DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA          

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La Emperatriz de América

 

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La Academia Latinoamericana de Literatura Moderna
dentro de su Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericano
y con su Programa Editorial Sagitario
presentan
 
Una obra más del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

La Emperatriz de América

 

 

A MANERA DE PRESENTACIÓN

 

Hace algunos años –en 1997 para ser exactos– publiqué una pequeña obra titulada Soy Guadalupano… y qué?, en la que descri-bía mis primeros contactos con la Emperatriz de América y algunos de sus avatares.

Alguien me hizo ver que, habiendo escrito ya las biografías de Cristo, Sebastián de Aparicio y Juan Diego –entre otras– era justo que le dedicara una obra completa a la Guadalupana… y tiene razón!

Así las cosas, inicié un proyecto de libro que –como sucede con todos los míos- se llevó meses de intención, otros tantos de investigación y unos más de redacción, para que rime bien. Al fin, hoy plasmo las primeras letras de lo que espero sea un estudio más que detallado del milagro guadalupano.

Esta obra –como todas las relacionadas– causará polémica pero no me preocupa, es más, espero que la cause porque de la polémica surge la verdad y no hay más verdad que la presencia, existencia y milagros de la Virgen de Guadalupe. Mil millones de personas no pueden equivocarse. La ciencia fue desde siempre el bastión en el que se refugiaban los detractores de la religión para “probar” lo que calificaron de mentiras maniqueas. Esa misma ciencia, sin embargo y con el tiempo, se ha encargado de ir confirmando muchas de las verdades de nuestra religión que, quizá no exenta de una narrativa ilusoria, dejó plasmadas en los cánones reconocidos y no.

Sea pues esa misma ciencia la que demuestre y confirme las verdades sobre la existencia de la Virgen de Guadalupe. El que quiera oír… que oiga!

No quiero cerrar esta presentación sin agradecer profundamente el respaldo que, desde siempre, he tenido del Padre Juan Carlos Flores Rivas, quien sin pensarlo dos veces me facilitó la Positio del proceso de canonización de Juan Diego, y el libro al que hago repetida mención en esta obra y el agradecimiento tácito a sus autores, los sacerdotes Fidel Gon-zález Fernández, Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado. Vale!

 

El autor.-

 

 

 

Ricardo salió del despacho del Arzobispo Barrenechea como una exhalación. Su rostro dejaba ver una duda mezclada con preocupación. Julián, el sacerdote amigo, le detuvo de golpe.

-Oye!!! Qué te pasa?

-Tu ahijado!...

-Ahhh… te pidió otro libro, verdad?

-Sí… pero este es un verdadero reto… es sobre la Guadalupana!

-Y…? A qué le tienes miedo? A muchos retos te has enfrentado y has salido airoso, no?

-Pues, sí… pero...

-Calma… recuerda lo que decía tu tío Salvador: un minuto de calma, y la patria se salva!

-Hummm… dile a Carlos que cite a charla a todos…

-Ya lo hice… dijo el sacerdote callando de inmediato.

-Ahhh viejito canijo… entonces tú sabías del asuntito!!!

-Ohhh pues… yo nada más le dije que debías ampliar tu visión sobre la Virgen de Guadalupe…

-Anda… te toca invitar el café… en castigo por tu intromisión, cura del demonio!

-Ya te dije que no cites al malo, no se te vaya a aparecer!!!

 

Esa misma tarde, Ricardo intentaba comunicarse con otro sacerdote amigo, Juan Carlos Flores Rivas. El Padre Juan Carlos le había conseguido –muy amablemente– una copia de la Positio del juicio de Juan Diego, es decir, el conjunto de documentos y alegatos que se presentaron en defensa de la existencia y la elevación a la santidad del indio más afortunado de la historia mexicana.

-Qué te pasa ahora? Preguntó Julián al ver que Ricardo dejaba bruscamente el celular sobre el escritorio.

-Pues resulta que intento comunicarme con Juan Carlos y una grabación dice que ese teléfono no está asignado…

-Habrá cambiado de celular…

-Sí… es posible… le voy a dejar un recado por Messenger…

Los viejos amigos se habían visto obligados a estar inmersos en las tecnologías modernas, y no lo hacían mal.

-Para cuándo programamos la primera charla? Indagó el sacerdote.

-Dame unos quince días…

 

Ricardo era un periodista e historiador reconocido a nivel mundial, formaba parte de las más importantes organizaciones literarias y había recibido más de 50 reconocimientos y premios internacionales. Cuando planeaba escribir un libro, invitaba a sus amigos a una serie de charlas sobre el tema que le servían de catalizador para lo que volcaba en sus textos. Entre sus amistades había de todo, desde fieles creyentes hasta ateos, pasando por librepensadores y antirreligiosos. La idea era tener opiniones en favor y en contra a fin de filtrar la información lo más veraz posible.

Ricardo era creyente, muy creyente, pero no fanático. Tenía 40 años estudiando la religión y se había comprometido desde entonces a escribir en pro de ella. Inicialmente, se atre-vía a mencionar a Dios en sus reportajes y notas –su base como escritor fue ser periodista– pero llegó el momento en que creyó que no era suficiente y empezó a escribir libros sobre la religión, biografías, etc.

A Julián le conoció en uno de sus viajes, al que se lanzara en busca de un poco de paz en un momento en que se sentía confundido respecto a lo que escribía. Era un humilde párroco de un pequeño pueblo de la sierra de Guerrero y ayudó al escritor a despejar sus dudas. Con el tiempo, Julián fue relevado de sus responsabilidades debido al quebranto de su salud, y Ricardo le dio hospedaje en su casa. La amistad de ambos era profunda.

 

La relación con el Arzobispo Barrenechea, quien fuera titular en la diócesis de Acapulco, donde vivía el escritor, y ahora estuviera al frente de nueva encomienda, había nacido a raíz del trato con Julián, pues el prelado era ahijado espiritual del sacerdote, y lo que en un principio fue mera curiosidad, se convirtió en un constante acicate para conminar –mediante fraternales artilugios– al escritor a escribir libro tras libro, tema tras tema.

Carlos, uno de sus hijos, era el que le ayudaba a organizar las charlas llamando a todos los participantes que, dicho sea de paso, a veces llevaban a sus propios invitados.

 

-Viejo!!! O’nde andas? Llegó gritando a voz en cuello Carlos.

-Ora tú! Pues qué gritos son esos? Cuestionó Norma, la esposa del escritor.

-Hola… si no vengo gritando… nomás elevo la voz, contestó con la sorna de siempre.

-Qué pasó? A qué tanto escándalo? Dijo Ricardo entrando en escena.

-Pues nada viejito… que te traigo una noticia sensacional… quién crees que quiere venir a escuchar tu charla?

-Donald Trump!!! Dijo fingiendo asombro y entrando en la broma el escritor.

-Noooo… ya ves? Te acuerdas de tu compadre Carlos?, el de Monterrey… el que fundara el canal 3 de Puebla…

-No me digas!!! Exclamó ahora sí asombrado Ricardo… dónde lo encontraste?

-Pues estaba yo en la Gran Plaza tomándome un cafecito con los amigos, cuando escuché sin querer la plática de los de la butaca de junto… recordaban de cuando estaban en el Canal 8 de Monterrey, así es que paré oreja y, cuando mencionaron Puebla, dije: este buey es el cuate de mi papá…

-Nada de buey… respeta…

-Bueno, es un decir, ya sabes… cosas de la juventud de ahora…

-Sí, pero no debe ser… y qué? Le hablaste?

-Claro… y de inmediato te recordó, me preguntó por ti y, tras un relato muy corto de lo que has hecho, terminé contándole lo de las charlas…

-Caramba!!! Lo hubieses invitado a la casa previamente a las charlas…

-Lo hice!... Si ya te conozco… viene mañana a comer…

-A comer? Dijo Norma fingiendo espanto.

-Tú no te preocupes, que estoy aquí para ayudarte, reclamó de inmediato Lucía, la hermana del sacerdote.

 

Al día siguiente, Ricardo recibía con verdadero placer a Carlos Villarreal, el hombre que le metiera el gusanito de la televisión cincuenta años atrás.

-Cómo estás? Dijo cortésmente Ricardo.

-Estamos! Dijo el otro… más viejos, más panzones, pero igual de amigos mi estimado Capitán…

-Gracias Carlos, la vida se ha encargado de revivir una y mil veces mis placeres sociales de juventud.

-Jamás me imaginé encontrarte aquí, en Acapulco…

-Aquí vivo desde hace 35 años… y muy feliz…

-Qué bueno… que bueno… te lo mereces, eres un hombre muy entregado a lo que haces… yo, sin querer, seguí tu camino, pues desde hace 25 años doy pláticas y conferencias de superación. Dejé la televisión cuando el pulpo se apoderó de todo…

-Yo lo hice poco después, cuando comprobé su traicionera forma de actuar…

-Bueno…. Bueno… basta de bla bla bla… pasen a la mesa, invitó coloquialmente Norma.

-Me dice mi hijo que quieres asistir a mis charlas…

-Nada me gustaría más…

-Pero… empezamos dentro de quince días y las charlas se alargan a veces hasta una semana o más…

-Ahhh… es que vivo también en Acapulco! Qué querías el puerto sólo para ti? No manito… llevo once años viviendo aquí, nada más que casi siempre ando fuera por razones de trabajo. Así es que, no hay pretexto… vengo a tus charlas porque vengo…

Lucía le preguntó discreta a Norma:

-Porqué le dijo Capitán…?

-Porque mi marido fue Capitán Segundo, se retiró en 1973… pero ya te contaré...

 

 

El tiempo pasó volando y los quince días también. Ricardo, auxiliado por Julián, había conseguido un buen cúmulo de material sobre la Virgen de Guadalupe, y preparaban el ritmo al que se llevarían las charlas.

El Padre Juan Carlos, con quien había podido comunicarse al fin, le prestó dos libros de suma importancia en el estudio del guadalupanismo: El Encuentro de la Virgen de Guadalupe con Juan Diego, obra colectiva de los presbíteros Fidel González Fernández, Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado; y Testimonios Históricos Guadalupanos de Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda.

Carlos, su hijo, había hecho su función y ya todos estaban invitados y confirmados.

Norma y Lucía se habían avituallado de lo necesario para las cenas con que culminaban las charlas.

Todo estaba listo. Los que vivían fuera habían avisado de su llegada a tiempo, y ya estaban prácticamente a la puerta de Acapulco.

Todo estaba listo para conocer a fondo la verdad absoluta sobre la Virgen de Guadalupe, Patrona de México y Emperatriz de América.

-Antes que nada, gracias a todos ustedes por estar aquí. Bien saben que mis charlas tienen buenos resultados gracias a sus comentarios e intervenciones, así es que no duden en interrumpir para despejar una duda, preguntar algo, o comentar en favor o en contra de lo que se dice y platica… tienen ustedes absoluta libertad de expresarse.

Con el objeto de comprender mejor el milagro guadalupano, y tomando en cuenta la infinidad de detractores que tiene, empezaremos por recordar cómo era el entorno en que la virgen de Guadalupe se aparece, pero más que nada daremos una corta revisión a la historia de México, a fin de “meternos” en la forma de vida y los sucesos que llevan a tan hermoso desenlace.

Cuando los españoles llegan a América, la zona central de Mesoamérica, desde lo que es hoy América Central hasta la zona media de lo que es actualmente los Estados Unidos, estaba poblada por una serie de reinos descendientes de los Olmecas.

Si bien se ha tomado históricamente a La Venta, Tabasco, como la cuna de la civilización americana, estudios posteriores realizados por un grupo multidisciplinario especial del Instituto Nacional de Antropología e Historia, logró descubrir que la zona comprendida por Guerrero-Morelos fue el asentamiento inicial de los Olmecas… 1300 años antes que La Venta, Tabasco, lo que convierte a los Estados de Guerrero y Morelos en la verdadera cuna de la civilización Americana. Uno de los ejemplos que se han desenterrado es Tehuacalco, que muestra construcciones monumentales de razgos de la cultura Olmeca, considerada la zona arqueológica más importante de la época Olmeca al haber consolidado una hegemonía regional y un alto nivel de desarrollo social, político, religioso y técnico, que se ha comprobado a través de los diferentes hallazgos arqueológicos.

Precisamente, les adelanto, estoy iniciando la redacción de un libro sobre el tema, porque considero que es injusto que, habiéndose demostrado esto, no se haga público con notoriedad ni se corrijan los errores históricos como libros de historia, de texto, y narrativas relacionadas, con el simple pretexto oficial de que se afectarían muchos intereses y costaría mucho dinero.

-Entonces, como quien dice –señaló Ra-fael, arquitecto amigo del escritor– que nuestras generaciones sigan viviendo en el engaño histórico!

-Por desgracia, así es –ratificó Ricardo– tan injusto como el decir que fuimos un pueblo que sacrificaba a sus prisioneros sacándoles el corazón, cuando se ha demostrado que era un pueblo con altos conocimientos de la medicina y practicaba las operaciones más complicadas conocidas en la actualidad como la cesárea, las operaciones a corazón abierto y los trasplantes de órganos. Como lo señala  Guillermo Vasconcelos Palacios en su artículo titulado La Primera Escuela de Medicina de Mesoamérica,  publicado por la Academia Nacional de Medicina en su Revista Mexicana de Anestesiolo-gía ...Más bien, dado el adelanto cultural en muchos órdenes, así como los diferentes procedimientos de medicina y cirugía que ya empleaban, puede concluirse que las figuras interpretadas como danzantes son en realidad representaciones de casos patológicos grabados en la piedra para servir como lección y que Monte Albán fue un centro de difusión del pensamiento médico en Mesoamérica.

El autor cita las teorías de los diferentes investigadores y en apoyo a los argumentos lógicos del Doctor Mario Pérez Ramírez (foto), quien fuera Rector de la Universidad Autónoma de Oaxaca, descubridor de la teoría sobre la que hablamos y que se comprueba con las estelas aún existentes en Monte Albán. Todo esto, con sus detalles, también será incluido en el libro de historia al que me refería preparo.

Pero… ya nos desviamos un poco, así es que retomemos el tema. De los Olmecas se desprenden una gran cantidad de grupos que a la larga forman sus propios reinos. Fueron muchos, destacando los chichimecas –que entre paréntesis jamás pudieron ser conquistados por los españoles– y llegaron a dominar hacia el norte medio Estados Unidos actual, conociéndolos la historia más como los pueblos Piel Roja que como chichimecas.

Los españoles, a su llegada y ante lo visto en la zona costera más lo que escuchaban relatar, llegaron a creer que estaban frente a un gran imperio regido por los aztecas y cuyo Emperador plenipotenciario era Moctezuma. Sin embargo, estaban muy lejos de la verdad por el momento. Los valles centrales estaban poblados por no tan pequeños reinos como Atzcapotzalco, Texcoco, Tlaxcala, Tlatelolco y otros más.

Pensaban los hispanos que Moctezuma reinaba gracias a que los indios eran tontos y débiles, lo que más tarde comprobarían no era nada cierto. Ni eran tontos, ni eran débiles, ni eran pocos. Muchos historiadores llegaron a caer en el garlito de que los pueblos mesoamericanos eran “pequeños poblados”, pero para que se den una idea, basta señalar lo dicho por Fray Gerónimo de Mendieta OFM: los chichimecas desnudos habían creado una nación entera cuyo número hay quien calcula entre 25 y 30 millones de seres humanos! Y así muchos otros reinos.

-Oye compadre… no te azotes! Exclamó Calixto, que había conformado una secta religiosa en Acapulco. Cómo voy a creer que ha-bía 30 millones de indios por esas fechas…

-En primer lugar, recuerda que tú también eres “indio”, mi querido amigo… en segundo lugar, hablar de 30 millones es referirse sólo a los chichimecas.

El reino azteca, por ejemplo, cuya sede era prácticamente Tenochtitlan y sus derredores en el lago de Texcoco, se calcula era habitado por más de un millón de mexicas y, dada la existencia de los reinos circunvecinos como Texcoco, Atzcapotzalco y Tlaltelolco, era indiscutiblemente ya una metrópoli en sí misma.

Respecto a lo tonto de los indios…

-Compadre, por lo que veo le sigue gustando romper mitos de nuestra historia!!! dijo interrumpiendo Don Celerino, Diputado amigo del escritor, y que asistía como siempre acompañado de Doña Elvia, su esposa.

-Así es compadre… bien sabes que me es molesto notar la ignominia a la que nos condenaron los conquistadores a fin de justificar sus abusos, matanzas y robos.

Pero decía yo que respecto a lo tonto de los indios, los españoles también se llevaron una sorpresa con el tiempo. Les resultaron magníficos estrategas, guerreros, y estadistas, así como seres con una facilidad asombrosa para aprender todo… absolutamente todo!

Fray Toribio de Benavente, el famoso Motolinía, en sus Memoriales dice, al referirse a los indios ya alcanzada la conquista, que tenía precisamente que justificarse ante la corona y, para esto, buscaba un cambio real en las tierras de la ahora América: Una parte de esos cambios resultó  inesperadamente fácil, los indios absorbieron en un santiamén todo lo que los españoles quisieron enseñarles de sus ciencias y tecnologías y aún lo que no hubieran querido. Por complicada que fuese, no había cosa que los indios no dominaran en un dos por tres, a veces contra la voluntad y a pesar del ocultamiento de los artesanos españoles… y con los mismos resultados, pues al poco rato no sólo habían copiado y mejorado todo, sino que lo ofrecían a mitad de precio.

Y no era cosa sólo de las artesanías propiamente dichas, lo era en todos los campos incluyendo las ciencias como las matemáticas, la astrología, etc.

En fin… dejamos sentado entonces que existían varios reinos y no uno solo como pensaban los españoles. Quizá se daban esa idea porque los aztecas habían logrado una unidad comercial –no por medio de la guerra y los sacrificios como afirman los triunfadores– sino por medio del intercambio, es decir, del trueque. Llevaban cerámica de barro negro de los zapotecos y palma de la mixteca para cambiarla por los productos de otras regiones que llevaban a su vez a la zona mixteco-zapoteca. Es verdad que, de vez en cuando y por diferencias principalmente en el comercio, había enfrentamientos o pequeñas guerras, pero por lo general eran pueblos bien relacionados entre sí.

Sin embargo, el poder corrompe conciencias y el crecimiento mismo de esos reinos, tanto en población como en poder económico, genera celos y envidias que, acicateadas por algunas diferencias en materia de cruces familiares, causan enfrentamientos que debilitan a unos y otros. Moctezuma no era un santo y, deliberadamente, genera una serie de traiciones en-tre Texcoco y otros reinos, pretendiendo convertirse en monarca absoluto.

Ese es el panorama que encuentra realmente Cortés y sus escasas huestes. Conquista, sí, pero no por ser más poderoso sino porque cuenta con varias ventajas: el que inicialmente les creían Dioses –la reencarnación de Quetzalcoatl-; su armamento: lanzas y arcabuces; sus caballos, que de por sí espectaculares por su alzada, las armaduras les hacían mucho más temibles y, finalmente, la carta que no sólo le da ventaja sino le genera aliados: los celos, las envidias y los rencores que se anidan entre los pueblos relacionados con los aztecas.

La conquista en sí es una historia de doble cara que merma a una población bien organizada y populosa para dejarla en la ruina y diezmada.

Fray Francisco de Aguilar refiere que Tlatelolco podría tener más de veinte mil casas y ahora no tiene ni doscientas… Más abajo, en la costa, Tlapaniquita Cotlaxca, provincia de mucha gente y mucho número de casas, ahora no tiene nada!... En la provincia de Zempoala que en el casco de ella se hallaron veinte mil casas, ahora no tiene veinte… toda la costa está ya despoblada… la Ciudad de Cholula tendrá ahora diez o doce mil tributarios (habitantes) pero pasaba de los cien mil...

Dos son las razones principales por las que los españoles desatan feroces matanzas de exterminio: el miedo… y la ambición.

Sus primeros encuentros con los indios les hacen saber que, por un lado, existe mucho oro en los valles centrales, tanto que los principales se adornan profusamente con él a base de pectorales, collares, pulseras y otros; por el otro, que los aztecas es un pueblo poderoso que cuenta con una fuerza punitiva tremenda.

Cortés se encuentra también conque el miedo camina igualmente del otro lado y hay pequeños reinos que se rinden a su paso y ofrecen su alianza. Así, la pequeña fuerza punitiva española que constaba de apenas 35 jinetes, va creciendo descomunalmente al grado de llegar a la zona cercana a Tenochtitlan con más de 600 mil hombres.

Moctezuma, al ser enterado del desembarco de Cortés, envía una embajada ofreciéndole la bienvenida y su amistad, pero Moctezuma era ladino y lo hizo sólo para ganar tiempo, para renovar alianzas y saber con quienes cuenta y con quienes no.

Comete un error muy grave: manda algunos regalos entre los que van algunos pectorales de oro –cuyo valor como metal no existía entre los mesoamericanos, pero sí lo tenía como arte– y otros obsequios del mismo metal, despertando la ambición de los peninsulares, pues “confirmaban” lo que les habían contado: que Tenochtitlan era rico, muy rico!

Para que podamos asimilar todo esto, dejaremos por hoy la plática y la continuaremos mañana. Quiero recordarles a ustedes que todo lo que hemos comentado lo pueden confirmar incluso en el propio internet.

No se trata de “cambiar” la historia por cambiarla, se trata de rescatar la verdad y esa verdad nos reivindica ampliamente como pueblo y como sociedad.

La culpa, en todo caso, debiera recaer en los Reyes Católicos por mandar en una aventura de este tipo a la escoria social española, pero si lo vemos sin fobias ni filias, ni siquiera ellos tienen la culpa. Nadie quería embarcarse en esa aventura tan incierta. Recuerden que se pensaba que la tierra era plana y que llegando a ciertos límites naves y tripulantes podrían caer y morir sin remedio.

Así pues, y en pocas palabras, los españoles llegaron a destruir una civilización tan o más adelantada que la europea. Una civilización que brota de la verdadera cuna mesoamericana, Guerrero-Morelos: los Olmecas, y que al paso del tiempo, ya subdividida, alcanza un muy alto nivel cultural y científico.

 

 

Ricardo no salía de su despacho más que para comer algo… y se volvía a meter. La curiosidad picaba al sacerdote, su hermana y a la esposa del escritor.

-Oye… que tan interesante está la cosa allá adentro que no sales para nada? Cuestionó Julián.

-No tienes idea! En cada página del este hermoso libro encuentro un novedad. No cabe duda que los tres religiosos autores de esa maravillosa obra estuvieron iluminados por Dios. José María Iraburu, de Catholic.net dice en forma rotunda y entusiasta: Esta gran obra es, sin duda, el fundamento documental e histórico que mejor reúne los datos históricos y los argumentos más consistentes en favor de las Apariciones de la Virgen María en Guadalupe y de la santidad del indio Juan Diego. Si nos atenemos a las mediaciones humanas, habremos de confesar que a estos tres autores les debemos en buena parte la canonización de Juan Diego y la seguridad moral en la objetividad de las apariciones marianas de Guadalupe. La Iglesia queda, pues, en deuda de gratitud con estos investigadores y con todos aquellos que les precedieron y acompañaron en sus estudios.

Ahora me entienden el porqué de mi entusiasmo? Te digo que en cada página hago un descubrimiento!

-Vaya!... Pues cuando acabes de leerlo me lo prestes… ya me mata la curiosidad!

-Con calma, querido amigo, con calma, que todo lo escucharás en mi charla…

 

Pues bien, queridos amigos, para terminar con el entorno en que se desenvuelve la vida en Mesoamérica como preámbulo del milagro guadalupano, déjenme definir concretamente el porqué acusamos ahora que Guerrero-Morelos es la cuna de la cultura mesoamericana.

Rosa Ma. Reyna Robles, Doctora en Antropología por la UNAM; Investigadora de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH; Expresidente del Colegio Mexicano de Antropólogos: Miembro del Sistema Nacional de Investigadores y del Consejo de Asesores de Arqueología Mexicana, y Paul Schmidt Schoenberg, Doctor en Antropología por la Tulane University, Investigador del IIA, UNAM, donde tuvo a su cargo el proyecto de Arqueología de superficie Chilapa-Zitlala, Guerrero, en su artículo El estilo olmeca en Guerrero, publicado en la revista Arqueología Mexicana núm. 82 dicen:

La olmeca ha sido considerada como la primera civilización mesoamericana: surgió entre 1250 y 600 a. C. y se le identifica por un estilo peculiar (Niederberger, 1987). Para llegar a este postulado tuvieron que pasar muchos años, desde que se descubrieron los primeros vestigios olmecas en Hueyapan, Veracruz, a finales del siglo XIX, hasta la posterior aceptación de su mayor antigüedad en relación con las altas culturas del Clásico, como la maya y la teotihuacana (Covarrubias, 1942; Jiménez Moreno, 1942).

Debido a que en la costa del Golfo se siguieron localizando los testimonios más notables de la cultura olmeca, surgió la idea, muy difundida, de que se había originado en un área limítrofe entre Veracruz y Tabasco, a la que se llamó el “corazón olmeca”, desde la cual se difundiría hacia otras regiones menos desarrolladas.

A diferencia de otros investigadores, Miguel Covarrubias, en 1957, propuso que el estilo olmeca se había originado en la costa o en los valles de la vertiente del Pacífico, entre Guerrero y Oaxaca. Posteriormente la mayoría de los arqueólogos desechó esta idea y el estilo olmeca se ubicó hacia 1200 a.C. en San Lorenzo, Veracruz, lo que hizo pensar que aquí era más temprano y, con base en el parecido estilístico, lo olmeca del resto de las regiones, incluido Guerrero, parecía ser más tardío, alrededor de 900 a.C. o posterior. El contacto de la costa del Golfo con Guerrero se explicaba por la necesidad de los olmecas de la zona nuclear de materias primas –serpentina y quizás jadeíta– usadas en la elaboración de hachas y otros objetos de piedra. Sin embargo, en Guerrero ya habían aparecido elementos de estilo olmeca tan antiguos, al parecer, como las primeras manifestaciones de estilo olmeca de San Lorenzo, con lo cual se tomaría en cuenta otra vez la hipótesis de Covarrubias y se confirmaría la de Niederberger, quien postulaba una sincronía en el inicio de las ocupaciones en ambas regiones hacia 1250 a.C., caracterizadas por una iconografía de estilo olmeca.

El estilo olmeca apareció en todo el estado de Guerrero en diversas formas: objetos portátiles, figurillas de barro y de piedra, cerámica con diseños olmecas, escultura de bulto o grabada y pinturas en cuevas, este último rasgo casi ausente en el resto de Mesoamérica como las de Juxtlahuaca, Oxtotitlán y Cahuaziziqui; estelas, como la de San Miguel Amuco y Texmelincan, y asentamientos con escultura monumental y arquitectura de barro y piedra como el de Teopantecuanitlán.

Se le considera olmeca a la "cultura madre" de Mesoamérica debido a que en estas primeras sociedades se dio inicio a algunas prácticas culturales que se integraron plenamente a la cultura mesoamericana, como el uso de un patrón urbano de asentamiento, el establecimiento de una sociedad teocrática, el juego de pelota, entre otras.

Rubén Manzanilla López y Alberto Mena Cruz, también de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, en su artículo Arqueología de la Punta Diamante, Puerto Marqués, estado de Guerrero  señalan que, a partir de 1990 la Dirección de Salvamento Arqueológico realizó varias inspecciones, recorridos de superficie y excavaciones en tres áreas de la denominada Punta Diamante, en el cercano sitio de Puerto Marqués, lo cual ha permitido recuperar información referente a la cultura material de los antiguos habitantes de esta zona, así como el registro de diversos pozuelos y petrograbados. Además, con apoyo de la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos se obtuvo la delimitación de dos áreas protegidas en esta elevación, mediante el trazo de sus respectivas poligonales. Acapulco, Punta Diamante, Puerto Marques, Majahua beach.

El sitio de Puerto Marqués, ubicado en la llamada Punta Diamante, en la vecindad del puerto de Acapulco, cobró en la década de 1960 una gran importancia para la arqueología nacional, cuando el arqueólogo estadounidense Charles Brush encontró en sus estratos más bajos evidencias de una ocupación precerámica de 3000 a.C. y una de las cerámicas más antiguas de Mesoamérica, la llamada Pox Pottery, datada en 2240 a.C.

Imagínense Ustedes… 3 mil años antes de Cristo. La Venta, Tabasco, surge alrededor del 1200 A.C. Investigaciones alternas en Morelos muestran que, gracias a nuestra insistencia 35 años atrás, junto con Christian Siruget, y tras dos equipos multidisciplinarios previos, el grupo del que formaba parte Rosa Ma. Reyna Robles, se pudo demostrar que Guerrero-Morelos es la verdadera cuna de Mesoamérica.

Como todos sabemos, en 1989 Punta  Diamante  fue  expropiada  por  el  gobierno  del  Estado de Guerrero para dar inicio a la construcción de hoteles y villas residenciales de  categoría gran turismo, así como una marina para yates de lujo, proyecto que llevara desde entonces el mismo nombre: Punta Diamante.

En 1990 el INAH realizó un diagnóstico para conocer la verdadera magnitud del sitio arqueológico, identificando sus componentes e indicando a las constructoras que espacios  debían ser considerados como reserva arqueológica. Sin embargo, a 25 años de distancia, las compañías constructoras y la instancia estatal Promotora Turística de Acapulco no han respetado los acuerdos,  poniendo  en  peligro  la  existencia  de  los  diferentes  componentes  de  este  importante sitio arqueológico, señalan los autores, aunque el mal ejemplo lo dan altos funcionarios que, al decir de muchos testigos que trabajaban en esas obras, llegaban todas las noches con camionetas Pick-up que llenaban de figuras, figurillas y cerámica encontrada durante las excavaciones.

-Eeeepale compadre –interrumpió Ceferino– que estás hablando los políticos más queridos en Guerrero…

-Pero que no dudaron en hacer lo que hicieron… y no sólo ellos. Hay otros que nos han mentido… El 26 de septiembre de 1949 se realiza el polémico descubrimiento de los “res-tos de Cuauhtémoc” en la localidad de Ixcateopan, al norte del Estado de Guerrero, exactamente un mes antes de que se cumpliera el Centenario de la Constitución del Estado. Su “descubri-dora” fue la Profra. Eulalia Guzmán. Mucho se ha dicho y escrito con relación al tema, sin embargo, se debe tomar en cuenta que tres años antes se habían redescubierto los restos de Hernán Cortés, el 24 de noviembre de 1946 en la Iglesia del Hospital de Jesús (Hospital de la Purísima Concepción) en la ciudad de México. En este contexto, el grupo de inclinación indigenista contaba, al descubrirse los restos de Cuauhtémoc, con el personaje principal que encabezó la gloriosa defensa de México-Te-nochtitlan ante el embate de los españoles.

Debido a la controversia suscitada en torno los restos, de 1949 a 1976 fueron nombradas tres comisiones para poner en claro su autenticidad. La tercera comisión, y hasta ahora última (1976), fue nombrada por el Presidente Luis Echeverría y fue integrada por reconocidos especialistas.

Estos nuevos estudios se realizaron en forma interdisciplinaria de la siguiente manera: Josefina García Quintanar (1977) centró su investigación en el Siglo XIX y en tres aspectos fundamentales: la figura de Cuauhtémoc den-tro del marco nacionalista; la participación de don Florentino Juárez, como personaje importante en la tradición oral; y Vicente Riva Palacio como posible promotor del entierro de Ixcateopan. Jorge Gurría Lacroix (1976) realizó un análisis historiográfico relacionado con la muerte de Cuauhtémoc que tomaba en cuenta las diversas fuentes alusivas al tema. Soma Lombardo (1978) efectuó un estudio arquitectónico de la Iglesia de la Asunción de Ixcateopan relacionado con los restos encontrados. Alejandra Moreno Toscano (1980) se centró en la polémica suscitada entre 1949 y 1951. Alicia Olivera de Bonfil (1980) se ocupó de la tradición oral referida a Cuauhtémoc y, Luis Reyes (1979) analizó la documentación presentada por Salvador Rodríguez Juárez en la que se sustentaba la creencia acerca del entierro, así como el estudio de otros documentos.

Cada uno de los estudios llegó a una conclusión en forma independiente, pero coincidió en señalar la no autenticidad de los restos. Por lo que el dictamen final de la Comisión fue el siguiente: "No hay base científica para afirmar que los restos hallados el 26 de septiembre de 1949 en la iglesia de Santa María de la Asunción, Ixcateopan, Guerrero, sean los restos de Cuahutémoc ( ... )" (Matos Moctezuma 1980: 41). Debido a que el dictamen fue nuevamente negativo, las autoridades respectivas decidieron no darlo a conocer oficialmente, por lo que la controversia sigue abierta, a pesar de que los investigadores ya han rendido su informe definitivo… exactamente igual que con el descubrimiento del caso Guerrero-Morelos en el que se argumentó que no podía darse a conocer abiertamente porque significaba un gasto millonario en la reedición de libros de texto y de historia, y una polémica social en la que se llegó a decir que Tabasco –al enterarse– había amenazado nuevamente con separarse de la federación si se le quitaba la supremacía mesoamericana.

Así se las gastan nuestros gobernantes con la historia. Por cierto, muchos de ustedes saben que hace muchos años entré en polémica con uno de los más grandes historiadores que ha dado México: con el Maestro Miguel León Portilla. Años después, al ser rescatado de las garras oficiales por la UNAM, coincidimos en algunos puntos. Nos acaban de dar la infausta noticia de que el Maestro acaba de morir. Vayan desde estas páginas y esta charla nuestro sincero reconocimiento a su labor. Buenas noches...

 

 

-Oye Jefe, me dejaste medio descontrolado ayer con lo de Cuauhtémoc y los Olmecas y las mentiras del gobierno… qué en verdad tan mal andamos? Cuestionó Carlos mientras desayunaba con su padre.

-No es cuestión de andar bien o mal… lo que pasa es que la historia la escriben los vencedores, o a conveniencia de tal o cual gobierno. Una de las principales miras –tanto del sistema socialista en su momento, como ahora del sistema capitalista– es la disgregación de la idiosincrasia. Te pongo un ejemplo inmediato: Los pueblos latinoamericanos vivieron bajo una buen armonía. El sistema socialista intrigó en muchos países latinoamericanos –incluido México (recuerden el 68)- creando una división que, sin embargo, no pudo romper por completo con esa hermandad latina. Ahora, el capitalismo empieza por querer borrar la historia y el civismo. El sistema neo-liberal implantado en nuestro país ordenó el retiro de esas dos materias de los libros de texto. Pero no funcionó del todo, y ahora regresan las dos materias a las aulas pero… modificadas! En historia, por ejemplo, deja de existir prácticamente Mesoamérica, que abarcaba desde medio Norteamérica hasta los suburbios de América del sur, para dividirla en cinco o seis partes con diferentes nombres, dejando a Mesoamérica sólo en la porción de Guatemala y Honduras.

Por eso manipulan la historia. Para tener la libertad de gobernar a ignorantes… y entre más ignorantes mejor! Las redes sociales han venido a dar al traste con muchos de sus proyectos pues le han abierto los ojos a nuestra gente “en tiempo real”, como ellos dicen.

-Y lo de Cuauhtémoc… porqué? Pregunto el sacerdote.

-Por la simple y sencilla razón de darle al pueblo los restos de un héroe frente al descubrimiento de los restos de su verdugo…

 

 

Buenas tardes amigos, volvamos a los años en que América es encontrada, que no descubierta. Ya llegó Cortés, ya emprendió la mal llamada conquista… cuando llegan los frailes!

-Ora!... Porqué ese tonito mi querido amigo, respingó el padre Julián.

-Paciencia amigo mío… paciencia…

Se dice que los primeros frailes que llegan al encuentro con los indígenas para su evangelización, son doce. José María Iraburu señala que en 1524, los doce apóstoles franciscanos partieron de San Lúcar de Barrameda el 25 de enero, alcanzaron Puerto Rico en veintisiete días de navegación, se detuvieron seis semanas en Santo Domingo, llegando a San Juan de Ulúa, junto a Veracruz, el 13 de mayo.

Cuenta Bernal Díaz del Castillo que en cuanto supo Cortés que los franciscanos estaban en el puerto de Veracruz, mandó que por donde viniesen barrieran los caminos, y los fueran recibiendo con campanas, cruces, velas encendidas y mucho acatamiento, de rodillas y besándoles las manos y los hábitos. Los frailes, sin querer recibir mucho regalo, se pusieron en marcha hacia México a pie y descalzos, a su estilo propio. Descansaron en Tlaxcala, donde se maravillaron de ver en el mercado tanta gente, y, desconociendo la lengua, por señas indicaban el cielo, dándoles a entender que ellos venían a mostrar el camino que a él conduce.

Los indios, que habían sido prevenidos para recibir a tan preclaros personajes, y que estaban acostumbrados a la militar arrogancia de los españoles, no salían de su asombro al ver a aquel grupo de miserables, tan afables y humildes. Y al comentarlo, repetían la palabra motolinía, hasta que el padre Toribio de Benavente preguntó por su significado. Le dijeron que quiere decir pobre. Y desde entonces fray Toribio tomó para siempre el nombre de Motolinía.

Ya cerca de México, Cortés salió a recibirles con la mayor solemnidad y los indios se admiraban al ver a los españoles más grandes y poderosos besando de rodillas los hábitos y honrando con tanta reverencia a aquellos otros tan pequeños y miserables, que venían, como dice Bernal, «descalzos y flacos, y los hábitos rotos, y no llevaron caballos sino a pie, y muy amarillos». Y añade que desde entonces «tomaron ejemplo todos los indios, que cuando ahora vienen religiosos les hacen aquellos recibimientos y acatos». Esta entrada de los Doce en México, el 17 de junio de 1524, fue una fecha tan memorable para los indios que, según cuenta Motolinía, a ella se refieren diciendo «el año que vino nuestro Señor; el año que vino la fe».

Sin embargo, José María Iraburu nos cuenta que durante la entrada en México, acompañaron a las tropas el mercedario Bartolomé de Olmedo, capellán de Cortés, el clérigo Juan Díaz, que fue cronista, después otro mercedario, Juan de las Varillas, y dos franciscanos, fray Pedro Melgarejo y fray Diego Altamirano, primo de Cortés. Todos ellos fueron capellanes castrenses, al servicio pastoral de los soldados, de modo que el primer anuncio del Evangelio a los indios fue realizado más bien por el mismo Cortés y sus capitanes y soldados, aunque fuera en forma muy elemental, mientras llegaban frailes misioneros.

Cabe hacer notar que, entre el 22 de abril de 1519 y el 17 de junio de 1524 hay cinco años de distancia. Y en esos cinco años tanto frailes como tropas hacen de las suyas.

Primero que nada, como ya lo señalamos, por el mal o equivocado concepto que se tuvo de nuestra gente. Fray Julián de Garcés, primer Obispo de Tlaxcala escribe a manera de elogio y refiriéndose a los niños indígenas: parece que les es natural la modestia y la compostura… si se les manda sentar, se sientan; y si estar de pié, se están…

Motolinía indica: Estos indios cuasi no tienen estorbo que les impida ganar el cielo…

Pero el malentendido más grave fue el referente a sus creencias, a su religión. Llegaron para borrar de un plumazo a sus dioses, costumbres y fe. Pocos fueron los que analizaron esas creencias, para darse cuenta de que, con otro nombre, creían en un solo Dios todopoderoso, que tenía una madre, la Tonantzin y que con diversas advocaciones –tal y como en la religión católica– cada pueblo le daba su nombre y su fama. Tan creían y tan compartían esa fe, que Cholula era el centro ceremonial común, en el que había más de 300 adoratorios o templos de los diversos pueblos, que fueron destruidos por frailes inmisericordes para levantar, sobre cada uno, una iglesia. De ahí que ahora Cholula tenga fama por contar con 365 iglesias.

Incluso Zahagún, el afamado posteriormente defensor de los indios, dedicó un cuidado increíble, digno del mejor antropólogo moderno, a investigar a fondo el mundo indio; pero no nacía de ningún aprecio por él, sino todo lo contrarios, el deseo explícito y declarado de mejor destruirlo.

La evangelización era entendida como destruir cualquier otra religión que entorpeciera la salvación.

Nuestros autores comentan que, ante los frailes, los indios experimentaban una ambivalencia dolorosa, viendo en ellos a adversarios fanáticos de su religión, tradición y cultura que atacaban y destruían sin tratar de comprender ni apreciar nada.

En otras palabras, es mi palabra, yo mando y tú te callas y obedeces!

Curiosamente, con esto, nadie puede negar la absoluta entrega que tenían los frailes para con los indígenas, nobles por naturaleza, cuya mansedumbre robó el corazón de muchos ensotanados. Cuando sentían que ya no insistían en creer en esas cosas absurdas, o adorar a los monstruos que tenían por dioses, entonces eran todo amor y dulzura para con ellos.

Así de contrastante fue la mal llamada conquista. El problema fue que al destruir religión, tradiciones y costumbres, también acabaron con los adelantadísimos conocimientos que tenían. “Cómo puede un burro de estos, un animal sin alma, pensar que sabe algo de medicina” llegó a decir un pseudo historiador español. Hoy, sin embargo, a 500 años de distancia, la medicina herbolaria –de procedencia netamente indígena mesoamericana– se estudia en las principales Escuelas de Medicina del mundo y es un tomo tan grueso que los estudiantes prefieren dejarlo en el aula que llevarlo y traerlo. En México, por cierto, los únicos que estudian, hablan de y promueven la herbolaria, son los comerciantes de la nave de hierbas en los mercados o los émulos de los Chamanes, ahora viles brujos al servicio del dinero.

Cuanta razón tienen González, Chávez y Guerrero al comentar que a cualquier ser humano le indigna y lastima que se le conmine a despreciar y aborrecer, a desechar, abominar y escupir lo que siempre ha amado y venerado.

Nuestro pueblo respetaba sus raíces, su Huehuetlamanitiliztle, la antigua regla de vida,  “La preservación de las cosas de los viejos”.

Tú… yo, él y ella aquí presentes somos católicos y muy creyentes. No estoy hablando en contra de la religión, sino de la forma en que se implantó en Mesoamérica. Soldados que masacraban pueblos enteros por la sola sospecha de traición, y frailes que preferían un “ateo” muerto que tolerar la fidelidad a sus creencias.

Y entre sangre y rezos, llegaba 1531. Ha-bían corrido 12 años del desembarco de Cortés y la religión, aunque ya predominante, sufría aún sus descalabros. Urgía una respuesta. Algo que ligara la idiosincracia de los dos pueblos. Que satisficiera las ansias evangelizadoras tanto como la frustración indígena, sobre todo porque les había hecho pedazos a Quetzalcoatl, el Dios tan esperado, que los frailes les dijeran era un hombre como cualquier otro, que murió, que sus carnes se pudrieron bajo tierra y que sus promesas eran vanas, que jamás retornaría.

El indio callaba, aceptaba mudo, pero aún no olvidaba. La generación que sufriera directamente el latrocinio, sangraba por la herida en silencio. Quizá esperaba el momento de la redención. Quizá el de la venganza.

 

En ese ambiente de choque nace y crece en 1474 Cuauhtlatoactzin, (el que habla como águila), un indio chichimeca nacido en en Cuauhtitlán, perteneciente a Tlatelolco, zona colindante entre Tenochtitlan y Texcoco. Ese que ustedes conocen como Juan Diego.

Nos vemos mañana… pasen antes a tomar un pequeño refrigerio que les prepararon  Normita y Lucía. Buenas noches!.

 

Ricardo llamó a Julián con urgencia. El sacerdote, que se encontraba en la sala leyendo, se levantó con cierto apremio y de inmediato se dirigió al estudio del escritor. Norma y Lu-cía, que también escucharon la urgencia del llamado, pensando que algo malo había pasado, llegaron también al estudio.

-Qué pasa? Porqué esos gritos? Cuestionó el cura.

-Nada, nada, no se espanten –aclaró Ricardo al ver la cara de preocupación con que llegaban las señoras– me emocionó lo que acabo de encontrar… nada más… perdonen si me extralimité…

-Nos espantaste, dijo ya calmado Julián mientras Norma y Lucía regresaban a la cocina moviendo la cabeza.

-No cabe duda que todos los días se aprende algo, comentó el escritor. La investigación realizada por González, Chávez y Guerrero es de una profundidad asombrosa. Para empezar, no sabía que ellos habían sido los encargados de preparar toda la Positio para Juan Diego… pero en cada página que leo, encuentro una maravilla más y, a decir verdad, de algo que tenemos a simple vista pero que no sabemos aquilatar ni como seres humanos, ni como católicos, y mucho menos como historiadores…

-Ahhh jijo! Exclamó el sacerdote. Ahora sí me dejaste con la boca abierta… pues de qué se trata?

-Mira, es tan hermoso cuan largo de explicar, así es que lo vamos a dejar para que en las misma charlas vayamos despejando esa incógnita. Puedo adelantarte, eso sí, algo que puedo asegurar que ni tú, como sacerdote, sabías: las palabras de la Virgen de Guadalupe expresadas a Juan Diego no fueron en español, sino en náhuatl!

-Mira tú…! Tienes razón… no lo sabía! Siempre, a lo largo de nuestra instrucción, se habló –al referirnos al milagro guadalupano– de lo que la Virgen le dijo a Juan Diego, pero jamás se nos aclaró ni de asomo que no había sido en español… estás seguro?

-Claro que estoy seguro! Lo dicen los tres investigadores y señalan varias fuentes como respaldo a su comentario… pero eso no es lo asombroso! Al hablar en náhuatl, la Virgen maneja un lenguaje suprainterpretativo de la identidad religiosa indígena… pero ya lo escucharás todo en las charlas… y lo iremos comentando poco a poco…

 

 

-Bien, queridos amigos, hoy hablaremos del hombre del milagro, del indio que la Virgen de Guadalupe escogió para presentarse.

-El indito Juan Diego, dijo Carlos.

-Contra lo que piensa la ma-yoría, Juan Diego no fue precisamente el indito humilde y pobre que nos han pintado; en mi libro Quién demonios es… Juan Diego?, señalo que fue casado en su vida gentil y con su mujer, María Lucía, recibió los sacramentos del bautismo y matrimonio; tuvo también un tío, Juan Bernardino, a quien respetó como un padre. Tenía tierras y he-redad, lo que significa que fue un principal, pero aceptó la pobreza evangélica, por eso las fuentes documentales lo refieren como un macehual, la clase más pobre de la escala social de la época. Lo describían como un hombre de campo, pero también artesano que trabajó tejidos de tule, alfarería y, obviamente, el comercio. Se sabe, por documentos ori-ginales, que fue de los primeros indígenas en abrazar la fe de Cristo y por tanto acudía muy puntual a la doctrina, a las misas de la Virgen y del domingo, recorriendo a pie grandes distan-cias.

También se conoce que, por un sermón de Fray Toribio de Benavente, el famoso Motolinía, Juan Die-go, de común acuer-do con su mujer María Lucía, hizo voto de castidad que mantuvo, des-pués de la muerte de ésta, hasta su fin terreno. No era pues, el indito sumi-so, apocado y qui-zás hasta torpe que pintan algunos. Era un hombre mesoa-mericano hecho y derecho, con las virtudes propias de su raza, aunque magnificadas, sobre todo en lo que a lealtad, respeto y honorabilidad se refiere.

La personalidad de Juan Diego, la verda-dera, conocida por todos los relacionados más tarde con el milagro guadalupano, fue materia de dos principales versiones encontradas: la de los detractores del milagro y la de los creyentes.

La primera señala que es precisamente esa personalidad, plenamente identificada con la realidad mesoamericana, la que le hacía el hombre perfecto para encarnar al actor de un teatro, muy bien montado por la iglesia, para dar a México una virgen que se identificara, sobre todo por su tez morena, con el pueblo conquistado y así, poco a poco, la fe fuera más fácilmente difundida y con ésta el sometimiento de los indígenas vía la religión, aunque se olvidan de que, para esto, ya habían pasado  cinco años y, en realidad, los pueblos mesoa-mericanos ya estaban prácticamente some-tidos a una nueva vida: la colonial, aunque nosotros no olvidamos que la Gran Tenoch-titlan había sido tomada apenas diez años antes.

Esta versión, aunque con algunas modificaciones, fue también utilizada por los detractores del propio Obispo Fray Juan de Zumárraga, muchos de ellos religiosos empu-jados por la envidia de un privilegio tal.

La segunda versión, defendida por una gran mayoría de los integrantes de la iglesia y sus fieles, argumentaba que si bien esa persona-lidad de Juan Diego le había hecho ser el hombre elegido, éste no había sido elegido por los hombres y con afán de engaño, sino por la propia Madre de Dios que le usaba de men-sajero para dar a conocer sus deseos, ava-lando sus argumentos con la bien cimentada fama de seriedad que acompañaba desde mu-cho muy atrás al indio chichimeca.

Cuauhtlatoac, conforme a las notas del sacerdote jesuita Xavier Escalada, fue el menor de cinco hijos de la pa-reja formada por Qui-laztli, su madre, y Teo-cotl, su padre, dedicados a la alfarería. Nació en Santa María Tlayacac, Cuauhtitlán, en 1474, el mismo año en que el reino de Tlatelolco cayó ante el embate azteca.

El padre, Teocotl, que quiere decir “pino erguido”, era un hombre de pocas palabras pero firme en sus convicciones y rectitud. Era considerado como uno de los jefes de mayor sabiduría en Cuauhtitlán. La madre, Quilastli, que quiere decir “rica en alimento”, era una mujer fuerte y encerraba un corazón fértil en amores, como el torrente de la montaña, y resistente al dolor con la fuerza que da la bondad.

Todos los hijos tenían una viveza mental poco común; eran como su padre, obser-vadores profundos, cuidadosos en cuanto ha-cían, y con una innata y vigorosa vocación de servicio a los demás, lo que dicho sea de paso era la característica principal de nuestro pue-blo. Con el tiempo, el carácter de cada uno se fue definiendo, junto con su destino.

La historia de Juan Diego está obviamente ligada a la historia del encuentro de los dos mundos que con-forman la nueva América. Nace durante el reinado de Moctezuma Ilhuicamina, o Moctezuma I, y su juventud transcurre bajo el reinado de Tizoc, el más efímero de los Tlatoanis de Tenochtitlán que apenas cubre 4 años de mandato.

La familia de Cuauhtlatoac no fue rica, pero tampoco pobre. Dedicados a la alfarería, vivían holgadamente con la elaboración y venta de vasijas y piezas de barro cocido en el horno familiar. Eran de clase media pues, pero algu-nos autores se empeñan en irse a los contrastes. Hay quien asegura que era de no-ble cuna, pariente de Nuetzahualpilli, lo mismo que quien dice que era un pobre macehual.

Una cosa sí es segura, que Juan Diego vivió entre dos reinos, el azteca y el tlaltelolca, guerreros y sabios, amos y vasallos respec-tivamente, repudiando el salvajismo con que se conducían los primeros.

La casa familiar estaba ubicada, como ya dijimos, en Tlayacac, barrio perteneciente a Cuauhtitlán, y contaba con las comodidades normales de la época. Su distribución nos refleja que, efectivamente, pertenecían a la clase media, pues contaban con una cocina, el tecuilli o fogón, un horno para cocer la cerámica, un temazcal -baño de vapor azteca-, varias habitaciones para dormir, dos piletas de agua, un huerto de verduras, despensa y bodega. Los materiales descritos eran sólidos y resistentes, muy propios de la región: adobes de tepetate amarillo con paja verde, prepa-rados con revoltura de lodo y cal. Se dice que ya para entonces las viviendas eran aplanadas en sus muros con un estilo de calicanto, pero incluían piedras de colores vivos, algunas incluso labradas.

Esta casa es la que sigue parte en pie y a la que se refiere el sacerdote que señala Julián, pues existen incluso -insertos en el libro de Escalada- planos de la misma.

Otra de las cosas a las que Cuauhtlatoac, o Juan Diego, se enfrenta es a una mezcla de costumbres que ya de por sí era enredada. Primero que nada, el dominio azteca que imponía sus reglas y normas; pero también el comercio, cuyo centro principal era precisa-mente Tlatelolco, en donde se realizaba el tianguis más grande de la región y sólo comparable con el de Tepeaca al sureste, conjuntaba a comerciantes de todas las re-giones de mesoamérica y con ello infinidad de costumbres que, si bien no venían a impo-nerse, si se colaban lentamente en la vida cotidiana de unos y otros.

No se diga entonces el caos en costumbres que se desata a la llegada de los españoles.

La agudeza mental del joven Cuauhtlatoac le permitió aprender de sus hermanos diversas habilidades, pero principalmente de Huemac y Ayotl; del primero, el reconocimiento y uso de las hierbas, tanto con fines medicinales como industriales, pues de ellas salían los más hermosos tintes; del segundo, la mágica sen-sibilidad para mezclar esos tintes y convertirlos en millones de tonos coloridos con que daba vida a sus diseños cerámicos que, con el tiem-po, adquirieran y dieran fama a su fabricante.

Habiendo prometido Teocotl a sus dos hijos mayores al Calme-cac, dejando debi-litada la mano de obra en la empresa familiar, quiso Cuauhtlatoac que sus padres le ini-ciaran en el tra-bajo de la alfarería, industria que venía de tantas genera-ciones atrás que ni recordaban cuándo se había iniciado.

 

Su casa estaba integrada a los hornos en que cocían el barro hábilmente trabajado por Teocotl, y hermosamente pintados con artís-ticos dibujos brotados de la imaginación de Quilastli.

Ellos, aceptaron con cierto temor debido a la corta edad del pequeño -aproximadamente los once o doce años- creyendo difícil que Cuauh-tlatoac pudiese realizar trabajos de altura y calidad. sin embargo, lo sorpresa fue mayús-cula cuando descubrieron una desconocida habilidad en el pequeño joven para hallar nue-vos diseños, distintos, agradables, realizados con una imaginación increíble… buenas noches…

-Y la cena? Reclamó Julián.

-Por aquí dijo Norma...

 

 

Caminante, no hay camino… se hace camino al andar… tarareaba Ricardo una popular canción cuando Lucía le dijo que a la puerta estaba el Arzobispo Barrenechea.

Al asomarse, el escritor se dio cuenta de que el prelado no se había bajado de su auto.

-Buen día Su eminencia… saludó cordial.

-Buen día Ricardo… voy de regreso a Guadalajara… cómo vas? Se te ofrece algo?

-Francamente no, Monseñor, el libro que me prestara el Padre Juan Carlos me ha sido de inmensa utilidad. Que tenga buen viaje…

-Cualquier cosa que necesites me avisas con mi padrino…

-Sí Señor… respondió Ricardo cuadrándose como soldado…

El Arzobispo arrancó el auto en medio de una sonrisa.

 

-Decíamos entonces que pronto Cuauhtla-toac suplió la ausencia de sus hermanos y utilizó con gracia y sabiduría aquello aprendido de ellos- señaló Ricardo dando inicio a la charla del día -Con la tinta conocida como tlilliocotl, espesa y firme, daba a las vasijas mayor brillo y tonalidades más intensas; le gustaba el color intenso de la nocheztli, la sangre de las tunas, llamada así porque entre las tunas nacen y viven las cochinillas o tlapanextli, de sangre muy colorada y de donde se extrae -hasta la fecha- la finísima grana que de Tenochtitlan se extendió a todo el mundo, gracias a que los comerciantes de Tlatelolco lograron solidifi-carla hasta lograr unos panes que tuvieron incesante demanda porque, diluidos en agua hirviente, se volvían otra vez tinta de primera calidad.

Así, el negocio familiar no sólo no decayó sino que encontró nuevos caminos de éxito que se reflejaron en el tianguis al que asistían octubre a octubre.

El cambio de Cuauhtla-toac se iba consolidando. Le gustaba pasar largo tiempo escuchando las palabras sa-bias de su padre Teocotl -uno de los Jefes y Señores de Cuauhtitlán y versado en la espiritualidad y la religión- que mezclaba su dedicación al trabajo de alfarero con muy sabrosas pláticas que su hijo disfrutaba a más no poder.

Fueron varios años de fértil sementera, recuerda el padre Xavier Escalada, con estas charlas enriquecedo-ras, con las cuales se trasva-saba la innata sapiencia del padre a la inagotable ansia del hijo por saber todos esos temas trascendentes que conso-lidan la virtud y la personalidad del hombre sensato.

A Cuauhtlatoac le convencía plenamente la religiosidad de su padre, que sabía discernir, en todos los acontecimientos calamitosos, la voluntad de los dioses, señores de la vida, que marcaban camino para los hombres débiles y desorientados.

Se fue haciendo sumamente seguro de que nada sucedía al acaso, que todo venía regula-do por una voluntad superior que suavizaba las maldades humanas con decisiones concilia-doras.

Cada día miraba menos a los hombres, y buscaba más a un Dios regente, pendiente de nuestras torpes decisiones, protector y guía.

La adolescencia de Juan Diego le hizo llegar calmo y seguro a la juventud madura; fue en-trando en una apacible monotonía plena de felicidad que, por desgracia, pronto fue dismi-nuyendo al ir mu-riendo los seres que adoraba.

Primero fue su padre Teocotl, que murió como había vivido, en la supe-rior serenidad de su alma profunda y bonancible. Luego fue Uapal la hermana menor que, previsora, había lo-grado que al morir su padre viniese a vivir con ellos el hermano de Teo-cotl: Tezoquitl, tan sólido y espiritual como el primero.

A la muerte de Ua-pal, Coltzin, su es-poso, se hizo cargo de la casa y Tezo-quitl regresó a su casa en Tulpetlac, en donde poseía una pequeña fábrica de petates y objetos varios que se preparaban con esa misma fibra. Conforme algunos datos registrados, Cuauhtlatoac se fue a vivir con su tío a Tulpetlac, lugar que ya le tenía marcado el destino, pues ahí habría de conocer a la compañera de su vida.

Su carácter, forjado con el temple que da la vida misma, se fue volviendo más serio y formal, aunque sin abandonar por completo esa alegría de vida que tanto disfrutaba y que contagiaba a quienes estaban cerca suyo.

El respeto, ganado al paso del tiempo, y esa seriedad de trato en su vida social, prohijaron a un joven maduro que atraía a las damitas en edad casadera, considerándolo buen partido tanto por ellas como por sus familias.

Contra lo que argumentan sus detractores que, repito, como única razón esgrimen su inexistencia, Cuauhtlatoac era ampliamen-te conocido en el valle y la altiplanicie por sus idas y venidas, tanto a Cuauhtitlán, para visitar a su familia, como a Tlatelolco al tianguis, y zonas aledañas en las que impartía sus bue-nas artes en materia de hierbas o colores con otras gentes, pues no hubo quien le recordara envidioso o soberbio. Esos ires y venires llega-ron a ganarle el mote de “peregrino”.

Mas, habiendo amado tanto a su madre Quilastli, a su hermana Tlalquetzal, y tardía-mente a su otra hermana Uapal, Cuauhtlatoac resentía profundamente la falta del mimo o la caricia femenina.

Cuauhtlatoac no había pensado en casarse. Es más, prefería la soltería. Le hacía sentirse libre para emprender todos sus viajes y recorridos, para trabajar en el taller lo mismo que irse sin freno o preocupación alguna a los tianguis.

Sin embargo, el destino le tenía preparada una celada. En una romería a la que asiste para ir a Tianguismanalco, para venerar a Tel-pochtli, el fuerte mancebo tezcatlipoca, Cuauhtlatoac se topó con una joven de ojos soñadores, castaños, enormes.

La mañana en que conoció Cuauhtlatoac a Malintzi cambió todo para él. No podía dejar de verla, mucho menos cuando al son del teponaxtle la vio danzar graciosamente. Ella, sin verle directamente, sabía que su mirada estaba concentrada en su danza.

Cuando la danza terminó, Malintzi se informó con una compañera sobre el joven macehual. Su fama de recto, serio, respon-sable y peregrino, fueron cartas indiscutibles para acabar de ablandar el corazón de la bella indígena que, con todo, hasta ese momento sólo era movida por la curiosidad pues en-contraba a los jóvenes de su edad demasiado inclinados a la espada, la guerra, al torpe guerrear enseñado por los aztecas. Ella prefe-ría un hombre de paz, tranquilo en su vivir, enemigo de la guerra que tantas desgracias había traído, sobre todo a la llegada de los hombres blancos.

Él, por su parte, jamás había sentido algo parecido por una mujer. Había amado con la misma entraña a sus hermanas y a su madre, pero con un sentimiento diferente. Ahora era otra cosa. Era algo especial. Una afinidad que le había llevado a seguirla con la mirada por horas.

Animado a hablarle, con su plática no hizo más que confirmar en el ánimo de la mucha-cha lo valioso de su carácter. Le comentó que vivía con su tío Tezoquitl (barro de alfarero) y que ahora se dedicaba a fabricar petates.

A las pocas semanas de visitarle a ella y sus familiares, fijaron la fecha de la boda que, a petición y deseo de ambos, debía ser lo más sencilla posible. Y no piensen ustedes que era por simple humildad, en algo debió también influir el que Malintzi tuviese ya 42 años y Cuauhtlatoac 49.

La mezcla de religiones estaba en su apogeo cuando Cuauhtlatoac conoció a uno de ellos: Fray Toribio de Benavente, Motolinía. El trato y roce con ese hombre cambiaría para siempre la vida de Cuauhtlatoac y Malintzi…

Cuéntase que fue precisamente Motolinía, el Motolinía llegado primero con los otros once a tierras mesoamericanas, el Motolinía que fuese parte principal en la fundación de la Puebla de Los Angeles, el que dijese ahí la primer misa e impusiese ese nombre, acompañado de Fray García de Cisneros, el que bautizara perso-nalmente a más de 400 mil indígenas... el que bautiza a Cuauhtlatoac, su esposa Malintzi, y al tío Tezoquitl, a quienes impone el nombre de Juan Diego, María Lucía y Juan Bernardino respectivamente, tras inducirlos tan profunda-mente a la religión cristiana que ya desde en-tonces no perdían misa del día o sermón expresado por alguno de los frailes, pero principalmente por su mentor: Fray Toribio de Benavente, el Motolinía.

El Padre Xavier Escalada hace una emotiva narración de este suceso, e incluso lo ubica en la Casa de Cortés, tras adjudicar a la propia Malinche la intervención en su catequización y contacto con el fraile.

Tras el bautizo de nuestros tres personajes, las cosas cambiaron. Juan Diego era otro, y se sentía otro. Si la pareja era feliz con su vida y cuidando del tío, ahora sentía que un torrente de felicidad les bañaba. Adoptaron la nueva religión con el mismo fervor que practicaban la suya, que al fin y al cabo, como ya lo seña-lamos, eran tan parecidas que podrían haberse fundido en una.

Poco después, en la misma capilla de Cor-tés, y acompañados por Fray Toribio de Bena-vente, ambos juraron un conjunto voto de cas-tidad que, si bien nadie les había pedido ni tenían que guardar pues eran una pareja ca-sada ante Dios, ellos dos, de común acuerdo, decidieron hacerlo como una muestra más de su admiración y amor por ese nuevo Dios de amor que ahora adoraban.

Cinco años pasaron en los que la vida de María Lucía, Juan Diego y Juan Bernardino, transcurrió apaciblemente. Pero los designios de Dios quisieron que María Lucía empezara a sentirse mal. Un debilitamiento progresivo se apoderaba de su cuerpo. Las labores más sencillas del hogar se convirtieron en pesada carga.

Ella, en su amor por el macehual, trataba a toda costa de ocultárselo. En ese afán, y es-tando cerca el cumpleaños de Juan Diego, Lucía empezó a buscar qué darle de regalo por sus 55 años de vida.

Había llegado de Temoayac una dotación de ayates que estaban en casa del vendedor de tilmas. El tiempo de uso normal de un buen ayate era de cinco años, y el que Juan Diego portaba era de las fechas de su boda con Lucía, por lo que ésta deter-minó que una tilma nueva se-ría un buen re-galo para su amado esposo, así es que, acompañada de su amiga y ve-cina Cuicani, emprendió el camino a la ca-sa del vendedor.

Fama era que los de Temoayac eran buenos ayates, de buena trama en el tejido y de hebra brotada de los mejores magueyes. Cada remesa era numerada para su control, siguiendo ya la costumbre española, con una tinta indeleble de cacauaxochitl o flor de cacao. El número, muy pequeño, se aplicaba en una esquina del ayate.

Lucía compró un ayate de la remesa número ocho, y regresó feliz a su casa.

-Oye... oye... y que tiene que ver el numerito ese...? reclamó Celerino.

-Es una referencia que guardaba para el final del comentario pero, ya que lo preguntas, les diré que en el ayate en donde la Virgen de Guadalupe estampó su imagen, aún a la fecha, un poco más arriba del pliegue de su vestido, sobre el pie derecho de la imagen, está estampado ese número ocho.

Pues su mal se fue agravando y la luz de su cuerpo se fue apagando. Murió con una son-risa en la boca, dejando a Juan Diego triste como nunca.

Como un consuelo a su soledad marital, Juan Diego tomó por costumbre ir diariamente a Tlatelolco a escuchar misa, recobrando su mote de peregrino.

Algunos autores señalan que sus viajes no eran diarios, que eran semanales, pues la distancia entre Tulpetlac y Tlatelolco es gran-de, diez kilómetros aproximadamente, sobre todo si se recorre a pie. Pero se olvidan de que en ese entonces cruzar por los campos, valles y montes, acortaba las distancias, a mas de que nuestros indígenas estaban acostum-brados a recorrer todo el territorio a pie y que, por ende, su andar era a paso tranco -es decir, largo- y tomaban un ritmo que les ahorraba fatiga.

Yo sí creo que Juan Diego fuese diaria-mente. El acercamiento con Dios había llegado al grado de querer dedicar su vida entera a su servicio.

Sea como sea, Juan Diego estaba a punto de cumplir con la parte más importante de su destino.

 

 

El encierro del escritor ya desesperaba al sacerdote, y no tanto por la compañía sino por la curiosidad de conocer el contenido de la obra que le habían prestado a Ricardo.

Julián pasaba la mañana sentado en una banca afuera del despacho del escritor, leyendo su Biblia, pero atento a cualquier movimiento dentro de la pequeña oficina.

-Míralo, dijo Lucía a Norma, hasta sus achaques se le olvidan. No cabe duda que Ricardo le vino a dar nueva vida a mi hermano…

-Y él a mi marido, porque no puedes negar que lo levantó de esa depresión que le había entrado. Doy gracias a Dios por haber llegado a esa pequeña iglesia perdida en la sierra y encontrar a Julián ahí, dispuesto a escuchar, a aconsejar…

-Bueno… creo que todo eso nos ha traído tranquilidad, no?

-Pues sí… fuera de los sustos que nos ha pegado el padrecito con su corazón, todo ha estado tranquilo y en paz…

Dentro del despacho, el teléfono repiqueteó, era un número de México, sin identificación. Ricardo sabía que le llamaban por dos razones: del banco para cobrarle, o de la Presidencia para insistir.

Treinta años atrás había dejado de ser “bombero”, término que se aplica a los funcionarios que se dedican –por órdenes presidenciales- a provocar conflictos, o apagarlos, según convenga al presidente en turno. Desde entonces, al cambio de cada sexenio, las llamadas se repetían con un solo tono: regresa! Necesitamos un apaga-fuegos.

Pero Ricardo había aprendido que el valor de una familia era superior al poder y los ríos de dinero. Treinta años había vivido tranquilo con la paz que le había obsequiado Norma, su amada esposa, por lo que no estaba dispuesto a volver a lo mismo jamás.

El escritor rechazó la llamada y volvió al texto del libro.

 

Esa tarde se sentía especialmente tranquilo. Saludó a los asistentes con cordialidad e inició de inmediato.

-La Tonantzin era amorosamente dueña de un culto que se extendía por todo Mesoamérica. Madre de todos los dio-ses, tenía en cada indí-gena mesoamericano a un hijo que cuidaba con cariño, éstos a su vez le adoraban tiernamente. Cada cual podía creer en sus propios dioses, pero la Tonantzin era de todos, comentó Ricardo dando inicio a su charla del día.

Su principal centro de adoración era la cúspide de un cerrito llamado Tepeyacac, hasta donde llegaban peregrinos de todas partes de mesoamérica para rendir sus respetos y solicitar sus favores.

Recordando lo escrito en mi libro Soy guadalupano… y qué? el ambiente en la colonia era tenso. Si bien los españoles ya habían sentado sus reales y tenían dominado todo el centro de lo que es ahora nuestro México, la evangelización no había logrado extirpar completamente la adoración a los dioses mesoamericanos. Habían bautizado a miles, pero aún adoraban a sus dioses en secreto, lo que logicamente provocaba la santa indignación de los varones de Dios. Sin em-bargo, toleraban esta costumbre, confiados en que tarde o temprano los indios entenderían que Dios sólo hay uno y ese era el Dios de la religión católica, aunque en buenas les metían esos indios cuando preguntaban cómo es que habiéndo un solo Dios, ellos ha-blaban de una tri-nidad. Por desgra-cia, la respuesta a su insistencia casi siempre era un "no entiendes porque eres un burro..." Tan fácil que hubiese sido explicarles que Dios es Dios en cualquiera de sus manifestaciones... aunque el ladino indio bien que lo sabía pues de igual forma adoraba a los suyos. Es, quizás, uno de los errores del dogma el querer hacer que los demás crean por el simple hecho de decirles que así es... y ya.

Así las cosas, los españoles tenían a sus dioses y los indígenas a los suyos y, aunque ya la mezcla de deidades se estaba dando, hacía falta algo. Hacía falta un símbolo de unidad. Algo que fuera de unos y otros. Y que conste que no quiero decir con ésto que Dios es de unos o de otros.

El sábado 9 de diciembre de 1531, muy de madrugada, Juan Diego se dirigía presu-roso a México para asistír a los servicios religiosos cuando, al pasar junto al cerrillo del Tepeyacac, escuchó "una serie de cantos maravillosos, como los de las aves cuando se juntan, melodiosos como la voz del zenzontle" que le hicieron detenerse extasiado.

No son de extrañar estas inspiradas expresiones si recordamos que nuestro pueblo era un pueblo de alma sensible, artista toda que ponía el corazón entero lo mismo en una cesta que en un poema. La mejor prueba es lo poco que nos dejaron de la rima virtuosa de Netzahualcoyotl, el Príncipe Poeta, que tanto han admirado propios y extraños, acrecen-tándose esa admiración al paso del tiempo.

Al cesar los melodiosos sonidos, una voz suave le llamó desde la cima: "Juanito, Juan Dieguito". Ante el ambiente que privaba, con-fiado y respetuoso como era, Juan Diego subió el cerrillo y se encontró con una maravillosa señora que le dejó estupefacto. "...su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplan-dores, semejaba una ajorca de piedras pre-ciosas, y relumbraba la tierra con el arco iris. Los mezquites, nopales y hierbecillas, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas, y sus ramas y espinas brillaban como el oro". Humilde, el indio se inclinó ante su presencia. La señora de sobrehumana grandeza le pre-guntó:

-Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿adónde vas?

Juan Diego contestó:

-Señora y Niña Mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguír las cosas divinas que nos dan y enseñan nuestros sacer-dotes, delegados de Nuestro Señor.

Cabe aquí otro pequeño paréntesis para hacer notar que uno de los argumentos más usados al paso de los siglos por los detrac-tores es que, si bien Juan Diego no sabía de quién se trataba, no sabía que se trataba de la Virgen, de la Madre de Dios, ¿cómo era entonces que le decía "...tengo que llegar a TU casa de México..."?, refieriéndose -dicen- a su Iglesia. Que pobres conocedores de nuestras raíces.

Quizás una de las pocas costumbres que aún guardamos de aquellas maravillosas épo-cas precolombinas es -aunque ahora más por mero formulismo que por sinceridad- el decír a propios y extraños "tu casa" al referirnos a la nuestra y como un ofrecimiento que, repito, si ahora es más por formalidad, entonces era abiertamente una invitación para que se le tomara como tal. Tánto que los viajeros tenían pleno derecho para recibír la hospitalidad del que eligieran, e incluso de comer y descansar en cualquier casa aún en ausencia de sus propietarios. Recuerden ustedes que en las moradas mesoamericanas no había puertas. Había marcos, horadaciones que permitían el acceso a la vivienda, pero no puertas, tapias que impidieran el paso a su cierre. Natu-ralmente que esa bondad se veía correspon-dida con un absoluto respeto que obligaba al viajero a tomar sólo lo verdaderamente nece-sario.

De tal suerte que Juan Diego, cuando dice "tu casa", se refiere sí a la iglesia, pero como la casa de todos, que ofrece sin temor alguno pues hay que recordar que en ese entonces, a fin de convencer a los indios, se manejó como principal tésis de evangelización el que "todos somos hijos de Dios" y por ende su casa es mi casa… es tu casa.

Volviendo al suceso, es entonces que la Virgen se identifica y dice:

-Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador en quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra, y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un tem-plo; le contarás pun-tualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que lo agra-deceré bien y lo pa-garé, porque te haré feliz y mereceras mu-cho que yo recom-pense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más peque-ño; anda y pon todo tu esfuerzo-.

 

Juan Diego no dudó y le dijo:

-Señora Mía, ya voy a cumplír tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo", saliendo de in-mediato a hacerlo-

Vaya paquetito que la Guadalupana le había encargado a Juan Diego... es tanto como si a usted, humilde mor-tal y ciudadano común y corriente, le mandara una desconocida a ordenarle al Señor Secretario de Gobernación que levantara un edificio, sin más argumentos que "pos ella me dijo..". Para empezar, y a veces me inclino a pensar que éste fue el verdadero milagro, imagínese usted a Juan Diego pidiéndo audiencia con el jerarca máximo de la Iglesia, sobre todo porque el pobre indio no quería decirles a los frayles ayudantes-secretarios-guaruras de Zumárraga el objeto de su visita, pues tenía un inmenso y lógico miedo de que no se le creyera. Y he aquí la primera parte del milagro: Zumárraga le recibió y le escuchó, lo que ahora es practicamente imposible con cualquier directorcillo mediocre, ya no digamos con un secretario de estado. Naturalmente que no le creyó, aunque fue condescendiente con él y le pidió que regresara en otra ocasión en la que "te oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y el deseo con que has venido".

Y como en las telenovelas dejemos aquí el suceso para saber mañana qué pasó… como siempre, les invitan Norma y Lucía un pequeño refrigerio para que hagan pedazos mi reputación, como decía el hombre del corbatón. Buenas noches.

 

 

Esa tarde, estando ya reunidos sus escuchas, Ricardo retrasaba un poco la charla sin dar alguna explicación. De pronto, se levantó de su asiento y empezó.

-Buenas tardes a todos… gracias por haber venido…

Pero el inicio de la charla del escritor se vio interrumpido por un recién llegado, de vestir humilde, aspecto campesino que, en vez de sentarse en la última fila, recorrió todo el auditorio y se acercó a saludar a Ricardo quien, asombrado pero amable, contestó el saludo de mano.

De inmediato, el recién llegado se dirigió a los presentes y les dijo con voz fuerte pero respetuosa:

-Buenas tardes… vengo a molestarles porque me mandó Doña Lucha para decirles que va a ampliar su casa, la de la esquina, y quiere que cada uno de ustedes le mande quinientos pesos…

Un rumor se extendió entre los asistentes. Celerino, el diputado, acostumbrado a estos pedigüeños le dijo:

-Oiga Usted! Cómo se atreve a venir a pedirnos quinientos pesos cuando ni siquiera nos conoce… es Usted un atrevido… creo que Doña Lucha no le mandó, que usted quiere sacarnos dinero para sus vicios…

Doña Elvia, su esposa, no tardó en secundarle y, tras ella, el mitote se generalizó.

Ricardo permanecía impávido ante la reacción de sus amigos a la petición del humilde campesino hasta que, viendo que estaban a punto de lincharlo, levantando la voz, exclamó:

-Ya ven?!!! Ya ven???!!!... Esto es muy natural…

Las voces se fueron acallando para dejar paso al escritor y sus argumentos.

-Imagínense Ustedes… si han armado tal revuelo por simples quinientos pesos… se imaginan al pobre de Juan Diego llegando ante el Obispo a pedirle no quinientos pesos, sino que construyera un templo de inmensas proporciones!!!!????

Gracias Don Felipe… que Dios le guarde! dijo a guisa de despedida al humilde campesino. Y continuando en el uso de la voz, señaló:

-Por muy su padrino que haya sido Juan de Zumárraga, pedirle que construyera un templo nada más porque una Señora muy bonita se lo había pedido en el cerrito era no sólo increíble, sino atrevido.

Imagínense lo que debió pasar Juan Diego tanto frente al Obispo como ante la propia Virgen, a quien se veía obligado a llegar a decirle que no creían en ella… en su mensaje… en su pedido!

Ahora entienden Ustedes la posición de Juan Diego? Les sirvió el ejemplo para que noten cuan mezquinos somos los humanos? Pues esa mezquindad no sólo se manifestó ante la petición del indito, sino más tarde en muchos que se negaban a aceptar la verdad de las apariciones e incluso formaban parte de la propia iglesia.

Acongojado por no haber podido cumplír con el deseo de la señora, Juan Diego regresó al ce-rro del Tepeyacac donde le aguardaba la Guadalupana y con mucha pena le comunicó la incredulidad del Obispo, solicitándole que enviara mejor a uno de los principales para que su mensaje fuese creído.

Debemos recordar que si bien Juan Diego había sido un "principal", había dejado de serlo al renunciar a todos sus bienes. En otras palabras era un "venido a menos" para los de su raza, que aún no com-prendían del todo cómo es que ha-bía hecho los vo-tos de pobreza y castidad, cosa que, incluso, muchos otros no sabían. Para ellos, para la comunidad, era pues "un venido a menos".

Pero no era el caso de que la Virgen, siendo quien era, usara a otro de mejores veres y decires. No, tenía que ser Juan Diego, el hombre más representativo de nuestra raza, de nuestras costumbres, del pueblo que se fundía con el español que era, precisamente, al que había de convencer de que eran seres humanos, hijos de Dios, y sobre todo que sí tenían alma. Ahh… porque no sé si usted habrá leído en las gloriosas páginas de nuestra historia -la verdadera, la de investigación, no la escrita por Bernal- que, para los españoles, los indios no eran más que animales y no tenían alma.

La Virgen, que aún no se identificaba como "Guadalupe", a Juan Diego le hizo saber que no podía ser otro sino él quien llevara el mensaje, y pidió a éste ir de nueva cuenta a la mañana siguiente a ver al Obispo para insistír en su petición, reiterando que era ella, la siempre Virgen María, la Madre de Dios, quien lo ordenaba. Haciéndo de tripas corazón, Juan Diego partió a su casa.

Al dia siguiente, Domingo, muy de mañana salió el indio rumbo a Tlatelolco y, tras escuchar misa, solicitó nuevamente audiencia con Fray Juan de Zumárraga.

Y es aquí en donde insistimos en que debemos recuperar, entre otros muchos valo-res, el de la convicción. Juan Diego, vil pueblo, sabía que no era tarea fácil hacer comprender al Obispo las órdenes de la Virgen, sin em-bargo, insistió, parte por cumplir con ella, parte porque así lo creía. No le importó la posibi-lidad de ser despedido con cajas destem-pladas por el Obispo o por sus ayudantes. Tenía que hacerlo a pesar de los naturales impedimentos sociales y religiosos. Si Juan Diego no hubiese tenido esa fuerza de convicción, no hubiese guadalupana, u otro sería el que estuviera ahora a punto de ser canonizado.

Cuántas veces no hemos dejado atras una idea, un proyecto, quizás incluso una ilusión por falta de convicción. Le aseguro que usted mismo, querido lector, ha usado cientos de veces esa frasecita amodorrante "¿Y qué tal si me dice que no?", desmoronándo con su inseguridad su convicción.

Sin embargo, Juan Diego no dudó un momento en enfrentarse de nueva cuenta al prelado que, sacando a su vez fuerzas de la paciencia, le escuchó no sin antes hacerle esperar otras tantas horas. Nuevamente, claro, no le creyó, a pesar de que le sometió a un largo interrogatorio. Que qué le había dicho la señora… que de qué color eran sus ojos… que de qué forma iba vestida… y mil cosas más. Imagínese qué le preguntaría usted mismo a Juan Diego para poder creerle. A pesar de todo, Juan Diego repitió lo mismo una y otra vez. No cayó en contradicciones, y era tanto su fervor al hablar de la aparición que Zumárraga optó por decirle que, si era cierto, no habría problema alguno en que la señora le mandara una señal en prueba.

Estoy seguro que cualquiera de nosotros habría mandado todo a volar de nuevo. Mira que pedirle a la señora que se dice mamá del presidente que lo pruebe para que se lo crea el secretario de gobernación… carajo! Ya me imagino la reacción de la señora: ¡Y quién es ese estúpido para pedirme a mí que pruebe quién soy! O no? La verdad es que, insisto, el papel que jugaba Juan Diego no era cualquier cosa. Se necesitó deveras convicción para estar a la altura de las circunstancias.

El indio salió al momento en busca de la señal, pero el Obispo, con la duda clavada ya, ordenó que le siguieran para espiarle y ver qué tanto había de verdad en su relato. Los encargados de ésto, que por cierto no lo hi-cieron de buena gana, poco antes del cerro del Tepeyacac le perdieron de vista y regresaron cansados y molestos para, con el fin de justificar su falta de cuidado en el encargo, tratar de convencer al prelado de que el indio sólo le engañaba, que no podía ser posible que la virgen se le apareciera a un de-sarrapado y, sobre todo, indio!. Es más entre ellos discu-rrieron que si Juan Diego volvía con sus impertinencias, le habrían de casti-gar duramente.

Cómo me re-cuerda este pasaje la actitud de esos funcionarios menores que, con-tra la atingencia del jefe y queriendo quedar bien con él, pero llevándolo al fracaso, toman sus propias decisiones y, casi siempre, en contra del pueblo mismo. Y éste, falto de convicción, se retira sin más ni más.

El indio, sin embargo, firme a sus convicciones, llegaba ya a decirle a la Virgen lo que el Obispo le había pedido. Esta contestó: Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá…-

Pero el diablo tenía que meter la cola y al día siguiente, lunes, Bernardino, el tío de Juan Diego enfermó de gravedad. Por la noche, le pidió a Juan Diego que muy de madrugada fuese a Tlatelolco para traer un sacerdote que le confesara y ayudara a bien morir, pues estaba seguro de que no sanaría.

Así lo hizo Juan Diego, sólo que, para evitar encontrarse con la señora, desvió su camino y tomó la otra ladera del cerro del Tepeyacac, aunque en vano, pues la que todo lo ve se le apareció de nueva cuenta.

-Juanito, hijo mío el más pequeño, adónde vas?-

El indito, rubo-rizándose, balbuceó timidamente:

-Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, cómo has ama-necido?... Voy a causarte aflicción; sabe niña mía que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste y está por morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amados de nuestro Señor, que vaya a con-fesar y disponerle… pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa-.

La Virgen, piadosamente, le dijo:

-Oye y ten entendido, hijo mío el más pe-queño, que es nada lo que te asusta y aflije, no se turbe tu co-razón, no temas esa enfermedad ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No es-toy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has de menester? No te apene ni inquiete otra cosa, no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que ya sanó-.

Dice la narración de los milagros que cuando Juan Diego escuchó estas palabras se consoló, quedó contento y con plena con-fianza en lo que le decía la Madre de Dios, le rogó que le enviara a ver al Obispo con la señal que pidiera.

Usted lo haría? Si a usted se le pre-sentara una desconocida diciendo que era la Virgen y que no se preocupara por la enfer-medad de su pariente, que primero cumpliera con sus órdenes… qué pensaría?, cómo reaccionaría? Puedo apostarle conforme a la manera en que pensamos ahora, que la mandaría por un tubo y diciéndole algo como estás loca? dónde crees que primero voy a tus caprichos y luego a ver al sacerdote que requiere mi pariente?... tú serás muy lo que dices pero primero lo mío y después ya ve-remos. Se largaría incluso molesto por su egoísmo y falta de sensibilidad. A poco no? Faltaba más!

Pero Juan Diego creía en Ella. Creía en su fe, en sus convicciones, y no dudó un momento en obedecerla. Viene a mi recuerdo la fuerza que el pueblo Indú tuvo, inspirado por las firmes convicciones de Mahatma Ghandi, para enfrentarse en forma pacífica al co-lonialismo inglés logrando, finalmente y gracias a eso, su independencia.

La señal misma que enviaría al prelado sería otra prueba de la firmeza de convicción de Juan Diego. La Vigen le envió a la cima del Tepeyacac a buscar rosas de Castilla que llevaría como prueba al Obispo. ¡Rosas de Cas-tilla en un cerro lleno de riscos, abrojos, mezquites, espinas y nopales, que dificilmente veía flores, y mucho menos en esa época del año, en pleno invierno!. Pero no dudó, subió, y no sólo encontró las rosas, sino en tal variedad que el propio Obispo, cuando las recibiera más tarde, quedaría asombrado.

Juan Diego las recogió en su tilma, las presentó ante la Señora que las tomó en sus manos por un momento; tras regresarlas al burdo ayate del indio ordenó:

-Hijo mío, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ellas mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador muy digno de confianza. Rigu-rosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo: dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo, que fueras a cortar flores, y todo lo que viste y admiraste, para que puedas inducír al prelado a que dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido-.

Y ahí va de nuevo Juan Diego en busca de Zumárraga y a padecer, sólo que ahora con mayor encono, la actitud de los frayles-guaruras. Desde el momento mismo en que llegó al palacio episcopal, los frayles le ignoraron. Hacían como que no le oían o veían. El les supli-caba que le de-jaran ver al pre-lado, pero de nada sirvieron sus rue-gos. Sin embargo, no cedió. Se sentó en el corredor de la entrada y guardó silencio por largas horas ante la indi-ferencia de los frai-les. Finalmente, la curiosidad mató al gato. Algunos de ellos se dieron cuenta de que llevaba un bulto en el regazo y pretendieron saber de qué se trataba. Juan Diego pagó con la misma moneda y no permitió que vieran su tesoro. Además, así lo había ordenado la propia Virgen: "Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta...". La actitud del indio causó una tentación tal entre los frailes que, en un momento dado, quisieron ver por la fuerza qué llevaba en la tilma, alcanzando tan sólo a notar algunas rosas. Eso bastó, pues bien sabían que no se daban en esa epóca del año, por lo que corrieron a decirle a Zumárraga lo que habían descubierto. Monseñor supo en ese preciso momento que las rosas eran la señal y mandó traer a Juan Diego que, tras hacer un relato de lo sucedido y reportar las órdenes enviadas por la Señora, desplegó su manta dejando caer por el piso decenas de rosas. El asombro de los religiosos fue mayor aún al notar que, en la tilma de Juan Diego, había quedado estampada la imagen de la Virgen tal y como la conocemos ahora. Todos cayeron de rodillas y se humillaron ante Virgen e Indio, así, con mayúsculas, que bien ganado lo tiene.

El día de mañana hablaremos de algo que me ha asombrado sobremanera respecto al mensaje de la Virgen de Guadalupe. Tengo algunas dudas de momento y voy a dedicar la mañana a despejarlas.

-Dinos, dinos de una buena vez… clamaron Rafael y Ricardo Xavier casi al unísono.

-Calma, que ya de por sí nos alargamos esta noche… aunque los antojitos no van a faltar como lo señala ya Norma y Lucía. Pero no coman ansias, que el caso es en verdad interesante. Con decirles que hay algunos sacerdotes –y volteó a ver a Julián– que ni siquiera lo sabían…

-Yaaa… nos tienes en ascuas! Reclamó el curita.

-Mañana… mañana...

 

 

Las llamadas telefónicas desde temprano no se hicieron esperar. A cual más quería saber sobre el misterioso suceso del que hablaría Ricardo esa tarde… pero a nadie se lo dijo. Su respuesta siempre fue la misma:

-Cuando llegue el momento… hoy por la tarde…

Julián le había llegado muy modoso con una Coca-Cola, el refresco favorito del escritor, pero ni a él le quiso soltar prenda.

Así las cosas no bien terminaban de comer cuando los asistentes a la charla comenzaron a arribar.

-Ora! Qué les diste que llegan tan temprano? Cuestionó Norma.

-Tantito tenme-acá… contestó riendo Ricardo.

 

-Buenos días señores… que no saben que la charla empieza a las seis de la tarde?

-Quien te manda meternos el gusanito de la duda y la tentación, dijo Eustorgio, el ricachón del pueblo serrano en donde el escritor conociera a su amigo Julián, el sacerdote.

-Bueno, pues ustedes lo pidieron. La charla de hoy, entonces, va a ser de larga duración…

-Sea, pero ya! Urgió Julián acabando de levantar su plato de la mesa.

-Quién falta? Porque sería una falta de respeto empezar si alguien llega a la hora antes estipulada… cuestionó el escritor.

-Ja!... No falta nadie! Dijo Lucía señalando a los que ya estaban sentados en el improvisado auditorio. –Parece que vinieron a piñata!

-Sea pues… voy al baño y regreso para que empecemos… Repártanles mientras un refresquito porque, con este calor…

 

-Bueno, pues empecemos… González, Chávez y Guerrero se desplazan con tal soltura en su hermosa obra, que me voy a permitir leerles a Ustedes literalmente esta parte:

México sentía su lacerada carne florecer y revivir, la sola presencia de la Madre de Ome-téotl –nombre del Dios de todos los Dioses- había bastado para que todo en el Tepeyac cambiara: "la piedra y el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos, su aureola como de jade precioso, como ajorca (todo lo mas bello) parecía, la tierra como que relumbraba con los resplandores del arcoíris en la niebla. Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allí se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el oro. Todo eso, que para los españoles tampoco pasaba de un detalle bellamente ornamental, pero intrascendente, evocaba en la mente de los indios a Chalchiuhtlatónac: El que hace brillar las cosas como jade, otro de los nombres de Ometéotl. Además, la Señora no sólo se había expresado en impecable náhuatl, en perfecto tecpillatolli —el hablar noble— sino que había consignado su mensaje en la más india de las formas: con un Amoxtli.

Se dieron cuenta? Están afirmando lo que muchas veces nos llegamos a preguntar: La Virgen habló a Juan Diego en español… o en su lengua, en náhuatl?

...la Señora no sólo se había expresado en impecable náhuatl, en perfecto tecpillatolli —el hablar noble— sino que había consignado su mensaje en la más india de las formas: con un Amoxtli.

-Sopas pichón!!! Exclamó realmente asombrado Julián.

-El texto náhuatl de Lasso de la Vega dice en su grafía original: "canéhuatl innizequizca cemicac ichpochtli: Sancta María inninatzin inhuelnelli Teotl Dios inipalnemohuani, inteyocoyani, in Tloque Nahuaque, in Ilhuicahua in Tlaltipaque"

La traducción de Ángel María Garibay, publicada póstumamente: "yo soy la perfecta y perpetua Virgen María, Madre del verdadero Dios, de Aquel por quien todo vive, el creador de los hombres, e dueño de lo que está cerca y junto, el amo de los cielos y de la tierra."

-Esa sí que es una verdadera sorpresa! Dijo contundente Calixto, el ateo fundador de una secta.

-Aunque esa manifestación en nahuatl es sólo una pequeña parte de la charla con Juan Diego, dignifica lo imaginado y les prometo que intentaré conseguir la charla completa en náhuatl...

-Pero… qué demonios es un amoxtli? Cuestionó intrigado Alfonso, amigo del café y libre pensador.

-El amoxtli es un códice, una serie de imágenes pintadas...

Aquí necesitamos hablar un poco de la forma india de comunicarse por escrito: Nuestros autores señalan que Los mexicanos llamaban Tiacuilolli: "Cosas Pintadas" a sus escritos, de los que había varios tipos, siendo el más usual el Amoxtli. Este consistía en hojas de grueso papel o de piel de animal, dobladas a modo de pequeños biombos, y con cubiertas de madera a los extremos, que es lo que más se aproxima a nuestra noción de "libro". En español se ha adoptado la palabra "Códice" para designar indistintamente a los documentos indios, asig-nándoles nombres que suelen ser referencia a sus posesores, por ejemplo: Códice Vaticano, Códice Selden, Códice Nutali etc.

Estrictamente, "Códice" sería solamente un Amoxtli, pero se ha extendido el término a toda clase de escrituras de la época, aún a las que están totalmente en letras latinas, e incluso escritas por sólo españoles, como el Códice Franciscano o el Códice Mendieta, que son colecciones de documentos de frailes de entonces, sin dibujos. Aclaremos también que "có-dice" es un genérico bastante elástico, distinguiéndolo, tenemos obras indias que más exactamente se han llamado "Lienzos", si se trata de una tela de grandes proporciones, a modo de sábana; "Mapas", cuando se pensó que su tema era cartográfico, aunque suelen ser más bien crónicas, y "Tiras", cuando se trata de pinturas más bien estrechas y largas, que desarrollan un tema en continuidad o una cronología. Los nombres españoles de "Códice", "Lienzo", "Mapa", "Tira" no son, pues, los más propios, pero son ya normales, por haberse impuesto en el lenguaje científico.

-Y porqué dices que la virgen había consignado su mensaje como amoxtli? Qué pintó algún lienzo o qué? Preguntó dudoso Rafael.

-Te parece poco el lienzo que dejó?

-Cuál…?

-Pues la tilma de Juan Diego! El ayate! La imagen vívida de la propia Virgen!… lo sorpresivo de esto, y para completar la maravillosa novedad, es que la vestimenta misma de la Virgen es un Amoxtli, un Códice.

Para nosotros una imagen es aún básicamente un "retrato", una reproducción de la realidad, y sólo secundariamente comunicación, de modo que la juzgamos falsa, o al menos inexacta, si no reproduce fielmente a su objeto, o si le resta o le añade elementos. Los indios al confeccionar sus tlacuilolli no preten-dían "retratar", sino comunicar, y no solamente objetos, sino ideas. Podían expresar una idea nueva sin recurrir a explicarla con una frase entera, sino con una única palabra que englobara las diferentes raíces de modo que para ellos resultaba natural acumular también muchos significados en pocas figuras, y aún en una sola. Algo así como ahora, en las redes sociales, generamos un forma de comunicación que mucho se parece al Amoxtli con las caritas, los emoticones y muchas figuras que crean todo un diálogo que nos comunica algo.

Así los códices, que nos “explican” algo no literalmente, sino con pictogramas o dibujos.

Y dicen asombrados Fidel González Fer-nández, Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado, los religiosos autores de la sensacional obra El Encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego:

Hubieron de pasar más de cuatro siglos para que cayéramos en la cuenta de eso, de que la imagen de la Señora del Cielo era un mensaje, un "Códice" indígena.

Que los indios se comunicaban con imágenes no era ningún misterio, y el ilustre pintor Miguel Cabrera hasta aventura en 1756 que "el habernos dejado nuestra dulcísima Madre esta milagrosa memoria, bellísimo retrato suyo, parece que fue el adaptarse al estilo o lenguaje de los indios; pues como sabemos, no conocieron ellos otras escrituras que las expresiones simbólicas o jeroglíficos del pincel", pero no intentó ninguna explicación... en realidad fue una norteamericana, Helen Behren, quien por primera vez "descubrió" en 1945 lo que millones de indios reconocieron al instante en 1531: que la imagen estampada por las flores en la tilma de Juan Diego era un mensaje pictográfico, "enjambre de símbolos" como las representaciones usuales de sus códices: Ome-téotl, al hacerse tlacuilo, supo crear una obra maestra.

Quizá nunca podamos "traducir" todo ese "Evangelio pictográfico" que de inmediato ganó a la Fe al Anáhuac entero, pues nos deben faltar muchos elementos, pero los que tenemos hoy bastan para pasmarnos ante la claridad, sencillez, belleza y acierto con el que realizó lo que era imposible para los misioneros humanos: proclamar la Buena Nueva de Cristo a partir de la venerada antigua "Regla de Vida" de sus antepasados, ¡y no cambiándola sino dándole plenitud!". El tema exigiría un libro entero, copioso e ilustrado; bástenos aquí algunas observaciones de las más obvias.

El Pbro. Mario Rojas Sánchez es quien ha investigado y reunido el material para un libro que, aunque necesariamente basado en conjeturas, resultará interesante como puede juzgarse por lo único que ha publicado, un pequeño ejemplo, su hipótesis: que la imagen representada en la túnica es la orografía de México, y el manto su cielo con las constelaciones visibles al amanecer del solsticio, es decir, la posición en que estaba el cielo en ese día, lo que veremos y analizaremos en su momento.

Por lo pronto, son varios los “mensajes” que la imagen misma nos entrega.

Su rostro, en primer lugar. Es el de una adolescente que no es ni india ni española, sino un tipo que todos identificamos al instante como mexicano –mesoamericano, diría yo-  una mestiza, cuando aún no había mestizas de esa edad, ni los indios ni los españoles querían saber nada de esos despreciados retoños que empezaban a crecer en un mundo que los rechazaba y, no obstante, eran los primeros auténticos mexicanos -arquetipo gráfico que adoptó la Madre de Ometéotl para ir ya desde su rostro, lo que tan maternalmente arrullarían sus palabras "daré todo mi amor... porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores" dice el fantástico trío autoral.

La sangre española, era síntesis del Viejo Mundo, al cual la sangre india venía a anexar la otra parte de ese Mundo. Aún hoy México no ha acabado de aceptarse a sí mismo en su entidad bi-racial, pero ya desde entonces la Señora del Cielo conocía, reconocía, amaba y adoptaba esa realidad, y no pedía sino ser amada y aceptada.

Los indios apreciaban el oro y las piedras preciosas más por su belleza que por su valía y, amando profundamente la hermosura de la naturaleza aún en sus manifestaciones más menudas y frágiles, como plumas y mariposas, habían acuñado otro difrasismo: In Chaichíhuiti in Quetzalli: "Jade y Pluma preciosa" sinónimo no de riqueza, sino de belleza, aún de Dios, la Belleza misma, el jade era la vida y una pluma bella era teocihuani: "Sombra de Dios". –señalan nuestros autores, de ahí que no se explicaran como es que los españoles habían fundido el oro que engarzaba las hermosas plumas. No sabía de la ambición española por el oro como metal precioso, como fortuna.

La Señora del Cielo enmarcó su retrato entre las plumas del ángel que la sustenta y el pequeño broche que lleva al cuello, que los españoles vieron de oro, pero que era idéntico al óvalo de jade que las estatuas de los dioses llevaban sobre el pecho como su propia alma, lo que les confería la vida... el broche lleva gravada una cruz, pero ésta no es el quincunce mexicano –foto derecha- sino la cruz potenzada de las insignias españolas... la síntesis pacífica y total de dos vivencias religiosas sangrientamente opuestas.

El manto era el Xiuhtilmatli: "La tilma de turquesa", propio sólo de los más altos tlatoanime. Las estrellas que en él brillaban sobreponían en la mente india otro concepto: Citlalinícue: "La de la falda de estrellas", otro nombre de Ometéotl indigerible para los frailes por su matiz femenino, pero apreciado a la sensibilidad de los evangelizados por su toque maternal.

El cielo azul oscuro y estrellado es el cielo nocturno, y el cielo nocturno atraía otra asociación más: Yohuali Ehécatl: "Noche Viento" es decir: "El Invisible, el Impalpable", otro de los atributos de Ometéotl que, dice León-Portilla: "Siendo como la noche no puede percibirse y, al ser también como el viento, resulta impalpable... y esta asociación con la noche la confirma el cinto oscuro que la ciñe un poco arriba de la cintura, separados en ángulo sus dos extremos, exactamente como la serpiente que forma el cinturón de Coatlícue, y cuyo color constituía una evocación más para la mente india: Tecolliquenqui: "La que está vestida de negro", otro nombre de Ometéotl.

...Al aspecto nocturno se sobrepone el diurno, pues la Señora está vestida por el sol, más aún, está preñada del Sol, como puede verse por la flor solar a la altura de su matriz, por la colocación de la cinta que la ciñe y por la intensidad de los resplandores, (detalle que las copias generalmente pasan de largo), que lucen más a la altura del vientre y decrecen hacia la cabeza y los pies, y no es el sol astronómico, pues basta fijarse en los juegos de luces y sombras para ver que éste la alumbra desde el ángulo superior izquierdo: Es una aurora de un Sol distinto, a punto de despuntar, exactamente lo que significa Tonatiuh: "El que va brillando", Citlallatónac: "Astro que hace lucir las cosas" y Tezcatlanextia: "Espejo que hace mostrarse a las cosas."

Pero ya nos alargamos… mañana seguiremos viendo los mensajes que la Virgen nos  envía por la imagen misma.

 

 

-Ricardo… no te estás yendo muy académico? Te puedo asegurar que algunos de los asistentes no te han entendido muy bien… cuestionó Julián, el sacerdote amigo del escritor.

-Así lo sientes?

-Pues yo sí… estaría bien hacerles algunas preguntas para saber qué piensan ellos…

-Creo que el problema no es el término académico, sino los nombres en náhuatl… como que la gente no acaba de asimilar tantos en tan poco tiempo… terció Carlos.

-Bueno… vamos a ver. Un sondeo no estaría mal… hoy mismo lo hacemos.

-Por cierto, te estás basando en todo en el libro del Padre Juan Carlos?

-No… pero ha sido la base indiscutible… cada párrafo de ellos me hace pasar un buen tiempo investigando, buscando, confirmando… como fue el caso del Pbro. Mario Rojas Sánchez, pues sólo lo citan como el hombre que está escribiendo un libro sobre el amoxtli de la Virgen, así es que me tuve que meter a investigar… y, entre paréntesis, me encontré con el Nican Mopohua en nahuatl y en español, columna con columna… y pienso imprimir algunos para quienes quieran llevárselo…

-Pues muy buena idea… pero y las otras palabrejas?

-Pues, aparte de que en el momento mismo se los digo, podemos hacer un glosario para que lo guarden y les sirva de recordatorio al final… qué les parece?

-Magnífico, dijo el sacerdote...

 

Esa tarde se anunciaba una tormenta con miras a convertirse en huracán. El puerto de Acapulco no olvidaba Paulina ni Manuel e Ingrid, los huracanes que le dejaran honda huella. Así es que Ricardo esperaba que sus escuchas no llegaran. Sin embargo, ya cercana la hora, fueron llegando. Algunos portaban paraguas, otros un plástico impermeable y otros de plano llegaron empapados por la pertinaz lluvia que precedía a peor tiempo.

-No te preocupes compadre, dijo Celerino muy seguro de sí mismo, llamé directamente a Conagua y me dicen que es probable que pase sin mayores daños la tormenta, que si se convierte en huracán será en un par de días y cuando ya esté por Colima…

-Gracias compadre, ojalá y no se equivoquen, como siempre lo hacen, contestó el escritor acompañado de las risas de varios de los recién llegados.

-A ver… al principio les dije que posiblemente me arrastrara el academicismo, y que si sucedía me lo hicieran saber… me he explicado claramente, o hay algo que no entendieron…?

-Pues mira, señaló Doña Elvia, creo que sí hay algunas palabritas que francamente me dejaron atolondrada…

-Las palabras en náhuatl…?

-No precisamente… otras que no podría señalar en este momento…

-Bien… procuraré ser más claro en mis conceptos… pero quería saber… gracias…

-A mí sí me sacan de onda las palabras en náhuatl… tanto por su difícil pronunciación como por sus significados… replicó Leslie, la nieta del escritor.

-Bueno miren… al final de la charla les entregaré un glosario con todos los términos náhuatl que usemos y su significado. Les parece bien?

Prácticamente todos asintieron con la cabeza.

-Bien, empecemos entonces... El toque más indio, más autóctono, más mesoamericano del cuadro, es el ángel que sostiene a la Señora. Los europeos amaban a los querubines, cachetoncitos y sonrosados, pero el ángel del Tepeyac no se les parece, es indudablemente un indio y no es un bebé, sino un joven de semblante grave, adusto como todo pupilo del Calmécac que se respetase, que sostiene a la Cihuapilli (la Vírgen) saliendo de una nube. Sus alas tienen un detalle discordante para el gusto europeo: plumas de tres colores: azul verdoso, blanco amarillento y rojo. Ahora bien, el ángel era para los españoles un adorno sin importancia, tanto que todas las copias lo "corrigen embelleciéndolo" poniéndole un rostro europeo más infantil y más afable, algunas lo mutilan y no faltan quienes querrían borrarlo del todo, afirman nuestros autores.

Sin embargo, lo primero que pensamos como pueblo, y por su calidad de emplumado sería la "Serpiente Emplumada", a Quetzal-cóatl; las plumas no son largas y sedosas, no son plumas de Quetzal, símbolos de la belleza, sino cortas y agudas formando alas de águila, de manera que su dueño, al estar en posición erecta, es Cuauhtehuámitl: "El Águila que asciende", otro de los nombres de Huitzilopochtli, patrono de los famosos "Caballeros Águilas y Tigres", y estos últimos están también evocados, porque el cielo estrellado era también símbolo de la piel moteada del jaguar, su divisa distintiva.

Unos y otro, Águilas y Jaguares, consti-tuían los cargos más elevados de los ejércitos mexicanos, órdenes militares que encarnaban la mística de la guerra, la Xochilyaóyotl, en su expresión más acabada de valentía, entrega y autosacrificio: "Hubo en esta tierra una orden de caballeros que profesaban la milicia y ha-cían voto y promesa de morir en defensa de su patria y de no huir la cara a diez, ni a doce que les acometiesen. Los cuales tenían por dios y caudillo al sol... Y así la fiesta de los caballeros e hijosdalgo, hecha a honra de su dios, a la cual llamaban nauholin, que quiere decir «cuatro movimiento», "que volando, como águilas en armas y valentía y en ánimo invencible, por excelencia les llamaban águilas o tigres. Era la gente más querida y estimada de los reyes que había, y los que más privilegios y exenciones alcanzaban. Eran a quien los reyes hacían larguísimas mercedes, y a quien componían con armas y divisas muy galanas y vistosas, y ningún consejo de guerra se tomaba que no fuese con ellos".

Que ellos, pues, enmarcaran y sostuvieran a la Señora del Cielo, para un indio quería decir no una repulsa, ni mu-chísimo menos, a su tradición de guerreros, sino un reconocimiento y un premio: ¡Merecer el honor de escoltar a la Embajadora de Ometéotl!

El ángel lleva el color rojo. La descripción india subraya que la Señora está vestida de color "rosado, que en las sombras parece bermejo" y que el ángel lleva "ropa de color bermejo". Ahora bien, el bermejo, el rubio rojizo del sol al nacer y al morir, era color de Yestlaquenqui: "Vestido de rojo", otro de los nombres de Dios.

No era, pues, poca la audacia de ese misterioso y genial Tlacuilo al poner a los principales dioses mexicanos como padrinos de la Madre de Ometéotl, claman nuestros autores.

Reuniendo todos esos cabos sueltos, "traduciendo" el mensaje completo -afirman- nos encontramos con algo casi imposible de admitir, pero aún más imposible de negar: nada menos que lo único que podía salvar a los indios de la muerte devolviéndoles su razón de existir, lo que anhelaban desesperadamente escuchar y lo que los misioneros se hubieran dejado despellejar vivos antes que decirles ja-más: Que su antigua religión había sido buena, que había nacido de Dios y los había elevado a merecer su amor y su premio, que era lo que ahora precisamente reci-bían, promovién-dolos a algo sin comparación superior: "¡Bien, sier-vo bueno y fiel!, en lo poco fuiste fiel, a lo mucho te elevaré: ¡Entra en el gozo de tu Señor!".

¡Y eso había sucedido! Eso les decía la imagen de la Señora del Cielo, y eso había sido mérito de ellos y de sus antepasados, por su fidelidad absoluta, aún a través de máscaras y sueños. Y si alguna duda podía aún caberles de tanta belleza, las palabras de la Señora no podían ser más contundentes ni explícitas: "nehuati —yo (soy)— in nicenquizca —la enteramente— zemicac —por siempre— ichpochtli —virgen— Sancto María in Inatzin —Santa María, venerable Madre (de)— in huel nelli Teoti Dios -verdaderísimo Dios «Dios»— In Ipainemohuani —aquel por quien se vive— in Teyocoyani —creador de los hombres— In Tio que Nahuaque —Señor del cerca y del junto, "aquel cabe quien está todo"— In Ilhuicahua In Tialtipaque —"Dueño del Cielo y de la Tierra—" O sea, parafraseando podríamos traducir: "Yo soy la que os han dicho los misioneros: Una mujer, realmente virgen y realmente madre. No soy una diosa, pero soy mucho más que cualquiera de las vuestras, pues soy Madre auténtica de Ometéotl, el que está por encima de todos los dioses y el único que lo es verdaderamente, de Aquel por quien vivís, de vuestro Creador y Conservador que todo lo controla y que reina en todo el universo; y yo, Madre de Ometéotl, pido ser Madre vuestra, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de todos los hombres, de cuantos me amen, me busquen, de cuantos me otorguen el favor de su confianza".

Dense cuenta de la claridad con que la Virgen de Guadalupe habla a sus hijos. Es precisa, no hiere ni a españoles o indígenas.

No era la Madre de Huitzilopochtli, de Quetzalcóatl, de Tezcatlipoca, era Madre de Dios, del único y verdadero, y el hombre Jesucristo, su hijo, no era, por tanto, un teótl español, sino Ometéotl en persona.

Y la madre de Ometéotl no pedía gran cosa, sólo un templo. La petición, para los españoles, era alucinante. La construcción de un templo se llevaba mucho tiempo y dinero, como consta en la historiografía. Para los indios, la construcción de un templo significaba el nacimiento de una nación… tanto como la destrucción de un templo, la destrucción de una nación.

De ahí que la destrucción de sus templos dolía más que la muerte misma. Ahí está Cholula para recordarlo. El mismo Cortés, registrado por Francisco López de Gómara, consciente y orgulloso de sus actos, señala: “dicen que les dolía mucho la destrucción de sus templos grandes, perdiendo esperanza de poderlos rehacer, y como eran religiosísimos y oraban mucho en el templo, no se hallaban sin casa de oración y sacrificios”.

La Madre de Ometéotl estaba pidiendo un templo, estaba pidiendo el nacimiento de un estado, de una nación –como lo afirma el Códice Mendocino– y si la Madre de Dios lo estaba pidiendo, significaba que “ardía en deseos” de que renaciera el Estado Mexicano.

Sin embargo,  aquellos dos mundos, enemigos entre sí, se empezaron a reconocer en el símbolo de María de Guadalupe, anunciado por un indio convertido, no era sólo el acontecimiento cristiano  en el mundo cultural mexicano… era el nacimiento del pueblo latinoamericano!

Por hoy, gracias, ya saben el camino a los antojitos preparados con mucho amor por Norma y Lucía… Buenas noches...

 

 

-Sabes qué, mi querido mentor? Dijo muy serio Narcisco, aquel sacerdote que usara el púlpito para arengar a sus fieles a “exterminar” a los enemigos de Dios, a los que se amparaban en otras sectas, pero que entre Ricardo y Julián hicieron volver al redil y ahora era un religioso excepcional.

-Qué? Respondió el escritor e historiador.

-Que ayer me dejaste la piel chinita con tu final: “era el nacimiento del pueblo latinoamericano”… me emocioné mucho…

-Y así es, mi querido curita, por eso la Virgen de Guadalupe es la Emperatriz de América… ya hablaremos de eso en nuestras charlas… y tú, cómo has estado?

-Bien querido amigo, bien… el haberme mandado a una parroquia de pueblo me dio tiempo de dos cosas: estudiar y meditar sobre mi forma de pensar. Creo que ahora, que me pasaron a una parroquia de Taxco, encuentro las cosas más sencillas, más fáciles de llevar. El fanatismo en el que había caído se diluyó para dar paso a una tranquilidad que no cambiaría por nada en el mundo… y todo gracias a Ustedes, dijo abrazando a Julián que pasaba en ese momento.

-Ora… qué te traes Narcicito?

-Nada, dijo Ricardo riendo, le entró el amor por nosotros…

-Como a mi ahijado… me llamó para decirme que viene a la charla de mañana. Ya no quiere salir de nuevo de Acapulco… lo van a correr de Guadalajara!!! Agregó Julián.

-En verdad? Y ahora a qué tanta venida a mi charla? Tiene alguna duda sobre lo que digo? Te ha comentado alguna cosa? Reparó Ricardo alarmado.

-No… no… no tengas cuidado… viene por cuestiones de las diócesis, pero quiere aprovechar para escucharte…

-Seguro?

-Seguro hombre… a qué le tienes miedo?

-Pues con eso de que es tan crítico…

 

La tarde llegó pronto. Y con ella los invitados a las charlas. Niza, hija de Ricardo, llegó temprano con una imagen de la guadalupana.

-Oye pa… te la puedo dejar para cuando venga el Arzobispo y me la bendiga?

-Sí hija, claro…

-Oye chamaquita… y porqué no me pides a mí que te la bendiga? Reclamó Julián.

-Ay padrecito… no es por nada, pero prefiero que sea el Señor Arzobispo… como que le da más fuerza… digo yo…

Todos rieron por la ocurrencia. Sólo Julián se quedó serio y callado.

-No se crea padre Julián… es broma… agregó Niza. La traje para que me la bendiga el mejor amigo de mi padre… Usted!!!

A Julián se le iluminó la cara, sonrió, se volvió a poner serio y, sacando rápidamente su estola, se la colocó al cuello y bendijo la imagen.

No bien terminó, volteó a ver a Ricardo que, silenciosamente, asentía con la cabeza.

-Acabas de hacer feliz a un viejo curita, dijo por debajo a su hija.

 

-Buenas tardes a todos… Otro de los factores de unidad, a partir de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, fue que nuestra gente respetaba, como máxima autoridad moral, no a los generales y altos jefes políticos, sino a los sabios, a los ancianos que más sabían: el teomama y el amoxhua.

Teomama significa “el que lleva a Dios”. Toda peregrinación o evento era presidido por los teomama, portadores de la imagen de su Dios. Quienes le cuidaban y orientaban a su pueblo.

Amoxhua significa “dueño del amoxtli” o del códice, lienzo o libro en el que se guardaban todas sus actividades y tradiciones.

Ahora bien… si consideramos que el ayate de Juan Diego se presenta con la imagen de la Virgen estampada, y que los ropajes de ésta son reconocidos inmediatamente por los indígenas como un códice, un amoxtli, debemos comprender que, a partir de ese momento desaparecían todas las dificultades y diferencias pues se consideraba a Juan Diego como su Teomama, el que lleva a Dios y, por aquel pedimento de la propia Virgen de que sólo desplegara la tilma ante el Obispo, Fray Juan de Zumárraga se convierte en su amoxhua, el que  tiene el amoxtli o códice.

El indio sabe esperar, cree en su Dios, no le teme a la muerte, sabe que algún día se le cumpliría… y ahora tiene las flores de Dios, esas rosas que portaba el indio Juan Diego, y comprenden que se les está cumpliendo. Es más, que se les entregaba la imagen de la madre de Ometéotl estampada en la tilma de uno de ellos.

Zumárraga se convierte así en la suma autoridad del pueblo mesoamericano, el dueño del Amoxtli. Así lo entienden los indios… pero no los españoles… que no veían todo con los mismos ojos de amor y respeto que los indios, dudan, se cuestionan… niegan!

La fe del mexicano, del latinoamericano, por la Virgen de Guadalupe, está fuera de toda duda. Sin embargo, en todos los tiempos han existido seres a los que no les calienta ni el agua, como decía mi abuela.

Algunos, niegan de plano la existencia de Juan Diego y las apariciones, otros, aceptan la fe que la Guadalupana despertó en el nuevo continente, pero ponen en duda la verdad del ayate, y del propio Juan Diego. Conforme a datos de diversos investigadores, la Guadalupana ha sido una de las vírgenes más controversiales, más atacadas por el ateísmo.

Cabe hacer aquí la aclaración de que las diversas religiones del mundo coinciden en muchas doctrinas, representatividades, normas y aún en castigos o sanciones a los pecados o desviaciones en que sus fieles pudiesen incurrír. Digo tal porque creo yo que no es tanto en sí el que unos dioses sean reales y los otros falsos o ficticios, sino que son uno solo que da su cobijo a la humanidad entera y es ésta, dentro de sus limitaciones, cultura o medio ambiente natural, la que da forma a ese Dios volviéndolo suyo de acuerdo a su conveniencia, pero curiosamente sin dejar el fondo de esa divinidad, unitaria o multiplicada.

De clérigos, rabinos, pastores y aún de ateos he escuchado el mismo argumento para detractar la espiritualidad o verdad de la re-ligión de su contrario: el hombre, por naturaleza, tiene la necesidad de sentirse vigilado y pro-tegido, de ser libre pero rendir cuentas a alguien que no sea de su propia naturaleza, de contar con algo a qué acogerse, con quién llorar, pedir, que-jarse, implorar. Alguien más grande que él mis-mo. Un Dios, pues, que le permita sentirse seguro y sirva de freno a sus posibles desviaciones y libertinaje, sin que esto quiera decir que no caiga en lo individual en ellas. De tal suerte vienen las invenciones divinas. Los orientales islámicos tienen a Buda, los católicos a Jehová, y los demás a remedos de uno y otro, haciéndose una mezcla tal que pareciera que existiesen miles y miles de dioses. Todo un Olimpo para que la humanidad se lo reparta como bien le venga en gana.

Es cierto que el hombre necesita protección y abrigo moral, pero increible que invente a sus dioses. Si así fuera, seríamos una raza humana de chiflados, aunque poco me falta para creerlo cuando veo que muchos son adoradores del Dios Dinero y anteponen  la seguridad e integridad de su familia por éste. La verdad es que nadie nos puede asegurar, así, firmemente, qué o cuál dios es el bueno. Cada religión cree que el suyo lo és. Yo, como católico que soy, pienso que Jehová, o Dios Padre, es el bueno y Jesús el Salvador, tanto como los islámicos creen que Alá es el bueno y Mahoma su profeta.

Dadas las características de la raza humana, me inclino a pensar que Dios mismo, basado en la diversidad de sus culturas, adelantos, experiencias e incluso su mismo comportamiento, ha tenido diferentes manifes-taciones ante cada pueblo y que éstos han reflejado, muy a su manera, su propia inter-pretación de lo que es Él. Recordemos que practicamente todas las religiones hablan de que sus dioses llegan en carros de fuego venidos del cielo y sus santos o representantes en la tierra, en un momento dado, cuando se van, van directo al cielo. No a ese cielo imaginativo, sino hacia arriba, hacia las nubes, al eter, a la estratósfera para ser más claros. Por eso respeto las creencias de los demás tanto como exijo que respeten las mías. Al final de cuentas lo más seguro es que creamos en un mismo Dios pero con diferentes nombres o manifestaciones. Yo creo en Dios, llamese como se llame. Si es Jehová, bendito sea, si Jehová es conocido por otros como Buda, bendito sea él, Buda, y los que creen en él. Creo que lo importante es saber reconocer que existe un Creador, un Dios que todo lo sabe y todo lo puede, y al que estamos supeditados más por sus bondades que por sus amenazas o advertencias.

Así también los pueblos mesoamericanos creían en sus dioses. A su modo. Con sus nombres. Pero todos eran divinos, creadores de la vida, controladores de la muerte, y todo-poderosos. Por eso no fue tan difícil que llegaran a creer lo que los frayles les decían sobre su propia religión. Me atrevo a pensar que incluso, esos indígenas que no tenían nada de tontos, se burlaron de los españoles aceptando su palabra porque, al final de cuentas, sabían que eran los mismos dioses, pero con diferentes nombres.

La personalidad de Juan Diego, conocida por todos los relacionados con el milagro, fue materia de dos versiones encontradas: la de los detractores del milagro y la de los creyentes.

La primera se-ñala que es preci-samente esa per-sonalidad, plena-mente identificada con la realidad me-soamericana, la que le hacía el hombre perfecto para en-carnar al actor de un teatro, muy bien montado por la igle-sia, para dar a Mé-xico una virgen que se identificara, so-bre todo por su tez morena, con el pueblo conquistado y así, poco a poco, la fe fuera más facilmente difundida y con ésta el sometimiento de los indígenas vía la religión, aunque se olvidan de que, para ésto, ya habían pasado casi cuatro décadas y, en realidad, los pueblos mesoamericanos ya estaban practicamente sometidos a una nueva vida: la colonial, aunque nosotros no olvidamos que la Gran Tenochtitlán había sido tomada apenas diez años antes.

Esta versión, aunque con algunas modifi-caciones, fue también utilizada por los detrac-tores del propio Obispo Fray Juan de Zumá-rraga, muchos de ellos religiosos empujados por la envidia de un privilegio tal.

La segunda versión, defendida por una gran mayoría de los integrantes de la iglesia y sus fieles, argumenta que si bien esa perso-nalidad de Juan Diego le había hecho ser el hombre elegido, éste no había sido elegido por los hombres y con afan de engaño, sino por la propia Madre de Dios que le usaba de mensa-jero para dar a conocer sus deseos, avalando sus argumentos con la bien cimentada fama de seriedad que acompañaba desde mucho muy atrás al indio chichimeca.

Durante nuestras charlas hemos de analizar lo que creemos, lo que creen otros pero sobre todo lo que la ciencia –sempiterna enemiga de la iglesia, que poco a poco se ha vuelto su aliada– ha encontrado respecto al milagro guadalupano. Buenas noches...

 

 

El Arzobispo Barrenechea llegó a desayunar con Ricardo a invitación de Norma, que había recibido una llamada el día anterior en la que le avisaba de su llegada al puerto.

-Bienvenido nuevamente a su casa, dijo Lucía zalamera.

-Gracias… gracias… Ya se levantó nuestro charlista?

-Sí, contestó Norma, se está terminando de vestir… se acicala mucho, tal parece que va a recibir al Arzobispo! Exclamó en plan de broma, broma que celebró abiertamente el prelado.

-Y cómo van las pláticas? Cuestionó a Julián.

-Bien Monseñor… creo que muy bien… Ricardo ha estado inspirado con el libro que le prestara el Padre Juan Carlos…

-Qué bien… y no sabes si ya empezó a escribir?

-No creo… siempre lo hace días después de que termina la charla…

-Pues, aquí entre nos, dijo Norma bajando la voz, creo que en esta ocasión está haciendo lo contrario… le he visto escribiendo cuando le llevo café o su Coca-Cola…

-Ahhh… pero si serán ustedes chismosos! Acusó fuertemente el escritor que entraba en ese momento. Quién les ha autorizado a dar información confidencial?

-Ya… ya… no es para molestarse, intervino el Arzobispo.

-No… si no me molesto… pero estas chismosas no tienen porqué andar dando información… quién quita y sea un espía de la CIA el preguntón… agregó ya en plan de plena broma Ricardo.

-Por cierto, dijo Julián, ya que hablas de espías de la CIA, a esos no los he visto, pero sí tenemos un espía de Gobernación…

-Quién? exclamó el prelado.

-Jajajajaja… rió escandalosamente Ricardo… qué le crees a este anciano párroco que ya desvaría…

-No… no es desvarío… puedo apostarte que es un oreja de gobernación… se sienta en la última fila, toma notas al por mayor, casi puedo asegurar que ya tiene identificados a la mayoría de los asistentes, y toma fotos muy discretamente, que fue lo que me hizo sospechar… un ciudadano común toma fotos sin reparos… no a la callada… en secreto…

-Oye… ya me alarmaste! Comentó Ricardo. Y quién es? Lo conoces?

-No, jamás lo había visto, al principio pensé que era uno de los invitados que luego trae alguno de nuestros amigos, pero no convive con nadie y se va en cuanto terminas la charla…

-Eso ya es preocupante...señaló el Arzobispo. Pero… por qué vigilarte si no estás hablando de algo malo…

-Pues lo vamos a desenmascarar en la tarde… aseguró el escritor. Nada más necesito que me lo señales… te vas a parar atrás de él, sin hacer señas, sólo te vas a parar atrás de él…

-Bueno, aceptó el sacerdote.

 

Esa tarde, Ricardo estaba nervioso y se notaba. Norma se acercó a él para tranquilizarlo.

-Calma viejo… no tienes nada a qué temer…

-No… yo no… pero me irrita que estos infelices te espíen por cualquier cosa…

-Vamos… aún no sabes si en realidad se trata de un agente de gobernación… puede ser un periodista…

-De lo que se disfrazan más seguido estos canijos…

-Deja de preocuparte, todos vamos a estar muy atentos… empieza...

 

-Tras el sorprendente milagro, el Obispo tomó la tilma de Juan Diego y la colocó en su oratorio. Un día más estuvo el Indio hospedado en el palacio episcopal. Al siguiente día, Fray Juan de Zumárraga quiso conocer el lugar en que la Madre de Dios había ordenado se construyera su templo y ahí fueron Indio, Obispo y frayles. A Juan Diego le apuraba ver a su tío Bernardino y, tras cumplír con el mandato, pidió licencia para hacerlo. No sólo se la concedieron, sino que le acompañaron hasta su casa, en donde encontraron a Ver-nardino gozando de total salud. Este, extra-ñado de tan honrosas visitas, cuestionó a su sobrino sobre el motivo y Juan Diego le narró todo lo que sucedió desde que tomara camino a México para traer al sacerdote que habría de confesar al tío, incluyendo la orden de la Virgen y la recomendación de que no se pero-cupara por la salud de su tío, dado que ya estaba sano.

Bernardino manifestó que así había sido. Que se le había presentado una gran Señora en el momento mismo en que Juan Diego lo decía y que le había sanado, informándole que había mandado a su sobrino con el Obispo. Dijo también que la Señora le había ordenado que, cuando Bernardino viese al prelado, le narrase todo lo sucedido y le dijese que la nombrase la siempre Virgen María de Guada-lupe. Es pues a Bernardino a quien revela el nombre guadalupano con el que habría de ser conocida de ahí en adelante.

Fray Juan de Zumárraga hospedó a Juan Diego y a su tío en el palacio del arzobispado durante quince días, tiempo que duró la construcción del templo en que se adoraría a la guadalupana. Cualquiera podría decír que es una locura que la primera Ermita en que se adorara a la guadalupana hubiese sido levan-tada en quince días, sin embargo, Torquema-da, siguiendo la relación de Pedro del Castillo en su Monarquía Indiana, libro III, capítulo XXXIII, dice a la letra:

"Quienes dudan de que en quince días se alzara en Tepeyacac la ermita donde fue colocada primero la Santa Imagen, ignoran que en sólo una noche los indios de entonces formaron un pueblo. Así burlaron a Montea-legre, aquel hermano del Oidor que, prevenido de una merced real de tierras, llegó al valle de Atlixco y, después de elegír en Popocatica las que bien le parecieron, se fue por el juez que habría de medirlas, ofreciendo tornar a los dos días. En tanto, para estorbarle, discurrieron los indios de Huejotzinco, dueños de aquel lugar, hacerlo asiento de pueblo y calladamente, de noche, fueron con sus mujeres e hijos cuatro o cinco mil de ellos, cargados de paja de jacal y varas y magueyes, y a la mañana siguiente aparecieron hechas más de treinta casas, cuya cubierta denotaba ser vieja y harta de servir, con las varas ahumadas, y adentro los mora-dores, hombres, mujeres y niños, donde los gallos cantaban, los perros ladraban y los ni-ños lloraban y unos con otros se trataban, co-mo si de mucho tiempo atrás se hubiése for-mado el pueblo".

Es pues de creer también que la Ermita primaria fue construída con varas y paja, pero ermita al fin y cumpliéndose el deseo de la guadalupana. Hecho ésto, el obispo sacó la sagrada imagen del oratorio de su palacio y la trasladó al templo de la Reyna del Tepeyac, para recibír ahí el culto de una ciudad conmo-vida y maravillada. Naturalmente que ésto fue en tanto se construía la Iglesia Mayor a donde fue trasladada la imagen en solemnísima pro-cesión según narraron a su tiempo los viejos de Cuauhtitlán, y lo testifica aún el cuadro con-memorativo existente en la vieja Basílica de Guadalupe.

Juan Diego, por su parte, se dedicó de tiempo completo, por el resto de su vida y has-ta su muerte, a cuidar del templo, viviendo en una casita que sus coterráneos de Cuauhtitlán le construyeron a un lado de la Ermita, la cual estuvo según la tradición en el sitio que actual-mente ocupa el bautisterio de la parroquia o iglesia vieja de los indios. Murio con fama de santidad, a los 74 años, en 1548…-

Ricardo se dio cuenta de que Julián se había levantado de su asiento y, recorriendo toda las filas de sillas, llegó hasta la parte de atrás y se detuvo a la espalda de un joven de aproximadamente 30 años que, distraído tomando notas, no se dio cuenta de la presencia del sacerdote.

-Padre Julián, dijo el escritor elevando la voz. Podría hacerme el favor de pedirle a ese joven que venga al frente?

-Sí Maestro… contestó el sacerdote tomando del brazo al asombrado joven que, sin replicar, acompaño a su guía hasta el frente del auditorio improvisado.

-Buenas tardes joven amigo… de dónde viene?

-… de… de aquí… contestó trémulo.

-Cómo de aquí? Pregunto de qué parte, de qué grupo, empresa u oficina?

-No… no vengo de parte de nadie… vengo por mi propia cuenta…

-Y a qué te dedicas?

-Soy… bueno… intento ser escritor… y me interesó su charla sobre la Virgen de Guadalupe…

-Estudias o trabajas?

-Estudio… en la Universidad de Guerrero… estudio Derecho…

-Tienes alguna credencial?

-Claro… contestó ya más seguro de sí mismo… aquí está…

Ricardo la vio superficialmente y se la pasó a Celerino, el diputado que la devolvió asintiendo con la cabeza dándola por buena.

-Entonces… porqué tomas fotos de la gente subrepticiamente?

-Pues… para ilustrar mi libro…

-Puedo revisar tu celular?

-Porqué? Qué es esto? Un interrogatorio formal? Me acusa de algo? Exclamó ya a la defensiva el muchacho.

-Si no ocultas nada, no tienes por qué negarte a que vea tus fotos…

-Tiene una orden judicial para esto? Dijo retador.

-No… pero tomar fotos de las personas sin su consentimiento sí es un delito… y no me dejas otro camino… señaló el escritor apuntando a la puerta en la que ya estaban dos uniformados. A una señal de Ricardo, Carlos había ido por ellos.

-Oiga! Porqué hace esto?

-Eso mismo pregunto yo… porqué haces esto? Quién te manda?

-Ya déjalo! Por favor… intervino Calixto, el ex-funcionario que fundara una secta religiosa y amigo del escritor. Yo le pedí que lo hiciera, dijo avergonzado…

-Pero… porqué? Cuestionó Ricardo descontrolado.

-Porque quería hablar yo de la guadalupana en mi secta… pero sé tan poco… y no retengo gran cosa de lo que dices…

-Calixto… pero si me lo hubieras pedido con gusto te hubiera apoyado…

-Pero me dio vergüenza… aunque más vergüenza es la que siento ahora, porque vas a pensar que traicioné tu amistad…

-No amigo mío… no te preocupes… señaló el escritor extendiendo la credencial al muchacho… lo que pasa contigo es lo que pasa con la mayoría de los “pastores” que siguen una secta, o fundan la suya como en tu caso. Yo he descubierto a muchos pastores que hablan de un mensaje y lo achacan a un capítulo y un versículo y, cuando abro la Biblia, les demuestro que ese versículo y ese capítulo se refieren a algo totalmente diferente. Es decir, presumen de saber lo que deberían saber. No estudian, no se preparan, creen que con sólo su facilidad de palabra ya la hicieron y no… a la gente no la engañas. Dice el dicho que puedes engañar a un poco de gente mucho tiempo, o puedes engañar a mucha gente un poco de tiempo, pero jamás podrás engañar a toda la gente todo el tiempo… te invito, como tu amigo que soy, a estudiar conmigo los temas que manejemos… a mi no me entra la envidia porque tú dirijas una secta, ni me afecta… ya lo he dicho y en esta misma plática: mientras crean en Dios! Pónganle el nombre que quieran!

 

Retomada la calma, Doña Elvia preguntó curiosa:

-Ricardo, nos puedes ampliar un poco lo que pasó después del milagro con Juan Diego?

-Claro que sí… El Nican Motecpana es un documento, al igual que el Nican Mopohua, escrito en lengua náhuatl. Es obra del fecundo autor e historiador mestizo Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, quien lo escribió en 1590, autoría que consta por el testimonio de D. Carlos de Sigüenza y Góngora.

Su nombre procede de las primeras palabras con que comienza su texto: "Aquí se pone en orden…" Es un valioso documento que complementa al Nican Mopohua y proporciona rica información sobre la persona misma de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, su esposa María Lucía y el tío de Juan Diego: Juan Bernardino.

Asimismo, relata algunos milagros de la Virgen de Guadalupe.

Narra que, tras las apariciones, Juan Diego se fue a vivir a una casita junto a la ermita, dejando su propia casa y tierras a su tío Juan Bernardino “para no perderlas pues fueron heredadas por sus abuelos y estos por sus antepasados”. Refiere, asimismo, que Juan Diego era viudo cuando se le apareció la Señora del Cielo, habiendo muerto dos años antes su esposa María Lucía, con quien había vivido castamente, lo que ya habíamos comentado.

Da cuenta de la peste que asoló la región en 1544 debido a la cual murió el tío Juan Bernardino, el 15 de mayo, no sin antes haber recibido la visita y consuelo de la Virgen de Guadalupe. A su muerte, fue llevado al Tepeyac para ser se-pultado dentro del templo de la Señora de Cielo; tenía 86 años.

Tiempo después, en 1548 (el mismo año en que murió Fray Juan de Zumárraga), murió también Juan Diego. Tenía alrededor de 74 años. Fue sepultado, como su tío, dentro del templo. Ambos, Juan Bernardino y Juan Diego, en su agonía, recibieron la visita de la Virgen de Guadalupe para indicarles que ya era hora de partir, prometiéndoles un camino llano hasta el cielo.

Todo esos 17 años que vivió Juan Diego al servicio de la Virgen de Guadalupe, diariamente barría, limpiaba y remozaba su templo. Cuando terminaba su labor, se alejaba a un lugar silencioso y rezaba, rezaba mucho. Su amor por “la más pequeña de mis hijas” fue inmenso y eterno.

De igual modo, el Nican Motecpana menciona "incontables milagros", describiendo concretamente 14 atribuidos a la intercesión de la Virgen de Guadalupe.

Diversos hechos que narra el Nican Motecpana han podido ser verificados por fuentes históricas independientes, así como por el testimonio de distintos cronistas. Documentos como los Anales de Puebla y Tlaxcala, los Anales de Catedral, el Añalejo de Bartolache o el Códice 1548 o "Escalada", coinciden al situar la muerte de Juan Diego en 1548

Mientras tanto, la Guadalupana no era tan apreciada por los españoles que la consideraban –quienes aceptaban el milagro– una virgen más de las tantas que ya había. Los españoles preferían a la virgen de Los Remedios, a quien habían entronizado en Cholula construyéndole un templo en la cúspide de las siete pirámides que marcaban por sí mismas el avance historiográfico del centro ceremonial y, en cuya cúspide se adoraba precisamente a Coatlicue, diosa de la vida y de la muerte.

En lo personal, y tomando en consideración que uno de los nombres que se le daba a ese cerro, o al menos lo que consideraron un cerro los españoles, era Machihualtépetl, que significa "cerro hecho a mano", me atrevo a pensar que el tiempo transcurrido entre la llegada de los españoles a América, y su arribo a Cholula -casi 20 años después de su desembarco en Santo Domingo- les permitió a los indígenas “tapar” su pirámide con tierra. Y se preguntarán ustedes: porqué, habiendo 365 pirámides-templo, sólo se hizo con esa? Pues porque era la principal, la pirámide dedicada a Quetzalcoatl.

Mano de obra no les faltó pues de acuerdo con quienes conocieron Cholula en el siglo XVI, esta era una gran ciudad, conocida por ser un centro de peregrinaje de importancia comparable a Roma y la Meca que contaba con 20 mil casas y 365 adoratorios.

Mañana empezaremos a analizar el resto de la imagen de la guadalupana… espero que no faltes, le dijo en franco tono de invitación el escritor a Calixto.​

 

 

Esa mañana, el Arzobispo Barrenechea, desayunando con Ricardo, comentó sobre lo sucedido el día anterior.

-Oye Ricardo, en verdad crees que al joven ese le haya mandado Calixto? Recuerda que él antes fue funcionario público… no estará relacionado aún con Gobernación?

-Pues mira mi querido Prelado, sea una cosa o sea la otra, a mí me tiene sin cuidado. Es verdad que me molesta grandemente que me espíen, pero también es verdad que no tengo nada qué ocultar, así es que ya sea por internet, interviniendo mi teléfono, o mandando orejas… los que pierden su tiempo son ellos…

-Ha sido clásico que espíen todas las actividades de la iglesia…

-A ver… dime… que conspiración existe en que un grupo de gente se reúna a escuchar mis charlas –ya populares entre la tropa– aunque versen sobre religión… no mi querido amigo, ya no son las cosas como antes. Hace treinta años te lo hubiera creído, cuando exis-tía aquella farsa de la separación iglesia-esta-do, pero ahora ya no… creo en la versión de Calixto que, aceptando su ignorancia, defendió al joven de ser detenido…

-Pues sea lo que Dios quiera… aceptó el Prelado no sin cierta preocupación. De todas formas te pido que vigiles a ambos, rogó a Julián, su padrino.

-Sí ahijado, no te preocupes… yo me encargo…

 

-Muy buenas tardes a todos… antes de analizar algunos de los eventos pro y en contra de la realidad guadalupana, quiero referirme rápidamente a algunos aspectos de la propia imagen.

Por ejemplo, lleva el cabello suelto, lo que entre los aztecas es señal de virginidad. Es Virgen y Madre. Sus manos están juntas en señal de recogimiento, en profunda oración. La derecha es más blanca y estilizada, la izquierda es morena y más llena, podrían simbolizar la unión de dos razas distintas. Su gravidez se constata por la forma aumentada del abdomen, donde se destaca una mayor prominencia vertical que transversal, corresponde a un embarazo casi en su última etapa. Representa a una joven que su edad aproximada es de 18 a 20 años. La estatura de la Virgen en el ayate es de 1 metro 43 centímetros. El cinto marca el embarazo de la Virgen. Se localiza arriba del vientre. Cae en dos extremos trapezoidales que en el mundo náhuatl representaban el fin de un ciclo y el nacimiento de una nueva era. En la imagen simboliza que con Jesucristo se inicia una nueva era tanto para el viejo como para el nuevo mundo.

La Virgen es-tá rodeada de ra-yos dorados que le forman un halo luminoso o aura. El mensaje trans-mitido es: ella es la Madre de la luz, del Sol, del Niño Sol, del Dios verdadero, ella lo hace descender hacia el centro de la luna (México en náhuatl) para que allí nazca, alumbre y dé vida.

La Virgen de Guadalupe está de pie en medio de la luna, y no es casual que la palabra México en náhuatl son “Metz – xic – co” que significan “en el centro de la luna”. También es símbolo de fecundidad, nacimiento, vida. Marca los hilos de la fertilidad femenina y terrestre.

La flor de cuatro pétalos o Nahui Ollin es el símbolo principal en la imagen de la Virgen, es el máximo símbolo náhuatl y representa la presencia de Dios, la plenitud, el centro del especio y del tiempo. En la imagen presenta a la Virgen de Guadalupe como la Madre de Dios y marca el lugar donde se encuentra Nuestro Señor Jesucristo en su vientre.

Jesús Hernández, en una investigación documental sobre la Virgen de Guadalupe, señala que es un tema muy extenso el de los exámenes artísticos y científicos que se le han hecho al ayate de Juan Diego desde el siglo inmediato a la aparición, siglo XVII, hasta los exámenes hechos en fechas recientes.

Y hace alusión a lo difícil que es, para la iglesia sobre todo, aceptar o dar por bueno un milagro –ya no se diga de una aparición mariana– y que desde tiempos de Benedicto XIV se han realizado infinidad de exámenes tanto por creyentes como por no creyentes.

Ha sido una cuestión que ha preocupado a muchos teólogos y estudiosos, por no ser fácil esa comprobación, afirma.

En casos como el de la Guadalupana, donde el milagro sólo es corolario de una Aparición, de una Mariofanía, se precisan pruebas aun más contundentes.

La Aparición Guadalupana tiene también varios elementos probatorios, de los cuales ya hemos analizado algunos. Por ejemplo, es un hecho histórico que los indígenas se resistían a convertirse al cristianismo, pero después de la fecha de la Aparición empezó una oleada de conversiones inexplicable, dada la antítesis ideológica de los indios con la predicación de los frailes. O bien milagros por intercesión de N.S. de Guadalupe, algunos de ellos reseñados en el Nican Motecpana.

El ayate de Juan Diego ha sido examinado por médicos, artistas, sacerdotes, químicos, oftalmólogos, científicos generales, fotógrafos, dibujantes, artesanos, un técnico en computación, un microbiólogo, etc., y la mayor parte de los dictámenes han sido en favor del carácter milagroso de la imagen estampada.

Pero advierte de antemano: se ha de admitir que no todos los dictámenes han sido favorables al milagro guadalupano; son mino-ría pero una minoría digna de tomar en cuenta y de sopesar con los dictámenes "a favor".

Pintores en 1666, tras sus respectivos estudios, dictaminan: Que es imposible que humanamente pueda ningún Artífice pintar y obrar cosa tan primorosa, limpia y bien formada en un lienzo tan tosco, como lo es la Tilma o Ayate en que está aquella divina y soberana Pintura de la Virgen Santísima Nuestra Señora de Guadalupe que han visto y reconocido por estar obrada con tan grandes primores y hermosura de rostro y manos, que admira y pasma a estos Declarantes, y a todos cuantos la ven = Y así mismo la disposición y partes tan bien distribuidas de su Santísimo Cuerpo y lindos trazos y Arte del ropaje, que no ha de haber pintor, por diestro que sea y muy bueno como los ha habido en esta Nueva España, que perfectamente le acierte a imitar el colorido, ni determinar si es al Temple o al óleo, la dicha Pintura, porque parece lo uno y lo otro; y no es lo que parece, porque Dios nuestro Señor solamente, sabe el secreto de esta obra y la perpetuidad de su conservación en la fortaleza y permanencia de sus lindos colores y dorado de Estrellas.

Declaran también que la pintura no tiene aparejo, es decir, que el lienzo no fue preparado previamente para pintar en él; su conclusión en resumen es que la imagen es obra de un milagro divino. Asentaron sus declaraciones bajo juramento, ante notario y con los procedimientos legales de derecho.

En 1666 –también- había en la Nueva España una comisión llamada Real Tribunal del Protomedicato, establecido por cédula real desde 1628, y que desapareció hasta 1831. Era un cuerpo integrado por los mejores médicos de la Nueva España, y sus funciones eran examinar a médicos, cirujanos, boticarios, barberos, flebotomianos, dentistas, al-gebristas, hernistas y parteras y expedir licencias después de aprobado el examen profesional; imponer castigos por ejercer la medicina sin autorización; aprobar textos para la enseñanza de la medicina y la cirugía; imprimir cartillas a sangradores y parteras; establecer cuarentenas en poblaciones afectadas por epidemias; vigilar el buen estado de conservación de alimentos y bebidas puestas al consumo público, y finalmente, velar por la salubridad y limpieza de las calles.

Esto nos da una idea de la competencia y autoridad de los Protomédicos -título que te-nían los facultativos del Tribunal- en cuestiones de Medicina y Ciencias afines. El canónigo Francisco de Siles, quien había iniciado las gestiones para recabar las Informaciones Guadalupanas, solicitó al Protomedicato que examinaran el sagrado lienzo guadalupano y que aportaran un dictamen sobre su análisis.

Hernández nos recuerda que los protomédicos que examinaron la imagen fueron el Doctor D. Luis de Cárdenas Soto, catedrático de Prima Medicina en la Real Universidad de México. El Doctor Jerónimo Ortiz, decano de la Facultad de Medicina, catedrático de Vísperas y Prima también en la Real Universidad y finalmente el Doctor Juan de Melgarejo, catedrático de Método. Todos ellos fueron invitados a examinar la imagen por D. Francisco de Siles, que ejercía la cátedra de Sagrada Teología en la Real Universidad.

La imagen fue bajada de su lugar y colocada en un altar provisional para ser examinada por los protomédicos, quienes la revisaron con atención y reverencia, fijándose atentamente en muchos detalles, ante la presencia de Siles.

Tras muchas horas de estudio, los protomédicos presentaron su dictamen final: Es inexplicable la conservación de la tela y de la imagen impresa en ella, habida cuenta de la humedad que las rodea, y del nitro corrosivo que inclusive lame los metales; declaran que por el reverso de la imagen se nota que la tela absorbió los colores de tal modo que pasan directamente, lo cual evidencia que la tela no fue preparada para pintar en ella, lo cual hace inexplicable el hecho de que la imagen sí esté ahí.

Este primer análisis científico al original guadalupano puede argumentarse insuficiente, puesto que estamos hablando de métodos y avances del siglo XVII, muy inferiores a los que ahora existen, señala Jesús Hernández.

Dando un salto de casi un siglo y ubicándonos a mediados del siglo XVIII, uno de los más importantes análisis del ayate: el de Miguel Cabrera, pintor hartamente reconocido por sus obras religiosas principalmente, después de haber sometido a profundo análisis el ayate, acusa: ...juzgo que aunque no hu-biera a favor de lo milagroso de esta pintura las indubitables circunstancias que nos la persuaden sobrenatural y milagrosamente pintada, como son la inmemorial tradición de padres a hijos sin haber variado en lo sustancial ni un ápice entre los españoles ni aun entre los indios; el juramento que hicieron el año de 1666 los más célebres médicos y protomédicos de esta ciudad a favor de la milagrosa incorrupción de la Imagen Guadalupana; el que el mismo año hicieron los mas excelentes pintores a fin de hacer patente lo milagroso de esta Pintura. Aunque faltara, digo, todo esto, sólo la vista de esta celestial maravilla eficazmente persuade, y más a los inteligentes, que toda es obra milagrosa, y que excede con clarísimas ventajas a cuanto puede llegar la mayor valentía del arte: el lienzo por sí y por lo que es pintura, es el más auténtico testimonio de el milagro, en un modo tan soberano e incomprensible, que no se puede explicar con la materialidad de nuestro estilo. Y el habernos dejado nuestra Dulcísima Madre esta milagrosa memoria, bellísimo retrato suyo, parece que fue adaptarse a el estilo o lenguaje de los indios; pues como sabemos, ellos no conocieron otras escrituras, sílabas o frases más permanentes que las expresiones simbólicas o jeroglíficas del pincel; si no es que diga (lo uno y lo otro sería) que quiso la Soberana Princesa honrar en estos Reinos el arte de la pintura, franqueándonos no en una sola, sino en cuatro especies de pinturas, repetidos los milagros que comprueban su verdad y la maternal misericordia para con todo este Nuevo Mundo, dejándonos a los pintores motivo de una santa vanidad en su peregrina pintura. Vivamos, pues, agradecidos a tan gran beneficio, no sólo por el esplendor y nobleza que de aquí resulta a la pintura sino mucho más, porque semejante favor hasta hoy a ninguna nación se ha concedido.

El trabajo de Cabrera es un clásico en la Historiografía Guadalupana, y son rarísimos los apologistas o impugnadores que no hablan de él y de su examen.

En el mismo siglo XVIII, 35 años después del examen de Cabrera, hubo un nuevo examen que pareció ser el primer análisis desfavorable al milagro, contrario a varias declaraciones clave de Cabrera y sus pintores: el análisis realizado en 1786 por D. José Ignacio Bartolache.

"Salió bellísima la copia, y exactamente arreglada, en todo y por todo, a su original de suerte que cuantos la han visto, la admiran. Y no obstante eso todavía está bien lejos de ser una copia idéntica no ya en el dibujo, sino en el modo de pintar, que ciertamente es inimitable, aunque en ello se ponga toda cuanta humana diligencia cabe"

Bartolache ya no vivió para ver confirmado su fracaso, señala Hernández: Resulta que la copia hecha por Rafael Gutiérrez fue colocada en la capilla del Pocito, protegida por cristales, el 12 de septiembre de 1789, y sin embargo, se fue deteriorando tan notablemente, que el 8 de junio de 1796 se quitó del altar de la capilla y fue guardada en la sacristía. Ya para entonces el color azul del manto estaba verdinegro, como mohoso, el dorado, empañado, varias partes de la pintura se desprendieron y hasta algunos hilos del lienzo empezaron a reventarse. Finalmente desapareció, perdiéndose su rastro.

El canónigo Conde y Oquendo calificó a Bartolache antiguadalupano, de impugnador de las apariciones, pero a principios del siglo XX, en sus respectivos estudios guadalupanos, Jesús García Gutiérrez y Primo Feliciano Velázquez coinciden en que Bartolache no fue antiaparicionista, sino solamente analítico, racional, y que si bien hay errores en su Manifiesto Satisfactorio, el Dr. Bartolache creyó en las Apariciones, defendió su historicidad -e inclusive aportó un añalejo antiguo con la noticia de las apariciones, que se cuenta entre los Documentos Históricos de la aparición-.

Para no abandonar ese siglo, en el año 1791 se vuelca accidentalmente ácido muriático en el lado superior derecho de la tela. En un lapso de 30 días, sin tratamiento alguno, se reconstituye milagrosamente el tejido dañado.

 

Sea pues esta visión sobre los primeros estudios al ayate y al milagro la cena de hoy… nos vemos mañana… No faltes Calixto!

 

 

Calixto llegó esa mañana muy temprano, cargado de varias bolsas con tamales, picadas y atole.

-Buenos días Maestra Norma, les traje unos tamalitos para desayunar… ya se habrá levantado Ricardo?

-Sí… está en su estudio… vaya a tocarle si quiere, mientras nosotros preparamos la mesa… contestó tomando las bolsas ayudada por Lucía.

Calixto se detuvo a la puerta del estudio dudando si tocar o no. Pero la llegada de Julián le sacó de sus pensamientos.

-Y ahora? Qué haces tan temprano por aquí?

-Pues, traje unos tamalitos para desayunar, porque quiero… pues… quiero disculparme con Ricardo por lo del jovencito…

-Y qué esperabas para tocar? Te dio miedo?

-No… pensaba en las palabras para decirle a mi amigo…

El sacerdote, sin decir nada, empujó la puerta y, entrando, le dijo al escritor:

-Te buscan… dicen que te trajeron tamales para que se te olvide el agravio...jejejeje…

Ricardo se levantó de su asiento y le dio la bienvenida a Calixto que se había quedado en la puerta congelado ante la presentación del cura.

-Pasa amigo, pasa… si no corté la amistad cuando creaste tu famosa secta, menos debes temer perderla por lo sucedido. Es más, ya te dije y te lo dije en serio… vente a estudiar junto conmigo el milagro guadalupano… no tienes idea de las cosas tan asombrosas con que me he encontrado…

-Mil gracias, amigo mío… te juro que a eso vine… quiero que me permitas estudiar contigo… quiero saber más de la guadalupana…

-Pues, por principio de cuentas, y si así va a estar la cosa, creo que debemos empezar por darle mate a los tamalitos, dijo soboreándose el goloso sacerdote.

-Vamos pues, dijo alegre el escritor.

 

 

-Amigos míos, varios días estuve dudando sobre tratar estudios e investigaciones sobre el milagro y el ayate mismo en forma cronológica o individualmente. Creo que hacerlo individualmente sería más práctico para todos pues de otra forma nos enredaríamos en una serie de datos cronológicos que mezclan los sucesos por sí mismos.

Así es pues que ahora veremos uno de los más asombrosos descubrimientos: los personajes encontrados en los ojos de la virgen

Como pueden comprender, son cientos de autores los que hablan sobre este sensacional descubrimiento, pero nos ha parecido la concreción de datos de Oscar Schmidt, publicados en reinadelcielo.org los de mejor comprensión y acceso.

En 1929 el fotógrafo Alfonso Marcué González descubrió una figura humana microscópica en el ojo derecho de la Virgen. Desde entonces, el misterio de esas pupilas interroga a la ciencia.

En 1956 el doctor mexicano Ja-vier Torroella Bueno hizo el primer reporte médico de los ojos de la Virgen Morena.

El resultado: se cumplían, como en cualquier ojo vivo, las leyes Purkinje-Samson, es decir, hay un triple reflejo de los objetos localizados enfrente de los ojos de la Virgen y las imágenes se distorsionan por la forma curva de sus córneas.

El mismo año, el oftalmólogo Rafael Torija Lavoignet, examinó los ojos de la Santa Imagen y confirmó la existencia de la silueta en los dos ojos de la Virgen que había descrito el dibujante Salinas Chávez.

Los ojos de la Virgen de Guadalupe constituyen uno de los grandes enigmas para la ciencia en estos momentos, como han constatado los estudios que el ingeniero José Aste Tönsmann realizó para el Centro de Estudios Guadalupanos de México. Este graduado en ingeniería en sistemas ambientales por la Universidad de Cornell, ha estudiado durante más de veinte años la imagen impresa de la Virgen en ese tosco tejido hecho con fibras de maguey de Juan Diego.

En febrero de 1979 el Dr. José Aste culminó con dos años de trabajo intensivo y descubrió lo que ha sido uno de los fenómenos inexplicables más grandes de todos los tiempos. Por computadora el Dr. Aste agranda la imagen de la pupila del ojo derecho e izquierdo en forma digitalizada, y descubre doce personas que están siendo observadas por los ojos de la Imagen de la Virgen de Guadalupe. Pero allí no termina la sorpresa, ya que al agrandar la pupila del Obispo Juan de Zumarraga otras mil veces más, o sea 1 milímetro de la imagen se agranda primero 2500 veces y luego la pupila del obispo 1000 veces más y allí aparece nuevamente la imagen del indio Juan Diego mostrando la Tilma con la Imagen de la Virgen de Guadalupe, retratada en los ojos del obispo. Dos veces se retrata la imagen: una vez en los ojos de María, y luego en los ojos del obispo retratados en los ojos de María. O sea que esta imagen se observa en el tamaño de un cuarto de micrón, que es la 1/4 parte de un millonésimo de milímetro.

Richard Kuhn, premio Nobel de Química (recordó Aste Tönsmann), hizo análisis químicos en los que se pudo constatar que la imagen no tiene colorantes naturales, ni animales ni mucho menos minerales. Dado que en aquella época no existían los colorantes sintéticos, la imagen, desde este punto de vista, es inexplicable. En 1979 los estadounidenses Philip Callahan y Jody Smith estudiaron la imagen con rayos infrarrojos y descubrieron con sorpresa que no había huella de pintura y que el tejido no había sido tratado con ningún tipo de técnica. Aste Tönsmann se pregunta, «¿Cómo es posible explicar esta imagen y su consistencia en el tiempo sin colores y con un tejido que no ha sido tratado?. Es más, ¿cómo es posible que, a pesar de que no haya pintura, los colores mantengan su luminosidad y brillantez?».

El ingeniero peruano explica que Callahan y Smith han mostrado cómo la imagen cambia ligeramente de color según el ángulo de visión, un fenómeno que se conoce con el término de iridiscencia, una técnica que no se puede reproducir con manos humanas.

Se puede individualizar a un indio sentado, que mira hacia lo alto mientras parece tener entre sus manos un instrumento musical indígena; el perfil de un hombre anciano, con la barba blanca y la cabeza con calvicie avanzada, como el retrato del obispo Juan de Zumárraga realizado por Miguel Cabrera para representar el milagro; un hombre más joven, con toda probabilidad el intérprete Juan González; un indio de rasgos marcados, con barba y bigote y un gorro típicamente indígena, que abre su propio manto ante el obispo: ¡sin dudas se trata de Juan Diego!. Una mujer de rostro oscuro, una sierva negra que estaba al servicio del obispo; un hombre de rasgos españoles que mira pensativo acariciándose la barba con la mano.

En el centro de las pupilas, además, a escala mucho más reducida se puede ver otra «escena», totalmente independiente de la primera. Se trata de una familia indígena compuesta por una mujer, un hombre, y algunos niños. En el ojo derecho, aparecen otras personas de pie detrás de la mujer.

El actual Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, Dr. Enrique Graue, fue uno de los científicos que examinaron, en su calidad de oftalmólogo de fama mundial, los ojos de la virgen en la tilma: su respuesta fue: «Examiné los ojos con oftalmoscopio de alta potencia, y pude apreciar en ellos profundidad de ojo, como al estar viendo un ojo vivo».

Hasta aquí llega la ciencia, fue la conclusión de Aste Tönsmann. Cómo se ha realizado algo así no es posible descifrarlo con métodos científicos. En definitiva, en los ojos de la imagen de la Virgen de Guadalupe está impresa una especie de instantánea de lo que sucedió en el momento en que tuvo lugar el milagro.

Frente a toda esta evidencia, la ciencia puede mostrar la realidad indiscutible presente en la Imagen, no su origen. ¡Para esto hace falta la fe!

 

En el año 1936 el Obispo de México hace analizar tres fibras del manto por el que posteriormente sería premio Nobel de Química del año 1938 y 1949, el Dr. Richard Khun (de origen judío).

Este descubrió que la pintura no tenía ningún origen vegetal, ni mineral, ni animal, ni ningún otro elemento de los 111 conocidos, por lo que dedujo que la pintura no es de origen conocido… pero para hablar de la tilma propiamente dicha, su pintura y otros exámenes realizados al milagro guadalupano, dejaremos el día de mañana… buenas noches a todos...

 

 

Calixto había cumplido su promesa. Desde temprano llegaba para estudiar, junto con Ricardo, el milagro Guadalupano. Y como el escritor, a cada encuentro su asombro crecía ante las pruebas de no sólo la realidad de una aparición, sino del asombroso milagro de la imagen misma y el ayate.

Ricardo y Julián le observaban y pronto se dieron cuenta de su sinceridad.

-Oye Ricardo, cuestionó Calixto, cuántas pruebas se le han hecho a la imagen de la guadalupana?

-Muchas… creo que superan el centenar pues en cada examen se hacen varias pruebas, pero dos cosas son las que hay que tomar en cuenta: que el ayate –cuyo proceso normal, comprobado con copias similares no tiene una vida mayor a 20 años– tiene 489 años de perfecta existencia a pesar de que los primeros estuvo prácticamente a la intemperie, mientras se construía la primer capilla propiamente dicha. Y más de cien años estuvo sin vidrio, permitiéndosele a los fieles tocar la imagen. Por cierto, no sé si algunos ustedes recuerden mi reportaje aquel sobre una virgen cuatricentenaria que encontré en Pueblo Nuevo, un pequeño poblado ubicado a la punta de uno de los cerros que con forman El Veladero, pequeña cadena montañosa que rodea la Bahía de Acapulco: tenía más de 400 años… y estaba a la intemperie! Sólo la protegía un pequeño tejado.

-Aquella a la que quisite hacerle una capilla? Preguntó Julián.

-Sí… pero esa es otra historia que ya les contaré algún día… decía que la ciencia se ha encargado de demostrar la verdad de muchos hechos, relatos y milagros, aunque los detractores siguen usando incluso los mismos estudios para “demostrar” que la Virgen de Guadalupe es una falsedad.

-Pero se dice que incluso Monseñor Shulemburg, que fuera Abad de la Basílica por muchos años, al retirarse negó rotundamente la verdad sobre el milagro guadalupano, y eso que por años explotó él mismo la caridad de la gente.

-Tú te has contestado… Shulemburg, quien ya no merece ser llamado Monseñor, traicionó no sólo su religión, sino su propia dignidad… creo que eso no necesita mayor explicación.

 

Buenas tardes a todos… gracias por venir esta tarde… hagamos un resumen rápido de lo relacionado con el ayate; decíamos que la imagen está grabada sobre un tejido de ayate hecho con fibra de maguey, parecido a la pita, sin preparar. El Padre Jorge Loring, S.J., comenta en su web http://www.mariologia.org/ que es un tejido burdo y que incluso se ve a trasluz el movimiento de un brazo, como a través del enrejado de una celosía. Es transparente a pesar de lo grueso que es el hilo, y está formado por dos partes unidas en el medio por una burda costura vertical, efectuada con un hilo de maguey.

El pintor Miguel Cabrera dice en su libro «La maravilla Americana», que la imagen está también en el revés de la tilma. Es imposible que manos humanas hayan pintado esta imagen sobre este lienzo sin prepararlo previamente con aparejo, apresto o imprimación, como se dice técnicamente.

El profesor Don Francisco Camps Ribera, de Barcelona, reconocido mundialmente como experto en técnicas pictóricas, que ha trabajado en las primeras pinacotecas de España, Italia, Francia, Bélgica, Holanda, Inglaterra, Canadá y EE.UU., después de examinar la tela, observó que no estaba preparada para pintar sobre ella y concluyó: «Ningún artista humano hubiera elegido para realizar su obra un lienzo de esta calidad sin preparación».

Tanto los científicos americanos, Smith y Callaghan, que trabajaron en la NASA americana, como el pintor Francisco Camps Ribera, en su dictamen elaborado en 1954, afirman que en la imagen de la Virgen de Guadalupe no hay huella de pincel.

El Dr. D. Ricardo Kühn, Director del Departamento de Química de la Universidad de Heidelberg (Ale-mania) y Premio Nobel de Química, analizó las fibras del ayate de Juan Diego. Su dictamen, sin conocimiento de la procedencia de las fibras, fue que no existía colorante, ni animal, ni vegetal, ni mineral, ni sintético. Se trata de un colorante desconocido.

Así pues, los estudios científicos realizados en la imagen de la Virgen de Guadalupe podían terminar con las siguientes conclusiones del Padre Jorge Loring:

1) Científicamente no se explica la conservación del ayate cuatrocientos ochenta y nueve años, pues lo normal es que no dure más de veinte.

2) Científicamente no se explica cómo no se ha deteriorado la imagen a los cuatrocientos ochenta y nueve años, de los que ciento dieciséis estuvo sin cristal y sometida al contacto de toda clase de objetos.

3) Científicamente no se explica cómo no se destruyó el ayate cuando le cayó ácido nítrico de arriba a abajo.

4) Científicamente no se explica cómo el ayate no sufrió daño alguno cuando la explosión de la bomba del 14 de noviembre de 1921, que destrozó todo lo que había cerca.

5) Científicamente no se explica la diferencia de temperatura entre el ayate y la placa metálica.

6) Científicamente no se explica que esta imagen esté realizada en un lienzo de estas características sin preparación adecuada.

7) Científicamente no se explica cómo es posible que en esta imagen no haya colorante ni animal, ni vegetal, ni mineral, ni sintético.

8) Científicamente no se explica que el ojo de la imagen tenga las características de un ojo humano vivo con el efecto Púrkinje-Sánsom.

9) Científicamente no se explica que en un ojo de siete milímetros aparezcan doce figuras humanas.

Después de todo esto parece lógico concluir que esta imagen no es de origen humano, pues no tiene explicación científica natural. Es lógico pensar en una intervención sobrenatural.

Como dijo Pío XII, esta imagen es obra de pinceles que no son de acá abajo. Humanamente no hay explicación para los interrogantes que presenta.

Ahora bien, más que interesantes resultan otros estudios que se relacionan directamente con la imagen misma, es decir, sobre su presentación y contenido.

Empezaremos por las estrellas en el manto. Son 46 estrellas que corresponden a la posición de las constelaciones en el cielo del solsticio de invierno de 1531; año de las apariciones.

Este punto, por su complejidad, porque para explicarlo quien escucha debe conocer de astrología, trataré de hacerlo lo más simple posible.

Al lado Izquierdo de la Virgen se encuentran las constelaciones del sur: cuatro estrellas que forman parte de la constelación de Ofiuco. Abajo se observa Libra y a la derecha, la que parece una punta de flecha corresponde al inicio de Escorpión. Intermedias, se pueden señalar dos: la constelación del Lobo y en el extremo la de Hidra. Hacia abajo se evidencia la Cruz del Sur, y a su izquierda aparece el cuadrado ligeramente inclinado de la constelación de Centauro. En la parte inferior, solitaria, resplandece Sirio, y al lado derecho de la Virgen se muestran las constelaciones del norte: en el hombro, un fragmento de las estrellas de la constelación de Boyero, hacia abajo a la Izquierda le sigue la constelación de la Osa Mayor en forma de una sartén. La rodean a la derecha arriba, la cabellera de Berenice, a la derecha abajo, Lebreles, a la izquierda la constelación de Dragón.

 

 

Por debajo de la constelación de la Osa Mayor, un par de estrellas de la constelación del Cochero y al oeste, hacia abajo, tres estrellas de Tauro.

El P. Mario Rojas Sánchez, como ya lo comentamos, es el descubridor de la Virgen de Guadalupe y las constelaciones. Toca al Doctor Homero Hernández Illescas auxiliarle y redondear con sus conocimientos astronómicos el resultado alcanzado entre 1981 y 1995. Luis de Guerrero Osio y Rivas, un amante de la investigación sobre nuestra religión, en su blog ha publicado algunos análisis de esos resultados. Sin olvidar en este renglón la participación del Doctor Fernando Ojeda Llanes.

En el terreno de la astronomía el Dr. Ho-mero Hernández Illescas (1935-2003) era un experto. Sus investigaciones se sustentaban en una larga trayectoria científica con numerosos reconocimientos incluyendo Officier de L´Ordre des Palmes Académiques del gobierno de Francia; y de astrónomo en el observatorio Laplace de la ciudad de México, observatorio de su propiedad registrado internacionalmente.

Lo primero fue contar. Cuarenta y seis son las estrellas del manto, pero de las 1900 visibles a simple vista en ciertos lugares del globo, a las apenas 200 en otros por contaminación luminosa de los grandes centros de población sobraban como mínimo 154. Una edición del Norton Star Atlas que comprendía sólo las más brillantes fue el principio de la solución al problema. Segundo: En caso de estar las estrellas del manto agrupadas en constelaciones así discernibles el problema se reducía a su reconocimiento. Haciendo uso del telescopio y de aparatos afines de la época, se encontraron las constelaciones, ¡pero invertidas!

Los cielos pueden verse desde la tierra, pero si vemos los cielos desde más allá, desde los confines del universo, la diferencia está en la inversión de las imágenes. La imagen misma, por la inversión de las imágenes de las constelaciones nos confirma que Ella viene de más allá de las estrellas! Veamos los resultados. Una leve deformación era de esperarse y variando según la forma de proyección. Pero la sorpresa resultó mayúscula, un verdadero certificado de autenticidad del milagro... Esta es una imagen de ejemplo:

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¡Esto rompe ya con todas las expectativas! Para Homero Hernández Illescas, hombre de fe, el asunto era sencillo: 1) Las constelaciones estaban en el cielo. 2) Las constelaciones estaban en el manto de la Virgen. 3) Un añadido más a la autenticidad de las apariciones. Asunto resuelto. Pero al seguir los pasos de la intención recordamos a Chesterton que observaba que la complejidad de una llave identificaba la singularidad de una chapa como única. Los pasos de la intención garantizan que solo un personaje queda identificado por el cielo: Santa María de Guadalupe, Reina, Madre y Señora de los mexicanos.

Pero Homero fue más allá. He aquí otro de los hechos destacados en la obra de mérito: la imagen del cometa Halley el 12 de diciembre de 1531, asunto mencionado en obras autóctonas de la época en relación con el momento de las apariciones de Santa María de Guadalupe.

Para todos aquellos que ahora buscan confirmación a las cosas en internet, quiero comentarles que hay forma de comprobar todo esto de lo que hablamos. Las tomas circulares que les presento pertenecen a Cartes du Ciel (Sky Charts, o Cartas del Cielo) programa gratuito para el que lo quiera bajar y corroborar las tomas que presentamos. El perímetro representa el horizonte, y hemos variado la dirección para dejar el este arriba, y presenciar el desfile estelar marchando en dirección nuestra desde el oriente. Lo equivalente a pararnos en México D.F. mirando hacia Veracruz. Para ver bien las imágenes que siguen tiene que hacer clic sobre ellas con el botón izquierdo del ratón. Al aparecer la imagen en ventana distinta hay que hacer clic de nuevo para ampliarla más hasta su nitidez original.

Sobre estas imágenes un clic para ventana ampliada, y otro para ver mejor los detalles.

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En la imagen de arriba vemos el momento esperado cada año por los aztecas. El momento más temido y esperado. Se cerraba un ciclo anual. El sol estaba parado en el cielo -el solsticio de invierno. Uno de ellos abriría una nueva era para la humanidad. Cuatro eras anteriores aparecían ya en la Piedra del Sol conocida también como Calendario Azteca. Estaban a la espera del Quinto Sol. Tenía que llegar el momento con Santa María de Guadalupe para que el Nuevo Sol develara su identidad gracias a Su Madre. La Virgen de Guadalupe que aparece encinta anunciando su alumbramiento días después. Y es también el momento en que se estampa la imagen en el ayate de Juan Diego ante un atónito fray Juan de Zumárraga. No lo tendremos tan precisado en el Nican Mopohua, pero concuerda la narrativa en su fijación con el inapelable y cronométrico desplegarse en el cielo.

Quien no tenga acceso a internet, o no sepa usar las aplicaciones, pida ayuda a alguno de sus hijos o nietos que, al parecer, nacieron con el chip integrado ya… nos vemos mañana…

 

 

Ahora eran tres los encerrados desde temprano en el pequeño despacho del escritor.

-Ni siquiera desayunan… dijo por lo bajo Lucía, la hermana del sacerdote.

-Deja eso… que ni ruido hacen, completó Norma.

-Pero de que ha encontrado cosas inte-rensantísimas Ricardo… las ha encontrado…

-Cierto… de que se mete en algo… se mete a profundidad… y ahora con refuerzos, pues que mejor, verdad?

-Qué dijeron? Que no han desayunado? Cuestionó Carlos llegando y metiéndose en la charla de las mujeres. De mi papá, lo creo… pero de ese curita tragón, me extraña… algo grave pasa allá dentro…

Las dos damas rieron sinceramente.

-Pues lo siento mucho pero les voy a tocar… traigo algo que decirles… y diciendo y haciendo, el muchacho tocó fuertemente a la puerta del despacho.

-Qué toquidos son esos! Exclamó Ricardo abriendo la puerta.

-Perdón… pero traigo una noticia… y urge que la sepan…

-De qué se trata? Urgió Julián.

-Huy… que sacerdote tan chismoso… aparte de tragón, chismoso… la noticia es para mi papá… no para los oídos del pueblo!

-Chamaco irrespetuoso!!! Pero ya te llegará tu hora y no te he de confesar… ya verás, contestó siguiendo la broma Julián.

-A ver… de qué se trata? Pidió Ricardo.

-Pues… me avisaron que van a traducir tus libros al inglés, alemán, croata, serbio e indostano… y te solicitan la autorización para hacerlo…

-Qué libros?

-Todos… los 38 que tiene publicados!

-Todos… vaya, pues sí que es una buena noticia… acepta en mi nombre…

-Oye… oye… y los derechos? Reclamó Julián.

-Ja… que no sabes que desde el primer libro decidí que mis obras fueran de dominio público?... Acepta hijo… acepta… que ya el simple hecho de que se ofrezcan a traducirlos es en sí un honor como escritor…

Norma, que había estado atenta a la plática, le abrazó y le dijo cariñosamente:

-Cuándo dejarás de regalar tu trabajo?

 

 

 

-Compadre! Exclamó Celerino llegando a la casa… puse a mi secretaria a bajar el programita ese que nos dijiste, y está brutal! No cabe duda de que internet es la novena maravilla del mundo!

-Que bueno que te haya gustado… y más te va a gustar sobre lo que vamos a hablar hoy…

Buenas tardes a todos… quiero que vean este dibujo...

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Este dibujo aparece repetido en la túnica de la Virgen. ¿Pero qué es? ¿Es una hoja, es una flor? Ciertamente parece vegetación, pero… El experto en todo lo referente a la Cultura Nahuatl, y el mejor que quizá haya tenido México en todo el siglo XX fue el padre Mario Rojas Sánchez. Aún así no es fácil comprender su conclusión: es un símbolo tepetl (cerro).
Recuerden que hablamos sobre que la túnica de la Virgen es un amoxtli, es decir…

-Un Códice, completó Scarlet, una de las nietas del historiador.

-Efectivamente, los tlacuilos usaban por lo general símbolos muy sencillos para tepetl, pero el P. Rojas estaba convencido de que era un cerro, al grado que buscaba ajustar las extrañas figuras a la orografía del Valle de México, un largo esfuerzo sin resultado alguno.

Pero un día, dando una conferencia sobre el ayate de Juan Diego junto con Homero Hernández Illescas, se les cayeron del proyector dos láminas transparentes. Una era un mapa de la República y la otra una imagen de la Virgen. Al agacharse a recogerlas Homero se llevó una sorpresa mayúscula, y en vez de levantarlas del piso le gritaba al Padre: ¡Venga a ver esto!

Lo que no concordaba con la orografía del Valle concordó, milagrosamente, ¡con la orografía de la república!

Les voy a mostrar dos láminas, en la primera se ven las partes del vestido, sombreadas en negro, que concordaron con el mapa de la República. La sorpresa fue mayúscula, cuando notaron que hasta las mangas blancas de la blusa coincidían con la nívea blancura del Popocatepetl y el Iztacihuatl, los dos volcanes que enmarcan la ruta que siguió Cortés; el famoso Paso de Cortés.

Más sorprendente fue para ellos la posición de la imagen que quedaba con la cabeza en el Golfo de México y los pies cerca de la orilla del Océano Pacífico. En la segunda lámina se ve la imagen sobrepuesta de la Virgen al mapa de nuestra república.

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True True (``````````` (``````````` 0 296 3023424 2146631 clip_image024.jpg En esta segunda lámina podemos observar como los dibujos ajustan sobre macizos montañosos. Los macizos, o agrupación de un gran número de tepetls, dan ya sentido a la intuición del Pbro. Rojas cuando observamos los bordes de lo que nos parecían hojas y pueden admitirse como un gran número de cerros es su forma más sencilla y que colorearon en verde arriba.

Luis de Guerrero nos señala que mucho tiempo después se recordaría que los planos medievales estaban "norteados" al este, al igual que los planos autóctonos; los europeos por razón de Jerusalén y el Calvario ponían el este arriba; y los pueblos indígenas por razón del sol. Ambos por razones religiosas coincidían en dar el encabezado al este. La navegación, la Estrella Polar y la brújula darían, por razones prácticas, un giro de 90º a los mapas actuales. Pero de momento lo único que podría resolver esta etapa en definitiva sería encontrar una concordancia entre las estrellas del manto y los cielos de Anáhuac. Se iniciaba una segunda y difícil etapa de investigación, pero lo que había ajustado milagrosamente daba lugar a confiar que habría cuantos milagros fuesen necesarios.

¡La imagen había concordado la orografía de la República con las constelaciones del cielo como un conjunto de instrucciones a seguir con absoluta exactitud!

Uno solo es el retrato que María Santísima ha dejado entre los hombres. Ella, la de las muchas apariciones ha dejado una sola imagen suya, como una es la Sábana Santa con la imagen de la Pasión. La razón puede ser muy sencilla: Ni en la Salette, ni en Lourdes, ni en Fátima tuvieron sus mensajes una riqueza de contenido que así lo reclamara, y que solo se ha dado en las dos imágenes sobrenaturales. Uno solo es su retrato, y nos obliga a preguntar ¿porqué no se ha seguido en esto el ejemplo puesto con la Sábana Santa de tomar el verdadero rostro de Jesucristo para todas sus imágenes, y aplicarlo en este caso a todas las imágenes de la Santísima Virgen?

La razón parece obvia: sus apariciones han sido tantas desde la de la Virgen del Pilar a Santiago que modificarlas todas tendría una enorme oposición. Pero la singularidad y grandeza de la Santísima Virgen requiere precisarse y difundirse cada vez más. Y esta es razón suficiente para interesarnos en lo que nos informan los grandes videntes. Y así, decenas de exámenes más se han aplicado a la tilma y a la imagen… y todos los que les han tildado de falsos se han tenido que doblar y callar ante las evidencias, ahora sí, científicas, que demuestran la verdad irrefutable de un milagro.

Por otro lado, la fe, la fe misma ha rendido sus frutos y son millones de seres humanos los que adoran a la guadalupana, aquella que, como dice Alfonso Junco en el tomo IV del “Año Cristiano”.… la Madre y Patrona de Méjico es también, por viva instancia de los países indoibéricos que el santo Pío X sancionó en 1910, Madre y Patrona de toda la América hispana. Pío XI, en 1935, incluye en el patronato a las islas Filipinas, hondamente vinculadas con el mundo español, y en 1954 Pío XII la proclama a boca llena Emperatriz de América, sin contar repercusiones impensadas y sorprendentes en el corazón de los Estados Unidos, de Francia, y de otros países ilustres- en 1950 la vieja madre de la estirpe, al coronar espléndidamente en Madrid a nuestra Virgen de Guadalupe, coronó espléndidamente el ciclo de esa expansión providencial. El sentido histórico del mensaje cobró así su plenitud… nos vemos mañana para culminar esta charla tan hermosa...

 

 

-Cómo te sientes con lo realizado hasta hoy? Cuestionó Julián, el viejo sacerdote, a Ricardo.

-Bien… creo que ya tengo material suficiente para el libro… y mi fe se ha cimentado mayormente… eso ni duda cabe...

-Pues qué bueno… y con qué vas a terminar? Preguntó curioso Calixto.

-Con algunos milagros famosos y la explosión de fe…

-Hoy estará Monseñor en el cierre… dijo con timidez el sacerdote.

-Bien… que bueno, dijo con cierta sorna Ricardo… a ver si así aprende algo… jejejeje…

 

Los milagros de la Guadalupana se cuentan por millones. Yo creo que a cada uno de sus hijos le ha concedido uno, chico o grande, pero siempre ha atendido sus ruegos.

Yo mismo puedo decir que me concedió y no uno, sino varios a lo largo de mi vida. Así es que, ahora, cerraremos esta charla pidiéndole a Monseñor Barrenechea –que hoy nos acompaña– sea quien nos dirija algunas palabras sobre la morenita del Tepeyac…

-Gracias querido amigo… creo que aquel que tiene una certeza absoluta sobre lo que dice es nuestro Sumo Pontífice, el Papa Francisco. Quiero usar sus propias palabras para dar el mensaje que me pide Ricardo. Un día antes del pasado 12 de diciembre, Su Santidad dijo:

Mañana es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de toda América. Con esta ocasión, deseo saludar a los hermanos y hermanas de ese Continente, y lo hago pensando en la Virgen de Tepeyac.

Cuando se apareció a San Juan Diego, su rostro era el de una mujer mestiza y sus vestidos estaban llenos de símbolos de la cultura indígena. Siguiendo el ejemplo de Jesús, María se hace cercana a sus hijos, acompaña como madre solícita su camino, comparte las alegrías y las esperanzas, los sufrimientos y las angustias del Pueblo de Dios, del que están llamados a formar parte todos los pueblos de la tierra.

La aparición de la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego fue un signo profético de un abrazo, el abrazo de María a todos los habitantes de las vastas tierras americanas, a los que ya estaban allí y a los que llegarían después.

Este abrazo de María señaló el camino que siempre ha caracterizado a América: ser una tierra donde pueden convivir pueblos diferentes, una tierra capaz de respetar la vida humana en todas sus fases, desde el seno materno hasta la vejez, capaz de acoger a los emigrantes, así como a los pueblos y a los pobres y marginados de todas las épocas. América es una tierra generosa.

Éste es el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, y éste es también mi mensaje, el mensaje de la Iglesia. Animo a todos los habitantes del Continente americano a tener los brazos abiertos como la Virgen María, con amor y con ternura.

Pido por todos ustedes, queridos hermanos y hermanas de toda América, y también ustedes recen por mí. Que la alegría del Evangelio esté siempre en sus corazones. El Señor los bendiga y la Virgen los acompañe.

Así yo les bendigo y pido a Dios que les acompañe… muchas gracias.

El aplauso al Arzobispo no se hizo esperar. Era un hombre querido por su grey.

-El día 26 de Diciembre de 1531, pocos días después del milagro, iba un grupo transportando la tilma al cerro del Tepeyac, dijo Ricardo retomando la palabra. En la misma iban muchos indios festejando, como era la costumbre de los chichimecas, jugando con los arcos y las flechas y danzando. A uno de ellos se le disparó accidentalmente una flecha, con tan mala suerte que atravesó la garganta de un indio que iba caminado acompañando el manto. El mismo murió en el acto en que la flecha le atravesó la yugular.

Luego de haberle extraído la flecha delante mismo del manto, el indio revivió y sólo le quedo la cicatriz hasta el día en que murió. A raíz de este impresionante hecho nueve millones de indios se convirtieron al cristianismo.

El día 14 de noviembre de 1921 el pedrero Luciano Pérez, un español anarquista, depositó un arreglo de flores al lado de la Tilma de Juan Diego.

Entre ellas había colocado una carga de dinamita que destruyó todo alrededor, mas la Tilma no sufrió absolutamente ningún daño.

El 7 de mayo de 1979 los científicos Jody Brand Smith, profesor de estética y de filosofía en el Pensacola College, y Phillip Serna Callahan, biofísico de la Universidad de Florida y especialista en pintura y miembros de la NASA, analizan la tilma sin encontrar pintura en el original de la imagen. Prueban que no es fotografía pues no ha se ha impresionado al tejido. También descubren que la tilma conserva sin ninguna explicación la temperatura del cuerpo humano, de alrededor de 36,6 a 37º. Al acercarse a ver la tela a menos de 10 centímetros, no se ve nada más que las fibras del manto, los colores ya no son visibles, desaparecen. Es imprescindible alejarse para ver la imagen de María. Los científicos de la NASA descubren también que al pasar un rayo láser por la tela, colocándola de costado, el mismo pasa sin tocar la pintura ni la tela. De este modo comprueban que la pintura está suspendida en el aire, por tres décimas de milímetros, o sea que la misma no está pegada en el manto, sino tan sólo suspendida en el aire.

¡Suspendida en el aire, sobre la tela de fibra de maguey, pero sin tocarla!

También un ginecólogo, al colocar el estetoscopio debajo de la cinta de armiño donde se ve que la Virgen se encuentra encinta, se da cuenta que siente ruidos de latidos rítmicos. Los cuenta y se lleva la sorpresa de que son de 115 a 120 pulsos en un minuto, que vienen a ser los latidos del corazón del Niño Jesús, y corresponden en dicha cantidad a los de un niño real.

¿Qué más debe hacer Dios para convencernos de la Presencia tangible del mundo sobrenatural frente a nosotros?. Estos llamados a la fe son tan rotundos, tan contundentes, que sorprende que el mundo siga su curso como si nada ocurriese. ¡Despertemos!. ¿Qué acto de Dios falta para que nos decidamos a poner nuestros ojos EL?

Pero si alguien estuvo a sus pies, con la sinceridad a flor de labio hablando en nombre de nuestro pueblo, aún siendo extranjero pero plenamente identificado con América Latina, fue Juan Pablo II, que al pie de su altar dijese:

Y desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México. No menor ha sido tu presencia en otras partes, donde tus hijos te invocan con tiernos nombres, como Nuestra Señora de la Altagracia, de la Aparecida, de Luján y tantos otros no menos entrañables, para no hacer una lista interminable, con los que en cada nación y aun en cada zona los pueblos latinoamericanos te expresan su devoción más profunda y Tú les proteges en su peregrinar de fe.

El Papa –que proviene de un país en el que tus imágenes, especialmente una: la de Jasna Góra, son también signo de tu presencia en la vida de la nación, en su azarosa historia– es particularmente sensible a este signo de tu presencia aquí, en la vida del Pueblo de Dios en México, en su historia, también ella no fácil y a veces hasta dramática. Pero estás igualmente presente en la vida de tantos otros pueblos y naciones de América Latina, presidiendo y guiando no sólo su pasado remoto o reciente, sino también el momento actual, con sus incertidumbres y sombras. Este Papa percibe en lo hondo de su corazón los vínculos particulares que te unen a Ti con este pueblo y a este pueblo contigo. Este pueblo, que afectuosamente te llama “ la Morenita ”. Este pueblo –e indirectamente todo este inmenso continente– vive su unidad espiritual gracias al hecho de que Tú eres la Madre. Una Madre que, con su amor, crea, conserva, acrecienta espacios de cercanía entre sus hijos. ¡Salve, Madre de México! ¡Madre de América Latina!

Quisiera terminar con la oración que el propio Juan Palo II dedica a la virgen de Guadalupe, para la cual les pido ponerse de pie:

¡Oh Virgen de Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de Iglesia! Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo;
escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.

Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.

Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra. Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo a su Iglesia: No nos sueltes de tu mano amorosa.

Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, te pedimos por todos los Obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos
de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.

Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe y celosos dispensadores de los misterios de Dios.

Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios.

Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén muy unidas, y bendice a la educación de nuestros hijos.

Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestra culpas
y pecados en el sacramento de la Penitencia,
que trae sosiego al alma.

Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos sacramentos, que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.

Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres de mal y de odios, podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

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VALERIANO ANTONIO.-(1520-1605), NICAN MOPOHUA.-

 

 


Este libro,

registrado con el No. 460 dentro del

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se terminó de imprimir
el día 15 de Abril del 2020.

 

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