DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA          

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DIRECTORIO MUNDIAL DE LITERATURA, HISTORIA, ARTE Y CULTURA

Alma mía... para ti!

 

La Academia Latinoamericana de Literatura Moderna
dentro de su Programa de Financiamiento para Escritores Iberoamericano
y con su Programa Editorial Sagitario
presentan
 
Alma mía... para ti!

 

 

Una obra más del Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

Tercera Edición

 

A todos los niños del mundo, con el deseo

de borrar en parte el sufrimiento de muchos

y como ejemplo de los demás.

 

A Dios, por su inspiración.

 

A Norma, por su apoyo.

 

A todos mis hijos, por la gracia

que Dios me dio con ellos.

 

PROLOGO A LA PRIMERA EDICION

(1977)

 

Se dice que un hombre, para dejar huella de su paso por el mundo, debe tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. Quizás estas conclusiones provengan de alguien que pretendía que todos y cada uno de nosotros luchara por una superación, inminentemente demostrada, en la creación de un libro, pero, conozco gente que, sin escribirlo, ha dejado una profunda huella de su paso por esta azarosa, pero al fin bella vida.

Por mi parte, considerando que no cumplo con los requisitos indispensables para marcar mi huella en el tiempo, pretendo hacerlo siguiendo el consejo de aquel que dijese lo que comentamos arriba. Tengo tres hijos, a cual más hermoso (vista de padre, quizás), he plantado muchos árboles y, ante la confianza de ustedes, me permito presentar mi libro.

Mi condición de periodista abotagaba mi mente con referencia al tema sobre el cual desarrollaría mi obra. Pasaron fugaces ideas sobre política, economía (de lo cual sé un bledo), historia (algo que me agrada), y mil cosas más, sin que me decidiera por cualquiera de ellas.

En ocasiones, cuando me faltaba material de algún reportero transcribía a la máquina pequeños cuentos cortos que alguna vez imaginaba, o contaba a mis retoños. A ellos, les encantaban, a la gente que me favorecía con su lectura también. Y como se trata de dejar una huella de mi paso por este mundo, de la cual puedan enorgullecerse mis propios hijos, pensé… por qué no dejar ese legado a todos los niños de México?.

Para esto, conté con el decidido apoyo de mi buen amigo y compañero, al mismo tiempo que mi jefe inmediato, Raúl Rodríguez Peñalva, Director General del Diario "El Correo de México", quien entusiasmado con "El pequeño y el soldado", cuento en el que considero haber puesto todo mi amor, me ofreció editar en sus propios talleres este pequeño libro que ahora tienen en sus manos, me impulsó, y prácticamente, me obligó a realizarlo.

Me habló con firmeza y blandiendo un tono senti-mental a su voz, sobre la lectura con la que cuentan actualmente nuestros pequeños, de la añoranza por aque-llos cuentos de hadas que todos nosotros leímos, de un "libro blanco" que pudiesen hojear los hijos de todo el mundo sin manchar sus tiernas manecitas, del orgullo que representaría para los míos el poderles leer, con el tiempo, estos mismos cuentos a los suyos.

Y así, un día, empezó a tomar forma Alma Mía...Para ti !.

Vaya pues mi dedicatoria a todos los niños del mundo; a aquel que pasa las noches abrigado por una frágil hoja de papel periódico, acurrucado en el quicio de una puerta; a aquél que duerme en una pequeña camita que, en todas partes, es la esperanza de un mundo nuevo, de una vida mejor, del sueño dorado de todos y cada uno de nosotros: la paz mundial. En fin...Alma mía...para ti!

(11 de abril de 1977)

 

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

 

Casi veinte años debieron pasar para que pudiese yo pagar la deuda que tenía con un gremio que me ha acogido por treinta. Hace diecinueve años, Raúl Rodríguez Peñalva me impulsó a escribir mi primer libro, este mismo que usted tiene ahora en sus manos. Mucho otros más escribí durante este tiempo. Y, aunque Raúl, al paso de los años, cambió y dejó de ser el mecenas del periodismo para volverse un mercenario, la acción aquella no se olvidó.

Ahora, casi veinte años después, nace Editorial Sagitario, una editorial destinada a pagar esa deuda que, por la vida misma, dejó de ser con Raúl, para convertirse en una deuda con el periodismo mismo, con mis compañeros periodistas y escritores. Editorial Sagitario será el medio para que, todos aquellos que no  pertenecen al Jet Set literario, que no pudieron alcanzar las puertas de las grandes editoriales, (a quienes manifiesto mi rotundo respeto, pero que hicieron elitista su labor de difusión cultural), puedan ver publicados sus escritos, con el único requisito de que sean útiles a una sociedad que abandona poco a poco el bello arte de la lectura, tengan un mensaje que ayude a mejorar la humanidad, y cumplan con un fin importantísimo: aportar un granito de arena a la literatura mexicana, sin importar su condición humilde o falta de recursos materiales, que no literarios.

Pago así mi deuda multiplicadamente, con la ayuda de Dios, y con la confianza de mis compañeros que así verán cristalizadas sus muy válidas aspiraciones.

Por un creo que muy justificado y vanidoso capricho personal, quise que la primer obra publicada por Editorial Sagitario fuese, precisamente, esa pequeña obra editada hace casi veinte años: Alma mía...para ti! Nuestro esfuerzo se ha dividido en dos grandes colecciones: Vida y Obra, que comprenderá las creaciones de plumas reconocidas y Nuevos Valores, que dará cabida a todos aquellos que nunca han publicado nada.

Valga pues, nuestra muy sana intención, para que la literatura mexicana se vea enriquecida con las obras de esos quizás grandes escritores que lo único que necesitan es una oportunidad. Si de todos los que participen, alguno, uno sólo, crece hasta llegar a ser inmortal, el esfuerzo habrá valido la pena.

 

(Enero de 1996)

 

 

PROLOGO A LA TERCERA EDICION

(2005)

 

A veintiocho años de su primera edición, y casi diez de la segunda, esta tercera edición se constituye, por así decirlo, en una conmemoración al tiempo y a la historia.

Cuando se imprimió por primera vez, era apenas un incipiente escritor que -con todo y ya tener para entonces 14 años en el periodismo- veía con entusiasmo su primer libro editado. Pero va de historia, que tampoco cuento en la segunda edición, y es que no era precisamente este pequeño libro el primero preparado y programado por mi para ser publicado.

En realidad, Yo El Daminificado, una denuncia sobre los abusos y corrupción generados en el seno de las autoridades responsables de atender a las zonas dañadas por el sismo del 73 era -y es, aunque perdida- mi primera obra. Su formato era de novela. Toqué -como ya lo he comentado en otras de mis obras- las puertas de las grandes editoriales, y todas se negaron a publicarla.

Fue ahí, en ese momento, en que surge el gusanito de, algún día, crear una editorial en la que se le abrieran las puertas a los escritores noveles, a los desconocidos pues.

Es así, cuando en 1996, al alcanzar el sueño de crear Editorial Sagitario, que Alma Mía... para Ti! retoma el camino y se convierte en la publicación No. 1 de nuestra casa editora, todavía plagada de sueños y entusiasmo.

Ahora, los sueños y el estusiasmo se fueron por un caño. Cuando escuchaba a los editores experimentados comentarme que estaba loco al trabajar con escritores noveles, consideraba que lo decían por envidia o simplemente por no tener las agallas para publicarle a un desconocido, para no  arriesgarse. Pero no... cuánta razón tenían!

Hoy, me he visto obligado -como editor- a cerrar las puertas de ese financiamiento abierto a todos, me he visto obligado a ser selectivo, tanto en la calidad literaria, como en la calidad moral del escritor.

La verdad de la vida azotó mi orgullo mucho más fuerte que la palabra de otros con mayor experiencia. Sin embargo, a las puertas de nuestro décimo aniversario, renuevo los votos que hiciera de apoya a los nuevos valores de la literatura, ya no sólo de casa, sino de fuera, mas con ciertas condiciones, en forma restringida y organizada. No más ilusiones de descubrir a un nuevo Altamirano sólo por la piel morena o el hablar tartajeado; no más justificaciones a la ignorancia acompañada de rutiliante título universitario, sólo por el afán de tener una obra más en el catálogo, no más a la ingratitud que convierte al hombre en el cuervo que te sacará los ojos.

El 2006 marcará un nuevo camino editorial. Sufro al pensar cuántos se quedarán en el sendero, pero no es posible cargar con todos como si fueran inválidos, porque al final de cuentas, lo son de mente y espíritu. Un abrazo fraterno, desde hoy mismo, al que realmente siente la palabra escrita como el verbo y cree firmemente que una golondrina no hace verano.

 

Salud en la nueva ruta.

 

Dr. Fco. Xavier Ramírez S.

 

 

 

 

 

 

 

EL PEQUEÑO

Y EL SOLDADO

 

Aquel día era un día especial; no era como todos los demás, era diferente, era 30 de abril, día del niño. Por eso el pequeño papelerito corría feliz y confiado, sabiendo que era el día en que se mostraba cariño a todos los niños, el día tan esperado por él, que a pesar de su corta edad, no tenía a nadie en el mundo.

Es decir, tenía a sus padres, pero como si no los tuviera. Hacía tiempo que no los veía y no los veía por que le maltrataban.

Y así, corriendo sobre las nubes de sus felices pensamientos, sorteando los carros que cruzaban raudos por el zócalo, pasó frente a un edificio grande y bello, un edificio por el que le gustaba pasar: Palacio Nacional.

De pronto, se detuvo ante la gallarda figura del soldado que se encontraba de guardia y, con su infantil candor, le preguntó:

- Oye...cuando sea grande podré vestir como tú..?  Te ves muy guapo con tu uniforme, sabes?

- ¡!¿?

- Por qué no me contestas...?

El gallardo mílite, con el rabillo del ojo, lo observó pensando:

- Vamos pequeñín, ¿no sabes que no nos está permitido hablar cuando estamos de guardia? Corre, vete a tu casa, claro que cuando seas grande puedes vestir como yo.

- No me vas a contestar...?

Recalcó el pequeño con los ojos rasados en lágrimas.

-Ya te hice enojar, verdad...? o es que… tú tampoco me quieres?... te juro que siempre me voy a dormir y tempranito pues… a trabajar de nuevo...

Y dentro de aquella alma de acero, enfundada en el orgulloso uniforme, el soldado mentalmente replicaba:

-Vete pequeño, si te ve el teniente se molestará y quizás te ofenda, vamos… vete..!

Y, como si adivinase sus pensamientos, el teniente al mando salió y dirigiéndose al muchachito espetó:

-¡Largo de aquí… no estés molestando… muchacho mugroso...! Al tiempo que amenazaba con golpearlo.

- Por qué señor..?... estaba saludando a mi amigo… no estoy haciendo nada malo… además… ahora es día del niño...

-Me importa muy poco el día que sea… largo dije… LARGO!

Y el pequeñín se alejó diciendo en muy baja voz:

-Por que nadie me quiere?... por qué no puedo hablar con alguien sin que me grite y me maltrate...?

...mientras el niño se alejaba… el teniente se sorprendió al dar vuelta y notar que… de los ojos del valiente que no se arredraba para dar la vida por su patria, rodaban dos lágrimas de desesperación y de cariño.....

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOCHE DE REYES

 

El bullicio era atronador; los chiquillos correteaban incansablemente negándose a ir a la cama, ilusionados con ver a sus personajes favoritos: Melchor, Gaspár y Baltasár, los tres Reyes Magos que año con año les hacían infinidad de obsequios, absteniéndose solamente con aquellos que se habían portado mal.

Días antes, en el fondo de la vecindad, tras una desvencijada puerta, una viejecita atiborraba dos grandes tinas con ropa que, a leguas, se notaba era ajena.

Con inmenso trabajo, trasladó las tinas al quinto patio y, colocándolas junto a los lavaderos, empezó a fregar.

Así, fregando y echando jabón y agua, pasó todos esos días. Las vecinas le obsequiaban con una amarga sonrisa, cada vez que pasaban junto a ella, dejando traslucir sus pensamientos.

Tulita sabía perfectamente que se condolían de ella. Hacía diez años que su hija muriera en sus brazos, dejando un retoño que ahora era su adoración… el padre… quien sabe qué fue del padre...

La víspera de Reyes, Tulita quitó los trastos viejos de la mesa y extendió sobre ella una cobija que delataba la pobreza en la que vivía. Encendió el fogón, y puso las planchas de fierro encima de las coloridas llamas. Una a una, las prendas fueron alisadas perfectamente y, tras doblarlas con cuidado, Tulita salió a recorrer media ciudad cargando tremendo bulto.

Por fin… el cansancio venció a la chiquillería y poco a poco, uno a uno, fueron desapareciendo bajo las raídas cobijas de sus camastros.

¡Y amaneció! Si el alboroto del día anterior era fenomenal, el de ahora le superaba con mucho. Todos intercambiaban exclamaciones de asombro ante los juguetes recibidos por obsequio de "los reyes".

Sin embargo… dentro de la tremenda barahúnda… se notaba un silencio desgarrador. Alguien faltaba. Se sentía su ausencia.

Era Betín, el hijo de Tulita. Pero… esperen, quizás aún no se ha levantado. Ya ven que se estuvo despierto hasta muy tarde, hasta que su "madrecita" regresó agotada por el tremendo esfuerzo que significó lavar y planchar los cerros de ropa ajena y que quien sabe por qué motivos insistió en terminar esa misma noche.

Lentamente, picados por la curiosidad, los vecinos abrieron la puerta desvencijada que cubría le entrada del cuartucho.

Esperaban el momento propicio para lanzar un amis-toso grito que levantara a Betín para que viera sus jugué-tes… juguetes que asomaban apenas sobre la mesa que sirvió de testigo de la agotadora jornada del día anterior.

Mas… callaron todos al escuchar un débil sollozo… un sollozo que reflejaba una soledad tremenda.

Y, al abrir por completo la puerta, observaron a Betín acurrucado a los pies del destartalado camastro en el que yacía frío, pero con una sonrisa de felicidad, el cadáver de mamá Tulita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOVILLERO

 

Se hincó ante su madre que, temblorosa le dio la bendición, pensando muy en sus adentros si no sería esta la vez que tanto temía. Si esta presentación, en la que recibía la alternativa, no sería la última.

El, silencioso, correspondió con un beso en la santa frente, y se retiró acompañado de los amigos que le alentaban y felicitaban por la gran oportunidad que, también muy adentro, todos ellos esperaban.

La viejecita no quiso asistir; no, de ninguna manera, ella sabía perfectamente que una madre o una esposa nunca deben asistir a la presentación de un torero. ¡Ah, por que su hijo ya era torero!.

Una vieja amistad de su padre, fallecido entre las cornamentas de un astado, le brindaba la oportunidad. Una oportunidad que de ninguna manera podría desper-diciar, aunque, como siempre, se siente inseguro, teme-roso, falto de confianza.

La plaza estaba a reventar, se presentaban dos grandes figuras; él, el novillerito que pretendía igualarlos, tembló ante la grandeza de sus compañeros de suerte. ¡Eran mu-cha pieza, verdad de Dios!

Tocó su turno, recibió la alternativa de uno de los grandes, no era cosa de dejarlo mal parado, no, imposible hacer una cosa así. La gente aullaba por presenciar al nuevo "fenómeno". Unos, esperando ver el nacimiento de una estrella, otros, con el placer morboso de verlo fracasar o ensartado por uno de los grandísimos cuernos del gigantesco animal, al menos, así lo veía él en ese momento.

Y el llamado se repitió, allá como entre sueños, escuchó una voz que decía: "vamos hijo… demuéstrales quien es el chiquillo de Triana.."

De pronto, se plantó en el medio de la plaza; no veía a nadie, sólo escuchaba un tremendo murmullo que se convirtió en atronador sonido brotado de miles de gargantas, cuando se abrieron los toriles.

La viejecita no se despegó un segundo del reclinatorio que estaba situado al pié de un altarcillo que homenajeaba a la Virgen de la Macarena. Sus rezos se repetían cansa-damente… de pronto, allá a lo lejos, escuchó un clamor… era le gente que salía de la gran plaza.

Se asomó a la ventana, ansiosa por saber que pasaba… no podía ser algo bueno, era demasiado pronto para que la corrida terminara.

La gente corría, unos lloraban, otros gritaban incohe-rencias que la humilde viejecita no entendía.

El grueso de la gente se dirigía hacia su ventana… los ojos llorosos no le permitían ver… temía lo peor.

Pronto llegaron… lo traían, sí… la corrida no había terminado, la gente no lo había permitido, simplemente le había levantado en hombros y le llevaba a su madre… había nacido una estrella!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PAYASÍN

 

El alboroto de la chiquillería indicaba que Payasín había llegado. Las señoras se reían burlonas del hombre que disimulaba su harapienta persona pintarrajeándose la cara y haciendo mil muecas que, después de todo, le dejaban algunos centavos que la chiquillería le aventaba al piso, una vez que él terminaba sus grotescas actuaciones.

La chamacada se arremolinó en su derredor, mientras él, solemnemente, depositaba en el piso varias destartala-das cajas de cartón, a punto de desbaratarse, que contenían las mil y un cosas con las que acompañaba sus presen-taciones.

Poco a poco, la gente se fue juntando, formando un cuadro para reírse y olvidarse del diario trajín.

Lo primero que sacó de entre sus cachivaches fue un muñeco, tan andrajoso como él, pero de una caritilla tierna y dulce que arrancaba suspiros de su infantil auditorio.

-Vamos a ver Don Cosme… cómo se saluda?

Y el muñeco hacía una leve inclinación de su cabeza, mientras abría la inmensa boca manipulado por su propietario, a la vez que se oía una voz que a leguas disimulaba la entonación de Payasín.

-Buenos días pequeñines, ya tenía yo ganas de volver a verlos… a ver… cómo han estado..?

Y la chiquillería respondió a coro: "Bien… bien… Don Cosme.."

En ese momento, Payasín, a pesar de lo blanco de su pintura, mostró una lividez tremenda en el rostro, en tanto fijaba la vista en un automóvil último modelo que se detenía a un costado de la multitud, obligando a todos a voltear la cara hacia ese lugar.

Solemnemente, el chofer bajó del coche, y cumpliendo un elemental deber, abrió la portezuela por la que bajó un joven elegantemente vestido.

Lentamente, se abrió paso entre la absorta multitud, y tomando de su cartera un billete, lo extendió al payaso que, con los ojos rasados en lágrimas, rechazó amable-mente.

Tras la nueva insistencia y nuevo rechazo, aquel joven dio la vuelta, abordó su lujoso auto y partió, partió en la misma forma en que había llegado, silenciosamente, solemnemente.

Una señora, conmovida por el acto del payaso y conociéndolo, conociendo su necesidad, se acercó diciendo:

-Qué le pasa Don Ramón..? -nombre real de nuestro humilde personaje- por qué el rechazo de ese dinero que tanta falta le hace... y por qué esas lágrimas..?

-Por nada… por nada...

contestó el payaso, preparándose para hacer reír a la chiquillería.

Otra persona, en un susurro que alcanzaron a oír muchos de los presentes, dijo a su compañero:

-Llora el payaso… llora lágrimas reales, por que el que le ofreciera el dinero, en vez de éste, cariño y comprensión debiera darle, por que al fin y al cabo… es el deber de un hijo para con su padre y éste… éste pobre payaso… es un gran padre!

 

 

 

 

 

 

 

 

NOCHE DE ANGUSTIA

 

Pasaba el tiempo inexorable, mientras en la hermosa camita la rosa fresca de la familia se debatía entre la vida y la muerte. Los padres, cabizbajos, lanzaban al cielo un rezo que clamaba angustioso por el restablecimiento de la pequeña.

El doctor, pocas esperanzas había dado. Las medicinas se amontonaban sobre el buró, como silenciosos testigos de la intensa lucha por salvarla de la muerte que la ciencia pronosticaba.

Su respiración era lenta, acompasada; su carita otrora sonriente y cariñosa, presentaba una tranquilidad tan grande como la angustia de sus progenitores.

La noche era clara, hermosa, alumbrada por una luna que más parecía alegrarse de la desgracia que sentir pena por la nena. Las aves nocturnas cantaban a coro una marcha que se antojaba tétrica en esos momentos.

Dos hermanitos más grandes que ella, acurrucados en un rincón, se negaban a ir a dormir, uniendo sus infantiles rezos a las plegarias de ellos.

Esperaban el fatal desenlace en cualquier momento, el doctor, pocas esperanzas había dado.

La madre, anegada en lágrimas… el padre, con el entrecejo fruncido por la impotencia, y el corazón contrito por la pena.

Poco a poco, el silencio fue haciendo presa de la noche, y sólo a lo lejos se oía el croar de viejas ranas que anidaban en el estanque. Una nube compasiva tapó la luna, que lanzó un gesto de desagrado.

Su respiración era acompasada, lenta, su carita otrora sonriente y cariñosa, presentaba una tranquilidad tan grande cómo la angustia de sus progenitores.

El Doctor… había dado pocas esperanzas... la medicina seguía en el buró.

Así, lentamente, se fue muriendo; poco a poco, como quien no quiere irse y se despide muchas veces. Como quien tiene miedo de lo que pueda pasar.

Una cortina de luz empezó a bañar el alféizar de la ventana, la obscuridad ofrendaba su vida… la ofrendaba lentamente, como quien no quiere irse y se despide mucha veces. Como si en el cielo alguien cediera ante los rezos de padres y hermanos. Como si fuera un intermedio común y corriente. Como si la vida fuera tan fácil de conceder.

Así la noche se fue muriendo lentamente, como quien no quiere irse y se despide muchas veces.

El sol, en lo alto, daba testimonio del milagro, reflejándose en los ojos de la nena, en la sonrisa temblorosa de los padres, en las lágrimas felices de los niños.

Así, lentamente, abrió los ojos, como quien no quiere irse y determina no hacerlo. El doctor… el doctor… ya está olvidado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CUNA FIEL

 

Vivía en las entrañas de la tierra y cierto día, las manos del hombre le sacaron para purificarla. Las altas tempera-turas a que fue sometida le templaron el carácter y le hicieron fuerte a los embates naturales.

Por último, las mismas manos le dieron forma en el yunque forjador y la hicieron esbelta y resistente, para que más tarde, un artífice del metal creara con ella un mueble, un mueble destinado a vigilar el descanso de la ternura hecha hombre, del futuro del mundo: un bebé.

Sí, aquel metal que estaba bajo tierra, ahora era la amorosa cuna que cobijaba a un pequeñuelo de sonriente faz, que por desgracia había ido a parar a aquel orfana-torio, un pequeño frágil pero hermoso varoncito enérgico, que mostraba su templanza desde tan temprana edad.

Una madrugada, la tierra se cimbró, ríos enteros saltaron de sus cauces, grandes montañas se desgarraron, la ciudad entera clamaba piedad al cielo, mientras sus edificios, otrora fuertes y seguros, se desmoronaban como castillos de naipes.

En el orfanatorio, el caos no era menor, las estanterías con pequeña ropita y biberones escandalizaban al caer por los suelos, los bebés lloraban, y enfermeras y afanadoras se lanzaban en loco correr a la calle, poseídas por el pánico, olvidando en su desesperación a todos aquellos infantes que quedaban a su propio riesgo, un riesgo tan frágil como el del cristal más puro y delgado.

Sin embargo, la cuna no se inmutó y, tras hablar con sus compañeras, trazó el plan a seguir… pasaron las horas, la calma renació entre la población y se empezó la penosa tarea de rescatar a muertos y heridos.

Alguien recordó el orfanatorio y, en unión de muchos más, bajo la guía del conserje del mismo, llegó hasta los escombros; ¡oh desolación! El techo habíase derrumbado, mas cuando se iban a retirar desconsolados, escucharon el llanto de un pequeño.

¡Vive… vive...!, gritaron a coro, y el conserje, hombre maduro y arriesgado, se lanzó entre los escombros para encontrar que, sosteniendo el techo desplomado, prote-giendo la vida de cien pequeños, estaban brazo con brazo y a punto de ceder, la cuna fiel en unión de sus compañeras.

 

(En recuerdo al milagroso suceso en el que cien bebés se salvaran, durante el terremoto de Managua, gracias a que sus cunas pudieron sostener el peso de la loza desplomada)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

POESÍA

 

-Sabes madre? -Pensaba la pequeña- te voy a hacer un poema!

-Un poema que diga lo que tú eres, que diga cómo me duermes en tus brazos cantando quedamente.

-Un poema que diga cómo observas mi incierto cami-nar, y el color de tus mejillas cuando escuchas mi llanto.

-Un poema que cante a la vida el glorioso esplendor de tu cabello, frágil y claro, con el que juego cuando me cargas.

-Un poema para ofrecerte algo de lo mucho que me has dado desde antes de conocerte, para recompensar en parte tu dulzura y amor, tu dedicación y esfuerzo, tu placer y sufrimiento.

-Un poema plagado de sentimiento, desbordante de cariño, rebosante de infantil agradecimiento.

-Un poema en que se fundan tu vida y la mía, para volver a ser una, para no separarnos jamás.

La madre, que le miraba embelesada, extendió los brazos y, adivinando el pensamiento de su pequeña, dijo:

-Dime amor mío… que piensas? Dilo sin miedo que yo sé comprender tus ansias, que cada palabra tuya es un poema.

Y la pequeña, al tiempo que era alzada de la acogedora cuna, balbuceó su poema glorioso:

-Ma....má....!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LLAMAS DE CARIÑO

 

La casita, si a eso se le podía llamar así, era de cartón corrugado y pintado con chapopote. Estaba enclavada en una de las populosas colonias perdidas de la gran metrópoli y, aunque humilde, en ella reinaba la paz y el cariño.

Eran sus habitantes una familia venida del campo, que abandonara las tierras de labor con la esperanza de encontrar una nueva vida. La formaban él, ella y sus cuatro pequeñines a quienes prodigaban todo el amor que sólo padres como ellos pueden dar.

Aquellos cuatro retoños eran la fe en el futuro de los amorosos padres y el motivo gigantesco de su titánica lucha, eran, en sí, la vida misma de la feliz pareja.

El, dedicado a la dura tarea de la albañilería, ella a la difícil tarea del cuidado del hogar; ellos, aprovechaban profundamente la alegría de sus primeros años de vida.

Pero… la existencia es injusta y se ensaña con mas acritud en donde la humildad es más grande, aunque más feliz.

Una tarde, cuando ella llevaba alegre la comida a su cumplido cónyuge, al llegar a la obra en turno que fuese santuario del trabajo de él, alcanzola una vecina que, a gritos, comunicábale que su paupérrima pero limpia vivienda, era pasto del fuego.

Corrió, corrió con el corazón apretujado por la angustia y, sin decir más, se lanzó entre las llamas, de donde sacó, uno por uno, a sus amados hijos; pero no eran sólo ellos los que le preocupaban, eran también las escasas perte-nencias que poseían.

Mientras tanto, avisado de la desgracia, él llegó en el momento en que la débil casucha se derrumbaba y, con la misma devoción que ella mostrara para con los pequeños, se arrojó entre las ruinas para quedar, en postrero abrazo, unido para siempre con su amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ZAPATITO TRISTE

 

Diariamente, Arturín se levantaba temprano para ayudar a su tío a repartir el periódico. Diariamente, se ponía sus pantalones viejos, pero muy limpios, tanto como la camisa blanca que a todas horas conservaba su blancura.

Diariamente, se lavaba la carilla de pillo, se alisaba perfectamente los cabellos con el peine, y se ponía el raído suéter.

Pero un día, cuando estaba a punto de salir de su casa, sintió que uno de los pies le molestaba, por lo que se detuvo a revisar si alguna piedrecilla se le había colado. No, en el interior del zapato no había nada.

Poco más adelante, volvió a sentir la molestia, sólo que en esta ocasión era en el otro pié. "Vaya, que raro, -pensó Arturín- que será?"

Repitió la operación anterior, esta vez con el otro zapato y… al igual que la primera vez, nada, absolutamente nada.

"En fin -dijo encaminándose a su trabajo- ya Dios dirá". Sin embargo, durante toda la mañana, las molestias se estuvieron repitiendo a intervalos en los que él revisaba y volvía a revisar sus zapatitos, sin obtener respuesta al misterio.

Por la tarde, ya libre y con deseos de jugar, tras haber ingerido sus alimentos, salió a reunirse con sus compa-ñeros de travesuras, pero… ¡oh desgracia!... las molestias se repitieron constantemente, por lo que no pudo estar tranquilo.

Llegada la noche, le informó a su mamá lo que había pasado todo el día.

"Que raro, -afirmó la madre- mañana no vas a trabajar, te llevaré con el médico".

Cuando habían apagado la luz, entre la penumbra, escuchó unos débiles sollozos. Prestando atención hacia el lugar de donde salían estos, descubrió que provenían de debajo de su camita.

"Quien anda ahí? -Susurró temeroso Arturín- salga inmediatamente!".

Y uno de sus zapatitos se adelantó para que él pudiese verlo, diciéndole: "Soy yo, querido amito, lloro por que me encuentro muy triste".

Arturín, sin salir de su asombro, increpó: "Y por que estas tan triste?... acaso te maltrato demasiado?"

-"No amito, caminas poco y eso me hace duradera y descansada la vida… pero… tu tienes toda tu ropita limpia, te aseas diariamente… pero… a mí… a mí me olvidas… no me aseas y eso me acaba más rápidamente, lo que me hace duro y molesto, aparte de que mi esfuerzo es mucho mayor y me obliga a maltratar tus piecitos que son, para mí, lo más hermoso del mundo".

El pequeño, cuidando de no ser visto, enjugó una lágrima, y prometió al zapatito: "Desde mañana te asearé cuidadosamente, y no permitiré que te maltraten piedras ni objetos que me gusta patear. Cada mañana ayudaré a prolongar tu vida con la crema y la grasa que distribuiré ampliamente con la ayuda del cepillo y una pequeña brochita.

Desde mañana, serás mi primera tarea a realizar".

Y el zapatito, satisfecho, regresó a su lugar cesando al momento los sollozos que… aquí entre nos… no se volvie-ron a escuchar.

 

 

 

 

 

 

 

VIDA DE PERROS

 

Que qué vida llevan los perros?... pues verán, algunos opinan que muy cachetona, otros que de la patada. En parte, estos últimos tienen la razón; sino, recuerden aquel dicho que dice: "al perro más flaco de le cargan más las pulgas".

Pero, veamos realmente lo que sucede. De todos los perros del mundo sólo unos cuantos tienen la suerte de contar con una cómoda casa en la que es el "amorcito" de los niños, y el mejor amigo del hombre; la mayoría, la inmensa mayoría, viven en la miseria, durmiendo en el quicio de un zaguán o entre los arbustos de un solitario parque. Por las mañanas, muy temprano, pululan en los alrededores de los mercados, las carnicerías y otros lugares en los que tienen la esperanza de encontrarse un alma caritativa que les dé un mendrugo, o la suerte de poderse robar, sigilosamente, un buen bocado.

En las temporadas de frío, ni quien se acuerde de ellos, pero en la de calor se le vienen encima los humanos pretextando que pueden padecer hidrofobia.

Realmente, viven solitarios de cariño; los únicos representantes de la raza humana que les dan una que otra muestra de amor son los niños, siempre y cuando no lo note algún familiar de la criatura; si esto llega a suceder, tienen que salir huyendo, so pena de ser azotados e insultados, sólo por haber recibido una pequeña muestra de afecto.

Que los canes son peligrosos?, vamos..! pero si las más de las veces ellos son los que se asustan al paso de un desconocido; pero la desgracia se cierne sobre la raza canina; ese titubeo al toparse en la calle con un humano, la mayor parte de las ocasiones, es tomado como un pretendido ataque. "Maldito perro salvaje, vio usted como me gruñó, si no me ve tan decidido estoy seguro de que me muerde"… ja… el pobre can ruega por no volver a toparse con ese "asustado" hombre.

Pero en fin, la vida es cruel y hay que admitirlo; la raza canina tiene fe en que algún día puede ser, verdaderamente, el mejor amigo del hombre.

Que piden?. Bueno, el pliego petitorio consta de los siguientes puntos: 1o.-Que se acaben las desconfianzas existentes. 2o.-Que se termine con la persecución arbitraria de que son objeto. 3o.-Que no se continúe con la discriminación efectuada al colocar en sus cuellos una denigrante placa... y 4o.-Que cada familia se haga cargo del cuidado y manutención de un can, cuando menos. En suma, poca cosa en realidad.

Que ofrecen? Algo que los humanos buscan desespe-radamente. Algo que gobiernos enteros piden a gritos. Algo que pretenden obtener de ellos mismos y creo que nunca lograrán obtener: mutuo entendimiento, cariño, comprensión y, principalmente: protección y amistad!

O es que hay alguien más fiel que un perro? Los mismos humanos lo dicen en su dicho aquél: "Es fiel como un perro".

¡Ahh!, que quién soy yo para meterme en estas cosas?... bueno… les diré… caray, lo siento, la próxima vez tendre-mos mayor oportunidad de platicar, por lo pronto me voy por que ahí viene la perrera y no pienso pasar la noche en Salubridad!... Cháo..!

 

 

 

 

 

 

 

¡¡¡MENTIRA!!!

 

¡¡¡Mentira....mentira...!!! ¡A mi papacito no se lo llevaron por ratero, no, se lo cargaron los méndigos de la judicial por que los vio feo..!

Así gritaba Pedrito a sus compañeros de escuela, mientras sus voces se elevaban mas aún, burlándose de su tragedia.

Dos días antes, cuando su padre, un obrero honrado y trabajador, regresaba de la fábrica en la que dejaba sus pulmones por un mísero salario, le detuvieron dos hombres de mirada dura y aspecto siniestro.

-Quiúbas guey… que armas portas..? -díjole uno de ellos.

-Ninguna, acabo de salir de mi trabajo… por qué?

Contestó molesto por la actitud de los facinerosos.

-Chale tarugo… que estas hablando con la autoridad..!

-Autoridad..? Identifíquense y díganme de qué se me acusa... -exigió con todo su derecho el obrero.

-Por lo pronto, de faltas a la autoridad, resistencia a particulares... y a ver que otra caraja cosa se nos antoja... guey!

-Párele… párele… yo no he hecho nada!

-Me vale… pa empezar cáite con lo que traigas guey...

Y sin más, entre golpes y jalones, los dos "autoridades" le subieron a la patrulla, mientras venían corriendo a alcanzarle su mujer y su hijo.

-Señores… por favor...! clamaba suplicante la señora.

-Usté cállese vieja méndiga o también nos la jalamos!

Acusación?... Ninguna! Simplemente, había que demos-trar que ellos eran la "autoridad" mientras un niño sufre las burlas de sus compañeros de escuela.

Poco después, Pedrito habría de dejar la escuela, y no tanto por las burlas de que era objeto, no, sino por que había que trabajar muy duro, sí, trabajar muy duro para sostener a la familia y juntar un chorro de pesos que "la autoridad" exigía para soltar a su papacito, por que… no era cosa de permitir que cualquier buey ciudadano le faltara el respeto a la ley.

Y mientras Pedrito llevaba a cuestas una pesada canasta, su mente mascullaba:

-Pronto seré grande, pronto seré grande y todos me las van a pagar… todos!... todos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL SUEÑO

 

Entre la obscuridad de la casa, brotaban voces de enojo, y entre ellas, la vocecita del pequeño que imploraba:

-Pero papacito... por que me pegas?... te juro que yo no lo hice… fue mi primo el que tomara ese dinero...

-......

-Sí, ya sé que lo merezco… pero… no acaso me prome-tiste llevarme con ustedes?... por que me dejan siempre?... si yo estudio a todas horas...

-.....

-Gracias por el traje de mi graduación, querido padre… sólo que te olvidaste que fue hace mucho… se te ha subido el dinero a la cabeza?

-....

-Jamás regresaré a la casa… tu actitud indolente me sacó de ella… no… no quiero tu dinero...

-Cuántos consejos me llegaste a dar?... que yo recuerde, ninguno… sólo golpes con los que desahogaste tu furia… furia encendida por otros, no por mí....

-Quién fue?... lo conocí en foto… no, no te preocupes, ya no lo recuerdo… sí, si lo sé...

-Por qué no voy a verte?... parafraseando a mi hermana diré: Algún día lo sabrás… no, no te enfurezcas… ya todo ha pasado...

-Qué importa si ya está hecho… quizás con el tiempo… recuerdas cuantas cosas prometiste hacer conmigo?

-Por fin… ataco o no ataco... callo o no callo… acuso o no acuso… persiste la misma conveniencia?

Y, cuando más bruscamente se agitaba el hombre que dormía, oyó una vocecita:

-Papá… papá… estás dormido?

-No hijita, para ti nunca, sólo soñaba tonterías....

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL SABLE DEL ABUELO

 

Todo para el pequeño era terrorífico, se espantaba con la más leve sombra que miraba a su alrededor. Su vida era un eterno caos y cualquier ruido fuera de lo normal, lo desquiciaba.

Un día, al notar su turbación, la abuela le habló:

-Mira hijo, en esta vida todo es sobresalto, pero también es alegría y no debemos tener miedo de enfrentarnos con nada.

-Sí magüe, pero a mí me da mucho miedo todo, muchísimo miedo.

-Te voy a platicar algo, si me prometes guardar el secreto.

-Sí… sí… te lo prometo...

-Como tú lo sabes, tu abuelo era General...

-Y cómo se veía guapo con su uniforme...

-No interrumpas… era un general muy estricto y muy valeroso. Siempre defendía a todo el que sufría y nunca negó su ayuda a nadie.

-Pero mi abuelito murió hace mucho tiempo mágüe… y… yo no tengo a nadie que me defienda..

-Muchacho tonto... no le dije que le iba a contar un secreto?

-Si...

Entonces escúcheme bien por que no repito lo que digo...

-Sí… sí...

-Tu abuelo está meritíto atrás de ti...

-Atrás de mí...?

-Sí… atrás de ti y con su sable en la mano preparado para defenderte a toda hora, por que… él me prometió, antes de morir, que siempre estaría presto a hacerlo y… como tú sabes… él siempre cumplió su palabra.

Y desde entonces, cada vez que el pequeño tenía miedo, recordaba a su abuelito, sable en mano, presto a defen-derlo de cualquier desgracia.

Pasaron los años y ahora, siendo ya un hombre, siempre que tengo temor de algo, o me siento intranquilo, lo recuerdo y su recuerdo me tranquiliza.

Que un hombre no debiera creer en esas cosas?... quizás... pero… ¿alguien tiene un abuelo que, sable en mano, esté presto a defenderlo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA GOTITA DE AGUA

 

Una pequeña gotita de agua, a quien llamaremos Pitusa, se deslizaba feliz por el alero de un tejado, dejándose caer entre risas, a todo lo largo de la canal que desembocaba en un viejo barril.

Ahí, se reunió con sus hermanas y, mas tarde, con la ayuda del hermano sol, emprendía un largo viaje al cielo, para formar parte de una bellísima nube.

Alborotando como cualquier pequeñuelo lo suele hacer, poco después caía emocionada sobre los frescos campos de su patria, en donde ayudaba al crecimiento y frondosidad de la simiente, pasando del suelo a sus raíces, transportada por el tallo hasta la diminuta hoja en la que brotaba como una gota de rocío.

Pitusa estaba contenta con su labor; era joven y hacía todo con alegría y desenfado. Si le correspondía caer en una calle asfaltada, en donde se concretaba a esperar al hermano sol para regresar prontamente al firmamento, no le importaba; si esta vez le correspondía saciar la sed de algún humano, tampoco le importaba; consideraba todas y cada una de sus misiones como la mas importante.

Pero pasó el tiempo y Pitusa, la gotita de agua, empezó a sentirse mal; todo le agobiaba, se veía andrajosa y, poco a poco, dejó de importarle su trabajo.

Un buen día, cuando se encontraba formando parte de un ancho y profundo río, se sintió elevada, junto con algunas de sus compañeras que, por cierto, estaban en el mismo estado que Pitusa, para ser depositadas en un curioso frasquito.

De pronto, una luz cegadora las envolvió y un lente de aumento se les acercó hasta casi tocarlas.

-No sirve, está totalmente contaminada- escuchó que decían unas voces humanas.

Y sin decir más, sintiendo el odio más profundo por la raza humana, Pitusa, la gotita de agua, lloró, lloró como ni el mismo hombre lo hace, lloró por que sabía que había llegado su fin.

Sin embargo, aún tuvo aliento para clamar:

-¡Necia humanidad que creéis ser eternos! Que no comprendéis que al morir yo, mueren conmigo millones y millones de mis compañeras, gotitas de agua que con el tiempo forman caudales que sirven para el bien y para el mal, gotitas de agua que poco a poco se volverán inservibles, hasta que la humanidad llore por ellas y a falta de ellas muera.

!Vamos… acaben con nosotros, que es tanto como acabar con ustedes mismos! ¡Háganlo sin pensar en el futuro y verán la sorpresa que se llevan!

Y exhaló el último suspiro, sin saber que al mismo tiempo partían con ella aire, bosques, flores, la naturaleza entera....!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ATROPELLADO

 

Corría veloz en pos de la pequeña pelota de esponja que había comprado con el producto de la venta de una cajita de chicles; era tanta su felicidad que, al atravesar la gran avenida, descuidado por el reflejo de la alegría, olvidó los raudos vehículos que transitaban a lo largo de ella y, allá a lo lejos, alcanzó a escuchar:

-Cuidado pequeño... cuidado!

Tras el grito tardío, el feroz golpe que lanzó su frágil cuerpecito varios metros adelante, cual pluma levantada por el caprichoso viento.

Enmedio de atroces dolores, el pequeño presintió la muerte, y recordando lo que escuchara decir en una ocasión a su abuela, meditó y pensó en ponerse bien con el Creador.

-Aquella vez que tiré el jarrón al suelo… no, eso no es un pecado...

-Niño, te sientes bien?

-Ya llegó la cruz..

-Ya sé… cuando tomé los diez pesos del bolso de ma-má… no, tampoco, fue una travesura infantil..

-Válgame Dios, no recuerdo de momento… quizás… sí, el golpe que le di a mi hermanita y con el que le saqué sangre… pero… eso fue sin querer...

-No lo muevan… no lo muevan...

-Dime pequeñín… quieres algo?... le avisamos a alguien..?

Y, volviendo en sí, trabajosamente, balbuceando repuso:

-No señora, no tengo a quien se le avise, gracias, y no, no necesito nada… hasta donde recuerdo… estoy bien con El...

Y cerrando los ojos… se fue de este mundo sin ver las lágrimas de los que le rodeaban y que, sin conocerlo, ya lo amaban...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PETICIÓN

 

Una viejecita que habitaba una pequeña choza, fabricada con cartón en una de las colonias populares de la periferia de la ciudad, al levantar una hoja de periódico que arrastró el viento, leyó atentamente con la media luz del farol callejero: "Visita el Sr. Presidente nuestra ciudad".

De pronto, su carilla arrugada se iluminó y apretando la ajada página noticiosa, caminó lo más rápido que sus piernas se lo permitieron, en dirección a su hogar.

-Por fin- pensaba agitada -por fin podré hablar con él.

Y con cierta desesperación, de entre las sucias ropas de un viejo baúl, sacó unos amarillentos papeles que ostén-taban en las descoloridas hojas, varios sellos "oficiales".

Era la viuda de un hombre que había ofrendado la vida por su patria, dejándola desamparada a ella y a sus tres pequeños que, de hambre y frío, fueron muriendo uno a uno, quedando más sola que nunca.

La noche se le hizo eterna; al amanecer, vistió sus mejores galas, y fue al crucial encuentro.

La gente abarrotaba materialmente las calles, pero ella encontró la forma de acercarse a la tribuna en que el Presidente contemplaba absorto el ceremonioso acto que se efectuaba.

-Señor Presidente… señor Presidente… por favor... gritó, cuando unas manos jóvenes y fuertes le detuvieron en su intento de subir a la tribuna.

-Calma abuelita… calma. El señor Presidente no puede atenderla ahora. Vamos, retírese por favor..

-Pero es que necesito hablar con él… lo he esperado por años...

-Lo siento abuelita, vaya a México, a la capital… ahí le atenderá gustoso...

-Señor… por favor, sólo son unas palabras; yo no tengo dinero para ir a la capital… déjeme hablar con él...

-Bueno señora… se retira o llamamos a la fuerza pública para que la detenga...

-Detenerme..? Por qué..? Si sólo quiero hablar con el señor Presidente!...

Mientras tanto, la ceremonia tocaba a su fin y la gente se arremolinaba en torno a la tribuna, de la que bajaban tranquilamente el Presidente y su comitiva.

-Señor, por favor, déjeme hablarle, soy viuda de un héroe.

-Ya basta de cuentos… lárguese a pedir limosna a otro lado. Ustedes piensan que con acercarse al Presidente tienen solucionados todos sus problemas; Vamos... largo de aquí!... que ya perdí mucho tiempo con usted...- y sin decir más se alejó en dirección a una larga cola de autobuses, en el primero de los cuales se había subido ya el Presidente.

La viejecita, abriéndose paso a codazos, se acercó al camión al tiempo que éste arrancaba.

-Señor Presidente… señor Presidente… quiero hablar con usted… por favor… se lo suplico… soy parte de su pueblo...

Pero el autobús, con un ronco rugir, se alejaba más y más de la ancianita que perdiera a su marido y a sus hijos por legarnos una patria mejor.

-Señor Presidente… señor presidente....

 

 

 

 

 

 

 

 

CHICLETCITO

 

-Joven... decía cándido el pequeño al tiempo que ofrecía su modesta mercancía… no quiere usted un chicle?

-No niño, no estés molestando- contestaba airado el presunto cliente.

-Señora, cómpreme una cajita de chicles...sí?

Insistía el displicente chiquillo con otra persona que tomaba despreocupada un humeante café en la mesa del lujoso restaurant, acompañado de dos amigos.

-Por qué no asistes a la escuela en vez de molestar con tus vulgares chicles niño? -espetaba como respuesta negativa, a la petición del niño, la orgullosa dama.

Y así, recorría diariamente todos los negocios del centro en donde, a duras penas, vendía algunas cajillas apenas suficientes para comprar la siguiente caja.

Anochecía cuando se acercó al niño un hombre de edad madura.

-Vendiste algo? -exclamó furioso.

-Sólo diez pesos...- contestó el niño.

-Pues tráetelos que son p'al gasto -ordenó al tiempo que se los arrebataba de las infantiles manecitas, alejándose después mientras decía rabioso: ...y no intentes acercarte a la casa si no acompletas la venta!

Era medianoche cuando una desvelada pareja observó que un niño, de escasos seis años, se acomodaba en el quicio del portón del Departamento del Distrito Federal, y jalaba una arrugada hoja de periódico para taparse mien-tras, con lágrimas en los ojos, extraía dos pastillas de chicle que substituirían el alimento cotidiano.

La pareja lanzó un suspiro y, moviendo la cabeza, se alejó lentamente, abrazándose para cobijarse del intenso frío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ZAPATITOS ROTOS

 

Vino corriendo a recibirme, con los bracitos abiertos y el grito de ¡papá! en la boca, como lo hacía cada vez que yo llegaba.

Le levanté en mis brazos, como también lo hacía día a día, y recibiendo un beso de su tierna boquita, sentí sus manitas acariciar mi cara.

-Papito… ira… papo… pompas… si?

Decía en su media lengua mientras me enseñaba sus zapatitos, rotos efectivamente, pequeñas víctimas de sus travesuras, crueles verdugos de la coloreada pelota a quien perseguían por todo el patio.

-Sí mi Riqui, mañana te los compro -dije riendo de la ocurrencia.

Y al otro día, pude saber lo que significa un par de zapatitos nuevos; un humilde par de zapatitos que, indudablemente, llevarían el mismo destino que sus antecesores.

Todavía no bajaba la cajita en que venían, cuando él ya sabía lo que era.

-Papito… papos? Sí… papos? -reclamaba a la par que arrancaba de un tirón la envoltura.

Su carita irradiaba felicidad, una felicidad que nunca imagine ver en alguien y menos tan pequeño.

Alzaba un zapato en cada mano, sonriendo victorioso a sus hermanos, enseñándoselos alegre a su madre y bailan-do sobre sus aún colocados zapatitos viejos.

Mas tarde, alguien le puso los nuevos y, ejemplo de ternura y agradecimiento, guardó los viejos amoroso en su cajón… para salir corriendo tras la coloreada pelota que daba tumbos en el patio.

 

-Cuántos recuerdos se agolpan en mi mente, ahora que estás lejos, eres hombre y tienes la virtud de comprarte tus propios zapatos-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TRAS LA PELOTA

 

Era que se era una bella pelotita a la que llamaremos "Bolina"; era redonda, de una redondez hermosa, con grandes dibujos en toda la superficie, y brillantes colores que podían hacer la felicidad de cualquier pequeñín.

Bolina veía feliz las caritas de cuanto niño se acercaba al inmenso estante que la sostenía gallardamente para su demostración.

Sin embargo, en su interior latía con fuerza el deseo de pertenecer a cualquiera de los infantiles rostros que se acercaban a ella, de estar en sus manos, de servir como medio para arrancar una carcajada vocinglera que le manifestara que cumplía con su misión en esta vida.

Una noche, entre la obscuridad en que se encontraba el gran almacén, se oyó un suave repiquetear de campanillas, un tín-tín que obligaba a abrir los ojos y contemplar una escena maravillosa.

Bolina notó que era la única  que escuchaba y veía la esplendorosa aparición. Una bella dama, envuelta en finas gasas, se fue materializando lentamente, al tiempo que se acercaba a la fina pelotita.

-Soy el Hada Nizarindani, la protectora de la niñez, y te he escogido para que acompañes a uno de mis amiguitos- dijo la bella aparición.

-Gracias hermosa señora -contestó Bolina asombrada- ten por seguro que haré todo lo que esté en mi redonda figura para hacerle feliz.

-Sólo tengo que enterarte antes de lo siguiente -manifestó el hada- tu deber principal es proteger la vida de tu dueño, aún a costa de la tuya, y para esto, es menester que prestes el juramento sagrado ante el Rey de las Pelotas.

-Ahora mismo, si es preciso… -dijo Bolina- vamos, cumpliré con mi deber.

Y tras larga caminata, llegaron al Reino de las Pelotas en donde, como se lo indicara el Hada Nizarindani, Bolina prestó solemne juramento ante el rey de su estirpe.

Al abrirse la tienda de nueva cuenta, Bolina pensó que había soñado cuanto narramos anteriormente; sin embar-go, ante su asombro, un pequeño de escasos seis años se acercó con sus padres y pidió que Bolina fuera suya.

Así, Bolina llegó a ser propiedad de aquel pequeño que, por su mala costumbre, jugaba con ella en el centro de una gran avenida, en el medio del camellón que la adornaba.

Bolina, naturalmente, vivía en un constante sobresalto, ya que recordaba perfectamente el juramento emitido ante el Rey de las Pelotas.

Un buen día, un amiguito de su dueño le pateó con demasiada fuerza y Bolina botó fuera del camellón, asus-tándose tremendamente, pero su espanto aumentó cuando observó, con el rabillo del ojo, que su pequeño dueño se lanzaba tras ella sin tomar en cuenta la avalancha de automóviles que se venían encima.

Bolina, en un acto desesperado, rebotó en la defensa del primer coche que avanzaba y fue a caer en las manos del pequeño, salvándole así la vida.

-Fiuuuu... -respiró Bolina- de la que nos salvamos. Pero es necesario que hable yo con el Hada Nizarindani. Esto no puede continuar así. Ojalá pudiera yo comunicarme con ella...

-Dime cual es tu preocupación -contestó a sus pensamientos una bella voz- Que es lo que te pasa Bolina?... para qué quieres hablar conmigo?

-Verás bella señora, mi pequeño dueño tiene la costum-bre de jugar conmigo en el camellón en que nos has encontrado en este momento, y, por lo consiguiente, su vida y la mía están en un constante peligro.

-Y que es lo que propones que se haga?

-Bella dama, concédeme el don del habla para poder comunicarme con el pequeño y sus padres, por favor, dame tan sólo unas horas.

-Séa pues lo que pides. Tienes de hoy a mañana para que hables con ellos... -contestó la hermosa Nizarindani que, sin decir más, desapareció entre un intenso aroma a lilas.

-Psstt… pssstt… Carlitos… aquí… soy tu pelotita...-chisteó.

El pequeño Carlitos, asombrado, se acercó.

-Hablas… mi pelotita habla! -gritó entusiasmado- mi pelotita habla!

-Vamos... vamos...- señaló Bolina- no armes tanto escán-dalo y escúchame. No te has dado cuenta de que si juegas conmigo enmedio de la calle corres el riesgo de perderme? -Indicó sapiente la pelotita- Te gustaría que un coche me apachurrara y ya no tuvieras con que jugar?

-No!... de ninguna manera -contestó Carlitos- yo quiero que tú sigas jugando conmigo siempre… eres muy bonita.

-Entonces… por qué jugar en donde corremos peligro los dos? Por qué no mejor corretear en un parque… o en el patio?

-Por que tú sabes que papá no lo acepta... y mamá no me soporta dentro de casa.

-Vamos, llévame dentro que quiero platicar con tus padres -ordenó Bolina.

Y el pequeño Carlitos así lo hizo. Una vez dentro, tocó la oportunidad de que papá acababa de llegar y estaba platicando con mamá.

-Papá… papá... -clamó el niño- mi pelotita quiere hablar con ustedes.

-Vamos hijito, vete a jugar afuera, no ves que papá viene cansado? -contestó la señora.

-Tanto que no le importe la vida de su hijo, -dijo Bolina entre molesta y gruñona- o... es que no lo quiere?

Ante tal exclamación, los padres de Carlitos miraron asombrados a Bolina.

-Pero… pero... hablas... ¡una pelota que habla!

-Una pelotita que tiene la obligación de velar por la vida de su hijo -señaló nuestra redonda amiga.

-Cómo dices? -Preguntó mamá- que la vida de nuestro hijo peligra?

-Sí, peligra a diario y durante todo el día… y todo por que a ustedes les importa más un rato de tranquilidad… por que prefieren que él juegue en la calle a escuchar risas plagadas de una felicidad que debiera ser la felicidad de ustedes. Por que a pesar de quererlo, le ponen en manos de la muerte. Por que prefieren mandarlo a jugar afuera que llevarle a un parque.

Y así, horas enteras, Bolina y los padres de Carlitos platicaron, mientras éste dormía tranquilamente.

Al otro día, Carlitos correteaba feliz por un inmenso parque, tratando de alcanzar a Bolina que, silenciosamente esta vez, lanzaba una mirada de comprensión a los padres.

Y desde arriba, en el reino de las pelotas, el Hada Nizarindani y el Rey, preparaban una gran fiesta para la responsable pelotita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PECADO

 

Cuando la vi, palideció; sus escasos cuatro años no le permitían ocultar su culpabilidad. Me llamó la atención su rubor; el temblor de sus mejillas y la caída lánguida de sus párpados, la delataban.

Me acerqué silencioso y le di un beso. Mesé su fino cabello y, sin el menor asomo de enojo pregunté:

-Qué pasa reinita?... te regañó mamá?

-No

-Te caíste jugando...?

-No

-¡Ya sé… -dije festivo- te enojaste con alguno de tus hermanitos..!

-No

Temerosa, pero decidida, me tomó de la mano y se encaminó al mueble del comedor en que guardábamos los dulces que les dábamos ya como premio, ya por gusto.

-Me comí los chocolates que guardaba mamá..

-Vamos mi reina, y por eso tu carita mostraba temor..?

-Sí… por que me dijo mamá que me pegarías por esto.

Y abrazándola recordaba cada vez que llegaba mi padre. Cada vez que temblaba… cada vez que me fui alejando más de él.

Recordaba que lo había perdido y él… él me había perdido a mí… y yo… yo de ninguna manera quiero perder un hijo, por que un hijo es lo más bello del mundo… lo más sublime… la vida misma rediviva… el futuro… la eternidad.

Y estreché más mi abrazo, como si quisiera fundirme en uno con ella, como si con abrazarla pudiera decirle que nunca le daré motivo para que se aleje de mí… como si en ese momento ella se fuera a ir… como si nunca le fuera a ver mas...

Usted… usted cambiaría a su hija por una caja de chocolates..?

Yo… yo compraré mil cajas más de lo que sea con tal de no perderla, por que al fin y al cabo… ella… soy yo!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

GRANITO DE CAFÉ

 

Cafetín era un granito de una planta cafetalera, perteneciente a una finca de Córdoba, Ver., que había nacido fuerte y vigoroso.

Entre la populosa población granífera se comentaba ampliamente el tema de su destino; por principio, todos estaban orgullosos de haber nacido en ese lugar.

-Oyeron lo que dijo últimamente el patrón?

-No, que dijo?

-Pues que el gobierno le había dicho que estabamos destinados a dar gusto al paladar refinado de la mesa mexicana.

-Hombre, pues yo me sentiría orgulloso de lograr llegar a la humeante taza de una familia mexicana humilde...

-Yo no… -gritó veleidoso grano- yo debo estar en la de un hombre grande, político o millonario; ellos sí saben apreciar nuestro sabor!

-Momento -clamó Cafetín- sea donde sea, pero en una mesa mexicana. En el paladar de un compatriota. Ya es tiempo de que le hagamos la guerra a los garbanzos.

-Sí… síííí… -apoyaron los granitos de café.

Días después, empezó el movimiento en la finca.

En grandes canastos fueron vaciados con sumo cuidado Cafetín y sus amigos.

-Ahora sí, compañeros, unidos a las mesas nacionales..!

-¡Bravo... ! -gritaron a coro.

Sin embargo, los camiones que los transportaban posiblemente equivocaron la carretera, ya que en lugar de dirigirse a la capital, enfilaron rumbo al puerto jarocho.

-¡¿Que pasará...?!... -preguntó Cafetín.

-No sabemos… no sabemos… -contestaron sus compa-ñeros.

Y mientras se preguntaban qué pasaba, un barco los llevaba tranquilamente a países extraños, alejándolos de su patria que tanto los necesitaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CUMPLEAÑOS

 

Acercábase mayo, mes de las flores, los regalos a mamá y mil festividades más. Pero… para Pablito, era un mes como cualquier otro, aunque tristemente recordaba que, tam-bién, era el mes de su cumpleaños.

Sin embargo, estaba seguro de que nadie lo felicitaría. Tenía mas de dos meses de haberse extraviado de la mano de sus padres, cuando asistían a una visita a la fastuosa Basílica de Guadalupe.

Contaba con escasos ocho años, durante los cuales, esa trágica visita había sido la única vez que abandonara su pequeño pueblo, enclavado en la sierra norte de Puebla.

Ahora, dormía en cualquier quicio, tapándose sólo con papeles viejos conseguidos al azar; trabajaba de "diablero" en la Merced y comía en donde se le hacía bueno.

Pasaron los días y, el Diez de Mayo, lloraba doblemente su tragedia, recordando a su madrecita en su día y la soledad de su cumpleaños.

Pero, no podía dejar las cosas como estaban. Estaba decidido a todo. Al ver pasar a un policía, le preguntó:

-Oiga mi azul… si un chamaco se pierde y no sabe como regresar a su casa... que puede hacer?

-Huyyy… pos'ta difícil… sólo que se supiera la dirección de su casa.

-Yo… yo me sé el nombre de mi pueblo… San Mateo...

-Tú, pero creo que los demás no… y mucho menos dón-de es... o, sabes acaso en qué Estado está?... qué carretera se toma?... qué camiones viajan para allá?

-Sólo sé que es en Puebla..

-Pos fácil buey… tómese un camión que vaya para allá... mire, aquí cerca salen los de la Flecha. Andele ca...nijo… córrale… tenga, yo le doy pa'l pasaje..

Y ni tardo ni perezoso, Pablito abordó el autobús que corría a Puebla. Ya allá se informaría como llegar a San Mateo.

-Bruto de mí… desde cuando hubiera yo preguntado… pero… pos… le sacaba a que me fueran a encerrar..

Y mientras su pensamiento volaba entre reproches y alegría, el ómnibus volaba sobre la carretera.

De pronto, un letrero en forma de cruz, un tren que se próxima, la imprudencia de un chofer irresponsable… un golpe… y todo terminó!

Segundos después, alejándose del pequeño cuerpo des-membrado de Pablito, el tren repetía constantemente:… félizcumpleaños… félizcumpleaños… félizcumpleaños… félizcumpleaños...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ABUELITA Y EL DIABLO

 

-No levantes eso del piso, niña cochina, que no ves que ya lo besó el diablo...?

-Por qué abuelita?

-Por que ya lo besó el diablo te digo...

La chiquilla, azorada, soltó lentamente el dulce que había caído de su envoltura y preguntó:

-Y… si lo levanto… que  me pasa?

-Te enfermas, te duele el estomaguito y te da calentura.

-Y me duele mucho?

-Claro que te duele mucho… por eso, cuando algo se nos cae al suelo, no se debe levantar nunca.

-Ahhhh...

Pasaron los días y la abuelita continuaba con sus quehaceres, mientras la niña meditaba sobre el fenómeno que le había platicado la viejecita.

Cierto día, al salir de la cocina al patio… ¡ZAZ!... abuelita cayó cuan larga era, soltando un ¡AY! de dolor.

-Hijita.... hijita!... ayúdame por Dios...

La niña, que en su recámara jugaba, escuchó la lastime-ra petición y salió de inmediato, sorprendiéndose al ver a su abuelita en el suelo.

La contempló por un momento, y lanzándose hacia ella, le brindó su infantil ayuda, levantándose enseguida la anciana. Le ayudó amablemente a ir a la cama y… una vez ahí… con picaresca voz, la niña le dijo a la abuela:

-Sabes abuelita..?

-Qué cosa mi cielo..?

-Que me vas a tener que hacer un tecito de los que tú preparas muy bien...

-Por qué mi niña?

-Por que como te acaba de besar el diablo y te levanté...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PLEITO INFANTIL

 

Jugaban tres pequeñas en medio del gran patio de una casona y, jugando jugando, una empujó a otra, lo que causó el enojo de ésta.

-Te voy a acusar con mi papá… -exclamó ofendida.

-Y qué… yo le digo al mío que te pegue… -contestó la primera.

-Y mi papá le pega al tuyo por que es más grande y más fuerte.

-Eso crees… pero papá puede con cien hombres malos.

-Ay sí… ni que fuera Supermán… pero el mío busca un palo y le pega al tuyo.

Conforme hablaba una y otra, salieron a relucir mil y una cualidades ficticias de sus respectivos padres. La terce-ra pequeña guardaba silencio y observaba.

Una de las contrincantes volteó y le dijo a la niña:

-Verdad que tu papá ayudaría al mío a pegarle al papá de ella?

A lo que contestó la chicuela:

-Nunca… ni al tuyo ni al de ella, por que mi papá es un hombre inteligente, por que sólo los tontos se pelean y discuten acaloradamente… por que mi papá es hombre.

Las dos pilluelas quedaron sorprendidas y, olvidando momentáneamente la disputa, preguntaron:

-Si tú dices que tu papá es hombre, por que no pelea y defiende a sus hijos como el mío?

-Sí… sí… por qué?

-Porque papá educa a sus hijos en forma que se puedan defender… hacerle frente a la vida con templanza y respon-sabilidad; por que para defenderse no se necesita gritar, sino meditar lo que tiene y debe uno hacer. El es hombre y sí nos defiende, por que es defender a un hijo el enseñarle a respetar a los demás y hacerse respetar él mismo. Por que mi papá… es mejor que los de ustedes...

-No es cierto… mi papá le pega al más fuerte...

-Ejele… el mío les pega a los otros.....

-Uffff....

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CARLITOOOOSSS...!

 

-Han visto a Carlitos? -Preguntó la madre angustiada a sus vecinos.

-Por favor… quién ha visto a Carlitos..?... ¡Carlitooss! En donde estás mocoso del demonio?

Pero nadie contestaba a su cada vez más angustiada voz.

-Carlitos... por Dios... no te escondas... ven Carlitos... ven...

Y el barullo alarmó a la vecindad; todos corrían de un lado a otro buscando al pequeño. Alguien penetró en casas contiguas ante el asombro de sus propietarios, buscando bajo las camas, atrás de los roperos, a un lado de los muebles, pero… nadie encontraba a Carlitos.

La madre lloraba, la familia gritaba desesperada el nom-bre del pequeño desaparecido; el vecindario mismo sufría la pena de ignorar su paradero.

-¡La calle! -Gritó alguien- en la calle tal vez!

Y todos se lanzaron a la calle.

-Carlitos… carlitooooss...! clamaba la abuela, dejando correr las lágrimas libremente.

Pasaron los minutos, convertidos en una eternidad para madre, abuela y vecinos.

De pronto, en una esquina, un gachupín de aspecto pulcro, dueño de una gran tienda, llamó a la abuela y le preguntó si buscaba a un niño.

-Sí señor, buscamos a mi Carlitos que se ha perdido… usted sabe...

-Ya no llore señora, lo tenemos en la tienda, esté tranquila, está bien… ya no sufra.

Y lanzándose en loca carrera a la tienda, encontraron al pequeño feliz entre empleadas, riendo inocentemente y celebrando sus caricias, ignorante de la pena causada por su escapatoria.

Y, al ir la abuela, pequeño en brazos, al hogar desolado, todo el vecindario respiró tranquilo, desahogó su angustia, y mil manos se estiraban tratando de tocarle mientras voces amorosas gritaban... Carlitos!

(Bendito gachupín ratero, comerciante acaparador; bendito el barco que te trajo de tu patria para robarle al mexicano… y salvar a un niño!)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PEQUEÑO LIMPIABOTAS

 

Llegó una tarde, al amparo del carpintero tornado en filántropo que le recogiera a él y a sus dos hermanitos. Llegó sucio y maloliente, mechudo y simpático.

Tímido al principio, volcó su gracia más tarde, hacién-dose querer de todos. De propia decisión, tras las reite-radas indirectas a su voluminosa cabellera, pelose al rape, acentuando así su gracia innata.

Y así, lleno de tinta, jugando y trabajando, se fue me-tiendo poco a poco en el corazón de un hombre, un cora-zón tan grande como su abdomen. Sí era el chofer, el compañero, el amigo de todos, con una fuerza tan grande como sus sentimientos, el hombre rudo que, ante la gracia del pequeño, se doblegaba.

Y poco a poco también, tomáronse cariño ambos… o quizás uno solo.

Si reía el pequeño, él reía; si tornábase triste su carita, la de él meditabunda; si alguien se pasaba en sus ligeras bromas, él se pasaba en las pesadas, como débil venganza de la ofensa ilusa.

Una tarde, quizás en broma, quizás en juego, el pequeño limpiabotas metido a aprendiz de imprenta, le llamó "papá", haciendo rodar de sus varoniles ojos lágrimas traidoras a su sentir externo.

Motivo más grande no pudo haber existido para agrandar el paternal cariño y, aquel hombre, rudo y pendenciero, tornose calmado y cariñoso.

Más no todo es dulce en esta vida, y la inquietud natural del pequeño errante, le hizo una mañana aban-donar la calma. Fugóse primero su hermanito y, más tarde, él, llevándose al segundo.

....Y aquél corazón de tan grande cuita, volviose más pequeño que la más frágil venita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A MI HIJA, EN RESPUESTA A

UNA EXPRESION BONDADOSA.

 

Aquel día en que fuimos a ver a tu tío, cuando nos encontramos con el pequeño a quien compadeciste, decidí enseñarte a valorar los bienes materiales y, muy en especial, el alimento que tan escaso está en el mundo.

Para cuando tú leas esto y sepas apreciar su contenido, quizás ya te hayas olvidado de lo que pasó, por eso, voy a recordártelo.

Llegábamos a la casa de tu tío, y tras preguntar por él, nos aprestábamos a retirarnos cuando, junto al coche, pasó un pequeño de escasos seis años, cargando un gran costal que le doblaba en tamaño y que, seguramente, contenía papeles, dado su aspecto y el poco peso del saco.

Al ver esto, tuviste una expresión bondadosa: "Pobre niño, verdad papá?"

Una expresión que, para serte franco, me sorprendió. Me sorprendió debido a que sólo contabas con cuatro años de edad, y no quise preguntarte el por qué de ello, temiendo que no me lo pudieses explicar.

Sin embargo, en esa expresión brotó tu infantil ternura, y la quise aprovechar para encaminarla hacia el cuidado de nuestros limitados bienes.

Pues bien, mi pequeña Nani, tienes razón. Pobre niño; pobre por que quizás no tiene unos padres que le puedan ayudar y enviar a la escuela, en vez de permitirle realizar menesteres impropios de sus pocos años. Pobre, por que a lo mejor ese endeble cargamento representaba su alimento del día, quizás… su único alimento del día.

Pobre, por que mientras él se ve obligado a arrastrarse entre la basura, arriesgando su raquítica constitución física, familiares tuyos y míos cercanos, demasiado cercanos, botan la comida que se les hecha a perder en el refri-gerador; por que se compran ropa lujosa para usarla una o dos veces, regalándola luego sin más argumento que "ya no me gusta".

Pobre, por que nuestros familiares, que por cierto ni tú ni yo escogimos, hacen gala de ostentación mientras miles se mueren de hambre, defendiéndose con una frase hecha: "que trabajen!".

Pero en fin, lo que yo pretendo es que exista un testimonio escrito de que tu frasecita amable para con ese niño no pasó desapercibida para mí, y de que tengo la confianza de formar tu vida basada en esa ideología, una ideología de defensa a tus congéneres, de una defensa universal.

Y recuerda, cada vez que quieras rechazar algo que tus padres te dan, o el alimento que con esfuerzos tienes, que existen miles y miles de niños como aquél que compadeciste.

 

                        Tu Padre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NUEVA PATRIA

 

El barco llegaba a puerto; el sonido lúgubre de su sirena pedía al práctico que le ayudaría a llegar al muelle; la cubierta se hallaba atestada de gente que veía con ojos llorosos su nueva tierra.

Todos los que llegaban eran víctimas del más grande de los inventos del hombre: ¡La sed de poder!. Todos huían de su patria en aquél endeble barco, que estaría mejor entre la chatarra que sobre las olas del inmenso mar.

Al acercarse al muelle, contemplaron una multitud que se congregaba para recibir a los hermanos en desgracia, a los que, por sostener sus ideas de libertad, habían tenido que abandonar todo lo suyo.

Un rapaz observaba en silencio el llanto de sus mayores, aferrado a la falda de la madre recién viuda.

-Madre...

-Que pasa..? -contestó llorosa.

-Aquí está nuestra nueva casa?

-Sí mi pequeño, aquí está; estos lindos mexicanos nos brindan todo a cambio de nada; deberás quererlos como si fueran tus compatriotas, y bendecir esta tierra que nos cobijará en tanto la nuestra es liberada.

Pasó el tiempo, y aquel pequeño, a base de trabajo y esfuerzo, logró hacer una fortuna en su nueva tierra. En ella, vio nacer, crecer a sus hijos, y hacerse hombres y tener hijos...

No, el ya no era español, era mexicano, por que en México había hecho su vida.

Pero, un día, los diarios dieron la noticia: Relaciones con España!... El Rey dictaba amnistía total!

Su anciana madre lloraba: "ahora sí hijo mío… ahora sí podemos volver al terruño; podré morir en donde nací; podré ver a tantos y tantos amigos..."

-Pero madre… es que no os dais cuenta de que..

-De qué hijo... de qué?

-De que no abandonamos nada, de que nos obligaron a hacerlo y empezamos nuevamente aquí, y es aquí en donde tenemos todo... de que nuestros hijos son mexicanos y sus esposas y maridos e hijos lo son también… de que ésta es nuestra tierra y no aquella que sólo tuvo la gracia de vernos nacer y abandonarnos...

-Pero...

-Pero nada, madre!... y vais a perdonarme, pero irnos sería también como volver a abandonar todo... y esta vez por nuestra voluntad… sería traicionar estos brazos que nos cobijaron sin cobrarse nada más que un espetado "gachu-pín" de vez en cuando… y las más de las veces dicho con cariño...

-Hijo...

-No madre, no… que se vayan los demás… nosotros no podemos hacer eso. Estoy seguro que hasta el espíritu de mi padre ya está aquí con nosotros y aquí se quedará por siempre, y yo… yo también madre. ¡Bendito sea México!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROSITA TRISTE

 

Era un lindo capullo, brotado en medio de un inmenso jardín, en el que sus compañeras daban el más hermoso toque.

Rosita se sentía feliz de ser una florecita con tanta suerte, y se balanceaba alegre al ritmo del viento, mientras sus petalitos se abrían poco a poco, para dar paso a la más hermosa flor de aquel gigantesco jardín.

Se sentía orgullosa de su belleza y de las desafiantes espinas que le brotaron para su propia defensa; su color rojo sangre le hacía verse señorial y podría haber jurado que no había nadie igual en todo el jardín.

Sin embargo, un día, clavelito le contó una historia llena de pesar:

-Este inmenso jardín es propiedad de un hombre dés-pota que a nadie quiere; muchas de nosotros no le vere-mos durante toda nuestra vida, de nada sirve que nos ufanemos de estar bellas para nuestro amo, si él ni siquiera se asoma por aquí; todo este esplendor es inútilmente des-perdiciado.

-No -dijo Rosita- no puede ser. A mí tiene que verme aunque sea una sola vez. Creceré… creceré todo lo que pueda para llamar la atención del jardinero, y éste llame al amo para que me conozca.

Y así lo hizo. Creció y creció hasta ser un ejemplar gigantesco y de una belleza indescriptible, lo que efectivamente atrajo la curiosidad del jardinero, que le cortó y puso en un florero que fue a parar en el comedor del amo.

Pero… ¡oh decepción!, el amo no era sino un político ambicioso y fatuo que llegó, se sentó sin hablar, tragó, más que comer, y sin decir una sola palabra o lanzar una miradita hacia donde estaba la rosa, se levantó de su sitio y se alejó mientras Rosita iba dejando caer, uno a uno, sus tersos pétalos, rendida ante la realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MI HERMANITO

 

-Papá... es cierto que voy a tener un hermanito?

-Sí mi reina, un hermoso nene que hará más grande la felicidad de esta casa.

-Y es cierto que estás contento por ello?

-Claro, por que un hijo es algo maravilloso.

-Pero… ya me tienes a mí, no?

-Claro mi amor, pero hasta para ti será buena la llegada de tu hermanito, por que así tendrás con quien jugar...

-Ya tengo… que no te acuerdas de todas mis amiguitas de la escuela?... y las de aquí junto... y mis primas... y....

-Naturalmente cariño, pero tu hermanito será algo más cercano a ti; será un amor fraternal y eterno; será quien te acompañe el día que nosotros ya no estemos en este mundo.

-Y como es un hermanito?

-Primero, será un lindo capullo que tú ayudarás a cuidar. Mas tarde, tu compañerito de juegos y quizás de escuela y, luego, un miembro más de tu familia que te puede proteger, pues espero que sea hombre y… como tú eres mujercita, pues ya verás...

-Y lo van a querer más que a mí?

-Nunca, por que a los hijos se les quiere por igual.

-Y, cómo tu papá quiere más a tus hermanos que a ti?

-No mi amor, nos quiere igual.

-Tú quieres que yo tenga un hermanito?

-Claro que sí.

-Y si ese hermanito trae tanta felicidad, por que veo que mamá llora y se queja?

-Por que nuestras madres sufren desde el momento mismo en que nos traen al mundo, por eso es que nos quieren tanto.

-Y cuesta mucho un hermanito?

-Huuuyyy… como están las cosas ahora, sí.

-Como cuanto?

-Como diez mil pesos.

-Y cuanto es diez mil pesos?

-Verás… con eso, podría llevarte a Disneylandia.

-Sííí´..?

-Si.

-Sabes qué papá?

-Qué mi amor?

-Que ya no quiero a mi hermanito, mejor llévame primero a Disneylandia y después podemos comprarlo, no?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MAQUINITA DE VAPOR

 

Ahí estaba, silenciosa, luciendo en todo su esplendor, montada con sus cabúses sobre los rielecitos de fino metal, como si estuviera a punto de iniciar un largo viaje. El fo-quillo al frente lucía como un pequeño sol que se prepa-rara a alumbrar el camino de la maquinita de vapor.

El cristal del aparador reflejaba el ajetreo de la amplia calle en que se encontraba la juguetería, y el deambular de caras tediosas que demostraban mas amargura de la que ser humano podría imaginar.

De pronto, un chicuelo harapiento se acercó, y pegando su carilla al cristal, contempló la linda maquinita con ojos soñadores.

Entró al establecimiento, y preguntó:

-Señor, cuanto vale la maquinita que está...

-Ya te lo he dicho mil veces, rediéz, todos los días vienes con la misma cosa hombre, es que no te das cuenta de que nunca podrás comprarla?

-No señor, ya estoy juntando… pronto podré comprarla, se lo juro, ya tengo cuatro pesos reunidos.

-Pardiéz… ¡cuatro pesos para mil doscientos que cuesta el aparatito!... ¡Debéis estar loco chico!

Y el niño, tristemente, salió para volver a admirar el juguete que tanto deseaba.

Así, diariamente, español y chicuelo discutían el mismo tema.

Un día, el pequeño se llevó una sorpresa. La juguetería estaba cerrada!... pero... por qué?... no era día festivo, ni domingo… ni… ni había motivo para que estuviera cerrada!

Durante varios días, el niño vio con tristeza que nadie abría, hasta… una tarde en que a lo lejos, vio venir al español...

-Señor… señor… buenas tardes… yo… usted...

-Dime rapazuelo, tienes padres?

-Nnn..nno, señor… no..

-Ni familiares?

-No señor… tampoco..

-Entonces deja de dar lata y no molestes más...

-Por qué señor?... si yo....

-¡Por que si no tienes familiares estás igual que yo… que acabo de perderlos en doloroso accidente… bestia! ¡Y para que no estés moliendo, la máquina es tuya...! ¡Y no sólo la máquina, sino todo lo que hay en la juguetería… y todo lo mío… y yo mismo!... si tú lo quieres y… me quieres un poquitín... rediéz! que en buena hora pegaste tu mugrosa cara en mi aparador!

...decía y decía con el rostro bañado en lágrimas, mientras el pequeño se le abrazaba al cuello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA CHARLA AMENA

 

Cierto día, Brendita llegó alegre de la escuela y al entrar, observó a papá arellanado en su sillón favorito, descansando de la ardua labor diaria.

Lentamente se acercó por detrás, y al tiempo que él se llevaba un vaso a la boca, le abrazó haciéndolo perder la compostura y derramando el agua en el piso.

-Jesús hijita, pero qué haces...?

-Perdón papacito, lo hice sin querer..

-Mira nada más!... me hiciste derramar el agua!

-Ahorita seco el piso con un trapo… pero… ya que hablamos del agua… yo quisiera preguntarte algo.

-Si mi reina... que es lo que quieres saber?

-Verás. En la escuela, la maestra nos ha dicho que el agua realiza un círculo natural. Es decir, la gota que cae al llover se filtra por la tierra, ésta la purifica o la envía al subsuelo, o se evapora y eleva al cielo en donde se reúne con otras, formando las nubes.

-Así es… la que se evapora forma las nubes, y la que se filtra forma los mantos acuíferos en el subsuelo.

-Sin embargo, en los periódicos, en la televisión, y en otros medios de difusión se habla insistentemente de que el mundo se quedará sin agua debido, principalmente, a la contaminación… por qué?, si como dices y nos enseña la maestra, el agua es purificada por los mismos elementos naturales.

-Tienes razón al preguntar eso. Lo que sucede es que la gente que dice eso interpreta mal las explicaciones o declaraciones en los periódicos y demás miembros informativos. En realidad SI hay que cuidar el agua, y no es tanto por que llegue a desaparecer, sino por que la mayor parte de ella forma los mantos acuíferos, es decir, no se evapora, y como tú sabrás, la tierra, al filtrarla, también poco a poco se contamina, perdiendo elementos valiosos que le permiten actualmente realizar esa función.

Además, debemos de considerar que el hombre utiliza esa agua con mayor rapidez que el trabajo realizado por los elementos naturales, por lo tanto, en muchas ocasiones por ejemplo, se localizan pozos en los que el agua está contaminada.

Para suplir el trabajo de la tierra se recurre a sistemas de potabilización, sistemas que hacen el agua de la calidad necesaria para el uso de la humanidad.

-Entonces, quieres decir que, a pesar de todo el trabajo que hace la tierra, debemos cuidar ese preciado elemento?

-Naturalmente… recuerda lo que dice la abuelita cuando se refiere a mi carcachita: "Todo por servir se acaba".

-Sabes una cosa papá?... tú sabes más que la maestra!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BALBUCEO EN LA NOCHE

 

Entró sigilosamente por una ventana, la agilidad con que se movía en la obscuridad denotaba su experiencia; inició un rápido revisar en cajones y armarios, separando en un bulto aquello que le podría dejar ganancias fáciles y rápidas.

Una vez que hubo terminado la planta baja, se dirigió al piso superior, aprovechando en la subida para separar alguna que otra cosilla.

La planta alta de la lujosa residencia era el paraíso para los de su gremio; porcelana fina por doquier, cuadros valiosos de connotados autores, alhajería antigua, etc.

El corazón le dio un vuelco; la había hecho… esto era maravilloso y… lo mejor, sin nadie a la vista. Se había cerciorado perfectamente de que los dueños salieran, como siempre lo hacían los jueves, para ir al cine. Llegarían tarde… había tiempo.

Cuando más atareado se encontraba, escuchó algo que le parecía imposible: un balbuceo. Se acercó temeroso a la recamara de la que provenía el extraño ruido y vio, con tremendo asombro, a un bebé jugueteando en su cuna que, al verle, le sonrió salundándole con el pequeño sonido gutural que tanto conocemos todos nosotros..

-Pero… esto no puede ser… -se dijo-… tan pequeñito y tan solo… no sé como pueden esos padres desalmados....!

Y así, mascullando maldiciones contra los dueños de la casa, reanudó con renovados bríos su labor de despojo.

De pronto, al abrir la puerta, un gato salió corriendo como loco tras un ratoncillo que le huía a sus filosas garras. En su alocada carrera, el gatito, en malabar salto, alcanzó al roedor y… volcó un quinqué que había sobre la mesa, iniciándose de inmediato el fuego.

Cuando nuestro amigo se dio cuenta, abandonó todo y salió corriendo. Una cosa era que se birlara de vez en cuando una que otra cosilla, y otra que se le acusara de incendiario.

Llevaba dos calles corriendo, cuando recordó al bebé que le había sonreído amistoso, pero… no… él no podía regresar, total, la culpa no era de él… no… no podía ser...

La gente se agrupaba curiosa alrededor del incendio, mientras los bomberos hacían sus preparativos para atacar el siniestro.

Una joven pareja se inclinaba sobre una camilla en la que yacía un hombre joven que sufría horribles quema-duras, pero sonreía satisfecho.

-No lo sé mi amigo, no sé cómo se dio usted cuenta de que en el interior estaba mi hijo, pero… gracias… mil gracias...

-Vamos, vamos… no es nada… no es nada… yo… pasaba por casualidad y...

 

 

 

La tercera edición de este libro,

registrado con el número 1

dentro del

Programa de Financiamiento

para Escritores Iberoamericanos,

se terminó de imprimir,

con un tiro de 500 ejemplares,

el día 30 de junio del 2005,

en los talleres del

Programa Editorial Sagitario

ubicados en

Acapulco, Gro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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