto de Cultura de Morelos, organismo que realiza allí exposiciones pictóricas, escultóricas, y fotográficas, espectáculos de danza y teatro, conciertos, conferencias y festivales, entre varias otras actividades culturales y artísticas.

La fachada principal, hacia la Avenida Morelos, es austera y presenta por umbral una reja por la que se ingresa a un patio central rodeado de columnas toscanas; dicho patio ostenta una fuente que, seguramente, no estuvo antes pues por allí pasaban los carruajes. Desde este espléndido lugar podemos observar, al norte, la bien proporcionada cúpula del templo de Guadalupe que, durante tantos años, ha levantado su hermosa silueta hacia el cielo de Cuernavaca.

Se accede luego a un segundo patio, delimitado al poniente por una curiosa barda con arcos invertidos que sirven de acceso a los maravillosos jardines que dan nombre y caracterizan este lugar. Barrocas fuentes y amplios andadores enmarcan las extensiones de árboles frondosos de todo tipo. Es notable el manejo del agua, que por mera gravedad alimenta todo el predio y provoca los extraordinarios juegos en las fuentes, sin duda una bien aprendida lección de los artífices árabes que tantos años poblaron España.

Dentro del jardín hay un gran estanque, llamado lago, donde todavía se cuenta, para disfrutar el frescor de este lugar, con pequeñas embarcaciones, recuerdo de aquéllas que fueron utilizadas el día de la inauguración, célebre fiesta a la que asistió el arzobispo de México, don Alonso Núñez de Haro y Peralta. Se narra que en aquella ocasión el arzobispo, asombrado por la oscuridad que prevalecía y un tanto inquieto, preguntó a su anfitrión el por qué de aquella situación, a lo que don Manuel Borda sólo respondió acercando la braza de su cigarro a una mecha que inició la más espectacular secuencia de fuegos artificiales jamás vista.

En las esquinas que limitan el jardín por el poniente se construyeron sendos miradores, los mismos que quizá inspiraron los de otras mansiones de Cuernavaca, convirtiéndose en un elemento típico de esta ciudad en épocas posteriores. Se cuenta que era usual subir a estos miradores por la tarde para contemplar el paisaje y disfrutar el aire fresco tomando un sabroso chocolate; de ahí el nombre de «chocolateros».

En 1865, después de un viaje a Yucatán, los emperadores Maximiliano y Carlota Amalia seleccionaron este lugar como su residencia de verano. Con la estancia de la pareja, el jardín volvió a tomar su categoría de elegancia sencilla; dejó de ser hotel y se convirtió en un Palacio Real. Los Emperadores, rodeados por su corte, ofrecían espectaculares reuniones de gala en los jardines y excelentes conciertos en el escenario del estanque, hoy conocido como el Foro del Lago. Dice una leyenda que debajo del mirador suroeste había una habitación con una discreta puertecita, que abría al callejón que bordea el jardín por el sur, y por la cual entraba y salía el emperador o alguna de sus amantes sin ser vistos.

El Jardín Borda ha sido lugar ideal para agasajar a visitantes distinguidos; bajo la sombra de sus frondosos árboles comieron y disfrutaron en diferentes momentos el virrey de la Nueva España, don Matías de Gálvez -a cuya muerte Núñez de Haro fue Virrey interino- Maximiliano y Carlota, los presidentes Sebastián Lerdo de Tejada, Porfirio Díaz, Francisco I. Madero y Plutarco Elías Calles, y personajes como Guillermo Prieto, Genovevo de la O, Emiliano Zapata, Francisco Leyva y Diego Rivera. Aquí se hacían también las suntuosas comidas que, para fijar los impuestos a pagar por zafra, realizaban anualmente los propietarios de las haciendas azucareras, en compañía de los administradores de rentas.

Hasta antes de la llegada del ferrocarril, en 1897, era aquí donde terminaban los recorridos de las diligencias, de la empresa de los Sres. Zurutuza y Escandón, que venían de la Ciudad de México. Después, el inmueble fue convertido en hotel y restaurante, afiliado a la Wells Fargo. En 1950, estuvo en grave peligro de ser derruido, cuando Elmer Ray Jones pretendió construir un moderno hotel, pero los habitantes de la ciudad se opusieron, ganando, en represalia, que durante mucho tiempo las excursiones y visitas pasaran de largo hacia Taxco o Acapulco, sin detenerse para nada en nuestra ciudad.

Las edificaciones que hoy vemos reflejan en sus distintas etapas constructivas la interesante historia del lugar, famoso además por los libros y artículos que algunos de sus visitantes y huéspedes escribieron sobre él.

Entre 1990 y 1991, este jardín mereció una esmerada restauración dirigida por la arquitecta Eulalia Silva, quien ha señalado que el edificio es uno de los raros ejemplos de trazo barroco a la usanza morisca, cuya ingeniería hidráulica fue vanguardia en el México de aquellos tiempos. Fue entonces cuando se restauró la llamada Sección Juárez, en la cual se logra recrear el ambiente antiguo del edificio. En esta sección se encuentra un Museo de Sitio, que cuenta con muebles y vestidos del siglo XVIII, y con copias de documentos del Imperio. Este museo ocupa 7 de las 13 salas, siendo utilizadas las restantes para exposiciones temporales.

Uno de los mejores reconocimientos a la participación del Arzobispo es, indudablemente, la existencia de su retrato en la sala capitular de Santa Prisca, en donde existen varios retratos, obra del oaxaqueño Miguel Cabrera, destacando los de Manuel de la Borda, Juan Ruiz de Alarcón y el del propio Ildefonso Núñez de Haro.­

 

Su obra en el amor por la Guadalupana

 

En el Archivo Guadalupano en la Caja 381, libro 2,  f. 75, un asentado señala:

5.-Despacho del Ilustrísimo Cabildo de la Basílica de San Pedro, de Roma, en orden de coronar a la Santísima Virgen de Guadalupe, a pedimento del Caballero Lorenzo de Boturini. Copia de la traducción del Brebe Apostólico Romano Latino de Benedicto XIV, para la confirmación del Patronato de la Nueva España, de Nuestra Señora Santa María Virgen de Guadalupe. Relación y Estado del culto, lustre, progresos, y utilidad de la Real Congregación, sita en Madrid, erigida al portentoso simulacro de María Santísima Aparecida en México, y conocida con el título de Guadalupe.  Oración a Nuestra Señora de Guadalupe por el Ilustrísimo señor Don Francisco Antonio de Lorenzana, Arzobispo de México. El Dr. Don Alonso Núñez de Haro y Peralta por la Santa Sede Apostólica, Arzobispo de México, pide se propagar el culto y mayor devoción a su Prodigiosa Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe..Plan iconográfico de la Capilla que se fabrica en honor de María Santísima de Guadalupe, para que sirva de Propiciatorio a las prodigiosas aguas del Posito delineado por el maestro Don Francisco Guerrero y Torres. Tiernos clamores de los corazones mexicanos a su purísima Madre María Santísima de Guadalupe (sonetos, pensamientos, reflexiones etc.) Firme adhesión y protesta a Nuestra Señora de Guadalupe y su Aparición maravillosa, y en acción de gracias por sus continuos beneficios y el habernos librado este año de la inundación.

 

Y efectivamente, a lo largo de nuestra investigación, nos encontramos con ejemplos frecuentes de su preocupación por difundir la devoción a la Virgen de Guadalupe, y la atención a los sitios relacionados con su culto, como es el caso de la Capilla del Pocito y la Capilla del Cerrito ahí, en donde la Guadalupana se apareciera a Juan Diego, hoy Santo. Este afán muestra un amor especial por esta tierra que le acogió, y que podría justificar una idea que surge de las propias notas del investigador, aunque más como una mera corazonada que una certificación, y que comentaremos al final de este trabajo.­

 

La Capilla del Pocito.-

 

La gente trataba de averiguar cuál había sido el sitio de la cuarta aparición. Donde San Juan Diego recibió las rosas del milagro, brotó un manantial de agua al que le atribuyeron propiedades curativas por obra del milagro, motivo por el cual el bachiller Luis Lasso de la Vega, de 1648 a 1649 le mandó construir un chapitel de forma ochavada.

Fue a instancias del gaditano don Nicolás Zamurrátegui y de un viejo de origen granadino, llamado don Calixto González Abecenrraje, que había sido soldado en España y retirado en Veracruz, cuando decidieron continuar la obra -ya empezada con la cimentación el año de 1777- de la joya arquitectónica del arte barroco y corintia por excelencia. Se cuenta que don Calixto, llamado por el vulgo El Beato del Pocito, pasó 25 años en el Tercer orden de San Francisco y siete en calidad de ermitaño en el santuario, dedicándose a juntar limosnas en un plato sobre una mesa a orillas del pozo, logrando recolectar $40,000.00 que, con la cantidad aportada por el arzobispo de México don Alonso Núñez de Haro y Peralta, se reunieron $50,000.00 que era el costo total de tan significativa obra.

El director técnico de la obra fue el insigne arquitecto de mayor nombradía en la Nueva España, don Francisco Antonio de Guerrero y Torres, el artista del barroco, que casara con doña Ana Durón. Entre sus obras mas notables tenemos el templo de la Enseñanza, 1774; el edificio hacendario de Zimapán en 1776, las casas del Marqués del Jaral de Berrio, la cárcel de la Acordada, la casa de los Condes de Santiago de Calimaya (únicamente su reconstrucción) del Marqués de Valparaíso, del mayorazgo de Guerrero y autor del templo Tepotzotlán, por no citar más.­

 

La Capilla del Cerrito

 

Para subir a la capilla, lo mismo que al panteón, hay que hacerlo por medio de dos rampas, una oriental y otra occidental. La primera fue diseñada por el arquitecto Francisco Antonio Guerrero y Torres, y comienza a unos cuantos pasos de la capilla dle Pocito. En las cercanías existe una columna rematada por una imagen de la Virgen de Guadalupe para señalar el lugar donde, según la tradición, estuvo el árbol del casahuate que marcaba el lugar de una de las apariciones.

Esta columna muestra en la parte media de una piedra el nombre de uno de los patrocinadores de la obra, el Arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta, y durante muchos años estuvo empotrada en la fachada de la Capilla de las Rosas, donada por la familia Álvarez Icaza y que ya no existe. La rampa occidental fue construida por don Juan José Mariano de Montúfar y llega a la entrada del Panteón del Tepeyac.

Al descender la rampa se llega a la calle 5 de mayo, y en la esquina con Misterios se encuentra la casona que habitó el paisajista mexicano José María Velasco. Al frente está el Antiguo Palacio de los Virreyes (ahora Convento de Capuchinas) donde se firmaron los tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848, que significaron la pérdida de la mitad del territorio mexicano.

En el interior se aprecia un púlpito de madera con las apariciones de la Virgen y siete murales del artista potosino Fernando Leal con los temas de: La doctrina de Santiago Tlaltelolco La primera aparición de la Virgen a Fray Juan de Zumárraga; La curación de Juan Bernanrdino; el milagro de las rosas; La aparición en el obispado y La gloria en la bóveda.­

 

Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo.-

 

El edificio de la Calle de San Ildefonso Núm. 68 con sus dos espléndidos patios, en el que se encuentra actualmente la Escuela de enseñanza Secundaria Núm. 6, y donde el Padre Pedro Sánchez, fundó en 1573 el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, dedicado principalmente a la instrucción y doctrina de los indígenas y cuyo templo anexo, que se concluyó en 1603, fue desmantelado por el gobierno en 1822.

Tanto el Colegio como el Templo tuvieron después los siguientes usos: salón de sesiones del Congreso; Colegio Militar, Cuartel, Hospital Militar, iglesia protestante, Escuela Correccional, sala de discusiones libres, bodega, depósito de viveros y actualmente, en el Templo, se encuentra la Emeroteca Universitaria.

Es por demás revelador el hecho de que el Colegio de San Pedro y San Pablo, construido para la instrucción de indios, dedicado a la educación de jóvenes honrados, haya sido trocado en casa de corrección, en un asilo para los criminales que fueron producto natural del caos revolucionario.

 

La campana Guadalupana de la Catedral Metropolitana.-

 

Consumada la Conquista, el bronce tuvo un objeto mucho más apacible y caritativo: las numerosas campanas que hubo necesidad de fundir para los nuevos templos que se edificaban.  Se conservan algunas campanas del siglo XVI, que se caracterizan por una forma alargada, que poco a poco fue desapareciendo para dotar a las campanas de mayor altura y mayor diámetro. Entre estas primitivas campanas están las del convento de Acolman. A partir del siglo XVIII, el bronce se utilizó también para elaborar rejas y barandales en edificios suntuosos. Ejemplos de ello son los que se encuentran en el coro de la Catedral Metropolitana de México. A finales del siglo XVII, el campanero ocupaba el penúltimo lugar de las "raciones", o sean los sueldos que pagaba el cabildo catedralicio. La nómina asignada al campanero una partida de 6 tomines, sólo superior a la del "perrero", que ganaba únicamente dos.

   En la Nueva España, una de las campanas de mayor interés es la campana mayor de la catedral de Puebla, llamada Santa María de la Concepción. Hubo que fundirla repetidas veces entre 1625 y 1720. La campana actual fue hecha en 1730 y pesa casi 9 toneladas.

    La catedral metropolitana de México tiene un total de 28 piezas, entre campanas, esquilas y piezas del reloj. Están distribuidas en dos torres, cuyo proyecto es obra del arquitecto José Damián Ortíz de Castro, originario de Jalapa, Veracruz que trabajó de 1787 a 1791. Tienen como remate la forma de una inmensa campana, y su altura total a la cúspide de la cruz es de 61 metros. La campana mayor pesa casi trece toneladas. Fue fundida por Salvador de la Vega y consagrada el 8 de marzo de 1792, al pie de la torre, por el arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta. Está dedicada a la Virgen de Guadalupe, fue estrenada el 7 de junio de 1792 y fama es que su toque se oye en más de dos leguas a la redonda. Tiene el honor de que el aparato que se inventó especialmente para transportar esta campana desde el taller de fundición de Tacubaya hasta la catedral, se probó antes con la Piedra del Sol o Calendario Azteca, cuyo descubrimiento ocurrió en los mismos días. Cabe señalar que hoy no quedan vestigios del taller de fundición de la familia Vega en Tacubaya.­

 

También tuvo que ver con el Santuario de Chalma

 

En el Estado de México se encuentra Malinalco, pequeña población que se localiza en un valle semicerrado cuyos límites naturales son dos cadenas montañosas ricas en recursos naturales, abundantes manantiales, tierras fértiles y exuberante flora y fauna. Sobre la impresionante vegetación destaca su zona arqueológica: el templo monolítico de maravillosas esculturas y misticismo. En el año 2000 tenía poco más de 21 mil habitantes.

En la época prehispánica, en 1501, el gobernante azteca Ahuízotl ordenó la construcción de una fortificación de las órdenes militares de los guerreros águilas y jaguares. Posteriormente, cuando los españoles sitiaron Tenochtitlan, supieron que los pueblos de Malinalco, Matlatzinco y Tula se habían unido para atacarlos por la retaguardia, por lo que Hernán Cortés envió a Andrés de Tapia para someterlos, logrando su rendición. Consumada la conquista, Malinalco fue encomendado a Cristóbal Rodríguez.

En 1540 se inició la construcción del convento agustino que está en el centro de la población; obra costeada por Cristóbal Rodríguez y que tuvo como prior al famoso Juan de Grijalva, cronista de su orden. El convento tiene una planta rectangular limitada a los lados por pequeñas capillas, su fachada es de estilo plateresco; a la derecha del mismo se encuentra el claustro, edificio de dos pisos con corredores limitados por arcada de medio punto y pilastras cuadradas con capiteles muy simples, ostentando restos de interesantes pinturas murales.

 Sin embargo, Malinalco debe su fama a otro importante sitio religioso de la zona: el santuario de Chalma, al que acuden cientos de miles de peregrinos en busca del favor divino.

Ubicado a once km. al sureste de la cabecera municipal, se fundó en el siglo XVII a iniciativa del vicario provincial interino, fray Diego Velázquez y se inauguró el 5 de marzo de 1683. El arzobispo de México, Alonso Núñez de Haro y Peralta le concedió el título de Convento y Santuario de San Miguel de las Cuevas de Chalma, que le fue otorgado por Carlos III el 6 de septiembre de 1783. Sus fiestas principales se realizan el 27 de mayo y el 2 de junio de cada año.

En la cabecera municipal existen algunas capillas dignas de mencionar y de visitar como, del siglo XVI; Santa Mónica, Santa María, San Juan y San Martín; y San Pedro y La Soledad, del siglo XVII: En el poblado de San Nicolás se encuentran los templos de San Nicolás y de Jesús María, del siglo XIX.

 

El primer huésped del Castillo de Chapultepec.-

 

Al consumarse la conquista, bosque y cerro de Chapultepec no perdieron importancia. En los años inmediatos a la caída de Tenochtitlan (1521), la gente solía dejar la ciudad y visitar el bosque. En 1528 el ayuntamiento autorizó a Juan Díaz del Real a “vender allí pan, vino y otros mantenimientos a los que fueran a holgar”.

El virrey don Luis de Velasco dedicó el bosque al emperador Carlos V, ordenó cercarlo para evitar que los cazadores acabaran con las especies animales y soltó en sus alrededores una raza de perros lebreles que pronto se propagó. Los representantes del rey de España reconocieron las bondades del lugar y, en lo alto del cerro, sobre los restos del adoratorio prehispánico, autorizaron la construcción de una ermita dedicada a San Francisco Javier y planearon la construcción de una residencia de recreo.

Con los años, nuevas construcciones se abrieron paso entre la naturaleza: el célebre Molino del Rey --donde trituraban trigo y maíz-- una fábrica de pólvora establecida en 1764 -que antes de estallar definitivamente el 19 de noviembre de 1784 se incendió en cuatro ocasiones- y el Castillo de Chapultepec.

Varios virreyes habían intentado edificar en lo alto del cerro una residencia que hiciera las veces de palacio de gobierno, pues el de la ciudad de México era un verdadero muladar: en su primer piso se desarrollaba todo tipo de comercio y la gente, quitada de la pena, tiraba suciedad e incluso hacía sus necesidades fisiológicas en los pasillos y corredores.

Por diversas circunstancias nunca pudo edificarse una residencia conveniente -lo retirado de Chapultepec influyó en el fracaso del proyecto- sin embargo el Virrey don Matías de Gálvez se propuso llevar a cabo la idea y solicitó a la corte autorización para restaurar las construcciones levantadas hasta ese momento. Don Matías deseaba trasladar a Chapultepec la ceremonia de recepción de los virreyes y la entrega del bastón de mando realizada tradicionalmente en San Cristóbal Ecatepec. Aunque la propuesta fue rechazada, la construcción del alcázar contó con la venia del rey. La muerte sorprendió al virrey cuando apenas comenzaba la construcción y fue su hijo don Bernardo de Gálvez, el sucesor, quien a partir de 1785 supervisó la magna obra.

Para muchos resultó sospechoso que un alcázar -cuyo costo llegaría a ser de 300 mil pesos- en su mayor parte fuera financiado con recursos del virrey. También inquietó a las autoridades novohispanas el hecho de que el proyecto estuviera en manos de un arquitecto de apellido Manero, pero sobre todo en las de Manuel Agustín Mascaró, capitán de infantería e ingeniero de los Reales Ejércitos, quienes levantaron una verdadera fortaleza. Por si fuera poco, el virrey parecía empeñado en terminar la obra lo más pronto posible y dispuso de cientos de hombres -echando mano incluso de algunos reos- que lograron terminar el castillo en sólo dos años. Los rumores no tardaron en llegar a la corte: don Bernardo de Gálvez estaba listo para proclamarse rey de México y gobernar desde su fortaleza.

Nunca pudieron comprobarse tales acusaciones, ni siquiera se supo si la intención del virrey era asumir el poder absoluto: don Bernardo se fue a la tumba con todos sus secretos. La muerte lo recogió en 1787.

Alonso Núñez de Haro y Peralta, Arzobispo de México, nombrado Virrey interino, se hizo cargo de la obra dándole buen fin y, naturalmente, cambiando su residencia al nuevo y flamante Castillo.

A partir de entonces, los últimos virreyes pudieron admirar, desde la residencia veraniega de Chapultepec, la noble y leal ciudad de México, que en poco tiempo dejaría de ser la capital de Nueva España para convertirse en capital de un país independiente.­

 

Tutor  y guía de Mariano Matamoros.

 

Dos años antes de la llegada de Ildefonso Núñez de Haro y Peralta a la Nueva España, Mariano Matamoros ve la primera luz el 14 de agosto de 1770 en la Ciudad de México, en la esquina de las calles Real de Santa Ana y de La Viña.

Fue bautizado el 15 de agosto de 1770 en la Parroquia de Santa Catarina Virgen y Mártir de México por el Cura Francisco Javier Bedoya -quien le impuso el nombre de Mariano Antonio- y sus padres fueron Don José Mariano Matamoros Galindo y Doña María Ana Guridi González.

Hace sus primeros estudios de 1779-1782 en la Escuela Franciscana de Primeras Letras, en el edificio donde estuvo el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco.

De 1784 a 1788, en el Real Seminario de Tepotzotlan, cursa las Cátedras de Moral Latín, Historia Eclesiástica y Lengua Mexicana.

Se gradúa de Bachiller en Artes el 26 de agosto de 1786 en la Real y Pontificia Universidad de México. En la misma universidad, el 26 de octubre de 1789, obtiene el grado de Bachiller en Teología.

En el Seminario Conciliar de México, 1790- 1795, cursa los estudios de Filosofía y Teología.

En el Templo del Convento de Regina Coeli le confiere el Subdiaconato, el Arzobispo de México, Dr. Alonso Núñez de Haro y Peralta, su tutor y guía, el 21 de septiembre de 1792. En la misma Iglesia y el mismo Arzobispo de México, le confiere el Diaconato el 19 de septiembre 1795.

Es nombrado Teniente de Cura de la Parroquia de San Bartolomé Apóstol de Tepetatitlán Hidalgo el 16 de marzo de 1797. En los años 1799-1802 fue Teniente de Cura de la Parroquia de Nuestra Señora de La Asunción en el Real y Minas de Pachuca Hidalgo.

 

El Prelado, la Junta de Caridad y la viruela

 

Ana Cecilia Rodríguez de Romo, del Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina, de la Facultad de Medicina, Universidad Nacional Autónoma de México, en su obra Inoculación en la epidemia de viruela de 1797 en México: ¿Mito o solución real? señala que al parecer la viruela de 1797 apareció desde 1793 en Sudamérica. Para el 11 de abril ya había cobrado ocho víctimas en Campeche al sur de México. El 14 de julio de 1796, el Virrey Branciforte anunció la presencia de la viruela en el sur del país y ordenó aislamiento y cuarentena de los enfermos y habitantes de la zona. En un principio el gobierno trató de impedir la diseminación de la epidemia y de preparar a la población para combatirla, con este objeto, el periódico Gazeta de México publicó en febrero y mayo de 1796, dos artículos que elogiaban las ventajas de la inoculación y recomendaban la interrupción del comercio en las zonas afectadas.

En agosto de 1796, el Virrey Branciforte ordenó la re-edición de la disertación del médico español Francisco Gil acerca del cuidado de los infectados, pero en contra de la inoculación. El trabajo primero se había publicado en Madrid en 1784 y luego en México en 1788. En este paso es importante recordar que la gran mayoría de la población de la Nueva España no sabía leer, por lo tanto no se puede esperar que el impacto de esas publicaciones haya sido muy alto y por ende, es dudoso su efecto preventivo.

En un esfuerzo por prevenir la llegada de la epidemia a la ciudad de México, Branciforte proclamó un edicto el 28 de febrero de 1797. Las tres ideas más importantes decían que,

1) el aislamiento y la cuarentena eran vitales,

2) los muertos tenían que ser enterrados lejos de las ciudades y

3) se recomendaba la inoculación.

El virrey fue muy cuidadoso en relación a la inoculación, la medida no sería obligatoria y se usaría como último recurso. A pesar de que el edicto era una orden virreinal, algunos gobernadores replicaron que era dfícil de aplicar por problemas económicos.

En julio y agosto de 1797, la epidemia entró en las ciudades de Puebla y Orizaba. En la ciudad de México un primer caso se registró en mayo, un indio "meco" con viruela fue recibido en el Hospital Real de Naturales. A partir de entonces la epidemia se extendió rápidamente.

Aunque Branciforte había ordenado que la mínima seña de viruela fuera reportada y las víctimas se enviaran al hospital donde serían cuidadas y aisladas, la gente prefería esconder a sus seres queridos y no enviarlos a lo que consideraban la muerte segura. El momento era tan crítico al empezar agosto, que el gobierno y la Iglesia consideraron que un programa formal de inoculación debía ser implementado, cosa que no se había logrado antes por la falta de claridad en el edicto del 28 de febrero. Así, el 31 de agosto Branciforte "ratificó" la orden de inocular. Sin embargo, diez días antes, el 21 de agosto, afirmó: "No estamos, ni quiera Dios ponernos, ante una verdadera epidemia,...". Es sugestivo señalar que dos siglos después, las autoridades reaccionaron de igual forma cuando el cólera apareció en la frontera sur de México.

Miguel de la Grúa Talamanca y Branciforte, Marqués de Branciforte era siciliano, su esposa, Antonieta de Godoy era hermana de Manuel de Godoy, Primer Ministro y amante de la Reina María Luisa de Parma. La historia es severa con Branciforte pues lo recuerda con tres adjetivos: Corrupción, nepotismo y rapacidad. Fue Virrey de la Nueva España de 1794 a 1798. Su mala conducta contrastó con la excelente labor de su antecesor, Juan de Güemes Pacheco de Padilla, segundo Conde de Revillagigedo y uno de los mejores virreyes. Branciforte era muy leal a Carlos IV y nunca dejó de enviar dinero a España, que lo demandaba con más urgencia debido a la guerra iniciada con Inglaterra en 1796. El Virrey vivió fuera de la ciudad de México la mayoría de su gobierno, conducta que fue muy criticada. Desde Jalapa preparó la participación del virreinato en la guerra entre España e Inglaterra y huyó a Orizaba cuando se inició la epidemia de viruela. Ambas ciudades son cercanas al Puerto de Veracruz, a 500 km. de la ciudad de México. Realizó por correo la mayoría de los asuntos administrativos y todavía se conserva esta correspondencia. Cuando regresó a España llevaba consigo tres millones de pesos del gobierno y dos millones de fuentes privadas.

La ciudad de México estaba totalmente invadida por la viruela al iniciar el mes de septiembre. El día once se le informa a Branciforte que el programa de inoculación ya estaba organizado, para septiembre 15 ya se habían vacunado 373 personas.

El 23 de septiembre, el Protomedicato ordenó la re-edición del trabajo que el médico novohispano José Ignacio Bartolache había publicado por primera vez cuando la epidemia de 1779. En esas instrucciones Bartolache explica lo que es la viruela, cómo curarla y las precauciones que hay que tener. El cuidado de los enfermos estaba tan claramente detallado que seguramente el Protomedicato consideró que podía ser útil su re-aparición. Bartolache pensaba que la viruela era la forma como el organismo desechaba los malos humores y los materiales inútiles heredados de la madre.

En octubre se dan dos medidas que probablemente fueron más efectivas que lo realizado anteriormente. El Arzobispo Núñez de Haro envió el cuadernillo Método claro, sencillo y fácil para practicar la inoculación a las parroquias de la ciudad de México y a muchas aledañas, y el 26 de octubre se crea la Junta de Caridad cuya función primordial era recabar fondos.

La acción de enviar el cuadernillo a las iglesias fue inteligente porque era claro que el prelado encargado sabría leer, además en el folleto se explicaba que era muy simple inocular y que cualquiera podía hacerlo.

La Junta de Caridad estaba constituida por un grupo de ciudadanos prominentes con autoridad considerable. A la cabeza de la Junta se puso a Alonso Núñez de Haro y Peralta, Arzobispo, cuya experiencia en la epidemia de 1779 era valiosa. La Junta tenía un representante de cada uno de los principales grupos gubernamentales aunque curiosamente no había representante del Protomedicato, tal circunstancia se presta a muchas interpretaciones, quizá una de ellas es que al cuerpo médico no le gusta involucrarse en asuntos de pronóstico incierto como era entonces la viruela. El Tribunal de Minas, organización independiente y poderosa, tenía una gran influencia en la Junta, cosa explicable ya que manejaba la minería, la actividad más lucrativa de la Nueva España. Branciforte les había pedido dinero dos meses antes de la formación de la Junta, su respuesta fue negativa pretextando la guerra con Inglaterra y las recientes inundaciones, sin embargo donaron doce mil pesos al día siguiente de que la Junta fue creada. Indudablemente, la mano mágica de Núñez de Haro.

El Tribunal de Minas estaba muy interesado en detener la epidemia y no precisamente por razones humanitarias, sino porque los indios y negros que trabajaban en las minas estaban muriendo y por ende la producción bajaba. La acción concreta derivada de la creación y del apoyo económico de la Junta de Caridad, fue la organización del programa de inoculación que estableció un centro en cada uno de los ocho cuarteles en que estaba dividida la ciudad de México.

Esencialmente, la inoculación consiste en introducir la secreción de las pústulas virulentas de una persona enferma a otra aparentemente sana. La idea era producir "viruelas benignas" aunque a veces se causaban infecciones serias. La inoculación ya se usaba en Europa en el siglo XVIII, los maravillosos relatos de Lady Mary Montagu y sus referencias a la variolozación son muy atractivas, sin embargo el procedimiento todavía no estaba ampliamente difundido en América Latina, las explicaciones pueden ser muchas, posiblemente una importante fue la religión; era díficil aceptar que una parte del cuerpo, quizá no ajena al alma, fuera introducida en el cuerpo de otra persona. En la epidemia de 1779 la gente no aceptó ser inoculada y el gobierno tampoco apoyó la medida a pesar de que se había establecido un lugar para inocular en la iglesia de San Hipólito. En la epidemia de 1797 la Iglesia fue la primera en apoyar la inoculación, el gobierno estuvo igualmente de acuerdo, la ambigüedad de Branciforte es entendible si se considera que las "viruelas ingeridas" (inoculación) podían causar infecciones tan serias como las "viruelas naturales".

Aquí hay que recordar que la población de la Nueva España estaba formada por indígenas en su gran mayoría, y éstos, los más desprotegidos y los que más enfermaban, no aceptaban la inoculación. El siguiente párrafo es muy ilustrativo.

"Algunos [indios] dicen que Dios les envía la enfermedad, pero que no permitirán que los españoles se la pasen a ellos y a sus hijos".

Por un lado, las autoridades estaban conscientes de esa situación y por eso los documentos favoreciendo y explicando como hacer la inoculación estaban escritos en lenguaje muy simple, pero por otro, la actitud de los indígenas era comprensible, ya que además de que parecía absurdo "no tener viruela teniéndola", no podían esperar nada bueno de una clase de la que normalmente recibían malos tratos. En este sentido fue donde la iglesia jugó un papel primordial al tratar de convencer a la población indígena.

Rodríguez de Romo sigue diciendo: Esteban Morel, en la epidemia de 1779, informó al Ayuntamiento que la inoculación era útil para combatir la viruela y éste le pidió escribir sobre el asunto, ofreciéndole una paga y la publicación del escrito. Morel redactó el texto y también inoculó a algunas personas con su propio dinero, el gobierno nunca publicó su trabajo y le pagó hasta 1782 después de una larga disputa.

El documento de Morel es muy largo, consta de 60 hojas y es claro que estaba dirigido a la élite porque el lenguaje es pomposo y complejo. Defiende la inoculación en base a razones principalmente económicas y dice que ésta es particularmente ventajosa para las clases acomodadas, por ejemplo, es capaz de preservar la belleza femenina. También menciona que el clima de la ciudad de México es muy favorable para inocular.

En agosto de 1795 se descubrió un caso en el Real Hospital de San Pedro en Puebla, ciudad a 300 kilómetros de la capital del país. El paciente fue aislado lejos de la ciudad, pero el "Comisario" del Hospital, Ignacio Doménech, convencido de las bondades de la inoculación y recordando la terrible experiencia con la epidemia de 1779, pidió permiso al Virrey para escribir un folleto sobre la inoculación.

Este es el inicio de un capítulo interesante en la historia de la epidemia de viruela en 1797. Branciforte aprobó la propuesta y Doménech escribió inmediatamente el cuadernillo. Con el objeto de evitar pérdida de tiempo, el 11 de marzo de 1796 pidió que su trabajo fuera revisado por médicos notables de Puebla en lugar de enviarlo al Protomedicato en la ciudad de México. Se hizo caso omiso de la demanda de Doménech, el cuadernillo fue enviado al Protomedicato y la réplica fue firmada por los miembros; José Ignacio García Jove, José Francisco Rada y Joachim Pío de Eguía y Muro. En una lárga crítica, ellos decían que el trabajo sólo eran instrucciones para inocular y que no decía nada del cuidado de los enfermos.

"En este impreso sólo se manifiesta el modo de inocular, la elección de la semilla o materia que ha de introducirse, la de las personas que pueden inocularse y prevenciones oportunas para esta operación, pero nada expresa acerca de la curación y método que deba seguirse durante la fiebre eruptiva, que es cuando las viruelas nacen, ni en la supuratoria cuando inclinan a madurarse y últimamente en el tiempo de la desecación, momentos todos importantísimos y que los médicos observan con la mayor atención".

Doménech hizo las correcciones sugeridas y la orden de imprimir el documento se dió el 17 de abril de 1796.

El arzobispo Núñez de Haro no menciona quién era el autor del folleto Método claro, sencillo y fácil para practicar la inoculación, cuando lo envía a los diferentes distritos de la ciudad de México, tampoco dice cuando fue escrito. Considerando –aprecia Rodríguez Romo- la época de su envío, probablemente fue preparado antes de la aprobación oficial de Branciforte en Agosto de 1797, el impreso no está firmado, antes del título se lee: "Real tribunal del Protomedicato". Resulta un poco difícil aceptar que haya sido preparado por el mismo Protomedicato si se recuerda que la cabeza del grupo era García Jove, médico de corta visión y criterio estrecho que pensaba que las epidemias eran "un flagelo divino". El 28 de octubre el método se publicó en la Gazeta de México, publicación que tampoco está firmada.

El cuadernillo tan mencionado explica la inoculación en términos muy simples. La secreción de una pústula debe ser removida con una lanceta o una aguja e introducida subcutáneamente. El mejor lugar era entre los dedos pulgar e índice. El texto también explica como curar a la gente antes y después de la inoculación, como alimentarlos, vestirlos y cuidarlos antes, durante y después de que hubieran brotado los granos de viruela.

Aunque el documento estaba dirigido al pueblo y había sido enviado a las iglesias, una vez más hay que recordar que la mayoría de la población no sabía leer.

Después de la aprobación de Branciforte en agosto de 1797, la inoculación fue gratuita para todos y se alentaba su aplicación.

El 20 de noviembre los reportes de inoculación cesaron. Cooper piensa que se debió a que la mayoría de la gente educada y quien aceptó muy bien el programa, ya se había inoculado.

El 18 de enero de 1798 el Virrey Branciforte declaró concluida la epidemia de viruela.

El 17 de febrero de 1798 se cerró la Junta de Caridad y el gobierno municipal de la ciudad de México rindió un informe. Del catálogo de documentos americanos que se encuentra en el Instituto Wellcome para la Historia de la Medicina, se concluye que para la ciudad de México, tres son los informes más confiables: El Resumen General, reporte del gobierno municipal a través de la Junta de Caridad y que se hizo el 17 de febrero de 1798, aunque no es completo porque no incluye lo sucedido en hospitales, casas de comunidad y particulares, sólo se refiere a los ocho cuarteles; el Estado General, reporte del Protomedicato realizado el 21 de febrero, que parece ser el más deficiente; y el informe que hizo el arzobispado el 20 de febrero y que apareció el 11 de abril, considerándose el mejor pues se basa en los informes parroquiales que reunieron los datos de todos los sitios.

El Resumen General señala que en la epidemia de viruela en 1797 se "socorrieron" 44,516 personas de las que murieron 4,451.

El informe de Alfonso Núñez de Haro dice que hubo 7,147 fallecidos entre el 9 de septiembre y el 26 de enero. Este informe abarcó la población del Resumen General más la de las parroquias, es decir, el número de "socorridos" debe haber sido mayor de 44,516 pero no se especifica la cifra. Además Cooper piensa que murieron más de 7,147 porque los que obtuvieron esta cifra, aclararon que muchas defunciones no se incluyeron por razones diversas. El informe del Protomedicato apunta que hubo 5,951 muertos de 56,169 "socorridos".

La viruela fue motivo de gran preocupación para las autoridades del Virreinato. La primera vez que se retuvo dinero en la Nueva España fue a causa de la epidemia de 1797. El 30 de noviembre de 1798 el rey Carlos IV ordenó que en las colonias se realizara la inoculación, en 1800 recibió el trabajo de Jenner. La viruela era un problema tan serio en las colonias, que el Rey discutió en el Consejo de Indias la necesidad de enviar una expedición vacunal. La opinión de José Flores fue importante para tomar una decisión, e incluso se le consideró para encabezar la expedición, finalmente Francisco Xavier de Balmis fue el escogido. El grupo partió del Puerto de la Coruña el 30 de noviembre de 1803. La expedición de Balmis tomó dos años, estuvo en México (prácticamente todo el país), Colombia, Ecuador, Perú, Filipinas y China.

El último caso de viruela en México se reportó en 1951. El presidente Miguel Alemán declaró erradicada la viruela el 16 de Junio de 1952. En nuestros días, la vacuna contra la viruela ya no forma parte del esquema de vacunación de los niños mexicanos.

 

 

Capítulo VII.-

El final

 

En sus 28 años de labor pastoral, Su Ilustrísima compartió las múltiples vicisitudes del gobierno real, desde las controversias despertadas por la expulsión de los jesuitas hasta la intolerable corrupción en los puestos públicos, la actitud prepotente y voracidad insaciable de las autoridades, así como las inquietudes premonitorias de las gestas del futuro México Independiente, sin contar con la insalubridad y pobreza reinantes en el pueblo, presa frecuente de epidemias que diezmaban su población.

Para sortear los obstáculos tanto del gobierno despótico del ilustrado Carlos III como del arbitrario de Carlos IV, es indudable el gran tacto del Sr. Arzobispo, cuya personalidad merece estudio especial y que Del Valle Arizpe nos esbozó al anotar:

He visto el retrato de este Arzobispo Virrey... tiene un rostro sereno, una mirada tranquila, una frente despejada; con una mano, fina, gordezuela y blanca, sostiene apenas un leve papel manuscrito ... se distinguió por su prudencia y rectitud ... Pero este Arzobispo-Virrey, tan ponderado, tan lleno de circunspección y recato, tenía horrenda aversión a los criollos ... Si algún criollo sobresalía, distinguiéndose, señalándose en algo, ¡qué sutil era entonces la astucia del Arzobispo-Virrey para opacarle los méritos, para meterlo en una oscuridad en la que no sobresalía!... Su llustrísima, Don Alonso Núñez de Haro y Peralta, siempre siguió diciendo y probando bien que en la Nueva España el subsuelo era riquísimo, el suelo incomparable y el cielo encantador; pero lo que andaba mal, era el entresuelo. Ya se ve que algo nos conocía su Ilustrísima.

Estos aspectos humanos y paradójicos de su personalidad se prestan a muy diversas consideraciones dignas de dar a conocer y comentarse, por quien sea experto en estos campos, aunque es bien notorio que el autor defiende -tras bambalinas- a Fray Servando, obviamente criollo, y a pesar de todo, en lo personal, difiero de esa posición del prelado ante todos los criollos.

Casi 30 años gobernó su Arzobispado con tino, desinterés, honestidad y renovado entusiasmo. Para ejemplo de gobernantes, sus sueldos pasaban a los fondos con que ejercía a manos llenas la caridad, patrocinaba construcción y restauración de iglesias, colegios, conventos, hospitales, 20 obras de beneficio público, prestaba ayuda en bien de las víctimas de desastres naturales y aún colaboraba económicamente con el Rey en sus luchas contra las naciones enemigas. Ildefonso se negó a ver el siglo XIX, bien sabía lo que venía y lo que sufriría su gente. Si el auge económico fue casi general, el reparto de sus beneficios, al contrario, no fue nada equitativo, dada la tremenda desigualdad social existente. El malestar y las expectativas provocadas por este reparto desproporcionado se intensificaron, por causa de la política que adoptó la corona con determinados grupos. Ganó privilegios el grupo de mineros, dejando a los agricultores y empresarios criollos fuera de las grandes ganancias, no tenían acceso a las retribuciones sociales y políticas que se daban a los españoles.

La presión tan intensa y generalizada que en esta época se ejerció sobre el grupo indígena sólo tiene comparación con los peores momentos de la conquista y primeros años de la colonización, muchas de las principales instituciones sociales y culturales que aún conservan fueron dislocadas o quebrantadas por el acelerado proceso de cambio económico que se vivió en que 1750 y 1800. Las tierras comunales sufrieron ésta vez el asalto combinado de la hacienda y el rancho en expansión; grandes haciendas, ingenios azucareros, ranchos y estancias ganaderas convirtieron a los campesinos tradicionales en peones y jornaleros.

Otra manifestación del desajuste social provocado por el crecimiento económico rápido fue la aparición de nuevos grupos que no tenían cabida en el orden establecido: las castas que hacia fines del siglo XVIII llega a formar el 22 por ciento de la población total. Mucho menos numeroso pero de mayor peligrosidad política fue el grupo de los nuevos ricos que nació con el auge, estos individuos repentinamente enriquecidos se adaptaban en forma imperfecta al sistema, y eran frecuentemente rechazados por éste.

La frustración social que de ellas se apoderó fue seguida de un proceso paralelo de frustración política. Las reformas Borbónicas incrementaron la frustración social y política de varias maneras. Por una parte, cerrando el paso de criollos y mestizos a puestos y posiciones políticas que su misma representatividad les había ganado, impidiéndoles el acceso a los altos puestos militares y eclesiásticos, marginándolos, en fin, de manera sistemática y creciente.

Una nueva vida daba comienzo a su muerte, pero mucha sangre habría de correr por esas calles empedradas que tanto amara, cientos de heridos alojarían sus queridos hospitales, un giro sorpresivo tendrían las instituciones educativas que fundara con tanto empeño. Mientras agonizaba, la Inquisición inicia juicio contra el cura Miguel Hidalgo y Costilla. La lucha por la independencia de México había empezado!

Sus numerosos deberes, fatigas, edad avanzada, minaron la salud de Don Alonso Núñez de Haro y Peralta, quien cayó víctima de una larga y penosa enfermedad, tolerada por espacio de quince meses de la misma forma en que vivió: con cristiana resignación y pacencia. A su lado estuvieron siempre sus más cercanos familiares, ayudantes y clerecía, sin que le faltase atención alguna.

En la Relación de la Fúnebre Ceremonia y Exequias del Ilustrísimo… redactada y dispuesta por un presbítero de este arzobispado se indica que, en un momento dado de su enfermedad y aunque ya se habían nombrado algunas personas para su atención, Núñez de Haro ordenó que se avisase al Rector del Real Colegio de Tepotzotlán, el Bachiller Cristobal de Mendoza, al Padre Manuel Boléa, Prepósito que fuera de la Ilustre Congregación de San Felipe Neri, y al Padre Juan Solís, Prefecto de San Camilo, para que le asistiesen y auxiliasen hasta el último instante de su vida.

Los designados aceptaron con el gusto que se podía tener ante tal desgracia, no separándose de casa y cabecera, a veces uno, a veces otro, a veces todos juntos según lo consideraban conveniente o lo solicitaba el enfermo.

La mañana del día 25 de abril, el Arzobispo pidió se le administrara la Extrema Unción, lo que ejecutó el Sacerdote más antiguo de la Santa Iglesia Catedral, Lic. Juan Francisco Domínguez, más tarde Obispo de Cebú. Las semanas siguientes el Prelado dio consejos y reiteró su solicitud permanente de rezar por su alma a todos los presentes.

El día 26 de mayo de 1800,  las ocho de la mañana, el Excelentísimo Señor Doctor Don Ildefonso Núñez de Haro, Arzobispo de Méxicoy Virrey de de la Nueva España, a los 70 años y seis meses de vida, habiendo dejado los más ilustres ejemplos de piedad en toda su conducta, de sabiduría en sus doctos y elocuentes sermones y pláticas privadas, eruditas pastorales y Edictos, útiles cartas Circulares que conformarían una maravillosa colección no sólo para el clero mismo sino para cualquier literato, y de responsabilidad por el cabal cumplimiento de los más espinosos asuntos a más de los vanales y cotidianos, el insigne prelado falleció. Terminó tranquilamente, pronunciando las memorables palabras del célebre Arzobispo de Tours, San Martín: Domine; si adhuc populo tno sum necessarius, non recuso laborem.

Su cadáver fue embalsamado y, contraviniendo su deseo de ser sepultado sin pompa, sus vísceras se repartieron en tres partes: una parte para Santa Teresa la Antigua, otra para el Colegio de Belén, y el corazón se emparedó en un muro del Convento de Capuchinas. Sus restos reposan en la Cripta de los Arzobispos de la Catedral Metropolitana, el pueblo expresó su dolor con numerosas demostraciones de duelo y las honras fúnebres fueron imponentes y solemnes. Su recuerdo debe ser venerado y conocido de las nuevas generaciones.

Gracias a Ildefonso –o Alonso, o Alfonso- Núñez de Haro y Peralta, pudo llegar a tener México, como tuvo antes de la Independencia, tales Escuelas, Universidades, e Institutos Científicos, que hicieron dejar consignado al Barón de Humboldt en su "Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España" testimonios como los siguientes: "Ninguna Ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar siquiera las de los Estados Unidos, puede exhibir unas instituciones científicas tan grandes y sólidas como la capital de México". "La Capital y otras muchas Ciudades tienen establecimientos científicos que pueden compararse con los de Europa".

 

 

 

 

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