DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA          

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DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA

Beto Barney, el Señor de la Noche

Obras del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

La Academia Latinoamericana de Literatura Moderna

dentro de su Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericanos,

con su Programa Editorial Sagitario

 

Dentro de la Serie del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

PERSONAJES DE MIS RECUERDOS

 

presentan:

BETO BARNEY

EL SEÑOR DE LA NOCHE

 

La vida del hombre que lanzara a la internacionalidad al puerto más hermoso del mundo: Acapulco. Beto Barney y su famoso Bum-Bum no sólo dejaron huella en México, sino en los corazones de infinidad de personajes del Jet Set internacional.

Una obra del Dr.

FCO. XAVIER RAMIREZ S.

 

 Este libro, con registro 144 en el Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericanos, se terminó de imprimir el día 23 de diciembre del 2004, bajo el sistema POD y con un tiro inicial de 500 ejemplares.

Todos los derechos reservados conforme a las leyes mexicanas y las correspondientes internacionales. Se prohíbe su copia, reproducción y distribución por cualquier medio sin permiso expreso del autor o sus editores.

Derechos de Edición: Academia Mexicana de Literatura Moderna y/o Editorial Sagitario 2004

 

A Norma, mi esposa,

por su invaluable apoyo en mis locuras.

 

A mis hijos: Nizarindani, Norma,

Ricardo, Carlos y Jazmín,

por su inspiración divina.

 

A Ramón y Angie Luján,

por creer en mí.

 

A los hombres y mujeres del mundo

que luchan por un ideal, sin quebrantarse!

  

INTRODUCCIÓN

 

Acapulco, a más de ser el puerto más maravilloso del mundo, es un lugar que  se guarda en el corazón de millones de seres a todo lo largo y ancho de nuestro planeta.

Paradisiaco por excelencia, es inicialmente descubierto por los conquistadores de México que le destinan a servir de astillero para la construcción de las naves españolas, y más tarde convertirlo en la puerta al oriente, siendo el puerto sede de la Nao de China, esas embarcaciones que, sorteando mil y un aventuras, traían a la Nueva España los más preciados tesoros de la época, tanto así que despertaron la codicia de los piratas, principalmente ingleses, franceses y holandeses, obligando a la corona española a construir el Fuerte de San Diego, una de las actuales joyas coloniales asombro del turismo. 

El comercio que originó la Nao de China fue tal que, en esa época, corrieron ríos de oro y la población recibía a lo más granado de la sociedad novohispana, por períodos que oscilaban entre los dos y tres meses, haciéndolos partícipes de una fiesta de igual duración en la que lo mismo había diversión que negocios.

Fue la primer época de grandeza acapulqueña, 250 años que dejan un cúmulo de personajes destacados, grabando su nombre entre las rocas costeras de la historia.

La apertura de nuevas rutas marítimas y poco después los brotes independentistas, que culminaron con la total separación del México actual de la corona ibérica, arrojaron a Acapulco en el ostracismo por más de dos siglos.

Es hasta los cuarentas del siglo XX cuando Acapulco es nuevamente “descubierto”, sólo que ahora por otro tipo de extranjeros: celebridades que buscaban rincones pacíficos, bellos y de feliz encuentro con la naturaleza, atributos de los que indiscutiblemente nuestro puerto goza, para alejarse del ajetreo mundano de las grandes ciudades del orbe.

La nueva época, que fuera remarcada con los dorados 50’s y parte de los 60’s, cobijó a muchos personajes; unos llegados y asentados, atraídos por su infinita belleza; otros nacidos y criados entre sus palmeras, arrullados por sus olas y portadores de un sentido de hospitalidad incomparable.

Entre todos ellos, los de la primera época, los de la segunda, los que aún permanecen, e incluso entre los que destacaron en el inter, existen muchos personajes inolvidables.

Y así, como en Acapulco, hay personajes del recuerdo en cada rincón de México. Ya un historiador que deja su vida entre libracos, códices y mapas, para legar a las generaciones venideras la profundidad de sus raíces; ya una mujer que aprende a luchar con la vida y se enfrenta con tesón al destino, destacando finalmente como próspera empresaria; ya el médico dedicado que entrega su tiempo completo a la curación de dolorosa enfermedad, o acaso el maestro que, motivo de risa entre sus alumnos por sus gruesos espejuelos, no permite que la estrechez haga mella en su ferviente vocación docente.

Editorial Sagitario pretende, modestamente, hacer un homenaje a esos personajes del recuerdo -que por desgracia se diluyen en la historia al paso del tiempo- reviviendo sus proezas, luchas, sufrimientos y esfuerzos, creando la serie editorial que lleva, muy a propósito, ese nombre: Personajes de Mis Recuerdos, que no se conformará con registrar a aquellos que vivieron, gozaron o impulsaron Acapulco, incluyendo también a todo aquel que en cualquier rincón del ámbito nacional lo merezca.

Personajes de Mis Recuerdos se inicia, sin órdenes cronológicos o de importancia jerárquica social, económica o política, con la biografía de Beto Barney, el impulsor de la diversión nocturna en los cincuentas y sesentas, el “cabaretero decente” que pudo hacer de las noches de cabaret una sana diversión familiar con espectáculos que alcanzaron fama mundial y contribuyeron rotundamente al esplendor de Acapulco.

Es este el primer tomo de una serie, que no llevará otro orden que el que la misma labor de investigación del historiador Francisco Xavier Ramírez Sánchez encuentre en la culminación de ese arduo trabajo. Incluirá personajes inolvidables que van desde Alexander Von Humboldt, científico, aventurero y primer cronista sin título de Acapulco, hasta Susana B. Chávez Paulsen, impulsora de la cocina mexicana, Chef internacional y empresaria tapatía exitosa, pasando por la entrega y sacrificio de algunos mentores y precursores de la medicina como los doctores Marco Antonio Terán Porcayo y Jorge García Leal, sin olvidar a otros como Teddy Stauffer y Johnny Weissmuller, figuras estelares y fulgurantes de la época de oro del puerto; la encantadora Juanita Villarreal, el rebelde Pancho Bayona, el emprendedor Ramón Luján y su activísima Angie, cuatro pilares del impulso turístico acapulqueño, o Humberto Ochoa Campos, precursor del diarismo en Guerrero, y Margot Rosenzweig, prolífica escritora, pintora y poetisa, que lleva sesenta años de servicio social paliando el padecer de los niños porteños. En fin, todos aquellos que dejan, por su sacrificio y empeño, grabada una imagen inolvidable.

Sirva este esfuerzo editorial por rescatar algunos jirones de nuestra historia, para que se despierte entre nuestra gente el amor por sus raíces, perdido lenta pero inexorablemente, y el afán de otros por contribuir con sus propia participación a mantener viva la llama de esplendor que rodea a nuestro Acapulco, tintilante, pero viva aún.

                                                          

                                       Editorial Sagitario

 

PRÓLOGO

 

Hay acaso quien no ame a Acapulco? Creo que aún aquellos que no le conocen más que por imágenes proyectadas en alguna de las muchas películas realizadas, tomándole como tema o simplemente como escenario, le aman secretamente.

Quién no ha vivido, en la realidad o en sueños, un tormentoso romance bajo su esplendoroso cielo, sea acompañado por el cobijante sol o el cintilar de las estrellas, y sentido el cosquilleante deseo de plasmar algunos versos a la orilla de su maravilloso mar?

Quién, que escuche la palabra Acapulco, no piensa en la refrescante sombra de una palmera, el delicado sabor de un coco con ginebra, o tiembla ante el recuerdo de una noche de placer quizá ya en el pasado?

Acapulco es vida! Una vida desbordante que, ingratamente, ha lanzado al arcón del olvido el romanticismo, el recuerdo épico –que  bien debe puntualizarse más como lucha que batalla- y los esfuerzos de sus hombres y mujeres por llevarlo hasta el lugar que, indiscutiblemente, aún conserva en el plano mundial.

Cuántas proezas se han dejado atrás! Cuántas aventuras ya no se recuerdan!

Cuántas cosas hace a un lado la historia que son, quizás por su aparente pequeñez, intranscendentes en la inmensa construcción de esa grandeza!

Son, si acaso, los viejitos de la banca del zócalo porteño algunos de los únicos que aún tienen memoria de esos pequeños grandes detalles, con la cruel realidad de que ellos mismos, siendo ya historia, pasarán al olvido algún tiempo después de que muera el último de ellos.

Es nuestra responsabilidad no permitir que el esfuerzo de quienes han creado Acapulco se olvide. Es obligación, de quienes amamos a Acapulco, rescatar esas vidas para ejemplo de las futuras generaciones.

Es hablar del Acapulco tras bambalinas, es hacerle ver al mundo que Acapulco no es sólo sol, mar, arena, mujeres bonitas y licor, destrampe y noches de pasión prohibida. Es demostrar que tras cada copa, servida en el mullido diván, tras cada plato de exquisitez infinita, existe el esfuerzo de miles de hombres y mujeres que luchan por servir con amor, y sufren al igual que todos los que vienen a olvidar el sufrimiento. Es abrir el corazón del hombre al sentimiento humano, sea para ejemplo, sea para satisfacción del que disfruta, sea para el recuerdo de quienes le vieron luchar con denuedo.

Tal es el propósito de esta serie en la que intentaremos rescatar la vida de esos Personajes de Mis Recuerdos que hicieron, piedra a piedra, paso a paso, el Acapulco y el México que ahora disfrutamos. Intentaremos, digo, porque ya es harto difícil rascar en la historia, de vivos o muertos, para hablar de vida y muerte. Pero, que no sea la muerte la que acabe con la vida de esos Personajes de Mis Recuerdos!.

 

                                       Vale!

 

                      Dr. Fco. Xavier Ramírez Sánchez

                                      

EL HOMBRE

 

El hombre estaba sentado, con la pasividad que da el haber sido alguien. Con esa serenidad en el rostro que sólo se adquiere con el paso de los años, y tras una vida plena de satisfacciones arrojadas como respuesta del trabajo arduo, responsable, tenaz.

Su mujer, sentada a un lado, sonreía henchida de orgullo. Le miraba con respeto y admiración. Se respiraba un ambiente de paz y tranquilidad en ese hogar, ahora ocupado tan sólo por la pareja de viejos amables y cariñosos.

A cada recuerdo, el rostro de ambos se transformaba, ya fuera dibujando una sonrisa a la remembranza placentera, ya frunciendo el entrecejo ante la evocación ingrata, ya entrando en aclaraciones pertinentes, motivadas por la borrosa memoria del detalle que puntualiza el momento.

El hombre se sentía incómodo. A quién crees que le importe ya lo sucedido en aquellos años? -decía sin falsa modestia ante la propuesta de hacer su biografía- fue tiempo pasado… ahora soy como cualquier otro… los años de oropel ya se olvidaron. Mucha gente que me conoce ahora, ni siquiera sabe del BUM BUM o recuerda esas fabulosas noches de espectáculo cabaretero a las que, eso sí, con mucho orgullo lo digo, podía entrar cualquiera con su familia. Para ellos, ahora, soy un compañero más de trabajo. Aunque, déjame aclararte, siempre fui un compañero, un hombre común y corriente, nunca me sentí grande porque en ese entonces no era grande, es más lo que se dice…

Y es verdad. La grandeza de Beto Barney la dio la historia, el tiempo, el recuerdo. También es verdad que Beto Barney fue “un cabaretero decente”, tanto que, en una ocasión, se atrevió a detener en la puerta del famoso BUM BUM Club Caníbal, el centro nocturno de Acapulco que más fama internacional llegara a cobrar en toda la historia del puerto, a un alto personaje de la política local que venía acompañado de dos mujeres de la vida galante.

-Perdóname, pero no puedo dejarte pasar acompañado de estas dos damas… dijo Beto con amabilidad, pero con energía.

-Oye Beto… qué pasa? Si yo he venido a tu cabaret con mi familia y nunca has puesto peros… protestó el encumbrado funcionario.

-Precisamente por eso… este es un cabaret al que puedes venir con tu familia, sin la preocupación de enfrentarte a una espectáculo bochornoso que les avergüence o te haga quedar mal con ellos. Te suplico que te retires…

El hombre sacó su pistola para amedrentar a Beto, pero éste se mantuvo firme, a pesar de todo. Finalmente, contra lo que pudiera esperarse, el gran personaje se retiró.

Beto Barney tenía el temor de que hubiese represalias, pero no, el hombre reconoció que Beto tenía razón y regresó, pero a disfrutar del ambiente familiar que hizo famoso no sólo a ese cabaret de Barney, sino a muchos otros abiertos y promovidos por él a lo largo de su trayectoria como promotor de espectáculos.

Pero la historia de un hombre vale no por lo que hizo, así, a secas, sino por la trascendencia de esos actos. A algunos, como Beto, la fama les llega en el momento mismo de los sucesos; a otros, el aplauso y el reconocimiento se les niega incluso en vida... y sin embargo trascienden.

Algunos historiadores aconsejan, en el caso de las biografías, por ejemplo, que se escriban tras la muerte del biografiado. Un homenaje póstumo digno indudablemente, pero siempre es mejor el reconocimiento en vida, como dijera aquella nuestra poesía: En vida, hermano... en vida!

 

Conocí a Alberto Barney Catalán hace poco menos de veinte años, muy cercano -ahora lo sé- a su regreso al puerto y cuando luchaba por revivir al Acapulco Tradicional. Nuestra amistad se incrementó ya como funcionario de una paramunicipal encargada de la dotación de agua potable al puerto de Acapulco.

Si bien es cierto que Ramón Luján inspira la creación de Personalidades Contemporáneas, una de mis primeras obras importantes que contenía la semblanza biográfica de 237 acapulqueños distinguidos, es Beto Barney el que inspira esta serie de Personajes de Mis Recuerdos.

La primera fue seca, casi árida literariamente hablando, a pesar de su extensión. Personajes de Mis Recuerdos es más coloquial, más íntima, ya no es una semblanza, sino el meterse muy adentro de la vida de esos personajes, conocer sus sueños, sus anhelos, sus sufrimientos y, obviamente, sus recuerdos mezclados con los nuestros.

La camaradería y respeto de Beto Barney abren el corazón de cualquiera, cuantimás si su esposa es una de las mujeres que más admiramos por su sencillez y amabilidad.

Ambos, forman parte de ese maravilloso recuerdo que brota al evocar el México de antaño; los dos fueron, en su medida y medio, hacedores de la historia nacional y acapulqueña.

El, impulsor de novedosos conceptos empresariales que marcaron toda una época en el surgimiento turístico de Acapulco y que, curiosamente, ninguno ha podido igualar.

Ella, estrella rutilante del firmamento artístico de México y una de las cantantes más populares de la época del Rock.

A su solo nombre, Ma. Eugenia Rubio, surgen de la mente la notas alegres de Mi Banco de Escuela, uno de sus éxitos más rotundos.

Cada cual tiene los méritos suficientes para convertirse en un Personaje de Mis Recuerdos. A El está dedicada esta obra; a Ella, le llegará su momento.

La historia de Beto Barney es conmovedora y emocionante, como aquellas películas de aventuras en las que el galán hace de las suyas hasta que cae rendido en brazos de su amada. Es la clásica historia del hombre que viene de abajo, se crece a la adversidad para alcanzar el éxito, y saborea las mieles de la prosperidad. Tan peliculesca es su vida, que cuando terminábamos esta biografía ya le habían presentado una propuesta para llevarla a la pantalla grande.

Su nacimiento mismo es antecedente de la agitada vida que habría de llevar y de la suerte que siempre le acompañaría.

Hijo de un militar, José Alberto Barney Gómez, originario de Colima, al que por razones obvias cambiaban de residencia constantemente debido a su cargo de Ministerio Público Militar, Beto Barney nace sietemesino y por accidente en la ciudad de Puebla, durante un viaje en el que sus padres se trasladaban al puerto de Veracruz el 13 de junio de 1927.

Su madre, Doña María Elena Catalán, originaria del Estado de Guerrero, manifestó su muy válido deseo de registrarle en su amado Chilpancingo, la capital guerrerense, un mes después.

Sus primeros años, por lo antes citado y junto con la familia, los pasa viajando entre Chilpancingo, México, Manzanillo y la misma Colima, soportando los temblores de los 30`s, hasta que se asienta en Chilpancingo cuando su padre, el Coronel Barney es nombrado Jefe de Ayudantes del Gobernador del Estado de Guerrero, Rafael Catalán Calvo.

Ingresa a la Escuela Pública Lauro Aguirre, en donde realiza sus estudios de primaria. En el Colegio del Estado cursa los secundarios, integrados entonces a la profesional, que forjan lentamente el carácter sobrio, amable y cordial del joven estudiante, quien muestra ya un inconmensurable don de gentes. 

Chilpancingo era, para ese entonces, un nido coloquial enclavado en la Sierra Madre en el que todos se conocían, eran parientes, o al menos amigos y asociados. El noventa por ciento de quienes trabajaban lo hacían para la burocracia, pues con todo y lo pequeño, Chilpancingo era el centro sociopolítico del Estado de Guerrero.

Cuando rayaba los trece años, su padre es nombrado nuevamente Agente del Ministerio Público Militar, esta vez en Acapulco, por lo que la familia se traslada a ese hermoso puerto. 

Beto se queda solo en Chilpo, como se conoce coloquialmente a la capital de esa bella entidad suriana, con el objeto de continuar sus estudios, aunque vive en la casa de sus abuelos maternos, Adalberto Catalán, un hombre de amplia reputación dedicado al comercio, y Guadalupe Guevara, que llevaba la pesada carga del hogar. 

Inquieto de siempre, combina sus estudios con algunos empleos de capricho, como él mismo les llama, pues aunque no tiene precisamente la necesidad de mantenerse, sí encuentra en ello una satisfacción personal muy loable.

El General Gerardo Rafael Catalán Calvo, a la sazón gobernador de Guerrero, y tío suyo, le dispensaba un especial cariño, por lo que no repara en darle el puesto de Agente de Tránsito a tan temprana edad; su faz reflejaba la juventud propia de sus años, pero su corpulencia le ayudaba a verse mayor. Era un joven con prestancia y que se hacía respetar por los entonces escasos conductores de la capital suriana.

Me sentía hombre con el uniforme -dice en son de broma- yo admiraba a mi padre cuando le veía uniformado, se veía imponente. Quizá por eso me gustó el uniforme a esa edad.

Bueno, te diré, le respetaban por tres razones fundamentales: por su simpatía, por la  seriedad que aplicaba al ejercicio de su función pública, pero también porque sabían que era el sobrino del gobernador, dice jocoso un viejo vecino que recuerda esas juventudes.

Al empleo de agente de tránsito le siguen los de policía fiscal, aunque ya sin uniforme, comisionado al retén carretero que había a la salida de Chilpancingo y donde revisaba que los transportes hubiesen pagado sus impuestos; como archivista en el Archivo del Estado en donde se llenaba de polvo manejando los archivos que guardan la historia del estado, y de actuario -copiando las actas- en el Registro Público de la Propiedad.

En todos y cada uno de ellos dejó una imagen de responsabilidad y entrega.

Beto ingresa al Colegio del Estado para estudiar la carrera de Contador Público, graduándose en 1945, año en que se muda a Acapulco para reunirse con su familia, conformada por sus padres y cinco hermanos: Blanca, Jorge, Guillermina, María Elena y Teresa.

De esta época data la amistad con tres personajes que se mantendrá toda la vida, cuyas vidas se cruzarán algunas ocasiones, pero en la que cada cual camina su propia ruta: Jorge Soberón Acevedo, Alfonso Benitez y Alejandro Cervantes Delgado.

Ya radicado en el puerto más hermoso del mundo, realiza algunos cursos especiales en el Instituto Bancario y Comercial que le sirven de base para trabajar un año en el Banco del Sur, y más tarde en Hacienda, pero… no le satisface. Son otros sus derroteros y busca la forma de encontrarlos.

Esta posición no es muy del agrado de familiares y amigos. En esa época, la tradición marcaba que en Guerrero, aquellos que se consideraban la “gente decente”, trabajaban para el gobierno. Chilpancingo mismo, presumía de que dos terceras partes de su población eran burócratas, así es que hay que imaginar los comentarios.

Cuando trabajaba en el Registro Público de la Propiedad se dio cuenta del potencial de Acapulco: palmeras, cocos, playas, un futuro  seguramente prometedor en el que él debía tomar parte.

Beto Barney es un hombre responsable, serio, aunque de sonrisa fácil y franca. Sabe hacer amistades y convive con la misma camaradería que, años después, le haría famoso.

En determinado momento, se decide. Contraviniendo las normas de una sociedad tradicionalista y de rancio arraigo, de la cual sus padres formaban parte, pero sin distanciarse de ellos, guarda los estudios en la alforja del veremos y trabaja lo mismo de mesero que de cantinero. Lo importante era saber más sobre ese fascinante ambiente del turismo.

En él, se mueve como pez en el agua. Le gusta. Sabe que ese es, definitivamente, su destino.

El tiempo le lleva a trabajar como Cajero General al Hotel Casablanca en 1946. Es ahí en donde encuentra el parteaguas de su vida. Nace en él el gusanito por conocer todo sobre el turismo.

Trabajando en el Beach Comber, Alfredo  Blumenthal, judío llegado de los Estados Unidos y propietario del Casablanca, inyecta en él la idea de ser empresario. Por principio de cuentas, le da la concesión de la fotografía en los restaurantes y centros nocturnos de ahí mismo.

Yo no sabía nada de fotografía -dice Beto- pero mi hermano sí, y nos dedicamos a tomar fotografías... que caray!

La tarea le enseña un distintivo nuevo: el ahorro. El arrojado jovenzuelo, inmerso en un mar de diversión en el que las mujeres, el licor y la aventura son factores predilectos, navega sin temores y mucha visión. Guarda sus quintos, como les llama orgulloso, y va formándose un pequeño capital.

Observaba lo que se hacía bien y lo que se hacía mal; distinguía uno de lo otro, y me propuse no repetir jamás aquello que se hacía mal, recuerda al querer justificar esa visión empresarial que le llevaría al éxito prontamente.

Más adelante, Blumenthal le nombra Gerente del Beach Comber y se desata en Beto Barney la inventiva. Crea, entre otras muchas ideas, la carrera de tortugas en la alberca, una de sus primeras actividades que no sólo cobrara fama internacional, sino que por muchos años fuese diversión obligada en todos los hoteles y clubes de playa en los destinos turísticos nacionales; al mismo tiempo, empieza a presentar shows y hasta se desempeña personalmente como maestro de ceremonias en inglés, para que todo saliera bien.

El propio Beto recuerda aquellas épocas: Algo que no tiene discusión es que Acapulco fue la proyección de la imagen turística de México; atributos que fácilmente comprobamos al hacer un recorrido por algunos de los lugares con los que la naturaleza dotó a este puerto que tanto maravilló a personajes como el Barón de Humboldt, motivándolo a expresar: “Ningún puerto del mundo tiene condiciones naturales como la belleza de la Bahía de Acapulco, enmarcada por el verdor de sus montañas”.

Así también Fray Andrés de Urdaneta hizo famoso a Acapulco en los tiempos de la colonia, involucrándolo en soñadoras leyendas a su llegada al puerto en el año de 1565, tras descubrir el llamado viaje de tornavuelta, procedente de Filipinas.

Ya en la época del México moderno, en 1927 se dinamitó el último tapón de roca que obstruía la carretera México-Acapulco, construida con el fin de acabar con el control político y económico que sobre el puerto ejercían ciertas familias españolas. Fue así como se pusieron al descubierto, para todo el país y el mundo, las bellezas naturales del puerto.

La apertura de la carretera y el inicio del servicio aéreo en el año de 1929, así como la introducción del servicio telefónico en 1936, fueron los principios de una incalculable fama y beneficios que, paso a paso, transformaron a Acapulco en algo fantástico para deleite del mundo.

Así nació lo que en aquel momento se llamara la hotelería moderna.

En 1933 se abrió el Hotel El Mirador; poco después Los Flamingos, La Marina, el Miramar, el Del Monte y el Hornos Papagayo. Desde luego ya se contaba con casas particulares acondicionadas para huéspedes en el centro de la ciudad.

Como en todo, siempre hay alguien que encabeza la lista, y Acapulco siempre fue el primero.

Al empezar a generarse la afluencia turística constante, surgieron las actividades nocturnas como algo ya indispensable. Sólo existía un Centro de Reunión para los acapulqueños denominado Playa Suave, que presentaba uno que otro fin de semana espectáculos artísticos.

El turista ya empezaba a cansarse de sol y playa y uno que otro entretenimiento acuático, así es que empezaron a surgir centros nocturnos, iniciando el Hotel Casablanca en 1946; era propiedad de Alfredo Blumenthal que tuvo la feliz idea de abrir Ciro’s en la terraza superior del hotel. El Ciro’s era homónimo del que tenía en el Hotel Reforma de la ciudad de México, también rentado por él.

 

De la terraza superior del Hotel Casablanca se dominaba una hermosa panorámica de la ciudad y puerto de Acapulco. Su éxito no se hizo esperar. El Ciro’s contaba con una gran orquesta del violinista español Balbi Cotter y, entre sus muchos espectáculos estuvieron las presentaciones de La Martinique, Tongolele, Silvestre y Tabaquito, Facundo Rivero y su cuarteto y, aunque esporádicamente, se presentaba también la orquesta de Everet Hocland, cuyo tema principal era Música Suave y Luces Tenues para Bailar que tanto éxito tuviera aquí y en el Distrito Federal.

A los seis meses se abrió, en el área de la alberca del hotel, el Beach Comber que la clientela abarrotó de inmediato. La gente apreciaba los espectáculos del Ciro’s, pero para un ambiente menos formal -y de menor costo- prefería el Beach Comber, sobre todo los jueves, que se realizaban las carreras de tortugas en la alberca. Recuerdo que las utilidades se entregaban a la Cruz Roja como cooperación, y el ganador de la carrera obtenía como premio la fabulosa cantidad de trescientos pesos.

Organizar shows le inicia también en la difícil tarea de contratar artistas y espectáculos, lo que le proporciona sus primeros contactos con representantes y otros empresarios, como los de la ya famosa transmisora de radio XEW, en donde conoce a Don Emilio Azcárraga Milmo. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. 

Un día, mientras esperaban impacientes a la famosa Tongolele y a Silvestre y Tabaquito, éstos no llegaron a tiempo y Blumenthal se enojó mucho, llamándole la atención en forma áspera y frente a todo el público. Molesto a su vez, Beto Barney no lo pensó dos veces...  renunció al hotel, a las carreras de tortugas y, sin saberlo, se enfrentó al primer paso que el destino le marcara para hacerlo El Señor de la Noche.

Me dio mucho coraje -recuerda- y me fui. Tenía unos pequeños ahorros y se me vino la idea de empezar un negocio, mi propio negocio. Me fui a trabajar unas semanas a lo que era el Hotel Playa Suave. Era un lugar que los sábados y domingos presentaba espectáculos ya hacía algún tiempo.

Con la experiencia de haber laborado primero como cajero, después como Maestro de Ceremonias tanto en el Ciro’s como en el Beach Comber, además de responsable de este último, y viendo que lo que sobraba era clientela, me nació la idea de abrir un lugar, un centro nocturno.

Ahí, en el Playa Suave, Vicente Martín, que era entonces el gerente, me animó y me llevó a ver una cevichería que, por fortuna, manejaba un pariente mío, Humberto Catalán. Le propuse hacer el centro nocturno. Estás loco, me dijo. Pero yo insistí. Déjame hacerlo, déjame intentarlo, recuerdo que le decía.

Yo tenía escasamente seis mil pesos en efectivo de mis ahorros, cantidad que de todos modos, si no una fortuna, sí era una cantidad respetable en esos días. Pero la concesión la tenía él. Era junto a la playa, ahí más o menos un poquito adelante del Playa Suave… hasta que lo convencí.

Otro atrevimiento de Beto Barney! Cómo osaba ese mexicanito pensar siquiera en “abrir” un centro nocturno, actividad casi exclusiva de extranjeros llegados a Acapulco en busca de mejores vientos? Estaba loco? Era acaso un soñador? Qué no se daba cuenta de que era mexicano y de que a los mexicanos les estaban destinados los lugares en las lanchas, detrás del mostrador o en el medio de las mesas?

Si bien es cierto que la carretera había amainado la influencia y poder de las familias españolas a las que se refería Beto unas líneas atrás, su desquite histórico había sido apoyar a los extranjeros que llegaban en busca de aventura y se quedaban... ocupando siempre los puestos preferenciales.

Pero Beto ni siquiera se había permitido pensar en eso. El se sentía con derecho a trabajar y así lo haría. Los años mostrarían que algunos de esos extranjeros llegaran a llamarle Don Beto... y con respeto.

Poco a poco, con grandes esfuerzos e ilusiones, Beto y su pariente fueron realizando preparativos y adecuaciones; junto con un tercer socio, Carlos “Caco” Fernández, moldearon, pintaron, clavaron con sus propias manos, dieron rienda suelta a su imaginación…. y surgió el Copacabana!.

 

EL COPACABANA

Era 1948. Su “primer lugar” era un conjunto de hermosas cabañas ubicadas en la playa y rodeadas de jardines. Empecé a hacerlo poco a poco, pero al cabo de seis meses ya era un éxito porque empezamos a presentar espectáculos de fuera; traje a Los Churumbeles de España y algunas de las orquestas más populares del momento como Ismael Díaz y Luis Alcaráz. 

Para finales de 1949 el éxito era total. Beto Barney le daba un toque muy local, adecuado al medio; en lugar de guardarropa, había un “guardachanclas”, la pista de baile era de arena y, aunque había una pequeña parte encementada, a la gente le fascinaba bailar descalza en aquella. 

Artistas de la talla de Avelina y María Luisa Landín -quienes inauguraron el lugar-, Martha Zeller, las hermanas Velez y Evangelina Elizondo, a quien conocía todo mundo como “La Cenicienta” por haber prestado su voz a la famosa película de Walt Disney, compartían el escenario con artistas locales como Nacho Malanco y su orquesta, Alfonso Montenegro, Vicente Che Marino -que a más de fungir como maestro de ceremonias también cantaba tangos- y el Trío Copacabana, que Beto Barney lanzaba al estrellato, alcanzando algunos de ellos fama internacional.

Con el Copacabana, Beto Barney saborea las mieles de la fama nacional. Las más conocidas personalidades de la época encontraban obligado llegar hasta el lugar, y el medio artístico local se volcaba en plan de visita con la secreta esperanza de ser contratados. Sobre todo, quienes se dedicaban al baile o el canto.

Otros, estrellas rutilantes de la naciente pantalla grande, como Dolores del Río, una de las más espectaculares estrellas del cine nacional y la primera en alcanzar la fama internacional llegando a Hollywood; María Elena Marqués, que también formara pareja con el charro cantor, Jorge Negrete, en populares películas de la época;  Katy Jurado, seguidora de la Del Río en el camino del sueño hollywoodense; Antonio Badú, de ascendencia árabe pero charro mexicano hasta las cachas, y el simpatiquísimo Germán Valdés “Tin-Tan”, el clásico y popular pachuco, llegaban a sus mesas para lucir en las fotos de sociales que ya circulaban en los principales medios periodísticos del país.

Acapulco entraba, junto con Beto Barney, a la época dorada. El Presidente Miguel Alemán Valdés centraba sus esfuerzos para transformar al puerto.

Se crea la Junta Federal de Mejoras Materiales, con Don Melchor Perusquía al frente y se inicia activamente la pavimentación de las calles del puerto, la captación de agua potable y se construye la Gran Vía Tropical, la Carretera Escénica, la de la Garita a la fuente de la Diana, el nuevo Palacio Federal, la planta termoeléctrica de Vista Alegre, el aeropuerto internacional de Plan de los Amates.

Se estrenaba la Costera con el nombre de Nicolás Bravo, nombre que más tarde sería cambiado por el del primer mandatario, y las líneas aéreas nacionales ya dejaban sentir su presencia con vuelos cotidianos.

Como un toque muy personal, Beto cambió el sistema de aparición de los artistas, haciendo que llegaran al escenario procedentes del mar, de la playa pues, en un gesto de identidad con la belleza de su bahía.

Si bien es cierto que algunas noches estaban dedicadas al turismo abierto, de ahí lo del guardachanclas, muchas otras eran prácticamente noches de gala en las que se portaba aún el smoking blanco en los caballeros y acostumbraba el vestido largo o elegante en las damas. Con todo, Beto Barney era fiel a su tradición de mantener un centro nocturno digno de cualquier familia. El respeto campeaba por encima de todo.

Los medios de comunicación locales le convirtieron en su consentido. Beto, sus invitados y sus artistas, eran motivo diario de notas periodísticas que alababan el buen gusto en el trato y la calidad de sus espectáculos. Firmaban las notas sociales en aquel entonces Manuel Avila y Manuel Rodríguez, reportero y director de El Trópico respectivamente, uno de los diarios más influyentes del momento, entre otros.

Pero no sólo los medios locales daban cabida a la información de lo que pasaba en El Copacabana, suceso de todas formas y a todas horas, sino también los nacionales como el Excélsior y Cine Mundial, que comentaban cotidianamente la estancia de las personalidades en el paradisiaco puerto y por ende en el ya famoso centro nocturno.

Por esos días, hacían fama también hoteleros que forjaron el destino de playa más codiciado del mundo: Gilberto Guajardo, del Hotel Club de Pesca, y su hijo, Miguel, otro de los personajes pilares en la que se refiere a la proyección internacional no sólo de Acapulco sino de México mismo; Manuel Chávez, “Chavitos”, del Hotel El Presidente; o Carlos Barnard del Hotel El Mirador que, si bien ya tenía fama bien ganada gracias a los clavadistas de La Quebrada, al igual que los demás recomendaba El Copacabana a sus huéspedes como el lugar de moda.

El éxito era rotundo. Tanto, que podría decirse que la presencia de El Copacabana motivó la quiebra de El Ciro’s y el Beach Comber, ambos ubicados en el Hotel Casablanca, vieja guarida de Beto Barney, y cuya partida seguramente lamentaba para entonces el viejo Alfredo Blumenthal que veía brotar, triunfar y cimentarse las ideas y el empuje de Beto en El Copacabana. A pesar de todo, y aún pensando que no era Beto, sino el lugar el de los triunfos, intentó comprarle el centro nocturno, a lo que Barney se negó rotundamente, pese a que su socio era partidario de la venta.

Y es que Beto Barney le tenía un cariño muy especial al Copacabana. Era su sueño vuelto realidad, que naciera como cevichería y, con mucho sudor e inventiva, se convirtiera en el mejor centro nocturno del Acapulco de aquella época.

Una de las cosas que Beto recuerda con más cariño de esa época es el honor que representaba para él llevarle al Presidente Miguel Alemán, a su yate Sotavento, parte del espectáculo que manejaba.

Pero también había sus sinsabores, sobre todo porque Beto tenía entonces apenas 21 años, edad en la que todo joven normalmente piensa más en el noviazgo que en el trabajo. Y la sociedad es cruel. Por las noches esa sociedad se divertía, sanamente, en el “centro nocturno”, saludando con amabilidad al joven empresario y recibiendo de él sus atenciones; por el día, esa misma sociedad rechazaba al joven “cabaretero” y le avergonzaba verlo cerca de sus hijas.

Cuando iba a las fiestas me tenía que quedar sentado, porque no les permitían a las señoritas bailar conmigo, con el cabaretero, recuerda ahora con cierta sorna.

Beto no se amilanó. Tenía la suficiente gallardía para enfrentar también la adversidad social y poco a poco se fue ganando la confianza de todos, demostrando que sus espectáculos no tenían nada de qué avergonzarse.

Cuando asistía a un Centro Social que se ubicaba en el Edificio Pintos, algunos jóvenes aprovechaban para solicitarme prestado el local para la realización de algún evento; así surgió en mi la idea de abrirme con ellos... tendría que ser aceptado por esa sociedad que me rechazaba.

Tal triunfo llegó a tener en esta nueva meta, que poco después esa misma sociedad se incluía en el medio de Beto Barney, usando el Copacabana como sede de un club juvenil de la sociedad porteña que alcanzara fama y prestigio local: El Club de las Sirenas, conformado por las señoritas más relevantes de ese medio social; incluso, se llegaron a celebrar fiestas de quinceañeras, bodas y bailes de caridad como aquel organizado por él que, encabezado por un sacerdote, se realizara para obtener fondos con qué construir la segunda torre de la Iglesia de la Soledad, Catedral del puerto.

Ya no era Beto Barney “el cabaretero”, era Don Beto Barney, el empresario.

 

EL PARENTESIS

Todo caminaba bien. Pero el progreso es inexorable. Otros más buscaban el triunfo. Teddy Stauffer, ex compañero de Beto Barney en el Beach Comber, donde ambos hicieron sus pininos, abría La Perla en el hotel El Mirador. La belleza del lugar y el espectáculo de los clavadistas atrajeron al turismo que encontraba una nueva opción.

Los socios de Beto, espantados, buscaban soluciones a la desesperada. Alguno de ellos propuso a varias otras gentes como administradores del Copacabana, en un gesto inconsciente de desconfianza hacia la labor de Beto. Un americano y Caco Fernández, el otro socio del negocio, estaban entre los propuestos.

Nuevamente Beto Barney se enfrentaba a la ingratitud. Pacífico por naturaleza, y sempiterno enemigo de los problemas, optó por retirarse.

En el contrato de sociedad existía una cláusula en la que se señalaba que cualquiera de nosotros podía retirarse, de no convenir algún nuevo proyecto, o simplemente para descansar, así es que me retiré dejando a mis dos socios en poder del Copacabana.

El tiempo es el mejor juez, y demostraría que el éxito no se debía a un lugar en especial, sino a la inventiva, al entusiasmo, a la visión del Señor de la Noche. Seis meses después, ante un rotundo fracaso, el Copacabana era vendido en catorce mil pesos a Apolonio Castillo que, tres meses más tarde, y ante la imposibilidad de rescatar el éxito que le había dado Beto al lugar, cerró sus puertas definitivamente.

Por su parte, Beto Barney aprovechó el tiempo para prepararse aún más. Hizo maletas y se lanzó a la conquista de Sudamérica.

En Río de Janeiro, sin importale el ego, regresó a sus viejos tiempos y trabajó como Capitán de Meseros en un centro nocturno de primera línea. No le interesaba un reconocimiento como empresario o promotor artístico. El quería conocer más ampliamente el medio, y qué mejor que desde abajo en un nuevo campo en aquellas latitudes.

Cuando no trabajaba, asistía en calidad de cliente a los diversos centros nocturnos de Brasil, que recorrió de punta a punta; y lo mismo hizo en los de Buenos Aires, Argentina; Montevideo, Uruguay, y Santiago de Chile.

Ahí pudo observar diferentes sistemas de trabajo y de atención al público. Le llamó la atención el sistema de Servi-Bar que se manejaba, idea que trae consigo e implanta en Acapulco más tarde.

En Buenos Aires, lugar en donde su fama había trascendido gracias a los comentarios de algunos artistas que le conocían del Copacabana, como María Luisa Landín, Ana María González y el Trío Los Panchos, hizo amistades a granel y, en poco tiempo, se convertía en un playboy muy solicitado.

De esa época se recuerdan anécdotas como aquella en la que Beto y el hermano de Evita Perón, Alfredo, jugaban apuestas para ver quien de los dos lograba tener más estrellas en su mesa. Por supuesto, el pobre de Alfredo, con todo y su fuerza político-social, nunca pudo ganarle.

Juventud, imagen, prestancia y galanura hacían que Barney se viera rodeado constantemente de mujeres bellas, a las que atendía y cortejaba, pero sin entregar el corazón. Sin saberlo, estaba apartado. El destino ya tenía un nombre escrito en él. Mientras tanto, Beto disfrutaba de la belleza de sus acompañantes.

Durante el año en que nuestro biografiado viajó por Sudamérica encontró también tiempo para conocer las costumbres de sus visitados.

En Uruguay en donde la gente es muy culta -dice- se vendían muchos libros. Era el mejor negocio. El promedio de lectura era muy alto. Pero no sólo eso, había mucho arte. Los espectáculos culturales eran de primera. Desde el teatro de revista hasta el teatro difusor de su folklor. Tanto como en Buenos Aires. En la Chacarita, barrio popular de la capital argentina, era costumbre que llegaran parejas de todas partes para bailar el tango tradicional, costumbre que me recordaba los bailes de La Quebrada en mi querido Acapulco.

Como sus amistades eran mayormente noctámbulas, durante el día acostumbraba caminar a solas para reflexionar y masticar con entereza la nostalgia. Recorría las calles observando formas y modos de vivir. Una de las cosas que más le atraía era asistir a los bazares en donde había subastas, muy populares en esa época, más para distraerse que para pujar.

La mayor parte del tiempo lo vivió en Buenos Aires. Era su punto de partida para recorrer Sudamérica, pero siempre regresaba a la tierra argentina. Se hospedaba en un departamento cercano a la principal calle del viejo Buenos Aires: Corrientes, esa que hiciera popular el conocido tango.

La añoranza por el terruño y la familia se veía suavizada con las cartas que se cruzaban. Como dato curioso, cabe recordar que su madre, Doña María Elena, en un gesto de maternal, le enviaba por paquetería aérea tortillas mexicanas, quizás con la secreta y callada esperanza de que Beto regresara a sus brazos.

Víctor Buschino, director de orquesta y arreglista, y su familia, amigos frecuentes de Beto, eran quienes en realidad disfrutaban del cálido envío de Doña Ma. Elena.

Su amor por el tango y su admiración por las pampas, que entonces conocía sólo por pláticas y películas, le hicieron tomar Buenos Aires por sede.

Desde ahí, y usando el autobús como medio de transporte, recorre todo Brasil, respondiendo al llamado del Amazonas. Sao Paulo, Belém, y muchas otras poblaciones dejaron sus recuerdos grabados en un Beto inquieto que ya pensaba en el quehacer del futuro. No iba a dejarse vencer. No bien había llegado y ya pensaba en un retorno triunfal.

La ingratitud de sus amigos no le causaba depresión, rencor o simplemente un mal recuerdo. Era feliz porque tenía la oportunidad de viajar como siempre lo había soñado. Ya vendrían otros tiempos.

Mientras tanto, Venezuela, Trinidad y Tobago, Sudamérica entera era su placer y su bálsamo.

La juventud de Beto le impulsaba al mismo ritmo que su imaginación. La vida le presentaba un panorama que servía de fondo a sus pensamientos. En su interior, ya se formaban planes para hacer de Acapulco un nuevo triunfo. Se veía al centro de una pista con un bar volado, palapas, una escenografía muy especial, diferente a todo lo que se había presentado en su Acapulco querido. Un nuevo centro que cosechara el éxito y las relaciones logradas con el Copacabana, pero con mejoras, muchas mejoras. 

A cada paso, en su recorrido por el sur del continente, encontraba nuevas ideas. Una casa por aquí, un arco por allá, el alumbrado de una esquina, eran oro puro en la inventiva de Beto.

Estando en Río, una noche de calma en la que había dejado de lado la desvelada cotidiana, leyendo unos libros comprados en Montevideo, Uruguay, sobre historia y costumbres de países africanos, explotó la idea: sería así su nuevo lugar. El gusanito de hacerlo realidad comenzó a augurar el retorno a la patria.

Una simple semana bastó para que Beto madurara la idea y, dejando atrás a todos los nuevos amigos, decide regresar. Ya se me estaban acabando los cruceiros, dice a modo de disculpa, pero la verdad es que la inquietud por ver realizada la idea fue más fuerte que la misma atracción de la pampa y el tango. 

No necesitaba más. Lió bártulos, y su último recuerdo del sur del continente fue una hermosa escalerilla de avión.

 

EL REGRESO Y EL BUM-BUM

El avión sobrevolaba la ciudad de México, preparándose para tomar pista. La simple vista de la entonces región más transparente del aire emocionaba a Beto. Regresaba a su patria, a su tierra querida.

La falta de dinero no le amedrentaba. Sabía que tenía que rehacer su capital para realizar el nuevo sueño. Así las cosas, poco antes de partir, las ideas se agolpaban en la mente y un millón de posibilidades gritaban por ser la escogida. Mas el joven empresario se decidió por lo más lógico: aprovechar justa y preciadamente las relaciones.

No venía sólo. El amor por el espectáculo se manifestaba de mil maneras. Le acompañaba una cantante argentina que presentó a un empresario capitalino, dueño de un centro nocturno. La memoria es traicionera, dice Beto, no recuerdo siquiera los nombres de ambos, pero creo que más tarde se casaron...

Se tomó una semana en la capital. Quería ordenar sus pensamientos. Tenía el gusanito del ambiente africano, pero... no tenía dinero! Había que pensar muy bien en cómo hacer las cosas.

Un día, fue a visitar a María Luisa Landín, célebre cantante de la época y muy amiga suya. El recibimiento fue cordial. Platicando, platicando, la idea surgió como un relámpago: se dedicaría, para empezar, a contratar artistas para presentarlos en los diversos medios en Acapulco.

Se lanzó de inmediato a contactar con Manolo Power, bailarín y agente del hermano de Cantinflas, con quien haría alianza para llevar los mejores espectáculos al puerto más maravilloso del mundo. A Manolo le gustó tanto la idea que renunció a su trabajo con el hermano del primer mimo de México, para dedicarse de lleno a la idea de Beto.

Ya sin quintos... aproveché el descuento del que aún gozaba con Aeroméxico y, pagando la fabulosa cantidad de 40 pesos, abordé el avión que me llevaría a mi querido Acapulco.

Enseñoreado en su propia tierra, Beto Barney comenzó a visitar amigos. Teddy Stauffer fue el primero en contratar su representación. El negocio de Teddy, ubicado a un costado del Club de Esquíes -donde ahora existen los muelles de los yates Hawaiano y Bonanza- era de grandes dimensiones, pero frío... hasta que Beto llevó a sus artistas. El Trío Anáhuac y Yolanda del Valle estuvieron entre ellos.

La fama del Copacabana -ya comprado por Apolonio Castillo- seguía a Beto. Así, su corta carrera como representante de artistas se vio truncada cuando Rodolfo Garza, propietario del Hotel de la Playa, le contrata como Sub-gerente.

En esta nueva etapa -sabiamente aprovechada por Garza- pide a Beto hacerse cargo también del bar que el hotel tenía. Originalmente lo administraba un regiomontano que habíase dedicado al cine, pero más que administrarlo gozaba del sitio con sus amigos y conocidos, rindiendo homenaje al Dios Baco y dejando a un lado la verdadera razón de su cometido: el negocio.

Garza, nada tonto, le propone a Beto rentarle el lugar. Beto, menos tonto aún, lo acepta. Era la oportunidad esperada para aplicar aquellas ideas surgidas en Río de Janeiro: el ambiente caníbal inspirado en la isla de Tobago, donde se situaran las aventuras de Robinson Crusoe y su amado sirviente negro: Viernes, producto de la imaginación de Daniel Defoe, uno de los más grandes escritores de la historia.  

Parado a la puerta del bar, Beto Barney observaba cada rincón, cada columna, cada mesa. Sabía que el trabajo sería arduo. Por principio de cuentas, ordenó la demolición de las “mesas” que estaban conformadas por unas grandes lajas de piedra. Había diez mesas para dar cupo a 50 gentes. Beto ordenó la ampliación. Cabrían 500. Ya estaba seguro del éxito que el lugar tendría.

Entre su primeros colaboradores recuerda a José “El Eléctrico”, acapulqueño capitalino que le acompañaba desde el Copacabana. El se hizo cargo no sólo de la instalación eléctrica, sino también del sonido y, una vez instalado el negocio, de responsable de mantenimiento.

El Club se proyectó con una barra redonda de madera con capacidad para 15 comensales; una fabulosa pista de baile de 450 metros cuadrados que servía al mismo tiempo de escenario; foro e instalaciones para albergar una orquesta hasta de 20 músicos; 100 mesas con montajes de primera; cuatro bartenders y un jefe de cantina -a quien recuerda como El Loco Aréchiga-; 30 meseros -entre quienes destaca Bautista Lobato Serna, actual pero muy enfermo dirigente sindical de trabajadores hoteleros cetemistas-; 2 capitanes de meseros -Jorge de Hacha era uno de ellos-; 10 garroteros; cocina; 2 cocineras y un lavaplatos; 2 cajeras -una era Tere del Castillo-; 2 hostess y una cigarrera; una fotógrafa -Dalia Serna, que después se convirtiera en una controvertida líder de vendedores ambulantes, gracias a lo cual llegara a ser Regidora de la Comuna porteña-; y un portero “de librea” ataviado como un auténtico caníbal. Todo un ambiente de lujo equiparable al mejor centro de espectáculos del mundo!

Las hostess, por ejemplo, eran las guapas edecanes que, usando una tumba iluminada en su interior y colgada del brazo, mostraban en el “parche” el menú del día al cliente.

Así nace el centro nocturno que más fama mundial le diera a Beto... y por supuesto a Acapulco: el Bum-Bum -Club Caníbal-.

 

Acapulco ya empezaba a ser un fenómeno. La inversión nacional e internacional se multiplicaba, apoyada y respaldada por el gobierno federal que se abocaba a la tarea de dar al puerto una digna infraestructura urbana.

Las playas más famosas del momento eran Caleta y Caletilla, hasta donde se había extendido la Avenida Costera. Es precisamente a orillas de la playa de Caleta en donde se instala el nuevo sueño de Beto Barney.

Si llegar al Bum-Bum por las mañanas era prácticamente de modo informal -los bañistas podían bailar incluso en traje de baño saliendo de la playa, comer y divertirse con los shows que se presentaban a la una y a las cinco de la tarde, dejando abierto este ambiente hasta las siete-, por las noches, a partir de las diez, era todo un ceremonial.

Para empezar, se debía tener reservación. El portero-caníbal abría la portezuela del auto recién llegado y acompañaba a los comensales hasta el interior. Ahí les recibía un capitán de meseros, o el propio Beto Barney, y les acomodaba en su mesa. Por cierto, las mesas que daban a la playa eran destinadas a las felices parejas que gozaban de su Luna de Miel, y uno de los más gratos recuerdos de Beto.

Muchos de los recién casados que llegaron al Bum Bum todavía, en la actualidad, me visitan cuando vienen a Acapulco. Tengo muchos amigos entre ellos y, cosa curiosa, pocas son las parejas que pasaron su luna de miel con nosotros que se han separado.

Dentro, el ambiente no dejaba de ser aquel que distinguiera a Beto Barney: decente! El hecho de ser un centro nocturno -o cabaret- no era obstáculo para que el ambiente fuese cien por ciento familiar, en el que se disfrutaba de grandes espectáculos internacionales, música en vivo con las mejores orquestas del momento, y los mejores platillos preparados al gusto del cliente, porque para él, en una realidad más que palpable, el cliente era primero.

Al amparo de Beto y el Bum-Bum se conformaron dos orquestas: la de Ruty Arias y la de Juan Góngora, que desaparecieran con el tiempo. Otra más se forma en el Bum-Bum, la de Chito Fierro, orquesta que cobra fama local y mantiene hasta la fecha. La música que tocaban estas orquestas era principalmente afro-cubana.

Ismael Díaz, que era el director de una de las más famosas orquestas de México, -recuerda Beto Barney- en una visita que hace a mi club caníbal me manifiesta el deseo de componer la canción-tema del Bum-Bum. Poco tiempo después, me dio la sorpresa: en su más reciente disco venía incluida la anunciada canción. Fue un éxito, indudablemente. 

Por desgracia, y a pesar de los esfuerzos de Beto por encontrarla, no se pudo localizar la partitura de esta canción-tema

El Bum-Bum se convierte así también en un foro de lanzamiento para quienes después serían grandes artistas del medio, como Olivia de Montenegro, que trabajaba en una perfumería del centro del puerto. 

Fui al establecimiento a comprar un perfume para Martinique, una cubana sensación del momento y que había contratado para presentarse en el Bum-Bum. Ahí, al entrar, escuché a la empleada cantando. Me gustó su voz y la invité para hacer una presentación especial en mi club. Gustó al público y, simplemente, la contraté, dice Beto evocando los inicios de la ahora popular cantante acapulqueña.

En otra ocasión, al pie de la playa que estaba lindando con el Club, escuché a un veracruzano cantando muy inspirado, sentado en una silla sobre la arena. Era Panchito Díaz el que cantaba en la playa. Le di un espacio en mi programa y cobró fama.

Uno más fue el cantante Darbelio Arredondo, hermano del célebre compositor Tadeo Arredondo, y muchos otros que, si bien no se forman en el Club Caníbal, sí por este cobran fama en el medio nacional, como los Doce Hermanos Zavala, que se presentaron por cerca de diez años en temporadas de dos meses anuales.

La audacia y entrega de Beto Barney provocan que el Bum-Bum alcance reconocimiento internacional, contratando artistas de primera línea como las hermanas María Luisa y Avelina Landín, la primera de las cuales era señalada como una profunda enamorada de Beto; las Hermanas Julián; Amparo Montes; Evangelina Elizondo, beldad nacional que es lanzada a la internacionalidad gracias a que presta su voz a La Cenicienta, en un doblaje que da a conocer sus cualidades como cantante; las Hermanitas Navarro; las Hermanitas de Alba; Lupita Morán; las Hermanas Huerta; Nicolás Urcelay, una de las voces de más bella tesitura que han existido en América; y Barbarita Gómez, traída desde Cuba.

Años atrás, cuando Beto estaba en el Casablanca, un artista norteamericano llegó a filmar una película: Tarzán y las Sirenas. Los escenarios principales fueron los manglares de la Laguna Negra de Puerto Marqués.

Johnny Weissmuller, el clásico Tarzán del cine norteamericano que se quedara a radicar hasta su muerte en Acapulco, hizo desde entonces amistad con el joven que años después le recibiera en su propio lugar junto con la pandilla de Hollywood, conformada por Errol Flyn, Ricardo Montalbán, Jerry Lewis, Tyrone Power y John Wayne, dueños del Hotel Flamingos.

Fue precisamente John Wayne quien bautizara a Beto como The man of the four B’s: Beto Bum Bum Barney.

Pisan también el escenario del Bum-Bum, Ana María González; Alejandro Algara -el tenor de la voz de oro-; Queti Clavijo y su Ballet Sevillano; Ferrusquilla, uno de los compositores más tiernos del historial musical mexicano; Silvestre y Tabaquito, traídos de Cuba por Beto Barney, pero que deciden quedarse a radicar en Acapulco -ambos mueren poco antes de que esta biografía vea la luz pública-; Chimi Monterrey, también cubano que contrae nupcias con una acapulqueña, se queda en Acapulco y es el tronco de la dinastía de los Capote.

Cabe aquí hacer mención de que cuando Beto iba a Cuba para buscar repertorio, rentaba en La Habana un centro nocturno local llamado La Campana, en donde estudiaba y analizaba una serie de espectáculos, desde las diez de la mañana hasta las siete de la noche -eso que ahora conocemos como “casting”- para seleccionar a los artistas que contrataría. El señorón Beto Barney nada más hizo 38 viajes a Cuba. Ya imaginamos la fama que, como empresario mexicano, tenía en esa bella isla caribeña. 

Por qué Cuba? Bueno... porque estaba de moda tanto el ritmo caribeño: el Cha Cha Cha, el Mambo y la Rumba cubana, como los artistas cubanos que cobraban inusitadamente fama mundial debido al auge que tenía la isla como paraíso tropical con sus casas de juego.

Relacionado con esa época es también un personaje sin par con el que Beto guarda, hasta la fecha, una profunda amistad: Fidel Castro.

Llegaba como cualquier otro comensal, si acaso acompañado por uno o dos amigos. Como a todos, le daba atención personal a su llegada; puedo decir que jamás le di atención especial alguna, en especial porque no sabía quién era, pero con el tiempo hicimos amistad.

Poco después, por el 58, tomó posesión como Presidente de Cuba y, en mis viajes, le visitaba algunas veces. En una ocasión, organizados hoteleros, empresarios restauranteros, y turisteros de Acapulco, le llevamos un reconocimiento por sus atenciones. Con el paso del tiempo nos alejamos. Hace unos días, Alfonso Arnold, que imparte clases de buceo en Cuba, me anunció que Fidel Castro me invitaba a visitarle, incluso se ofrecía a enviarme los boletos del avión, pero mis actividades actuales no me dejan tiempo.

Llegaron al Bum-Bum también Sara Montes; Esmeralda -la voz de terciopelo-; Genaro Salinas, mexicano casado con una argentina a quien conocí en ese país, y cuya voz ya repercutía en los escenarios internacionales de mayor relevancia; Tony Moro, panameño casado con una francesa que aún visita Acapulco y sigue triunfando en el extranjero, que me acaba de enviar una serie de fotografías de sus éxitos más recientes; Rosa de Castilla, uno de los rostros más bellos de la música ranchera; los Bentancourt; Beto Bermúdez; las Dolly Sister’s; Juan Legido, que fuera poco antes vocalista de Los Churumbeles de España; Cristina Aguirre; Nery Landa; la fabulosa Dona Behar, uno de los pocos romances reconocidos por Beto; la Prieta Linda; Facundo Rivero y su Cuarteto, también cubanos; la Torcacita; y Roberto Cobo “Calambres”.

Mención especial merecen los Hermanos Reyes con Teresita, dueña de una personalidad sin par, a quien la prensa internacional ligó sentimentalmente con Beto Barney, llegando al grado de afirmar que la boda era inminente. Sin embargo, si bien es cierto que en esa época, tanto la juventud de Beto como su prestancia y popularidad como empresario le atrajeron algunos amores fugaces, también es cierto que los medios y la misma sociedad del Jet Set le atribuían decenas de romances con las mujeres más hermosas del mundo. No había belleza que le saludara, bailara con él, o simplemente contratara, sin que los reporteros imaginaran de inmediato un supuesto amorío.

Pero estaban tan equivocados que, incluso, cuando Beto estaba a punto de casarse con el amor de su vida, curiosamente los reporteros también lo dijeron al revés: que no había nada de cierto y que era un ardid publicitario de ambos. 

Con todo, entre las señaladas si pudo comprobarse que Beto llegó a sostener más que amistad con Esther Fernández, Silvia Derbez, y Dona Behar. Otro de los romances de escándalo fue con cierta artista norteamericana muy famosa que, causando los celos de su pareja en el vecino país del norte, optó por regresar dejando a Beto Barney sumido en una profunda... sonrisita ladina que muestra a guisa de respuesta cada vez que se le pregunta por ese amor fallido.

El escenario del Club Caníbal presentó igualmente a Ernesto Hill Olvera y su órgano que habla; Miguelito Valdés; Mary López; el ventrílocuo Paco Miller y su sensacional muñeco Don Roque; los Hermanos Castro; Don Carlos, Neto y Titino; Martinique, la sensacional rumbera; Humberto Cañas “El Criollo”; los simpatiquísimos integrantes -padre, madre, hijo e hija- del Cuarteto Ruffino, que tanta fama alcanzaran en los 50’s 60’s; los Yorsi’s; Los Intocables, integrantes del popular programa de televisión que hacían una escenificación en plena pista; los Cuatro Hermanos Silva, sensacional grupo sudamericano que dejara una profunda huella en nuestro país; las Hermanitas Castillón; los Tres Reyes; Carmen Amaya; Amalia Mendoza, la Tariácuri, una de las más sentimentales intérpretes del género ranchero; Sonia López -la muñequita que canta, y Flor Silvestre, cuyo romance con Antonio Aguilar encuentra cobijo entre las palapas del Bum Bum, para conformar un matrimonio que se convertiría en el representativo del espectáculo charro nacional en el ámbito mundial, y padres del actualmente famoso cantante ranchero Pepe Aguilar.

Tríos de inconmensurable popularidad como Los Tres Ases; Los Diamantes y Los Tres Caballeros hicieron las delicias de los enamorados, principalmente de los lunamieleros.

A su encanto y romántica interpretación, cientos de parejas definieron su vida mientras enlazaban las manos, quedando en ellos grabado por siempre el nombre del Bum Bum.

Grandes orquestas, como las de Ray Anthony; La Sonora Santanera, conocida en Cuba pero que adquiere reconocimiento nacional, y más tarde internacional, gracias al Bum Bum; Enrique Jorrín, creador del Cha Cha Cha; la cubana Ecos del Caribe, conformada exclusivamente por mujeres; la América; y la de Pérez Prado, acompañaron a voces de la calidad de la inolvidable Toña la Negra.

El argentino Che Marino, que siguiera a Beto desde el Copacabana, fungía en el Bum-Bum como Maestro de Ceremonias a más de formar parte del espectáculo. Su hija, Lilia Marino, conocida en la época actual como La Novia de Acapulco, heredera de la voz y el sentimiento del Che, es propietaria de La Mansión Bohemia y fue Delegada de la Asociación Nacional de Actores en el puerto.

Entre los artistas que llegaron a triunfar en el escenario del Bum Bum estuvieron también Manolín y Schilinski, fabulosos comediantes que alcanzaron la cinta de plata repetidas veces;  años después Beto emparentaría con el segundo, tío de la hermosa mujer con quien se casara el joven empresario.

 

ALAS, MAR Y ESTRELLAS

Para conformar la plantilla, Beto hacía también frecuentes viajes a la Ciudad de México, D.F. con miras de pasear por los pasillos de la famosa XEW en busca de nuevos prospectos para su espectáculo.

Varias veces saludó a Don Emilio Azcárraga, Director y Gerente General de la radiodifusora, que sería el puntal principal de la introducción y el desarrollo de la televisión en México, a quien conociera cuando éste construía el Hotel Ritz en el puerto, y aprovechara los ratos libres para divertirse en el Bum Bum.

En una de esas visitas de Beto a la capital, Don Emilio, que ya brindaba  amistad a Barney, con ese desparpajo increíble muy suyo, le propuso presentar un programa de radio transmitido a todo el país, y buena parte de América Latina.

La XEW pondría los artistas, y Beto el Bum Bum. Ampliando el panorama del proyecto, Aeroméxico participaría con el transporte aéreo.

Para esa época, la idea era bastante ambiciosa y extraordinaria, pero todos estuvieron de acuerdo. Así, un día, la señal de la W lanzaba al aire el programa Alas, Mar y Estrellas que condujera, en vivo y desde la pista del Club Caníbal, el popular Lotario.

El programa tuvo un éxito rotundo durante los dos años que se transmitió, cada fin de semana, los sábados, y sin tener interrupción alguna.

Tres famas conjuntas serían una mayor plataforma para internacionalizar artistas de la talla de las que ya hemos citado: la XEW, el Bum Bum, y Aeroméxico.

Cantantes, tríos, orquestas, tenores, barítonos y comediantes dieron incluso cabida a personalidades del ambiente artístico nacional e internacional que, si bien eran actores, actrices, deportistas, o estrellas del medio teatral o del ya popular celuloide, su presentación en el programa era enmarcado con comentarios, entrevistas o charlas que de todas formas hacían el deleite de los radioescuchas.

El programa duraba media hora y se transmitía a las once y media de la noche, por lo que no interrumpía el show programado. La primer artista presentada fue Lilia Prado, una mujer de escultural cuerpo que arrancaba los suspiros de los espectadores en los cines.

Poco tiempo después, la XEQ se sumaba a la transmisión.

Indudablemente, Alas, Mar y Estrellas, llevó el nombre de La Perla del Pacífico no sólo a todos los rincones de México, sino allende nuestras fronteras. Se podía decir que, para entonces, todo el mundo sabía ya lo que era Acapulco.

En las mesas, ya ocupaban sus puestos personalidades de todo el orbe. Aplaudían a los artistas hombres y mujeres miembros del Jet Set Internacional como Lana Turner, estrella americana a quien también ligaran sentimentalmente con Beto. 

Acudieron también Tere Fernández; Charito Granados; María Elena Marqués; Andy Rusell, internacional cantante méxico-americano que marcó toda una época tanto en las pistas como en el cine; Carmen Montejo; Esther Fernández; Patricia Morán, que hacía sus pininos en el cine pero era considerada como uno de los rostros más refulgentes y cándidos; María Victoria, la reina del vestido ajustado y el pugidito al cantar; María de Lourdes y Miguel Aceves Mejía del canto ranchero; y las actrices de moda como Kitty de Hoyos; Evita Muñoz, Chachita; Columba Domínguez; Rossana Rossi; María Antonieta Pons; Barbara Engler; la cubana Ninón Sevilla; Anita Blanch; Celia D’Alarcón; o los galanes Wolff Rubinsky; Gustavo Rojo; Ramón Armengod; Octavio de Alba; Joaquín Cordero; Jimmy Loor; Pedro Vargas; Germán Valdés Tin- Tan; y Arturo de Córdova con su Marga López, ambos rutilantes artistas del cine nacional que formaran pareja muchos años, hasta la muerte de él, y que marcaran una etapa especial en lo que a parejas artísticas se refiere.

Asistían igualmente personajes como Raúl Caballero Aburto, en ese entonces gobernador del Estado de Guerrero; Raúl Pérez Rodríguez, director del diario El Trópico; Esther Williams y su representante; Luis G. Dillon, presidente de Dillon Cousin’s, una de las empresas productoras y publicitarias más importantes de la época;  Miguelito Alemán Valdés, más tarde vice-presidente de Televisa, escritor, y gobernador del Estado de Veracruz; Luis R. Montes, magnate del cine nacional y propietario de la mayoría de las salas cinematográficas de México; Don Paco Díez Barroso y su esposa; la hermosísima Christian Martell -Miss Universo- que contrajera matrimonio con Miguelito Alemán, hijo del Presidente de la República; Agustín Barrios Gómez, afamado periodista y comentarista de sociales que posteriormente fuera socio de Beto Barney en otra de sus aventuras; el Duque de Otranto; Beto Avila, uno de los beisbolistas más grandes que ha tenido México; Ramón Gay, que muriera trágicamente en un centro nocturno de la ciudad de México por el amor de Evangelina Elizondo; Yolanda Varela; Don Andrés Soler; o Manuel Capetillo, sensacional torero, y una de las más grandes cantantes de ranchero: Lola Beltrán.

Cuentas las malas lenguas -en un recorte periodístico de la época- que Juan Andrew Almazán, radicado entonces en Acapulco y del que se decía sufría grave enfermedad, para demostrar que gozaba de buena salud, se acabó media cantina él solo una noche, haciéndole sólo competencia E. Muñiz, Gerente de Salinas y Rocha, que le entraba a la champaña con fe y sin miedo.

Algunas borracheras, sin embargo, dejaban buenos recuerdos, como aquella vez que Rico Pani, tras algunas desveladas, se fue a comer tacos de carnitas al mercado, acompañado obviamente por Beto Barney. Conocido como un hombre que daba grandes propinas, repartió dinero a manos llenas y, no conforme con eso, compró grandes cantidades de verduras y las repartió entre las amas de casa que hacían el mandado. Su derroche, con todo, alegró el día algunos hogares acapulqueños.

A Beto le gustaba andar en una poderosa motocicleta, haciendo su compañero de aventuras a nacho Malanco, su Director de Orquesta. No por eso dejaban de gustarle los autos. Un día, se dio el gusto de adquirir un Cadillac convertible que, sin quererlo, fue la comidilla de la sociedad por algunas semanas. A alguno de esos periodistas amigos suyos le dio por jugarle una broma y publicó que el flamante auto se lo había regalado una multimillonaria norteamericana

Hablando de amores colgados, una nota relata que Raúl de Anda y René Cardona, con sus respectivas esposas, ofrecieron una cena a Heddy Lamarr a la que asistió Manolo Calvo. Algunos cuentan que fue en esa cena que la hermosa estrella se enamoró de Beto Barney.

Sin embargo, los medios siempre le apoyaron. En alguno de los albumes de Beto se puede encontrar una crónica que cuenta: Celia Garay y Carmen Ruano quedaron con bastante material para platicar después de la exhibición de trajes de baño que las “Sirenas” efectuaron el sábado pasado en el feudo de Beto Barney; por cierto que Nacho Malanco nos embromó al tocar Bahía de Ary barroco y La Danza de las horas... botas puntiagudas y sombrillita afrancesada completaron el atavío añejo de Mago Arrieta... Arquitectos, ingenieros y constructores fueron los más severos críticos de las modas de las distintas épocas que rememoraron las “Sirenas”... lo que demuestra que sus centros nocturnos siempre fueron familiares.

Algunos artistas llevaban el trabajo en paz. Otros no. También testigos son los recortes periodísticos que encontramos. Uno, relata que una noche de bohemia, de esas que se daban mucho en el feudo de Beto Barney, los Churumbeles de España, que vacacionaban en Acapulco, se tiraron la paloma ante la presencia de Tin-Tan a quien acompañaban las Hermanas Julián, una de las cuales, Rosalía, era a la sazón su novia; el famoso director de cine Ismael Rodríguez, a quien acompañaba Tongolele y su hermana; Ricardo Beristain y El Tigre Roberto Palazuelos; Gabriel Figueroa, el gran camarógrafo y Don Carlos López Moctezuma, que ahí se divertían. Obviamente, fueron contratados por BB; pero otro recorte recuerda que Amparo Montes, en sus inicios, fue contratada por Beto para dos días de presentación con dos actuaciones por noche. La primera noche dejó plantados a empresario y público para la 2a. variedad, por irse a tomar la copa con los amigos. Ella adujo que no sabía que en Acapulco se presentaban dos variedades por noche. El, simplemente vio que Amparito no regresara al puerto, en plan de artista, en mucho mucho tiempo.

María Felix, una de las más brillantes estrellas nacionales de todas las épocas, y esposa del músico poeta Agustín Lara, quien le compusiera precisamente en el puerto la inolvidable canción de María Bonita, esa que reza: Acuérdate de Acapulco, María Bonita, María del alma.... fue también una de las más queridas y respetadas amistades de Beto.

Recuerdo una ocasión en que la invité a desayunar. Como era lógico, el lugar estaba atiborrado de periodistas y María quiso evitarlos por lo que, en determinado momento, dando la vuelta, con esa voz y garbo con que hablaba, me dijo simplemente “Sígueme...”

Fuimos a parar al Hotel Pierre Marqués. Estábamos desayunando muy tranquilos cuando se acercó un periodista que, saludando con mucho respeto, pidió permiso para tomarnos una foto.

María, condescendiente, le contestó que sí, pero que no en la mesa. Se paró y salimos de la palapa. Ahí, uno junto al otro, parados en la arena, el supuesto periodista nos tomó la foto... mientras otro tipo nos estaba filmando desde el principio.

Un aspecto a destacar es que, contra lo que sucede ahora, en ese tiempo no hubo un sólo escándalo dentro del Bum Bum.

Mejor hicieron sus escándalos las autoridades municipales que constantemente acosaban al joven empresario, ya supuestamente por quejas de ciudadanos contra el ruido de la música, ya porque... el pretexto era lo de menos!

El colmo llegó cuando, una noche, representantes del ayuntamiento porteño entraron, invadieron mejor dicho, la pista del Bum Bum para detener, en pleno espectáculo y enmedio de su actuación, a un artista que había contratado Beto Barney por recomendación de un amigo para ayudarlo: Shalimar.

El argumento de las autoridades era que el espectáculo del actor era bochornoso, denigrante y contrario a las buenas costumbres.

El delito de Shalimar era salir vestido de mujer, bailar, cantar, hacer algunas bromas con el público, como sentarse en las piernas de algunos de los caballeros asistentes que, ignorantes de su condición masculina, se sentían halagados y quizá orgullosos, hasta que, al final del acto, Shalimar se despojaba de la peluca mostrando su verdadera personalidad. Con todo, incluso en ese momento, la reacción era jocosa, y las risas de los espectadores burlaban sanamente a los “elegidos”, pero jamás le vi abusar u ofender a alguien. Quizá Acapulco no estaba preparado todavía para un espectáculo trasvesti, señala Beto.

Si ante algunos de los abusos de los funcionarios municipales la prensa le defendió, ante este suceso los columnistas hicieron pedazos al ayuntamiento y los transgresores.

Algunas de estas columnas se encuentran en el archivo personal de Barney.

 

EL VARADERO Y RANCHO GRANDE

La visión del Señor de la Noche ha dado sus frutos. Si alguien negara que su solo nombre fue el artífice de lo que conocemos ahora como el Acapulco Tradicional, la lectura de las próximas páginas se lo demostrarían. Pero así fue, el éxito del Bum Bum trajo las mieles del desarrollo a toda la zona turística conocida entonces, y la apertura de otro lugar, el Bunga Bunga, en 1952 marcó, junto con el Hotel Papagayo y el Hotel Las Hamacas, el inicio del ahora Acapulco Dorado, a pesar de haber durado funcionando apenas dos años, teniendo que cerrar por algo que hoy es causa común entre la hotelería acapulqueña y que ha llevado a la quiebra a más de tres centenares de hospederías: problemas con los sindicatos.

Beto Barney, haciendo un pequeño paréntesis en sus cotidianas labores de empresario, se dedicó a la colección de billetes y monedas de diferentes países, principalmente de aquellos que había visitado, y para 1958 ya contaba con una respetable colección valuada en 50 mil pesos de aquellos que sí valían.

Es precisamente ese año en que Beto tiene un nuevo trato con Don Emilio Azcárraga, y le renta un terreno de su propiedad para abrir un nuevo club: El Varadero.

La idea es tener varios lugares para la promoción de los artistas, aprovechando que no había negocios similares que “jalaran” mucha gente.

El lugar se abre en la Avenida Costera y Niños Héroes, en donde ahora se encuentra la tienda departamental Gigante.

Pronto adquiere importancia, y se convierte en la sede del Festival Internacional de Cine, en lo que a cenas y celebraciones se refiere.

Multiplicar los centros de espectáculos no sólo abría nuevas fuentes de trabajo y daba más espacios de proyección a los artistas, también abatía el costo de su contratación.

La Asociación Nacional de Actores trabajaba en muy buenas relaciones con el empresario. Notaban su visión y les agradaba la idea porque, a más de la plataforma para las estrellas nacionales e internacionales, eran mayores oportunidades para los locales.

Beto abrió El Varadero asociado inicialmente con Manolo Portilla, que poco después se va a México y vende sus acciones al periodista Agustín Barrios Gómez, titular del influyente noticiero cinematográfico y columna periodística Ensalada Popoff.

Un día llegó Agustín Barrios Gómez y me dio la noticia de que ahora era mi socio. Había comprado las acciones de Manolo. No me pareció mal, y empezamos a trabajar, pero liquidamos la sociedad en 1959, o 1960, no me acuerdo, porque se quemó El Varadero y a él ya no le interesó seguir. Sin embargo, yo lo volví a abrir.

De igual forma, innovador eterno, Beto logra convencer a un político y candidato presidencial, Ezequiel Padilla, propietario de un barco, de que le rente este para convertirlo en un yate turístico y centro de espectáculos flotante. Aceptado el trato, El Ave de Tahití es el primero que surca las aguas de la bahía en recorridos turísticos diurnos y nocturnos, presentando shows de la misma calidad que sus centro nocturnos, ejemplo que después seguirían otros muchos.

El Ave de Tahití sería protagonista de uno de los sucesos más emotivos del Acapulco contemporáneo: la transportación para su inmersión de la Virgen de Guadalupe que, al quedar instalada en el fondo de la bahía, sería declarada Reina de los Mares.

Tomás Oteiza lo narra así en su Acapulco, Ciudad de las Naos de Oriente y de las Sirenas Modernas: “Un acto que causó verdadera emoción en todas las clases sociales del puerto, fue el descendimiento al fondo del mar de una imagen de la Virgen de Guadalupe, después solemnemente declarada Reina de los Mares, iniciativa que surgió del Club de Hombres Rana, del cual son figuras principales Aníbal de Iturbide, Sours, Bush, Mestre, Conti, Arnold y otros más, La imagen fue traída procesionalmente por toda la carretera, partiendo desde la Villa de Guadalupe, haciendo escala en todos los pueblos, cuyos habitantes salían a recibirla en el camino, acompañándola hasta los límites del siguiente y así sucesivamente hasta llegar al puerto de Acapulco, a cuyo encuentro salieron miles de gentes de toda condición social, siendo depositada a la veneración de los fieles en la Iglesia de la Soledad.

El 12 de diciembre fue llevada procesionalmente hasta el malecón, donde fue colocada en una panga. Cientos de lanchas y deslizadores la esperaban para darle escolta hasta el lugar previamente escogido, formando un conjunto náutico de lo más bello que pueda imaginarse; la variedad de colores del vestuario de las damas que acudieron, unas de chinas poblanas, otras de tehuanas, y la multitud de banderas nacionales que se veían ondear con la suave brisa.

El Sacerdote Parra -recién fallecido poco antes de terminar esta biografía- celebró una misa a bordo del Ave de Tahití, terminada la cual se procedió a bajar la imagen al fondo del mar; en estos trabajos intervinieron, entre otros, Daniel Hernández Sosa, Enrique Berlín, los hermanos Villarian que ayudaron a los hombres rana de México ya citados, utilizando aparatos especiales que colocaron la venerada imagen en forma firme y segura en las rocas sumergidas, en el lugar llamado “La Hierba Buena”, cerca de la Isla de La Roqueta”.

Los viajes de El Ave de Tahití a lo largo y ancho de la bahía eran deliciosos. La modalidad causaba atracción a los visitantes, la combinación de paseo y espectáculo de primera calidad era una fórmula ideal pero, un año después, el hermano del político aquel decide llevarse la nave a otros destinos... y el negocio se acaba, pero dejando un parangón difícil de superar hasta la fecha.

Mientras tanto, la fama del Bum Bum no decrece, por el contrario, alcanza junto con el nombre de Acapulco los niveles de sinónimo entre el Jet Set internacional. Llegó el momento en que la gente se agolpaba en la entrada del local, buscando desesperadamente un sitio en el interior.

Sus eventos especiales del 15 de Septiembre, fecha en que se conmemora la Independencia de México, y los de Navidad y Año Nuevo, hacen historia.

Es tanta la fama que alcanza, que surgen decenas de productos con ese nombre: Cuadernos para Iluminar Abuelita Bum Bum; Zapatería Bum Bum; Medias Nylon Bum Bum... y hasta Pasteles Bum Bum que llevaba un negrito caníbal como atractivo principal en su publicidad.

Sin embargo, debo aclararte que mi empresa nada tenía que ver con esos productos o su fabricación, dice Beto con cierto orgullo. Le ponían el nombre por simple admiración. Algunos le llaman ahora piratería, pero en ese entonces a mi no me importaba... por el contrario, guardo de buen grado algunos ejemplares de las etiquetas o la publicidad de esos productos.

 

Audaz  e inquieto como siempre, Barney aprovecha una oportunidad más que le da la vida, y le compra a Teddy Stauffer el negocio que tenía junto al Club de Skíes, repite el proceso de conversión al que aplica todo su entusiasmo e inventiva, y erige, en recuerdo de una famosa película de los inicios del cine nacional, el Rancho Grande, centro nocturno esta vez dedicado a la música vernácula que abre sus puertas presentando precisamente a los actores de la cinta: Tito Guízar y Esther Fernández, acompañados de otros cantantes rancheros y un fabuloso mariachi.

En esta nueva aventura, Beto ya no quiere socios, y la inversión es netamente suya. Pero aquí también interviene la envidia y el celo.

Un par de años después, los lancheros y trabajadores del Club de Skíes empiezan a hostigar al negocio; presentan constantes quejas con mil pretextos, hacen reclamos sin ton ni son, insultan a los empleados y, en fin, todas esas tácticas que emplean aquellos que ven el éxito de los demás como una ofensa a su raquitismo mental.

Beto Barney, indignado, liquida al personal y cierra Rancho Grande.

Nada más para darse una idea de hasta dónde llegaba la internacionalidad de Beto y sus negocios, cabe recordar una anécdota. En Nueva York, se presentaba Tito Guizar. Cantaba en un costoso programa de televisión en el otro lado de la Presa Falcón. Al salir, uno de sus admiradores se le acercó y le dijo: Ya no cantas en el Rancho Grande de Acapulco?

Es en 1960 en que indudablemente Beto Barney inicia una de las más grandes aventuras de su vida -que finalmente se convierte en ventura- al contratar a una de las cantantes de mayor éxito en el ambiente del Rock and Roll: Ma. Eugenia Rubio.

Mi Banco de Escuela, esa pegajosa tonada que estremece el corazón de los jóvenes escolares y que hace lucir incomparable con su muy especial repetición silábica, es la más popular de sus interpretaciones.

Precisamente por estar de moda, Beto la contrata para presentarla en el Bum Bum y alguno de sus otros lugares. Sin embargo, el inicio de la relación es bastante álgido.

Ma. Eugenia acepta el contrato pero, como estaba filmando una película, a la hora de la hora le dice al empresario que siempre no se presentaría. Beto monta en cólera y amenaza con demandarla.

Se lo dije en serio. De todas formas se presentó, pero venía muy molesta conmigo. Y ni modo, había firmado un contrato y tenía que cumplirlo porque yo ya tenía toda la publicidad.

Desde que llegó tuvimos una mala relación, porque no nos llevábamos bien precisamente por el coraje que se había hecho.

Sin embargo, no sólo le permití ir a filmar su película, sino que le puse un coche que la llevaba a México al set y la regresaba por la noche a trabajar. Fueron sólo tres días, porque la película estaba por terminarse pero, quiera que no, cumplió con ambos contratos.

El último mes del contrato, unos amigos le enviaron a Beto unos boletos para la Cena-Baile del Festival Internacional de Cine que se estaba realizando en el Hotel Prado Las Américas de Acapulco. El, en un gesto de camaradería, de esos a que es muy afecto, le regaló los boletos al administrador del Hotel de La Playa.

El administrador, sabiendo de los problemas que había surgido entre Ma. Eugenia y Beto, se apersonó ante la artista y le preguntó si quería ir al Festival. Al contestarle ella que sí, él le entregó los boletos diciéndole que los enviaba el Señor Barney. Maru busca a Beto y le dice: Gracias por los boletos... vamos a ir, verdad?

La cara de Beto no muestra el asombro que experimenta.

Finalmente, fueron a la cena-baile, no sin la advertencia del joven empresario de que debían estar de regreso a las once para el show de media noche.

Con eso se limaron las asperezas, y la relación tomó un tinte cordial, pero respetuoso.

Al terminar su contrato, Ma. Eugenia regresó a México. Sin embargo, Beto descubrió que se había publicado una foto, tomada durante el evento, en la que ella le rodeaba el cuello con los brazos, parada tras él. Era indudablemente una foto compuesta, pero no lo pensé así en ese momento.

Esto molestó profundamente a Dona Behar, también brillante artista y novia de Beto, que le reclamó de inmediato cuando este la visita en la ciudad de México. Era el 19 de diciembre.

Beto, sin más, se traslada a un lugar en la Colonia Polanco en donde Ma. Eugenia estaba trabajando. Fui a reclamarle; al llegar pedí que le avisaran que quería hablar con ella y le invitaba a mi mesa. Sí fue, pero al llegar me dijo: “Ayyy gracias por venir... hoy es mi cumpleaños!”

Ahí me agarró... de ahí... me la llevé a Garibaldi... dice bromista con una ladina sonrisa en los labios.

Así empezó un romance que duró escasamente ocho meses de noviazgo... para desencadenar en un matrimonio que a la fecha dura 45 años.

Beto jamás pensó que, al contratarme para su negocio, estaba también firmando un contrato de por vida! recuerda jocosa Maru.

De su matrimonio, brotan cinco herederos: José Luis, Bárbara, Laura, Roberto y Elizabeth; doce nietos... y un biznieto.

 

El camino del éxito, que tantas veces acompañara a nuestro biografiado, deja correr presurosas las vidas de miles de visitantes.

El tiempo vuela. La sociedad acapulqueña cambia, para su mal. Se engolosina con los grandes proyectos y ve en el urbanismo su propia respuesta a la comodidad, pero olvida el gusto de sus invitados. Y es aquí que debemos hacer un corto análisis del porqué.

Debemos recordar, por principio de cuentas, que Acapulco es “descubierto” por los extranjeros que buscan un lugar placentero, natural, pacífico y hermoso en donde descansar de sus ajetreadas labores.

La Bahía de Santa Lucía, sus montañas aledañas, sus palapas, el aire fresco que corre y su sempiterno sol hacen, junto con sus límpidas playas y la hospitalidad de los lugareños, un paraíso digno del más exigente turista.

No vienen a encontrar la comodidad que dejan en casa, lujosas mansiones en que el Jet Set internacional vive, sino a la naturaleza misma que, pródiga, alimenta y limpia el espíritu embotado del smog y el ruido de las grandes ciudades.

Incluso, el turista medio, ese que no cuenta con los grandes capitales pero que también tiene derecho al descanso, sueña con la palapa bajo cuya sombra gozara del ensueño de un romance.

Por qué entonces darle a quien busca la languidez de la palmera, el frío acompañamiento de un toldo de hule? Qué gana el viajero con llegar a encontrarse “en su propia casa” de la que huye desaforado?

Cómo puede el modernismo aventar al cesto de basura cada detalle que fue su fama? Para qué el cuarto frío dotado a quien desea el tibio calorcito, refrescado por la brisa?

Por qué el cemento que cubre la arena? Por qué la exigencia en vez de la sonrisa? Por qué el protocolo administrativo en lugar de la respuesta hospitalaria?

El tiempo se ha encargado de demostrarlo. El turismo ha abandonado al “moderno” Acapulco, y se lanza en una desesperada búsqueda de desarrollos que sí saben conservar su originalidad, ese ambiente y señorío autóctono y natural que les gusta, que les atrae.

Las ciegas autoridades, que buscan siempre más cabecear en poses serviles a los ambiciosos, comenzaron a “pensar modernamente” en el futuro de Acapulco, y Beto Barney es una de las primeras víctimas de ese modernismo mal encaminado.

Una tarde, simplemente le anuncian que debe adecuar sus locales para meter aire acondicionado en beneficio de su clientela.

Era una rotunda locura! alega  con renacida indignación. Imagínate! Levantar muros que cortaban de tajo con la brisa y la vista. Cerrar la puerta a quienes salían de la playa a bailar. Apagar el hermoso sonido de una orquesta bajo el argumento de que contaminaba el ambiente con su “ruido”. Eso no era lo que venía buscando el turista!

Pero si Beto se escucha indignado ahora, en ese momento la rabia le lleva a una decisión de la que no se arrepiente: cerrar todos sus negocios y liquidar a su gente.

A las autoridades no les espanta. No piensan lógicamente. Por el contrario, ríen, gozan con la decisión del empresario. Creen que todo seguirá igual. Además, no tienen porque rogarle a ese cabaretero indisciplinado! Pocos meses después se arrepentirían, aunque jamás lo reconozcan.

Ya algún tiempo atrás un Presidente Municipal había realizado un Cabildo Abierto en el que se había votado para decidir si se cerraba el Bum Bum o no. El pueblo de Acapulco no avaló las intenciones de sus autoridades, y el movimiento disfrazado de democracia falló.

El Bum Bum cierra en 1967 porque las autoridades querían obligar a Beto a “cerrar” el local y meter aire acondicionado.

Un sólo mes basta para que Beto tomara la decisión. Pudo, pero no quiso hacer escándalo. Pudo haber recurrido a la prensa que tanto le quería y defenderse, pero no lo hizo. Estaba realmente decepcionado de la envidia de la gente, del celo que les causaba ver su éxito y su popularidad. Simplemente habló con los sindicatos, con su personal... y cerró todo!

Beto regaló equipo y mobiliario del Bum Bum al Hotel de La Playa. El menaje de los demás negocios lo arrumbó en una bodega que tenía frente al muelle, en donde ahora están las flamantes oficinas de Banamex. Al pasar el tiempo, Beto vendió la bodega como terreno... incluyendo todo lo que había en ella.

Con el cierre del Bum Bum, y los demás negocios de Barney, se pierden cientos de fuentes de trabajo; meseros, galopinas, cajeros, bartenders, artistas, músicos, locutores, cigarreras y fotógrafos sufren la agonía del desempleo.

Con el cierre del Bum Bum se pierden miles de crónicas en los periódicos de más prestigio en el mundo. Es verdad que no deja de mencionarse a Acapulco, pero el porcentaje de citas es impresionantemente menor.

Unos meses después, ante el alejamiento del turismo que ya no encuentra atractivo en la zona, cierra sus puertas el Jai Alai y más adelante la Plaza de Toros Caletilla, que renacería tímidamente y sin el mismo éxito hasta finales de los noventas.

Pero no para todo ahí. Con el cierre del Bum Bum muere el Acapulco Tradicional que, hasta la fecha, no puede revivir su época dorada ni con la belleza de Caleta y Caletilla.

El Jet Set internacional pierde interés e inicia una huida que se acentúa con el surgimiento de Puerto Vallarta y más adelante el de Can-Cún, Bahía de Banderas, Huatulco y muchos más.

Parece de locura que el alejamiento de un solo hombre pueda causar tal caos; podría pensarse que son exageraciones del escritor, pero no es así. La realidad es cruel, y la historia la registra. Acapulco inicia una larga caída que intenta detener a toda costa. Mas Beto Barney no es culpable la debacle, los culpables son las administraciones ciegas ante una verdad que no se quiere ver.

Pero no se puede reconocer el error. La tónica sigue igual y la política pareja. Si hay una consigna en contra de Acapulco, como muchas veces se ha clamado, no vino de fuera... sino desde adentro!

Se buscan nuevas inversiones y surge el llamado Acapulco Dorado, pero ni así regresa el Jet Set; el nuevo proyecto ve paliada su desesperada existencia con la llegada de cientos de canadienses, que buscan escapar durante cuatro meses del frío invierno, y le da un respiro al puerto.

Mas la mala semilla ya está echada. Nada la detiene. Junto con el modernismo, llega la indolencia, el abuso, la intransigencia, y aquel que recibía con los brazos abiertos a su “amigou” hoy le espera con ansia para aprovecharse de él.

Ya no hay palmeras -si acaso algunas cuantas replantadas a lo largo de la costera-, ni palapas -con excepción de una que otra en casas particulares-, ni playas limpias, ni mar transparente.

Quienes rechazaban el “turismo social”, como llamaban despectivamente al turismo nacional algunos, hoy casi le arrastran al interior de sus negocios.

Los canadienses también se han retirado. Ya no se sienten a gusto en una urbe cosmopolita con embotellamientos que se atascan en las mismas calles que desde siempre han existido.

El Acapulco Dorado pierde su brillo al mismo tiempo que sus hoteles. Con ya casi cuatro décadas de existencia, siguen igual que cuando se inauguraron, pero con el peso y el deterioro del tiempo encima. No hay reinversiones en ellos. Ni siquiera las grandes cadenas hoteleras que llegan a posesionarse del puerto, remodelan sus instalaciones. La venta de firma en firma llega a ser un truco tan frecuente, que hay hoteles que han cambiado de nombre hasta diez veces.

En un último intento, surge el Acapulco Diamante que, con su sola presencia, hace agonizar al Dorado y da la puntilla al Tradicional. Una cosa es segura: Acapulco no será más, al paso del tiempo, para los acapulqueños.

 

UNA NUEVA VIDA

Tras cerrar todos sus lugares, veinte días después de haber desembolsado un millón doscientos mil pesos, de aquellos buenos y firmes pesos, para liquidar a todo su personal y no dejar pendientes, Beto viaja a la Ciudad de México y se dedica una temporada a descansar y gozar de su familia.

Va con apenas cinco mil pesos, pero satisfecho. Previsor también, había comprado una casa para sus padres en Cuernavaca, lugar al que su padre, al retirarse, quiso ir a vivir. Para él, aún soltero, compró una casa en México D.F. y un terreno en Costa Azul, en Acapulco, en donde años más tarde construyera la casa en la que vive actualmente con su esposa y su familia.

Pasan seis meses. Conocedor de su fama, tiempo atrás es invitado por un doctor para asociarse y abrir un lugar llamado La Concha, en Insurgentes. Beto, quizá por aburrimiento, decide aceptar, pero al año, por algunas diferencias en la forma de pensar y actuar, la sociedad se disuelve.

Con la disolución de esa sociedad acaba la vida de Beto Barney como empresario de centros nocturnos. Muere el Señor de la Noche, para dar paso a Alberto Barney Catalán, el ejecutivo.

Aquí surge un controversial parteaguas. Cómo puede un hombre que, en plena juventud, con el éxito que pocos hombres pueden darse el lujo de decir que tuvieron, renunciar a todo de golpe? Porque eso es lo que sucede!

Beto Barney renuncia al espectáculo, a la diversión nocturna, a la vida llena de glamour y fiesta a la que tantos aspiran, con una facilidad asombrosa.

Pero no es sólo eso... Beto Barney cambia el oropel por una humilde plaza de vendedor! El Señor de la Noche muere a los 40 años para dar paso a un común y corriente vendedor de puerta en puerta!

El lo vio -y lo ve así en la actualidad- como lo más simple del mundo: Era vendedor... de estrellas, de talentos, de espectáculos... pero vendedor al fin. Sólo cambié de producto.

Y sí, rompió con el espectáculo, con la noche, con todo. Muchos periodistas se acercaban a él, pero ya era más por la evocación que por conocer planes nuevos.

Ma. Eugenia continúa trabajando. Estaba realizando una presentación en Mazatlán cuando el puerto se vio estremecido por un furioso huracán. Unos días después, y por diferentes razones, Beto arribaba al lugar. Al conocer del riesgo que había corrido su mujer, temeroso de que algo así se repitiese, simplemente le dijo: Se acabó!

Maru se retiró también del ambiente del espectáculo, y se dedicó en cuerpo y alma a atender a su familia; sólo llegó a cantar de nuevo en algunas presentaciones especiales y, muchos años después, ya de regreso en Acapulco, en el coro de la Iglesia de Costa Azul, convertida en  Ma. Eugenia González de la Vega Schilinski, su nombre original.

Pero esa nueva vida sería igualmente testigo de la iniciativa, del entusiasmo que ponía Beto en todo lo que hacía. Vería como, nuevamente, el éxito toca a su puerta, sólo que esta vez en el aspecto comercial.

Beto trabajaba como vendedor en la General Electric de México S.A. de donde pasa a Copormex, S.A., fabricantes de la línea blanca Kelvinator y Across, colaborando 17 años con ellos.

Durante un año fui un simple representante de ventas. Luego, me nombraron Gerente de Ventas en la Sucursal Monterrey, en donde estuve también un año, pasando después a la Gerencia General de Ventas por tres años. Finalmente, fui el Director Comercial por los siguientes doce años. Diecisiete años al servicio de la empresa.

En menos de tres años, con trato, inventiva, iniciativa, entusiasmo y todos esos dones que Dios le dio, Beto llega a ocupar un nuevo papel preponderante por los siguientes diecisiete años.

Un recuerdo ensombrece la faz de nuestro biografiado cuando evoca que, por esos años, Jorge Soberón hacía campaña para su candidatura a la gubernatura de Guerrero.

Me dio por acompañarle a algunas partes de su gira; teníamos una muy buena amistad. Nos reuníamos con Alejandro (Cervantes Delgado) y con Alfonso (Benitez) en la casa de uno o de otro para jugar dominó, a comer... o simplemente a platicar.

El día que el presidente José López Portillo le notificó que era el candidato oficial estaba feliz. Sin embargo, al día siguiente, murió de un sorpresivo infarto.

Tiempo después, en uno de sus múltiples viajes a Acapulco, que jamás olvidó, se encontró con el ya entonces Gobernador del Estado, el Profr. Alejandro Cervantes Delgado, amigo suyo de años atrás quien tenía muy buenos proyectos para el puerto.

El Gobernador, conocedor de su trayectoria como empresario, y ahora como ejecutivo en el ámbito comercial y la mercadotecnia, le pidió ayudarle a recuperar aquella zona en la que tantos éxitos tuviera con su inolvidable Bum Bum.

Beto se asombró, él sólo venía a pasar el fin de año con sus familiares y amistades!

Pero Cervantes Delgado, con toda la amabilidad y fineza que le caracterizaban, insistió. Su responsabilidad sería incrementar el turismo hacia la zona, remodelar y modernizar con los prestadores de servicios sus centros de atención, y embellecer el área urbana y sus playas.

Se removía la vieja espinita. Le habían puesto el dedo en la llaga. 

Así, Beto Barney regresó a sus lares de antaño como Director General del Acapulco Tradicional, nombre que ya recibía la citada zona ante el surgimiento de una nueva: la Dorada.

Quizá por modestia, quizá por vergüenza, quizá por coraje, Beto no habla del resultado de sus esfuerzos ante la responsabilidad adquirida pero, tornemos de nuevo a la historia registrada en los medios: no hubo proyecto que se planteara, que no encontrara obstáculos ante nuevos intereses; ante la abulia que se había enraizado entre sus habitantes; entre el mismo desinterés de las autoridades, tanto municipales como estatales y federales.

Algunas obritas se hicieron, pero ni el mismísimo Beto Barney podría sacar al toro de la barranca ante tal indolencia.

De 1989 a 1990 funge como Director de Relaciones Publicas de la Secretaria de Fomento Turístico, en donde sus ideas se topan con el mismo problema, aunque él lo calle. Muchos proyectos, pocas acciones y, las que se realizan, de relumbrón.

De luchar se cansa el hombre, reza un viejo refrán, y Beto deja de pugnar por revivir el esplendor de su puerto amado. No es el único que lo ha intentado, pero nada se puede ante el obcecamiento generalizado.

En 1991 es nombrado Director de Ventas y Cobranza del Cinturón Ecológico de Acapulco, puesto que ya toma con interés administrativo.

Finalmente, en 1994, ingresa a CAPAMA -la Comisión de Agua Potable del Municipio de Acapulco- en el Departamento de Ventas, creado ante una idea de él para incrementar la prestación y regularización de los contratos de servicio; no por nada cuenta con 4 diplomados en cursos de mercadotecnia y ventas.

Actualmente, se desempeña como titular del Departamento de Atención Especial al Usuario en la misma paramunicipal.

Desde hace algunos años, el buen Beto, como le llaman ahora con sumo respeto sus compañeros y amigos, que no dejan de pavonearse ante los demás de esa amistad y son sus principales pregoneros de la vieja época, forma parte de grupos y clubes sociales como el Grupo Aca, el Solidaridad, o el Amigos de Amigos.

Hoy, su rutina es la de cualquier ciudadano. La del hombre común y corriente que va de su casa al trabajo, y del trabajo a su casa. Del compañero y amigo afectuoso. Del padre amoroso que está siempre pendiente de las necesidades de los hijos... aunque estos tengan ya hijos y hasta nietos!

Tiene setenta y siete años a la fecha de estos textos, y no hace ejercicio alguno. Vivo, simplemente vivo. No ha perdido la sonrisa abierta y franca, ni la alegría por vivir. El amor para con su pareja sigue indemne, y es bien correspondido.

Tampoco su filosofía ha cambiado. El la resume con una frase: No dañarme el corazón. Y aclara: Si no quieres dañarte el corazón, no subas una escalera corriendo, ni pisotees a los demás. 

El recuerdo más lamentable que tiene es la muerte de sus padres: él en 1970, ella en 1982; su mayor alegría: sus hijos; y su satisfacción más grande... el haber sido el hombre que proyectara a su querido puerto a niveles internacionales.

Afirma que no cambiaría nada de lo que hizo en su vida. Todo lo que quise, lo hice; todo lo que desee, lo tuve. Con todo y la diferencia de formas, modos y actitudes, asegura que, de tener la oportunidad de repetir sus hazañas en la época actual, lo haría sin pestañear. No hay aún un centro nocturno de las características de los que tuve, familiares ciento por ciento, y ninguno puede presumir de tener un espectáculo realmente internacional de primer nivel, como los que llegué a presentar. Y hacen falta!

El reconocimiento a la trayectoria de Beto Barney fue ignorado por muchos años. Quizá un dejo de culpabilidad por parte de la sociedad misma, quizá un poquito de rencor por los efectos ante el cierre de sus centros nocturnos, quizá por indolencia misma.

Sin embargo, en la última década los homenajes y reconocimientos han surgido con el mismo respeto y admiración que se le tuvo a Beto en la época dorada de los 50’s y 60’s.

Cuelgan silenciosos en los muros de su casa los testimonios de los reconocimientos del Grupo Aca, Solidaridad y Amigos de Amigos, al lado de otros brindados por los gobiernos de los Estados de Guerrero y Veracruz, la Secretaría de Turismo, el Instituto Tecnológico de Monterrey, la Universidad Americana de Acapulco, la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación, la Cámara de Comercio, y el Ayuntamiento de Xalapa, que le nombra Huésped Distinguido.

Como anécdota curiosa, Beto y yo descubrimos, en el momento de estar haciendo el recuento de los reconocimientos recibidos, que faltaba uno.

Hace unos cinco años, Editorial Sagitario organizó un ciclo de homenajes a reconocidas personalidades del puerto. El primero realizado fue, precisamente, a Beto Barney.

En mi calidad de Director de la casa editora, invité a participar a todos aquellos organismos, instituciones o empresas que, de alguna forma, se vieron beneficiados con la trayectoria del homenajeado.

Así, se sumaron al homenaje el Sindicato de Músicos, la Asociación Nacional de Actores, el Ayuntamiento de Acapulco, la Dirección de Turismo y muchos otros más. El evento fue amenizado con “palomazos” de cantantes y artistas amigos de Beto, y aún actuales que recuerdan la fama del Bum Bum.

En el ajetreo de la organización, los nervios del momento, y la supervisión del suceso, hubo un pequeño olvido: el Diploma de Reconocimiento que Editorial Sagitario, organizadora del evento, tenía preparado para entregar al homenajeado... se quedó en el folder que, aún ahora, está archivado en las oficinas de Sagitario!

Beto Barney y yo, sentados a su mesa, reímos ante el curioso descubrimiento.

Así pues, bajo la firma promesa de entregar a la mayor brevedad el posiblemente ya amarillento Diploma de Reconocimiento olvidado, sirva esta obra no como un reconocimiento más a la trayectoria del hombre que dio lustre y esplendor a Acapulco, sino como la perpetuación de ella ante las nuevas generaciones.

Quizá alguno de sus integrantes, al conocer o recordar la obra de Beto Barney, decida iniciar un reencuentro con el camino correcto y encabece una real lucha por el rescate del puerto más hermoso del mundo: Acapulco.

Por mi parte, dejo constancia de que la vida me ha permitido tener la satisfacción de convivir con grandes personalidades; ser testigo de sus luchas, sus esfuerzos, sus triunfos y sus alegrías por igual que de sus fracasos y sufrimientos, me obliga a rendir un homenaje a la amistad y a la historia, guardando este testimonio como un eslabón más de la cadena que conforman los sucesos patrios.

 

Mi respeto a sus vidas, a su trayectoria, a su recuerdo. Gracias por su amistad.

 

 

 

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