DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA          

gallery/logo conjunto 2

DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA

La Virgen de Juquila

 

La Academia Latinoamericana de Literatura Moderna
dentro de su Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericano
y con su Programa Editorial Sagitario
presentan
 
Una obra más del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

La Virgen de Juquila

 

Este libro, registrado con el No. 237 dentro del Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericanos,

se terminó de imprimir el día 16 de Julio del 2011, bajo el sistema POD, en los talleres de Editorial Sagitario

ubicados en Acapulco, Gro. México.

 

 

A DIOS

por su confianza y provisión

 

A LA VIRGEN DE JUQUILA

por permitirme conocerla,

amarla y promoverla

 

 A MIS HIJOS TODOS

para que valoren su fe.

 

A MI AMADA NORMA

por su eterno apoyo y solidaridad.

 

 

A MANERA DE PRESENTACIÓN

 

Siempre he declarado, abiertamente, mi filiación católica. Soy creyente, pero no fanático, y por eso mismo he dedicado ya más de treinta años al estudio de mi religión.

Conocedores de esto mis hijos, han admirado mi entrega y obra en el renglón histórico-religioso. De ahí que Carlos, el menor de los varones, me pidiera que escribiera “un folletito” sobre la Virgen de Juquila, milagrosa como pocas y a la que él y su familia veneran profundamente.

Amante siempre de todo tema de este corte, aproveché un casi forzado descanso de fin de año, y buena parte del año siguiente, para realizar la obra solicitada por el principal intérprete de mis narraciones historiográficas.

Así las cosas, me di a la tarea de investigar antecedentes e historia de la milagrosa advocación de María, cuyo centro de adoración es el pequeño pueblo del que lleva su nombre en el Estado de Oaxaca, encontrándome que –como en muchas situaciones religiosas– el mito se ha mezclado con la historia y las versiones se multiplican. Por ejemplo, en una canción popular grabada por una banda que “cuenta” la historia de la Virgen, la letra señala que fue encontrada por una niña, luego llevada a la casa de un joven y, finalmente, rescatada por el cura del lugar para ponerla a la adoración del pueblo. Obviamente, la narrativa musical está rotundamente equivocada.

Es, precisamente, labor del historiador investigar la realidad más aproximada a la verdad histórica, a fin de que la devoción tenga un sustento más firme, sobre todo ante los eternos detractores de la fe. Esa es, pues, mi labor ante esta encomienda. Como siempre, ruego a Dios guíe mis pasos para aclarar la historia de la fe y no enredar más la creencia sembrando dudas o equivocando conceptos.

 

 

Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

 

 

PÓRTICO

 

Las calles de todos los pueblos y ciudades de México, e incluso de más allá de sus fronteras, como Los Ángeles, Chicago, y otras poblaciones norteamericanas, en donde radican mexicanos, se tornan bulliciosas el 7 de diciembre por la tarde; millones de devotos arman altares, mientras otros tantos preparan peregrinaciones a un diminuto pueblecito de la sierra de  Oaxaca; las bandas de viento, o chile frito como le llaman en las costas surianas, pulen y afinan sus instrumentos desempolvando las partituras de cantos dedicados a esa pequeña, casi insignificante, figura de una de las advocaciones más milagrosas de la Madre de Dios: la Virgen de Juquila.

Esa noche la velan, para recibir el día 8 con las mañanitas a la virgen, a la que le rezan un rosario y elevan sus peticiones junto con sus agradecimientos. Los cohetes truenan por todas partes anunciando las doce de la noche. Ya es la hora! Viva la Virgen de Juquila! Gracias Madre Mía por tus favores!

En las casas anfitrionas circulan con profusión los tamales, el atole, café de olla –con su canelita, naturalmente- y refrescos. Unos a otros se cuentan sus anécdotas de viaje, o el favor recibido, pero todos concuerdan en una cosa: que la virgen de Juquila es muy milagrosa.

El fervor por esta advocación mariana ha crecido en forma explosiva, con tanta o más popularidad que el de San Judas Tadeo, o el de San Charvel. Se puede considerar que sólo otra advocación le supera en popularidad: la Guadalupana.

Si bien la figura de la Virgen de Juquila viene del siglo XVII, es hasta finales del XIX en que su devoción aumenta. El siglo XX, centuria de crecimiento industrial, social y demográfico, alimenta la devoción que enfrenta el tercer milenio con una inmensa popularidad llevada de boca en boca. Es, precisamente a principios del 2000, que su adoración rompe fronteras y su imagen es llevada a confines extranjeros por manos de creyentes mexicanos. En Estados Unidos, tierra prometida para los hispanos, ha conquistado los principales centros de concentración chicana. Sus milagros se cuentan por millones.

Sin embargo, como en el mismo caso de la Guadalupana, la advocación mariana de Juquila escoge un lugar humilde para su devoción: la zona más pobre de México… la Sierra de Oaxaca.

Si amar a la Virgen de Juquila es fácil ante el ejemplo popular, conocer su historia profundiza ese amor.

 

 

 

LOS PRIMERO PASOS Y

LOS PRIMEROS OBSTÁCULOS

 

Un buen amigo, el Antropólogo Benjamín Galicia Hurtado, Director del Centro de Investigación e Información Histórica de Acapulco, ha tomado como lema para sus campañas de difusión la frase “Nadie quiere lo que no conoce”, así es que, con el fin de conocer más de cerca a la Virgen de Juquila, su adoración, milagros e historia, Ricardo aceptó la invitación que le hiciera su hijo Carlos y su esposa Anita para llegar hasta el propio pueblo de Santa Catarina Juquila, enclavado en plena Sierra Madre del Sur.

Ricardo, periodista e historiador, autor de una veintena de obras, personaje conocido por sus propios escritos de orden historiográfico, era un profundo devoto a mas de estudioso de la religión. Treinta y cinco años de investigación sobre el tema le avalaban.

Empecinado Carlos en que ya no debía manejar, le hizo prometer llegar a Puebla en autobús y, de ahí, partir con él y su familia en una camioneta que facilitaría su jefe principal.

El escritor y Norma, su amada esposa, contaban con dos vagonetas, una buena y otra regular, pero decidieron hacerlo a la manera de Carlos, sobre todo porque a sus argumentos se sumaba el de la propia Norma, quien ya le calificaba entre los honorables miembros de la cuarta edad.

Dicho y hecho, un miércoles por la tarde abordaron el transporte que les llevaría, en cinco o seis horas, de Acapulco a Puebla. Llegaron cerca de las once de la noche y, a las puertas de la enorme terminal, les esperaba el chofer de Carlos.

Despiertos, pero empijamados, Carlos, Ana y su hijo Jesús, los recibieron con grandes muestras de afecto –como siempre– y, robándole horas al sueño, comentaron sobre los pormenores del viaje. Descansarían el jueves, para salir a las cinco de la mañana del viernes rumbo a la sierra oaxaqueña.

Aprovecharon el jueves para ir al centro, pero principalmente visitar al Beato Sebastián de Aparicio –como lo hacen cada vez que estan en la Angelópolis– topándose con la sorpresa de que su urna, en la que permanece incorrupto, estaba asentada en pleno altar mayor de la Iglesia de San Francisco. Para quien no lo sabe, si bien es en esa iglesia en la que se venera a Sebastián, para ello tiene un capilla especial al lado izquierdo de la nave central, y de ahí la extrañeza de verlo entronizado en el altar mayor.

Sobre él circulaba por ahí el libro Quién es Sebastián de Aparicio? de la autoría de Ricardo.

De regreso a casa de Carlos, se encontraron con que su jefe se había arrepentido y –por una razón u otra– no podría prestarle la vagoneta. Sin embargo, enterado de esto su jefe inmediato y amigo, Antonio Hernández, se ofreció a prestarle su Audi con el que, sumado al propio auto de Carlos, podrían viajar cómodamente –mejor aún que en la vagoneta– hasta Juquila.

Pero las malas noticias no se detenían ahí. Poco antes de la comida, Eduardo, el chofer del taxi de Carlos, le comunicó que había sido detenido por un operativo y amenazaban con llevar el auto al corralón por falta de un seguro que había vencido el día anterior. Las autoridades del nuevo gobierno panista estaban pegando con todo para desprestigiar a la saliente administración priista y, los chivos expiatorios eran los ciudadanos comunes y corrientes.

Carlos se preocupó pues sabía que si se llevaban el auto al corralón no sólo dejaría de percibir los ingresos de ese fin de semana, sino además pagar una muy alta multa y “encierro” por el vehículo.

Pidió a Ricardo que le acompañara y, durante el trayecto, el escritor buscó la forma de calmarlo.

-La Virgencita no quiere que vayamos… primero lo de la camioneta y ahora esto… dijo Carlos preocupado

-Yo creo que es al contrario… respondió Ricardo, el demonio no quiere que vayas a Juquila, pero la virgen sí quiere. Mira… en el primer caso se solucionó todo con el préstamo del Audi por parte de tu amigo; vamos a hacer una cosa… si este nuevo problema se resuelve satisfactoriamente, comprobarás que la virgen sí quiere que vayamos a verla y te olvidas de preocupaciones… te parece?

-Está bien… veamos…

Carlos era dueño de su auto de alquiler, pero las placas las rentaba. Así es que parte de su preocupación era que el propietario de las placas –y a quien exigían las autoridades hiciera el trámite de liberación– se negara a perder unas horas de su tiempo.

No bien acababan de tocar el tema, cuando sonó el celular del muchacho. Contestó con monosílabos, pero la cara le cambió.

-Era el dueño de las placas, dice que no me preocupe, que él se encargará de ver todo y pagar la multa, que cuando regresemos de Juquila hacemos cuentas, pero que me vaya tranquilo pues él se compromete a que el carro esté trabajando este fin de semana sin problemas.

-Lo ves! Exclamó su padre convencido de que la Virgen de Juquila sí quería que fueran a verla.

-Sí… tenías razón… como siempre…

-No es sólo cuestión de razón, sino de fe, contestó.

Regresaron a casa y toda la tarde se fue en comentarios sobre los sucesos y Juquila mismo. Ya cercana la noche llegaron Doña Blanca, la suegra de Carlos, la esposa de su cuñado y los niños.

Ricardo y Niza, hermanos del joven e hijos del historiador, llegaron también para saludarlos. Riqui llegó solo porque venía del trabajo, pero Niza sí venía acompañada de sus dos hijos: Fidelito y Azuani.

Mucho le sorprendió a Ricardo saber que ellos también eran devotos de la pequeña virgen. Por ese entonces estaba preparando ya el primer programa de televisión de la Sociedad Académica de Historiadores –que pasaría por el canal 62 de Cablemás en Acapulco y con cobertura local– al que titularon Historia TV, así es que aprovechó para entrevistar a todos.

En lo que platicaban, Carlos y Ana subían las cosas que llevarían a los autos. Al ver que movían unas bolsas negras grandes, preguntó qué era y por qué lo llevaban.

-Son juguetes y ropa, contestó Ana. Cada año los llevamos y los vamos repartiendo entre los habitantes de los pueblos a lo largo de la carretera de Juquila. Son muy pobres ahí.

-Todo el año vamos juntando el paquete. Participan todos en la familia. Nos traen la ropa que ya no van a usar, pero que está en buenas condiciones, y vamos comprando los juguetes a lo largo de los meses, agregó Carlos.

No dijo nada, sólo acertó a asentir con la cabeza. Jamás imaginó que uno de sus hijos tuviera esos sentimientos. Lo enternecieron él y Anita.

Café y charla estaban sabrosas, pero Ana les dijo que lo mejor sería dormir, pues te-nían que levantarse a las cuatro de la mañana para salir a las cinco y no sentir tan pesado el viaje.

-Son doce horas, recuerden…

Poco a poco, los visitantes se fueron despidiendo y los viajeros se fueron a descansar. La verdad, le preocupaba un poco lo largo del trayecto pues, alguna vez que regresaron directamente de Guadalajara a Acapulco, esas catorce horas se les hicieron eternas. Sobre todo, la descripción de Carlos…

-Pasando Oaxaca… son puras curvas y barrancas. Desfiladeros a los que no se les ve el fondo…

Ya una vez, hace años, les había caído Niza de sorpresa con un montón de acompañantes: habían ido a Juquila pero el chofer se quedó dormido y el camión de salió de la carretera, volando más de cien metros. Por fortuna nadie perdió la vida. Les enviaron un camión de repuesto para regresar, pero resultó que el motor se le partió y no había nada por hacer más que escoger el lugar más cercano para repararlo. Los sitios eran: Oaxaca, o Acapulco. Obviamente, el grupo de viajeros –conocidos todos entre ellos– decidió llegar al puerto. La narración de Niza sobre las curvas y los voladeros revivieron esa noche.

Pensando al respecto, aceptaba sin conceder el peligro carretero pues, lógicamente, hablaba de la Sierra Madre del Sur que, ya desde el propio Ometepec, deja sentir su poderío montañoso.

Una cosa es ir por la costa, y otra meterse hacia Tlaxiaco –por cierto tierra de su padre– en donde efectivamente –recordaba– las carreteras eran estrechas, curveadas, y acompañadas de un lado por los voladeros de gran profundidad.

Aquellos recuerdos se fueron apagando conforme el sueño le fue venciendo.

 

 

EL VIAJE

 

Aún obscuro, llamaron discretamente a la puerta. Era hora de partir. Un café preparado diligentemente por Anita acabó de espantar al sueño.

-Abríguense bien, dijo Carlos, porque de madrugada hace frío y más en la autopista… aunque pongamos la calefacción, no deja de sentirse frío al bajarse al baño o detenerse a cargar gasolina.

Norma, de por sí friolenta, sacó de la maleta su capa y una chamarrita de una tela como cobertor que compraran muchos años atrás; sacó una más y se la pasó al escritor.

-Ya llevo el suéter, protestó Ricardo ante su -para él- exagerado cuidado.

-No le hace… llévatelo por las dudas… total, como tú mismo dices… lo carga el carro.

Aclimatados al calor de la costa –vivían en Acapulco– era natural que resintieran más el frío. No bien se abrió la puerta de la casa de Carlos, y la brisa helada llegó de golpe.

-A caray… creo que siempre sí me prestas la chamarrita… exclamó humilde el escritor.

 

Conforme avanzaban en su recorrido, Ricardo pudo darse cuenta de que las cosas no iban a ser como se las pintaron. Para empezar, ahora se viaja en autopista hasta la ciudad de Oaxaca, capital del mismo Estado. Primeramente se toma la autopista a Veracruz y, más adelante, la desviación a Tehuacán. Las primeras luces del día los sorprendieron llegando a esa hermosa población en la que tantos amigos dejara el periodista, muchos de los cuales se le adelantaron en el último viaje. Ahí hicieron su primer parada técnica (baño, cafecito y otras cosillas).

A partir de ahí, el panorama cambia un poco pues no es la autopista de cuatro carriles como la de Veracruz, pero es una muy buena supercarretera de dos vías con amplio espacio.

Oaxaca la pasaron de refilón, igual que las demás ciudades en la ruta, y sólo se detuvieron casi a la salida a Puerto Escondido para cargar gasolina y pasar al baño. Hasta ese momento llevaban cinco horas de camino… y no se sentían!

Naturalmente, le sorprendió lo inmenso de la capital oaxaqueña. No pasaron por el centro, pero rodearla le dio una más clara idea de su crecimiento. Era enorme ya, comparada con esa pequeña y amable ciudad provinciana cuna de la Tía Arcelia, y a quien le hubiese gustado pasar a saludar. Debía andar por los noventa, y aún era la Directora de Bibliotecas del Estado.

De Donají, Eréndira y Xico, sus hijos, jamás volvió a saber desde su última visita que fue por finales de los sesentas. Que rápido pasa el tiempo! Sin hacer muchas cuentas… hacía cincuenta años de aquella visita!

Arcelia Yañiz (o Yañez?) Vda. de Gutiérrez era una verdadera amante de la cultura. Llegaba a casa de sus padres a las cuatro de la mañana, sin previo aviso, acompañada de quince o veinte compañeros de algún grupo de teatro que iban a presentarse a la Ciudad de México y, lógicamente, Puebla era la primer y única escala del viaje. Su padre, cuando salía a recibirla, contra su eterno mal carácter, sólo movía la cabeza y decía:

-Arcelia… Arcelia… qué vamos a hacer contigo?

Era periodista, primero reportera de El Imparcial –el diario de prosapia de la Antequera– y llegó a ser su Directora. Luego se enteró de que era la Directora de la Casa de la Cultura y, a últimas fechas, por internet supo que era la Directora de Bibliotecas de la entidad. Es una de esas mujeres de la familia que le dejó un buen sabor en el recuerdo.

-Hasta donde esté, pensó Ricardo para sí, un muy fuerte y fraternal abrazo!

 

El hambre apretaba y, aunque querían detenerse lo menos posible, debieron parar en un simpático pueblecito aledaño a Sola de Vega, Ayoquezco de Aldama, plagado de gente amable y de una comida típica exquisita. Eso sí, las quesadillas son del triple del tamaño conocido! Pero qué sabor! Y su salsa… bueno!

Tras varias bromas y chascarrillos que endulzaron el desayuno, continuaron el camino.

Un “de aquí en adelante empiezan las curvas” les puso en alerta. Aunque la verdad Ricardo no veía llegar las amenazantes que tanto pregonaban. Para él, no dejaban de ser curvas como las de allá, en Guerrero, parte también de la Sierra Madre del Sur y por ende igualmente plagada de caminos sinuosos.

-Bueno, creo que la carretera federal de Iguala a Taxco tiene curvas más aterradoras que las del camino a Juquila… señaló de pronto

-No por eso debemos perderle el respeto a los caminos sinuosos, no, por el contrario, todo camino de este tipo debe conducirse con precaución, indicó Norma inmediatamente.

-Recuerdo a un buen amigo regiomontano, dijo el escritor, Jaime González Garza, que fuera Gerente de Dal-Monte, y que antes de eso fuese mi compañero de viaje por el sureste allá por mis años mozos. Jaime decía: no hay curva peligrosa… a la velocidad debida!

Al poco rato llegaron al entronque de donde arranca el camino federal a Santa Catarina Juquila, abandonándose por supuesto el que va a Puerto Escondido. Ahí se han levantado algunos negocios ante el constante paso de los peregrinos, algunos son restaurantes y otros expendios de artesanías. Existe también, en forma permanente, un retén militar montado en pleno cruce de las carreteras.

Carlos y Ana tenían razón: aquí sí se siente la pobreza de la mixteca, es más… se ve, se palpa en la población local que pululan como moscas ante cualquier visitante.

El viaje no se había programado para la fecha de la Virgen, que es el 8 de Diciembre, sino para mediados de marzo y con miras a poder tener una visita más tranquila, pues dicen –y lo confirmaron en varios videos– que los primeros días de diciembre los camiones abarrotan las explanadas que se han habilitado como estacionamientos y desde donde los peregrinos caminan hasta 30 kilómetros para llegar a la primera parada... el Pedimento.

Fuera de diciembre el flujo de visitantes mengua bastante, y eso hace que los ingresos sean raquíticos, así es que los lugareños se pelean la vendimia o la limosna de quienes pasan por ahí.

Así las cosas, tras detenerse momentáneamente para comprar algunos refrescos en el negocio que se encuentra precisamente en la esquina que forma el entronque, Carlos empezó a sacar algunas de las cosas que llevaba, acercándose a auxiliarle su suegra y Norma, ante la mirada atónita de los soldados.

-Una ropa… un juguete… pero fórmense, decía con una cara de satisfacción que llenó de orgullo a Ricardo.

Anita le ayudaba a sacar las bolsas de la cajuela del carro. Carlos no era rico. Vivía desahogadamente de su trabajo y era muy ahorrador. Sin embargo, de momento, el escritor se dio cuenta de que estaba parado al lado de un Audi –auto bastante costoso, para los no conocedores– y regalando cosas. Rió para sus adentros. Cualquiera lo hubiera confundido con un ricachón que purga sus pecados regalando sus sobras. Pero dicen que sólo la cocinera sabe lo que se cocina, y Carlos hacía un honesto esfuerzo a lo largo del año para poder llevar todo esos objetos a gente que realmente los necesitaba. Bien es cierto que sus hermanos y otros familiares le ayudaban en la recolección de objetos, pero la iniciativa era de él y, además, recuerden que el Audi era prestado.

Tras unos cuantos minutos, Carlos cerró la cajuela y emprendieron el viaje de nueva cuenta.

-Es que si nos quedamos ahí, los canijos le dan la vuelta… deveras!... Algunos hasta el peinado o la camiseta se cambian para recibir de nuevo, y adelante hay muchos otros que también necesitan, dijo Carlos a guisa de explicación y tenía razón. Muchos lugareños han encontrado en el buen corazón de algunos viajeros un modus vivendi. Por ejemplo, a partir de ahí y a todo lo largo de la carretera a Juquila, decenas de niños se apostan a orillas de la cinta asfáltica extendiendo la manita. Se les ve solos, como si estuvieran abandonados y sí, realmente causan lástima o cuando menos ternura. Pero si busca uno entre los matorrales aledaños, o tras de los árboles, o los magueyes, ahí, semi-escondidas, se encuentran las madres cargando a otros niños más.

-Turnan a los niños para no cansarlos mucho, explicaría un sacerdote más adelante, pero se ha convertido en una real explotación de menores ante la cual ninguna autoridad hace nada, agregó señalando que no debe dárseles y menos dinero para acabar con esa costumbre.

-Pero yo pregunto… y dónde están los padres de esos niños? Algunos se habrán ido, otros estarán trabajando, pero esos niños sí tienen hambre, ni duda cabe, exclamó Ricardo molesto.

 

Tras varias paradas y el consabido reparto de juguetes y ropa, siguieron avanzando. De repente, el muchacho les mostró unos terrenos a la orilla de la carretera que aparecían desmontados. Eran los “estacionamientos” para los camiones.

-Entonces ya llegamos! dijo aliviado Ricardo.

-No… pero aunque no falta mucho, quiero que te des cuenta de la distancia que caminan los peregrinos para llegar hasta el mero pueblo.

A partir del entronque, los autos se vieron obligados a circular a baja velocidad, tantito por las curvas, tantito por un pavimento en plena desgracia que recuerda la superficie de la luna por aquello de sus cráteres y hoyos.

La baja velocidad les permitió gozar de un espectáculo que a Norma le aterraba cuando viajan a velocidad normal o alta: los voladeros.

Así, despacio, las tremendas hondonadas que llegan a tener hasta quinientos metros de profundidad, se ven majestuosas. El declive de la montaña, acojinado por el amarillento césped y con los árboles salpicados en el terreno como formando otro camino sinuoso, invita incluso a deslizarse por él, parece una inmensa resbaladilla o tobogán. La baja velocidad disipa el temor.

 

La idea de ir a visitar a la Virgen de Juquila surgió a finales del 2010, cuando la pareja se dejara caer en Puebla para celebrar el cumpleaños del escritor, pues no podrían pasar la Navidad como años atrás. La muerte de su madre –último eslabón– había disgregado aún más a la familia. Como el cumpleaños de Pamela, su nieta, era el 10 de diciembre, una semana después del suyo, sus hijos les presionaron para que se quedaran todo ese tiempo en la Angelópolis y celebraran ahí tres fechas trascendentales.

-Cómo que tres fechas? preguntó Ricardo curioso a Anita.

-Sí… el 3, su cumpleaños; el 10, el de Pamela; y el 8 el de la Virgencita de Juquila!

Aceptada la propuesta, el día ocho pudieron atestiguar la llegada de amigos y familia a la casa de Ana y Carlos quienes, siguiendo la tradición, convidaron atole y tamales a todos los visitantes. En determinado momento, se le rezó a la Virgen de Juquila, y se dieron las gracias por los favores recibidos. Fue en ese momento en que Carlos y su mujer dijeron en voz alta que prometían –como lo hacían cada año– llevar nuevos peregrinos hasta Santa Catarina Juquila y les invitaron a acompañarles el 2011.

Como siempre, y sin hacer planes, dijeron que sí.

Fue durante esa visita que Carlos le pidiera hiciese una poesía a la Virgen, pues pensaba mandar a hacer una manta plástica con los nombres de todos los que han visitado Juquila por su intervención, y de aquellos que piensan llevar más adelante.

La poesía estuvo lista antes de que partieran de regreso a Acapulco.

 

-Mira… ese es El Pedimento, primer lugar de parada obligada antes de llegar al templo de Juquila, comentó Carlos al tiempo que buscaba lugar para estacionarse. Aquí se viene a hacer la petición que quieres que la Virgen te cumpla. Por eso se llama el Pedimento.

Toño, el cuñado de Carlos, viendo el reloj dijo:

-A caray… sólo hicimos nueve horas de carretera!

-Lo ves? Cuestionó Ricardo a Carlos. Ves cómo la virgen sí quería que vinieras. Ni siquiera el camino se hizo largo.

Y así era, sinceramente, a pesar de ser nueve horas, no sentían un cansancio acorde con el largo viaje. Ninguno de los dos conductores manejó a muy alta velocidad y, aunque con cierto freno, se detuvieron en donde quisieron. Indudablemente, el viaje fue una delicia, y así lo sintieron todos.

El escritor pudo observar una gran cantidad de peregrinos, a pesar de que ya eran cerca de las cuatro de la tarde.

-Imagínese cómo se pone en diciembre… si así está ahorita, dijo en voz baja Anita.

 

 

EL PEDIMENTO

 

La zona de estacionamiento, bastante libre en ese momento, es prácticamente la entrada a El Pedimento. Alrededor existen muchas áreas despejadas, sobre el monte y a orillas de la carretera, a lo largo del camino de aquí a Juquila mismo. Son las áreas de estacionamiento para los autobuses que, en épocas de diciembre, son obligados por el propio tumulto a dejar ahí por ser prácticamente imposible el paso de los vehículos.

Varios comercios, principalmente de artículos religiosos, sobre todo con imágenes de la Virgen de Juquila, circundan el área. Ahí encuentran reliquias, imágenes de madera, escapularios, milagritos o exvotos que les llaman, y veladoras que, en este lugar, son las preferidas.

Luego viene una especie de pasillo, en cuyos árboles que le flanquean cuelgan por igual mantas de todos tamaños, cruces, fotos y dibujos agradeciendo a la Virgen intervenciones pasadas. El pasillo llega hasta una zona de andadores-dosificadores que obligan a los peregrinos –cuando son muchos– a circular en una sola fila e ir pasando con cierta presteza.

A la entrada del pequeño templo están una serie de bancas; es aquí en donde los peregrinos se hacen la limpia unos a otros con las veladoras compradas y que, conforme a la tradición, deben encender en los lugares destinados a ellas en el exterior del mismo templo, si es por un favor ya recibido. Si el peregrino desea, tras limpiar con esa misma veladora el manto de la virgen, la llevará a su hogar para tenerla lista y sólo encenderla en caso de apuro o aflicción. Muchos peregrinos llevan doble veladora, dejando una en el Pedimento, y llevándose la otra a casa.

 Al fondo del templo, una imagen de la Virgen de Juquila, cuyo manto está recargado de billetes de todas denominaciones y fotografías prendidas con alfileres, recibe la adoración y peticiones de los peregrinos que, siguiendo la costumbre, rodean para pasar por debajo de su manto que se extiende en la parte posterior de la imagen.

Algunos peregrinos llegan cargando cruces de madera de regular tamaño que, como un homenaje al favor recibido cuya historia resumida imprimen en hechizos letreros pegados a ellas, para clavarlas en los árboles a todo el derredor del templo. Pueden contemplarse miles de ellas aún colgadas, y otros miles más en una especie de cementerio de cruces a un lado del terreno en la parte posterior de la construcción.

Ahí mismo, y aprovechando el suelo de barro de la zona, otros peregrinos más se dedican a crear figuras humanas, cruces, autos y cientos de figuritas relacionadas con su pedimento a la Virgen, naturalmente con la ingenuidad que da al propio pueblo su falta de técnica en materia de escultura. Al observar los miles de figurillas, podría uno jurar que fueron confeccionadas por alumnos de párvulos llevados hasta ahí en religiosa visita. Sin embargo, es increíble igualmente la creatividad que despliegan esos sufridos seres para manifestar, en una figurilla de barro, toda una historia lastimera que ruegan sea superada.

Ubicado a unos siete kilómetros de Juquila, El Pedimento da paso a una vereda por la que se puede llegar al santuario mismo caminando. El tiempo que se hace por ese camino es de aproximadamente cincuenta minutos y, por ende, es el antiguo camino por el que –antes de existir la carretera– se llegaba a Santa Catarina Juquila.

 

Carlos, ayudado por Antonio, su cuñado, encaramado en uno de los árboles, empezó a colgar la hermosa manta que había mandado elaborar. Con la imagen de la virgen de Juquila como elemento central, lucía a la izquierda una lista con los nombres de todos los que él había promovido para visitar el santuario; a la derecha, la poesía que Ricardo le había hecho a la virgen por encargo de su hijo, y que vio con orgullo:

 

Mi Virgen de Juquila

por Fco. Xavier Ramírez S.

(para mi hijo Carlos, en agradecimiento

por los favores de nuestra Virgen)

 

Quise hacerte una alabanza

que mostrara tu grandeza,

pues me diste la templanza

para olvidar mi torpeza.

 

Renegué indignado de Dios

por mi maldita soledad,

y le rete a darme favor

o a dejarme en paz por piedad!

 

Su respuesta… tu llegada,

sorpresiva y bendita,

de manos de mi cuñada

para paliar mí cuita.

 

Madrecita, desde entonces,

me cobijaste en tu vientre

y me enseñaste con goces

lo que agradecer se siente.

 

No te pido, te agradezco,

la forma de tu bendición

acorde a lo que merezco

y esta tremenda emoción.

 

Salve Madre Mía Salve!

que en ti he encontrado el consuelo!

que en ti he encontrado la clave

Bendita Madre del Cielo!

 

Tú cambiaste mi soledad

por una pareja buena,

por un hijo en plena edad

y una abundancia plena.

 

Juré adorarte en mi día

y promover tus favores;

hoy te ruego que bendigas

a otro de tus seguidores.

 

Salve Madre Mía Salve!

que en ti he encontrado el consuelo!

que en ti he encontrado la clave

Bendita Madre del Cielo!

 

Pequeña en la grandeza

de tu manto triangular,

apliques con tu presteza

divina bondad singular.

 

Sea mi rezo tu Gloria

y mi agradecimiento

la mejor seña notoria

a Él de remordimiento.

 

Cada casa sea tu templo,

cada corazón tu casa,

y perdures en el tiempo

Coraza del que fracasa!

 

Norma y Ana llegaron cargando unos ramos de flores sacados quién sabe de donde.

-Vamos, que se nos va a oscurecer, dijo urgente Anita.

Norma notó que no habían comprado veladoras tras la explicación de Ana sobre la costumbre de limpiar a los peregrinos, y le pidió a Ricardo se acercase a uno de los comercios para comprarlas.

Sin más retardo que el ir observando las pinturas plasmadas en los muros del templo y los agradecimientos grabados en los cristales, llegaron hasta la imagen misma. Ahí, Ricardo y Norma prendieron al manto una foto de Jazmín con Jean Pierre y la pequeña Pamela. Los dos rezaron porque formaran una pareja bien avenida en pro de la felicidad de su niña.

Ricardo no había parado de grabar en video todo; tenía pensado meter un corto en su programa de televisión a más de guardarlo como recuerdo del viaje. Estaba engolosinado por dos razones, la riqueza de información con el contenido histórico, y la profunda religiosidad que se respiraba en ese lugar.

-Qué opinas, le cuestionó Carlos.

-Bueno… es una maravillosa mezcla de paganismo con religiosidad, pero esa es la fe de nuestro pueblo. Así se manifiesta en todas partes, lo mismo en Juquila que en la Basílica de Guadalupe o en cualquier fiesta patronal de México. Es nuestra muy especial forma de creer en un Dios que, si bien es cierto que nos impusieron los españoles, ha sido el gran descubrimiento de la raza mesoamericana.

-Yo sé que tú eres muy creyente… pero no dudas de tu fe ante la verdad histórica?

-Jamás… por el contrario… estudiar la historia de la iglesia me ha permitido comprobar muchas verdades históricas que se consideraban mitos religiosos. Por ejemplo: no tiene mucho que un grupo de científicos, atraídos por la narración de la separación de las aguas en la huída del pueblo judío de Egipto, encontraron que en ese lugar, precisamente en ese lugar, existe un terraplén bajo el agua que permite pasar caminando cuando la marea baja, que es con seguridad lo que Moises hizo; pero no sólo eso, sino que también encontraron –en el fondo del mar– restos de carruajes exactamente del tipo que usaban los ejércitos egipcios en esa época, y de los cuales quedaban intactas las ruedas metálicas fabricadas de una aleación especial, que se comprobaron pertenecían a estos carruajes al compararlas con planos y dibujos de estos, realizados en esa época.

Sin entrar en más detalle, te puedo afirmar que es una de las tantas verdades históricas que, en vez de poner en duda la fe católica, han reafirmado esta con las pruebas fehacientes presentadas.

-Ya…. tanto así?!

-Sí… en su momento te lo puedo demostrar. Tengo toda la información.

-Vaya... dijo Anita, nosotros rezando y ustedes platicando… ya se persignaron siquiera?

-Claro que sí, es más, yo ya le hice mi petición a la Virgen de Juquila… a qué crees que vengo? Ustedes son las que han de tener el alma muy negra que tanto se tardan pidiendo perdón, o son muy pedinches y no acaban de abrumar a la virgen con su retahíla de pedidos… contestó jocoso el escritor.

-Bueno… pues yo creo que ya nos vamos, señaló Carlos señalando el cielo.

-Sí, ya no tarda en obscurecer, agregó Norma.

Mientras bajaban por los demás, Ricardo pudo darse cuenta de la infinidad de figuritas que hacían en ese momento los visitantes, y se imaginó si no habría sido igual en la época precolombina, dadas las gigantescas cantidades de figurillas –idolitos, vasijas, cuentas de collares, sahumerios y demás– que se encontraban por todos los rincones del país. Vino a su mente la imagen de aquel gobernador suriano que llegaba, personalmente y manejando su propia camioneta tipo pick-up, hasta las excavaciones de un nuevo desarrollo turístico de lujo en el puerto y que los operarios llenaban hasta el tope de todas los restos prehispánicos encontrados.

La fe rompe fronteras, no cabe duda. Él mismo había tenido decenas de demostraciones del resultado de la fe. De ahí su fuerza en la creencia y estudio casi obsesivo de la historia de su religión. Como había mencionado Carlos, su querido hijo, el conocimiento más profundo de la historia hizo renacer sus dudas, aquella que le alejaron de la iglesia por mucho tiempo, aquellas que le hicieron renegar de su fe y hasta volverse come-curas como buen periodista y según las costumbres de su época. Sin embargo, fue precisamente ese estudio el que le permitió despejarlas y regresar a la senda. Aún no creía mucho en las sotanas, pero se autojustificaba pensando que eran seres humanos no perfectos y, seguramente, eran más los buenos que los malos. Y es que así es… un hombre puede vivir en santidad toda su vida, pero todo se va al caño del desperdicio en un segundo ante un escándalo. Sea o no cierto, lo malo se magnifica… y lo bueno se minimiza, como que no tiene importancia cumplir con lo correcto. Es más, en la actualidad hasta parece que el que se porta bien es un idiota. La maldad en todas sus formas son el éxito seguro.

-Y ahora?... En qué piensas? Preguntó Carlos tocándole el hombro.

-En la bondad y en la maldad. En la fe y el ateísmo. En mil cosas que brotan cuando está uno cerca de algo tan especial e inexplicable como es el milagro de la Virgen de Juquila. Podemos ver cómo el pueblo se vuelca, gracias a esa fe, a sus plantas y pidiendo hasta lo imposible, seguros de que la Virgen les cumplirá el deseo o paliará el sufrimiento. La advocación de Juquila se está volviendo tan importante como la guadalupana…

-Oiga suegro… qué es eso de advocación?

-Mira hija… todas las vírgenes del mundo, la guadalupana, la de Juquila, la del Rosario y demás, son advocaciones de María, la única Virgen en el universo religioso y Madre de Jesús, hijo del Padre y Dios todopoderoso. Es decir, son imágenes de ella, el título que se les da según la situación o propósito de la aparición. Por ejemplo, para evocar la imagen de María ascendiendo al  cielo, se creó la virgen de la Asunción. Es decir, en realidad siempre es la Virgen Ma-ría, pero nosotros somos los que le damos “figura” y “nombre”.

-Porqué dices que en la bondad y la maldad? repreguntó Carlos.

-Porque es increíble como la bondad ha sido arrollada por la maldad. Tal parece que los actos de toda sociedad son tendientes a dañar, perjudicar y eliminar a los demás. Han desaparecido por completo los valores, sustituidos por ideas o modas que son verdaderos engendros de la maldad. Mira si no: todavía ustedes respetaban a sus padres, a sus maestros, a sus mayores… pero ahora… ya nadie respeta nada. Me da risa cuando, en los noticieros, salen grupos de invasores de terrenos –por ejemplo– alegando con toda la firmeza y seguridad del mundo que aquellos terrenos de los que les sacaron para entregarlos a sus verdaderos dueños, son propiedad de ellos, que tienen derecho a ellos porque no tienen casa y el otro –el verdadero dueño– tiene mucho. Gritan y gritan diciendo que fueron “despojados” de sus terrenos, cuando ellos fueron los ladrones que se apoderaron de lo de otro. Tanto los medios de comunicación—que no dejan de lanzar un “y así exigen justicia”- como las autoridades, que ni los castigan ni los sancionan, sino por el contrario les premian con otra cosa para que se calmen, lo único que en realidad hacen es fomentar esa maldad que les lleva a sentirse dueños de algo por el simple hecho de decirlo o tomarlo.

Y, si pierden, van de inmediato a Derechos Humanos, como lo hacen todos los delincuentes, para “elevar” su queja. Parece que las organizaciones de defensa de los derechos humanos fueron creadas exclusivamente para defender a quien delinque.

Ya hasta tienen –esos delincuentes y narcotraficantes– su propio “Santo”, el tal Valverde, que ni fue santo ni fue decente. Fue un delincuente más común que corriente, pero alguien le achacó un milagrito, y de ahí en adelante se volvió “santo”.

Por eso, cuando llego a lugares como este, no dejo de asombrarme ante la fe de nuestro pueblo, esa fe verdadera que se siente, se nota, que endulza el ambiente.

No es una fe sin conveniencia, porque se pide por la sanación de alguien o la solución de un problema, pero al menos no es una fe que persiga se tapen o perdonen los actos malévolos que causan daño a otros semejantes.

-Y se ha dado cuenta de que vienen de todas clases?, cuestionó la suegra de Carlos.

-Sí, esa es la gracia de la fe… que no tiene distingos, que es para todos y la sienten todos.

Cosas como esta, y hablo de la devoción por la virgen de Juquila, debieran difundirse con mayor ahínco por la iglesia. Difundir las cosas buenas contrarresta las malas acciones, como lo que sufrimos ahora.

La vista del pueblo a la derecha de una última curva en bajada cortó la plática. Juquila era como todos los pueblos serranos de México: pobre, aislado, enclavado en las montañas, único medio de protección posible. Era sí, como miles de poblaciones en nuestro país, rayando la hambruna. La multiplicación de la fe les había dado un paliativo socio-económico, pero no era suficiente. Sus casas, sus comercios, su desarrollo eran pobres. Llegaba mucho dinero a Juquila, como ya veremos, pero como todo era mal repartido y muy repartido.

 

 

LA LLEGADA

 

Carlos metió hábilmente el Audi por las callejuelas que conforman el centro de la población. Subidas y bajadas le recordaban Taxco al escritor. Casi iguales, pero sin empedrar. Las de Juquila estaban pavimentadas. Había modernismo, que caray!

Al respaldo de la Iglesia entró con calzador, a través de un estrecho zaguán, a lo que se decía era el estacionamiento del hotel: un patio de apenas unos cinco por ocho metros. Así era Juquila, como su Virgen, pequeñita como pueblo, pequeñita en sus hoteles, pequeñita en sus restaurantes.

-Pa’bajo bola de gorrones! exclamó Carlos con su habitual algarabía. A escoger su cuarto que ahorita hay para todos… o no es así, mi cuate? cuestionaba al jovencito encargado del hotel.

-Sí, don… hay suficiente espacio para todos…

Ricardo recordó lo de las fechas. No jefe, en diciembre te llevas tu petate para dormir en cualquier rincón porque no encuentras cuarto ni de chiste…

-A ver… dónde nos vas a acomodar?

-Quiere arriba para que estén todos juntos?

-Sale…

Carlos se notaba contento, tranquilo. Su faz reflejaba una paz que Ricardo no le ha-bía visto jamás. Había tomado las riendas de todo sin pedirlo ni consultarlo. Le dejó hacerlo. Le gustaba ver a su hijo de jefe. Hasta su suegra y su cuñado hacían lo que el muchacho indicaba, sin protestar, sin disgusto. Se lo había ganado, sin duda alguna.

-Mira jefe… nosotros acostumbramos darnos una vueltecita por la iglesia antes de irnos a dormir. Está abierta creo que hasta las ocho, por si quieres visitarla. Nuestra costumbre es que, llegando a Juquila, cada quien jala para donde quiera. El pueblo es chico y no encuentras nada más allá de cinco o seis calles a la redonda, así es que ni para que te pierdas. Nos encontramos de nuevo aquí más tarde.

-Nosotros vamos a comer aquí al mercado, dijo Anita solícita, si quieren acompañarnos…

-Les alcanzamos, dijo Norma. Creo que iremos a instalarnos primero…

-Por cierto, jefe, ya mandamos llamar a nuestro amiguito el que nos vende los cuadros de la virgencita más económicos. Se los compramos porque, como no tienen dinero para comprar un puesto, los del mercado no les dejan vender. Al rato que venga te avisamos por si quieres comprarle algo.

Saliendo del hotel, Norma le dijo a Ricardo que no tenía ganas de comer en el mercado porque sólo se veían antojitos y tenía ganas de una sopa caliente.

-Vamos pues, busquemos un restaurante, contestó el escritor.

Al fondo del mercado se alcanzaba a ver parte del letrero de un restaurante y dirigieron sus pasos hacia allá. A medio camino se cruzaron con la palomilla que ya engullía sendas gordas de la región.

-Hola… gustan?

-No gracias… vamos a buscar una sopita caliente, contestó la pareja.

Amarga experiencia fue la visita al restaurante. La comida que pidieron ni era lo que pidieron ni tenía sabor alguno. Sin hacer aspavientos, picaron algo de lo servido, pagaron y se salieron.

-Vamos a la iglesia?

-Vamos…

Estaba terminando la última misa y, a pesar de no ser la fecha principal, el templo estaba lleno. No tenía bancas; las retiraban los fines de semana y, sobre todo, en las meras fiestas para dar cabida a un mayor número de asistentes.

Ahí estaba… al centro del altar… señorial… con un porte digno de cualquier reina. Era la Virgen de Juquila, la real, la única. La pequeña de apenas quince centímetros de alto que lucía su grandeza en todo lo alto.

Ricardo sintió un calosfrío recorrer su cuerpo como si un rayo eléctrico lo atravesara. Vio a Norma inclinar el rostro y rezar profundamente. Él bien sabía qué pedía, por quién rezaba.

Pero no era la visita oficial, era apenas el conocer un poco el templo; irse familiarizando con la Virgen de Juquila y su entorno. Mañana, mañana sería el día.

Habían acordado pasar todo el sábado en el pueblo, dormir ahí y salir de regreso el domingo por la madrugada, así es que ese viernes era apenas el preámbulo de la inmersión en la devoción de la Virgen de Juquila.

 

Cuando Norma y Ricardo llegaron al hotel, la palomilla charlaba voz en cuello y con la puerta abierta.

-Buenas noches… saludaron los recién llegados.

-Hola suegro… contestó de inmediato Anita. Pasen… pasen…

-Quieren un cafecito… señaló Carlos.

-Esa pregunta ni se pregunta, afirmó Ricardo con gusto. Ya saben que nosotros somos cafeteros…

-Ahorita se los preparo, dijo Doña Blanca.

-A ver jefe… supongo que antes de venirte, como siempre, te informaste bien sobre Juquila, verdad? cuestionó Carlos a su padre.

-Bueno… un poco sobre el pueblo, su historia, en fin…

-Cuéntenos Don Ricardo, dijo Antonio, el hermano de Anita.

-Caray… ustedes deben saber más… ya van varias veces que vienen, no?

-No jefe… nosotros venimos a ver a la virgencita, pero no nos metemos a rascarle a la historia… además… para eso te tenemos no? viejito historiador!

-Humm… pues deben interesarse un poco más en la historia, porque de ella salen las respuestas que muchas veces buscamos…

-Ya… ya… cuente… urgió en broma Anita.

-Bueno, la historia de Juquila se remonta a principios del segundo milenio. Los registros guardan información que datan su fundación en 1272. En 1725 por su importancia religioso-turística se le dio la categoría de cabecera municipal y distrito político. Los primeros pobladores, según algunos autores, fueron mixtecos; sin embargo, consideramos que la población es propiamente Chatina-Tacuate.

-Tacuate…? Hijo mano, eso parece ofensa… señaló Antonio.

-Pues sí… cuando éramos chicos, mi padre le decía a alguien “indio tacuate” para ofenderlo con cordialidad, no propiamente como ofensa.

-Si mal no recuerdo, intervino Norma, en la película Tizoc, Andrés Soler, que hacía de cura y padrino de Tizoc, en severa reprimenda cuando éste insiste en enamorar a María Félix, le llama precisamente “indio tacuate”…

-Así es… pero… qué o quiénes son los indios tacuates? Para empezar, ni son tontos, ni son malos, ni nada por el estilo. Es sólo el nombre que, a muchos, les parece chistoso o propio de gentes de este tipo. Pero no, los tacuates es una raza que pobló toda esta zona de Oaxaca, incluyendo Putla, Zacatepec, Tututepec, Jamiltepec e incluso Tlaxiaco, el pueblo en  que naciera mi padre, así es que ahora entiendo aquello que también decía de pero si serás indio mi compañero… Sin saberlo, o sin quererlo, él era indio tacuate.

De acuerdo con algunos autores, los tacuates son uno de los catorce grupos étnicos de Oaxaca, aunque pertenecen a la gran familia mixteca. Inicialmente se señalaba que los tacuates se encontraban en dos municipios de la mixteca de la costa: Santiago Ixtayutla, y Santa María Zacatepec, pertenecientes a los distritos de Jamiltepec y Putla respectivamente. Comparten territorio con los Mestizos y Amuzgos y, aunque hay quien quiere diferenciarlos como un grupo aparte, no lo son pues comparten igualmente costumbres y lengua.

Don Gundo Rojas, un indígena entrevistado por algunos investigadores, dice al respecto:

Viniendo de Putla a Zacatepec, en la entrada del pueblo dice “Bienvenidos a Zacatepec, entrada a la Costa”, por eso cuando voy de ese lado, me pongo mis shorts para el calor. Viniendo de Pinotepa Nacional a Zacatepec, el letrero dice “Bienvenidos a Zacatepec, puerta de la Mixteca”, entonces me pongo mi chamarra porque entramos al frío…

Parece absurdo, pero es una realidad tremenda. Toda esta zona es mixteca, pero no es mixteca. Sus habitantes son tacuates, mixtecos, mestizos o qué? Lo son todo, porque todos son todo; son sólo acepciones que se usan para diferenciarse, aunque algunos no gustan de los términos, como el propio tacuate que, se dice, oculta su identidad vistiendo como los demás y hablando español.

La mixteca de esta zona, de la zona limítrofe con Guerrero, como toda la mixteca, era densamente poblada. Algunos autores así lo afirman, y acusan del despoblado a la llegada de los españoles, aunque la verdad es que sufrieron –al igual que muchas otras regiones del país– cuatro grandes epidemias que mermaron notoriamente a la población.

La lengua protomixteca, antecedente directo de la lengua mixteca, se identifica hace siete mil años. Pero el mixteco actual, sin variantes, ya se hablaba hace tres mil quinientos años… mucho, mucho antes de que existiera el español.

Es más, existen registros de que las primeras referencias escritas de la historia dinástica mixteca aparecen en los códices nativos a partir del siglo X.

Esos códices, y la historia que contienen, nos dan a conocer la vida de gobernantes y gobernados, y expresa aspectos significativos de la tradición mixteca.

La mixteca estaba habitada por reinos o señoríos, dirigidos por un gobernante y un grupo de señores de la nobleza. Debemos recordar que a los gobernantes –en Mesoamérica– también se les llamaba Caciques.

A la llegada de los españoles, los reinos de la mixteca se encontraban bajo la tutela azteca…

-Perdón… perdón… mi jefe no comulga con aquello de que los aztecas sojuzgaban a los reinos de Mesoamérica; el aseguró en una de sus charlas que las relaciones entre aztecas y los demás pueblos eran a base del comercio y el intercambio de productos elaborados era el objetivo principal. Los aztecas, que prácticamente eran consumidores, pero no fabricantes, cubrían su parte de la relación proporcionando protección –con sus ejércitos– a los señoríos amigos y al tránsito de sus mercancías.

-Es cierto, Don Ricardo? cuestionó Antonio al escritor.

-Así es, por eso digo que los mixtecas estaban bajo la tutela, que no yugo, de los aztecas. De ahí que los caciques locales pudieron mantener –durante las colonia misma– su poder socio-económico, adquiriendo y consolidando propiedades territoriales.

Los tacuates, descendientes del señorío de Zacatepec o Zacatepeque, han conservado hasta la actualidad parte de su territorio, una indumentaria distintiva y algunos rasgos culturales que marcan su diferencia respecto al resto de los mixtecos.

Además de la lengua, dice Antonia Cruz, los tacuates tenemos otras cosas que nos enriquecen culturalmente como es la existencia de un lienzo muy antiguo, la creencia en el águila como parte de nuestro origen, cotón y huipil de animalitos que las mujeres bordan… y la creencia en nahuales”

Obviamente, se refiere al Lienzo de Zacatepec I, cuya copia se encuentra en manos del alcalde municipal, indio tacuate naturalmente, que dura un año en el cargo, aunque ahora ya no se le da –a ese y otros documentos– la importancia que realmente tienen.

-Qué quiere decir con eso, suegro? intervino Anita sorpresivamente.

-Pues que estamos perdiendo costumbres, identidad, tradiciones. Para quienes tienen estudios, pero más que nada un concepto de nuestras raíces, es importante saber quiénes somos, de dónde venimos. Pero es triste ver que la gente común, víctima de la transculturización, de la influencia de los medios y los pésimos planes de estudios, todo esto ya no es tan importante, es algo que ya no importa porque lo desconocen y lo desconocen no porque ya no exista, sino porque no quieren conocerlo… se les hacen cosas de viejos.

Fue quizás en los 70’s en que empezamos a perder todo. Por ejemplo, el propio lienzo y los documentos de que hablamos, antes, aunque no lo entendían del todo, sabían que era un papel importantísimo al que se le daba mucho valor y le guardaban con cuidado.

El alcalde, además del lienzo, guardaba otros documentos que, juntos, conformaban lo que conocían como el Tutu Rey. El alcalde era el segundo en el poder de influencia, no el primero, porque ese poder e influencia venía, precisamente, del Tutu Rey.

Por eso, cuando venía el cambio de alcalde, se realizaba una pomposa ceremonia en la que se hacía entrega, al nuevo alcalde, del Tutu Rey, es decir, de ese grupo de papeles importantes, contenedores de la historia del propio pueblo.

Hoy, parece mentira, lo propio es digno del desprestigio. Los de razón tienen mucho –o tenemos– que ver en ello. ¿Cómo podemos rescatar nuestra identidad y hacerle ver a la gente lo importante que es?

-Y ya no existen esos documentos, Don Ricardo? preguntó interesada la suegra de Carlos.

-Pues, hasta donde tengo noticia, sólo existen copias y están en muy malas condiciones. Por lo que recuerdan los ancianos, el lienzo original era de algodón y contenía el mapa que marcaba los reinos, fechas, personajes, trayectos y migraciones. Y hay que aclarar que no era un lienzo, sino dos.

-Y hay algún significado de tacuate? indagó Antonio.

-Claro que lo hay, y el significado aleja por mucho la idea de que los tacuates son una raza tonta o apocada. El lugar elegido por el fundador de Zacatepec –hijo del rey y designado a su vez rey del nuevo pueblo– fue allá, donde el Dios de ese lugar se llamaba Ya Koo –Señor Serpiente– por lo que se dio por llamar a sus habitantes tata koo, o tata cóatl… tacuates!

-Ándale… entonces ni son tarugos ni son dejados! Son nada más y nada menos que los hijos del Dios Serpiente! exclamó Anita con entusiasmo.

-Así es, confirmó el escritor. Y acaso algunos de ustedes recuerda cuál es el Dios principal adorado en Mesoamérica?

-Quetzalcóatl! gritó de inmediato Carlos.

-Así es… lo que confirma otra teoría que ya platicaremos en otra ocasión y que demostraría que, antes de ser un montoncito de reinos mesoamericanos… fuimos uno solo. Pero ya será en otra ocasión…

No quisiera irme a dormir sin antes contarles a ustedes la plática de un abuelo –que comentan varios autores– y que, ya que conocen la historia de la Virgen de Juquila –aunque toda cuatrapeada– a ver si les suena conocida.

El abuelo aquel, identificado como Don José Aguilar, anciano principal de Zacatepec, tratando de reconstruir la historia que le contó su abuela narra:

Los abuelos platicaban que venimos de Ixtayutla. Ahí, hace muchos años, se apareció un águila que acarreaba gente y la comía. Vivía en unos peñascos donde un día echó huevos y tuvo sus crías; entonces, para darles de comer, acarreaba gente, sobre todo niños. Todos le temían; entonces hicieron chiquihuites y se los pusieron en la cabeza para salir a acarrear agua al campo. Cansados de que el águila no abandonaba el territorio, hicieron una asamblea en la que se decidió que la población se dividiría; unos saldrían del pueblo guiados por el hijo del Rey y otros –los que no querían abandonar al patrón– se quedarían en el pueblo. Los que huyeron llegaron a Zacatepec, bueno… al Pueblo Viejo… y como el águila los siguió, después de fueron al cerro del Zacate, al actual Zacatepec.

Haciendo un pequeño paréntesis, parece que el abuelo aquí se confundió un poco con los términos, pues los tres lugares, Zacatepec, el Cerro del Zacate y el actual Zacatepec, son la misma cosa pues Zacatepec quiere decir, precisamente, Cerro del Zacate. Pero cuidado… el primer Zacatepec, también llamado Pueblo Viejo, tiene una importancia primordial en esa diferenciación actual, y sobre todo que nos llevaría a comprender que los chatinos, ocupantes de la región de Santa María Juquila, también son tacuates! Pero ya lo veremos más adelante.

En fin, que llegaron y fundaron Zacatepec (el de Pueblo Viejo). Y atención, que aquí viene lo interesante de su relato:

Tiempo después se apareció la Virgen pidiéndole a los tacuates que le construyeron una iglesia. Pero los tacuates, tan fiesteros y tomadores, no le hicieron caso y sólo se construyó una casita de zacate. Un día, la casa se quemó y la Virgen huyó, dejándolos solos. La Virgen caminó y llegó a Juquila, a donde está ahora. Los tacuates construyeron una iglesia grande para ver si la Virgen regresaba, pero eso no fue posible. Ahora la Virgen está en Juquila; si uno le ve su cara, puede observar que una mejilla está quemada, lo que nos recuerda lo que sucedió en el pueblo”

Aquí cabe hacer la observación que el abuelo, obviamente contemporáneo o al menos de reciente existencia, no se siente tacuate y habla de los tacuates como si fueran otra etnia. Pero recuerden lo dicho, se disfrazan y hablan español. Obviamente, el narrador era tan tacuate como el que más, pues es su pueblo de quien narra mito y aventura.

-Entonces… intervino Doña Blanca, esa es la historia real de la Virgen de Juquila?

-No… en cuestiones de historia, la historia misma se va contaminando con las leyendas, el pasar de boca en boca los sucesos y terminan todo enredados. Precisamente ese es el papel del historiador: desenredar los entuertos.

-Ajá… y cuál es entonces la historia verdadera de la Virgencita de Juquila? preguntó Ana.

-La han escuchado también… aunque aclaro que hay tres o cuatro versiones diferentes, pero la verdadera es la que registra la propia iglesia que, sin duda alguna, reconoce el milagro de la Virgen de Juquila, advocación de la Purísima Concepción, pero que ya conoceremos mañana porque realmente me siento muy cansado…

-Oye no! No nos vas a dejar, como siempre, a medio camino… ahora nos cuentas, urgió Carlos.

-Lo siento… lo siento… dijo el escritor haciendo un mohín y dirigiéndose a su cuarto seguido por su siempre amada Norma.

-Oye… cuando menos dinos de dónde viene la denigración del tacuate…

-Bueno… hay un autor –Marroquín– que interpreta el abandono de la virgen como el parteaguas en la vida del pueblo tacuate, donde la identidad de estos se estigmatiza, es decir, la virgen les castiga por su descuido. Entonces, el ser tacuate lleva consigo la etiqueta de un pasado que advierte mal comportamiento o irresponsabilidad. Sólo que no coincido con él, porque la virgen se fue a Juquila… y Juquila también es tacuate! Hasta mañana jóvenes!

Apenas se acomodaban en la cama, cuando Carlos tocó tímidamente.

-Jefe… ahí está el chavo de los cuadros. Quieres verlos?

Dado que hacía frío, Norma y Ricardo se había vestido de sus respectivas pijamas, así es que sólo fue el levantarse e ir al cuatro de Carlos.

Ahí estaban como con miedo y como que no, un chamaco de no más de once años y su madre, una indígena lugareña también muy joven.

Ya Carlos y sus familiares se habían encargado de desenvolver los bultos que ambos habían llevado hasta el hotel. Eran exactamente los mismos cuadros que se vendían en el zoco de afuera…

-Oye… son iguales a los que venden allá! dijo el escritor tratando de provocar una respuesta que no tardó en venir.

-Sí patrón… lo que pasa es que nosotros los hacemos y se los vendemos a ellos, pero a nosotros no nos dejan vender, ni a nosotros ni a los demás que fabrican los cuadros también.

-Ahhh… o sea que ustedes son los productores… y por eso los dan más baratos…

-Sí patroncito… escójale los que quiera…

Y era verdad. Un cuadro de 11 por 14 aproximadamente, que afuera costaba cien pesos, esos amigos se los vendían en treinta, así es que aprovecharon para comprar barato… y ayudar a esos humildes indígenas que veían así salir sus excedentes.

Norma escogió quince cuadros grandes para llevar a la familia y algunos amigos. todos eran de la Virgen de Juquila, pero de repente vio uno de la Última Cena y, antes de que se lo ganaran, lo jaló para ponerlos sobre la cama en donde estaban los que ha-bía escogido.

-Es para Jazmín, dijo a manera de explicación, ya me había pedido que le consiguiera una última cena.

El pueblo entero, y muchas comunidades aledañas ya siembran sólo para consumo interno, pues el comercio se ha convertido en el sostén y fuerza de los ingresos. La venta de artículos religiosos lleva, indudablemente, el primer lugar.

 

 

CHATINOS-TACUATES?

 

Tomando en consideración lo que Carlos había señalado previamente, Norma y Ricardo buscaron un restaurante en otra parte. Encontraron uno que tenía buena cara pero… oh desilusión! Tampoco guisaban muy bien que digamos, aunque -eso sí– mil veces mejor que el del día anterior.

El escritor supo que era de gente de Puebla por pláticas de los empleados que, por cierto, también eran de por allá.

Habían quedado de verse en la misa de las diez con los demás, así es que cruzaron por el pequeño zoco del lado de la iglesia en donde venden todo tipo de artículos religiosos. Ahí se toparon con los demás que ya andaban de compras. Norma y su marido decidieron hacer lo mismo y comenzaron a ver lo que ofrecían.

En materia de cuadros, los había desde el tamaño gigante de más de un metro de alto, hasta unos pequeñines que podían colocarse en el escritorio, el buró o alguna repisa de la sala.

Rosarios y escapularios, primeros en ventas por muchos años, habían dado paso a una novedad: las pulseras. Había la que tenía todos los pequeños recuadros de la Virgen de Juquila –que era la más buscada– y la que en cada recuadro se conservaba un Cristo, una guadalupana, un San Judas y así, hasta cubrir los casi veinte recuadritos que conforman la pulsera.

-El escapulario es obligado jefe, yo te voy a regalar uno… no compres.

Pequeñas estatuillas, réplicas de la Virgen de Juquila, de varios tamaños también, lucen ropajes que incluso se venden por separado para cambiarle el vestido cuando sea necesario.

Le llamó la atención al escritor que en los puestos se vendieron paquetes de billetes de juguete de diferentes denominaciones. Es para traerlos en la cartera, jefecito, y que no falte el dinero. No falla!

Norma compró una pequeña virgen de bulto para Jazmín y varios cuadros pequeños para llevar.

Ricardo se acercó curioso a un pasillo en el que se veían los puestos en alto y grandes canastos sobre ellos.

-Qué vendes? le preguntó a una joven comerciante.

-Pan de yema… es un alimento típico de la región. Es sabroso, quiere?

-Gracias… será en otra ocasión...

En ese momento recordó que, al buscar el restaurante el día anterior, por el mercado de comidas, pudo contemplar diferentes artesanías, muchas de ellas realizadas con madera, carrizo y jícaras. Una señora le dijo que el dulce típico es el jamoncillo; las enchiladas, el chocolate con su pan de yema, el mole y las aguas frescas complementan la alimentación típica del lugar.

Norma le hizo la seña para indicarle que ya se iban, así es que regresó sus pasos y les alcanzó saliendo; y, mientras los demás iban a otra parte, Norma y él llegaron al templo a tiempo para conocer el procedimiento de costumbre, es decir, lo que se ha convertido en todo un rito: primero, la misa; luego, el paso por debajo del manto y, finalmente, la bendición de los artículos religiosos comprados.

Como entraron por el costado de la iglesia que tiene la escalera de acceso a la parte posterior del altar, viendo que había poca gente, rompieron el protocolo y subieron primero a pasar por debajo del manto.

Nuevamente, el escritor experimentó una sensación muy especial al estar exactamente debajo del manto de la Virgen. Una increíble paz inundó su alma. Aunque fueron sólo unos cuantos segundos, pues hay un propio que se encarga de apurar el paso para dar oportunidad a los demás, estar ahí fue sentirse al cobijo de la divinidad. Ricardo es un firme creyente, pero recordó que sólo tres ocasiones había sentido lo mismo: cuando entró por primera vez a la Basílica de Guadalupe –la vieja Basílica, obviamente- cuando vino el Papa Juan Pablo II a Puebla y tres veces estuvo parado frente a él y tres veces le dio la bendición… y ahora… frente a la Virgencita de Juquila.

Mucha gente acostumbra tocar el manto e incluso se santigua con él. Ricardo sólo se atrevió a rozarlo con los dedos y musitar una plegaria.

Al salir de ahí, fueron a dar al patio alto en que se encuentran las oficinas del Santuario y el escritor, ni tardo ni perezoso, se apersonó con la monjita que hacía las veces de secretaria o recepcionista y pidió hablar con el responsable.

La religiosa le vio con cierta sorna, como diciendo y éste quién se cree para que lo reciba el mero mero?, pero extendió la mano para recibir la tarjeta del también director del programa de televisión Historia TV.

De inmediato se levantó e iba a entrar a buscar a alguien, cuando ese alguien se le atravesó en el camino.

-Madre… el señor quiere hablar con el Padre Jacinto, dijo entregándole a su vez la tarjeta de presentación de Ricardo.

-Mire, el Señor Rector está un poquito ocupado en este momento. Normalmente atiende de lunes a viernes, pero voy a ver la forma de que le reciba. Podría regresar en una media hora? dijo en forma seca, pero amable, la religiosa.

-Sí Madre, no se preocupe… sólo que regresaré en un poco de más tiempo. Vamos a misa y regresamos… le parece?

-Está bien, está bien, le esperamos contestó ya más abierta.

No bien dieron la vuelta para dirigirse a la entrada principal del templo, cuando se toparon con el resto de la familia.

-Qué pasó jefe? Listo para la misa?

-Listo. Sólo te voy a pedir que, cuando salgamos, nos des un poco de tiempo para entrevistarme con el Rectos del Santuario. Voy a hacerle una entrevista.

-Sí Don Ricardo, no se apure… mientras que nos bendigan algunas de las cosas que ya compramos, intervino Ana.

Carlos se había traído desde Puebla un cuadro grande de la Virgen de Juquila que habían comprado la visita anterior, pero que no le bendijeron. Entraron a la nave central y Carlos le ordenó a su hijo que sostuviera el marco mientras él colocaba sendos ramos de flores a los lados.

Desde el inicio de la celebración eucarística, hasta su final, no cesó la llegada, entrada y paso de peregrinos que, de rodillas, recorrí-an todo el templo hasta llegar al barandal que limita el altar mayor, en donde rezaban y elevaban sus peticiones o agradecimientos a la Virgen de Juquila.

Lo curioso del caso es que, a pesar de estar lleno el templo, la gente que estaba de pie se hacía a un lado para permitir el paso de los peregrinos arrodillados.

Si bien la visita de Ricardo y su familia no se hacía en días de muchas o grandes peregrinaciones, los grupos familiares sí abundaban. Cada grupo, portaba en alto diversas imágenes de la Virgen de Juquila. Unos en cuadros pequeños, otros grandes, unos más en figuras de bulto y otros con varias diferentes.

El fervor se respiraba, se sentía. Muchos –incluso hombres– llevaban los ojos rasados de lágrimas. Otros escuchaban la misa de pie, serios, con rostros inmutables. Parecían rostros de piedra que sólo se humanizaban rayando en la ternura cuando se persignaban.

Las bancas habían sido guardadas para permitir mayor aforo. Eran días suaves, pero como fin de semana que era, la afluencia crecía.

El aroma del templo entrelazaba los perfumes de las rosas con los de las violetas y los alcatraces, dejando entrar entre ellos a los de las más humildes flores. Una perfumería cara no lograría jamás ese tenor de aroma tan exquisito.

Esas mismas flores contribuían al entorno haciendo estallar todo un arcoíris de colores a los pies de la milagrosa Madre de Dios.

Durante la celebración de la misa, en lugar del rítmico cántico de su contenido, se dejaba escuchar un continuo rumor brotado del murmullo de los rezos.

Muy de fondo, allá afuera, pugnaba por entrar el acompasado son de una banda de música de viento que en toda la costa suriana conocemos como Chile Frito.

Fue en esa misa en donde el sacerdote hizo notar la existencia de los niños pedigüeños sobre la carretera y pidió que –por su propio bien– no se les diera dinero para acabar con la costumbre de obligar a los hijos a pedir limosna.

Al salir del templo, encaminaron sus pasos a la explanada alta en donde también estaba el alojamiento para grupos de peregrinos y la zona de bendiciones.

Ricardo les pidió a todos ir a dar la vuelta mientras él realizaba la entrevista con el Presbítero Jacinto López Montaño, Rector del Santuario de Santa Catarina Juquila, y entró a las oficinas.

En cuanto le vio la religiosa del mostrador, se levantó presurosa a avisar.

-Pase Doctor, por favor, dijo con la sonrisa en el rostro la que parecía tener el mando en ese lugar, señalando el privado que se encontraba al lado izquierdo.

-Hola Doctor, cómo está, saludó el sacerdote.

-Bien gracias Padre, me regalaría cinco o diez minutos para grabar una entrevista?

-Claro que sí, faltaba más… de dónde vienes?

-De Acapulco, Padre.

-Hermoso Acapulco. Siéntate por favor. No atiendo los sábados, pero tuve que venir por unos papeles, me avisó le hermana y quise esperarte para aprovechar la oportunidad de dirigirnos a los fieles de ese hermoso puerto.

La entrevista se llevó a cabo de lo más cordial. Por la primera impresión, Ricardo pensó que se toparía con el clásico sacerdote malencarado y prepotente dada la altura de su cargo, porque ser el Rector de un Santuario como el de Juquila no es cualquier cosa, pero no, el Padre Jacinto, como él mismo pidió que el escritor le llamara, resultó ser un hombre atento y decente, muy conocedor de la historia de la Virgen de Juquila.

Ricardo ofreció llevarle –a la siguiente visita– el programa grabado, un reportaje más completo en DVD y el libro que había ofrecido escribir a Carlos.

Al salir de las oficinas, el historiador pensó en buscar a su familia, pero se llevó la sorpresa de que ahí estaban todos, esperándole sentados en las bancas de la explanada.

-Quihubo jefe? Cómo estuvo?

-Bien, tranquilo, el Padre Jacinto es un buen hombre…

-Cuente, cuente… dijo nuevamente Anita.

-Qué les parece si terminamos el recorrido “oficial” y luego nos vamos a comer y ahí les cuento.

-Sale y vale, exclamó Antonio que levantó en vilo a su pequeña hija.

-Vamos a que nos bendigan las cosas, pidió Norma.

Ahí mismo, en la explanada pero al fondo, estaba el Diácono Tomás Hernández cumpliendo su tarea de impartir la bendición sólo a artículos religiosos, porque los ceniceros o los llaveritos luego van a parar a la basura y eso no es correcto.

Ricardo observó que su hijo había comprado rosarios, estampas e imágenes pero por decenas…! Iba a preguntar cuando Norma le detuvo con un pequeño apretón de brazo.

Concluida la ceremonia de bendición, comenzó el debate sobre en dónde ir a comer. Una señora, que estaba escuchando los acres comentarios de Norma y Ricardo sobre la comida del día anterior y el desayuno de esa mañana, dijo como si fuera parte de la plática.

-Pues es que ustedes se fueron a comer con los poblanos… esos poblanos nada más nos están dando mala fama… no... vayan al restaurante de al lado… ese es el único de gente natural y tiene muy buena comida… además, es barato, no que los de los poblanos…

Ricardo se rió pues fuera de Norma y él, los demás eran precisamente poblanos. Pero Antonio intervino preciso:

-Pero… hay de poblanos a poblanos… no cree…?

-La señora, entendiendo que la había regado, sólo se rió y dijo:

-Pero vayan a donde les digo… no se van a arrepentir…

Y tenía razón. El restaurante, ubicado en una planta alta, era pequeño pero acogedor y la comida resultó bastante aceptable.

-Don Ricardo... dijo Anita, ya no se haga del rogar y cuente…

-Bueno, antes de entrar en materia, quiero decirles algo que ustedes indudablemente ya saben: que hay muchas versiones sobre la existencia de la Virgen de Juquila. Algunos dicen que se apareció; otros que la encontró una niña; unos más que bajó del cielo. No nos vamos a meter a analizar cada una de esas versiones pues con la versión real y esos enredos de tacuates, mixtecos y demás tenemos.

Por principio de cuentas, uno de los más destacados investigadores señala que en un espacio pluriétnico donde coexisten 16 grupos etnolingüísticos y 2 grupos étnicos, la dinámica de las identidades indígenas ha pasado -y pasa- por procesos de transformación que alteran el mapa étnico regional. Los grupos indígenas han elaborado diferentes estrategias frente a la definición de su identidad, que están relacionadas con las específicas situaciones históricas en las que han estado inmersos, con su caudal demográfico y con las posibilidades de uso de sus territorios.

A las entidades históricas, cuyos miembros comparten en mayor o menor medida lengua y cultura hasta el presente, les damos el nombre de grupos etnolingüísticos, entendiéndolos como configuraciones culturales integradas por los hablantes de un conjunto de variantes de una lengua y de las normas regionales de cada una de ellas.

Y entendemos al grupo étnico como «tipo organizacional», conformado a partir de categorías de autoadscripción y adscripción por otros.

Sin confundir identidad con cultura, para el caso de Oaxaca parece necesario sin embargo conjugar lo organizacional con lo cultural, considerando a la identidad étnica como resultante de la trayectoria histórica de un grupo étnico, poseedor de una típica forma de organización, de un idioma específico y de una cultura diferenciada respecto de otras unidades sociales categorizadas como grupos étnicos.

¿Cómo puede explicarse sintéticamente este proceso?. A partir de la instauración colonial, la vida política, económica y religiosa de las comunidades de los distintos grupos fue reestructurada de acuerdo a los modelos proporcionados por las instituciones hispanas de la época, que se superpusieron y entrecruzaron con patrones organizativos preexistentes. Los sistemas resultantes, que más tarde los pueblos consideraron instituciones propias, afianzaron las relaciones y la identificación comunales concretizadas en la República de Indios y en el cabildo, más tarde llamado municipio o ayuntamiento. Por ejemplo, los sistemas de cargos cívico-religiosos que subsisten en el presente son los pilares políticos en la definición de la identidad residencial.

La actual atomización de los grupos etnolingüísticos puede entenderse como resultado del proceso de fragmentación política y cultural llevado a cabo por el colonialismo.

-Perdón Don Ricardo, intervino Doña Blanca, podría traducirnos eso al español?

-Ja… claro que sí. En pocas palabras la natural mezcla de lenguas y razas se vio intensificada con la llegada de los españoles que, sin respetar las divisiones propias de los pueblos indígenas, impusieron las suyas y de una cosa, otra y otra, se hizo tal mezcolanza que los límites de influencia de los grupos étnicos es difícil de definir.

Sin embargo, encontré que las mismas descripciones históricas nos permiten darnos una idea más real de la zona de influencia tacuate, que es considerada como una de las más fuertes en Oaxaca.

Don José Aguilar, entrevistado por María del Carmen Castillo Cisneros, una de los más reconocidas investigadoras, y del que hablaba en la última charla de ayer, señala -y sólo para recordar- que los que huyeron llegaron a Zacatepec, bueno, a Pueblo Viejo y como el águila los siguió, después se fueron al Cerro del Zacate, al actual Zacatepec. Tiempo después se apareció la Virgen –en Pueblo Viejo- pidiéndole a los tacuates que le construyeran una iglesia. Pero los tacuates, tan fiesteros y tomadores, no le hicieron caso y sólo se construyó una casita de zacate. Un día, la casa se quemó y la Virgen huyó, dejándolos solos. La Virgen caminó y llegó a Juquila, a donde está ahora. Los tacuates construyeron una iglesia grande para ver si la Virgen regresaba, pero eso no fue posible. Ahora la Virgen está en Juquila, si uno le ve su cara, puede observar que una mejilla está quemada, lo que nos recuerda lo que sucedió en el pueblo.

Ahora bien, se supone que la influencia tacuate no incluye la zona chatina, pero la versión oficial de la historia de la Virgen de Juquila –que ya veremos completa más adelante- deja ver otra cosa.

Cuenta el Rector del Santuario, Pbro. Jacinto López Montaño, que la Virgen fue traída de España por Fray Jordán de Santa Catalina, pasando luego por donación de este religioso al poder de un indio natural de Amialtepec, piadoso y gran devoto de María.

Los vecinos de Amialtepec cobraron a la imagen singular afecto visitándola con frecuencia e invocándola en sus necesidades. Sin duda aquellas peticiones fueron bien acogidas por la reina de los cielos, pues se contaban maravillas obradas por su intercesión, y pronto la fama voló por los pueblos circunvecinos y aún llegó a lugares distintos de donde partían devotos peregrinos para visitar el jacal de Amialtepec que guardaba la santa imagen.

La noticia de tales acontecimientos llegó al cura del lugar, don Jacinto Escudero, persona instruida y sensata, quien para evitar abusos, venciendo la resistencia del propietario de la sagrada imagen, la trasladó al templo.

Corría el año de 1633 cuando llegó el invierno, los indios pusieron fuego a la hierba seca del monte, como es costumbre para lograr pasto verde para el ganado; el fuego cundió y, ayudado del viento, muy en breve hizo presa de los jacales de Amialtepec. Los habitantes huyeron y desde un crestón cercano de su montaña vieron sus casas devoradas por las llamas, y el templo mismo en donde estaba la imagen de la virgen, por el voraz incendio, templos y casas desaparecieron, pasado el peligro, y repuestos los indios del susto, al volver sobre el ennegrecido suelo para recoger lo que de sus cosas hubiese perdonado el fuego, vieron con sorpresa que era en efecto un montón de cenizas, pero que sobre ésta quedaba entera, con sus vestidos intactos y aunque ligeramente ahumada, la imagen de María.

Ahora bien… la tradición tacuate cuenta que la virgen llegó a Pueblo Viejo; la verdad histórica dice que a Amialtepec. Muy cerca de Juquila, tal y como Amialtepec, existe una población que se llama Pueblo Viejo –aunque aclaro que hay, en todo Oaxaca al menos veinte pueblos denominados igual– así que la coincidencia, de darse, implica que Juquila, siendo chatina, igual que los mixtecos de Zacatepec, no deja de ser tacuate.

Y qué importancia tiene el hecho de que Juquila sea tacuate o no, preguntarán ustedes. Pues que la influencia inicial del poseedor de la virgen, y más tarde de la virgen misma, es la zona tacuate, y la zona tacuate es, de toda Oaxaca, y de todo México, la zona más pobre. Me atrevo a asegurar que la milagrería de la Virgen de Juquila llegó para ayudar a los más pobres de su pueblo. A esos que, chatines, mixtecos, amuzgos o nahuas, viven conformes con lo que Dios les dio y sólo es en ella en quien sus esperanzas cifran.

Es verdad que ahora que su fama se ha extendido, llega a lugares tan remotos como Canadá, Estados Unidos y Sud-América, pero ella llegó a esta zona, como Fray Jordán, a ayudar a sus pobres, a los más necesitados.

 

LA VERA HISTORIA DE

LA VIRGEN DE JUQUILA

 

Cuando pedían la cuenta, Ricardo se acercó a un grupo que había observado y su comportamiento y habla le parecieron conocidos.

-Hola… soy de la televisión de Acapulco. Podría entrevistarlos?

-Claro que sí… si nosotros también somos de Acapulco… venimos en nuestra peregrinación anual a ver a la Virgen de Juquila…

-Que bueno! entonces… no se diga más…

Ricardo les hizo las preguntas de rigor: que qué pensaban de la Virgen de Juquila, del porqué de su devoción, y cosas así.

Cuando salieron, se encaminaron a la calle que pasaba por detrás de la iglesia.

-Esta calle, todo derecho, es de puros puestos de artesanías y cosas no religiosas. Quieres conocer?

-Sí, claro que sí, dijo Norma de inmediato.

La lenta caminata, motivada por la entrada y salida a cuantas tiendas había, les hizo bien. Bromeaba Norma con Ricardo cuando le saludó con entusiasmo una señora.

-Norma! Eres tú…? mira nada más que coincidencia…

-Hola, qué andas haciendo?

-Venimos con un grupo de Acapulco…

Al saludo se agregaron otras dos señoras más que resultaron vecinas de la zona habitacional en donde maestra y escritor vivían en el puerto. Norma pidió que les grabara un saludo y, poco después se despidieron.

Carlos y los demás se habían regresado un poco antes, quedando de verse en el hotel.

-Pero si ya te estábamos esperando viejito loco! ahora sí no te escapas y nos cuentas bien la historia de la Virgen de Juquila… o no te damos café! Tú decides!

-No… pues así, con esas amenazas… mejor les cuento…

Doña Suegra le acercó una taza de café a Norma, y Anita otra a Ricardo.

Se acomodaron en las camas del cuarto mientras el historiador le daba unos sorbos al cafecito caliente. Colocó la taza sobre la mesita y comenzó a narrar.

-Según nos cuenta Don Juan Castro Méndez, que estuviera a cargo a cargo de la programación radiofónica de Radio Santuario, y conforme a información que él mismo obtuviera del Padre José Antonio Gay y otros documentos históricos, y el relato que hace poco nos hiciera el Señor Rector del Santuario, Fray Jordán de Santa Catalina fue natural de Bejar, del Castañar cerca Valladolid. Sus padres, de apellido Fuentecillas, fueron humildes campesinos constantemente escasos de fortuna, a quienes Cristóbal –nombre del fraile que nos ocupa– perdió muy niño. Le recogió su abuela, que se mantenía mendigando de puerta en puerta.

Por todo esto, Cristóbal no tuvo más escuela que alguna raquítica enseñanza proveniente de la propia abuela, a quien acompañaba en sus faenas y a rezar el rosario, elaborado con una cuerda a la que hacía nudos para llevar la cuenta.

A la muerte de su abuela, Cristóbal se dirigió a Toledo con un sacerdote vicario de monjas a quien ofreció toda clase de trabajos con la condición de que le enseñara a leer, pero no satisfizo sus ansias, por lo que partió a Valladolid, donde se dirigió a un señor a quien pidió que lo sustentara y le enseñara las letras.

Cuando cumplió los 14 años de edad, el buen hombre le dijo que, sabiendo el joven ya leer y escribir, tenía edad para que solo pudiera sustentarse.

Alentado, indicó que tenía voluntad de seguir la carrera de la iglesia, el pensamiento fue bien acogido y Cristóbal comenzó el estudio de gramática latina y de retórica. Entre la casa y el colegio estaba un templo de religiosos dominicos en que mañana y tarde entraba para encomendarse a Dios y rezar el rosario que nunca omitía.

Un señor, noble y bien acaudalado, veía a Cristóbal y le cobró afecto, lo llamó cierto día, lo llevó a su casa, le expuso que conocía su pobreza y le ofreció su riqueza y protección en todo su valor, le expresó el deseo que siguiera la carrera, pero él rehusó y, con el consentimiento de su protector, pidió el habito de los religiosos dominicos. En el año del noviciado, dio pruebas de santidad ejemplar, su profesión, en la que tomó el nombre de Jordán de Santa Catalina, no fue para él un sacrificio penoso.

Estudió filosofía, parte de teología y luego se le presentó la oportunidad de partir a México.

Terminó sus estudios de teología por el año de 1552, se ordenó sacerdote y poco después, por mandato de sus prelados, tomó el camino de Oaxaca. El señor Alburquerque lo trató con gran benevolencia en esta última ciudad; conoció su talento y virtudes, el acierto y prudencia de su juicio y el gran fondo de santidad que poseía; lo nombró maestro de novicios.

Se tiene a Fray Jordán como fundador en Oaxaca de la orden a que pertenecía. Su mayor anhelo era comunicar a los demás el mismo vigor, encender en ellos el fuego que lo devoraba.

Mientras fray Jordán recorría los pueblos de la sierra ocupado asistiendo a los indios en la fe católica, se padecía una fuerte carestía de semilla por falta de agua. Al saberlo, enseguida entró en el templo y se postró de rodillas ante el altar, su oración fue tan angustiosa que los indios lo veían con turbación, pidió las lluvias, se levantó tranquilo, celebró la santa misa y predicó prometiendo un pronto remedio a las necesidades; en efecto, en ese mismo momento se desprendieron del cielo torrentes agua que no permitieron a los indios salir del templo y retirarse a sus casas.

Este fue uno de los muchos milagros que se le imputan, pero lo más admirable fue la predicación a los indios de la sierra.

Fray Jordán trabajaba en su ministerio desde el principio hasta el final del día continuando después sus fatigas durante una gran parte de la noche; cuando la necesidad lo exigía marchaba de un punto a otro, sin reparar en que lloviese o no, sin medir las jornadas, sin servirse de cabalgaduras, sin proveerse de alimentos, a pesar de todo y venciendo toda clase de obstáculos, incluso groserías y calumnias que algunos esparcían en contra de su honor.

Fray Jordán, aprendió con el tiempo el zapoteco, y consagrando parte de su tiempo al bien espiritual de estos indios, en el año de 1559, el día 6 de febrero del 1592, el célebre Fray Jordán murió casi de 100 años de edad sin perder al postrer momento el uso perfecto de sus potencias, sin haber manchado jamás según aseguran sus confesores la inocencia de su bautismo. Por eso no debe parecer extraño que a su muerte, el día 6 de febrero del 1592,  los oaxaqueños se hayan disputado los pedazos de sus vestidos y que hasta hoy conserva el pueblo su tradicional recuerdo como el de un varón digno de ser reverenciado en los altares. 

Entre sus pertenencias traídas de España, estaba una pequeña imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción que portaba a todas las partes que fuera.

Fray Jordán durante su estancia por esta zona, contaba con la ayuda de un propio natural cuyo nombre la historia ha olvidado.

Poco antes de partir a México, donde fue llamado por sus superiores, Fray Jordán dejó a la Virgen al cuidado de aquel fiel ayudante que vivía en el pueblo de Amialtepec. No se sabe si la entregó en pago a su fidelidad y servicios, o la legó dado su gran amor por los indígenas y sabiendo –pues tenía el don de la profecía– los innumerables beneficios que la Virgen les traería.

Pues bien, el ayudante aquel llevó la imagen hasta Amialtepec, donde comenzó a brindar favores a los habitantes. Le invocaban devotos en sus urgencias y entre ellos repartía la señora a manos llenas sus soberanas piedades.

Siendo el año de 1633, y cura de Juquila el Señor Licenciado Don Jacinto Escudero que, enterado de los milagros de la Virgen, se dejó llegar hasta el pequeño poblado quedando convencido y enamorado de la pequeña efigie, que para esa época se veneraba en una choza. Ordenó su traslado a la iglesia local para darle mayor propiedad. Poco tiempo después sucedió el milagro más portentoso del que hacen gala todos y cada uno de los narradores según su propia versión.

Como es costumbre entre nuestros campesinos, cada diciembre se prende fuego a la maleza para enriquecer la tierra y tenerla preparada por la primavera. Eso que conocemos en el sur como el tlacolol. Pues bien, siguiendo la costumbre, los lugareños de Amialtepec hicieron lo propio en sus campos, aparentemente alejados de la iglesia, pero los traicioneros vientos, con sus ráfagas, llevaron el fuego hasta el propio pueblo quemando casas e iglesia.

Como es natural ante nulas posibilidades de combatir un incendio de esa magnitud, hombres, mujeres y niños corrieron a protegerse en algunos cerros vecinos.

Cuando el fuego se extinguiera, regresaron a tomar cuenta de los daños y, ahí, entre las ruinas del templo, estaba la imagen de la Virgen intacta, si acaso con una mejilla guardaba recuerdo del falaz suceso.

El caso llegó hasta Oaxaca, lo que hizo que se engrosaran las filas de los devotos y peregrinos. El Padre Escudero, ante la imposibilidad de vigilar de cerca el devenir de las cosas –Amialtepec se encuentra a 45 kilómetros de Juquila y en ese entonces no había ni carreteras no transportes– tomó la decisión, una vez consultada con el Obispo, de llevar la imagen milagrosa al templo de Juquila.

Los datos oficiales narran que los de Amialtepec opusieron resistencia pero al fin aceptaron el cambio. Los extraoficiales cuentan que tres veces se trajo el Padre Escudero a la Virgen y otras tantas amanecía de nuevo en Amialtepec, hasta que se puso enérgico con los lugareños y la virgen, y logró que se quedara en su nicho de Juquila.

Desde entonces, el 30 de junio de 1719, y conforme al decreto firmado por el Obispo Fray Angel Maldonado, la Virgen se venera un Juquila y es conocida como la virgen de Juquila, aunque no debemos olvidar que su devoción nace desde 1592.

Es decir, desde hace más de cuatrocientos años, la virgen de Juquila favorece a todo el que cree en ella, al que le tiene fe.

Pocos tienen la dicha de conocerla, que no vuelvan anualmente en el día de su fiesta a consagrarle devotos sus respectos: hay gentes en Oaxaca, que cuentan por los años de su discreción los viajes a Juquila; con esto fue por años aumentándose la gente, creciendo la romería y extendiéndose en todos la devoción.

Y esta devoción fue poco a poco creciendo, y rompió fronteras, y llegó hasta más allá del mar. Y es que, como Carlos, cada devoto siembra la semilla de la difusión de su fe, y uno trae a dos, y dos traen a cuatro, y así la fe se multiplica.

La imagen de la Virgen tiene un tamaño aproximado de 30 centímetros de alto y 15 cm de ancho, viste una túnica sobre la que cae el manto que se desprende de los hombros y se tercia airosamente bajo el brazo izquierdo. El cabello se extiende sobre el ropaje, las manos están unidas ante el pecho, y los ojos modestamente inclinados.

Esa es, la verdadera historia de la Virgen de Juquila, lo demás es fantasía que vierte el pueblo ante su tierna ignorancia, pues aquellos que no investigan o leen, inventan –que no de mala fe– sus propias historias, como aquel compositor de una de las muchas canciones dedicadas a la Virgen de Juquila que, en sus versos, dice que fue aparecida y que una niña la encontró.

Sólo queda comentarles que el templo actual no fue el primero, pues la naturaleza se ha encargado de destruir otros anteriores. Sobre el actual, puedo decirles que esta majestuosa obra se construyó entre los siglos XVIII y XIX, dicha construcción presenta cierto estilo neoclásico abarrocado. El templo tiene una longitud de 65 metros y 15 metros de altura; mismas que forman de él un espacioso recinto, cuenta con bóveda de media naranja, dos torres, un coro, un bautisterio, el camarín y dos sacristías. Actualmente el atrio ha perdido su barda original pues fueron sustituidas por rejas de fierro, quedando integrado a la plaza central de la localidad y en cuyos lados se encuentra el mercado y el palacio municipal, como ustedes ya podrán haberse dado cuenta.

El cura Don Bernardo Novas delineó el majestuoso templo con los tamaños que hoy tiene, y cuyo costo pasó de ochenta mil pesos de aquella época; la gloria de haber comenzado esta obra a costa de grandes fatigas es del señor Ortigoza, cuyo primer nombre quedó en el olvido de la historia.

En 1931, un terrible terremoto asoló toda Oaxaca tirando la mayoría de los templos y, entre ellos, el de Juquila, que vio caer toda la nave central, siendo restaurado y quedando en funciones en 1950, tocando al Padre Cornelio Bouquet la responsabilidad de la restauración de la nave central y las cúpulas. Desde ese entonces no se la había metido mano y, como ustedes pudieron notarlo, actualmente se realizan labores de mantenimiento y restauración de alguna partes. Tenemos un gran empeño en la restauración y dignificación del templo, me dijo el Padre López Montaño, Rector del Santuario. Y por eso se está colocando el oro como estaba originalmente, y el rescate de las pinturas, cuatro pinturas que estaban en las pechinas del crucero del templo. Se terminó ya la fachada y el lateral norte del templo. Pero la labor principal está centrada en la cúpula, para poderle dar el esplendor que tuvo en 1950, que fue cuando se restauró tras el terremoto.

-Oye… y el Rector de dónde es?

-El Padre Jacinto López Montaño es sacerdote diocesano, oaxaqueño, y llega a la rectoría del Santuario el 5 de septiembre del 2009 y no sólo se ha dedicado a la restauración del templo, sino que ha introducido los modernos métodos de captura de datos para ir formando una base en la que se registran visitantes, peregrinaciones, lugares de procedencia, etc.

Llegan alrededor de seis mil peregrinaciones al año y los meses más fuertes son noviembre, diciembre y enero, obviamente sin olvidar la Semana Santa y la Pascua, y el mes de julio, por eso de las vacaciones. Fuera de eso, la afluencia de peregrinos sólo se incrementa los fines de semana. Estamos hablando de un millón, un millón doscientos mil visitantes, conforme a cifras del Rector, aunque los comerciantes lugareños señalan que bien pueden llegar a los cuatro millones de peregrinos.

La principal intención de los peregrinos al visitar a la Virgen de Juquila es pedir su intervención por motivo de enfermedades. De ahí, le buscan porque necesitan tener alguien en quien confiar, en quien depositar la esperanza.

El Rector, como todo sacerdote, nos hizo el señalamiento de que no puede hablar de milagros, porque la iglesia es muy estricta en esa materia y, para aceptar la existencia de uno se necesita un estudio muy profundo y largo. Sin embargo, reconoció que se le ha solicitado su intervención para pedir en misa sobre algunas situaciones –muy propias de la inseguridad que priva en Oaxaca y los estados circunvecinos– y ha tenido la experiencia de que la mayoría ha tenido resultados muy, muy positivos, cuando menos tres casos de secuestro que se han solucionado bien –con la intervención de la Virgen María– dejando en las familias una experiencia muy gratificante, y dejándoles muy agradecidas por esa intercesión de la Santísima Virgen.

 

 

LOS MILAGROS DE

CARLOS Y ALCIRA

 

Al reacomodo tras los comentarios de Ricardo sobre la entrevista con el Padre Jacinto López Montaño, Rector del Santuario, Ricardo cuestionó a su hijo sobre el inicio de su devoción hacia la Virgen de Juquila.

-Pues resulta que, como toda pareja que inicia su vida conjunta, comenzamos a tener muchos problemas, sobre todo de dinero, narró Carlos. El trabajo escaseó, se nos juntaron algunas deudas, tuvimos muchos problemas con el papá y la mamá de Anita y, no es porque esté mi suegra aquí presente, pero ya nos peleábamos hasta porque la mosca voló.

La situación ahora es de magníficas relaciones… hasta nos queremos, dijo en broma el joven. Pero en ese entonces, la tensión que existía se podía cortar con un cuchillo. Incluso llegamos a separarnos una vez y ella regresó a casa de sus padres. Los problemas se ahondaban porque, como bien lo sabes, ella había sido trasplantada de un riñón y debía tener ciertos cuidados especiales… en fin… que la situación estaba poco más allá del manda al demonio todo!

Sin embargo, un día, mi cuñada me regaló una Virgencita de Juquila del tamaño de un tapón de refresco. Me dijo: Tenle fe, es muy milagrosa. La verdad es que yo ya no sabía a qué árbol arrimarme y pues, quiera que no, la puse en el tablero del carro y, cuantas veces me acordaba de algo malo de lo sucedido, la tocaba y le decía: ayúdame Virgencita… yo sé que tú puedes ayudarme… y te juro que voy a verte todos los años, y te llevo más peregrinos… y quién sabe cuántas promesas más le hice. El caso es que, sin sentirlo, las cosas comenzaron a cambiar. Tuve buena chamba con mi taxi, mi dinero me rendía, Ana regresó a la casa y, también hablándome de la Virgen de Juquila, me dijo que debíamos darnos otra oportunidad.

Así cambió todo. La relación con mis suegros se tornó cordial y lo mismo sucedió con mis cuñados con quienes se habían enfriado las relaciones debido a la separación con Ana. Y fuimos a Juquila. Y vimos a la Virgencita. Y le agradecimos todo lo que nos daba y la solución a nuestros problemas. Y así vivimos hasta ahora. Es más, cuando Ana comenzó a sufrir el rechazo del riñón trasplantado, ni el riesgo que corría, ni los días en el hospital, ni el nuevo trasplante nos fueron gravosos o conflictivos, por el contrario, haz de cuenta que le dio gripe y la llevamos al doctor… así de fácil. Desde que confiamos en la Virgen de Juquila, todo se nos hace fácil, liviano, llevadero.

Yo trato de cumplirle porque, la verdad, ella me da hasta de más. Tenemos también una buena estabilidad económica y hasta nos damos algunos lujitos pequeños extra. Cada año, sin faltar, le celebramos allá en la casa –como este año en que te tocó estar a ti– su cumpleaños e invitamos a todos los amigos que ya han venido a Juquila y a los que pensamos traer al año siguiente, sin que les falte su atolito y sus tamales.

El último problemita fue el de Chucho. Él vivía con sus abuelos y Ana quería tenerlo. Ya te has de imaginar la de problemas que se vinieron, no sólo con sus papás, sino con el mismo Chucho que, nada más estaba en la casa, y se volvía grosero, irrespestuoso, flojo, bueno… manifestaba su rechazo a estar con nosotros, y era natural… estaba sumamente acostumbrado a vivir con los abuelos… le pedí a la Virgen su intervención… y ni siquiera sentimos cuando todo cambió. Hoy, como lo sabes, Chucho vive bien con nosotros, somos una familia, me ve como un padre y es estudioso y obediente. No… de verdad… no tengo con qué pagarle a la Virgen de Juquila sus favores…

-Fíjate que curioso… intervino Norma. A una amiga que conozco, Alcira se llama, se le presentaron problemas terribles en su matrimonio de muchos años, al grado tal, cuenta ella misma, que ya daba por destruida su familia.

Esto que te cuento hace diez años, allá por principios del 2001.

La situación, por mucho esfuerzo que ella hiciera, se tornaba más y más tensa. Los pleitos de pareja era ya no solo diario, sino hasta dos y tres veces al día. Celos, coraje, resabio, encabezaban el remolino de sentimientos que azotaban su vida.

No hace mucho nos contaba que, de pronto, la Virgen de Juquila –de la que había oído hablar como muy milagrosa– se le empezó a cruzar por todas partes a donde iba. Si se subía a un taxi, llevaba la Virgen de Juquila en el tablero; si en un autobús, mero al frente veía su estampa; visitaba a alguna amiga, y le regalaba una estampita de la Virgen de Juquila. Vamos, como dicen por ahí, hasta en la sopa se la encontraba.

De momento no le dio importancia, pero era tanta la insistencia de la Virgen de hacerse presente, que una mañana –a pesar de estar constantemente enojados– le dijo a Manuel, su esposo, que si podían hacer un viaje a visitar a la Virgen de Juquila. Contra lo que se esperaba, Manuel le dijo que sí. Así de simple.

Ahí quedaron las cosas. El tiempo pasaba y la situación se hacía insoportable. Hasta que, un día, Alcira encontró sobre su escritorio un marco que estaba boca abajo. De momento pensó que era alguna foto de la familia porque todas sus fotos familiares están enmarcadas de esa misma forma exactamente: un marco de aluminio dorado, y selladas por la parte posterior.

Sin pensarlo, tomó el marco y, cuando le dio vuelta, se sorprendió al ver que se trataba de una imagen de la Virgen de Juquila. Tras la reacción de asombro, pasó a la de rabia…

-Manuel! Quién te dio este cuadro de la Virgen de Juquila?!!! quién?!!!

-Cuál cuadro Alcirita…? Yo no he traído ningún cuadro…!

Por más que preguntó de quién era o quién lo había dejado ahí, encima de su escritorio, jamás pudo saberlo. Pero el hecho le hizo reaccionar y le dijo a su marido:

-Sabes qué Manuel? Nos vamos a Juquila.

Un par de días después partían en su auto por la carretera costera de Costa Chica hacia el pueblo de Juquila.

Más de doce horas hicieron, pero llegaron a salvo, sin enterarse siquiera que a lo largo de esa carretera, precisamente por esas fechas, los asaltos y los secuestros estaban a la orden del día.

Nos hospedamos en un hotelito que se encuentra a un lado de la iglesia –cuenta ella misma– nos instalamos y, como no era muy tarde, decidimos darnos una vuelta por la población. Cuando entramos al atrio por uno de los costados del Santuario, una intensa neblina se dejó caer. Era tan espesa que no se veía a un metro de distancia. Sin embargo, en ese momento, un profundo sentimiento de paz nos envolvió. La neblina levantó a los tres minutos, pero la paz se quedó con nosotros para siempre.

Estando ahí, no pudimos dejar de observar lo limpio que está todo; principalmente la zona dedicada a hospedar a los peregrinos que, sobre una cobija o un petate, nos dan ejemplo de cordialidad familiar, de unidad, de amor. Una familia muy pobre, que calentaba unos tacos en su anafre, al notar que les observábamos, en su lengua nativa nos dieron a entender que nos invitaban a comer. Dios mío! Esa gente que no tiene nada, invitándonos a comer aunque sea un taco, desprendiéndose de un poco de lo poco que tiene…! Ese es un ejemplo de fraternidad!

Oímos misa al día siguiente, pasamos por debajo del manto, hicimos todo lo que hacen los que van a Juquila, paseamos por el pueblo… y regresamos. Ninguno de los dos dijo nada, ni para bien, ni para mal. Simplemente, nos regresamos. La vida siguió su curso pero, sin darnos cuenta, los problemas fueron desapareciendo. La cordialidad regresó a nuestro hogar y hoy, diez años después, vivimos felices y tranquilos.

Más adelante, Alcira se enteraría por boca de su propio esposo que a él también se le empezó a cruzar la Virgen de Juquila por todas partes, que él también tenía pensado proponerle ir a Juquila, y que fue con gusto porque sabía que la Virgen quería que la visitara. A Manuel también lo decidió lo del cuadro aparecido.

Hoy, Alcira aún conserva ese cuadro. No permitiré que se vaya, dice convencida, porque llegó hasta mí para obligarnos a ver nuestros errores y entendernos. Ella salvó mi matrimonio, mi familia.

El cuadro, del que pude comprobar es exactamente igual a los que enmarcan sus fotos familiares –como ella lo señaló– está en un lugar especial del pequeño oratorio que tiene en su casa.

-Creo que esos milagros no son para creerlos o ponerlos en duda. Como dice el Padre Rector, la iglesia es muy estricta para reconocer un suceso como milagro, pero qué podemos decir de quien lo experimenta. Nadie podría decirte a ti, hijo, o a Alcira, que la Virgen de Juquila nada tuvo que ver en esto. Cada uno de nosotros sabe lo que recibió… y lo que debe agradecer. No es preciso andar gritando por todas partes que la Virgen hizo un milagro para nosotros, pero sí debemos dar testimonio de ello para su propia gloria, lo crean los demás o no, sentenció Ricardo.

-Oigan… intervino Doña Blanca, no tienen hambre? Qué les parece si vamos a comprar pan Bimbo, jamoncito y queso y nos cenamos unos sándwiches?

No bien lo dijo y todo mundo se levantó de su asiento para salir...

 

 

SOBRE LA VIRGEN,

SU DEVOCIÓN Y SU INTERVENCIÓN

 

El paréntesis que hicieran para que la palomilla fuese a comprar jamón, pan Bimbo y demás complementos para cenar, dio un respiro al escritor que aprovechó para acompañar a su amada Norma a comprar algunas cosillas más.

Pardeaba la noche y, como era sábado, la afluencia de visitantes se incrementaba. En el hotel, ayer viernes únicos huéspedes, se atiborraban ya coches y peregrinos.

El movimiento, obviamente, era más intenso. Ricardo observó que la inmensa mayoría de quienes se cruzaban con ellos eran de clase media, media baja y lo que hoy llaman vulnerables por no decir pobres. No pudo notar a alguien de “la alta”. Preguntando a alguno en forma aleatoria, se enteró de que los llegados venían de Puebla, Oaxaca, Chiapas, Guerrero y muchos, eso sí, muchos del Distrito Federal.

Le llamó la atención que algunos, como Carlos, compraban los rosarios, los escapularios y las estampas por bolsas. Queriendo entender le preguntó a una señora el porqué de esas compras llamémosles masivas.

-Son para vender allá donde usted vive?

-No que va! me los llevo así porque me salen más baratas y puedo regalarle a todos mis conocidos y amigos. Una de las primeras promesas que se hacen a la Virgen de Juquila, aún antes de pedirle el favor que queremos, es difundir su devoción y traer, cada año o cada que la visitemos, más peregrinos que se sumen a esa devoción y la difusión de esa devoción de la virgencita.

De pronto se le vino a la mente que, tan sólo entre el mes de diciembre que estuviera en casa de Carlos y conociera un poco más sobre la Virgen de Juquila y ese marzo de la visita, había podido distinguir entre funcionarios, trabajadores, reporteros y demás gente que conocía y visitaba frecuentemente por motivos de su trabajo, cuando no la estampita, el rosario o la figurilla más menuda aún que la misma virgen, pero destacando entre todo ello las pulseras. Cuando menos dos de cada diez personas conocidas traían o tenían algún objeto de veneración de la Virgen de Juquila.

 

Cuando llegaron al hotel, los sándwiches ya estaban listos, incluyendo su rebanada de aguacate que por esos rumbos es exquisito.

-Órale jefe… a llenar la panza para que la boca se mueva… que todavía nos queda tiempo para seguir tus relatos.

-Un refresquito suegra? invitó Anita.

-Gracias, dame un Seven que es el que más se parece a la Yoli.

-Y a usted Don Ricardo?

-Mi Coca, ya sabes…

-Pues silencio ranas que va a parlar el sapo! dijo alegre como siempre Carlos, urgiendo a su padre la continuidad de su relato.

-Hummm… es claro que en muchas partes hay Santuarios más famosos y concurridos pero pocos tienen los obstáculos que tiene Juquila. Ustedes mismos nos describieron la duro de la jornada para venir de tan lejos y, sin embargo, hay gente que viene de más lejos aún. Otros, quizás más cerca, pero en bicicleta o caminando. Y qué me dicen de aquellos que viajan apiñados en un camión de redilas por más de doce horas con tal de venir a presentar sus respetos a la Virgencita de Juquila. Las dificultades son tantas para esa gente, que incluso cada año algunos mueren en el intento. Pero eso no amedrenta a los peregrinos que siguen viniendo y cada vez en mayor cantidad...

-Perdón si interrumpo tan pronto, pero tengo una duda desde ayer… señaló tímidamente Doña Blanca. Qué diferencia hay entre una iglesia digamos… normal, y un santuario?

-Todo templo, iglesia, parroquia o santuario es lo mismo, un recinto sagrado dedicado a la celebración pública del culto divino. Las diferencias están en las jerarquías o destinos que tiene cada iglesia. Por ejemplo, la parroquia es aquella en la que habita y rige el párroco, sacerdote administrador de una zona determinada. Un Santuario es aquel en el que, por algún motivo especial de piedad, está constituido por fieles como meta de peregrinaciones para pedir perdón, alguna gracia o cumplir votos contraídos. Las peregrinaciones, obviamente, no brotan de la noche a la mañana, sino que son motivo de la ferviente adoración especial a una virgen, un santo, el Cristo mismo, o a alguna reliquia. La virgen de Juquila fue albergada en el Templo que, al crecer la devoción y motivar multitud de peregrinaciones y alabanza, le convirtió en Santuario.

Un Santuario es, pues, el lugar en el que se tiene un culto especial a Dios. Como decía el Papa: Deben ser lugares privilegiados para el encuentro de una fe cada vez más purificada que lleve a Cristo.

El religioso Juan Castro Méndez, autor del libro La Virgen de Juquila en la Historia, señala que en los Santuarios se debe proporcionar  más abundantemente a los fieles los medios de salvación, predicando con diligencia la palabra de Dios y fomentando con esmero la vida litúrgica. Obviamente aprovechando ese momento de probada piedad popular que envuelve al peregrino, y que le hace más propicio para escuchar con mayor atención espiritual evangelización y catequesis, es decir, la palabra de Dios y su enseñanza.

En un Santuario, recuerda el autor, la predicación de la palabra requiere paciencia y constancia, pues la repetitividad con que se dice puede llegar a ser cansada para el orador mismo. Son narraciones y observaciones que para el sacerdote ya son más que evidentes, pero para el peregrino recién llegado son una novedad que escucha con atención.

Y lo más importante… todo peregrino, de esos miles y miles que arriban, llega en plena disposición de participar en el sacrificio eucarístico, es decir, la misa. Por eso mismo espera mucho más de ella que de cualquier misa de domingo. Y no sólo eso, como le sucede a cualquiera de nosotros, espera escuchar en esa celebración un mensaje de Dios, en boca del sacerdote, que se relacione directamente con su propio problema.

Para el celebrante es, reconozcámoslo, un verdadero reto el rito de la misa.

-Y será que en realidad todos los que vienen, vienen a adorar a la virgencita? O nada más vienen por la curiosidad o el morbo? cuestionó Antonio.

-La verdad, yo creo que todos vienen a adorar a la Santísima Virgen. No dudo que pueda haber alguno que llegue a realizar una investigación, o levantar una estadística, incluso a hacer un reportaje, pero aún de todos ellos, podría asegurar que son contados los que no sienten algo por la Virgen María. Y es que la Virgen María, en cualquiera de sus advocaciones, la de Juquila, la Guadalupana, la del Rayo etc., se configura ante nosotros como la Madre de Cristo, la Madre, nuestra Madre espiritual. De ahí la profunda identificación para con ella.

Por eso su devoción es tan particular. Ustedes, por ejemplo, y yo lo sé bien, no son los creyentes fanáticos que viven dándose golpes de pecho, pero son fieles a su creencia y devoción y puedo estar seguro de que, conforme señale lo que podemos considerar la verdadera devoción a la Santísima Virgen, van a reconocer aunque sea en su interior que así es, que así lo sienten, que así lo viven.

Castro Méndez nos da una idea de esto. La verdadera devoción es interior, porque se posee en el espíritu y el corazón. El amor que le tenemos a la virgen brota de ahí.

Es tierna, porque confiamos en que María nos haga sentir hijos suyos con esa misma confianza que tiene un pequeñito para con su madre natural. Eso hace que recurramos a ella en todas nuestras necesidades. Es el clásico grito de ¡Mamáaaa! que pegamos de niños para todo, sólo que ahora silenciado por su procedencia espiritual, pero con la entereza y conciencia del adulto.

Es santa, porque esa devoción es un freno ante el pecado, le evita y tiende a imitar las virtudes de la Virgen, sobre todo su humildad, su fe viva, su obediencia ciega, su mortificación universal.

Es constante porque se confirma en el alma de quien la practica, lo que le da ánimo y valor para resistirse a las tentaciones y facilita su piedad.

Pero sobre todo… es desinteresada. Es decir, no busca a la Virgen cuando le conviene o la necesita solamente, o para que le vuelva rico. El mayor milagro de la Virgen Santísima es inyectar en quien le adora una devoción que, aún sin necesitarla, en esos tiempos de paz y tranquilidad, le recordamos, le invocamos y elevamos nuestra oración hasta ella.

El verdadero devoto no ama a la Santísima Virgen María por los favores que le va a pedir o que le debe agradecer, no, le ama porque la siente su madre, su protectora, porque sabe que la mayor parte del tiempo no necesita pedirle nada, pues es ella la mejor intercesora para rogar a Dios que cubra nuestras necesidades, como toda buena Madre lo haría con su hijo.

Que grato ha de ser para ella que uno de nosotros llegue hasta su templo y le diga: -Hola Madre Mía, cómo estás…? sólo vine a saludarte!

Y yo agregaría que esa devoción debe ser omnipresente, es decir, que se debe ser devoto de la Virgen en cualquier parte. No porque regresemos a casa pues ya… ya le visitamos, ya le pedimos, ya le agradecimos… y ya! Nos vemos pa’lotra! No… si es menester venir hasta su Santuario –como es este caso de la Virgen de Juquila– venir, sí, pedir, agradecer, pero no olvidar, tenerla presente siempre y en todo momento.

Dedicarle muchas de nuestras acciones del día, hacer oración diaria y, si se puede, el rosario, una de las formas de oración que más le gustan a la Madre de Dios como lo manifestare con su advocación de la Virgen del Rosario. Y por las noches, despedirse de ella antes de gozar del descanso bien ganado.

El Rector López Montaño fue concreto en ese sentido, pero me gustó su forma de calificar o explicar el culto mariano.

La Virgen María –en su advocación de Juquila– es el modelo del testimonio que tenemos de la búsqueda y el cumplimiento de la voluntad de Dios. Es ejemplo para que nos entusiasmemos en buscar, en nuestra vida y en nuestra historia la voluntad de Dios. Es algo a lo que no estamos acostumbrados y que, cuando vengamos al Santuario de Juquila, y nos la llevemos, porque muchos por no decir todos se la llevan, y que cuando la tengamos en nuestros hogares no sea otro el motivo sino el que nos recuerde que el silencio, nos enseña la oración, nos enseña la fe y la confianza en Dios. A veces no podemos vivir en silencio, con cualquier cosita se nos tambalea la fe y la esperanza, y quiera Dios que la Santísima Virgen María sea para nosotros ese modelo y ejemplo de cómo se puede llegar a Dios desde nuestra condición humana

El silencio que se guardaba en ese pequeño cuarto de hotel podía cortarse en rebanadas. Cada uno pensaba para sí el nivel de su devoción. Ricardo les dejó meditar unos segundos más y luego dijo:

-Bueno… pues tengo entendido que nos vamos a las cinco de la mañana, así es que no vemos jóvenes. Hay que irse a descansar.

Tomó de la mano a Norma y se encaminaron a su propia habitación.

-De donde sacas tantas cosas viejo? preguntó Norma inquieta.

-De leer, de estudiar, de investigar. No soy un sabio porque sé un poco más que los demás. Soy simplemente un viejo metiche al que le llama la atención la historia de su religión.

Recuerda que yo me había alejado de Dios, que incluso era un come-curas a ultranza. Pero Él mismo me enseño que el que no sabe es como el ciego que no ve. Por eso, desde hace más de 30 años, estoy inmerso en la historia de la iglesia y la religión. Por eso me gusta visitar cuanto templo puedo, como tú lo sabes. Por eso me interesa saber la historia de cada iglesia, porque la historia de la iglesia narra la historia de ese pueblo o ciudad.

Y ahora, con el apoyo que me brindan desde el propio Vaticano para el programa y los diversos medios como catolic.net y romereport.com, es mucho más fácil estar al día. Pero… vamos a dormir que hay que madrugar.

 

 

 

EL RETORNO

 

Ricardo y Norma se levantaron muy temprano. Salieron pero no escucharon ruido alguno respecto al otro cuarto, así es que vieron la televisión por un rato, hasta que escucharon leves toques a la puerta.

-Carlos?

-Sí papá... ya se levantaron?

-Desde hace un buen rato. Ya nos vamos?

-Sí, los esperamos en la puerta…

-No… si ya estamos listos… vámonos.

La obscuridad cubría el pequeño poblado, pero a pesar de la hora se veían llegar camionetas de redilas llenas de peregrinos buscando hospedaje.

Sacaron los autos y emprendieron el camino de regreso.

Cerca de Sola de Vega se detuvieron para desayunar.

-El último paga… gritó Carlos emprendiendo la carrera al interior del restaurante.

Como la última en entrar fue Doña Blanca, todos corearon un heeeee...

-Hasta que se me hizo cortar una flor de su jardín querida suegra… exclamó contento el muchacho.

-Que me traigan el menú completo pidió el escritor…

Entre risas, se acomodaron todos en dos mesas que juntaron dos jovencitos que más que trabajadores, eran miembros de la familia que manejaba el pequeño comedor.

-Bueno… mientras nos sirven, qué te pareció el viaje viejito?

-Inspirador, por el lado de la devoción a la Virgen de Juquila; ilustrativo, por el lado de la historia tanto de la etnia como de la región y, sobre todo, de la Virgen; y frustrante…

-A caray… porqué frustrante…

-Porque... tú sabes lo que es aguantarte tres días a estas alturas de mi vida!

La suegra de Carlos aplaudió diciendo:

-Hasta que encuentro a alguien que sepa decirte tus cosas… ji jí….

-Ya verán los dos… los voy a dejar aquí para que se vayan caminando… van a ver… contestó siguiendo la broma.

-Ya en serio suegro… qué fue lo que más le gustó? intervino Ana.

-Ver que la devoción por nuestro Padre sigue, a pesar del embate de tanta secta y nuevas supuestas religiones que engañan a la gente llamándose cristianas. Conocí a un “pastor” en Acapulco que había tenido una carnicería en San Martín Texmelucan. Ni siquiera había terminado la primaria; era un ignorante y, sin embargo, llevaba siempre la Biblia en la mano y mencionaba a Dios en cada frase que decía.

Un día, acompañé a un amigo a cobrarle a una persona y resultó que era a él a quien debía urgir el pago. Estaba a las afueras de su templo rodeado de un grupo de seguidores. Cuando me presentó con él, mi amigo se refirió a mi condición de periodista, por lo que el sujeto empezó una diatriba contra los medios de comunicación diciendo que solapábamos los desmanes de la iglesia y a cada acusación citaba un pasaje bíblico.

De momento se me ocurrió no hacerle caso y dejarlo hablar, pero me fue colmando la paciencia porque el no contestarle parece que le diera cuerda…

En una cita bíblica que hizo extendí la mano y, con respeto pero con firmeza, tomé su propia Biblia, la abrí y le enseñé:

-Perdón Señor Pastor, pero esa cita bíblica, como todas las que ha mencionado, no corresponde a lo que usted señala. Es más, ha citado dos o tres que ni siquiera existen en la Biblia… podría citarme otra y decirme de qué trata?

El hombre se quedó pasmado. Mi amigo, con cierta tono burlón le dijo:

-La regaste Juárez… aquí mi amigo es estudioso de la religión y la historia de la iglesia, sabe de lo que habla… encontraste a quien sí te puede refutar tu sarta de mentiras… ya me contó que te conoció como carnicero en San Martín…

El falso pastor se puso de mil colores. Yo te juro que jamás quise exhibirlo, pero él mismo provocó la situación. Unos cuantos meses después, al pasar por ahí, pude notar que el “templo” había desaparecido. Esas son las nuevas religiones. Religiones que surgen de abusivos aprovechados que se dicen pastores de un rebaño que –eso sí– está urgido de guía, de consejo, de atención.

Es verdad que hay malos sacerdotes, pero es como en todo… hay malos arquitectos, malos policías, malos abogados, malos escritores y malos periodistas, pero la mayoría de los sacerdotes son hombres justos dedicados a Dios y a sus hijos. Algunos son gritones o exigentes, otros dulces y consecuentes, pero esa mayoría es infinitamente superior a los malos. Por otra parte, la modernidad también ha dado al traste con las vocaciones. A los jóvenes de hoy ya no les llama tanto la atención ser curas. Los seminarios están medio vacíos a pesar de las promociones que se hacen, de ahí que no alcancen los sacerdotes para estar en todas partes. Eso, y la publicidad que se les da a los malos curas convirtiendo suceso en escándalo, es lo que ha dado camino propicio a los falsos redentores para volverse millonarios porque, eso sí, bien que le sacan sus centavos –por no decir pesos, y muchos pesos– a los fieles que caen en sus garras.

Recuerdo hace tiempo a una señora amiga de mi mamá que, ya grande, mantenía una vida acomodada gracias a la herencia de su marido y la pensión del mismo que había sabido administrar por varios años. Un día, de la noche a la mañana, se supo que buscaba a los amigos para pedirles para comer. Mi madre nos contó que una falso pastor la envolvió y le hizo entregarle todos sus bienes dejándola en la calle sin piedad alguna.

-Quién pidió huevos revueltos con jamón? preguntó la mesera.

-Yo, urgió Ana.

Y mientras la mesera servía a los demás, nuestro escritor continuó su charla.

-Qué me gustó? Ver la similitud que hay entre la gente de Juquila y la de Guerrero. Visten casi iguales, con las diferencias propias de un pueblo a otro; en Juquila, las mujeres visten falda de color intenso y blusas bordadas de flores multicolores, qué me dicen de las acatecas? Viendo el mapa, encontré que Juquila está muy cerca de Pinotepa Nacional, alma y corazón de la Costa Chica que Guerrero ve como suya pero que se extiende a los dos estados.

Los hombres ya no se diga, visten calzón de manta, cotón y sandalia pata de gallo.

Y sus ritmos? No son acaso los mismos? El fandango, las chilenas, el baile de cajón…

Y es que chatinos son tacuates, y tacuates son olmecas…

-Olmecas? cuestionó Antonio.

-Sí, esa es una teoría ya confirmada: la verdadera cuna de Mesoamérica es Olmeca y los primeros asentamientos humanos olmecas fueron en Morelos-Guerrero. Si consideramos que la zona tabasqueña, considerada hasta ahora cuna de todo, es olmeca, que se han encontrado vestigios olmecas en muchas partes de Oaxaca y de que lo mismo ha sucedido en lugares tan distantes como las partes altas de Veracruz y ahora en Morelos y Guerrero, podemos considerar ya, como una realidad, que el Imperio Olmeca existió y fue el más grande jamás concebido en el continente americano, cuyo alcance cubre propiamente todo Mesoamérica. Todas las culturas posteriores a los tres mil años antes de Cristo, son derivaciones olmecas en esta basta zona.

-Órale…! Entonces… Antonio es un indio Olmeca! grito entusiasmado Carlos.

-Ajá… y tú qué? serás chino…

-Me gustó la suntuosidad del Santuario de la Vigen de Juquila, que hoy difícilmente se aprecia debido a la serie de comercios instalados a su derredor. Está como el parque central o zócalo de Patzcuaro, que visitáramos hace muchos años y lucía amplio, vistoso, galano, se respiraba paz provinciana en él. Hace poco volvimos. Que decepción! Todo el parque está invadido por comerciantes de esos que llaman ambulantes o informales. Así aquí. Por ahí está la foto del Santuario cuando estaba despejado. Que suntuoso se ve.

Qué me gustó? La vista del pueblo desde El Pedimento; la forma en que el peregrino elabora sus pequeñas figuras de barro; la devoción con que llega cargando su cruz buscando dónde colocarla; la fe con que se limpian unos a otros con las veladoras; la ternura con que ven a la pequeña gran Virgencita de Juquila; la infinidad de testimonios grabados, estampados y/o pintarrajeados en árboles, vidrios, muros y hasta techo de la capilla.

Me gustaron sus ríos, sus cascadas que no vimos pero que están ahí, como la cueva, para tener –en el mismo lugar– otro lugar más de contacto Virgen-Pueblo pues el agua sana como bendita, y la cueva permite verla a quien se lo merece, según dicen.

Me gustó el nombre de esas cascadas: Siete Honduras y Chorro Conejo, y la afluencia de sus cuatro ríos que nacen de pequeños arroyos que bajan de los cerros; el Río de Las Flores y el Río Olla, se unen al río principal que pasa por la población, y más adelante desemboca en el Río Hoja el cual, junto con otros ríos, dan vida a la Laguna de Chacahua en el océano Pacífico, sin olvidar el Río Yaitepec.

Me gustó su pan de yema, su clima entre frío y templado que invita a cobijarse y arroparse con la pareja…

-Ahhh viejos pillines!

-Me gustó ver tu desempeño… tu entrega… que arrastra a Ana, tu suegra, tu cuñado, su esposa, sus hijas, el tuyo… y ahora hasta a nosotros…

Me gustó el compromiso con la Virgen de Juquila de volver pero con alguien más; de escribir su libro; de hacer su reportaje. De difundir su devoción.

Qué me gustó? Ver sus árboles frutales: naranja, limón, mamey, plátano, granada y guayaba; los cereales que siembran: el maíz, frijol y café. Las plantas medicinales como hierba santa, hierba buena, ruda, epazote, albahaca, mirto, verbena, árnica y malva, ofrecidas junto a las plantas de ornato: rosas, tulipán, bugambilia y noche buena. Me gustó contemplar sus árboles: pino, roble, caoba, cedro, encino, coralillo, topehuaje, granadillo, ébano, jacaranda y fresno. Ver que en México todavía hay provincia. Y aunque no los vi, escuchar que aquí todavía pululan por los montes venado, tejón, iguana, y armadillo. Saber que de casi doce mil habitantes, el noventa y cinco por ciento profesan la fe católica.

Quién puede dudar así de la obra de Dios?

-Se te enfría, dijo tímidamente Norma.

Ricardo cortó su señalamiento en medio de un nuevo silencio sólo roto por el sonar de los vasos y los cubiertos.

-Don Ricardo, dijo unos segundos después Doña Blanca, y ya que se fija usted tanto… se fijó que no hay escuelas?

-Bueno… sí las hay, pero por desgracia ahí sí la zona está sumida en el siglo antepasado. Aunque hay varias escuelas, el nivel general de estudios sólo llega a la secundaria y eso en telesecundaria, es decir, primarias hay, formales, pero no existen secundarias, sólo telesecundarias, y ya no se diga preparatorias, pues sólo hay una, la Rufino Tamayo. Se supone que existe un hospital regional, pero alguien me dijo que en Juquila sólo hay una casa de salud y nada más.

En materia de deporte, aunque cada escuela tiene su cancha, sólo hay una unidad deportiva que se encuentra junto a la preparatoria ya citada.

Se lucen, eso sí, en sus servicios municipales pues tiene cubierto el 80 por ciento de la red de agua potable y de alumbrado público. Ni Acapulco llega a ese promedio, en verdad.

Tiene una repetidora del canal 9 del Estado, y se escuchan varias estaciones de radio, entre ellas, Radio Santuario, obviamente. algo más que quisiera saber Doña?, terminó diciendo Ricardo como presumiendo de sus datos,  obtenidos apenas unos minutos antes de un folleto que venía leyendo por el camino.

-No… pos’no… dijo sonriendo la suegra de Carlos.

-Entonces… la cuenta y dos policías!

 

COLORIDO, ESFUERZO,

FIESTA Y GUELAGUETZA

 

La llegada a Puebla fue tranquila. Pardeaba la tarde cuando hicieron su arribo a la Angelópolis. En casa de Carlos ya les esperaba –la magia del radio y el celular– Niza y sus hijos.

Saludos y besos dieron paso al descanso del viaje durante el que aprovecharon para ver el video grabado desde la salida misma.

Al terminar, Niza dijo entusiasta:

-No papá… si bien tuvo razón Carlos de que fueran en estas fechas para evitarte las aglomeraciones, la verdad es que si te gustó el viaje, tienes que regresar pero en diciembre, y no sólo para estar allá el día 8, es decir el mero día, sino irte al menos una semana antes –a ti que te gusta tanto esto– para poder disfrutar desde el principio todo. Vale la pena, en verdad.

-Tú ya fuiste en esas fechas? Porque me acuerdo que nos caíste de sorpresa porque el camión se había ido al barranco…

-Sí papá… y te repito que vale la pena.

-Cuéntame, a ver si nos animamos.

-Mira… ya pudiste observar muchas de las actividades que se dan en Juquila, pero comparadas con lo que sucede en las fiestas es nada.

Por principio de cuentas, ocurre mucho de lo que viste, como la bendición de los autos; los milagritos; la entrada de rodillas; las limpias y las velas; las promesas y el cumplimiento.

Pero te faltó ver los miles de flores que son bendecidas primero y luego repartidas a los peregrinos que se dirigen a pasar bajo el manto, a quienes a más de las flores les dan aceite y agua bendita.

-Cierto, a nosotros nos tocó sólo formarnos y luego pasar bajo el manto.

-Pues eso y más, como bañarse en el río, a la entrada del pueblo… los que se bañan buscan con ello la purificación de sus pecados.

Mira… te voy a contar porque nosotros fuimos desde el principio. El 29 de noviembre se inicia la novena en que se preparan todos, sacerdotes y obispo incluidos, para recibir y atender a los miles de peregrinos que llegan. El día primero de diciembre, las autoridades señalan los lugares destinados a los comerciantes que, por lo que vi en el video, ya están instalados permanentemente.

Por medio del servicio de autobuses y camionetas, arriban cientos que participan en las primeras actividades, de las cuales la que podemos decir arranca la fiesta misma es la Calenda, que se realiza el 6 de diciembre a las ocho de la noche, y recorre las principales calles de la población, participando las chinas oaxaqueñas, las marmotas –eso que ustedes y yo conocemos como mojigangas- y demostrando así su alegría por la cercanía de la fiesta de la virgen.

Propios y lugareños reparten entre la gente ponche, tepache, pan de yema y dulces incluido el tradicional jamoncillo. Todo esto, sin dejar de bailar un segundo.

Las mujeres portan sobre su cabeza unos canastos que sirven de base a una rodela, triángulo o cuadrado, del doble de tamaño que el canasto, y en el que se lucen diversas imágenes religiosas como la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo, el propio Cristo y otros, significando la corte celestial que llega a visitar a la Virgen de Juquila. Licor y refresco se reparte también sin distingos, aunque con cierta medida pues se dice que quien se alcoholiza esa noche no está puro para la feria grande.

Las bandas de chile frito surgen por todos lados y no paran de tocar una pieza tras otra como si fuese menester tocar hasta morir.

El día 7 de diciembre es la Oración de la Víspera, que se lleva a cabo a las siete de la noche y se realiza con la participación de sacerdotes y arzobispo, luciendo la iglesia sus más galanos adornos. A las diez de la noche llega la Quema del Castillo, en donde los fuegos pirotécnicos hacen las delicias de visitantes y lugareños. Y aquí viene otra coincidencia con tu amado Guerrero: entre los juegos aparece un toro, exactamente igual a los toros que amagan a la multitud en el Paseo del Pendón y otras festividades surianas.

El día 8, a las cuatro de la mañana, empiezan las tradicionales mañanitas a la Virgen. A las cinco de la mañana, se abren las puertas del templo... y empieza la romería.

Una de las más grandes peregrinaciones que llegan al Santuario, año con año, es la de Huixcolotla, Puebla, que ha llegado a reunir hasta cuatro mil peregrinos -y asómbrense bien– perfectamente organizados. Esta peregrinación, que iniciara hace casi treinta años con sólo cinco personas, llega cargando miles de flores en grandes arreglos florales creados por los floricultores de Puebla –lo que les ha dado fama internacional– e inundan con ellas el Santuario. El contraste curioso es que mientras ellos arriban vestidos con ropas deportivas, pants, shorts y tenis, ellas se visten como Chinas Poblanas a la llegada al pueblo de Juquila, y su comitiva carga polendas en las que en urnas de cristal llevan una imagen de la Virgencita de Juquila, mientras otros llevan grandes cirios que destinarán a sus parroquias. Esta peregrinación, aunque no lo creas, estos cuatros mil peregrinos, la hacen a pie desde su lugar de origen.

Tan organizados son que llevan tres médicos, uno a la vanguardia, el siguiente en la parte media, y el otro a la retaguardia de la columna, con servicio propio de ambulancia; cocineras; compradores, que van adquiriendo los insumos necesarios para la comida y otros menesteres, aunque desde la salida van provistos de frutas y legumbres que les donan los familiares de los peregrinos o personas que no pueden sumarse a la marcha.

A la columna le siguen otros participantes dueños de 12 trailers –uno destinado al equipaje- varias camionetas, dos trailers termo que le llaman y que en realidad son refrigerados para conservar fruta, legumbres y carnes donadas, y otro tipo de camiones, que les sirven a los peregrinos lo mismo de albergue, que de hospital o comedor durante los once días que dura el trayecto. Salen el día doce de noviembre para llegar el día 22 en que son recibidos con una misa especial para ellos. El día 24 les dan la misa de despedida.

A la peregrinación actual se suman fieles de los pueblos circunvecinos de Huixcolotla, que se apuntan tres o cuatro días antes de partir. Es decir, los organizadores tienen sólo cuatro días para saber cuánta gente habrán de llevar, aunque es claro que se trabaja todo el año en la organización fundamental. Tienen tres comisiones: la comisión de a pie; la de los ciclistas, y la de antorcha.

Pero lo más gratificante es el colorido que luce todo esto, día y noche. Una alegría sin par se apodera del pueblo. Te repito que bien vale la pena ir en esas fechas –aunque sufras las carencias propias de esto– y gozar de todo eso que a ti tanto te gusta.

-Pues te prometo que hemos de ir, porque además le prometí a la Virgencita de Juquila que, aparte del libro que me pidió tu hermano, le he de hacer un video profesional con su historia y leyendas. Además, creo que vale la pena apoyar a un pueblo que, si bien es cierto que ha sabido vivir de la Virgen, también es cierto que lucha por difundir su fe y devoción tratando de superarse.

Por un video que compré me enteré de que apenas hace unos diez años Juquila empezó a participar en la fiesta más grande de Oaxaca, la Guelaguetza. Y es que no tenía un grupo representativo. Ahora lo tiene e incluso se han interesado por rescatar la música antigua, la que se conoce como música de cajón, que conforman un violín, una guitarra y un cajón.

-Pero se la pasaron bien…

-No puedo negarlo. El viaje, a pesar de ser tan largo, no lo sentimos ni de ida, ni de vuelta. No sufrimos frío, porque se supone que es una zona fría; ni amontonamientos aunque sí había su buena cantidad de gente, sobre todo a partir del sábado. El hospedaje no estuvo malo. El único pero que le podría poner es la comida y es que dicen los lugareños que la mala comida la hacen…

-Los poblanos!!!! corearon todos mientras se iban sobre el pobre escritor apabullándolo con cariño.

 

 

 

Esta es una obra auspiciada por la

Academia Mexicana de Literatura Moderna

y

Editorial Sagitario

registrada con el No. 237

dentro del

Programa de Financiamiento para

Escritores Iberoamericanos.

 

e-mail: editorialsagitario@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

gallery/nuevo logo 2018 chico
gallery/academia mundial combinado
gallery/la virgen de juquila